prensa Jean Echenoz
 

Titulo: Capricho de la reina, de Jean Echenoz
Autor: Juan Alberto Crasci
Fecha: 19 de Mayo de 2015
Fuente: Artezeta


Jean Echenoz llevaba editadas 14 novelas ―recibió el Premio Goncourt por una de ellas― cuando decidió que era tiempo de reunir algunas de sus narraciones breves y compiló siete relatos en Capricho de la reina, libro de aireadas 90 páginas ―con letra grande e interlineado espacioso―, traducido por Damián Tabarovsky y editado en Argentina por Mardulce.

Los siete cuentos conforman una unidad de aparente capricho. Siete lugares y siete historias dispersas a lo largo del planeta y pertenecientes a diferentes períodos históricos se ven unidas por la filosa y certera mano de Echenoz. De los últimos momentos con vida del almirante Nelson a la obsesión por los puentes del arquitecto Gluck; de las caminatas por la comuna de Le Bourguet en Francia a la estadía de Heródoto en Babilonia; de un viaje submarino a las estatuas de los jardines de Luxemburgo y a la panorámica de una campiña, la mirada de Echenoz todo lo abarca. Con un afán descriptivo sin igual y con precisión quirúrgica, surge su voz en los temas y personajes que, quizás, para ciertos escritores ―y lectores―, pasen desapercibidos. Y lo que para muchos resulte simplemente un ejercicio narrativo, para Echenoz es un espacio para trabajar su tono sutil, que se pasea por encima de todas las cosas y hace foco en los instantes menos esperados, siempre con el comentario justo y la fina ironía que lo caracteriza.

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Esa unión caprichosa de relatos escritos para diversos fines ―algunos, por encargo para proyectos multidisciplinarios―, encuentra su razón de ser en un trabajo casi cinematográfico: Echenoz se centra en el foco, en el punto de vista, en el lugar de partida desde donde escribe. El cuento Capricho de la reina ―que no arbitrariamente da título al libro―, se inicia con la descripción desde la mano del escritor hacia la campiña de Mayenne, para concluir en el lugar de inicio. Este travelling circular encuentra su correlato en otro de los cuentos del libro: en 20 mujeres en el Jardín de Luxemburgo y en el sentido de las agujas del reloj encontramos breves descripciones de las estatuas del jardín, siguiendo el orden y la disposición de éstas en el parque, desprovistas de cualquier narración: “Anne de Beujeau, regente de Francia, cruza los brazos sobre su pecho, la mano izquierda sostiene su antebrazo derecho, su mano derecha en pronación. Peinado: nada. Expresión: altanera sin arrogancia”. Si bien el relato está conformado por esas 20 descripciones, en el título se encuentra cifrado el recorrido, el travelling por el parque. Y en Tres sándwiches en Le Bourguet el autor recorre entres oportunidades las calles de la comuna francesa, agregando en cada una de las caminatas distintas observaciones y comparando las experiencias de los viajes anteriores.

Singular camino el de Jean Echenoz: publicar un libro de cuentos luego de 14 novelas puede parecer el trayecto inverso al realizado por cualquier escritor, que utilizaría la narrativa breve como campo de pruebas ideal para futuras novelas. Pero el francés no considera a los relatos como un trabajo menor. Quizás por eso se tomó tanto tiempo para publicar estas piezas tan exquisitas como heterogéneas.

 

Titulo: Mujer en fuga
Autor: Silvia Hopenhayn
Fecha: 13 de Febrero de 2015
Fuente: La Nación


La muerte de alguien puede significar para otro el comienzo de su vida. O de su fuga. La mujer de esta historia amanece con Félix muerto a su lado, en la cama. Es el despertar de su fantasía. Un hombre muerto para escapar de su condición de mujer. Así empieza su recorrido azaroso, o al menos patrocinado por la casualidad: los viajes, las ciudades, las estaciones de tren, de servicio, los autos, las bicicletas, los hoteles y alquileres temporarios. La favorece su percepción de los días, sin importar los lugares; es permeable a los cambios del cielo y de las tardes.

¿Quién es ella? Se llama Victoire y es la protagonista de Un año, la brevísima novela de Jean Echenoz, escritor francés de fina escucha, estilista de las sensaciones inconfesables, narrador de las mejores excusas para sobrevivir a la historia que nos precede, ya sea corriendo o yéndose (dos de sus mas célebres novelas se titulan, Correr y Me voy). Por esta última recibió el premio Goncourt, el más codiciado en Francia por su repercusión en la crítica y en los lectores.

Un año es una novela escueta y filosa, publicada en la Argentina por Mardulce, en precisa y cómplice traducción de Damián Tabarovksy.

Un año es el tiempo que se toma Victoire para rendirse frente a los hechos. Un año de viajes, desencuentros, pájaros, nubes y recuerdos mal habidos. "El cielo consistía en una nube uniforme en donde, como extras mal pagados, cruzan sin convicción anónimos pájaros negros." Un año para robarle al tiempo lo ocurrido.

El comienzo me recordó el principio de Psicosis, de Hitchcock, cuando el personaje que interpreta Janet Leigh huye en el auto, llevándose el dinero, y oscila en la noche hasta llegar al famoso hotel regenteado por Anthony Perkins. Aunque Victoire tiene el pelo negro, sus flacos y nerviosos veintiséis años también la empujan a fugarse, sin "problemas en borrar toda emoción en su rostro, evaporar todo sentimiento." Hay un detalle, muy propio de Echenoz en momentos en que sus tramas se vuelven pura estrategia de los personajes (mezcla de cálculo, angustia y pereza): cuando al irse, ella retira todo del cajero automático, dejando su cuenta "CASI" en cero. No llevarse todo ya es un indicio de que puede volver a lo que queda. Y lo que queda es precisamente -y aquí la genialidad del autor- lo inesperado.


En su viaje, ella va nutriéndose de encuentros y escondites. Movida por el viento de lo casual, entre pilla y endeble, Victoire se rige más por la temperatura que por el tiempo del reloj. "Victoire no conocía Bordeaux, pero conocía bien febrero (.) Un húmedo jueves de septiembre, con el otoño ya en marcha, Victoire." Con ganas de perderse, atraviesa el día entre sus sombras más locuaces, encontrándose con fantasmas que considera reales, a quienes escucha como si estuvieran presentes, y con personas reales a quienes hubiera preferido no escuchar, como la señora Noelle, que "se sentía bien, sola con ella misma". Este personaje femenino es de una autonomía repudiable; su suficiencia es mero rechazo de los otros que manipula en su decir. Así, cuando su marido le regala un auto, comenta: "No le dije gracias, le dije, vos sabés que no sé decir gracias."

Echenoz renueva la intimidad, desplegando en el espacio público la subjetividad de Victoire; traza el mapa de su tormento y sus intentos de escape. Pero su soledad está a la vista de todos los que quieran encontrase con ella.¿Con quién? ¿Con Victoire o su soledad? La ficción de Echenoz es tan moderna como decimonónica, lo casual (figura momentánea de la libertad) es propio de los espacios públicos. La vida se traza en relación a los otros. En este sentido, uno de los mayores peligros en la calle es el de no encontrarse con nadie.

 

Titulo: Un año de huída
Autor: Alberto Manguel
Fecha: 08 de Noviembre de 2014
Fuente: Babelia, El País


Jean Echenoz ofrece en Un año las aventuras, encuentros
e infortunios en la vida de una mujer que deja atrás su vida
de convenciones burguesas, con sorpresas incluidas.


APENAS CUMPLIDOS LOS TREINTA AÑOS, Nathaniel Hawthorne publicó, en 1835, la historia de un hombre que, por razones nunca explicadas, decide alejarse por un tiempo de su mujer y de su vida cotidiana. La extraña aventura de Wakefield (el nombre que Hawthorne propone para su personaje) se extiende de día en día y se convierte en un exilio de muchos años. Más preciso, más económico, más fiel a nuestra apresurada época, en 1997 lean Echenoz, tal vez el mejor novelista francés de hoy, ofrece a su personaje, Victoria, un periodo de escape de un año.

El primer día de su aventura, Victoria se despierta y encuentra a su lado a su amante, Félix, muerto. Incapaz de recor­ dar los detalles de la víspera, pero sin inquietarse sobremanera, Victoria decide dejar su departamento, recuperar dinero en el banco y tomar un tren para donde sea. Empieza así una ausencia wakefieldiana que la llevará de etapa en etapa, cada una un despojo, cada una obligándola al abandono de sucesivas convenciones de su vi­ da burguesa. Instalándose primero en una casita alquilada en San Juan de Luz, luego en un hotel discreto y confortable, después en otro más modesto en un pueblo balneario pobre, y finalmente en la calle, valiéndose de una bicicleta, del autoestop y por fin sin nada, el peregrinaje de Victoria hacia algo íntimo, esencial, purificado, acaba siendo circular, volviendo a la situación del inicio.

¿Qué ha cambiado al fin del año? Echenoz no nos lo dice, pero a través de las aventuras de Victoria, de sus encuentros y de sus resignados infortunios, el lector es testigo de una epifanía secreta, de un pequeño renacimiento. En la historia de Hawthorne, Wakefield, ya viejo y sin saber por qué ha hecho lo que ha hecho, vuelve a su casa y a los brazos de su atónita mujer. La vuelta de Victoria no causa casi asombro. La sorpresa (porque Echenoz nos reserva una sorpresa) está en otra historia cuyos pormenores no nos son revela­ dos. Los lectores que pensamos haber leído la crónica de una mujer convertida casi en fantasma, descubrimos en la última página que el fantasma existe, pero que no es el que creíamos.

El estilo de Echenoz es discreto, nunca se nota el esfuerzo de escritura en sus medidas ficciones. El episodio desconcertante (Nosotros tres, Me voy), un momento trágico del pasa do (14), la biografía de un personaje más o menos célebre (Rauel, Correr), le sirven a Echenoz para construir detalladas miniaturas, pero el tema,la anécdota, nunca es esencial en sus libros. Atmósferas, personalidades, ambientes cuentan tanto o más que las historias que éstos encierran, y aún en novelas que siguen una trama casi policial (El meridiano de Greenwich) Echenoz concede menos importancia a los eventos que ocurren que a cómo ocurren esos eventos. Victoria huye, sufre innumerables percances, se en­ cuentra con personajes curiosos y diversos como Gerard, el amante joven que le roba su dinero y tiempo después intenta volver a seducirla, o como la pareja de quincuage­ narios vagabundos que la ayudan después de un accidente, pero no son los episodios novelescos sino la minuciosa cartografía de su año de huida lo que interesa al lector. Echenoz da vida a sus personajes huma­ nos, pero también a los objetos más comunes e inertes: el salón de la casa alquilada es "resignado", la cocina "reticente". En la hábil traducción de Damián Tabarovsky: "Parecía como que la vida, en un movimiento precipitado, hubiese renunciado al lugar, abandonado de golpe, dejado que se llenen de polvo, que se peguen para siempre detrás de las ventanas rápidamente cerradas. Se veía que un libro en algún momento -pero también una fuente, un almohadón- se había movido provisionalmente transferido sobre una alfombra, el apoya brazos de un sillón por algunos minutos; de hecho por la eternidad".

Victoria, aceptando tomar fotos a una pareja de turistas, se da cuenta de que ella a su vez es retratada en las fotos de otros paseantes: sin duda, Echenoz comenta, esas fotos de Victoria existen aún hoy. La minuciosa realidad de la ficción penetra, casi imperceptiblemente, nuestra realidad, o nuestra noción de lo que es real.

Para alentar esa inquietud, de vez en cuando, Echenoz nos hace saber que es él quien nos está contando la historia, intro­ duciendo una duda o una sutil opinión en el texto, un poco como esa primera persona plural que Flaubert desliza al comienzo de La señora Bovary. De hecho, Echenoz es el heredero de Flaubert, del ojo clínico del maestro, de su música medida y de su fe en el hecho literario. "Escribo para mí como lector", confesó alguna vez Echenoz. "Escribo lo que me gustaría leer". Flaubert dijo lo mismo hace más de un siglo, con palabras casi idénticas. •













 

Titulo: Una soberbia aventura experimental en tres actos
Autor: Ezequiel Alemian
Fecha: 19 de Mayo de 2012
Fuente: Diario Perfil, Suplemento Cultura


Su primera novela, El meridiano de Greenwich, la publicó Jean Echenoz (1947) en 1979, en Les éditions de Minuit, la editorial que dirigía Jérôme Lindon, y cuya identidad, de algún modo, estaba definida por los escritores de “la escuela de la mirada”: Alain Robbe-Grillet, Claude Simon, Robert Pinguet, incluso Samuel Beckett.
Pero si bien sus primeros libros muestran tenuemente ese apego a los objetos que caracteriza al nouveau roman, lo que incorpora Echenoz en ese momento es una apuesta decidida por el carácter aventurero de la narración. Es una literatura híbrida, por momentos sostenida en una trama casi folletinesca. Los personajes entrelazan y recombinan sus aventuras alrededor del mundo.
A El meridiano de Greenwich (Premio Fénéon) siguieron Cherokee (Premio Médicis), La aventura malaya, Lago (Premio Europa) y Nosotros tres. Tal vez sea en Las grandes rubias (1995) donde esa cuestión híbrida alcanza su mejor síntesis, permitiendo también que por entre los pliegues de la aventura emerja el componente fuertemente melancólico que constituye otro de los rasgos dominantes de la literatura de Echenoz.
A partir de Las grandes rubias, la línea argumental de sus libros parece ir simplificándose, más buscando una síntesis argumental que desplegando las líneas narrativas. Un año, Me voy (Premio Goncourt), Jérôme Lindon y Al piano pueden dar la pauta de esa transformación. Con Ravel, probablemente su libro más perfecto, más emotivo, Echenoz inició una serie de escrituras sobre personajes reales. Le siguieron Correr, sobre Emil Zátopek, y Relámpagos, sobre Nikolai Tesla. Tironeado de nuevo por “lo novelesco”, Echenoz tiene lista una novela que saldrá en octubre, titulada simplemente 14.
De paso por Buenos Aires, se prestó gentilmente a conversar con PERFIL.
—El año pasado, en una charla pública, contó que la noche anterior había visto una película de Jim Jarmusch que narraba una historia que le había parecido la que usted y su generación siempre habían querido escribir…
—¿Qué película de Jarmusch era?
—“Broken flowers” (Flores rotas).
—Ah, me había olvidado de haber hablado sobre eso.
—La pregunta sería: ¿cuál es esa historia que usted y su generación siempre quisieron escribir?
—En realidad, más que una historia se trata de una manera de contar una historia, un recorrido. En esa película lo que vi fue una forma de narración muy libre, que habla de una manera muy cercana sobre la vida que todos podemos tener. Me hacía pensar que era una improvisación, aunque por supuesto estaba precisamente guionada. Esto me hace pensar en otra película de Jarmusch…
—¿“Ghost dog”, la que menciona en su libro sobre Lindon?
—¡Exacto! De vuelta: esa manera extremadamente libre de contar una historia. Son películas que me producen un sentimiento espontáneo, una necesidad de trabajar mis relatos como si fuese esa manera de filmar. Por supuesto, los filmes que dan ganas de escribir no necesariamente son buenas películas, y esas ganas de escribir no se traducen necesariamente en buenos libros.
—Me había dado la impresión de que en esa charla usted hacía alusión a la búsqueda de una suerte de “anécdota contemporánea”.
—Mi relación con lo contemporáneo, tal vez, está en el hecho de que durante más de veinte años escribí historias que transcurrían en el presente de la escritura. Si escribía en 1983, la acción transcurría en 1983, por ejemplo. Y siempre utilicé elementos, dejé marcas que indicaran perfectamente esa coincidencia. Los tres últimos libros que publiqué, sin embargo, suceden en el pasado. En ellos quería experimentar, como si fuera una pequeña aventura, cuál era mi libertad para trabajar sobre períodos más antiguos.
—¿Por qué en su trabajo se produce el abandono de la trama casi folletinesca de los primeros libros por una suerte de enmarcado de determinado momento de la vida de una sola persona? ¿Qué es lo que intenta focalizar?
—Mis primeros libros estaban marcados por la impronta del policial negro, y por una serie de cuestiones técnicas vinculadas con las vanguardias de los años 70, que ya en esa época me aburrían, a pesar de la influencia que ejercieron sobre mí. Yo creo que a fines de los 70 hubo una pequeña muerte de la novela, una pequeña muerte que hizo que en algunos renaciera el empuje de retomar el impulso novelístico.
—¿Pueden leerse sus novelas como una indagación de una escena que es la de perderse, la de desaparecer?
—No es de una cuestión razonada. Es algo que sucede. Es una suerte de motor novelesco que regresa de libro en libro, e incluso si hubiera querido deshacerme de él seguramente habría vuelto a aparecer. Pero no creo que sea un problema específicamente contemporáneo. Es un asunto de la vida, antiguo. Hay una infinidad de formas de la desaparición: la muerte, el abandono, la fuga, la búsqueda. Para mí son motores de escritura, no tanto temas.
—¿Qué es lo que le interesó de una escritura más biográfica?
—No tuve un proyecto particular. Quería que Ravel apareciera pero como un personaje secundario en otro libro. Me fui interesando; conocí su vida, su música, su casa, y finalmente me resultó más interesante que el proyecto que tenía en mente. Me encontré en esa situación curiosa de tener que contar vidas de otras personas, si bien siempre amé el trabajo de documentación. Por supuesto que no escribí una biografía. Lo que hice fue transformar un personaje real en un personaje de novela. Nunca tuve ningún interés por escribir la vida real de estos personajes. Por otra parte, creo que “la vida real” no existe para nadie.
—Ravel, Zátopek, Tesla: ¿qué le interesaba de estos personajes?
—Muchas cosas. El misterio que los rodeaba, su ambivalencia, distinta en cada uno. Y después estaba la dimensión de la soledad. La soledad me interesa mucho. En esto los tres tienen algo en común, y es que han visto su vida robada por su obra.
—Hay una pregunta que todos sus libros promueven, pero estos tres últimos especialmente: ¿por qué en el relato sucede lo que sucede?
—Creo que es algo que pasa en la medida en que uno lee las vidas como ficciones, que es como yo hago con Ravel, Zátopek y Tesla. En la medida que se van quitando elementos de la vida real, el relato debe ser leído cada vez más como una ficción.
—Hay un relajamiento de la cuestión de la causalidad en estas vidas.
—Es lo arbitrario, lo imprevisto. Es lo que hace que la vida leída de ese modo, como una ficción, adquiera un suspenso. Vuelvo al film de Jarmusch. Es una película sobre lo arbitrario absoluto, pero a la vez esa arbitrariedad está enmarcada en una lógica de una gran libertad.
—Hablaba de la soledad. ¿Qué pasa con la voluntad de los personajes?
—Me interesa mucho. Así como los personajes construyen su vida impulsados por un deseo, ese deseo es también el que los aliena.
—¿Establecería alguna diferencia narrativa entre estos últimos libros?
—La diferencia está en que no se escribe sobre un atleta como se escribe sobre un compositor de música. Los ritmos no son los mismos. En cada caso, una vez que terminé con el trabajo de documentación, procedí un poco como si fuese un montaje cinematográfico. Cada parte que ensamblaba requería un montaje particular. Y ese montaje debía estar de acuerdo con la personalidad y la obra de cada personaje.
—¿Por qué en sus novelas a veces el narrador aparece casi como un personaje más, pero sin estar justificado argumentalmente?
—No me siento obligado a resolver la estricta correspondencia del yo del narrador con alguna figura del relato. Cuando ese yo aparece, no tiene ninguna importancia quién es. Para mí es una liberación. A veces me dirijo a alguien en segunda persona en medio de una novela. Y no se trata forzosamente del lector. Es una forma de darle ritmo a la prosa. Para mí el narrador no tiene una forma fija, un lugar de enunciación demarcado.
—En “Las grandes rubias” hay un personaje, Beliard, que es una especie de hada, en un relato que no tiene nada de “fantástico”. ¿Por qué?
— Pensé la aparición de este personaje para señalar que la mujer a la que se le aparece está completamente loca. Tiene un doble rol: es una especie de comentadora, de doble autora de la historia, y además señala el malestar de la chica.
—¿Ese señalamiento sorpresivo de la locura es lo que explica el final tan sorprendente de “Un año”?
—Es una manera de desestabilizar la narración; hacer que a partir de ahí uno pueda releer toda la novela desde atrás, recuperando otro sentido. En Francia hubo lectores que le escribieron al editor diciéndole que el final de Un año era un poco curioso, como mínimo. Fue muy interesante. En gran medida por eso después escribí Me voy, donde de alguna manera, con ironía, se explica lo que pasó en Un año.
—En algún artículo definieron a sus libros como metafísicos…
—Ja, ja, ja.
—Pero sin embargo existe cierta habilitación para leerlos, sobre todo los últimos, como una especie de parábola, o de metáfora. ¿No le parece?
—Puede ser. No es que lo haya pensado así. Si es así se debe probablemente a la fascinación que siento en esos tres personajes, por las dimensiones a la vez enormes y risibles del ser humano.

 

Titulo: Crónica de una fuga
Autor: Rubén Chababo
Fecha: 05 de Marzo de 2012
Fuente: La Capital, Rosario


Una mañana imprecisa de febrero, Victoire se despierta en su apartamento parisino y encuentra a su lado el cadáver de su pareja. Sin demasiadas preguntas, sin indagar acerca de las posibles razones de su muerte, hace un bolso donde pone algunas pocas pertenencias, retira todo el dinero existente en su cuenta personal y se dirige a la estación de trenes de Montparnase donde compra un ticket con destino al sudoeste del país.

Así empieza un deambular de doce meses entre ciudades, casas deshabitadas, pensiones, hoteles a orillas del mar, encuentros casuales con hombres y mujeres que deambulan al costado de las rutas, huyendo o creyendo huir de una muerte a la que no le encuentra explicación y acerca de la cual tampoco se interroga demasiado.

Con una prosa ajustada a la más alta tradición del nouveau roman, con ciertos pasajes que aluden al repertorio del cine negro, Jean Echenoz escribe así una novela breve de una perfecta solidez, en la que cada palabra, cada descripción parece ajustarse a una construcción obsesivamente calculada.

El camino que lleva a la protagonista desde París hasta el último de sus destinos es un recorrido signado por el despojo y el abandono de todo aquello que la ataba a su vida anterior a ese fatídico amanecer en el que inexplicablemente su pareja aparece muerta.

De frases cortas, con una adjetivación medida, la prosa de Echenoz parece obsedida en que el lector acompañe ese pasaje que va de la normalidad rutinaria de una vida en la ciudad a la opción por la intemperie más absoluta, postergando hasta el último renglón de la última página de la novela, la resolución del enigma de esa huida descabellada. Un enigma que al mejor estilo de las parábolas circulares, obliga a releer todo el relato con el fin de atar los cabos sueltos diseminados en diferentes momentos de la trama.

Un año no es sólo el relato de una huida alucinada, sino una aguda reflexión en torno a la existencia, los vínculos afectivos, la aparente solidez del mundo cotidiano, la enigmática relación que mantenemos con lo material y la absurda certeza de sentirnos cuerdos.

En Un año, nada es lo que parece ser y nadie, ni siquiera la protagonista, se sorprende de que sus certezas sean refutadas cuando la realidad le ofrece versiones diferentes a lo que ella imagina o piensa.

Echenoz, nacido en Orange en 1947, figura central del panorama cultural francés, es autor de una docena de novelas aún desconocidas en Argentina. Con una precisa traducción de Damian Tabarovsky cuidadosa en el trabajo con los giros coloquiales, Un año, es la primera de sus obras que se publica en nuestro país, esta vez gracias al sello editorial Mardulce.

 

Titulo: Rutas y balnearios desiertos
Autor: Elvio E. Gandolfo
Fecha: 06 de Febrero de 2012
Fuente: Revista Noticias


Por una parte, esta “nouvelle” cumple al pie de la letra con el título, como si se tratara de una apuesta experimental: narra un año estricto de su protagonista. Por otra, Echenoz emplea un estilo despojado, minucioso, y cuenta casi un único movimiento: la fuga al principio veloz, después más calma, de Victoire, que despierta al lado de un cadáver y que, sin recordar nada de lo que ha pasado, decide escapar, por las dudas.

Si semejante arranque parece prenunciar esos textos refrigerados por una escritura “blanca”, es salvado por el grado de concreción que exhibe Echenoz en sus libros. Para ello recurre a algunos rasgos de la policial “noir”, pero los va convirtiendo en momentos del todo originales.

En este breve libro, Victoire escapa con una buena cantidad de dinero, después más acotada, totalmente sola. Es el tramo más sorprendente, incluso hipnótico. Echenoz es un buen constructor de metáforas inspiradas, y con rasgos de humor. Cuando Victoire está sola en su casa alquilada, apunta por ejemplo: “A esta hora de la noche, todo ruido es acompañado de su eco, el menor sonido es un pizzicato, lavar la vajilla produce una sinfonía, la aspiradora una ópera”. Los balnearios fuera de temporada, con cielo pálido y silencio, “crean un deprimente clima de vieja película de vanguardia vuelta a ver después de su fecha de vencimiento”.

Caída en la pobreza y el descuido personal, Victoire integra al fin el mundo de los marginales. Las metáforas son menos frecuentes, y el libro entra en otro plano , el de la frialdad emocional y los límites de la miseria.

Sin embargo, Echenoz mantiene con mano maestra el control, y se reserva una vuelta de tuerca final, a la vez curiosa y seca, que casi obliga a releer para percibir hasta qué punto parte de lo leído no es un relato de fantasmas, o de locura.