prensa Jean Echenoz
 

Titulo: Un año de Jean Echenoz
Autor: Patricio Arnauti
Fecha: 31 de Octubre de 2011
Fuente: Los Asesinos Tímidos


Victoire, una chica francesa (quizá ya no tan chica), despierta una mañana al lado de un amigo muerto, después de lo que, podemos suponer, ha sido una fiesta o una noche de excesos. O donde el exceso principal haya consistido en perder la conciencia y, después, la memoria. No recordar, no saber. Frente a ese cuadro, Victoire –escribe Echenoz- ante todo quería no tener que dar explicaciones. Opta así por dejar París y emprender la fuga; guardarse un tiempo y consumir sus pocos ahorros en distintos pueblitos de ruta, hacia el sur de Francia. Su destino se complica, se afea, se torna incluso peligroso.
Menos de cien páginas y un argumento sencillo le bastan a Jean Echenoz para lograr en Un año, un relato admirable donde -a diferencia de Victoire- puede apuntar sin énfasis algunos problemas éticos contemporáneos: la lucha trabada entre deseo y misantropía, el goce de la desmemoria y la supresión, el crimen indiferente disimulado en el desvío moral. Victoire se abandona a una deriva que sin embargo dura un tiempo razonable, posee una medida convencional: un año. Se pierde, sí, pero durante sólo un año. Suspende todo lazo social conocido, pero algo, como una marea de orilla, la sabrá devolver a su lugar de siempre. Finalmente, su aventura, su año, si no ha dejado experiencia –y eso Echenoz lo deja en manos del lector- no ha sido muy distinto de uno de esos años sabáticos que pueden tomar, cada tanto, las estrellas de cine, el deporte, o la televisión.
“Adquirió el hábito de comer sola, dándole la espalda al mundo.”, así es la realización del programa inconsciente de Victoire. Subsiste ese como sí, una lógica adolescente. No es transgredir: es jugar a transgredir. Un rato. Un año al menos. El escape, la evasión con término, como reenvío hacia el corazón de la pauta y la convención más superficial. Pero otro de los logros de Echenoz es que Victoire no sea antipática. Victoire es una precipitación. Huye por torpeza y si en cambio se queda, permanece, eso no asegura un sentido o una convicción.
Vale mencionar la traducción. Damián Tabarovsky ha realizado un trabajo tan acertado y elegante que, salvo cuando él mismo lo decide –expresiones, argentinismos como “era una maza”, que en verdad iluminan el texto- no enseña las costuras. Brilla en las imágenes poéticas, pero eso no le hace perder el ritmo acelerado de la narración cuando Echenoz así lo dispone.
En un ensayo sobre Canetti, Susan Sontag mencionaba “los atributos necesarios de un gran escritor: es original, resume su época, se opone a su época”. Echenoz es entonces un gran escritor. Entre tantas novelas de cien páginas estiradas que, bajo la consigna del estilo despojado, no logran estar de pie frente al lector, que parecen apuradas por decir algo que tal vez, podría haberse callado, Echenoz entrega una auténtica, hasta rigurosa novela breve, digna de Mann, de Onetti, de Joseph Roth, en definitiva, de algún otro gran escritor.

 

Titulo: Formas de narrar (brevemente)
Autor: Oscar Guillén
Fecha: 08 de Octubre de 2011
Fuente: Los Andes


Dos novelas de reciente aparición -“Un año” de Jean Echenoz y “Formas de volver a casa” de Alejandro Zambra- permiten el encuentro con ese tipo de lecturas donde la gracia radica en la brevedad.


En sus "Lezioni americane" -también conocidas como "Seis propuestas para el próximo milenio"- Italo Calvino apunta como condiciones de una posible novelística del futuro los siguientes tips: levedad, rapidez, exactitud, visibilidad, multiplicidad y consistencia.

Si bien el italiano no le dedicó ningún ensayo a la brevedad, sus propuestas -al menos las cuatro primeras- parecen, de alguna manera, contenerla. Dos novedades editoriales sirven para repensar los postulados de Calvino y, de paso, toparse con un principio popular implacable: si bueno, breve.

Para el lector con falta de tiempo o "temeroso" de abordar una novela demasiado larga, pueden resultar de interés estas "breves" novelas: "Formas de volver a casa", del chileno Alejandro Zambra, y "Un año", del francés Jean Echenoz.

Sin entrar en consideraciones sobre la diferencia entre novela corta y nouvelle, una buena novela breve tiene entre sus atributos, una gracia particular: el lector termina de leerla y, de inmediato, desea volver al principio. Volver desesperadamente a ese pequeño "mundo". Algo que al escritor debería dejarle la idea de tarea cumplida y al lector la sensación de que el género sigue siendo iluminador, a pesar de los que auguran el fin de la novela.

Un año muy particular

El colombiano Santiago Gamboa considera en un artículo reciente a Houllebecq como el mejor escritor francés vivo. En segundo lugar ubica a Echenoz, quien ha vuelto a saltar a la consideración internacional con su nueva novela, "Correr" que narra las "aventuras" de uno de los hombres más veloces del mundo, el plusmarquista checo Emil Zátopek. La novela cierra una trilogía compuesta por "Ravel", sobre los diez últimos años de la vida del músico, y "Des éclairs", que se centra en la vida del ingeniero croata Nikola Tesla.

Sólo 74 páginas necesitó Jean Echenoz para condensar "Un año", escrita en 1997. Esta es la primera vez que la novela se traduce al castellano (y aquí será mejor decir "al argentino") por Damián Tabarovsky, para Mardulce, un nuevo proyecto editorial porteño, que ha lanzado como sus primeros títulos a "La ingratitud" de Matilde Sánchez y "Andamos huyendo Lola" de la mexicana Elena Garro.

En cuanto a "Un año", presenta en sus primeras líneas una suerte de disparador: Victoire decide -por un motivo que al lector no le interesará escuchar aquí- irse de su casa y de su ciudad, París, previo tomar todo el dinero que tiene en el banco. Lejos de ser un año sabático o un viaje iniciático, durante ese "año", la mujer dejará su vida burguesa y llegará a vivir como una linyera, para volver a París y darse cuenta que nada o casi nada ha cambiado.

Justamente ese "casi nada" es lo que magnetiza al lector a seguir a Victoire desde su salida de París al encuentro de su nueva vida, que la lleva a vivir en un departamento de alquiler de provincias, a viajar en bicicleta y al final a vivir en la intemperie de la soledad. Económica y casi "documental", "Un año" es una novela sin golpes bajos ni registro sentimental. Será entonces el lector, al final, quien tendrá que responderse algunas preguntas.

Novelas bonzai

Zambra, desde su primera novela, pequeña y robusta como su nombre -Bonzai-, ha logrado un registro, una voz y, ya con tres novelas publicadas, hasta se podría hablar de un "corpus" narrativo, de una belleza singular, amable y hasta familiar.

A su modo, Zambra toma prestados algunos de los principios enunciados por Calvino -la levedad y la multiplicidad, por ejemplo- para conjugarlos en su última obra "Formas de volver a casa". El libro cuenta la historia de un niño que se enamora de una niña, quien le hace un encargo especial. Luego, ya grandes, esos niños vuelven a encontrarse. Habla, en el texto, la generación que iba a la primaria en la época de Pinochet y ese registro generacional resulta una bocanada de aire nuevo para una pregunta fundamental: ¿qué hacían los grandes y los chicos durante la dictadura chilena?

Artefacto de certero andamiaje, "Formas de volver a casa" es una novela que atrae e impacta por el manejo del tiempo y, fundamentalmente, por el entrecruzamiento entre la ficción y la experiencia del narrador, siempre bajo el singular ritmo del chileno.

La brevedad en Zambra es experimento. Construir un modelo, un propotipo -un "artefacto" en prueba, casi- parece ser una consigna zambrana. Y este experimento se muestra lleno de vida.
"Una vez me perdí. A los seis o siete años. Venía distraído y de repente ya no vi a mis padres. Me asusté, pero enseguida retomé el camino y llegué a casa antes que ellos -seguían buscándome, desesperados, pero esa tarde pensé que se habían perdido. Que yo sabía regresar a casa y ellos no". Con esta frágil moraleja, comienza "Formas de volver a casa". Ciento sesenta y cuatro páginas después, dan ganas de volver a leerla.

 

Titulo: Partituras sin música. Sobre las narraciones "close caption" de Echenoz
Autor: Pablo Schanton
Fecha: 01 de Octubre de 2011
Fuente: Revista Ñ, Clarín


“Una magra edición de bolsillo de un trabajo enciclopédico, luz artificial en lugar del sol”. Así definía hace 100 años el músico Ferruccio Busoni el sistema tonal de la música en relación a la “armonía eterna” de la Naturaleza. En 2008, el musicólogo Allen S. Weiss retoma la idea en su libro “Variedades de audio mímesis…”, cuya dedicatoria reza “A los pájaros”. En la “bio-ficción” “Ravel”, Jean Echenoz le hace transcribir cantos de aves al compositor y demuestra que el “Bolero” fue inspirado por el ritmo de los engranajes en un barco. La pregunta de cómo el hombre podría ampliar el código abstracto de la música oyendo mejor la sinfonía de la Naturaleza y la Tecnología está respondida en las mejores novelas de Echenoz. Al fin se consigue aquí la nouvelle “Un año”. Página 57: “Así, las sensaciones, el ruido ambiente ¬– cadena atravesada, roces de rueda de barco, último suspiro de la bocina, campanillas indefinidas de una rueda dando vueltas sola-, todo eso ocurrió en un instante”. Aquí describe un accidente de bicicleta, como si fuera un montaje de cine para sordos. Su especialidad es narrar cataclismos en close caption (subtítulos sobre sonidos). En “Nosotros tres”, su desafío es describir un terremoto en términos musicales: “Y sobre la línea de bajo de los rugidos sísmicos se elevan coros de gritos, el crepitar voraz de los primeros incendios, el aullar de sirenas y el contrapunto de las campanas”. Al final, el narrador nos avisa que sólo han pasado nueve segundos: la fatal temporalidad de la gramática nunca representa la de la realidad. “El oído sabe enfocar como la vista”, escribe. En “Nosotros tres”, Nicole atesora oídos de mujer biónica cuando “descompone la banda sonora, identifica los ruidos próximos y lejanos uno a uno” como si la 4´33´´ de John Cage durara más, con un oído en Thoreau y otro en Marinetti, todo en 5.0…Descomponer el soundtrack de la vida, desnaturalizar la sinfonía ruidista que nos acompaña: así Echenoz evita el “oculocentrismo” que satura la novela de los otros. Enseña a oír.

 

Titulo: Una historia para vivir otra vida
Autor: Virginia Cosin
Fecha: 14 de Setiembre de 2011
Fuente: Revista Ñ, Clarín


El escritor francés Jean Echenoz construye en la nouvelle “Un año”, recién traducida al español, un objeto de una sola pieza, sin encastres, ni ornamentos.


¿Cómo despojarse de uno mismo? ¿Cómo ser otro, desconocido de sí? ¿Cómo vaciar al ser de la propia existencia? ¿Quién no ha sentido la tentación, al menos por un instante, de perderlo todo, de dejarse ir arrastrado por la corriente indolente de los días y entregarse al azar, sin tomar ninguna decisión? ¿Quién no ha querido arrojarse al vacío, renunciar a todo lo que se es, lo que se ha sido, para empezar de nuevo?

En un relato titulado “Porque ella no lo pidió”, incluido en el libro Exploradores del abismo, del español Enrique-Vila Matas, el escritor recibe una extraña propuesta de la artista performática Sophie Calle, autora de una obra singular a la cual se le ha dado el nombre de Novelas de pared. Sophie, que ya había sido objeto de las elucubraciones literarias de otro importante autor –en este caso Paul Auster– le pide a Vila-Matas que escriba una historia, cuyo lapso dure alrededor de un año, para que, a la manera de una actriz que interpreta un papel, pueda vivir otra vida. Vila Matas acepta el reto, después de que, tal como le confiesa ella, varios escritores a quien previamente les ha hecho esa misma proposición, la rechazaran. Uno de esos escritores es el francés Jean Echenoz. Y acá ya no importa lo que sucede entre Vila-Matas y Sophie Calle porque, curiosamente, diez años antes de la publicación de Exploradores del abismo, Echenoz ya ha publicado una novelita que, perfectamente, Sophie hubiera podido hacer suya para cumplir su deseo. La nouvelle se llama Un año y, hasta ahora inédita en castellano, acaba de ser traducida y editada por la flamante editorial Mardulce. Un año comienza sin introducciones preliminares, explicaciones aleatorias, puesta en escena o imágenes que nos sitúen en un lugar determinado. Baldazo de agua: “Victoire, luego de despertar una mañana de febrero sin recordar nada de la fiesta y encontrar a Félix muerto a su lado, en la cama, hizo su valija, no sin antes pasar por el banco, y tomó un taxi rumbo a la estación de Montparnasse”. A partir de allí comienza el viaje de Victoire, una suerte de viaje del héroe sin mayores peripecias, ni elemento mágico, ni redención, ni anagnóresis y a cuyo regreso encontrará todo prácticamente igual: ningún orden ha sido subvertido ni restablecido. Nada ha cambiado. Aquel año podría no haber transcurrido nunca. Y sin embargo, al cerrar el libro, la sensación que permanece en el lector es la de haber tropezado con una piedra, un escollo irregular en el camino, que hace perder momentáneamente el equilibrio.

Menos es más

La prosa de Un año es una muestra más del cuidadoso trabajo que Echenoz viene realizando desde la escritura de sus primeras novelas –ya lleva catorce publicadas, muchas de ellas merecedoras de importantes galardones entre los que se cuentan el Médicis 1983 por Cherokee; el Goncourt 1999 por Me voy; y el Aristeion y el François Mauriac (2006), por Ravel– en las que la lengua es ejercida como una herramienta que desbasta y afina toda rugosidad de la trama: como una escofina que barre de una punta a la otra un trozo de madera, Echenoz construye un objeto de una sola pieza, sin encastres, ni cortes, ni ornamentos: la mirada sobre el personaje es una sombra (o el objetivo de una cámara de cine) que se pega a la nuca de la protagonista y registra sus acciones, que no parecen tener correlato con sensación alguna. No hay en Victoire asombro, ni miedo, ni tristeza, ni añoranza. Hay sólo un cuerpo que se entrega a la metamorfosis. Como una presa en medio del peligro, cuya única vía de escape es la de desaparecer de la vista del depredador transformándose, mezclándose con el entorno.

Pero es precisamente a partir de esta economía, y de esa mirada despojada de opinión, casi documental, que surge un luminoso grado de verdad.

Las difusas fronteras entre la ficción y la biografía, la fantasía y el registro documental, es otra de las inquietudes que cruzan la obra de este escritor cuyas últimas incursiones literarias ha llevado al extremo: autor de una suerte de trilogía (o de suite, como prefiere llamarla él), conformada por Ravel, Correr y Relámpagos, Echenoz pone en primer plano las vidas reales de tres personas destacadas de la cultura, la ciencia y el deporte –en la primera se trata del compositor Maurice Ravel, autor del célebre bolero, en la segunda, del atleta checo Emil Zátopek y en la tercera, del inventor croata Nikola Tesla– para realizar un singular experimento: el de mantenerse lo más cerca posible de la verdad histórica para construir un relato de ficción sin alterar los hechos, apoyándose únicamente en el poder irradiante y múltiple del lenguaje. En este sentido resulta interesante volver a Un año (1997) para rastrear la génesis de una búsqueda que, aunque en su escritura no se desmarca de la novela tradicional, procede con los mecanismos propios de un relato que se mantiene fiel a la realidad. Una realidad que no es real, pero que de tan detallada y plausible, un artista cualquiera o un simple lector podría apropiarse para vivir, a lo largo de un año, otra vida.

 

Titulo: Una huida de novela
Autor: Débora Vázquez
Fecha: 02 de Setiembre de 2011
Fuente: La Nación, adn


Hijo de un psiquiatra, Jean Echenoz (Orange, 1947) vivió en un hospital público desde los diez hasta los dieciocho años. Entre sus compañeros de escuela se lo conocía como "el que vivía en lo de los locos". Un estigma que le cuadra aún hoy como escritor, dada su predilección por personajes poco cuerdos.
Tal es el caso de Victoire, la protagonista de Un año , que tras despertar una mañana junto a un cadáver y sin recordar nada de lo ocurrido la noche anterior, improvisa una valija y compra un boleto en una estación de trenes parisiense con destino a las playas del sudoeste. Todo esto sin advertirle a nadie acerca de su paradero ni del abandono del cuerpo de Félix para no tener que dar explicaciones sobre una muerte en la que podría estar implicada. En Saint-Jean-de-Luz alquila un chalet por tres meses y se dedica a no hacer nada, o a coleccionar pelotas de golf, que es prácticamente lo mismo, hasta que un amante casual le roba sus ahorros y termina convertida en una mendiga.
Pese a que el libro se titula Un año , todo transcurre en apenas nueve meses. Una licencia por parte de Echenoz que, por un lado, pasa desapercibida ante la radicalidad del periplo de la protagonista y la presencia de las cuatro estaciones (imposible no discernirlas cuando se duerme a la intemperie) y, por otro, acierta en dar una sensación más acabada de ciclo, o acaso de cifra de una vida.
Suerte de road movie novelada de construcción lineal, Un año sigue a Victoire en un largo plano secuencia para rendir cuenta de la metamorfosis que imprime en ella la caída social. (Cabe aclarar que la elección de una protagonista femenina es una rareza dentro de la literatura de Echenoz, con un único precedente en la heroína hitchcockiana de Rubias peligrosas. ) Del tren bala al aventón, pasando por la bicicleta, lo que interesa antes que el exotismo o la trivialidad de los parajes es la errancia en sí misma. Se trata de un viaje en las antípodas de lo oracular o iniciático, que no enseña -ni desenseña- sino que vale por su puro movimiento. Un movimiento imperioso en el que a las coordenadas de la hoja de ruta se impone el desvío sistemático. "Si nosotros no nos hubiéramos perdido, habríamos estado peor", le responde un linyera a la protagonista ante su presunción de estar "absolutamente perdida".
El narrador de este relato impecable sostiene una relación de proximidad con los objetos y lugares, directamente proporcional a la distancia irónica que lo separa de los personajes: "Gérard mantenía esmeradamente un Simca Horizon antiguo, de color beige, que no tenía ni el encanto de lo viejo ni el confort de lo nuevo". Tal es así que mientras los espacios revisten características humanas -léase "un salón resignado" o "una cocina reticente"- los seres de ficción parecen ignorar su propia interioridad. Esta propensión a hacer foco en el mundo concreto y en los comportamientos de los personajes antes que en su psicología procede, según Echenoz, de su temprana afición por el policial negro norteamericano en general y por el estilo objetivista de Dashiell Hammett en particular.
Lejos de los discursos en parte especializados de algunas de sus novelas, Un año presenta un lenguaje llano y una escritura económica, atenta al detalle: "Esas sábanas no habían sido desplegadas desde hacía mucho, una línea gris, marrón y amarillenta recorría de punta a punta el pliegue".
No sorprende que esta breve ficción, publicada en francés en 1997, haya sido llevada a la pantalla. En la literatura de Echenoz hay algo ligado a la retórica del cine, como si todo pudiera imaginarse con una cámara al hombro. Una particularidad en la que su experiencia de guionista y su cinefilia habrán jugado sin duda algún papel. Echenoz no sólo piensa en planos sino también en la banda de sonido, como cuando se refiere a la "bocina atonal" de una bicicleta robada o tilda a una voz de "seca como el caño de escape de un motor frío".
Cierta crítica francesa sesgada, basada quizás en la juvenil afinidad del escritor con la extrema izquierda, pretendió ver en Un año una toma de posición política. Pero la realidad es que si los mendigos abundan en el relato (a pesar de que más de un intendente procure desterrarlos de su ciudad por decreto) es porque, como bien explica Echenoz, "se volvieron parte del paisaje" y no por una vocación de denuncia. En otras palabras, la novela le interesa como máquina de ficción antes que como reivindicación social: entre Raymond Roussel y Émile Zola, confesó alguna vez, siempre se sintió más cerca del primero.
El final es tan abrupto como el principio. Un respiro que, valga la redundancia, corta la respiración, con el aliciente de cuestionar retrospectivamente las certezas de la novela. Una vuelta de tuerca atípica dentro de la obra del escritor francés que, por su corte jamesiano, hará vacilar al lector entre la especulación fantasmagórica y el desequilibrio mental..

 

Titulo: Crónica de un descenso social
Autor: Pablo E. Chacón
Fecha: 29 de Julio de 2011
Fuente: Telam


En "Un año", el novelista Jean Echenoz narra con precisión de entomólogo el descenso social de una joven francesa hasta la pobreza extrema, en un registro que combina el humor negro y acaso ciertos detalles de la situación de la Europa contemporánea.

El libro inaugura la sección ficción de la flamante editorial Mar Dulce, cuyo director es el escritor y periodista Damián Tabarovsky.

La trama del texto se sostiene en una sorpresa que desencadena una situación insólita y una reflexión algo alejada de los últimos libros del escritor, centrados en personajes históricos (Ravel, Zatopek, Tesla) que como la protagonista de esta novela, en algún momento se quiebran.

Echenoz nació en Orange, Francia, en 1947. Publicó doce novelas, un relato breve y un libro de recuerdos de su editor. En 1999, ganó el Premio Goncourt por "Me voy".

Además, entre sus títulos figuran "Rubias peligrosas", "Nosotros tres", "La aventura malaya", "El meridiano de Greenwich", "Lago", "Correr", "Cherokee" y "Al piano". "Un año" es de 1997 y estaba inédita en castellano.

¿De qué se trata en esta suerte de thriller psicológico? Es la historia de Victoire, quien una mañana descubre muerto a su amigo Félix. Sin saber qué pasó, abandona París hacia las playas del sudoeste, como una vagabunda sonámbula o desorientada.

La narración parece que avanzara. Luego, la joven es asaltada. Sin dinero, deja un hotel donde pasaba los días. Empieza entonces un brutal descenso social, hasta llegar a la pobreza extrema.

Se convierte en mendiga, ladrona de naderías, caminante sin camino, se pierde en sendas que no son las suyas, o que no son las que habitualmente ha frecuentado. Esto dura un año. La pregunta que deja flotando la lectura de este libro es si en ese año no estará cifrada la vida entera de Victoire.

¿De qué materia están hechas las relaciones sociales? ¿Cuál es la consistencia del lazo social, y en consecuencia, de una comunidad; qué pierde y qué gana aquel que se va y vuelve; qué quiere decir irse del mundo? Esas preguntas subtienden esta novela corta, fenomenal desde el primer párrafo. El lector no encontrará respuestas porque bajo la apariencia retórica, esas preguntas son las que únicamente podría responder una efigie que haga las veces de mojón y de oráculo, tal vez.