prensa Selva Almada
 

Titulo: Indudable talento
Autor: Carlos María Dominguez
Fecha: 09 de Marzo de 2016
Fuente: El país - Cultural


Desde su publicación en 2012, El viento que arrasa, de la escritora entrerriana Selva Almada (1973), ha tenido varias ediciones y un exceso de promoción que enturbia sus valores elementales. Bien narrada, la historia concentra en el taller mecánico de una ruta provincial los destinos de un pastor protestante y su hija adolescente, del mecánico que repara el motor y su joven ayudante, todos parejamente desamparados frente a una tormenta que se aproxima.

Pearson es un predicador protestante convencido de su misión evangélica, en algún momento abandonó a su esposa y se quedó con la niña; “el Gringo” es un hombre solitario que cobijó al muchacho que lo asiste hace muchos años, cuando la madre lo abandonó en el camino. Ambos quieren el bien de los jóvenes, pero Pearson se empeña en llevarse al ayudante del Gringo para sumarlo a sus seguidores, motivo del enfrentamiento entre los dos hombres y núcleo central del argumento.

En el curso de unas pocas horas Almada enlaza el pasado de los personajes, su voluntad, su carácter, con líneas claras y sugerentes. La apelación a varios sermones del Reverendo y a las conductas modestamente cínicas de su hija Leni dan a sus silencios y conductas una particular vibración. Las historias del Gringo y su ayudante Tapioca son de una sencillez más ingenua y más expuesta en su tipicidad.

La inteligencia de Selva Almada ha sido narrar su historia sin grandes énfasis, dosificar con ritmo sostenido las intensiones sumergidas del relato y dotar a los personajes de silencios que operan como secretos, en contraste con los signos sensoriales del clima opresivo que anuncia el arribo de la lluvia. Las señales visibles ocultan una trama más densa.

La lectura de la narrativa sureña norteamericana ha sido provechosa y la novela está impregnada de sus lecciones con notoria disciplina. Es desproporcionado cargar sobre la autora la jerarquía de una narradora como Flannery O'Connor, aunque los caracteres del predicador y su hija, y algunos tonos narrativos evoquen a la autora de Sangre sabia. Por detrás de las exageraciones de la prensa argentina, Selva Almada muestra en esta novela una ambición inicial, de indudable talento, y una voz prometedora, apenas logre sumar un aliento más profundo y personal en el desarrollo de sus historias.

EL VIENTO QUE ARRASA, de Selva Almada. Mardulce España, 2015. Madrid, 160 págs.

 

Titulo: La palabra arrolladora
Autor: Isaac Rosa
Fecha: 22 de Enero de 2016
Fuente: Babelia- El País


“Van un padre y un hijo de viaje, y entonces…” Esto que parece el arranque de un chiste es la sinopsis simplificada de incontables novelas y películas levantadas a partir de unos pocos ingredientes comunes: un padre y un hijo (una madre ausente), un viaje (búsqueda o huida), un paisaje que es metáfora, y el pasado por todo equipaje. Un reconcentrado de tiempo, espacio y personajes, con alcance universal: esto es, una road movie con conflicto paternofilial, ya sean las infernales travesías familiares de Cormac McCarthy y David Vann, o entre nosotros las Carreteras secundarias de Pisón o la excursión de Lo que no está escrito de Rafael Reig.

Poco tiene que ver El viento que arrasa con ese subgénero de conflictos familiares y psicológicos, aunque se escriba con ingredientes en principio muy similares. Aquí no hay un padre sino dos, y sus respectivos vástagos, hija e hijo. Hay también un viaje, el del predicador Pearson y la adolescente Leni por el áspero norte argentino. Está ese paisaje desolado y reseco como metáfora, donde malvive la segunda pareja: el tosco mecánico Brauer y el joven semisalvaje Tapioca. Y está, sobre todo, el pasado, con sus madres fantasmales.

Con tales materiales, otro autor habría compuesto un novelón enfático y trágico, exprimiendo hasta la última gota de ese jugo amargo. Habría también quien, desde cierto minimalismo de moda, optaría por esquematizar trama y personajes, subrayando de paso la trascendencia de cada breve frase pronunciada y el detalle revelador más nimio.

Pero entre ambos caminos, Selva Almada elige uno propio, que no es un término medio sino ajeno, original. Y que tiene que ver con la fuerza de la palabra, arrolladora. La del predicador, cuyos sermones electrizan a los fieles. Y la de la propia autora, la voz narradora que en un registro opuesto al del predicador electriza también al lector desde las primeras páginas.

Que en una literatura tan rica y variada como la argentina, donde se viene haciendo mucha de la mejor ficción en español, El viento que arrasa mereciese unanimidad crítica y éxito de lectores, y fuese elegida como mejor novela del año, hace que nos preguntemos sobre los valores de una obra primeriza, brevísima y de apariencia leve.

La novela avanza por acumulación, pues la trama apenas progresa, encallados padres e hijos en un desguace de coches que parece fuera del mundo. Acumulación de memoria, a partir de breves fragmentos del pasado de cada uno, sobre todo de aquellos momentos decisivos que los condujeron hasta aquí.

Acumulación también de tensión, a partir del choque entre dos personajes antagónicos pero hermanados: Pearson y Brauer, dos padres simétricos que crían a sus hijos en soledad, resguardados en sólidas creencias (uno en un Dios redentor; el otro en las fuerzas de la naturaleza), y cuyos roces anticipan una colisión que los lectores olemos en el horizonte, con la misma inquietud con que el perro Bayo olfatea la tormenta.

Y acumulación poética, pues desde un arranque secamente realista la prosa de Almada va ganando relieve y emoción sin apenas renunciar a su economía expresiva. Y es aquí donde la autora gana la partida: en la escritura, más que en la propia historia.

La trama es interesante aunque leve (y la apelación rutinaria a Onetti, Faulkner y los escritores del sur norteamericano no beneficia a una novela brillante pero sin la ambición y crudeza de aquellos). Los personajes son complejos, y de fondo se ventilan conflictos con mayúsculas (la fe, la redención, el enfrentamiento intergeneracional).

Pero uno pensaría que Almada no tenía tanto interés en contarnos esa pequeña gran historia como en escribirla, encontrar una voz poética e imprimirle intensidad párrafo a párrafo. Por fortuna es así, ya que el planteamiento de partida podría haber desembocado en salidas más previsibles, las que uno espera cuando le plantan delante un fanático religioso, una adolescente rebelde, un bruto rural, un chaval a medio civilizar, en un paisaje asfixiado por la sequía… La contención narrativa de la autora va apagando una tras otra las expectativas más obvias, como las velas que se consumen en el apagón durante la tormenta.

El viento que arrasa no es un ejercicio de estilo, al contrario: es una obra madura, con un manejo hábil del registro oral y una sensorialidad descriptiva alejada de aquel minimalismo expresivo tan corriente en los últimos años. Escritura sin apenas lirismo, sobria, y precisamente por ello de gran fuerza poética. ¿La mejor novela argentina de los últimos años? Ni lo sé ni importa, pero no se pierdan a esta autora.

 

Titulo: Selva Almada, la escritora rural que sale al mundo
Autor: Víctor Nuñez Jaime
Fecha: 12 de Noviembre de 2015
Fuente: El País


Selva Almada (Entre Ríos, 1973) es la escritora que muchos argentinos leen desde hace tres años, cuando se publicó su novela El viento que arrasa (Mardulce). Dice que entre las mujeres de su generación Selva es un nombre común. “Creo que había una telenovela en la que la protagonista se llamaba Selva María. Y a mi papá le gustó y lo eligió para mí”, dice ella, con media sonrisa, en el ocaso de una tarde lluviosa del adelantado otoño madrileño. A esa novela le siguió otra, Ladrilleros (Lumen), y luego las historias de tres mujeres asesinadas reunidas en Chicas muertas (Random House). Con estos tres libros —cortos, certeros y afilados—, que pronto se llevarán al cine y al teatro, esta mujer nacida en un pequeño pueblo llamado Villa Elisa se ha consolidado —ante la crítica y los lectores— como una de las mejores voces narrativas de su país. Pero su literatura —tan local y global al mismo tiempo— no deja de trascender fronteras.

Me cuesta viajar. Porque siento que los viajes desordenan mi vida. Si me dieran a elegir, me quedaría en mi casa con los gatos
Selva era una niña del Interior (como suele llamarse a la provincia en Argentina) cuando su timidez la llevó a refugiarse en los libros de autores como Julio Verne, Emilio Salgari y Louisa May Alcott, que le prestaban en la biblioteca de su pueblo. Se fue a Paraná, capital de Entre Ríos, para estudiar literatura y, desde hace 15 años vive en Buenos Aires. Entonces la distancia le dio la perspectiva para escribir historias apegadas a la realidad y a la oralidad del mundillo rural en el que creció.

En El viento que arrasa, que acaba de llegar a las librerías españolas, un pastor evangélico y su hija, un mecánico solitario y un chico al que éste ha criado como su hijo coinciden en un paisaje desolado y seco y se ven obligados a compartir juntos una tarde y una noche que alterará sus vidas para siempre. En Ladrilleros, las viejas rencillas entre dos hombres llegan a sus hijos y los conducen hacia un destino trágico. Y en Chicas muertas tres adolescentes de provincia asesinadas en los años ochenta dejan de se convierten en ejemplos paradigmáticos del femenicidio.

Este último “es una novela de no ficción, como le llaman algunos. Hice entrevistas, consulté los expedientes de los casos, revisé la prensa de la época, entrevisté a familiares, jueces y fui con una tarotista a que me echara las cartas. Y una vez que hice todo ese trabajo de campo, guardé el material bastante tiempo y cuando apareció una editorial interesada en el libro me puse a escribir”, explica Selva Almada para dejar claro que es la única obra que ha hecho limitada por algo que realmente sucedió.

En contraste con El viento que arrasa (“una historia muy pequeñita. Sencilla pero fuerte, donde el eje son las relaciones familiares), en Ladrilleros predomina la violencia e, incluso, el sexo explícito. Pero para la autora esta novela es, en el fondo, una historia de amor. “Empieza con dos moribundos que van a estar muriéndose a lo largo de toda la novela. Y tiene personajes más viscerales, más marginales. Por eso el desborde y la violencia tienen cabida ahí. Y también el exceso. Pero hay amor y entonces, inevitablemente, también tenía que haber escenas de sexo, para contar qué hacen cuando no se están apuñalando o pegando trompadas”, dice.


Selva Almada confiesa que es muy tímida y desordenada para escribir. “Tengo amigos escritores que terminan una novela y enseguida empiezan a pensar qué es lo próximo que van a escribir. Yo no. Soy mucho más relajada. Termino un libro y hago otras cosas. Ahora, por ejemplo, estoy escribiendo un guion de cine por encargo.” Y agrega: “me cuesta viajar también. Porque siento que los viajes desordenan mi vida. Si me dieran a elegir me quedaría en mi casa, con los gatos.”

Pero a la escritora rural que ha salido al mundo (convirtiendo a la periferia en un asunto central), lectora asidua de autores como Flannery O'Connor, Erskine Caldwell y Carson McCullers, subraya además los mimos que le hace a sus textos. “Cuido mucho la puntuación en mis libros. Porque me gusta que cada uno tenga su respiración propia. Me gusta mucho corregir. Corrijo, tacho, saco, puntúo…” Selva, como los grandes escritores, vale más por lo que quita que por lo que deja. Por eso su prosa es tan potente.

 

Titulo: El viento que arrasa de Selva Almada
Autor: Alberto Gomez Vaquero
Fecha: 12 de Noviembre de 2015
Fuente: Mundo crítico


Reseñamos esta novela de una de las novelistas más destacadas de Argentina


Mardulce ha publicado en España la novela “El viento que arrasa” que vio la luz en Buenos Aires en 2012 y que en seguida fue traducida a varios idiomas, convirtiéndose, con varias decenas de miles de ejemplares vendidos en uno de los fenómenos literarios de los últimos años en lengua hispana.

La historia que Selva Almada desarrolla en esta breve novela podría resumirse así: un pastor protestante, de viaje con su hija por el norte de Argentina, sufre una avería en su vehículo, lo que le obliga a detenerse por unas horas en un taller mecánico ubicado en medio de una tierra reseca y vacía. El mecánico, Brauer, vive allí con la única compañía de su ayudante Tapioca y de un montón de perros que corretean entre decenas y decenas de coches convertidos en chatarra. Mientras esperan que el coche sea arreglado, se va creando una extraña relación entre los protagonistas a la que no son ajenos ni el pasado de todos ellos —lleno de secretos y remordimientos— ni la tormenta que poco a poco se va formando sobre el taller… y que estalla en un copioso aguacero.

Con este argumento, Almada construye una novela que tiene mucho de western contemporáneo —imposible no citar a Carson McCullers—pero que también recoge la influencia de algunos autores latinoamericanos, en especial, la de Rulfo de quien parece haber heredado no sólo la creación de atmósferas, sino el gusto por un lenguaje sencillo, preciso y pegado al habla popular.

Con todo, el gran logro de “El viento que arrasa” es la creación de un entorno reseco, apartado, sobre el que poco a poco se va formando una tormenta que tiene su equivalente en la actitud de los personajes, hasta el punto de que poco después de que el agua comience a caer con fiereza, estalla también la violencia entre los cuatro protagonistas. Un paisaje duro, ardiente, que no sólo influye en la psicología de los personajes, sino que parece ser él mismo una psicología, una psicogeografía.

No cae Almada, sin embargo, en el gusto por la violencia fácil. Por lo que aquí todo se resuelve sin más sangre de lo que la novela (y acaso también el realismo) demandan. La vida, al final, sigue más o menos igual: ha pasado una tormenta, pero éstas son siempre, y por definición, breves. Lo que queda después el paisaje todavía desolado, los mismos remordimientos y las vidas que continúan, como decíamos, sin muchos cambios.

Entre medias, hemos asistido al encontronazo de cuatro personajes muy bien creados, a los que Selva Almada saca poco a poco a la luz aunque sin retirarlos nunca por completo de la zona de penumbra, para después devolverlos allí de nuevo y para siempre: al anonimato, a la vida corriente.

Una novela, en fin, de catástrofes latentes que se lee de un sorbo y que cuenta con unos personajes y, sobre todo, un entorno tan vivos que a ratos parecen salirse de las páginas… o meterte a ti dentro de ellas.

 

Titulo: “El Viento que Arrasa”: Selva Almada te invita a adentrarte en la selva argentina
Autor: -
Fecha: 12 de Noviembre de 2015
Fuente: Fantastic Plastic Mag


Está claro que en España abordamos la literatura latinoamericana desde una fascinación totalmente rendida… Pero, ¿cómo no fascinarse y rendirse ante una visión del mundo que nos queda a la vez tan lejos y tan cerca? Es inevitable, sobre todo en casos tan sonados como el de “El Viento Que Arrasa” de Selva Almada, una novela que ahora llega a nuestro país publicada por la editorial Mardulce pero que anteriormente no sólo arrasó entre público y crítica en su Argentina originaria, sino que ya se ha traducido al francés, portugués, alemán, italiano, sueco y holandés. Ah, y un dato más: tanto su adaptación cinematográfica como teatral están de camino, así que ya puedes ir haciéndote una idea de la magnitud de este fenómeno.

Será, al fin y al cabo, que “El Viento que Arrasa” tiene lo mejor de dos mundos diferentes. Por un lado, Selva Almada recoge el testigo de la eterna fascinación de la literatura latinoamericana por las letras de sur profundo americano. En este caso, la novela está protagonizada por un pastor protestante y por su hija, dos personajes que sonarán poderosamente a los aficionados a la literatura yanki aficionada a retratar los ambientes menos cosmopolitas y más rurales.

Pero, claro, estamos hablando de una autor argentina, así que no es de extrañar que “El Viento que Arrasa” ponga a ese pastor y a su hija en un entorno tan fascinante como la exuberante norte selvático de Argentina. Los protagonistas tendrán que abrirse paso a través de un entorno repleto de conflictos humanos y meteorológicos, de catástrofes a la vuelta de la esquina y de dramas humanos de distinto pelaje. Será un viaje a lo largo y ancho de un paisaje hipnótico que acabará calando en los personajes y, sobre todo, ofreciendo un vibrante retrato de la realidad argentina.

Repetimos: ¿cómo no fascinarse con muestras de maravillosa literatura latinoamericana como “El Viento que Arrasa“?

 

Titulo: El viento que arrasa
Autor: Beatriz Ladrón de Guevara
Fecha: 12 de Noviembre de 2015
Fuente: Mulablanca


Selva Almada (Entre Ríos, Argentina, 1973) cuenta la historia del Reverendo Pearson y su hija adolescente Leni, quienes quedan varados en un pequeño poblado, luego de que el auto en el que viajaban se descompone a medio camino. Ambos son llevados a un taller mecánico dirigido por un hombre llamado Brauer y su joven ayudante Tapioca, quienes los reciben y les dan de comer. La pausa en el trayecto del padre y su hija, provocada por el motor descompuesto del vehículo, detona otro viaje, no en un plano físico sino en uno espiritual.

El Reverendo Pearson vive una vida nómada, predicando y vendiendo biblias de un poblado a otro y arrastrando a su hija a esa vida, luego de que abandonaran a la madre de Leni en una ciudad lejana. Por otro lado, Brauer en el pasado recibe a Tapioca, cuando él era muy pequeño, tras aparecer una vieja amante que asegura que es hijo suyo. La mujer desaparece dejando al niño en aquel taller mecánico en medio de la nada. El propio Reverendo es criado solamente por su madre. Llaman la atención en esta historia las familias desintegradas y los personajes definidos por la sensación de abandono y soledad.

En la novela hay un viento que es el destino, el cual transforma la vida de cada uno de los personajes, sin que ninguno oponga demasiada resistencia a pesar de su sentir.

La llegada del Reverendo marca la vida de Brauer y Tapioca. Luego de convivir con el joven, el religioso crea un puente de identificación con él, y se da cuenta de que puede enseñar al chico sobre religión y convertirlo en un fiel seguidor a su causa. Sin embargo, debe lidiar con el duro carácter de Brauer si quiere lograr su propósito.

Con una narración fluida, sencilla y hasta poética gracias a las detalladas descripciones, Almada logra construir un relato atractivo que por momentos hace sentir al lector que se ha convertido en el espectador de una película. Mediante flashbacks nos cuenta el pasado de cada personaje, y a través de la descripción de los espacios que los rodean, logra construir una atmósfera, al principio árida, pero que, con el paso del tiempo, se convierte en una furiosa tormenta que arrastrará con cada uno de ellos hacia su nuevo destino.

Selva Almada es también autora de la novela Ladrilleros (2013); del libro de relatos Una chica de provincia (2007), de la nouvelle Niños (2005) y del poemario Mal de muñecas (2003). Además, la autora argentina prepara el libro de crónicas Chicas muertas, sobre casos de “femicidio” adolescente, que será publicado en 2014.