prensa Selva Almada
 

Titulo: El viento que arrasa de Selva Almada
Autor: Andrés Gabrielli
Fecha: 18 de Diciembre de 2013
Fuente: Blog de @AndresGabrielli


El verbo es «arrebatar», en el sentido de «atraer algo como la vista, la atención» y «sacar de sí, conmover poderosamente excitando alguna pasión o afecto».

Una novela te puede arrebatar.

Me fascina cuando una novela me agarra del cuello del buzo y me lleva a rastros por donde quiere y me hace creer lo que se le antoja y me enamora de los personajes por más raros y simples que aparenten ser y me deja pensando en sus grandezas y miserias y no me deja hacer otra cosa hasta que pasa un rato, hasta que la novela se me calma en la cabeza, hasta que todas las tensiones que se pulsaron aflojan un poco la vibración. Me encantan las novelas cuando son como El viento que arrasa.

La prosa de Selva Almada (Entre Ríos, Argentina, 1973) tiene aquí esa cosa faulkneriana de Mientras agonizo, pero pasada (y un poco suavizada) por los filtros de la luz terrosa de los campos de algodón (los del sur de aquel sur) y de la ropa limpia (de algodón, está claro) que se ponen las gentes de pueblo los domingos de misa.

Pocos personajes: un reverendo evangelista entre fanático y farsante; un mecánico al que le dicen «el gringo»; un «chango» jovencito al que lo apodan Tapioca; una jovencita, Leni, que es la hija de reverendo, y el perro Bayo, que olfatea tormentas como pocas veces se pueden describir y escribir, protagonizan esta breve historia, tal como si bailaran un chamamé (animado y triste a la vez) en un almacén de campaña.

Breve historia que transcurre en el marco de un día de sequía y su noche de tormenta (aunque teje retrospectivamente las vidas de esos personajes), y en el escenario de un taller mecánico perdido en medio de la campaña provincial deshabitada. En ese marco, la avería de un automóvil (el del reverendo y su hija, llevado a rastras hasta el taller) bien puede ser la metáfora y el detonante de todas las averías que atraviesan las vidas de padres e hijos (y madres ausentes) en su sucesión mundana y en sus desencuentros generacionales. Allí, entonces, para esos personajes, el cielo y la tierra, lo terrenal y lo celestial, solo tienen un punto de contacto: la palabra humana y los silencios.

La escritora sabe que en eso, en la fuerza de esas palabras y de esos silencios, en la economía de esas palabras y de esos silencios, se juegan los destinos más terrenales que divinos de sus personajes (humanos, demasiado humanos).

Con un pulso envidiable, Selva Almada conduce el relato para arrebatar a este lector y, seguramente, a todo lector que se acerque a estas páginas.

Belleza de novela, viento que arrasa.

 

Titulo: El viento que arrasa: Selva Almada
Autor: Beatriz Ladrón de Guevara García
Fecha: 18 de Diciembre de 2013
Fuente: Mula blanca


Selva Almada (Entre Ríos, Argentina, 1973) cuenta la historia del Reverendo Pearson y su hija adolescente Leni, quienes quedan varados en un pequeño poblado, luego de que el auto en el que viajaban se descompone a medio camino. Ambos son llevados a un taller mecánico dirigido por un hombre llamado Brauer y su joven ayudante Tapioca, quienes los reciben y les dan de comer. La pausa en el trayecto del padre y su hija, provocada por el motor descompuesto del vehículo, detona otro viaje, no en un plano físico sino en uno espiritual. El Reverendo Pearson vive una vida nómada, predicando y vendiendo biblias de un poblado a otro y arrastrando a su hija a esa vida, luego de que abandonaran a la madre de Leni en una ciudad lejana. Por otro lado, Brauer en el pasado recibe a Tapioca, cuando él era muy pequeño, tras aparecer una vieja amante que asegura que es hijo suyo. La mujer desaparece dejando al niño en aquel taller mecánico en medio de la nada. El propio Reverendo es criado solamente por su madre. Llaman la atención en esta historia las familias desintegradas y los personajes definidos por la sensación de abandono y soledad. En la novela hay un viento que es el destino, el cual transforma la vida de cada uno de los personajes, sin que ninguno oponga demasiada resistencia a pesar de su sentir. La llegada del Reverendo marca la vida de Brauer y Tapioca. Luego de convivir con el joven, el religioso crea un puente de identificación con él, y se da cuenta de que puede enseñar al chico sobre religión y convertirlo en un fiel seguidor a su causa. Sin embargo, debe lidiar con el duro carácter de Brauer si quiere lograr su propósito. Con una narración fluida, sencilla y hasta poética gracias a las detalladas descripciones, Almada logra construir un relato atractivo que por momentos hace sentir al lector que se ha convertido en el espectador de una película. Mediante flashbacks nos cuenta el pasado de cada personaje, y a través de la descripción de los espacios que los rodean, logra construir una atmósfera, al principio árida, pero que, con el paso del tiempo, se convierte en una furiosa tormenta que arrastrará con cada uno de ellos hacia su nuevo destino. Selva Almada es también autora de la novela Ladrilleros (2013); del libro de relatos Una chica de provincia (2007), de la nouvelle Niños (2005) y del poemario Mal de muñecas (2003). Además, la autora argentina prepara el libro de crónicas Chicas muertas, sobre casos de “femicidio” adolescente, que será publicado en 2014. - See more at: http://mulablanca.com/mx/el-viento-que-arrasa-selva-almada/#sthash.Nnw12Qck.dpuf

 

Titulo: La voz del interior
Autor: Ulises Cremonte
Fecha: 25 de Setiembre de 2013
Fuente: Bazar Americano


Ladrilleros, de Selva Almada: ¿por dónde empezar? ¿Por la novela o por la autora? Las reseñas publicadas han mantenido un movimiento pendular entre esta novela y la anterior, ubicando a la autora como una celebrada aparición. Es que El viento que arrasa, título premonitorio si los hay, fue ampliamente elogiada por la crítica y un éxito de ventas, un best seller para una editorial independiente como Mar Dulce.
Comencemos por la novela. Ladrilleros cuenta la vida de dos familias, en realidad de una tragedia a lo Romeo y Julieta. Pero también es la historia de dos generaciones y de la imposibilidad de que los hijos comprendan a los padres y los padres entiendan a los hijos. Y sobre el casamiento o la falta de expectativas que en este caso parecen estar en un mismo plano.
Ambientada en el Chaco hay, en la primera parte, una clara pretensión mimética al desplegar una serie de ritos cotidianos de la vida en los pueblos del interior. Allí se apela a ciertos tópicos del lugar común: el poco afecto al trabajo, el alcohol, la violencia, la tendencia a tener muchos hijos. El peligro de este abanico es que asumiera un perfil declaradamente esquemático sobre lo que suele creerse que es la vida de provincia. Pero si este nivel, el de las acciones, transcurre por caminos conocidos, lo esperable se rompe cuando entran en escena los dos personajes femeninos: Estela y Celina. Allí el narrador elabora una especie de extrañamiento. No es que las mujeres sean la conciencia y los hombres las acciones, sino que más bien se genera una especie estado de metafísica cotidiana cuando el centro de la escena es ocupado por los personajes femeninos. En varios pasajes son las mujeres quienes asumen y hasta anticipan que el destino para esa historia ya está escrito y nada se puede hacer salvo continuar. No solo se resignan a la vida que les toca, sino que son conscientes de que la suerte está echada. Esto genera un saludable efecto, porque diluye el perfil costumbrista en el que podría haber caído Ladrilleros.

En la segunda parte, cuando la narración se dedica a los personajes más jóvenes, el relato parece mudarse al conurbano. Se mantiene el escenario pero el registro pasa a ser mostrado con “cámara en mano”. Hay algo de “material sin editar”, de fuerza documental televisiva.
Lo que se mantiene a lo largo de toda la novela es la enunciación narrativa, ese tono siempre mesurado –aún cuando lo que se esté contando sea una explícita escena de sexo o la infinidad de situaciones violentas que no escatiman recursos del gore– que permite que Ladrilleros sea un relato límpido, sin estridencias y hasta se podría decir, clásico. Por momentos este narrador regulado le resta vitalidad a la historia, porque si bien los sucesos no se detienen, asoma la certeza de que todo lo presentado esta muy bien amortiguado.

Ahora sí, hablemos de la autora. ¿Por qué Selva Almada se transformó en el último tiempo en una de las autoras más elogiada por la crítica?

Si nos enfocáramos en los aspectos más técnicos podríamos decir que:

a) Es una escritora sólida, maneja con solvencia la trama narrativa.

b) Construye personajes con espesura, reconocibles, humanos y los incluye en un marco espacial concreto, descripto con precisión, sin abusar de adjetivaciones.

c) Tiene una voz narrativa poderosa y personal que se ubica en una clara tradición literaria, pero con la suficiente autoridad para que no se la tome como una mera imitación.

Pero para alcanzar el lugar que hoy ocupa los méritos literarios no alcanzan. Es cierto que los comentarios elogiosos de Beatriz Sarlo significaron un elemento clave. Hay al menos media decena de escritores nóveles que también cumplen estos requisitos técnicos y que también suelen ser recomendados por Sarlo y que sin embargo no ocupan este coyuntural olimpo. Se podría afirmar que el elemento diferencial, la dosis que hizo Almada sí y otros no, es lo que podríamos llamar “el sentimiento de culpa unitario de la crítica”. Cada época necesita que un escritor de provincia diluya el centralismo porteño. Sea Di Benedetto, Tizón o Saer, el canon necesita en su muestra un botón del interior. No es que la literatura de Selva Almada no merezca elogios, pero el lugar que hoy ocupa se debe más a una pulsión del mercado. En esencia nada cambia porque el centralismo se mantiene, incluso la misma Almada participa asiduamente de eventos en bares porteños donde siempre concurre el mismo elenco estable de 20 o 30 personas. La pregunta es otra: ¿alcanza con que Selva Almada haya nacido en Entre Ríos y que Ladrilleros transcurra en el Chaco para hablar de una literatura federal?

Dios –o el narrador omnisciente– está en todos lados, pero atiende en Buenos Aires.



 

Titulo: Clima de moridero
Autor: Cristian Alarcón
Fecha: 24 de Agosto de 2013
Fuente: http://cultura.elpais.com/cultura/2013/08/22/actualidad/1377186991_229602.html


Selva Almada vio el primer muerto adentro de un cajón, en un rancho, cuando tenía seis años. La niña nacida en 1973 en Villa Elisa —un pueblo pequeño, católico y conservador de la provincia de Entre Ríos— quedó tan impresionada que no volvió a someterse a un velorio hasta que murió su abuela Ciomara, hace un par de años. Ciomara fue la madre de su madre, una estirpe de mujeres serias y calladas, decididas y llenas del poder con el que cuentan las que se han unido a hombres flacos de decisiones. O ausentes. Selva Almada es una de las escritoras más elogiada de su generación, revelación a poco de cumplir 40 años por dos novelas venidas de una potente voz que nace en las huellas de Juan Carlos Onetti y, más allá, de William Faulkner y Erskine Caldwell. Entre esa niña absorta y aterrada ante el cadáver de un desconocido, y esta mujer que ahora escribe un nuevo libro sobre hombres que salen de pesca y otro sobre mujeres asesinadas, hay un hilo que explica la fascinación de sus lectores: en Almada, el pulso de la literatura es el de un latido que amenaza con apagarse, pero avanza, sin pausa, hasta producir un nudo en el estómago, porque es inminente el abismo, que no cesa, que no llega, pero allí está agazapado. La agonía es en esta escritora el vals que suena para que sigamos la huella de lo vital.

Entre Ríos, la provincia, es un vergel mesopotámico: rodeada por los ríos Paraná al oeste, y Uruguay, al este, es una zona de campos prósperos en los que se siembra el trigo y ahora, en tiempos de tecnificación y monocultivo, la soja. El departamento de Colón —en el que está el pueblo natal—, limita, literalmente, con el Uruguay de Onetti. En su primera novela, El viento que arrasa, Almada recurre a esos paisajes solo para crear un contraste desolador entre el calor inclemente del chaco santafecino, al norte, adonde sitúa la escena de sus cuatro personajes y el de sus tierras nativas: un pastor evangélico —el reverendo Pearson—, su hija —Leni—, un mecánico solitario —El Gringo Bauer— y Tapioca, un chico al que ha criado como su hijo. El predicador y la muchacha quedan varados en la ruta, por la que deambulan con una biblia y dos maletas exiguas, de pueblo en pueblo. Tiempo atrás, Pearson ha abandonado a su mujer en un punto del camino para no verla nunca más. Las horas se sucederán en ese rincón privado de agua, de gente, de cualquier riqueza, mientras el mecánico busca cómo hacer funcionar el coche. El clima tórrido, un clima de moridero, es —lo es en toda su obra— un personaje más de la historia: la tormenta que se anuncia con el cambio de la luz por las nubes negras, por la humedad que se huele, interviene en la trama dándole un viraje último a la novela.

Lenguaje de los suburbios

Esfumado tras la enorme figura de otros autores del sur norteamericano como William Faulkner, Carson McCullers o Flannery O’Connor, Erskine Caldwell —el más vendido de todos ellos— no tiene en el resto del mundo la fama de sus contemporáneos. Por eso, cuando Selva Almada lo nombra, es necesario buscar en librerías de viejo para dar con el libro que cita como una de sus más fuertes influencias: El camino del tabaco. Así también —en el Parque Centenario de Buenos Aires— es posible encontrar La verdadera tierra, una novela que en los cincuenta fue traducida por Juan Carlos Onetti. La relación entre la literatura rioplatense, representada por la sombría y potente prosa del Onetti de El astillero, y la del sur gringo, queda en evidencia ante ese dato histórico. Si el uruguayo que escribió sobre las tragedias de desclasados, situados casi siempre en pequeños pueblos del interior, reconoció la influencia de Faulkner, es también cierto que lo alcanzó el estilo rudo, crudo y profundamente político de Caldwell. Algo de eso, tamizado por la sensibilidad urbana de un lenguaje que no remeda al de los paisanos sino que se nutre del que se usa en los suburbios de Buenos Aires, es lo que alcanza Almada en sus novelas.
El camino del tabaco llegó de manos del padre de un amigo que fue un gran lector en los cincuenta. En un momento el libro fue un best seller en Estados Unidos: vendió ocho millones de ejemplares. Cuando apareció la novela, como a Faulkner, los lectores de sus terruños, lo acusaron de traidor: el retrato impiadoso les resultó un insulto. Cuando Selva Almada publicó un relato íntimo en un diario nacional, y comenzó por describir con pluma filosa el pueblo de Villa Elisa, donde nació, le llovió el desprecio. Presentó allí su primer libro de relatos autobiográficos y la respuesta fue contundente: no llegaban a ser diez los asistentes. Almada reconoce la fascinación que le produjo Caldwell: “Me flasheó la crudeza y la violencia de esa novela. Lo que en Flannery O’Connor estaba por abajo, en Caldwell estaba expuesto”.
—¿Estuviste peleada con la idea de ser una escritora de provincias?
—Cuando comencé quería desprenderme del “escritor entrerriano”, de los que le escribían al río y al gaucho. Mis primeros cuentos eran urbanos. Me llevó mucho tiempo desprenderme del mandato regionalista. Cuando tomé distancia lo vi absolutamente desde otra perspectiva, y le encontré valor a eso que allá me parecía berreta.
Mucho antes de publicar El viento que arrasa y de que la novela fuera elegida como la mejor del 2012 por el suplemento cultural del diario Clarín y ponderada por intelectuales como Beatriz Sarlo, Almada publicó Niños (cuentos) y Una chica de provincia, un relato confesional en el que aparece su familia entrerriana. Ahora, puesta a recordar, se ve correteando por un barrio sin límites, en las afueras del pueblo, con un primo que nació solo diez días antes que ella y con el que creció. Juntos se escapaban para visitar a los tíos solterones que vivían en ranchos solitarios, a pocas cuadras. Lolo Bertone, uno de ellos, solía trabajar en una fábrica de ladrillos, atizando el fuego para cocinarlos. A la niña Selva y a su primo incondicional los fascinaba visitarlo, ver cómo las llamas cocían esos panes de greda con los que luego se levantarían las casas de Villa Elisa. Ese carácter, el de Lolo, es el que hereda el Gringo Bauer, y un poco el de los padres de los protagonistas de su última novela, otro suceso: Ladrilleros, dedicada al hombre recio que fue ese tío y que murió mientras ella escribía. El día que el libro —ya impreso— llegó a sus manos, Selva lo abrió, leyó su propia dedicatoria, y se largó a llorar.

Si El viento que arrasa es la economía onettiana del lenguaje y una inminencia que nunca termina de desatarse, Ladrilleros es una novela de desbordes. En El viento… el pastor Pearson añora el verdor cálido de su natal Entre Ríos mientras intenta reclutar a Tapioca, un jovencito enclenque al que ha criado el Gringo Bauer desde los seis. Tapioca fue dejado con Bauer por su madre, una prostituta nómada que un día pasó por el lugar y le juró que era su hijo. La tensión entre los varones de la historia y la presencia femenina de la joven hija del pastor nunca se resuelve: el lector teme que se desate alguna situación en la que la chica podría ser víctima. Almada reconoce que la historia original tenía una trama que iba por ahí: Leni era la protagonista, y la víctima de un padre abusador. La historia, a medida que escribía, le pareció demasiado sórdida y cambió hacia este cuarteto en el que la tensión se funde en un estilo entre poético y realista: pone los pelos de punta, pero no llega al obvio aguijón del horror. Es en Ladrilleros donde la escritora se lanza a un estilo que es menos prolijo, pero también de una intensidad terrestre: lo real de dos amigos que se enfrentan a cuchillazos en un parque de diversiones y agonizan a lo largo de todo el libro, se mezcla con las alucinaciones que tienen desde su lecho de muerte. Mientras se desangran se acuerdan de sus padres, dos machos correntinos —el norte vuelve a ser el sitio elegido— que supieron ser enemigos hasta que uno muere y el otro se borra del mapa yéndose a trabajar como cosechador a otra provincia.

Selva Almada nació en un pueblo en el que la tierra del barrio se confunde con el campo. En esa casa a medio construir en la que vivió con sus padres hasta que huyó hacia Paraná, la ciudad más cercana para estudiar literatura, leyó en largas siestas, sus primeros libros. Las historias de Julio Verne le llegaron de manos de su abuelo paterno, Antonio Carroz, hijo de suizos venidos a mediados de siglo desde el cantón Valais. Carroz, peón de campo, era también un gran lector. Se casó con Ciomara, pero murió joven. A su muerte, Ciomara migró a Buenos Aires, para emplearse como mucama en la casa de una famosa soprano. Regresó al pueblo ya grande. La madre de Selva, hija de la pareja, heredó una voluntad de hierro para abrirse camino. Almada siempre vivió de changas. La madre fue el sostén familiar haciendo trabajos de costura para sus vecinos. Así se costeó los estudios como enfermera, y luego, los de maestra de escuela. Selva leyó —un clásico de la niñez argentina del interior— a Verne, Salgari, Alcott. Y siguió con la biblioteca popular de Villa Elisa: “Ahí encontré lo que quería. La literatura me salvó la vida”.

El colegio secundario fue un suplicio. Selva era la hermana menor de un varón tan popular como un cantante de moda. Extrovertido, simpático, el mayor de los Almada generaba expectativas en esa adolescente que lo precedía, para molestia de ella, una chica tímida, de carácter seco, hosco. Todos la comparaban con él. Ella hubiera preferido pasar desapercibida. Por eso siguió refugiada en la lectura. Cuando llegó el momento de estudiar se mudó a Paraná. Quería ser periodista. Duró dos años en Comunicación, y entendió que le importaba más la literatura. Se anotó en el profesorado. Y fue como soltarse de un tronco al que había sido atada por la moral pueblerina.

En la facultad, al borde del río Paraná —el más ancho después del caudaloso Río de la Plata— conoció a escritores y poetas. Era de las pocas estudiantes que vivía sola, su familia había quedado en el pueblo. En su casa se reunían a leer lo que escribían. Entre ellos se daban consignas para imaginar historias y foguearse. Así se inventaron una revista, en 1997, que llamaron Caelum Blue, por un poema de Lupercio: “Porque ese cielo azul que todos vemos, ni es cielo, ni es azul: ¡lástima grande que no sea verdad tanta belleza!”. Era un colectivo de artistas y organizaban fiestas para presentar cada número: algunos solían desnudarse para las performances, y de pronto Paraná tuvo su escena alternativa. Almada se fue dando cuenta que no estudiaba para ser profesora: lo de ella era escribir. En 1999, antes de que terminara el siglo, con el mismo novio que tiene al lado desde los 20, partieron a Buenos Aires.

Pajarito Tamai y Marciano Miranda, los protagonistas de Ladrilleros, son hijos de los chúcaros Tamai y Miranda, que viven a pocas cuadras y se odian. Las escenas del enfrentamiento entre los padres, las de la amistad infantil de los hijos, y las de la trama que se cierne hacia un final anunciado, pero del que se ignoran las razones, son de una masculinidad exacerbada: una condición hombruna y campesina que se vuelve universal en su frescura y en su traza corpulenta. Almada lo consigue con un lenguaje provinciano “desbordado” y con un conocimiento profundo de las lógicas de los varones, sin matices de corrección política. A salvo de la moral de clase media, Almada se mete con la lucha por el poder fálico, pero también con el amor de los varones. Ahora, por ejemplo, escribe una novela de hombres que se han ido a pescar. “Los hombres, ¿de qué hablan? ¿Cómo se aman dos varones en ese ambiente? ¿Qué hace un pibe que de golpe se enamora de un pibe?”.

¿De dónde viene ese desapego que la hace una autora original, lúcida, y novedosa, aun cuando transita aguas navegadas antes por clásicos como Onetti, Juan José Saer o los escritores del sur de los Estados Unidos? En Almada, se descubre después de leerla sin respiro y de conocerla, está el Onetti de El Astillero y de Juntacadáveres, pero también, y rioplatense, el Faulkner de Mientras agonizo y Santuario. Según ella misma confiesa, todavía más, el Caldwell —contemporáneo de los otros— de El camino del tabaco, una novela en la que el dolor del sometimiento surge de una familia llena de miseria y vileza. “Lo que en Flannery O’Connor estaba por abajo, en Caldwell estaba expuesto”. Almada aprecia el desapego que produce buena literatura, desde la experiencia y sin rodeos. Ella misma se pone en el ojo de la tormenta cuando se la interroga sin ambages.

—¿Por qué en estas dos novelas que te han vuelto conocida casi siempre los personajes son hijos?

—Como te decía, no voy a tener hijos. No voy a ser madre. Siempre voy a ser hija.

Esa es la Selva Almada que los argentinos leen por estos días. Es la misma chica que puede contar en el mismo tono que la violencia del campo no la sorprende, que no tiene una mirada moral sobre la violencia. Acaso el recuerdo de las siestas en Villa Elisa lo haga comprensible. Junto a su primo del alma —que fue su primer amigo, su primer novio, su primer todo— solían visitar al solterón Lolo Bertone en su rancho de las afueras. Tenía hamacas, el paseo era un respiro. A Lolo solía visitarlo la Chona, una prostituta que lo servía de vez en cuando. “La Chona iba con sus hijos”, cuenta. “Nosotros jugábamos con los nenes de la Chona y ellos se encerraban en el rancho. Ella entre los chicos tenía una hija que empezó a crecer, una nena que se desarrolló muy pronto. Entonces empezó a entrar al rancho. La madre se quedaba afuera, esperando. Era un horror, pero al mismo tiempo era algo que vivíamos sin sorpresa. Seguíamos jugando”.

Selva Almada escribe ahora sobre hombres que pescan, y sobre mujeres asesinadas. La leeremos.



Los libros El viento que arrasa y Ladrilleros están editados por Mardulce.

 

Titulo: Novelas vistas desde la ruta
Autor: Flavia Pitiella
Fecha: 16 de Julio de 2013
Fuente: Blog de Eterna Cadencia


Flavia Pitella: Buenas tardes y bienvenidos al ciclo de entrevistas a escritoras. Cerramos el ciclo con una gran escritora, joven y grande: Selva Almada. Selva ha publicado cuentos y el año pasado sorprendió al mundo literario con la novela El viento que arrasa que fue elegida por Ñ como mejor novela del año, por Eterna Cadencia como mejor novela del año. Fue un suceso literario muy importante, muy bien recibida por el público académico, por los medios, y por los lectores, que es más importante. Este año Selva dio una vuelta de tuerca interesantísima y publicó su segunda novela, Ladrilleros. Estas novelas están publicadas por Mardulce, una editorial que recomiendo muchísimo porque es una gran buscadora de talentos literarios. La idea de la entrevista jugar con las novelas, que armó como caras de una moneda, que son opuestas en el formato y en el fondo, pero que a la vez son auténticamente textos de Selva Almada. La primera pregunta es rara: si tuvieras que ponerle música a El viento que arrasa, ¿qué música le pondrías?


Selva Almada: Buenas noches, gracias por la invitación. Yo no soy muy melómana, por lo que no sé si es una pregunta rara pero sí difícil de responder. Hubo un tiempo en que escuchaba mucha música pero ahora casi no escucho… No sé me ocurre.

Te lo preguntaba porque las dos novelas son muy musicales y muy cinematográficas, son muy de los sentidos. El viento que arrasa es como una anti road movie: un reverendo llega a un taller porque se le rompió el auto. Parece ser una de las paradas que va a tener a lo largo de un camino, pero la novela trata sobre esa única parada. El espacio es abierto y sin embargo se genera una sensación de claustrofobia.

La claustrofobia está dada por la situación, por lo que pasa entre esos personajes. El hecho de que sea tan pocos personajes, son apenas cuatro, acrecienta la sensación de claustrofobia porque no se pueden escapar unos de otros. Casi siempre están juntos. También el clima de esa sensación de claustrofobia: hay una tormenta inminente, hace mucho calor, todo es pesado, moroso. No sé si me planteé que el clima fuera opresivo, pero sí me di cuenta que, tanto como el paisaje, que funciona como otro personaje de la novela, como el clima iban a contribuir a dar esa sensación. El paisaje y el clima arrinconan a los personajes y eso se transmite en la lectura.

En cierto sentido están atrapados porque el auto no anda.

Además eso: están obligados a quedarse hasta que arreglen el auto o los vengan a buscar. O sea que sí, están atrapados.

Hay dos personajes masculinos, el reverendo Pearson y el gringo Bauer, que es el mecánico. El reverendo lleva a su hija, Leni, y el mecánico vive con un nene adoptado, Tapioca. Se presentan como opuestos: la idea de lo cultural o de lo místico del reverendo contra la cosa palpable, real, del mecánico.

La idea era que las figuras adultas fuesen opuestas, pero en el fondo son iguales porque son dos tipos muy creyentes. Sólo que creen en cosas diferentes, casi inconciliables. Uno cree fervientemente en Dios y el otro en las fuerzas de la naturaleza. También la relación de cada con sus hijos es distinta. El mecánico nunca le ha dicho a Tapioca que es el padre, por lo que el trato es medio de patrón a empleado. Tienen una relación más distante, pero también mucho más cariñosa. Es una relación más entrañable que la que hay entre el reverendo y su hija. Tapioca ha sido criado en el medio de la nada con muy poco contacto con otros chicos de su edad, casi nulo. Es un espíritu muy inocente, no contaminado por el mundo. En cambio Leni es una adolescente más convencional. Es rebelde. Tiene la tremenda paradoja de odiar al padre pero a la vez admirarlo cuando él va a dar un sermón. Está siempre tironeada entre el amor y el odio. Hace que la relación familiar sea mucho más compleja.

¿Por qué el nombre del reverendo es Pearson, un nombre inglés?

Esta novela iba a ser un cuento: yo tenía pensado escribir un libro de cuentos con la excusa de que fuesen cuentos que estuviesen en la ruta. Había escrito un relato largo y pensando en qué otro oficio podía tener a la gente en la ruta se me ocurrió un pastor evangelista que recorriera los caminos para dar sermones y vender biblias. Yo casi no tengo contacto con la religión. Apenas un con el catolicismo; con la relación evangélica mucho menos. Yo no sé las diferencias entre un pastor y un reverendo, pero busqué la manera de que el personaje no tuviera un nombre que podría asociarlo al pastor Giménez, porque iba a poner al personaje en una posición ridícula. Entonces pensé que no fuera un pastor sino un reverendo y busqué mejor un nombre que suene inglés. Así apareció el Reverendo Pearson. Pearson en realidad es el nombre de una editorial en donde trabajaba un amigo mío. Después puse como excusa que su padre había sido un aventurero americano que había andado por acá y había embarazado a la madre y la había dejado. Pero era porque las referencias que tenía sobre los reverendos eran más americanas o inglesas que argentinas. Fue por eso.

La novela está intercalada con sermones: ¿qué tanto hubo de imaginación y de investigación sobre cómo se construye un texto que va a ser leído en una iglesia?

Puse los sermones porque no quería que el personaje cayera en el cliché de que los pastores son todos chantas que le sacan plata a la gente, etc. Quería que, más allá de su fanatismo, realmente creyera en lo que predica. Y se me ocurrió que los sermones podían ayudar a construir el personaje. No investigué mucho porque soy bastante vaga, no suelo investigar mucho cuando escribo ficción, pero me vinieron muy bien las revistas que te dejan los Testigos de Jehová. Y también, como vivo cerca del barrio coreano y hay muchas iglesias evangelistas, un día que iba a tomar un colectivo me dieron un librito con los sermones de un pastor coreano que iba a venir a la Argentina. Me sirvieron para usar los versículos sin tener que ir a la Biblia a buscarlos. Podía usar las frases o versículos como disparador de los relatos. Pero además si me iba a poner a escribir sermones, quería que tuviesen que ver con los problemas del mundo, no solamente con Dios. Por eso aparece un sermón sobre la violencia de género, la explotación, etc. Los fui escribiendo y recién al final de la novela les encontré ubicación.

En este clima de claustrofobia y de inacción se genera en el lector una espera constante en que pase algo, pero que no pase nada es que está pasando todo. ¿Tenías en la cabeza posibles tramas que no pasan en la novela?

No. Esta es mi primera novela pero antes escribí muchos cuentos y en esos mundos tampoco pasa demasiado. Es una característica de mis relatos, lo importante no son las historias sino la relación entre los personajes. Además, como no sabía que iba a ser una novela, había pensando los límites de un cuento y no podía tener una historia que necesitara mucho desarrollo. Pero cuando me di cuenta que pedía un poco más de pista pensé que me gustaría que fuera como cuando uno mira desde un auto que pasa en la ruta y ve ese momento. No me importaba saber qué pasó con los personajes, ni qué les había pasado antes, por qué el pastor dejó a la mujer o qué pasó con la madre de Tapioca. Yo había elegido un momento para contar a esos cuatro personajes y el resto quedaba afuera.

¿Qué inspira tus paisajes? Ya podemos plantear una conexión con Ladrilleros.

Había pensado como leit motiv de esa serie de cuentos que nunca llegué a escribir que pasaran en la ruta que va de Entre Ríos a Santa Fe y Chaco. En el norte de Santa Fe y el sur de Chaco hay muchísimas iglesias protestantes y me pareció que era un buen paisaje para ambientarlo. La zona de Entre Ríos de donde yo vengo es una zona católica, no hay otros cultos, y la primera vez que vi tantas iglesias distintas pero todas protestantes fue en el Chaco. Por eso me pareció natural ambientarlo ahí.

¿Y Ladrilleros?

El disparador fue una anécdota que me contaron que había sucedido ahí. Me pareció que venía bien para Ladrilleros, que es una novela más dura, más violenta, más hostil, esa zona particular del Chaco. Yo siento que ese paisaje me rechaza constantemente. Yo soy entrerriana y esa parte del Chacho por lo menos es lo opuesto. Es como venir de un vergel, un paraíso terrenal, y pasar a eso que es todo chato, caluroso, lleno de polvo todo el tiempo. Me parecía que estos personajes de Ladrilleros eran típicos de ahí, tenían que estar ahí.

Ladrilleros se opone en varios aspectos a El viento que arrasa. Cuenta historias muy explícitamente, muy a fondo en la vida de varias generaciones. Nos enteramos, en las diferentes idas y venidas en el tiempo, sobre la vida de los abuelos, los padres y los hijos. ¿Cómo fue el paso de una novela que transcurre en seis horas a una que transcurre en treinta años?

Sí: por ahí de los abuelos se sabe un poco menos, pero se sabe mucho de los padres, de las madres y los chicos. En realidad, de la anécdota que me contaron quedó muy poco, pero quedaron las puntas que evidentemente después marcaron la construcción de la novela. Una era que había sucedido en un parque de diversiones y la otra, que era un rencor familiar que se venía arrastrando en varias generaciones y que lo dirimen los hijos primogénitos. El tiempo de la novela son, quizá, minutos. Es lo que le lleva morirse a estos, que tardan toda la novela, pero que en la vida real sería muy poco tiempo. Serían minutos.

Un tiempo psicológico y un tiempo real.

Al mismo tiempo, para sostener lo que más me interesaba contar —que era la agonía de ellos dos; y hubiera sido insostenible en una novela— quería reconstruir cómo habían llegado ahí. No me resultó difícil: creo que me resultó más difícil contar El viento que arrasa que Ladrilleros.

Hay una polifonía muy interesante de voces, hay algo muy de Faulkner, hay algo del gótico sureño norteamericano. ¿Hay mucha influencia?

Sí, es una literatura que me gusta mucho. Creo que en Ladrilleros, más que Faulkner o los norteamericanos del sur a quienes noto una influencia en El viento que arrasa, está Caldwell, que es otro sureño mucho más violento, mucho más descarnado. Caldwell fue un descubrimiento. Algo del espíritu de El camino del tabaco de Caldwell se coló en la novela.

Yo pensaba en Mientras agonizo, de Faulkner.

Es una de mis novelas favoritas.

Es interesante lo que hacés con estos dos chicos mientras están muriendo. Pero hablemos de la polifonía: ¿cuál fue tu ejercicio para que sepamos quién es cada uno que habla?

El narrador de la novela es un narrador omnisciente en tercera persona, pero es un narrador que se contagia, se contamina del lenguaje de los personajes. Creo que eso hace que uno no se maree tanto pensando en quién habla, porque al final habla un narrador en tercera. Pero al mismo tiempo aparecen pequeñas intervenciones que dan idea que se están contando del punto de vista de uno u otro. No quería un narrador que fuera personaje porque el libro de cuentos anterior, Una chica de provincia, que es un libro autobiográfico, estaba escrito en primera persona y estaba un poco harta del narrador personaje. Pero tampoco quería un narrador omnisciente, en tercera, desapegado, distante, más literario. Quería un revoltijo entre narrador y personajes, que el narrador se pusiera en la voz, no sólo en el punto de vista. Lo hice muy tímidamente en El viento que arrasa y me dije que en el próximo lo llevaba hasta donde diera.

En El viento que arrasa las mujeres están presente por ausencia. Pero en Ladrilleros son fuertísimas.

Pero son mujeres típicas del interior. Mujeres con maridos que no se hacen cargo de nada, medio vagonetas, que no les gusta trabajar, que no les importan lo hijos. Es bastante paradójico porque teniendo todo para ser feministas son muy machistas. Se ven obligadas a salir adelante porque no pueden contar con su compañero. No las tuve que imaginar mucho, es un retrato bastante realista de cómo es la mujer en el interior.

Es muy tierna la imagen de la mujer que rompe bolsa. Toda la escena es de una ternura increíble. Le deja una nota al marido, agarra un bolsito y una toalla para no ensuciar el taxi, se va a lo de una vecina con teléfono, llama un taxi y se va al hospital. Una mujer sola y feliz.

Ahora capaz que toda la familia va a la sala de parto. Pero cuando yo nací, era muy típico que la madre pariera sola. No había hospital en el pueblo: había que ir a otro pueblo. Mi mamá llamaba un taxi y a lo sumo la acompañaba la hermana y paría y después volvía con el chico.

A diferencia de El viento que arrasa, que es más elíptica, Ladrilleros es una novela muy visceral. Una novela de todos los sentidos. Uno huele mucho, toca mucho, ve mucho. Qué ejercicio interesante.

Yo creo que las historias mandan cómo se cuenta. El viento que arrasa pedía un lenguaje muy económico porque es casi como uno le debe hablar a Dios. De una manera muy silenciosa, muy pudorosa, muy para adentro. Es una novela que habla de la fe y cómo uno se relaciona con Dios. Ladrilleros es una historia totalmente distinta, más carnal, y el lenguaje tenía que acompañar la historia. Y la novela también tenía que ser desbordada como la historia.

Los personajes se constituyen con la complejidad psicológica que tienen. Un tiende a pensar en una simplicidad que va de la mano de la pobreza, pero lejos de eso, estos personajes tienen mucha profundidad psicológica.

Un prejuicio nuestro es que los pobres no piensan. También el personaje del mecánico en algún punto es más parecido a los de Ladrilleros. Con los personajes de Ladrilleros pensaba en un tío de mi madre que fue ladrillero —de hecho la novela está dedicada a él— que era un tipo muy rústico, casi analfabeto pero con un mundo interior riquísimo, maravilloso. Esos personajes también pueden tener pensamientos elevados. Puse la historia de amor, que no la vamos a contar acá, porque tenía ganas de contar la historia con esos dos personajes, no con los clichés que estamos acostumbrados.

Ladrilleros tiene escenas de alto contenido erótico. Muy bien logradas, profundamente románticas, pero a la vez despojadas de lo romántico. ¿Cómo construiste estas descripciones tan apasionadas, tan sexuales y a la vez tan románticas sin serlo?

Siempre me costó el erotismo y las escenas sexuales. Acá, otra vez lo pedía la historia. Porque también es una historia muy sexual. Los personajes son muy apasionados. No me salía hacer una escena sugerida porque además quería que realmente se notara el goce. Estos momentos de encuentro sexual son los pocos momentos felices que tienen estos personajes. Me parecía que llevarlo a un erotismo más poético iban a terminar haciendo escenas ridículas o no me iban a sonar naturales. Entonces probé cómo resultaba usar el lenguaje que ellos usarían para referirse a las partes de su cuerpo o a lo que están haciendo.

Quiero leerte una cita de Carson McCullers de La balada del café triste, con referencia a mi próxima pregunta: «El corazón herido de un niño se encoge a veces de tal forma que se queda para siempre duro y áspero como el hueso de un melocotón o, al contrario, es un corazón que se ulcera y se hincha hasta volverse una carga penosa dentro del cuerpo y cualquier roce lo oprime y lo hiere». Los niños y la infancia parecen ser fundamentales en tus escritos.

Sí. Es un lugar que vengo trabajando hace mucho en la escritura. De hecho, uno de los libros de cuentos se llama Niños. Al contrario de lo que a veces pensamos como la época más feliz de la vida, la infancia tiene un costado de mucha desprotección y hay que tener mucha valentía para llegar a la adultez y no quedarse en medio del pantano. Es un momento que siempre quiero contar: cómo fue cuando esos personajes adultos de la novela eran niños. Hay una escena, cuando van al parque de diversiones, que me preguntaban si los habían violado: ¡no! No los violaron, no les pasó nada, pero la escena me servía para contar la desprotección en la que están muchos niños, sobre todo en el Interior. Cómo esta cosa de ser muy libres al mismo tiempo los pone en una situación muy vulnerable en donde les podría pasar cualquier cosa horrorosa. La infancia es un tema que me gusta y me gusta volver siempre que puedo.

Hay una dualidad de esos personajes con respecto a lo que siente el adulto hacia su infancia. Por ejemplo, quieren ver muertos a sus padres, pero cuando están muriendo se refugian en la imagen de ellos.

Las partes de las agonías están narradas como si fueran alucinaciones. Uno de ellos adoraba a su padre y el padre era un violento, un golpeador. Al padre lo mataron y él, que se había jurado vengarlo, ahora se da cuenta que está muriendo y que no ha llegado a cumplir la promesa que le había hecho a su padre muerto. Pero el padre aparece, lo visita, lo acompaña, con esa cosa de protección paternal. Y en el caso del otro, que siempre había tenido una relación muy mala, el día que el padre lo abandonó fue un alivio, el padre vuelve como para burlarse pero también hay una escena que, de algún modo, creo, lo reconcilia. Eso tiene que ver con que no me gustan los personajes que son o blancos o negros o buenos o malos. Me gustan que sean contradictorios en sí mismos, como somos los seres humanos. Aún este tipo tan desagradable y tan egoísta y tan desinteresado, también merecía un resquicio, un lugar donde se lo comprendiera.

En las entrevistas que hago a escritores los someto a un castigo… Los escritores describen con muchas palabras sus escenas maravillosas, pero aquí yo hago una lista de diez palabras que te voy a ir diciendo y vos me tenés que contestar con otra, sólo con una, que no se puede repetir. Empiezo: paternidad.

Desapego.

Maternidad.

Protección.

Hermanos.

Entrañable.

Infancia.

Claroscuro.

Pobreza.

Dificultad.

Precariedad.

Desprotección.

Sexo.

Vitalidad.

Escritura.

Felicidad.

Espacios.

Abierto.

Familia.

Crisis.

¿Qué estás escribiendo ahora?

Otra novelita de dos tipos cincuentones con un chico de dieciocho o veinte años, que es hijo del amigo de ellos que se murió cuando él era chiquito y ellos son como padres postizos, como tíos, los que le hacen aprender las cosas del mundo masculino, y se van un fin de semana a pescar a una isla del Paraná. Empecé la novela hace poco y voy muy lento. No tengo resueltas las tramas antes de empezar a escribirla sino que voy viendo lo que va surgiendo en el camino. Pero el protagonista es uno de estos hombres, que es un tipo muy expansivo, muy divertido, muy verborrágico, pero que tiene un secreto tremendo que tiene que ver con la muerte de su amigo. La novela arranca con una escena donde están pescando una raya gigante en el Paraná. En realidad, la empecé a escribir cuando me contaron cómo se pesca una raya: se la saca del agua y se le dispara. Me pareció extrañísimo que a un pez se le dispare. Así empieza. El es el encargado de dispararle. Es un policía retirado y cuando la van subiendo con los ganchos, con los hilos de pescar, cuando ve la raya y siente que la raya lo mira y se desata su conflicto. Todavía no termino de saber cuál es, pero siente que la raya le pide clemencia. Vamos a ver qué pasa.

 

Titulo: Violencia interior
Autor: Martín Lojo
Fecha: 12 de Julio de 2013
Fuente: ADN, La Nación


Selva Almada, autora de la exitosa novela El viento que arrasa, narra en Ladrilleros un conflicto pasional entre familias


Amanece en un parque de diversiones de provincia y dos cuerpos jóvenes agonizan en el barro. Pajarito Tamai y Marciano Miranda acaban de cerrar en un duelo de cuchillos una larga historia de enfrentamiento familiar. Con ese desenlace trágico comienzaLadrilleros, la segunda novela de Selva Almada (Villa Elisa, Entre Ríos, 1975), sucesora de la exitosa El viento que arrasa. A partir de allí, retrocediendo y regresando alternadamente a ese momento final, la narración reconstruye la historia de las dos familias y enfoca los pequeños acontecimientos violentos que llevaron a esas muertes anunciadas.

Una violencia que parece ineludible, inspirada por el clima sofocante del Chaco: "Acá, todo duro, seco y espinoso, lleno de polvo. [...] Acá no se puede, acá todo tiene que ser violento, a la fuerza". En ese ambiente se enciende la disputa de origen tan antiguo como olvidado entre Oscar Tamai y Elvio Miranda, los padres de los duelistas. Ladrilleros humildes que apenas soportan las durezas del trabajo y el aburrimiento de la vida familiar, a los que escapan entregándose al juego, a la bebida y al odio mutuo, que se expresa en pequeños actos de vandalismo, robos menores y algunas peleas cuerpo a cuerpo. Son sus hijos quienes van a derramar la sangre de ese resentimiento, acorralados por un azar riguroso, acaso un destino, que confirma el lugar común ("lo que se hereda no se roba, dicen"). Esa necesidad de la trama le da cierta rigidez al punto de vista de la novela, como si existiese un mandato determinista que naturaliza la agresividad gratuita de las vidas que retrata, una falla de origen confirmada en la sentencia del policía que cierra la novela: "¡Qué desperdicio, mierda!".

La novela logra sortear esa primera impresión de lectura por el modo en el que el narrador presenta y da voz a sus personajes. Sin abandonar la contención de su prosa, Almada se acerca a los actos y deseos de los ladrilleros sin juzgarlos. Se deja fascinar por sus impulsos violentos y permite que hable la moral del cuerpo que los motiva. Así aparece una versión más compleja del conflicto. Contra los esfuerzos de las mujeres de ambas familias para contener a sus hombres y estabilizar la economía hogareña, las pasiones desbordadas de los Tamai y los Miranda son el cimiento de su afirmación personal, su identidad y su libertad. Es por esto que las escenas sexuales, y sobre todo las homoeróticas, representan la única instancia en las que el desencuentro entre los personajes se suspende. También es la razón por la que, frente al padecimiento de los cuerpos en el rigor del trabajo, la pelea se transforma en su opuesto: un momento de regocijo erótico y estético: "La coreografía fue sufriendo variantes: de la habilidad bruta a la destreza refinada. Fue cambiando junto con los cuerpos. Ese primer contacto del hombro contra el pecho fue dando una idea clara de las transformaciones: un día el hombro en vez de ir a dar contra el torso huesudo, se hundió en un pectoral hinchado; otro sintió el músculo duro, el botón de la tetilla parándose al roce". En la comprensión de ese deseo sin límites se conjura el "desperdicio" de la tragedia social. Ya no alcanza el determinismo de clase, entonces, para explicar el odio entre vecinos, la rivalidad entre padres e hijos, la voluntad de destruir al otro y destruirse a sí mismo.

Almada reconstruye la experiencia del pueblo de provincias con extrema precisión, descubre sus reglas y recrea su lenguaje buscando no sólo la sonoridad de sus palabras sino también la complejidad de sus sentidos. Sin renunciar a las formas del relato clásico, se permite aflojar el verosímil realista cuando la narración lo exige. Ese esfuerzo por crear una literatura de ambiente rural sin ingenuidades "localistas" da como resultado una mirada que se identifica con lo que ve sin negar la distancia.Ladrilleros asume así el riesgo de una ambigüedad que oscila entre el lugar común y la búsqueda de una comprensión más compleja y desprejuiciada