prensa Selva Almada
 

Titulo: Las piezas diminutas de la prosa de Selva Almada
Autor: Ana Prieto
Fecha: 07 de Junio de 2013
Fuente: Revista digital, Fudación TEM




El viento que arrasa, primera novela de la escritora entrerriana Selva Almada, va por su tercera edición, tuvo un récord de ventas en la última Feria del Libro de Buenos Aires y fue considerado uno de los libros del año 2012 en Argentina. Su segunda novela, Ladrilleros, editado también por Mardulce, promete compartir esa notoriedad.

Como uno de los objetivos de la Fundación Tomás Eloy Martínez es hacer un aporte a la formación de escritores y periodistas, intentamos, a través del diálogo que sigue, entrar en la cocina de la escritura de Selva Almada, y descubrir las diminutas piezas que componen su prosa.

Ladrilleros es una novela que empieza por su propio final. ¿Por qué tomaste esa decisión de estructura?

El disparador de la novela fue una anécdota que me contaron. Y de ese relato breve, de ese cuento de sobremesa, lo que más me había impactado era el duelo en un parque de diversiones. Es decir, no tanto el duelo en sí (las peleas en los parques son tan habituales como en los bailes, las fiestas, cualquier sitio por donde corra el alcohol) sino pensar a los moribundos allí tirados, con los juegos todavía funcionando, las luces, la música. La escena me parecía hermosa y potente: dos chicos veinteañeros (los de mi novela, no los de la anécdota) agonizando en un parque. Y cuando decidí esa primera escena, también apareció la idea de acompañar a los personajes en su agonía a lo largo de toda la novela; que se queden allí para siempre en ese parque que se va apagando como se van apagando ellos.

Al igual que El viento que arrasa, Ladrilleros tiene atmósferas muy precisas, casi tangibles. Si dieras una clase sobre “cómo elaboré la atmósfera de Ladrilleros”, ¿qué tres cosas no dejarías de contar?

Bueno, creo que el estado agónico de los protagonistas, esta muerte que parece que no va a llegar nunca y que se mezcla con recuerdos, con situaciones del pasado, pero también con situaciones que no ocurren nunca, darle a la agonía la forma de una alucinación, creo que es un buen punto. Hace unos años murió una amiga mía, de cáncer, con su hijo la acompañamos los últimos días, le daban morfina y ella tenía de repente lapsos de lucidez y alucinaba. Ella fue lo más cerca que estuve de la agonía de alguien, así que por eso pensé en estos pasajes medio alucinados que tienen los personajes de el Pájaro y Marciano; estas escena “enrarecen” una narración bastante realista, por otra parte. Otra cosa puede ser el tratamiento del lenguaje: el lenguaje de Ladrilleros es violento, desbordado, sexual, físico y el narrador (que es omnisciente) se contamina de la oralidad de los personajes. Eso le da un sonido propio a la narración. Y de algún modo los flashbacks que son como pequeños descansos en los que el narrador se calma un poco y que al mismo tiempo permiten mantener cierto suspense sobre qué les estará sucediendo mientras a los agonizantes del parque.

¿Qué problema se te presentó durante la escritura de tu primera novela, que no se presentó o que pudiste sortear con facilidad durante la escritura de la segunda?

Durante la primera se me presentaron todos los problemas: no sabía cómo estructurarla, no sabía dónde poner los sermones, no sabía qué iba a suceder con esos personajes… pero bueno, eso es propio de una primera novela; uno tiene que ir aprendiendo sobre la marcha porque por más que haya cientos de páginas acerca de cómo escribir una novela, uno nunca sabe hasta que escribe una, y ni así, porque la siguiente seguro presentará otra serie de problemas. Pero en Ladrilleros no tuve un problema que me angustió bastante en El viento que arrasa, que era llegar al final y cómo sería ese final. Ladrilleros iba a terminar cinco minutos después de la primera escena y a eso lo tuve siempre claro, lo decidí antes de empezar a escribirla.

¿Cuál personaje de Ladrilleros fue más complejo de abordar y por qué?

El personaje que más me costó, que tuve que rumiar bastante antes de empezar a escribirlo, creo que fue Oscar Tamai, el padre del Pájaro. Quería mostrarlo como lo que es: un descansado, un violento, un buscarroña, pero a su vez un espíritu libre, de esos tipos que nunca se atan a nada. Y no quería que hubiese una opinión mía al respecto. No quería que el lector detestase a Tamai sino poder trasmitir la complejidad de esos hombres aparentemente simples, que uno muchas veces juzga a la ligera. Y creo que una escena que de algún modo lo reivindica o muestra esas dos caras, esa eterna contradicción, es la alucinación del Pájaro donde lo ve en la laguna tocando el acordeón.

Cuando periodistas y críticos escriben sobre tu obra, hacen siempre un fuerte hincapié en el hecho de que hayas nacido en “el interior”. ¿Creés que existe algo así como una literatura porteña y otra de provincias? ¿Y qué te produce personalmente la expresión “interior”?

No sé si podemos hablar de una literatura de provincias y de otra literatura porteña. Quizá sí de literatura urbana (en mi generación sobran ejemplos), y literatura que se corre hacia la periferia, que cuenta la Argentina profunda o que se sitúa en ciudades del interior. Pienso en Mariano Quirós o en Federico Falco, por ejemplo. Creo que la literatura que se produce en Buenos Aires es la que tiene mayor visibilidad, por lo mismo de siempre: aquí están las editoriales más importantes, el periodismo cultural, las librerías más grandes. Quizá el centralismo esté en la circulación de la literatura y es una pena porque seguramente nos estamos perdiendo de muchos buenos escritores que están produciendo, editando y circulando en sus provincias.

Crecí escuchando la expresión “del interior” o “el interior”. Yo siempre prefiero decir que soy de Entre Ríos, que no es lo mismo que ser de Catamarca o de Chubut. No me molesta la expresión, pero sí creo que simplifica, que uniforma algo tan singular y tan interesante como es cada provincia con su idiosincrasia, sus tonadas, su manera de ver el mundo.

Finalmente, tres escritores de Argentina y tres escritores extranjeros de los que sigas aprendiendo y que te han inspirado.

Voy a nombrar los cuentos de Daniel Moyano y dos novelas: Sudeste, de Haroldo Conti y La piel de caballo, de Zelarayán. Son lecturas puntuales a las que siempre vuelvo. De Moyano y Conti me gusta esa relación del hombre con el paisaje, esa manera de contar esa relación, tirante, incómoda pero también entrañable, inseparables uno de otro. Y de Zelarayán la maravillosa música de su prosa.

Y extranjeros Onetti, aunque me da no sé qué llamarlo extranjero, bueno, Onetti fue la primera lectura iluminadora que tuve, casi una revelación cuando empezaba a escribir. Y los cuentos de Flanery O’Connor y de John McGahern, los cuentos completos de ambos, siempre que los releo aprendo algo, descubro algún mecanismo, un engranaje, una diminuta pieza que hace que esos cuentos no se agoten nunca.

Fragmento de Ladrilleros

Se te viene la noche, Pájaro, piensa y medio sonríe porque ¿qué noche se presentaría con un cielo tan blanco como este? Quiere decir otra cosa, claro. Tiene que mantener la cabeza en marcha hasta que llegue ayuda. No se le ocurre cómo salir de esta. Tiene que proyectar recuerdos sobre ese cielo blanco que se parece tanto a la pantalla del Cervantes y agarrarse de ellos.
Vamos, Pájaro, vamos, acordate de algo.
Del padre no hubiese querido, sin embargo el muy hijo de puta se le aparece. No importa, chango, no importa, vos seguí. A la final, mejor que sea del padre de quien se acuerde ahora, porque es acordarse de él y sentir un fuego en las tripas, una rabia, unas ganas de encontrarlo y cagarlo a trompadas ahora que podría, ahora que es grande y podría llenarle la cara de dedos sin esfuerzo. Mejor que sea el padre: la bronca es un buen combustible. Pensar en el padre y seguir echando leña al fuego, qiue no se apague, que lo mantenga calentito porque, de a ratos, siente como un frío por dentro.
¿Cómo estará su viejo? ¿Dónde estará?
Ni un recuerdo que valga la pena. Le tenía miedo, aunque no pareciera. El padre creía que él lo desafiaba, pero no: era puro muedo, el miedo que tomaba esa forma, como los animalitos cuando se sienten cercados y atacan con toda la furia. En el fondo, puro cagazo. Y cuando dejó de tenerle miedo, cuanto dutvo el valor para enfrentarlo, el muy crápula se manda a mudar y lo deja pagando. Desaparece y él se queda con toda la rabia martillando en su cabeza como un arma descargada.

 

Titulo: Selva Almada: Mucho más que una simple "chica de provincia"
Autor: Diario Registrado
Fecha: 16 de Mayo de 2013
Fuente: Diario Registrado



Selva Almada invita con sus textos a recorrer regiones de tierra y alma adentro. Hay un escribir pausado como su charla. Una calma que lleva al lector a crear atmósferas e imágenes de cielos limpios, noches oscuras, peleas, sexo, calor, cuerpos, decepciones y la inevitable esperanza.

Nos sentamos en el living de Selva que nos acerca un mate de esos espumosos imposibles de rechazar.

- ¿Cómo nace tu vocación por escribir? ¿Cuándo sentís que se transformó en tu profesión u oficio?



Selva Almada- En realidad cuando era chica me gustaba mucho leer, no había pensado en que yo podía escribir. Desde los nueve años tenía la obsesión de ser periodista. A la escritura la veía como algo ligado al periodismo no a la ficción. Tuve periodos de tener diarios cuando era más chica. Pero empezaba en enero y los abandonaba en abril (se le escapa una risa de reproche a sí misma) Cuando empecé la carrera de Comunicación Social; el primer año teníamos un taller que daba una profesora de Literatura ella planteaba ejercicios de ficción y ahí es cuando me empecé a enganchar. En tercer año dejé la carrera y me fui a estudiar Letras en Paraná.

Estuvo bueno encontrar compañeros que luego se convirtieron en amigos, que escribían mucho mejor que yo (se ríe) y esto de juntarnos en casas, nos poníamos consignas: hacíamos cadáveres exquisitos en narrativa. Los primeros años que duró el profesorado no me planteaba seriamente esto de escribir. Hasta que me vine a vivir a Buenos Aires. Me vine a vivir acá, por que en ese momento en el interior era más difícil. Ahora es más sencillo con internet, ahora en todas las provincias hay editoriales chiquitas que publican escritores nuevos.



-Viniste en búsqueda de la movida literaria de "la capital"...



S.A.- Claro, había una movida; ahora el mismo fenómeno que se da acá con las editoriales independientes se empezó a dar en las provincias. De hecho en Paraná ahora los chicos publican sus libros allá. En ese momento no había, lo único que se me ocurrió publicar fue una revista literaria en el 97, 98 pero no se nos ocurría que podíamos publicar libros.



- ¿Cuándo viniste a Buenos Aires?

S.A- Estuve un tiempo en el 99 unos meses. Empecé el taller de (Alberto) Laiseca en el (Centro Cultural) Rojas, hasta que me instalé definitivamente. Volví a hacer un taller con Laiseca pero esta vez en su casa. Y ahí si como que me lo empecé a plantear más como un oficio; pero me daba pudor decir que era escritora. Ahora no tanto, cuando fui a presentar un libro a La Rioja y en el hotel me preguntaron por mi profesión dije ¡escritora!



- ¿Por qué te daba pudor?


S.A- Sentía que me quedaba grande el título. Supongo que llega un punto donde te hace un clic interno y tenés que hacerte cargo que ya publicaste cuatro libros, que escribís cotidianamente, que estás en un circuito. Yo hace cuatro, cinco años... que empecé a dar talleres de escritura, tuvo también que ver con las publicaciones con el Ciclo Carne Argentina que organizamos hace un montón.

-¿Cómo escribís? ¿Tenés un método que te resulte efectivo?, ¿es azaroso?

S.A.- Muchas veces traté de tener un plan de escritura o un esquema pero soy bastante improvisada. Me cuesta primero hacer un plan y después escribir. Ya quiero ponerme a escribir la historia, no quiero estar una semana haciendo un plan. Tampoco me siento en la computadora si no tengo nada. Pero una vez que se me ocurre algo, algún personaje, lugar o una historia. Por ejemplo ladrilleros surge de una anécdota que me contaron...

-¿Cuál es esa anécdota?

S.A- Mirá que desvirtué bastante la anécdota original; son dos familias que se hacían de todo, se robaban, y cada vez que se encontraban en el pueblo buscaban excusa para pelearse. Y un día llega al pueblo un parque de diversiones. Una noche esas familias "se desconocen", como se dice en el interior (se ríe) y bueno siempre andaban con cuchillos, revólveres y se arma una batahola y quedan heridos y muertos de cada bando. Esa era la anécdota que me habían contado. Y que me había parecido muy potente que la pelea pasara en un parque de diversiones. Había pensado en escribir un cuento, en ese entonces no se me ocurría que podía escribir novelas. Pero bueno cuando terminé El viento (que arrasa) dije puedo empezar con esta novela, ya lo pienso como un relato de más largo aliento. Empecé la historia eligiendo un personaje de cada familia cuando la pelea ya sucedió y los personajes están agonizando.

-Si bien están estos dos personajes masculinos centrales en Ladrilleros también conocemos a sus esposas. En tu escritura que podés sentir cuando "te habla" un hombre y una mujer. ¿Esta diferenciación te salió naturalmente? Se dice que "Selva Almada sabe hacer hablar a un hombre en un texto".

S.A- Si es verdad que tengo una facilidad para los personajes masculinos. No siento que sea una dificultad escribir personajes masculinos y/o femeninos. Son partes de una historia, piezas de una historia que se tiene que empezar a jugar. No se, no lo pienso, es como medio automático.

-¿Hay algo tuyo en alguno de los personajes?

S.A- No, creo que no. Supongo que inconscientemente a una se le salta la chaveta. Más allá que los personajes son de ficción uno toma siempre rasgos de conocidos: por ejemplo está mi tío ladrillero y está el tío de mi madre que era camionero. Tipos duros que nunca se casaron que no tuvieron hijos, pero que tenían mucha comunicación con la naturaleza

-¿Qué estas leyendo?

S.A- Siempre leo varias cosas al mismo tiempo. Ahora estoy con El mosto y la queresa de Mario Castells autor rosarino donde hay un clima rural; la historia transcurre en el campo en Paraguay, hay partes que están en guaraní. Si bien tiene un glosario no lo veo mucho. La verdad es que cuando una historia está bien contada, te va llevando, aunque no comprenda nada de guaraní. También estoy leyendo Tambor de arranque del santafesino Bitar muy linda novela, pero más urbana. Además como doy talleres en Espacio Enjambre donde la idea es incorporar la oralidad a la escritura y eso hace que relea por ejemplo La Piel del Caballo de Zelarayán, o Señor Presidente (Asturias) En este ultimo tiempo estuve leyendo por trabajo autores que tienen que ver con el regionalismo, lo rural. Esto de incorporar el habla popular a los relatos. Me regalaron para mi cumpleaños Eisejuaz de Sara Gallardo, dije ¡cómo nunca la había leído! Me sentí súper identificada con como ella hace hablar a los personajes.

-¿Qué género te atrapa más?

S.A- Me gusta mucho el realismo, pero también me gusta el realismo que está atravesado por una atmósfera extraña. Sin llegar a ser fantástico. El realismo trabajado que no sea una mera crónica periodística.

-¿Qué opinas de esto de la nueva literatura o la nueva narrativa? La cuestión de lo "nuevo" que no queda claro si es en términos generacionales o de la obra producida.

S.A- Cuestiono el titulo de nueva narrativa argentina no veo que haya un movimiento. Somos varios autores dispares. Se nombra como movimiento nada más que una franja etaria, por que en realidad, si te pones a ver los autores que se supone que somos de la "nueva narrativa argentina" tenemos en común que vamos desde los 25 a los 40 años. Es exagerado decir que es una corriente o un movimiento. Le faltan elementos, lo cual no quiere decir que no lo vaya a ser. Pero bueno, ahora salió la "nueva nueva narrativa" (se ríe) es un poco todo un chiste. Los movimientos reales se pueden ver en perspectiva dentro de unos años. No mientras esta sucediendo. No se si hay críticos tan lúcidos como para ver un movimiento mientras se está armando. Es algo que después de acá a 10 años, podes decir: mirá entre el 2010 y 2020 hubo un movimiento. Esto es ahora un proceso. Ahora hay muchos narradores, antes era un evento que apareciera un nuevo narrador.

-¿Estás trabajando en un nuevo proyecto?

S.A.- Empecé una nueva novela, recién voy 40 páginas y estoy viendo si puedo seguir trabajando en un proyecto de un libro de crónicas de crímenes de mujeres... Me siento comprometida con la idea de trabajar en los temas de feticidio y violencia de género. Pero por ahora la novela es lo que puedo hacer.

-Situación hipotética: te tenés que ir de tu casa y no podes volver nunca más. ¿Qué tres libros te llevarías?

S.A.- Uuu... bueno al menos son tres libros.

-Si fuimos generosos.

S.A.- (se ríe) - Me llevaría los cuentos completos del irlandés John McGahern, El camino del Tabaco de Caldwell y los cuentos completos de Flannery O´ Connor

Selva sigue sonriendo, mientras nos pasa el mate y la tarde cae sobre Buenos Aires. Sabemos que no va a ser la última entrevista. Esta escritora tiene aún muchas historias entre las manos.


 

Titulo: Selva Almada: Amor y odio en tono del Litoral
Autor: Diario Z
Fecha: 15 de Mayo de 2013
Fuente: Diario Z


Con el reconocimiento de la crítica y ventas de El viento que arrasa, la escritora publica su segunda novela.


Selva Almada tiene el aura de chica sencilla que suele caracterizar a los que nacieron lejos de la ciudad porteña. Y es que nació hace cuarenta años en Villa Elisa, una localidad de Entre Ríos. Sus inicios con las letras vienen desde chica, cuando soñaba con ser periodista. A los diecisiete se mudó a Paraná para estudiar esa carrera, pero los libros y un taller de la facultad la llevaron por otros caminos. Selva descubrió el amor por las historias largas y las tramas sencillas pero cargadas de emotividad y fuerza. Fueron diez años en Paraná hasta que armó la valija y se mudó a Buenos Aires.
En 2012, Selva, la chica de provincia –como se titula uno de sus relatos autobiográficos– publicó su primera novela, El viento que arrasa, y literalmente arrasó en ventas .Va por su tercera edición en poco más de un año.
¿Tenías idea mientras escribías que podía tener tanta repercusión?
Empecé a escribir un cuento y me había salido larguísimo, era mucho más que lo habitual de cinco o seis páginas, éste tenía más de treinta y me di cuenta que me gustaba esa idea del cuento largo, que luego se transformó en El viento que arrasa.
En esa historia que nacía bajo la máscara de un cuento simple, Selva construyó los días de un pastor evangelista con su hija adolescente y su encuentro con la vida de un mecánico y su presunto hijo. La historia transcurre en el Chaco, en un pueblo donde los temporales son cosa de todos los días. Y mientras el mecánico intenta reparar el auto del pastor, varado en medio de la casi nada, éste se encarga de intentar evangelizar al adolescente que creció entre perros sucios y carcazas de coches oxidados. El sudor, el pucho, la cerveza, las charlas nocturnas, develan la esencia de este cuento que se transformó en novela. En El viento que arrasa hay mujeres borroneadas que apenas aparecen en el recuerdo de los protagonistas, hay autodescubrimiento, esperanza ligada al espanto, inocencia, amor y odio. Con El vieno que arrasa por salir a la calle, la autora comenzó a escribir Ladrilleros (2013), su segunda novela.
¿Cuál fue el punto de partida de Ladrilleros?
Escuché una anécdota de un asesinato en un parque de diversiones y comencé a investigar un poco más sobre la eso. El tío de mi mamá era ladrillero y tengo pequeños recuerdos de esa historia en mi infancia. Cuando recordé esto y lo uní con la anécdota, no dude en llamar a la novela Ladrilleros”.
La típica disputa entre vecinos culmina en la muerte de uno de ellos, pero se continúa en sus hijos. La historia se cuenta a partir de un flash back de un moribundo, que por medio de recuerdos narra el enfrentamiento familiar. En un ida y vuelta, aparece el sexo, la maternidad, la homosexualidad, el alcohol, el juego, la violencia, la pobreza, y finalmente (o al comienzo), la muerte violenta.
Ladrilleros se escribió en quince días, mientras la novela que la antecedió estaba a punto de salir. Paralelamente se crearon ambos libros.
No es sencillo sentarse a escribir nuevamente cuando la obra anterior tuvo tanta fuerza, la presión por crear algo con el mismo furor es algo inevitable.
¿Por qué Ladrilleros arranca desde el final de la historia?
Quería empezar por el final, porque con los cuentos, los relatos y ahora las novelas, siempre me cuesta definir un final. Sabía cómo iba a terminar la historia y me la saqué de encima al comienzo. Te cuento lo que pasó antes, lo que pasó en el parque de diversiones y por qué él está tirado a punto de morir. Para sostener dos moribundos en el transcurso de las páginas decidí meter la alucinación que es una especie de agonía donde aparecen los padres, suceden cosas y él se ve de pequeño.
¿Por qué atrapan tanto las historias del interior?
Viví la mitad de mi vida en el interior y empecé a darle más bola a las historias de allá cuando me mudé a Buenos Aires, me di cuenta de que tenía un material súper rico para trabajar. Si bien tenía algunos cuentos rurales, después de mi venida a Capital Federal, empecé a escribir mucho más. Como escribí cuentos autorreferenciales, era natural que salieran esas historias del interior, con el lenguaje y la costumbre de allá. Creo que también nos gusta leer cosas a las que no estamos acostumbrados. Me di cuenta de que en el campo hay todavía una cosa muy desfachatada, no controlada, medio como del Lejano Oeste que a mí, narrativamente, me resulta muy atractiva. No tanto para vivir, porque es medio difícil vivir en esos territorios sin ley, pero como relato es atractivo.
¿En qué estás trabajando?
En otra novela, se trata de un fin de semana de pesca de dos cincuentones que van con un veinteañero, el hijo de un amigo fallecido de ellos. Están en una isla del Paraná y ahí pasan cosas. La historia está ubicada en un paisaje más exuberante que las historias anteriores, acá hay árboles, ríos, pájaros… es más rica en el paisaje. Tiene una especie de terror muy tenue, quiero llevarla para ese lado a la novela. Un toque de algo sobrenatural.

 

Titulo: El fin de la historia
Autor: Maximiliano Crespi
Fecha: 11 de Mayo de 2013
Fuente: Revista Ñ, Clarín


“Ladrilleros” vuelve a poner en escena el mundo propio de la escritora Selva Almada, en un relato de conjuro y violencia sin redención.


Que en tiempos de penuria imaginativa y fruición bienpensante una propuesta gentil de realismo discreto y “literatura de provincia” pueda pasar –a la vista de los nostálgicos– por “alta” literatura, no sorprende a nadie. Pero que, en una escena ahogada entre un vanguardismo trasnochado y una pringosa pedagogía costumbrista de compulsión “progre”, una literatura decida enrolarse –deliberadamente y contra todo oportunismo– en lo que el poeta Carlos Godoy ha caracterizado como “realismo de derecha”, es algo que merece ser destacado. Las novelas de Selva Almada hacen pie en ese risco de honestidad para definir su legítima inscripción en el campo literario contemporáneo, donde empiezan a ocupar un lugar determinante en el melodrama vernáculo de la “batalla cultural”.

Un escenario inhóspito

En El viento que arrasa –aparecida a fines del año pasado y rápidamente preñada de elogios– Almada teje una ficción sobria y con objetivos claros. La prosa es limpia, llana, de una aspereza casi franciscana. No busca complicar al lector sino dejarlo entrar blandamente en una trama ralentizada, que se estira y languidece como promesa olvidada. La aridez de un escenario inhóspito y hostil (recorte que aísla y magnifica al mismo tiempo), la reducción de los personajes al comienzo de cualquier lenguaje (dos pares mínimos), el breve lapso temporal de la trama, llevan a pensar tanto en Faulkner como Carson McCullers. Pero el imaginario y el signo de la fábula, el estilo lacónico y diáfano, y aun el efectismo de ciertos de sus remates, remiten más bien a Flannery O’Connor y a François Mauriac.

Sin embargo, frente a lo que ocurre –por ejemplo– en Los violentos lo arrebatan (1960), en El viento que arrasa la violencia no aparece nunca como esa pulsión primitiva y brutal en que anida la rebelión. Al contrario: es una fuerza sometida, dócil, domesticada. Esa sumisión frustra –por defecto– las propias expectativas de la trama: en una literatura donde la ficción es subsumida a la fábula y donde la historia queda atrapada entre el mandato social y el designio divino, no hay lugar para el acontecimiento. Los personajes se hunden mansamente en la impotencia de ser (Pearson y Brauer) o en la obediencia a un destino de delegación (Tapioca y Leni) y no llegan a concretar su porvenir más que como un mandato que los trasciende. El destino –ese viento que arrasa– se naturaliza y afirma la imagen de un mundo donde las vidas coagulan en la consistencia de la condena y se ahogan en la impotencia (las fuerzas que los arrasan siempre exceden sus propias fuerzas) y la resignación (lo que se resigna es siempre el derecho a la historia).

No hay presunción de inocencia: la propia escritura de Almada corporiza, conforme, ese imaginario. Su adopción de una tercera persona ceñida a una prosa de ascetismo riguroso, de pulso macilento y monótono para peregrinar la linealidad resignada del relato –apenas interrumpida por algún recuerdo o algún sermón voluntarista–, obligan a pensar en cierta empatía con la fábula. No hay en ella lugar para el deseo, el desborde o la transgresión. Hay, en cambio, un empleo sencillo y eficaz de la lengua que se esfuerza por hacer prevalecer la fábula. El relato arrastra los destinos como el sermón de Pearson la atención de los creyentes. Y el imaginario que la fábula plantea se ratifica en la caricaturizada escena de la pelea de Pearson y Bauer tras el temporal: no se pelea para ganar sino para justificar la derrota, para sostener un personaje ante el que se deja convencer (Tapioca) y ante la que –sin estar convencida– lo mismo se deja llevar (Leni). Lo que arrasa la historia es pues una fuerza que los trasciende y por la que el destino se les impone fatalmente como naturaleza.

Predestinados

En Ladrilleros, Almada ratifica hábilmente su senda. Tomando riesgos que su ficción sortea con felicidad despareja, “vuelve a poner en escena su mundo propio”, pero esta vez desde el punto de vista opuesto. La novela está enteramente atravesada por la violencia; pero esa violencia es la de una rebelión inútil, que se manca siempre en el sin sentido: o es una violencia injustificada y caprichosa (un tajo en la garganta luego de dos balazos letales), o es una violencia injustificable, un vicio de carácter que se trae en la sangre y se hereda como el oficio y los enemigos (lo que se evoca es una continuidad entre una naturaleza y un destino). La historia está determinada y la predestinación naturalizada.

Como el paisaje rústico en que se inscribe el relato, los personajes son lo que son (“de tal palo tal astilla”) y nada consigue cambiarlos. La violencia social se poetiza bajo el halo sacralizante de la esencia. La coartada idealista se articula patéticamente en el tono entre elegíaco y evocativo que el delirio impone a los monólogos de los que agonizan, pero también en la pasividad con que los personajes cuajan en su propia alienación. Tanto Miranda y Tamai como Pajarito y Marciano están condenados de antemano. Cual cuchilleros borgeanos, se justifican en la rivalidad (i. e.: en el odio del otro). Lo demás adquiere ribetes accesorios: el amor, el sexo, el trabajo, la amistad y el juego no hacen mella en la destinación. Están ahí para definir la densidad de la herencia y la trascendencia del duelo. El enfrentamiento no es una lucha por el reconocimiento. No traza solución dialéctica. Es un rito sacrificial en que cada uno es víctima y victimario, sujeto y objeto de la expiación. Por eso, la antinomia se balancea indemne, a lo largo de la novela, como sanción de lo irreversible.

Ficción calculada

Ladrillos y vestidos de novia afirman la misma determinación. La épica del duelo honesto y transparente (no hay nunca entre los antagonistas traiciones, bajezas o artimañas espurias) se replica geológicamente en el sacrificio y la abnegación de las mujeres (francas, fieles, comprensivas) en pos del sostén familiar. Es una ficción calculada: la violencia está siempre concentrada al interior de la propia clase y justificada como defensa de la familia. Es un flujo destructivo e incesante que se hereda y se ejerce, rencoroso, como resaca de un destino naturalizado de desamparo, impotencia y resignación.

En efecto, la novela presenta una historia de conjuro y violencia sin redención, que exorciza toda posibilidad de transformación real. En función de eso, la narración se cierra donde se abre (en el ruido blanco que pliega el juego y el sacrificio) y se erige –lúcida e impecable– en la lógica del testigo. Es claro: el régimen del relato acata su consistencia ideológica: el “fin de la historia” se estructura siempre como evangelio.

 

Titulo: Imágenes de una novela
Autor: Camila Fabbri
Fecha: 08 de Mayo de 2013
Fuente: Blog de Eterna Cadencia


Tomé como un desafío la lectura de Ladrilleros. Quise conocer a la autora, quise estar al tanto de sus formas para comprender el suceso. Es curioso lo que sucede cuando los nombres/títulos sellan un destino. El viento que arrasa fue tan literal que se rindió culto a sí mismo. El viento se llevó a todos los libritos, y ese viento tomó forma humana, fueron muchos de ellos arrasando un ejemplar de Selva Almada.


Ladrilleros es la novela que llegó después del acontecimiento del arrase. Es el relato trágico entrerriano de dos familias que se disputan el estar con vida, y es solamente eso. Recuerdo de Eisejuaz de Sara Gallardo: aniquilar al vecino para estar con la paz. En Ladrilleros hay noche y cumbia, pero también hay bolero. El relato es frío, hombres duros que se dedican a la construcción, a la recopilación de ladrillo duro en zona de pasto y a los hijos, como al ladrillo, se los trata con esa dureza. Así y todo, hay mucho cariño en la palabra y en las formas de asesinato. Porque si bien los jefes de las familias vecinas dicen querer aniquilarse unos a otros, pareciera más bien que se tienen un amor sincero, que llega a concretarse nomás con el hijo menor de uno de ellos: que afirma que sí, que los hombrecitos son su deleite. Entonces, como si de mandato se tratara, cuando pasa el tiempo se ensaña con el hijo mayor del otro jefe de familia. El desastre es inminente. Hay quien dice, que la descendencia continúa el camino, aunque esta sea idea vieja. La metáfora de Ladrilleros puede ser antigua, pero es una metáfora auténtica. Leo la metáfora, invento una metáfora y disfruto. Me interesa la descendencia que dejan los padres rudos, donde los hijos se revolcarán en charcos de amor y un rato más tarde, quizás, no harán más que apuñalarse con la misma furia que sus padres. Pero, entonces ellos sí, llevarán a cabo las dos cosas pendientes: el revolcón y la muerte. Porque asesinarse es posible en campo húmedo; porque entre hombres, si hubo amor prohibido, el resultado será la muerte.

Ahora bien: en mi lectura de la novela hubo un hallazgo que no tiene que ver con la trama. Pensé en esto y fue fantasía (pero lo pensé). Por ejemplo: un libro que, al abrirlo, represente un escenario cinematográfico. Como transportar una videocasetera sin enchufe, esa magia. El Viento que Arrasa y Ladrilleros tienen la particularidad de hacer el montaje instantáneo de una película de bajo presupuesto. Apliqué el ejercicio. Instantáneamente, al terminar de leer Ladrilleros vi una película. Sabía más o menos de qué se trataba: Sin techo ni ley de Agnes Varda. Es el desarrollo de la historia de Mona, una jovencita vagabunda que, al comienzo, encuentran tirada muerta en un llano en invierno. La historia de la joven está contada en episodios poéticos durante el verano, en ese mismo llano y lo que desenlaza es esa muerte cruda en el medio del frio. El relato cinematográfico es literario en este caso. Vi campo, desolación y muerte. Pensé en Ladrilleros, y la ecuación es exacta: la tragedia en forma de libro es puramente cinematográfica —el resultado es muy parecido—. Un tiempo después, me dí cuenta de que las últimas películas que vi me remitieron a Ladrilleros. Y no hablo de trama, sino de color.

Leí a Selva Almada —a sus dos últimos libros publicados por Mardulce— y vi relato filmado en la escritura. Pensé: ¿la cinematografía no es previamente un hecho escrito y después pasa a ser parte de algo audiovisual, porque así las formas? Entonces: ¿qué ocurre cuando es más sencillo y el relato audiovisual está nomás contenido en el formato libro? ¿Eso no es también cine? ¿Se limita a ser solamente literatura? Acá un suceso, entonces. Una forma de escritura que trae en sí misma dos formatos de realización cargados en uno. Porque el cine y la literatura son la misma cosa en Selva Almada. Es posible, como el artificio del teatro, eliminar algo así como la cuarta pared; allí no hay hoja, sino que relato animado, incluso, personajes que oigo porque hubo pluma que así lo montó.

Leo Ladrilleros y descubro y digo. En Ladrilleros encuentro un relato sólido, un cine maduro. Pienso en Lucrecia Martel, en su relato de La Ciénaga y en aquellos personajes. Se me habrá estampado algo de las víctimas en el encierro acuoso del Este de la Argentina. El cine argentino, el relato argentino.

Mucho del cine al que decida oficiar de espectadora, me recordará a la escritura de Selva Almada. Es probable que sus novelas tomen forma de guión en algún momento, y entonces ahí sí, se genere el cruce. El viento seguirá en pie, tomará forma de ladrillo, traerá imagen.

 

Titulo: Bajo este sol tremendo
Autor: Malena Rey
Fecha: 06 de Mayo de 2013
Fuente: Las 12, Página 12


Después de una primera novela muy elogiada, en Ladrilleros, su nuevo libro, Selva Almada se confirma como una autora más clásica que original, con un universo narrativo definido a partir de historias condensadas en la fuerza de sus personajes y ambientadas en calurosos y opresivos pueblos del interior.



El fenómeno de Selva Almada (nacida en Villa Elisa, Entre Ríos, en 1975) tomó a todos por sorpresa. Silenciosamente, hace ya un año publicaba en el sello independiente Mardulce su primera novela, El viento que arrasa, que fue cautivando al público y avivando el boca a boca necesario para que una historia bien contada llegue a todos sus potenciales destinatarios. En esa novela, ambientada en las polvorientas rutas del Chaco, la joven Leni y su padre, el Reverendo Pearson, recalaban en el taller mecánico del Gringo Brauer y Tapioca, y sus vidas se cruzaban de tal forma, con tal intensidad, que ninguno salía inmune del acercamiento. Elegido como libro del año que pasó y traducido al francés, El viento que arrasa auguraba una carrera promisoria que esta segunda novela, Ladrilleros, vendría a comprobar o confirmar. Ambientada también en el clima caluroso y opresivo de un pequeño pueblo norteño, Ladrilleros es el relato de un fuerte enfrentamiento familiar que se transmite de padres a hijos, con una violencia encapsulada que arrastra a los lectores a distintas zonas sensibles de los personajes. Con un trabajo minucioso de registro, en la novela se cuelan el habla popular pueblerina (los “chongos”, los “changos” y los “chamigos”, “la calor”, la “jeta” y los “hijunagranputa”) y las onomatopeyas, al tiempo que se condensan algunas conductas que los personajes no se cuestionan sino que aceptan con resignación (hombres que ahorcan a sus perros, sin sentimentalismo; mujeres que van a parir solas, sin sobresaltos). Los protagonistas son los Miranda y los Tamai, dos familias humildes y vecinas que se dedican a la fabricación de ladrillos. La pica entre los padres, hombres rústicos entregados por las noches al alcohol o al juego, se transmite a sus hijos, Marciano Miranda y Pajarito Tamai, oponiéndolos indefectiblemente desde su infancia. Sabemos desde el comienzo que ambos agonizan, heridos en el descampado de una feria de atracciones, y reviven mentalmente una serie de sucesos que los llevó a ese desenlace. Sin una cronología lineal, operando a partir de escenas que alternan el pasado y el presente, la conciencia brumosa y el recuerdo, la prosa realista de Almada está apuntalada por su trabajo con las frases y las descripciones, que atienden a la percepción minuciosa de todos los sentidos (el calor transmite fuertes impresiones a partir del olfato, el gusto y la vista, y calienta los ánimos tanto como a los cuerpos): a diferencia de su novela anterior, aquí hay más acción, y el sexo y la violencia física tienen mayor presencia que latencia.

La originalidad de Selva Almada está en su clasicismo, en una prosa sin disrupciones ni experimentos, en contar una historia sin ironías, sin pretender de eso hacer otra cosa. Y en situar a sus novelas fuera del ámbito urbano (y porteño), en pueblos determinados por sus propios códigos, haciéndose eco tal vez del “regionalismo no regionalista” saeriano, por el cual al referirse de una región se busca trascender hacia una dimensión universal. De la narrativa saeriana puede extrapolarse también el concepto de “zona” para Ladrilleros como la posibilidad de permanencia en un lugar, en una lengua, en un entorno cultural del cual extraer las experiencias; en esa zona se resume y condensa el mundo, que en este caso es un pueblo hostil de Chaco (como Lapachito, elegido por Carlos Busqued en la desolada y opaca novela Bajo este sol tremendo), con sus aires viciados, sus amoríos y secretos. Pero también, salvando las distancias, resuena la “orilla” borgeana, el sitio por excelencia de los compadritos, allí donde el disturbio es moneda corriente y donde gravitan los hombres que “se desconocen” en una pelea con cuchillos. Sin ser ampulosa ni inolvidable, Ladrilleros mantiene la tensión hasta el final a través de una historia simple con personajes complejos, atractivos y llenos de matices.