prensa Selva Almada
 

Titulo: El viento que arrasa. Selva Almada
Autor: Valeria, de La lectora omnívora
Fecha: 06 de Mayo de 2013
Fuente: La lectora omnívora


El viento que arrasa de Selva Almada fue una novela muy elogiada en el 2012 y elegida por los suplementos culturales “Ñ” y “ADN” como una de las mejores del año. Se trata de una nouvelle, corta, pero muy lograda, con personajes originales y bien pintados. Un pastor que anda con su hija por diferentes pueblos se queda varado en un paraje de la provincia del Chaco. Allí, durante las horas que pasan en compañía del mecánico y su protegido en medio de un paisaje desolado y hostil, la vida vida de todos cambiará radicalmente. Si bien es corta, la escritora logra profundidad en los personajes, imágenes nítidas de un paisaje muy particular, y diálogos creíbles. Los elogios, pues, eran merecidos.


Pequeña biografía de la autora:

Almada nació y creció en Villa Elisa (Entre Rios) en 1973, vivió en Paraná donde estudió el Profesorado de Letras y luego se trasladó a Buenos Aires. Allí, trabajó un tiempo como empleada administrativa. Ahora, además de escribir, dicta talleres de literatura y lectura y colabora con diarios y otras publicaciones.

 

Titulo: Salvaje mundo interior
Autor: Laura Galarza
Fecha: 28 de Abril de 2013
Fuente: Radar, Página 12


Nació en Villa Elisa, estudió en Paraná y finalmente recaló en Buenos Aires, donde frecuentó el taller de Alberto Laiseca y se convirtió en escritora. Después de llamar saludablemente la atención con su versión gótico sureña de provincias con El viento que arrasa, acaba de publicar una historia de familias enfrentadas: Ladrilleros. Selva Almada es una escritora que gusta de historias rurales pero prefiere vivir en las ciudades.



Sobre una callecita arbolada de Flores, a pocas cuadras de la vía, vive Selva Almada. Escribe bajo la ventana sobre una mesa antigua de madera oscura que contrasta con su netbook blanca. Detrás de la cortina se dibujan los árboles de la calle. La casa es antigua y fresca. Bien se podría estar en Villa Elisa, el pueblo de Entre Ríos donde nació.

¿Viniste a Buenos Aires con el objetivo de escribir?

–Empecé a escribir sola en Paraná, donde a los 17 años me fui a estudiar Comunicación, carrera que abandoné por el profesorado de Literatura. Siempre tuve la fantasía de venir. Quería ver qué pasaba con la escritura en Buenos Aires. En ese tiempo no existía Internet, allá estabas desconectado. Cuando llegué, a los 27 años, no conocía a nadie, sólo a mi novio que es bioingeniero y había venido a trabajar, y a algunos amigos. Por uno de ellos que estaba leyendo La hija de Kheops conocí a Laiseca. En ese momento le daban el premio Boris Vian por Los Sorias y había un mito en torno de esa novela. Supe que él daba talleres en el Rojas y lo busqué, me abrió la cabeza. Buenos Aires me abrió el panorama. Más allá de que escriba sobre el mundo rural, prefiero las ciudades para vivir.

¿Seguís trabajando con Laiseca?

–Tengo una relación de amistad, le contesto los mails, le compro los medicamentos, le pago el alquiler, soy como una especie de secretaria ad honorem. Vive a cuatro cuadras, en un departamento que le conseguí yo. Los lunes nos juntamos en su casa cuatro amigos a los que nos une el estar preocupados por Laiseca y a la vez llevamos nuestros escritos, como en una especie de comunidad.

En 2007 se publicó Una chica de provincia, unos cuentos sobre tu infancia y adolescencia. Y después dijiste que El viento que arrasa y Ladrilleros aparecen con la decisión de no escribir más desde lo autobiográfico.

–Ya la última parte de Una chica de provincia es más ficcionada. Trata sobre mi tío Denis, que se suicidó, y cómo la familia se lo ocultó a mis abuelos, que se murieron pensando que su hijo estaba vivo. Yo ya no vivía con mis padres, así que tuve que armarlo sobre lo que ellos me contaban, de los malabarismos que hacían para sostener esa mentira. Escribí en el medio unos cuentos de ruta que serían bisagra con El viento que arrasa, entre lo que escribía antes y lo que empecé a escribir después.

Escribiste Ladrilleros a continuación de El viento que arrasa pero cuando aún no se había publicado. ¿Cómo fue esa experiencia de dos libros en cierta medida superpuestos?

–El viento que arrasa la escribí en 2009 pero no se publicó hasta 2011. Para entonces estaba corrigiendo Ladrilleros. La idea de la novela la tenía hacía tiempo sobre un hecho real ocurrido en un pueblo del Chaco: el enfrentamiento de dos familias en un parque de diversiones donde terminan muertos varios de los dos bandos. Cuando me enteré de que eran ladrilleros, me gustó más. Tengo tíos ladrilleros y cariño por el oficio. Había material para empezar a escribir y supe que sería una novela porque implicaba reconstruir la historia de las dos familias.

En Ladrilleros son las voces que cuentan. Esa manera de hablar tan particular, ¿de dónde proviene?

–Me fui aflojando. En Una chica de provincia hay un intento de contar desde la oralidad, pero me freno. En El viento que arrasa sigue bastante reprimido; con Ladrilleros me lo permito y en la novela que estoy escribiendo ahora ya me animé del todo. En Ladrilleros construí un híbrido entre el lenguaje del Chaco, Entre Ríos y el conurbano. Al Chaco voy seguido a visitar a la familia de mi marido, aunque no tengo el lenguaje de la calle, sólo algunas palabras. Y como en la novela hay chicos de veinte, puse palabras del conurbano.

Tenés una manera muy simple de escribir, pero que logra un calado. ¿Cómo trabajás tu escritura?

–Me costó llegar a lo simple. En Una chica de provincia hay frases complicadas, más literarias. Creo que es una cuestión de aprendizaje, ensayo y error. Corrijo mucho. Quería una escritura lo más limpia posible, no en el sentido de llana o plana. Frases directas que a la vez tengan potencia. El viento... es la primera novela mía que llegó, pero yo hace veinte años que escribo. Entonces cuando dicen: “Ay, tan bien escrita para ser una primera novela” es porque no la escribí en un año.

¿Qué lecturas te llevaron a escribir así?

–Es verdad que en los últimos años leí a los norteamericanos sureños. Todas las reseñas señalan eso, en ellos encontré una escritura simple y directa. Pero había leído otras cosas. En el profesorado leíamos escritores de Entre Ríos. Y no digo Juanele, que está en un altar para mí, pero en aquel momento me molestaba el regionalismo, el color local mal entendido. Al paisaje se le puede dar otra vuelta y decir más que “la barranca es alta, verde y toca el cielo”. El problema está en la exaltación folklórica. La primera lectura tratando de desentrañar el mecanismo de la escritura fue Onetti, que es hijo de esos norteamericanos con los que trabajo escenarios parecidos. Me atrae la potencia de las historias rurales. Otro tío mío yéndose con una nena de 12 años como algo naturalizado, es una salvajada. O hace poco cuando mi pueblo fue noticia porque un sojero disparó veinte tiros a la camioneta de AFIP y no mató a nadie de casualidad. En muchos aspectos, el interior es salvaje.

 

Titulo: Amores, odios, y una tragedia que sucede en un pueblito del litoral
Autor: Natalia Páez
Fecha: 24 de Abril de 2013
Fuente: Tiempo Argentino


Un parque de diversiones llega a un pueblito del Litoral a quebrar la inercia y el silencio con sus luces y su musiquita. Es allí, debajo de la vuelta al mundo, donde el viejo encono entre dos familias de ladrilleros va a resolverse en un drama. En una historia que explora con aguda sensibilidad los vínculos pasionales entre varones. Amores y odios entre padres e hijos, amigos, amantes. Donde las figuras femeninas serán construidas también en relación al vínculo especial de la mamá hacia su crío varón. Si con El viento que arrasa (Mardulce 2012) la escritora entrerriana Selva Almada (1975) se convirtió en un acontecimiento literario –contando una potente historia regional aunque no folclorista, en ambientes poco explorados por la literatura como lo es el interior del interior–, en su segunda novela, Ladrilleros, sorprende con un relato que comparte el clima pero en el que la trama cobra mayor protagonismo. Una novela con la que definitivamente se ubica como una de las novelistas destacadas de la nueva narrativa.
"Y el olor a la colonia para después de afeitar. Ese era el olor de los varones", dice en un pasaje. "La había decepcionado que la primera fuera una hembrita. Tenía miedo de ser como su madre y parir solo mujeres. Siempre había querido un hermano varón y cuando estuvo lista para engendrar hijos, solo había deseado ser la mamá de uno. (…) Tamai también se puso contento de que hubiese salido macho. Adoraba a la nena, Sonia, pero quería un varón, una prolongación suya, de su apellido y de sus mañas. Ese día, cuando fue a conocer a su hijo y lo tuvo en los brazos, un pedazo de carne morena y movediza, no podía imaginar que se parecería tanto a él que terminarían detestándose. Tampoco que el changuito lo iba a desplazar completamente del corazón de su mujer", dice en otro fragmento. Con color shakeaspereano y olor a campo donde no faltan los códigos de los cuchilleros –de los machos– en el enfrentamiento entre los Tamai y los Miranda. Esos resentimientos que no se sabe bien cuándo comenzaron pero que llevan a esta historia a un drama que cuenta las horas previas del desenlace de una agonía.
Escrita apenas unos meses después de haber terminado El viento… y antes de que esta llegara con aplausos al público, Almada relata que escribió su segunda novela sin la presión del éxito de la primera.
Almada integra diversas antologías de cuentos, entre ellas Die Nacht des Kometen (Alemania, 2012); De puntín (Mondadori, 2008); Poetas argentinas 1961-1980 (Ediciones Del Dock, 2007); Narradores del siglo XXI; Una terraza propia. Nuevas narradoras argentinas (Norma, 2006). Fue becaria del Fondo Nacional de las Artes con un proyecto de investigación sobre femicidio adolescente. Codirige el ciclo de lecturas Carne Argentina. Coordina talleres de escritura en Buenos Aires y en el interior del país. Anteriormente los libros de cuentos Una chica de provincia (2007), Niños. Cuentos (2005) y Mal de muñecas, poemas (2003). Actualmente escribe su tercera novela, que relatará una historia de amigos en un fin de semana de pesca.

–¿Es este traspaso hacia el género de la novela un cruce de género que vislumbra definitivo?
–Me está costando más escribir cuentos. Hay escritores que no tienen dificultades en pasar de un género a otro, a mí se me está dificultando. Y me encuentro con que la extensión que antes manejaba para los cuentos me queda chica, quiero contar más cosas sobre los personajes, me los imagino más grandes y complejos.
–¿Cuál fue el origen de esta historia?
–Nace como disparador de una anécdota que me contaron y que me llamó la atención. Dos familias vecinas de ladrilleros que estaban enfrentadas desde hacía mucho se robaban cosas, se peleaban, estaban buscando roña. Se habían enfrentado en un parque de diversiones. Cuando yo vivía en Entre Ríos, cada vez que llegaba un parque era una emoción, una fiesta. La imagen de una tragedia allí era muy potente.
–¿Cómo preparó el ambiente de los ladrilleros, tiene esto alguna conexión biográfica?
–Sí, la novela está dedicada a Lolo Bertone, que era un tío abuelo de mi mamá que trabajó muchísimos años en un horno de ladrillos. Cuando yo me enteré que los protagonistas de aquel policial de pueblo, además eran ladrilleros, me tocó. Él era un tío que traté mucho y murió hace poco, cuando estaba escribiendo la novela. Un tío querido, cercano, cuando yo era chica él vivía en el campo haciendo ladrillos solo con los perros. Yo veía el proceso, cuando arman las pilas y los queman, me acuerdo de haberlos visto. Por eso tengo cercanía con el oficio. Estos últimos años viajé mucho al Chaco, allí también es habitual ver ladrillerías.
–Trabajó la estructura con juegos de flash back.
–Sí, como si la vida fuera apareciendo en fotos cuando estás muriendo. Escribo mucho a través de imágenes o como me gusta verlas en una película. Lo primero que se me apareció fue la vuelta al mundo y alguien mirando desde abajo. La historia va y viene desde ese lugar.
–Condimentó con creencias y rituales paganos
–Eso se lo debo a María Moreno. La novela la escribí bastante rápido yo sola y le di un cierre tentativo. Pero me parecía que le faltaban estas alucinaciones o viajes en la agonía.
–Sigue en los ambientes de provincia, ¿son los espacios en los que se siente cómoda?
–Me gusta, me siento cómoda con los ambientes de pueblo, le veo una potencia a toda esa vida del interior que por momentos puede ser muy salvaje y violenta. Y por otra, muy mágica plagada de rituales. Todo eso me atrae muchísimo.
–Hay algo de los cuchilleros del Martín Fierro.
–Es un libro que se me apareció mientras escribía. Con esos hombres tan malentrazados, medio indios contra criollos. Con esos códigos de machos.
–¿Sintió presión luego de la gran acogida que tuvo El viento que arrasa?
–En realidad, como la escribí y la terminé de corregir, la escritura fue relajada y despojada de presiones. Trato de que eso no me afecte. Sobre todo para escribir, ahora estoy escribiendo una tercera novela y trato de que no me interese. Aunque confieso que la salida de Ladrilleros me dio vértigo. A pesar de que son parecidas en algunos puntos, son novelas muy distintas.

 

Titulo: Litoral, sermones evangélicos y “personajes que podrían ser de cualquier lugar”
Autor: Beatriz Sarlo
Fecha: 07 de Abril de 2013
Fuente: Clarín


No la conocía a Selva Almada cuando, el año pasado, la editorial Mardulce me envió su primera novela, El viento que arrasa. La empecé y la terminé esa misma tarde. No esperaba una novela así: el viaje de un pastor evangelista por caminos secundarios del Chaco, acompañado por su hija adolescente en un auto destartalado, con el que llegan a un taller mecánico en el medio del campo, donde viven un muchacho y un hombre. Nada más, excepto los sermones del pastor y su poder magnético sobre los dos chicos. Todo es raro y original para la ficción argentina que conozco: no era literatura urbana, no había ironía ni guiños a la comunidad literaria, la autora no contaba una historia autobiográfica. Al día siguiente escribí una reseña sobre El viento que arrasa y me alegró saber que la novela les gustaba a muchos. Una especie de Claire Keegan argentina, pensé. Ahora Selva Almada publicará, también en Mar Dulce, Ladrilleros. Leí las pruebas de página y, por fin, nos sentamos a conversar.

“Nací, me crié y viví en Villa Elisa hasta los 17 años. A treinta kilómetros de Colón. Un lugar muy católico. Tengo mejores recuerdos de la infancia. En la adolescencia no la pasé bien, no tenía los mismos intereses, ir al boliche, a bailar, tener novio. De todos modos, era un pueblo bueno, bastante típico del interior de Entre Ríos. Después me fui a estudiar a Paraná, donde estuve hasta que, a los 27, me vine a Buenos Aires.” –¿Qué estudiabas?


–Comunicación Social. Pero, cuando empecé a escribir ficción, me di cuenta de que tenía que hacer una lectura más ordenada, no sólo lo que me caía en las manos. Entonces me anoté en algunas materias del profesorado de literatura; me enganché, dejé comunicación y terminé el profesorado.

–¿Qué bibliotecas tenías a mano de chica, en tu pueblo?


–Primero, la de la escuela primaria, con muchos de los clásicos juveniles, los Salgari, Alcott, Mark Twain, bueno, todos esos. Ya adolescente, me hice socia de la biblioteca popular del pueblo. Ahí leía un poco lo que me recomendaba la bibliotecaria, novelas y sobre todo best-sellers. Cuando empecé literatura en Paraná, me di cuenta de que yo siempre había leído mucho pero que no había leído a los autores correctos. Me decían: “Ah, ¿pero no leíste a Cortázar?”. Yo no había leído a Cortázar en la adolescencia y era como un “Auch! No, no lo leí”. Eso me hacía sentir insegura.

–Lo que yo veo es una comunidad de proyecto estético, básicamente con el primer Saer. ¿De dónde viene la literatura? Difícil saberlo. Pienso en “El viento que arrasa”. Dijiste que venís de “un pueblo muy católico”, ¿el predicador evangelista de esa novela de dónde salió? Esos “evangelios” que también son mencionados en tu segunda novela, “Ladrilleros”...


–En los últimos años que viví en mi pueblo recién empezaban a aparecer muy tímidamente los Testigos de Jehová o los evangelistas, rechazados porque era gente de allí mismo que se había convertido. En la Iglesia el cura regalaba unos stickers grandotes, que tenían una figura de Cristo y abajo decía: “En esta casa somos católicos”. Había que pegarlo en la puerta como advertencia para que ni siquiera se acercaran. Eso no pasaba en mi casa. Mi mamá es católica pero conocía a estas mujeres que se habían hecho Testigos de Jehová, entonces cuando venían, les abría la puerta, les escuchaba el discurso, les compraba la revista. Años después, conocí el pueblo de mi marido en el Chaco, cerca de la frontera con Santa Fe. Allí me llamó la atención lo contrario: la cantidad de templos protestantes (allá les dicen “evangelios” a todos) que convivían tranquilamente con la Iglesia Católica. En realidad, yo tenía pensada una serie de cuentos que iban a transcurrir en la ruta, había escrito el primero y cuando empecé el segundo, imaginé un hombre que viaja por su trabajo pero no es un viajante de comercio, porque ya había encontrado ese personaje en otros cuentos. Como estaba leyendo sobre todo a Flannery O’Connor, y sus cuentos están llenos de pastores, ahí decidí: un tipo que sea pastor itinerante, que venda biblias, dé sermones. Se me ocurrió situarlo en el Chaco porque ahí yo había tenido la primera experiencia de tantos evangelistas dando vueltas.

–Los sermones del reverendo los armaste con textos de las revistas evangélicas…
–Sí, de las revistas. Con la novela ya bastante encaminada, se me ocurrió agregar los sermones, porque quería salir del estereotipo del pastor chanta. Se me ocurrió reforzar al pastor por el lado de su mismo discurso y escribir sermones que lo representaran, sin usar la perspectiva del narrador, sino haciéndolo hablar al Reverendo. No tenía muchos elementos, no leí la Biblia, pero allí estaban esas revistas que habían dejado los Testigos de Jehová en mi casa de Villa Elisa. Los versículos que ellos citan me sirvieron como disparador para los sermones del Reverendo que yo quería escribir. Después en Buenos Aires, cerca de donde vivo, en Flores, me dieron los de un pastor coreano.

–En “El viento que arrasa” esos sermones tienen un extraordinario poder. Que la hija del Reverendo siga adherida a su padre en ese viaje interminable por pueblitos y que el Reverendo conquiste a ese chico y lo arrastre con él tiene que ver con algo discursivo. Los sermones funcionan impulsando la ficción y no sólo como muestra de que así hablaba ese hombre. Sostienen la estructura argumental. Y, también, hacen a la rareza de tu novela en la literatura actual. No hay ironía, ni parodia, por ejemplo, en esa escena en que la madre del futuro predicador lo entrega a las aguas del río, como en un segundo bautismo.


–Sí, bueno, no sé si hay tantas novelas en donde haya pastores… –No sólo por eso, sino porque le meten a la novela una lengua rara, que impide toda identificación pintoresca o costumbrista.


–Claro, a fin de cuentas, los personajes podrían ser de cualquier lugar.

–En estos días apareció tu segunda novela, “Ladrilleros”. ¿La empezaste a escribir antes o después de “El viento que arrasa”?


–Después.

–Al leer “Ladrilleros” tuve la impresión de que venía de antes.


–No. Me habían contado una historia, que también trascurría en esa zona, sobre dos familias enfrentadas, ladrilleros que en un parque de diversiones se agarran a tiros y a cuchillazos, y muere un par de cada bando. Me gustó como arranque de algo y la empecé a escribir casi inmediatamente después de haber terminado El viento....

–”Ladrilleros” no se priva de nada, palizas, sangre, actos sexuales heterosexuales y homosexuales, tiene toda la acción posible para una literatura como la tuya, que es refinada y cauta. Por eso pensé: Selva, que vació de acción la novela anterior, que se negó a escribir lo que podía esperarse del encuentro de esos adolescentes en “El viento..”, que se decidió a decepcionar al lector en sus expectativas más convencionales (lo cual me parece formidable), y le dice: “Lo que usted está pensando no va a suceder”, bueno, Selva en “Ladrilleros” repone todo aquello que no se permitió en “El viento que arrasa”. Por eso la pensé como una novela que había empezado a ser escrita primero. Una novela que avisa: “Agarráte porque pongo todo”.


–Sí, me pasó un poco eso. Con El viento...todos suponen que va a pasar algo y no pasa nada.

Ladrilleros, ya desde la anécdota que escuché, era como una de tiros, tampoco es una de Tarantino la novela, pero tiene acción. Son dos pibes desangrándose y muriéndose después de haber peleado a cuchillo y, además, conté de dónde vienen esas muertes, ese rencor más antiguo que les llega de los padres y del odio o el amor que sienten por ellos. Los personajes eran tipos así violentos y pedían una narración más explícita. Pero hay una cosa más poética en las alucinaciones de los dos agonizantes. De todos modos, creo que, en el fondo, las dos novelas son parecidas y comparten la misma lengua.

 

Titulo: Voto cantado
Autor: Quintín
Fecha: 11 de Marzo de 2013
Fuente: Perfil


Una conocida librería porteña me pide que participe en la votación del libro del año eligiendo tres obras argentinas de ficción publicadas en 2012. A diferencia de los críticos de cine, que suelen seguir los estrenos, nadie ha leído siquiera un porcentaje razonable de los libros que salieron el año pasado. Y además, en estos casos predomina el amiguismo. Pero qué más da, no se puede esperar justicia de un premio literario, ni siquiera cuando no hay dinero de por medio. Me avisan que los votos se mantienen secretos (parece que hay gente que tiene razones que ocultar, como que votan por la novia y cosas semejantes), pero no creo que me prohíban divulgar el mío. Además, perfectamente podría engañar a los lectores y votar por otra terna. Así que allá vamos.
El viento que arrasa de Selva Almada (1973) es una elección obvia. Pocas novelas argentinas recientes reúnen tal nivel de originalidad y de inteligencia y brindan un placer semejante en la lectura. El libro parece la continuación, o si se quiere la versión tercermundista, de El apóstol, una película tan genial como ignorada que dirigió Robert Duvall. Pero ¿quién se podía imaginar una novela argentina excelente sobre un predicador evangélico? Esta mujer debutó con un clásico.

Otro libro que no puede faltar es Literatura argentina de Pablo Farrés (1974), del que hablé hace poco y que está en las antípodas del realismo y la limpidez de El viento que arrasa. Novela onírica, intrincada y autorreferente, pero también inspirada y liberadora, es asimismo un hito de la narrativa local. Después de Literatura argentina, nadie puede alegar que no le advirtieron lo que es el filicidio literario criollo ni que la vanguardia no implica un enorme trabajo y puede llevar a la locura. De todos modos, el copyright de mi ejemplar dice 2011, aunque el libro está impreso en 2012. No sé si figura entre los elegibles; si no es así voy a votar por el último de Aira sin leerlo, sólo por una cuestión de principios.

Queda un tercer libro y me parece que Paraísos de Iosi Havilio (1974, como Almada y Farrés está por llegar a los cuarenta) es el gran candidato. Havilio llamó la atención en 2006 con Opendoor, una novela que ocurría en medio de la nada y parecía también salida de la nada. Es la historia de una mujer urbana que se pierde en la periferia rural de la ciudad y establece lazos laborales, amistosos y sexuales de una libertad y una profundidad insólitas, a los que no les encuentro demasiados precedentes. Como Almada, Havilio contribuía al redescubrimiento de la Argentina profunda, en paralelo pero fuera de los clichés de la muchachada nacanpop, tan dominante en estos años.

Paraísos retoma la narración de la protagonista de Opendoor, que ahora hace el camino opuesto: vuelve a la ciudad y se sumerge en una infinita sordidez material y en un páramo afectivo. Opendoor terminaba así: “Eloísa me abraza fuerte, la siento caliente. Nos besamos como dos adolescentes, devorándonos a escondidas, contra el trompo de un ombú gigante. Me siento feliz”. En Paraísos no hay abrazos, la naturaleza está atrapada en el cemento y la felicidad está fuera del alcance de personajes cargados de cicatrices, aunque una inexplicable llama de vida los impulsa. Entre las dos novelas, Havilio escribió Estocolmo, libro de una precisión, una originalidad y una negrura impresionantes, un tratado sobre el terror y la soledad ambientado en otro mundo. Nadie escribe mejor que Havilio. El tipo es diabólico. Pero no tengo idea de lo que vendrá a continuación, no sé si su régimen literario, en sintonía con la Argentina, ha decretado el fin de toda esperanza

 

Titulo: Los mejores títulos del 2012
Autor: Mauro Libertella
Fecha: 15 de Diciembre de 2012
Fuente: Revista Ñ, Clarín


De Beatriz Sarlo a Josefina Ludmer, de Jorge Panesi a Maximiliano Crespi y de Sergio Chejfec a Martín Kohan, referentes de distintas generaciones y de diversas disciplinas señalan aquí cuáles fueron para ellos los títulos más destacados de 2012. Un recorrido por lo más interesante de la producción editorial.


La cosa fue así: para armar el rompecabezas de lo que se publicó este año e imaginar un recorrido por entre los pliegues de un mercado editorial saturado y demencial, le pedimos a 100 referentes de nuestro campo cultural que elijan tres libros editados en 2012. Así de simple; tres novedades editoriales, en cualquier género, de cualquier nacionalidad. “No hay que escribir ni justificar nada: sólo mencionarlos”, repetimos, mail tras mail, como en una letanía. Las respuestas entonces empezaron a llegar y las primeras grandes líneas de sentido se fueron volviendo visibles. El resultado es, por fortuna, heterogéneo y en algunos casos inesperado, y se puede pensar, para no ponernos dramáticos, como las preferencias de un grupo de lectores que, puestas una al lado de la otra, dicen algo sobre el estado del mundo escrito en un punto determinado de la historia.

Los libros que abren cada una de las categorías son los que más votos recibieron, pero no hay una voluntad por construir rankings ni una inclinación a ponderar a los “ganadores” por sobre el resto de los mencionados. Pero basta de vueltas y veamos un poco qué tensiones arrojaron los resultados. El libro más votado en narrativa argentina fue El viento que arrasa, de Selva Almada. Primera novela, se despega deliberadamente del relato fracturado y autorreferencial y propone una narración si se quiere clásica, donde todos los elementos tienen un sentido, y en la que reverberan ciertos ecos del gótico sureño norteamericano. En narrativa extranjera, una rareza, de esas que no esperábamos pero a la que nos fue acostumbrando la editorial La Bestia Equilátera: La soledad del lector, de David Markson, una especie de antinovela erigida sobre la base de frases cortas, definitivas, que mágicamente terminan armando una mirada sobre las vidas breves de íconos culturales. En ensayo aparece Alan Pauls con Temas lentos, una selección de textos críticos de diversa índole (cine, autobiografía, literatura, vida cotidiana) que llegan por primera vez al todavía prestigioso envoltorio del libro e iluminan zonas de la cultura moderna. En poesía, la obra reunida de Tamara Kamenszain, La novela de la poesía, que traza el arco biológico de más de treinta años de escritura, de sus inicios neobarrocos hasta el último libro inédito, una rara avis total, que explota géneros y cruza teoría, memoria y corte de verso. Al final, en una sección donde agrupamos reediciones, no ficción e investigaciones, los votantes festejaron El traductor, de Salvador Benesdra, una de esas grandes novelas secretas de la década del 90 que hoy vuelve a nuestras librerías después de estar inhallable por años. “Es una novela que la década del 90 no se merecía”, dijo Alejandro Rubio en la presentación, y lo dijo todo.

De los detalles para aislar, cabe señalar la mención a la “Serie del recienvenido”, colección dirigida por Ricardo Piglia para Fondo de Cultura Económica que reeditó joyas como El mal menor de Charlie Feilling u Oldsmobile 1962 de Ana Basualdo. Beatriz Sarlo hubiese preferido votar a El Aleph engordado, de Pablo Katchadjian, como gesto de apoyo intelectual y cuyo conflicto con María Kodama dice mucho sobre las relaciones entre literatura, propiedad y herencias. Pero es un libro de 2009. En poesía vemos que todos los libros con más de un voto son obras completas o reunidas, incluyendo dos autores de la “generación del noventa”, que ya agrupan esos libritos que circularon de mano en mano y le confieren un cuerpo más voluminoso a esa obra por definición astillada. Otra cuestión que se hace evidente, y que ya no es una novedad, es el lugar preponderante de las editoriales independientes, que lanzan al mercado mucho de lo mejor que leemos. Juana Bignozzi fue enfática en el hecho de que estas encuestas deberían ser para elegir autores jóvenes, por eso elegir el libro de Mercedes Halfon fue para ella una apuesta muy grande. Diego Golombek, por su parte, eligió una revista, Orsai, que dejó también su marca en el año. Hacer una encuesta, por lo demás, es jugar un poco con las temporalidades. Me gusta imaginar que en algunos años, alguien encuentre por casualidad esta revista y asista, como en un museo en miniatura, al estado de la cultura escrita en la Argentina de 2012.