prensa Selva Almada
 

Titulo: Los mejores libros del año: Narrativa argentina
Autor: Jorgelina Nuñez
Fecha: 15 de Diciembre de 2012
Fuente: Revista Ñ, Clarín


Una geografía singular

“El viento que arrasa”, la primera novela de Selva Almada, es una pieza dramática implacable.



Son varios los motivos por los que la primera novela de Selva Almada, El viento que arrasa , es uno de los libros destacados del año. En primer lugar, porque como las rutas que conectan los pueblos de Entre Ríos con el Chaco, recorre zonas de la literatura argentina muy poco transitadas. ¿De dónde salió ese pastor protestante que va de pueblo en pueblo llevando la palabra de Dios con la fe brillando en los ojos claros, transparentes como su mensaje? ¿Y su hija adolescente con la falda a la rodilla y un walkman por toda diversión? Carson McCullers –entre otros escritores norteamericanos– nos hizo conocerlos en otras geografías y en otras sociedades. Pero aquí resulta por lo menos inusual verlos entablar relación con un mecánico –el gringo Brauer– y su hijo o entenado, cuando el auto en el que viajan dice basta. Estos sí actúan como locales: viven en uno de esos talleres miserables del costado de la ruta, rodeados de perros, chatarra y neumáticos fuera de uso; pasan del mate a la cerveza, mientras el calor del único día en que trascurre la acción aprieta hasta lo insoportable.

El reverendo Pearson y Brauer se parecen, son padres honrados, nobles y algo egoístas. El reverendo dejó plantada en otra ruta a su mujer y crió a Elena (Leni) solo, yendo de hotel en hotel. El gringo Brauer adoptó al chico, Tapioca, el día que su madre apareció por el taller y dijo que no podía seguir con él. Para el primero, la persuasión está en las palabras; el segundo confía en la potencia y las mañas. Los sermones de Pearson mueven a sus seguidores. La fortaleza de Brauer conseguía, en otro tiempo, mover un tractor. Que el conflicto que se desata entre ambos desnude personalidades y actitudes sin explicitarlos ni proponer posiciones maniqueas, es uno de los méritos de la novela.

Leni y Tapioca comparten destino: obedecer al padre al que admiran sin dejar de advertir sus debilidades y limitaciones; querer otra vida, un poco más amable. Son adolescentes sí, pero viven fuera de ese mundo: desconocen las tentaciones del consumo, los rituales y la jerga de la edad. También este es otro de los aciertos de Selva Almada, que muestra la adolescencia fuera de circuitos convencionales y situaciones previsibles.

La unidad de acción –solo interrumpida por algunos recuerdos funcionales a la trama– hace de la historia una pieza dramática; la perspectiva cambiante que pasa de un personaje a otro, incluyendo al perro Bayo, la acerca a lo cinematográfico. Pero hay algo más. Cuando el animal apunta el hocico hacia los olores circundantes que la inminente tormenta intensifica y que son descriptos con un par de líneas certeras, de inmediato reconocemos el monte y la bosta, el jabón blanco, los orines, la madera y la humedad de los ranchos. La precisión de la escritura de Almada no sólo anula la distancia respecto de esos elementos, los arranca de su indiferenciación y los vuelve nítidos y tan palpables como la lluvia que, implacable, cae

 

Titulo: Una especie de justicia poética
Autor: Estanislao Giménez Corte
Fecha: 13 de Setiembre de 2012
Fuente: Diario El Litoral, Santa Fé


ENTREVISTA CON LA ESCRITORA SELVA ALMADA


Nacida en Entre Ríos en 1973, residente en Buenos Aires, Selva Almada obtuvo este año un importante reconocimiento en medios especializados y de parte de prestigiosos críticos, a raíz de la publicación de su primera novela “El viento que arrasa” (Mardulce Editora, 2012). Beatriz Sarlo y Oliverio Coelho, por caso, elogiaron calurosamente su obra, inscripta en ese colectivo un tanto difuso llamado Nueva Narrativa Argentina. La publicación de la novela aludida estuvo precedida por otras que fueron forjando un nombre en este panorama: “Una chica de provincia” (Gárgola, 2007), “Niños” (Edulp, 2005) y “Mal de muñecas” (edición de autor, 2003). “El Litoral” entrevistó, vía correo electrónico, a la autora.



-Tu novela ha tenido, en general, muy buenas críticas. Sarlo dice que es “literatura de provincias, regional frente a las culturas globales, pero no costumbrista”, y O. Coelho que es “preciosa” y que “puede convertirse en un clásico”. Algunos críticos vinculan tu prosa a la influencia de la literatura norteamericana del sur, con Faulkner como nombre canónico ¿acordás con esas calificaciones y opiniones, en qué cosas te sentís identificada y en cuáles no?
-Por suerte la novela tuvo críticas muy buenas. Me sorprendió que tuviese tanta repercusión porque es una primera novela de una autora prácticamente desconocida. Supongo que en esto también tiene que ver que la editorial Mardulce, aunque tiene apenas un año, desde el principio apunta a construir un catálogo prestigioso; es decir que cuando apareció mi novela ya los críticos, los periodistas culturales, otros escritores y los libreros tenían el ojo puesto en Mardulce. Los libreros, quiero decirlo porque me parece justo, fueron los primeros en difundir y recomendar el libro.
Si estoy de acuerdo o no con las críticas, por lo general cuando las críticas son buenas uno tiende a estar de acuerdo. Que a Oliverio Coelho le parezca “preciosa” es un halago que me pone muy contenta, porque además es un escritor de mi generación. No sé si la novela tiene destino de clásico, ojalá que sí, lo que sí sé, porque he trabajado en ello desde siempre, es que mi escritura es bastante clásica. Cuando escribo una historia me gusta pensar que esa historia podrá leerse ahora y dentro de cincuenta años y seguirá funcionando.
Que Beatriz Sarlo haya leído la novela y haya escrito una nota tan larga y tan elogiosa (N. de autor: publicada en Perfil), también fue inesperado. Hace unos años, Sarlo había dicho que los buenos escritores de principios de este siglo eran los que salían de Puán (la facultad de letras de la UBA). Recién había salido mi libro de relatos “Una chica de provincia” y yo me sentí tocada por ese comentario, porque hay muy buenos escritores en el interior e incluso en Buenos Aires, que nunca fueron a Puán y no les hace falta; me parecía que su lectura era muy recortada. Que unos años después empiece su nota diciendo: “¿De dónde sale este libro tan sorprendente?”, y que ese libro sea el mío (que nunca fui a Puán) me pareció una especie de justicia poética.

-¿Cómo definirías, sintéticamente y si se pudiera, cómo es tu literatura, la que ejecutás y a la que aspirás?
-La mía es una literatura de tierra adentro, de la Argentina profunda, y al mismo tiempo universal (por lo menos a eso aspiro) en el sentido de que lo que les pasa a mis personajes les podría pasar en cualquier parte del mundo. Mis temas son universales: las relaciones entre padres e hijos, la fe, la naturaleza, en “El viento...”. En la próxima, “Ladrilleros”, la traición, la venganza, el amor entre varones, otra vez la relación entre padres e hijos.


-¿Cuáles son tus mayores influencias?: ¿qué cosas (procedimientos, estilos, temáticas) creés que has incorporado de otros autores a tu propia literatura, consciente o inconscientemente?
-Termino de contestar en esta la primera pregunta, donde también aparecía el tema de las influencias o de la influencia de la literatura del sur norteamericano que los críticos ven en mi escritura. Es cierto, hace algunos años que descubrí a estos escritores, fundamentalmente Flannery O’Connor y Erskine Caldwell, que son mis favoritos porque son vitales, crudos, violentos y al mismo tiempo tienen una prosa maravillosa, son entretenidos, las historias avanzan, uno puede oír a sus personajes a través de los textos porque incorporan esa oralidad, esa cadencia de una manera muy verosímil. Pero también me marcó mucho el Faulkner de “Mientras agonizo” y la de Carson Mc Cullers de esa novela preciosa que es “El corazón es un cazador solitario”. Y de más acá Haroldo Conti, Felisberto Hernández, Onetti. A Onetti lo leía mucho cuando recién empecé a escribir y supongo que algunas marcas habrán quedado. Y a Conti me siento conectada por esa manera tan propia de contar al hombre en el paisaje.

-¿Cuáles son, si los hubiera, tus métodos de trabajo, y cómo conseguís un balance entre el trabajo de escritura y el dictado de talleres y cursos?
-No tengo un método fijo, todavía no consigo hacerme una rutina. Creo que en lo único que tengo una cierta disciplina es en estar siempre pensando en lo que estoy escribiendo o en lo que voy a escribir mastico bastante las historias, los personajes, les busco la vuelta en mi cabeza antes de sentarme a escribir efectivamente. Eso es algo que siempre recomiendo en los talleres: escribir aunque no se escriba, estar pensando en eso, que el relato o la novela en ciernes se convierta en tu idea fija, que esté presente todo el tiempo en tus pensamientos, aunque no puedas sentarte todavía a escribir.
Hasta hace un par de años trabajaba en un hospital, cargando datos en una computadora, un trabajo de 8 a 15 y el resto del día libre. Entonces me resultaba mucho más fácil integrar la escritura al trabajo. Ahora con los talleres, los trabajos de corrección de estilo, las reseñas o cosas por encargo, se me hace más difícil organizarme. Pero bueno, la vida del freelancer es un poco así, hay que ir surfeando la ola.

-¿En qué cosas influyó, si es que lo hizo, tu mudanza a Buenos Aires? ¿te permitió ver tu provincia con otra perspectiva?
-Sí, totalmente. Tomar distancia me permitió ver que la literatura (la mía por lo menos) no estaba aquí en Buenos Aires, sino allá, en el interior. Aquí podrían estar los editores, los críticos, las librerías, los grupos literarios pero todo acerca de lo que yo quería escribir estaba allá. A muchos les parecerá un descubrimiento estúpido, sobre todo a los escritores que nunca se fueron de sus provincias, pero para mí fue maravilloso y no me di cuenta hasta que me alejé.

-¿Qué diferencias pueden establecerse entre tu trabajo en narrativa breve respecto del de la novela?
-Creo que no hay grandes diferencias. Los relatos de “Una chica de provincia” pueden leerse como una novela, están atravesados por la autobiografía, eso los une y hace que se lean como un todo. La novela, por una cuestión de extensión, me permite mayor nivel de detalle, descripciones más largas, diálogos recursos que supongo contribuyen a que esta novela sea tan visual o tan cinematográfica como dicen algunas reseñas. Quizás la gran diferencia es la madurez en la escritura que hay entre los relatos y la novela, pasó tiempo entre la escritura de unos y otra, seguí leyendo, investigando, ejercitando y entonces eso se nota en la manera de narrar.

-¿En qué estás trabajando actualmente?
-Hace poco empecé una novela nueva, pero todavía es muy incipiente, no sé muy bien adónde va. Sé que hay tres hombres que van a pescar en algún lugar del Paraná entrerriano; dos son cincuentones y el otro un adolescente, el hijo del amigo muerto de los mayores. Algo va a pasar ahí. Me da curiosidad qué hacen los hombres cuando van a pescar, de qué hablan, cómo actúan. Me gusta escribir historias de hombres. Al mundo femenino ya lo conozco y entonces no me intriga del mismo modo. Y sigo con un proyecto que empecé hace tiempo, que sí tiene que ver con las mujeres pero de la forma más siniestra y violenta que es la del femicidio. Este será un libro de no-ficción sobre tres casos de femicidio adolescente no resueltos ocurridos en los años 80, en Entre Ríos, Chaco y Córdoba.

 

Titulo: Otro tiempo
Autor: Pablo Cruz
Fecha: 07 de Julio de 2012
Fuente: Diario El Litoral, Santa Fé



El reverendo, acompañado por su hija, recorre el país pregonando la palabra. El hogar de Pearson y Leni es su medio de transporte y en un deambular azaroso por las rutas del Litoral ponen rumbo hacia la casa del pastor Zack, en el Chaco. Pasando Gato Colorado el auto sufre una avería. Recalan en un taller mecánico a la vera de la ruta. Allí existen el Gringo Brauer y Tapioca, su ayudante y entenado; y los perros, y el monte achaparrado, y el calor sofocante de los primeros días de verano. El Gringo demora un día completo en reparar el vehículo y en ese período, con unos pocos flashback que ayudan a dibujar a los personajes, se desarrollan los hechos. Eso, tejido a la manera de un road movie, es lo que ocurre en El viento que arrasa, de la escritora entrerriana Selva Almada, novela que como una tela recién hilvanada parece a punto de desgarrarse en cada capítulo.

Pero no, la trama se abre mostrando que en la nada se avizoran otras cosas. Porque, justamente, una de las virtudes de la novela de Almada es reservar la densidad del relato a lo que no está totalmente dicho, ni siquiera insinuado. Ese vacío es tal vez lo que inscribe de El viento que arrasa, amén del placer de su lectura, la posibilidad de graficar un mundo nuevo y en él su carácter de obra. La crítica ha indicado la influencia de la literatura sureña norteamericana en la prosa de la autora, en función de ciertos condimentos recurrentes: lo marginal y lo rural, lo religioso, cierta moral ambigua, etc. Si sirviera de confirmación, Almada ha manifestado su inclinada admiración a esas narrativas casi con el mismo fervor con que en su adolescencia abrazara los libros de la colección Robin Hood.

Si bien aquellos tópicos hacen al relato, la riqueza del mismo está, quizá, en incorporar un nuevo espacio de frontera narrado no desde el centro sino desde la frontera misma; en el límite chaco-santafesino, la puerta del nordeste, el parroquiano que los remolca hasta el taller del Gringo preanuncia: “Bienvenidos al infierno”. Esa relación con la frontera vincula la novela con una tradición que la hace regional sin caer en regionalismos.

Sus personajes trashumantes recuerdan el vagar gauchesco por el territorio: a la manera borgiana le escapan a la ciudad manteniéndose en los bordes. Y desde la relación que mantienen con el presente parecen también querer pertenecer a otro tiempo. La asfixia y necesidad de evasión de los ‘90 atraviesan el relato.

Pearson media cada acto de su vida por la palabra bíblica y su misión en la Tierra forjando de sí mismo un instrumento atemporal; Tapioca semeja esos seres de la mitología popular que arrimados a las casas crecieron de forma silvestre, su tiempo está en los orígenes; la cosmogonía del Gringo Brauer orienta su fe a los órdenes de la naturaleza, la educación que le brindó al muchacho se apoya en ese vínculo más que en la confianza a las instituciones. Sólo Leni, conectada al walkman, parecer querer desprenderse y tender un lazo con lo que ocurre más acá de la frontera.

En un solo momento los personajes parecen estar centrados en el presente y liberados de sus roles. Es el instante en que las fuerzas de la naturaleza les devuelven su corporeidad: miran al cielo el espectáculo apocalíptico de la tormenta (preanunciada magistralmente a través del olfato de un galgo, acaso la cifra de dios) que rompe con el calor soporoso del día; la cerveza tomada a pico, los pelos revueltos y los ojos achinados por el vendaval, las camisas desprendidas y las barrigas expuestas, ajenos a cualquier mirada, a un paso de la ruptura de las reglas. Esas breves líneas parecen una cita a las celebraciones tribales que extraordinariamente desataban la fiesta orgiástica en algunos pueblos americanos y que tan bellamente describiera Saer en El Entenado. Ya en el interior de la casa, con el aguacero cayendo de manera constante, los ánimos, renovados, vuelven a la regularidad. Sin embargo un orden cambió y otros conflictos que no ameritan ser adelantados hallarán las condiciones para su paso.

 

Titulo: Lluvia sobre la hierba cortada
Autor: Florencia Parodi
Fecha: 06 de Junio de 2012
Fuente: Blog de Eterna Cadencia


Antes de escribir El viento que arrasa Selva Almada creía que no era capaz de escribir novelas. Había publicado el libro de cuentos Una chica de provincia (Gárgola, 2007) y había participado en varias antologías. Convencida de esa supuesta incapacidad, en un primer momento encaró la historia como un cuento. En el desarrollo los personajes fueron creciendo y la fe del Reverendo Pearson, a quien había concebido como un vende Biblias o un predicador de los que estafan a los pobres, se volvió genuina. Esa transformación exigió la estructura que Almada sí era capaz de construir, la de una novela.

La historia es simple y transcurre en pocas horas. El auto en el que viajan el Reverendo Pearson y su hija adolescente Leni se rompe camino al Chaco, cerca de un pueblito santafecino. Con el motor averiado llegan a lo del Grigo Brauer, un mecánico que vive en el al costado de la ruta con su asistente Tapioca y sus perros. En el encuentro entre estos dos hombres, la fuerza de la fe se enfrenta a la de la naturaleza en bruto.

En esta entrevista, Selva Almada habla sobre su primera experiencia dentro del género y de los componentes de la historia, luego se extiende sobre sus próxima novela y termina contando casos de feminicidio que investigó para un futuro libro de crónicas.


¿Cómo fue el desarrollo de El viento que arrasa con respecto al cambio de ritmo que implica pasar de cuento a novela?

En realidad esta historia la empecé a escribir como un cuento. Tenía la fantasía de que nunca iba a poder escribir una novela. Esto iba a ser un cuento largo, había escrito otro antes y tenía la idea de hacer una serie de cuentos que iban a transcurrir entre Entre Ríos y el Chaco. O sea que se fue transformando en novela inconscientemente. De golpe me di cuenta de que sobre todo el personaje del Reverendo empezaba a crecer, a tomar otras dimensiones. En un principio me lo había imaginado como el estereotipo del pastor protestante, o del tipo religioso que en realidad no es religioso sino que quiere sacarle plata a la gente.

“Pare de sufrir”.

Claro. Y después empezó a tomar otro cuerpo, otra dimensión. Cuando cambió el personaje se empezaron a abrir más puntas en la historia y me di cuenta de que tenía que escribir algo un poco más largo que un cuento. Me costó bastante porque como era la primera vez que escribía una novela, no sabía bien cómo hacer, no tenía una estructura. Sí sabía que como cuento iba a tener tales cosas, pero en la mitad me tuve que reorganizar, y finalmente salió. Fue difícil porque pasar de historias cortas a algo un poco más largo y más complejo implica cambiar la cabeza, aunque sea una novela corta.

La novela intercala varios planos distintos, los flashbacks que tiene cada uno de los personajes y algunos de los capítulos que son enteramente sermones del pastor, por ejemplo. ¿Cómo trabajaste esa estructura?

Los flashbacks fueron como un apoyo para poder escribir algo un poco más largo. Todo pasa en un solo día, en unas pocas horas, entonces los flashbacks me venían bien para contar más sobre los personajes, fuera de ese presente de la historia. Aparte me gustó ese recurso de los saltos en el tiempo, que en un cuento en general no se puede usar porque es muy breve para hacerlo. Y los sermones no iban a estar en un principio. Cuando el personaje empezó a cambiar y se convirtió en un tipo que hablaba en serio –un fanático, quizás, pero que cree en todo lo que dice–, se me ocurrió incluir los sermones, pero los escribí al final y después me fijé dónde los podía incorporar. Tampoco podía escribir muchos porque yo no soy una persona religiosa, entonces no tenía elementos para escribir tantos sermones. Pero sí quería que, más allá de lo que el lector se pudiese imaginar del personaje, los sermones dieran una idea de cómo lo veía yo. Quería correrlo de esa imagen cliché del que le quiere sacar guita a los pobres y ponerlo como un tipo que con su palabra quiere alertar sobre cosas, como la violencia de género, que aparece por ahí, o el tema de ser engañados por los políticos, cosas así, más verdaderas.

¿Y leíste sermones o textos para familiarizarte con el lenguaje religioso?

La imagen del predicador que tenía era por películas o por libros. Leo bastante literatura norteamericana, donde siempre aparecen los predicadores o los pastores. Pero para elaborar los sermones, sobre todo, usé desde las revistas de los testigos de Jehová hasta panfletos chiquitos que te dan en la calle. Acá cerca está el barrio coreano y hay muchas iglesias; hace poco iba a venir un predicador importante coreano y me dieron un librito donde había algunos sermones suyos que me sirvieron para contagiarme del discurso de esos tipos. No hice una investigación exhaustiva, fueron cositas que iban apareciendo, que estaban a la mano y que me venían bien. La revista Atalaya de los testigos de Jehová cita muchas partes de La Biblia; yo ni siquiera tengo una Biblia, entonces usaba esos versículos que aparecen en las notas como disparador para los temas que yo quería escribir en los sermones.

Ya que hablás de la literatura norteamericana, que generalmente se menciona como influencia tuya, quería preguntarte si los nombres de los personajes y el apodo del Gringo son una manera de homenajear esa literatura o de que esté presente en la historia, por un lado, y por otro lado si tenés referentes locales aparte de los norteamericanos.

Lo de los nombres fue porque, como acá no es tan común la figura del tipo que anda predicando, pensé que iba a sonar mejor un nombre que fuera extranjero. Quedaba mejor Pearson que el reverendo Gómez; por eso le inventé esa historia de que era hijo de un aventurero americano que había embarazado a su madre y había desaparecido. Y tanto en Entre Ríos como en el Chaco, que es un lugar al que voy seguido desde hace mucho tiempo, hay muchos “Gringos”. No yanquis sino europeos del este y cosas así. Hay muchos apellidos extranjeros, como Brauer, Zachs; yo los tomé porque circulan mucho por ahí. Y si son colorados y altos, les dicen Gringo. Pero no se me había ocurrido como un homenaje.

Leni también: se llama Elena, pero el sobrenombre, como Pearson, suena extranjero. Conviven en el texto los dialectos locales de esa zona y expresiones muy nuestras con algo que podría sonar traducido.

Sí, el nombre de ella también me gustaba que no sonara criollo, quizás por el apellido del padre. Y en cuanto a las referencias locales, a mí me gusta mucho y me siento muy identificada con Hernán Ronsino. Los dos escribimos geografías parecidas. Además había estado leyendo una novela de Molfino, que es chaqueño y su novela transcurre ahí, y él también está muy influenciado por la literatura norteamericana, así que por ahí haber leído esa novela me ayudó un poco a reinventar ese mundo.

Oliverio Coelho destaca en su lectura de tu novela que el tema de la religión hace mucho que no aparece en la literatura contemporánea. ¿Apareció en función de esa falta?

No, era por esto que te contaba del plan inicial: iba a ser una serie de historias en tránsito. La otra es sobre una compañía que hace tendidos eléctricos entre pueblo y pueblo, así que también hay mucho movimiento entre un lugar y el otro. Un obrero tiene un accidente y se muere, entonces tienen que llevarle el cuerpo a la familia desde Entre Ríos al Chaco, así que está esa cosa de la ruta, todo va pasando en el trayecto. Pensé en otro motivo para justificar el movimiento y se me ocurrió que el personaje podía ser un tipo que vendiera Biblias, que de golpe le pasara algo con el auto y tuviera que convivir forzadamente con alguien completamente distinto a él, a quien le querría meter sus ideas en la cabeza a pesar de que le cierre la puerta todo el tiempo. No fue que quise abordar el tema de la religión directamente.

¿Cuál es el lugar de la naturaleza en la novela?

La novela es muy visual. El paisaje lo veo incluso como un personaje más. Entonces intenté que, sin hacer descripciones pesadas y exhaustivas, a través de pequeñas imágenes o cuestiones, el lector se pudiese armar ese paisaje en la cabeza sin conocerlo. Busqué que no fuera tan descriptivo sólo desde lo visual, sino que aparecieran otras sensaciones: el calor, que está tan presente todo el tiempo, los olores… En eso puse mucho trabajo, me costó bastante lograr que mientras lo leyeran lo fueran viendo.

El narrador cuenta en tercera persona, pero se apoya mucho en el punto de vista de Brauer y del reverendo, que son conciencias muy masculinas. El Gringo es un machazo. ¿Cómo mujer te costó lograrlo o te salía fácil?

No sé si fácil, pero para el personaje del Gringo me apoyé mucho en los tíos de mi mamá, que eran todos tipos solterones que vivían solos, a quienes yo conocí bastante de chica porque como no tenían hijos, mi mamá era la sobrina preferida y a mí me tenían como si fuese una nieta. Sé mucho de la vida de tipos así duros, que nunca se casaron, que no tienen hijos y que viven solos. Uno de ellos, Lolo, que murió hace dos años, fabricaba ladrillos y vivía solo en el campo con los perros. De esas historias saqué el tema del tipo que se comunica tanto con los animales y no me costó tanto construirlo apoyándome en los recuerdos que tengo de ellos.

Y lo femenino queda más en el lugar de la ausencia, salvo por Leni.

Sí, pero ella todavía no es completamente una mujer, a veces es aniñada. Me señalaron que hay una ausencia de lo femenino, es verdad. En la novela que sigue está más presente porque tomé conciencia de que en la primera estaba más solapado. En realidad en la mayoría de las cosas que escribo, de lo que me interesa hablar es de las relaciones familiares, de las relaciones de padres e hijos. En este caso las ausentes son las madres, entonces son los tipos los que se tienen que hacer cargo. El reverendo no sabemos si es a propósito o qué, pero tiene que cuidar solo a su hija. A Brauer le traen un chico y lo tiene que cuidar él solo también. En la novela que sigue los que desaparecen son los padres, y así y todo, a pesar de que me propuse que las que estuvieran presentes fueran las madres, los protagonistas, que son dos pibes veinteañeros, están todo el tiempo pensando en sus padres. Uno lo recuerda con amor y otro con odio, pero sigue estando lo masculino más presente que lo femenino. No sé por qué será. Lo dejamos para los críticos. Es cierto lo que señalás sobre el narrador: está en tercera pero desde la subjetiva de los personajes, por ahí hace todavía más foco en el Gringo que en el pastor. A veces cuenta con las palabras del personaje, eso es algo que nunca había laburado así y me gustó mucho.

¿Sentís que la fantasía de que no podías escribir novelas se fue con esta experiencia?

Sí porque después escribí otra. Enseguida desarrollé una idea que tenía incluso antes que esta y creo que la postergaba pensando que era una anécdota para una novela y yo no podía escribir novelas. Al poco tiempo de terminar El viento que arrasa empecé la otra, que es más larga, y ahora casi no he vuelto a escribir cuentos. Me cuesta volver a la cosa más breve.

¿Está cerrada? ¿Se publica pronto?

Sí, probablemente la edite Mardulce el año que viene. La terminé de corregir hace un tiempo. Supongo que cuando trabajemos la edición habrá cosas para volver a trabajar, pero está cerrada. También transcurre en la misma zona. Por otro lado estoy escribiendo un libro de crónicas que no es novela, pero también es de más largo aliento. Es sobre femicidios, casos que pasaron hace alrededor de treinta años y que se cerraron sin resolverse; la idea es reconstruir cada uno de ellos y ver qué pasó. Todos ocurrieron en lugares chiquitos y lo que más curiosidad me da es cómo sigue conviviendo una comunidad chica cuando asesinan a alguien, que además es una mujer y joven, y nunca se encuentra un culpable. Cómo viven con esa sensación de que el asesino probablemente sigue ahí y puede ser cualquiera. Eso es lo que me resultaba atractivo de los casos. Y también me llama la atención cómo ese tipo que asesinó y que probablemente no volvió a asesinar –porque si no ya podrían haberlo atrapado– puede seguir con su vida. Se me ocurrió la idea del libro por un caso que pasó cerca de mi pueblo cuando yo era adolescente, una chica a quien mataron en su propia casa. Los sospechosos principales fueron los padres, pero nunca se pudo probar nada. Después en otro caso, que ocurrió en el Chaco, la familia sospecha de un tipo que ya murió, pero que en la época del crimen era grande, tenía mucha plata y le gustaba andar con jovencitas. Hay otra línea de investigación sobre unos pibes adolescentes, también ricos, que, como en el caso de María Soledad, levantaban chicas para hacer fiestas. Ellos al poco tiempo se fueron a vivir a Estados Unidos y no volvieron más. Pero el viejo, que es en quien recaen las sospechas de la familia principalmente, siguió viviendo en el mismo pueblo hasta que se murió, señalado por todos. Y en otro caso el sospechoso era el amante de la chica, que estuvo desaparecida casi un año y después encontraron el cuerpo.

¿Y eso te obligó a hacer un trabajo más periodístico, de investigación?

Sí, no he avanzado en la escritura más que haciendo borradores, porque todavía no le encontré la vuelta para contarlo, pero sí hice entrevistas, busqué recortes de la época, hablé con gente cercana a los casos, algunas veces logré llegar a las familias y otras no. En el caso de la chica de Entre Ríos, la hermana, que es la única que queda viva, aceptó sólo un cuestionario por mail que respondió con sí, no o no sé, pero nunca accedió a una entrevista. Obviamente la base de investigación está porque son casos reales, pero la idea es cruzarlo mucho con la literatura. No novelarlo, pero sí que sea un relato que tenga todos los ingredientes de lo literario como para que lo pueda leer cualquiera, no solamente alguien a quien le interesa el femicidio como tema. El género de la crónica me interesa mucho.

 

Titulo: El cambio que presagia la tormenta
Autor: Gustavo Pablos
Fecha: 12 de Mayo de 2012
Fuente: La Voz, Córdoba


En el duro paisaje del litoral, un pastor evangélico y su hija deben pasar un día en un lugar desolado mientras arreglan el auto. En pocas horas los sucesos les reservan cambios inesperados.

En el paisaje desolado de la frontera entre Chaco y Santa Fe y con una temperatura agobiante, un hombre (el Reverendo Pearson) y su hija (Leni) deben detenerse en un paraje muy retirado para que les arreglen el auto. En lo que va de un mediodía hasta el amanecer del día siguiente, cuando el Gringo Brauer, en compañía de Tapioca, su ayudante, solucione el problema mecánico, ambas parejas de personajes compartirán unas pocas situaciones que serán suficientes para que sus vidas cambien.
El viento que arrasa reúne a cuatro personajes en una muy breve unidad de tiempo, y con el paisaje y el clima no como telón sino como variantes que modelan sus conductas y sus palabras. Con estos pocos elementos Selva Almada ha creado un universo pequeño, cerrado, y con los trazos precisos de una escritura tersa y despojada le ha dado la densidad necesaria. Entre esos personajes está el Reverendo, entregado a interpretar todo lo que lo rodea a partir de su fe y sus prédicas evangélicas (“A veces sentía, muy a su pesar, que todo estaba perdido, que por más que hicieran él y otro como él, siempre llegarían tarde: el Demonio siempre estaba un paso más adelante”); su hija Leni, quien tiene dudas sobre su padre, y sobre quien la narradora dice que “no tenía paraísos perdidos donde volver. Hacía muy poco que había dejado la infancia, pero su memoria estaba vacía”. Mientras que Brauer, el Gringo, es el ermitaño que se fue quedando a un costado del camino y de la vida en un rancho perdido y con la sola compañía de los perros, de Tapioca (el niño que una mujer le dejó varios años atrás con la advertencia de que era su hijo), y algunas noches del whisky y el chamamé.
La novela muestra la tensión entre el mundo del Reverendo, al que no se le caen de la boca las referencias religiosas y que vive para promover la salvación de las almas, y el del Gringo, forjado en el rigor del trabajo duro y de pocas y seguras convicciones. Entre ambos, los dos niños, con sus vacilaciones y sus horizontes apenas entrevistos. Pero también la presencia prometedora o amenazante de la naturaleza y las oscilaciones del clima con su presión constante y sus periódicas liberaciones, como esa tormenta nocturna que llega con ribetes casi apocalípticos presagiando los cambios que, a la mañana siguiente, cada uno deberá afrontar.

 

Titulo: La fuerza suave
Autor: Matías Capelli
Fecha: 02 de Mayo de 2012
Fuente: Los inrockuptibles


Aunque pueda sonar paradójico, es justamente su clasicismo lo que vuelve singular a El viento que arrasa, primera novela de Selva Almada. Un clasicismo que abreva en cierta literatura sureña norteamericana (McCullers y O’Connor, entre otros) y que logra tensar la austeridad de su prosa sin por eso volver raquítica la carga emocional ni el pathos de sus cuatro personajes. Cinco personajes, en realidad, porque con el correr de los capítulos la naturaleza cobra protagonismo dramático. Y si a eso le sumamos el discurso religioso –tan a menudo dejado de lado por la narrativa actual– que exuda por los poros del Reverendo Pearson, empezamos a entender por qué la de Almada se destaca como una voz original en el panorama narrativo actual. Pero antes aclaremos que si bien El viento que arrasa es la primera novela de esta escritora entrerriana afincada en Buenos Aires, no es su primera publicación: hace casi una década sacó el libro de poemas Mal de muñecas; dos años después Niños; y en 2007, Una chica de provincia.
En éste, su primer relato de largo aliento, Almada sitúa cuatro personajes que pasan una tarde y una noche que alterará sus vidas para siempre. Tras un percance mecánico en la ruta en medio de la nada, en la frontera entre Santa Fe y Chaco, el Reverendo Pearson y Leni, su hija, recalan en el taller de El Gringo Brauer, que vive con Tapioca, un joven al que crió como un hijo, aunque no esté del todo seguro de que lo sea. A pesar de sus diferencias, que no son pocas, Pearson (hombre de fe y nómade incansable) y Brauer (un ermitaño en su taller descreído de todo misticismo) funcionan como personajes-espejo: a fin de cuentas, son dos hombres que criaron como pudieron a sus hijos. Y cuando todo parece indicar que el relato se va a deshilachar, raído, en una suerte de anticlímax pseudoepifánico, Almada cierra el relato con una puntada tan sorprendente como sutil y certera.