prensa Selva Almada
 

Titulo: Bajo este sol tremendo
Autor: Agustín Valle
Fecha: 01 de Mayo de 2012
Fuente: Revista Rolling Stones


La primera novela de la entrerriana nacida en 1973 continúa con firmeza la literatura que ya venía publicando en las colecciones de relatos Mal de muñecas y Una chica de provincia. En el calor infernal de la frontera santafecino-chaqueña, un pastor evangelista queda varado con su hija adolescente: llegan a lo del mecánico de la zona, que vive con su ayudante adolescente, rodeados de autos viejos y el monte. El calor es el trasfondo de sus existencias, una brea que ralentiza los acontecimientos acorde a una prosa lenta y prolija, que arma la situación (es prácticamente una novela de una escena) como atestiguándola, no aclara nada, no explica, no reflexiona: abre el mundo para encontrar y contar esta historia, que es mínima pero, vista de cerca, universal: el cielo puede caer sobre sus cabezas. La vida campesina, la muerte, la soledad, el desarraigo y las creencias, la crianza y el rencor, temas presentes. Un viejo asunto: Dios o la naturaleza, la palabra divina o hacerse león en el monte, como quería Atahualpa. Cuando el argumento coincide con un esquema estereotípico, sale a la luz el artificio y se siente la voluntad autoral de conducir hacia un objetivo la trama, con impulsos un poco forzados… En cambio, una vez que la novela va por donde quiere estar, la orquestación narrativa vuelve a entregarse a esos cuerpos, dos viejos con identidades fuertes y cuerpos nostalgiosos, y dos ternuras de 16 años que ya saben lo que es sufrir. Una gran curiosidad por su mundo anima los mejores momentos del relato, como de alguien escondido en los arbustos para percibir y narrar a salvo de este sol tremendo.

 

Titulo: Un viento con destino de clásico
Autor: Oliverio Coelho
Fecha: 29 de Abril de 2012
Fuente: La Nación


El viento que arrasa , de Selva Almada, es una novela preciosa, de esas que aparecen una vez por década y que debemos celebrar. No la recomiendo sólo porque es única en su género, sino porque, además, tiene todo para transformarse en un clásico.

En principio, el argumento reúne, por azar, al reverendo Pearson y a su hija, Elena, que viajan por el país evangelizando, y al gringo Brauer y Tapioca, su ahijado, en un paraje perdido en un Chaco castigado por la sequía... Como en una road movie , el reverendo y su hija llegan al taller de Brauer con el auto averiado y pasan el día ahí, a la espera.

El narrador aprovecha esa espera para incursionar en el pasado de sus cuatro personajes. Con esta aventura retrospectiva, el espacio suspendido, desértico del presente, de pronto toma la fisonomía de sus habitantes y se transforma en región. Lo que parece fantástico de pronto se vuelve hiperrealista, un poco como en los cuentos de Rulfo o Sara Gallardo.

En tanto, la acción transcurre en un presente en el cual aumentan las tensiones: la esperada tormenta se acerca, el mundo adulto se tiñe de cólera, las juventudes desoladas de Tapioca y Elena encajan en la amistad. Ese día parece bíblico. En el paisaje vemos la furia de la naturaleza; en los hombres, afecciones, como el rencor, el egoísmo y el misticismo, que aumentan como si de pronto la noche que cae sobre ese páramo del Chaco fuera el día del juicio final. Es un día sobrenatural, con reminiscencias góticas, donde los únicos que parecen conocer lo que está por ocurrir son los perros que completan ese paisaje narrativo que tiene en la voz de Selva Almada el tono perfecto. Como toda gran novela, El viento que arrasa admite varias lecturas. Tantas como lectores.

 

Titulo: El viento que arrasa
Autor: Germán Machado
Fecha: 29 de Abril de 2012
Fuente: http://machadolens.wordpress.com


El verbo es «arrebatar», en el sentido de «atraer algo como la vista, la atención» y «sacar de sí, conmover poderosamente excitando alguna pasión o afecto».

Una novela te puede arrebatar.

Me fascina cuando una novela me agarra del cuello del buzo y me lleva a rastros por donde quiere y me hace creer lo que se le antoja y me enamora de los personajes por más raros y simples que aparenten ser y me deja pensando en sus grandezas y miserias y no me deja hacer otra cosa hasta que pasa un rato, hasta que la novela se me calma en la cabeza, hasta que todas las tensiones que se pulsaron aflojan un poco la vibración. Me encantan las novelas cuando son como El viento que arrasa.

La prosa de Selva Almada (Entre Ríos, Argentina, 1973) tiene aquí esa cosa faulkneriana de Mientras agonizo, pero pasada (y un poco suavizada) por los filtros de la luz terrosa de los campos de algodón (los del sur de aquel sur) y de la ropa limpia (de algodón, está claro) que se ponen las gentes de pueblo los domingos de misa.

Pocos personajes: un reverendo evangelista entre fanático y farsante; un mecánico al que le dicen «el gringo»; un «chango» jovencito al que lo apodan Tapioca; una jovencita, Leni, que es la hija de reverendo y el perro Bayo, que olfatea tormentas como pocas veces se pueden describir y escribir, protagonizan esta breve historia, tal como si bailaran un chamamé (animado y triste a la vez) en un almacén de campaña.

Breve historia que transcurre en el marco de un día de sequía y su noche de tormenta (aunque teje retrospectivamente las vidas de esos personajes), y en el escenario de un taller mecánico perdido en medio de la campaña provincial deshabitada. En ese marco, la avería de un automóvil (el del reverendo y su hija, llevado a rastras hasta el taller) bien puede ser la metáfora y el detonante de todas las averías que atraviesan las vidas de padres e hijos (y madres ausentes) en su sucesión mundana y en sus desencuentros generacionales. Allí, entonces, para esos personajes, el cielo y la tierra, lo terrenal y lo celestial, solo tienen un punto de contacto: la palabra humana y los silencios.

La escritora sabe que en eso, en la fuerza de esas palabras y de esos silencios, en la economía de esas palabras y de esos silencios, se juegan los destinos más terrenales que divinos de sus personajes (humanos, demasiado humanos).

Con un pulso envidiable, Selva Almada conduce el relato para arrebatar a este lector y, seguramente, a todo lector que se acerque a estas páginas.

Belleza de novela, viento que arrasa.

 

Titulo: Sobre los problemas de fe
Autor: Mariano Vespa
Fecha: 25 de Abril de 2012
Fuente: Revista Tónica


Para escribir la novela El viento que arrasa la escritora entrerriana Selva Almada se situó en ese terreno tan sagrado y oscuro que es la fe. La historia comienza con el viaje del Reverendo Pearson y su hija Leni desde Paraná hasta la localidad chaqueña de Castelli para visitar a su amigo, el pastor Zach. Cerca de un pueblito santafesino el auto se descompone. El Gringo Bauer, un mecánico de la zona, intenta asistirlos. Sin embargo nota que el arreglo demandará más tiempo que lo habitual. Entonces, en medio de un calor sofocante, los invita a esperar en su casa. Lejos de inquietarse, Pearson acepta el ofrecimiento. Se siente cómodo cuando predica en escenarios marginales lejos de los diezmos y la luminosidad de las iglesias.
Leni mantiene una relación distante con su padre pero tiene un idilio particular con su faceta mística. El Reverendo es paciente y nunca pierde de vista su itinerario evangelizador. Su retórica es suave como el algodón pero punzante como un tridente. Por lo tanto, intentará sumar a su rebaño al ayudante del Gringo, El Tapioca, un joven tan callado como sensible. Pearson ve que Tapioca tiene la pasta para ser un futuro predicador. El Gringo, un tipo apegado a la naturaleza, a sus perros y a su chatarra, intenta evitarlo. Cree que la religión es un modo de desentenderse de las responsabilidades.
Almada, que también escribió los libros de cuentos Una chica de provincia y participó en varias antologías, intercala con precisión flashbacks de la infancia del Reverendo o fragmentos de sus sermones para romper con la linealidad del relato. No contamina el relato con descripciones estereotipadas sobre la vida en provincia sino que se mete en los micromundos de Bauer y Pearson y los siente propios. No juzga a los personajes, ni siquiera examina su conciencia; narra con soltura y refleja que en medio de la desidia, pueden emerger historias ocultas que tienen que ver con abandonos y silencios.
El punto de giro en el relato es la tormenta, cuya descripción se focaliza a través del olfato del perro Bayo. En medio de una lluvia torrencial Pearson y Bauer se disputan a Tapioca. No se trata de una discusión estrictamente religiosa sino que, por el contrario, tiene que ver con las convicciones personales y la elección de un modo de vida determinado. El viento que arrasa respeta con fuerza y amabilidad lo que afirmaba Flannery O’Connor: “El novelista debe crear un mundo que sea creíble. Las virtudes del arte, como las de la fe, se extienden más allá de cualquier teoría que el
novelista pueda abrigar”.

 

Titulo: Un encuentro fortuito
Autor: Laura Cardona
Fecha: 06 de Abril de 2012
Fuente: adn, La Nación


El viento que arrasa , la primera novela de la escritora entrerriana Selva Almada (1973), invita a revisitar la transitada temática, como gustan decir algunos, de las literaturas regionales o de provincias. La autora ha contado en diferentes oportunidades que mientras vivía en Villa Elisa, su pueblo natal, sólo escribía cuentos urbanos debido al rechazo que le producían los autores localistas, y que pudo concebirse como una escritora de provincia una vez que se instaló en Buenos Aires. La distancia geográfica le permitió reconstruir su lugar y apropiarse de él, reivindicarlo por sus posibilidades narrativas, significarlo con un lenguaje e historias que pertenecen a su espacio referencial. Una provincia -escribe en la contratapa de su libro de relatosUna chica de provincia - "es una cierta manera de entender el mundo y un lugar desde donde mirarlo".
El viento que arrasa narra el encuentro fortuito entre cuatro personajes durante un día y una noche. El reverendo Pearson, un sacerdote protestante, recorre junto con su hija Leni (Elena), de dieciséis años, el litoral argentino llevando la fe y la palabra de Cristo, visitando pequeñas comunidades olvidadas por el gobierno y por la religión. En el cruce de Entre Ríos al Chaco se les rompe el auto, y son remolcados hasta las afueras del pueblo más cercano, al taller del Gringo Brauer, que vive allí entre carrocerías siniestradas y perros sueltos, en compañía de Tapioca, un muchachito de la misma edad que Leni. Tapioca acompaña a Brauer desde que lo dejó la madre para ir a buscar trabajo a Rosario y nunca regresó. El Reverendo es un probado orador, sus sermones son siempre memorables y goza de una gran reputación en su Iglesia. Cuando lo conoce a Tapioca -y mientras esperan que Brauer les arregle el auto-, decide que será su heredero espiritual, y quiere llevarlo con él. Esta decisión desencadena no sólo la oposición del Gringo, sino que también desata deseos, rencores, recuerdos, complicidades momentáneas y conversaciones. Sopla un viento caliente "como el aliento del diablo", el calor agobiante prepara el terreno y una tormenta eléctrica, casi bíblica, monta luego un nuevo escenario para la lucha física entre el Reverendo y el Gringo, en la que van a dirimir puntos de vista, mezquindades y, finalmente, fuerzas.
Almada narra un pequeño mundo de deseos apenas entrevistos, manifestados a medias, pensados en la intimidad que deja asomar el discurso indirecto libre. En el universo interior de los adolescentes bullen miedos, cierto desamparo y contradicciones. Leni, por ejemplo, admira al Reverendo, pero se siente decepcionada y resentida ante el padre, dualidad que regula su vida. Sin hogar fijo -salvo el auto- ni memoria de la infancia, la joven sí conserva el recuerdo de su madre, a quien su padre la obligó a abandonar. Aquí, las mujeres no tienen opciones; las historias familiares se cifran en vínculos rotos, en abandonos mediados casi siempre por un vehículo (un auto, un camión que se aleja). En gran medida, la vida y los destinos de los personajes dependen menos de sus voluntades que de las decisiones de los otros y de su aceptación.
La historia de El viento que arrasa habla, entre otras cosas, de temas universales como el poder de la palabra, la decisión que cambia para siempre una vida y las relaciones entre padres e hijos. La mirada aguda y sensible de Selva Almada se deja influenciar por cierto aire de la literatura del sur de Estados Unidos, con la que comparte los temas rurales y el tono religioso. Esto, que es evidente en el comienzo de la novela, desaparece gradualmente a medida que avanza la trama, permitiendo que maduren la voz y la historia y que se afiance, contundente, la escritura..

 

Titulo: Fin del mundo
Autor: Beatriz Sarlo
Fecha: 01 de Abril de 2012
Fuente: Perfil


¿De dónde sale este libro sorprendente? Eso me preguntaba mientras leía El viento que arrasa, la novela de Selva Almada. No por curiosidad biográfica, sino porque es un objeto insólito en la literatura argentina. Si tuviera que encontrarle un aire de familia, sería con Pequeñas intenciones, de Jorge Consiglio. No los aproxima la escritura, pero comparten la extrañeza; son narraciones que llegan de otro espacio, poco transitado, más local. Si le buscara un parentesco en el pasado, pensaría en Saer. Nuevamente: no por la escritura, no por una repetición manierista y tardía del maestro, sino por la excentricidad que, en su momento, tuvieron Palo y hueso o Responso. Selva Almada se desplaza en el mapa de la ficción: no es literatura urbana, no es literatura sobre jóvenes ni sobre marginales, tampoco sobre gente que se la pasa tomando merca. Es literatura de provincia, como la de Carson McCullers, por ejemplo. Regional frente a las culturas globales, pero no costumbrista. Justo al revés de mucha literatura urbana, que es costumbrista sin ser regional. La originalidad de una ficción se juega en la lengua. El viejo realismo se filtra por el lugar menos pensado: el de las ficciones que persiguen el presente, la instantaneidad de las costumbres, las tribus, los modismos que tienen fecha de aparición y vencimiento.

El viento que arrasa transcurre entre la tarde de un día y la mañana del siguiente. El escenario es un taller mecánico, tirado en el medio del campo, donde viven Brauer y Tapioca, el chico de dieciséis años que puede ser su hijo (que lo es o que le dijeron que lo es, al dejárselo un día, como si fuera una encomienda). Allí llega un pastor protestante, el reverendo Pearson, y su hija Leni, también de dieciséis años; ambos fueron abandonados por la mujer del pastor y madre de la chica. Todos a la buena de Dios. El reverendo necesita que Brauer le arregle su coche, porque debe seguir viaje hacia un destino de predicación, una cita con Dios y con un amigo que lo está esperando.

Hace calor, Brauer fuma y tose; el reverendo le habla de Cristo al chico; la hija admira la voluntad misional, la oratoria poderosa y la confianza de su padre en ganar todas las batallas; se impacienta con su torpeza. Mientras Brauer se engrasa, se agita y suspira debajo del auto, el reverendo flota en su atmósfera de certidumbres, sostenido por el discurso incesante que pronuncia con la convicción de que no puede fallar. Nada más en ese presente de algunas horas. Nada más, excepto los flash-back que cuentan la historia de esos dos hombres y esos dos adolescentes: la tozudez, la dignidad.

El relato tiene materialidad: las botellas de bebida helada, la chatarra, los resortes de un asiento roto, la grasa de un motor, el ruido de unos platos sobre la mesa, el olor de la pobreza en el campo, mugre, combustible quemado, calor, una tormenta en la noche, insectos, perros, polvo y barro. Seguimos esas referencias materiales con atención, como si ellas tuvieran una clave de lo que fue y de lo que podrá suceder. No la tienen, pero la escritura de Selva Almada presenta esas sensaciones con detenimiento significativo: son lo que el cuerpo puede conocer. Más allá, hay otro mundo.

Sentimos la inminencia. Algo podría pasar, algo prohibido, la ruptura de un tabú, una expectativa de desastre. Pero no es eso. La inminencia es de otro rango. Y algo sucede en el desenlace. No voy a decirlo. La trama no necesita ese tipo de suspenso que se resuelve como quien corta una cuerda tensa; sin embargo es mejor llegar al desenlace sin conocerlo. Inquietud en el medio de la rutina y de la calma, la novela de Almada tiene esa pregnancia que precede a las tormentas, se siente la vibración de un cambio en la vida de esos cuatro que se han encontrado en el medio del Chaco. Algo está por suceder, pero al fin no es lo que los lectores suponemos. El cambio, entonces, no es un simple salto de la trama, sino una elección muy elaborada, muy secreta y, como sucede con los secretos, también muy evidente. Almada intercala páginas donde está la clave. Son los sermones, en bastardilla, que alguna vez el reverendo ha pronunciado o pronunciará en tiempos por venir.

En el medio de la novela que, como se dijo, tiene varios flash-back, el reverendo recuerda el momento iniciático de su infancia. Su madre, que no era creyente, lo llevó a la costa del Paraná. Frente a una multitud de desheredados y miserables, un hombre emergió de las aguas. En medio de la gente en trance, su madre se abrió paso con el chico, lo levantó y se lo tiró al oficiante de esa ceremonia bautismal: “el hombre del río lo sumergió en las aguas mugrientas del Paraná para devolverlo, purificado, a las manos de Dios”. El niño, que devendrá reverendo, no sólo ganó a Cristo sino que, desde la perspectiva de su madre, se ha puesto en carrera para una vida mejor en este mundo. El bautismo evangélico es un camino de ascenso no sólo celestial.

Cuando la novela comienza, aquel chico bautizado en el Paraná es un orador sagrado, famoso en la zona. Domina la palabra; la fuerza y la sencillez de su creencia convencen a quienes lo escuchan. Salva almas, le da pelea al demonio. Por eso no son intercalaciones secundarias las páginas en bastardilla. Por el contrario, son pruebas de un discurso que cumple sus objetivos y administra sus efectos con una limpia eficacia. La novela necesita de esos sermones. Son su contraparte en otro tono, con otra textura y otro léxico; traen una promesa trascendente al espacio de repetición e inmanencia donde se mueven los personajes. El reverendo le explica al chico del taller mecánico que el mundo tendrá un final y sólo los “que se hayan entregado a Cristo” entrarán al Reino de los Cielos, que también admitirá a los perros (el chico lo pregunta y queda tranquilo con una respuesta bondadosa y astuta).

La promesa es benéfica. El mundo es tolerable, los abandonos son aceptados, precisamente porque existe un fabuloso Más Allá. Sin fin del mundo, no podría levantarse el magnífico edificio de fantasías religiosas que el reverendo habita, que su hija admira, y hacia el que se encamina el hijo de Brauer. En los sermones del reverendo y los diálogos catequísticos con el chico, se anuncia un futuro que no se limita a la pobre repetición de lo conocido. Hay un lugar de ensoñación diurna y razonada. El fanatismo es un arma de vida, una ilusión frente a cualquier desastre.

El reverendo habla con palabras que habitualmente no figuran en la ficción argentina; ese discurso de un iluminado por Cristo tiene una materia específica. Y sus actos también. Cristo y el demonio, la promesa de la salvación, la certeza del fin de los tiempos tejen una prosa profética, a la medida de sus oyentes. No cualquier discurso, sino el de una creencia. No se trata sencillamente de un tema, sino de que las palabras vienen con los temas, como dimensiones inseparables. El viento que arrasa es una novela de hoy que elige de modo original dentro de la lengua, sin grandes gestos ni anuncios, sólo porque está contando otra cosa.