prensa Carlos Monsiváis
 

Titulo: ¿Y las aguafuertes después de Monsiváis?
Autor: Mariano Zamorano
Fecha: 15 de Setiembre de 2012
Fuente: Revista Tónica


Pasan quince minutos del horario programado cuando Ezequiel Martínez, presidente de la Fundación Tomás Eloy Martínez (TEM), le dice a Patricio Zunini:

-En la anterior charla dicen que estaba todo lleno. Todo con gente.

- Excusas después encontramos, ahora arranquemos- contesta el coordinador general del FILBA.

En el cierre de la jornada del viernes, propuesta para interrogar si después de la figura del escritor mexicano Carlos Monsiváis (1938-2010) “existen nuevas formas de hacer non-fiction y qué géneros se pueden apropiar del inasible escenario hispanoamericano”, la convocatoria es escasa. Contando a Yolanda, la mujer de uno de los escritores invitados, y a quien escribe, el auditorio está conformado por siete personas, más la presencia de los mencionados Martínez, Zunini, Margarita García Robayo (escritora y directora ejecutiva de la Fundación TEM), un asistente y dos fotógrafos del FILBA. “Somos pocos pero calurosos”, dirá Zunini en una breve presentación.

- Para mí esto es una multitud –aclara Damián Tabarovsky, escritor, periodista y director de la editorial Mardulce-. Cuando presenté uno de mis libros en Eterna Cadencia el auditorio eran cuatro personas, pero tres trabajaban en la librería. Esto es como estar en la cancha de River.

El moderador de la noche, Maximiliano Tomas (editor de la antología La Argentina crónica y actual columnista de lanacion.com) se hace cargo del micrófono y presenta a los tres escritores “recurriendo a la técnica del solapeo” que consiste en leer la biografía que figura en los libros. Empieza por Robert Juan Cantavella (español, autor de El Dorado y Asesino cósmico –ver revistatonica.com/periodismo-panqueque-) sigue con Guillermo Fadanelli (mexicano, director de la editorial Moho, vestido con una camisa de palmeras y flores y sombrero caribeño, que minutos antes del comienzo estuvo a los abrazos con Gael García Bernal) y el mencionado Damián Tabarovsky (autor de, entre otros, Una belleza vulgar y uno de los responsables de la publicación del libro Antología esencial de Carlos Monsiváis).

La pregunta inicial es la imaginable: ¿existen nuevas formas de escribir non fiction? Fadanelli responde que la separación entre ficción y no ficción es ambiciosa ya que cuando uno escribe sobre la realidad tiene como intermediario a un lenguaje que no inventó. Robert Juan Cantavella dice que coincide con que esa separación es una ilusión. Tabarovsky destaca a los “cronistas periféricos” Enrique Sdrech y Ricardo Rangendorfer, y agrega que a medida que el cronista se acerca al centro y la crónica empieza a ser un oficio que se puede estudiar en la escuela de Gabriel García Márquez, el género se hace menos interesante.

Pasada la primera media hora nadie habló de Monsiváis. Tomas pregunta: ¿Qué hacemos después de Monsiváis?

Definiendo a Monsiváis como cronista se pierden muchos aspectos de su obra, compuesta por más de 65 libros: Monsiváis no consideró lo freak y la violencia como condición sine qua non de una crónica. Al contrario, mucho de sus retratos giraron en torno a la “Buena Sociedad” mexicana y sus formas de vida (La crema de la crema), a criticar “la sociedad de la abundancia” a partir de la llegada de The Doors a México (Los fuegos apagados) o al análisis del fenómeno Gloria Trevi y las indignaciones de grupos Pro Vida por su destape en los calendarios de la década del noventa (Las provocaciones de la virtud, las virtudes de la provocación).

Tabarovsky destaca de Monsiváis haber conservado en un país machista como México la figura de cronista erudito, irreductiblemente de izquierda y marginal; Fadanelli, el rol de crítico de poder, donde dibujó la ridiculez de un partido. Luego, Fadanelli recuerda que Monsiváis nunca lo quiso y que desde la primera vez que se vieron hubo antipatía. “Nunca podíamos conversar más de diez minutos porque yo terminaba haciendo una broma que a él le parecía vulgar. Monsiváis decía de mí que ya había sido antes de haber sido, que yo siempre estaba en potencia pero nunca terminaba en nada, que siempre era una promesa y nunca iba a tener presencia”.

-¿Hay más vino?- consulta. El auditorio ríe, pero él no.

La charla se acerca a una hora y veinte de duración, cuando se ofrece al auditorio realizar alguna pregunta. Enseguida Zunini levanta la mano y dice: “Estamos en la casa de Tomás Eloy Martínez, ¿qué podemos decir de los libros de no ficción de él?”.

“Lo tengo tan presente que lo pasamos por encima”, responde un incómodo Tomas. “Hace poco grabé un video para esta fundación en la que hablaba de él. Nunca fui muy lector, con perdón a su hijo presente, de sus obras de ficción, pero leí Lugar común la muerte y el de los fusilados en Trelew. En mi descargo aclaro que estaba hablando de escritores vivos. Siempre leo una especie de continuidad entre Rodolfo Walsh, Enrique Raab y Tomás Eloy que llegaría a Martín Caparrós en la actualidad”. Tomas dice que Martín Caparrós podría ser considerado el único cronista argentino. Luego agrega a Enrique Symms y dice que si se los compara “Bukowski es un nene de pecho”.

Cantavella no habla hace bastante. Tomas le dice que es admirador de las crónicas de Gabriela Wiener por “exponer permanentemente su cuerpo” (ver revistatonica.com/nueva-cronica-latinoamericana-o-diario-intimo-de-embarazo) y le pregunta sobre el taller de periodismo punk que dictó el último miércoles. “Al lado de todos los maestros que nombraron es un poco una tontería hablar de periodismo punk. Es un término inventado por mí para denominar al periodismo gonzo de Hunther Thompson, que sólo lo hizo él. Es un jueguecillo, una putada para hacer lo mismo que hacía él con la diferencia de que incluyo ficción para crear atmósfera de una situación determinada”, responde Cantavella. Fadanelli guarda sus cosas en la mochila.

 

Titulo: El brillo de las apariencias
Autor: Marcos Zangrandi
Fecha: 01 de Julio de 2012
Fuente: Perfil


Lo esencial es extraño a Carlos Monsiváis. Lo atestiguan una gran cantidad de libros de ensayos y crónicas –entre los cuarenta y los cincuenta títulos. Tantos fueron, por otro lado, sus artículos en revistas y diarios mexicanos que se hace difícil todavía saber cuánto escribió. No parece haber, de acuerdo a ese número indeterminado, un centro, un núcleo preciso que agrupe y jerarquice aquellos textos más importantes de su obra, puesto que la obra de Monsiváis se escapa, por ahora, de la medida.

La mirada de Monsiváis parece dispersa. En sus textos abordaba cuestiones tan distintas, de mundos tan diversos –de Tlateloco a Gloria Trevi–, de escalafones culturales de diferencias tan abismales, que el lector puede quedar desorientado. ¿Hablaba en serio Monsiváis cuando vinculaba los lujos exquisitos de la diva María Félix con aquella época del presidente Miguel Alemán, cuando “la corrupción tenía un nombre técnico (desarrollismo)”? Menos que dispersión, sus textos son voracidad por la cultura, un hambre fanática por develar los hilos secretos que unían el verso popular, la pantalla de cine y los discursos políticos, entre tantos otros. Un encantamiento en apariencia caótico, detrás del que se descubren pantallazos de la complejidad de México, la única y excepcional máquina cultural en América latina que, luego de la Revolución, no se interrumpió durante el siglo XX.

Sus textos, entonces, se escapan de los temas esenciales. Monsiváis inicia sus recorridos en las apariencias –para peor: ¡las apariencias populares! –y nunca aborda, por ejemplo, el nacionalismo mexicano de una forma sistemática. Bien dice Juan Villoro en el prólogo de este libro, que las preocupaciones del escritor no sólo pasaban por lo que sucede, sino ante todo por la representación de lo que sucede. Porque la festividad de esas apariencias, a diferencia de una buena parte de la tradición crítica de izquierda, no le muestran la distracción, el engaño o la superficialidad, sino cruces inadvertidos y oblicuos entre la cultura y la política.

Carlos Monsiváis murió hace dos años. Su féretro, cubierto por los colores de las banderas gay y mexicana, fue despedido por cientos de personas en el D.F. Es difícil despegar la aparición de este libro de aquellas imágenes. Quiero decir que hay algo de cierre en su lectura. Se trata de una antología, un género asociado al fin de la vida (como son las obras completas). Decía David Viñas que “cuando te piden una antología de tus propias cosas, conviene no preguntar `por quién doblan las campanas ´”. En ese sentido, la antología, como abreviación posible de unas obras completas imposibles, es parte de la construcción póstuma de la figura de Monsiváis. Una dimensión que se agranda y se proyecta a medida que Monsiváis se afirma como referente obligado de los estudios culturales y, sobre todo, como maestro de crónica, el género estrella latinoamericano.

Este volumen se complementa con la antología aparecida un año atrás, Los ídolos a nado. ¿Qué interés tiene la compilación de Mardulce? Que es una edición pensada para el público local. No era fácil conseguir los libros de Monsiváis en las librerías de Buenos Aires. La aparición de esta Antología esencial es una excelente oportunidad para introducirlo entre los lectores argentinos. Los textos proceden de tres de sus libros más reconocidos: Días de guardar, Los rituales del caos y Amor perdido, y son, en su mayor parte, de los años 60 y 70. Aun con ese límite dentro de la vastedad de Monsiváis, la selección es notable. Notas sobre el camp en México muestra la rapidísima del texto de Susan Sontag (sólo dos años después, en 1966). Pero el ensayista mexicano no repite el molde anglosajón. Por el contrario, amplía el concepto de camp, lo recrea, se divierte con él y le encuentra nuevas versiones, nuevas facetas al mundo político. Es inevitable, por ejemplo, no quedarse sorprendido cuando Monsiváis pregunta: “Y no son Doña Bárbara y Evita Perón las dos grandes posibilidades del travestismo latinoamericano, las mujeres hiperbólicas que nos transmiten bajo disfraz el esplendor del macho y el cacique?”. Otros ensayos destacados son los dedicados a José Revueltas y a Salvador Novo, al que Monsiváis rescató prematuramente como escritor y como adelantado de las preciosas mariconerías del camp. Las exquisiteces del lenguaje, las burlas hacia todo acartonamiento y la fascinación con lo cursi son suficientes para recomendar su lectura.

 

Titulo: Monsiváis, el turista japonés
Fecha: 07 de Abril de 2012
Fuente: Los Andes, Mendoza


De la intensa y extensa obra de Carlos Monsiváis (Ciudad de México,1938 - Ciudad de México, 2010), esta "Antología esencial" reúne una decena de ensayos tomados de tres libros: "Los rituales de caos", "Días de guardar" y "Amor perdido".

La selección de Mardulce aborda una diversidad de temas: de una crónica de un concierto de los Doors, a la previa del combate entre Julio César Chávez y Greg Haugen; de una investigación sobre el camp (a la mexicana), a una radiografía de la cantante Gloria Trevi; sin obviar, claro, reflexiones sobre la literatura y la política.

Todo lo vio y luego se puso a escribir, parece decir Juan Villoro en el prólogo de "Antología esencial", "es el turista japonés de los tiempos que nos constan: ya tomó todas las fotos y ya probó todos los platos típicos", apunta Villoro.

Monsiváis: ironía al extremo, mezclada con altas dosis de erudición o como pasar del refrán al aforismo. Monsiváis: equilibrista infalible a la hora de caminar entre la alta cultura y la cultura de masas; Monsiváis: se encomienda a la Virgen de Guadalupe y piensa en Borges (o al revés, es lo mismo). Monsiváis: Vox populi pero (con estilo) pop.

Ejemplos: "si no está acobardado el policía, tiene miedo de que crean que tiene miedo". "Los ricos no sólo van al cielo, también alternan con la clase media en los centros nocturnos de lujo". "Los periodistas especializados -esa combinación cerebral del nombre de última hora con el sentido común de hace cien años".

"Sin tecnología no salgas a la calle. Los ligues hoy se hacen de celular a celular". "Se desgastó lo emblemático y sólo representa a su país el boxeador que gana. El que pierde es apátrida". Estilo Monsi: se deslumbra con los diamantes pero separa las perlas falsas.

 

Titulo: El observador
Autor: José María Brindisi
Fecha: 02 de Abril de 2012
Fuente: Los inrockuptibles


Aunque transitó múltiples géneros –diríase que casi todos–, la figura del mexicano Carlos Monsiváis suele estacionarse en los terrenos de la crónica y el ensayo. Esa definición es acertada, pero incompleta: lo que en verdad define su escritura, o la encuentra en su condición ideal, es una suerte de híbrido entre ambos lenguajes, de por sí casi imposibles de delimitar. Se trata de una libertad o seguridad frente a sus diversos objetos de estudio, una independencia de registro en la observación y la reflexión que no incomodan –no desde lo formal– pero sí se tornan incontrastables. Eso que Monsiváis describe, eso que merece ser desmenuzado y discutido, se transforma en otra cosa cuando su escritura lo redefine, y es en esos términos, los de una realidad reconocible pero en cierto modo paralela, que su obra debe abordarse.
Tratándose de un corpus ciertamente inabarcable en su conjunto, la antología que el sello Mardulce acaba de editar aquí –prologada por Juan Villoro–, extraída de tres de sus libros capitales (dos de los setenta y otro de mediados de los noventa), sirve para visualizar en lo esencial los muy diversos intereses, simpatías y enconos de un escritor que ocupó, hasta su reciente muerte, un espacio central en la literatura del continente. Alguien de quien solía remarcarse su ubicuidad, aunque no siempre en un tono celebratorio.
En lo concreto, las crónicas ensayísticas de Monsiváis mantienen siempre una distancia que le permite no sólo ser irónico sino, antes que nada, recostarse hacia uno y otro lado, sostener un criterio ambivalente que resulta, sí, provocador, porque la materia del relato es para el lector una sustancia esquiva, inaprensible, o mejor dicho imposible de reducir. Monsiváis se aproxima a sus protagonistas, los escucha, les da una palmada en la espalda –nunca los adula–, y luego se retira para situarlos en un contexto más amplio, y asimismo mucho más complejo. El mejor ejemplo de ello, y sin duda uno de los puntos altos del libro, es el extenso retrato que hace del poeta Salvador Novo, de quien pueden afirmarse dos cosas: lo admira, y le parece poco menos que un payaso. El otro texto fundamental de esta antología es, no por casualidad, el primero (“Notas del Camp en México”), escrito desde los ecos de Susan Sontag y su célebre Notes on Camp. Es una narración sin movimiento, o un ensayo sin tesis. Un finísimo ejercicio de rodeo.
Menos feliz es, de a ratos, el acercamiento de Monsiváis a las multitudes, donde con frecuencia la ironía se convierte en cinismo. Eso también es ubicuidad: estar siempre en el lugar indicado. Desde donde puede observarse tranquilamente la ceguera de los otros.

 

Titulo: Carlos Monsiváis, el mexicano errante
Autor: Pablo E. Chacón
Fecha: 01 de Abril de 2012
Fuente: Télam


En "Antología esencial", el escritor y ensayista mexicano Juan Villoro preparó una selección de textos de su compatriota Carlos Monsiváis, fallecido en 2010, que reúne los principales intereses de ese cazador de saberes populares, nada reacio a la sofisticación intelectual pero reacio al nacionalismo étnico.
El libro, publicado bajo el sello MarDulce, reactualiza una serie de piezas jamás reunidas bajo el protocolo de "obra completa" acaso porque el estilo de su autor es el del cronista que opera sobre una materia contingente que transforma en universal, aunque jamás arquetípica.
Monsiváis nació en la Ciudad de México en 1938. Publicó más de 45 libros, además de prólogos, artículos, compilaciones y una columna mítica, "Por mi madre, bohemios", que escribió durante décadas.


"Nadie ha leído su producción entera por la sencilla razón de que no se ha reunido", escribe Villoro en "Instantáneas de un cronista", el prólogo que escribió para este volumen. Y agrega: "velocista de la prosa, (Monsiváis) carece de vocación para verse a sí mismo como protagonista literario.

Colecciona caricaturas, grabados, libros, películas y gatos pero detesta ser museógrafo de sus manuscritos (…) Ajeno a todo impulso de hacer carrera literaria o cortejar a la posteridad, deja plantados a sus traductores e ignora que existen los agentes. En una ocasión lo vi escapar de un célebre editor inglés porque no quería perderse la exposición de Max Ernst en la Tate Gallery", cuenta Villoro.
¿Monsiváis modesto? Seguramente. Y pudoroso. Y respetuoso de la diversidad —en todos los sentidos— y a la vez irónico y distanciado del savoir faire políticamente correcto.
Entre sus libros figuran Aire de familia, Amor perdido, Escenas de pudor y liviandad, Las herencias ocultas, Días de guardar, Los rituales del caos y Nuevo catecismo para indios remisos.
La Antología esencial está ordenada en tres secciones: rock&pop, sociedad y escritores y desmesuras mexicanas; cosmopolita, huidizo y prolífico, Monsiváis conoce el barroco literario quizá sólo como José Lezama Lima, el cubano sedentario que impulsa escrituras tan diversas como las de Severo Sarduy, Arturo Carrera, Néstor Perlongher y Julián Ríos.
Pero más curioso: discute sobre Cream, el power trío de Clapton, Jack Bruce y Ginger Baker; sobre la trasposición de la categoría "camp" (que populariza Susan Sontag) a los países no protestantes; sobre la iconografía que comparten Lobsang Rampa, Madame Blavatsky y Louis Pauwels, el autor de El retorno de los brujos, sin una pizca de mesianismo ni de milenarismo.
Rafael Lemus, otro de sus colegas mexicanos, que siempre recuerda la pasión de Monsiváis por el movimiento estudiantil del 68 que terminó, en su país, con la matanza de Tlatelolco, escribe "que era confuso. Que era caótico. Que su obra no cumplía con los criterios clásicos de mesura y claridad".
Y se pregunta, "¿hay que decir que ninguno de estos argumentos abolla gravemente la obra de Monsiváis? Más bien por el contrario: apuntan hacia una de sus mayores virtudes el vital desorden de su prosa. Ya se sabe que su escritura era punto de encuentro de diversas fuerzas: el liberalismo de Prieto y Altamirano, el desparpajo de Novo, el histrionismo del cine mexicano, la poesía popular y culta, el humor de carpa, el nuevo periodismo".
Y la poesía: una selección preparada a sus 25 años —saludada en su momento por el patriarca Octavio Paz— todavía es obra de referencia, por la calidad de su selección, por el cuidado casi etnográfico de los tipos y caracteres y por su extraordinario oído para el sonido antes que para el sentido.
El nuevo periodismo que antes que Truman Capote o Tom Wolfe le llega del Norman Mailer de Los ejércitos de la noche, cuando los radicalizados estadounidenses rodean el Pentágono en protesta contra la guerra de Vietnam, donde el autor está presente pero en tercera persona. Así Monsiváis funda la crónica política "indirecta".
"En ese texto capital" (Días de guardar), retorna Villoro, "explora la significación del silencio y pone en tela de juicio la objetividad del cronista. ¿En qué medida puede mantenerse al margen de lo que atestigua?". Es John Reed en México insurgente.
Monsiváis no pensó jamás sino entre matices. Y no consideró que ser popular implicara la idiotez o la demagogia.

 

Titulo: El hombre que escribía como si siempre llegara antes
Autor: Silvina Friera
Fecha: 18 de Marzo de 2012
Fuente: Página 12



El mayor cronista mexicano transformaba las pequeñas ideas en cuerpos perdurables. Sin prisa y sin esfuerzo, Carlos Monsiváis enfocaba su linterna donde deseaba. Tenía la lengua extremadamente filosa para hibridar lo “serio” y las minucias. No hay tema que haya escapado a su mirada desde que en 1954 escribió sobre la música de Bola de Nieve. Escribía como si siempre llegara antes. Su flexibilidad intelectual sacudía la modorra del pensamiento anquilosado en confortables certezas o prejuicios. Lo que aún hoy lo torna un “fuera de serie” es el modo tan desenfadado de explorar un amplio abanico de temas: bolero, telenovela, fotografía, comic, deporte, ídolos populares, perdedores de diversos pelajes, rock, moda, literatura, política, nuevos movimientos sociales; provocaciones como las de Gloria Trevi o el debut de The Doors en México. La lista es inabarcable porque su radar, siempre en estado de alerta ante lo que se le cruzara por el camino, consigue ir más a fondo, como si su ductilidad no tuviera límites. En el prólogo de Antología esencial (Mardulce), un libro de referencia que reúne sus principales artículos, retratos y crónicas, Juan Villoro ratifica cuál es la madera del “velocista de la prosa”: “Monsiváis es el turista japonés de los tiempos que nos constan: ya tomó todas las fotos y ya probó todos los platos típicos”.
En “Notas del Camp en México”, el primer texto de la antología, hay detalles que perforan el corset temporal. Los textos de Monsiváis no tienen fecha de vencimiento. Basta con repasar, por ejemplo, el modo en que analiza la apariencia como escamoteo, el vestido como disfraz. “Las sirvientas, al untarse los vestidos morados y las medias con diseños y al hiperbolizar su presencia en el mundo con los colores más vivos y desafiantes, se decoran, como también se decoran, con sus vestidos morados y sus medias con diseños y sus colores beligerantes, las señoras de la alta burguesía, que se trabajan a sí mismas como si tratase de escenarios al acecho de una representación. La ausencia de contenido –de una visión del mundo– se reemplaza por la sobreabundancia de escenografías. El orador embellece (y el verbo no es gratuito) su discurso, porque no le pedirán ideas, sólo le exigirán abundancia de esdrújulas, citas prestigiosas y fe en el hombre, la música verbal que decora la ausencia de ideas.” Monsiváis detecta en el Camp Mexicano el eco o el residuo de una confesión autocrítica “que declara un vacío, la oquedad interminable de este país que debe ataviarse, que debe amueblarse, que debe erigirse y constituirse en decoración, para así cerciorarse de su propia existencia”.


Bendito entre los mitos

Los textos de Antología esencial –un inmejorable preámbulo para comprobar que “fue el maestro de casi todo lo que se escribió después”– vuelven a poner de relieve el carácter excepcional de su producción. El autor de Los rituales del caos, Días de guardar y Amor perdido, entre otros títulos, ha publicado más de 45 libros. Inabarcable por la extensión y la dispersión, quedan excluidos de esta constelación las compilaciones, prólogos, artículos en revistas y diarios, ponencias y su célebre columna, “Por mi madre, bohemios”, que editó durante décadas en diversos medios mexicanos. “Oh, Monsiváis, tus manos escritoras,/ envidia de princesa y de zares,/ diminutas, profetas y cantoras,/ amapolas en flor de La Portales”, proclama el “Himno a Monsiváis”, un corrido de Liliana Felipe. “Oh, Monsi, Monsi,/ bendito entre los mitos,/los hombres, las mujeres y los otros/ nos hicimos la vida de cuadritos/ buscándote otro apodo que Carlitos.” The Doors en México, el 2 de julio de 1969. “Monsi”, como no podía ser de otra manera, estuvo ahí. “Morrison desconcertaba y azoraba. Mientras su élan sexual dependía de las atribuciones del público, las cosas marchaban bien. Ahora, su desdén, el manejo visiblemente obsceno de la voz y el micrófono, el fuck you de su actitud, la sensación de que –de un modo sacrílego– a “Morrison le valía gorro cualquier propaganda en relación con las bellezas turísticas o de-sarrollo portentoso de nuestro hospitalario país, se iban transmutando en asombro, disgusto no confesado, irritación y finalmente decepción a nivel de fraude: no esperábamos esto, no quiere complacernos, no es un entertainer, no busca agradar, no nos pela. Querían divertirse y habían descubierto que esa onda –policromática– a la que tan religiosamente pertenecían mientras buscaban su nombre en la lista de asistentes, no gozaba de la admiración unánime.”
Las barrocas cejas de “Monsi” parecen elevadas hacia el infinito de la frente. Ahí donde muchos desaprobarían a priori el interés por el “fenómeno” Gloria Trevi –”la serpiente del Edén en tanga”–, el cronista lo interpreta en nueve capítulos magistrales. “Gloria y las chavas por ella representadas pertenecen a lo hoy y no corresponderían a ninguna otra época –escribe en 1994–. Lo suyo es la era del deseo proclamado y el sexo seguro, del ‘¡Quiero!’ unisex, del fiestón alegórico en torno a lo orgásmico (porque ya no se cree en las orgías confiables)... Y en la popularidad de Gloria intervienen la audacia y la franqueza y el juego erótico y la apariencia frágil y cachonda y la energía y la voz gruesa, gruexa, que anima un repertorio donde las ganas y su realización instantánea son una y la misma cosa.”
Hambre de sutileza con afán de distinción podría resumir el sello indeleble del más grande cronista mexicano y latinoamericano, que nació en la ciudad de México el 4 de mayo de 1938 y murió a los 72 años, el 19 de junio de 2010. “El documentador de la fecundísima fauna de nuestra imbecilidad nacional”, como lo definió Sergio Pitol, pega el salto de la música al boxeo. Las crónicas de la antología, estas criaturas híbridas que en sus manos son perfectas, confirman lo que Villoro postula: “Desde el punto de vista formal, Monsiváis ha perfeccionado el género de la crónica comentada. Presta menos interés a la narración de los hechos que a lo que puede decir de ellos”. En el comienzo de “La hora del consumo de orgullos”, sobre la pelea entre Julio César Chávez y Greg Haugen, plantea que “si algo le queda al nacionalismo es su condición pop”. “No popular –aclara–, algo ya más bien anacrónico a fuerza de lo sentimental, sino pop, con el acento en el perfil publicitario, en los mensajes subliminales, en ‘ese barullo de estaciones’ que es la moda.” El cronista observa que “el dentro y el afuera se extinguen como categorías inapelables”. A los hechos los exprime hasta dar con el hueso de una hipótesis. “La pelea no tiene mucho interés, al decir de los expertos. Pero el país goza de uno de esos ratos de esparcimiento en los cuales vuelve a ser, por un instante, una Nación.”


El esquivo renovador

Adonde quiera que fuese, anotaba, pensaba y arriesgaba. Desde muy joven, afortunadamente para sus lectores, Monsiváis metió las manos en el periodismo y colaboró en suplementos y en diarios como El Universal, Futuro, Excelsior y el Gallo Ilustrado. Además escribió en el semanario Proceso, en Unomásuno y en La Jornada. Villoro afirma que nadie ha leído la producción entera del gran cronista mexicano por la sencilla razón de que no se ha reunido aún. Aunque coleccionaba caricaturas, grabados, libros, películas y gatos, detestaba ser “museógrafo de sus manuscritos”. El prologuista revela que una vez fue jurado de un concurso que premió un libro de “Monsi”, Cinturón de castidad, sobre cultura y telenovela, “pieza maestra que, muy en su estilo, sigue inédita”. El esquivo renovador de la crónica se formó en las aulas de Filosofía y Letras de la UNAM, donde conoció a quienes serían sus amigos entrañables: Sergio Pitol, José Emilio Pacheco y Elena Poniatowska. Estos y otros amigos, como Juan Gelman, lo apodaron “porsiváis”, porque su asistencia a las invitaciones que recibía (y confirmaba) nunca estaba garantizada. “Ajeno a todo impulso de hacer carrera literaria o cortejar la posteridad, Monsiváis deja plantados a sus traductores e ignora que existen los agentes –recuerda Villoro–. En una ocasión lo vi escapar de un célebre editor inglés porque no quería perderse la exposición de Max Ernst en la Tate Gallery.”
Cuentan que su casa olía a gato; su escritura, a libertad. “Sin mis libros me sería imposible vivir y sin mis gatos, también. Los libros no aúllan ni los gatos proporcionan sabiduría, por eso no podría elegir. Preferiría entonces vivir sin mí”, confesaba Monsiváis. El jurado que le otorgó el premio Juan Rulfo en 2006 subrayó que ha renovado “las formas de la crónica periodística, el ensayo literario y el pensamiento contemporáneo de México y América latina” y que “ha forjado un lenguaje distinto para representar la riqueza de la cultura popular, el espectáculo de la modernización urbana, los códigos del poder y las mentalidades”. En el artículo “La crema de la crema”, en la ineludible antología que acaba de lanzar Mardulce, pesca en el aire un chiste típico del nuevo rico mexicano con sus “potpurríes del gusto y su admiración por lo caro y sus viajes por Europa”. La ironía y erudición de “Monsi” apuntalan la compleja red de relaciones simbólicas. Las potencia a través del chiste en cuestión: “En Venecia me subí a una de esas glándulas”.
Monsiváis fue “el último escritor público” en México, como lo calificó Adolfo Castañón en su ensayo “Un hombre llamado ciudad”. Cualquier mexicano lo ha escuchado o leído. Todos –o casi todos– eran capaces de reconocerlo en la calle. Su empatía por la izquierda política no eclipsaba su rechazo visceral contra posiciones intolerantes y retrógradas. Una de las piezas de colección de la antología es “El disidente (Radical Chic): los burgueses con corazón de masa”. “El radical chic a la mexicana no está exasperado por la injusticia –anota en 1973–. Lo exaspera la falta de sensibilidad social de su ambiente. Para él, las contradicciones que más se agudizan son las del buen gusto. ¿Cómo es que los de su clase no se dan cuenta de lo formidable, de lo excitante de una asamblea que dura ocho horas? Usar lenguaje fuerte, chingada madre, darle validez política a las palabras que hacen sonrojar a sus tías, leer manifiestos, injuriar al Sistema. ¡Qué tremendo, qué cabrón, pero en serio! Así debió sentirse Errol Flynn. Esto es lo máximo, jugar a la revolución sin que intervengan ni las consecuencias ni el temor a las consecuencias, mirarle a los cocolazos a horas fijas, padrísimo, qué buena rola, cómo pudieron los de la generación caduca pasarla bien sin sentirse en el mérito centro de la impugnación.”
Villoro destaca que como todo escritor de “temple bíblico”, Monsiváis es pródigo en aforismos que pronto serán refranes. El que perdurará más allá del tiempo, acaso como el mejor estribillo del siglo XXI, reza: “O ya no entiendo lo que está pasando o ya no pasa lo que estaba entendiendo”.