prensa Leonardo Sabbatella
 

Titulo: Organismos en plena extinción
Autor: Mariana Catalin
Fecha: 17 de Noviembre de 2014
Fuente: Bazar Americano


Un destello –que para no quemar debe obturarse a tiempo– antes de que todo se acabe. El momento que podemos suponer apenas anterior al final: de un oficio, del linyera, de la casa, de aquellos que se retiran, del personaje principal. Indicios de que, en efecto, las cosas se extinguen: intermitencias, en el ritmo cansino de la narración, del registro, frágil, de un país que ya no existe y de animales desaparecidos. Mejor decir depredadores: depredadores ya extintos. En la última novela de Leonardo Sabbatella, El pez rojo, Víctor es “el último hombre” (que sabe reparar proyectores cinematográficos de 35 milímetros en la ciudad). Padece de una paranoia casi vieja: la de las sociedades de control. El panóptico. Cree que lo persiguen, que las personas con las que se cruza, en sus escasas incursiones al exterior, están ahí para vigilarlo. Encerrado en su casa custodia maniáticamente las entradas y las salidas. Ha derribado casi todas las paredes para observar, simultáneamente, puertas y ventanas. Compra sus alimentos en un solo lugar porque teme que lo envenenen. Sin embargo, a pesar de que en el comienzo se sostiene que “Victor se comporta como un centinela de un castillo al que nadie le avisó que ahí ya no hay nada que merezca su protección”, Sabbatella elige no abstraer la paranoia (que debe ser “casi vieja”, no queda otra posibilidad que el destiempo, ya que Víctor vive desconectado). Elige especificar, lo que hace que el personaje evada el absurdo: se teme la toma de la casa, en tanto podría constituir “un punto geográfico de la ciudad preciado para emplazar un puesto de control de las maniobras del sur urbano”. En este contexto, la mayor pesadilla del paranoico es obviamente kafkiana: que lo encierren en un gabinete junto a una cinta de montaje en la que se sucedan proyectores con el mismo defecto de aquel que, de hecho, no puede arreglar, y que llegado a un cierto número acumulado de artefactos descompuestos lo ejecuten. El destiempo hace que la obviedad no sature. La pesadilla, y sus mínimas variaciones, se vuelven fundamentales en la temporalidad que construye la novela.

Ahora bien, además de reparar proyectores, en su encierro, Víctor recorta revistas viejas. Sabemos en el comienzo que hay una serie de coincidencias entre ellas aunque no se nos dice cuáles. Nuevamente Sabbatella elige no abstraer totalmente. Promediando la narración nos revelará el dato: son materiales sobre la Unión Soviética. Ahí comprendemos a qué país desaparecido pertenecía la bandera que, extrañamente, en un principio se nos había dicho que coronaba la puerta de entrada de la casa. Tal vez estoy traicionado aquí la lógica de la reseña. No porque esté contando el final de la novela (es predecible y no importa que lo sea) sino porque develo ese detalle. Y es que, debido a la manera en que la narración va constituyendo su atmósfera, es fundamental el detalle que se nos otorga: ese momento en que se nos revela eso que pensamos que no se nos iban a decir; esa información que, en la nada, nos brinda un asidero y hace que este paranoico no sea cualquier paranoico, que la excepción no sea cualquier excepción.

Víctor tiene, entonces, un archivo en el que guarda diferentes materiales que se conectan con ese país ya extinto. La novela detalla su contenido pero también información relacionada con su modo de funcionamiento. Un archivo compuesto por cajas numeradas que cubren, apiladas de a seis, una pared, y que contienen recortes de diarios, revistas y fascículos, ilustraciones, casetes, desgravaciones y elementos varios (desde un par de guantes pertenecientes a un viejo uniforme soviético hasta un banderín con la hoz y el martillo). El personaje se acerca a ese archivo guiado menos “por el orden de los estantes que por el instinto de su memoria” y, entonces, dicho orden, antes que a la numeración, responde a sus preferencias. No se nos dice exactamente el criterio de agrupamiento de los materiales, pero podría pensarse que se conforma entre la manía y el gusto: una caja contiene artículos sobre el mercado negro y sobre la burocracia, otra gira en torno a la guerra fría con historias de espías e ilustraciones de artefactos utilizados durante la misma, otra simplemente reúne los elementos conseguidos en los remates. “[E]s más bien un juego de alguien que ha aprendido a jugar demasiado tarde”. Pero el orden y el modo de acercamiento no obedecen, o no sólo obedecen, al carácter privado del archivo –la novela nombra el conjunto de cajas como “un archivo privado y silencioso” y es interesante la elección del término, porque parece adecuada, porque si hubiera dicho colección no hubiera sido tan propio del personaje. Ambos factores parecen querer poner en primer plano esa característica intrínseca a cualquiera de sus manifestaciones, característica que el sentido común (no el teórico) tiende a desconocer: el hecho de que el archivo, según lo señala Jaques Derrida en Mal de archivo, no se cierra nunca, no puede objetivarse nunca sin resto, por lo que antes que asociarse solamente a la repetición y, a partir de la repetición al pasado, debe abrirse al provenir (incluso a pesar del final de la novela). Jugando en la complejización de la temporalidad que, a través de la apelación a los finales, presenta la novela, la referencia al archivo instala, así, una temporalidad moderna, al mismo tiempo que se inscribe en lo más actual del presente (estoy pensando acá en el papel central que ocupa el archivo en el arte actual, según lo señala, entre muchos otros, Hal Foster en “An Archival Impulse” y pervirtiendo levemente la distinción que Giorgio Agamben realiza en “¿Qué es lo contemporáneo?”)

La novela parece proyectar esa obsesión de Víctor al modo de encadenarse de los fragmentos que van componiendo las diferentes historias que se superponen brevemente a la del personaje principal. Repetir el gesto. Multiplicar las formas de final (y de muerte y ahí El pez rojo se conecta con la novela anterior del autor, El modelo aéreo). Salo le dice a Víctor que si no le devuelve el proyector que le ha dejado para arreglar, “puede ser su fin profesional”. Imagina, también, en la soledad de un departamento en penumbras, el posible hundimiento de la ciudad: “Por años condenados a la sombra de un eclipse y al corte de suministro eléctrico, como si se viviera un tiempo alumbrado por el fuego”. El ex presidiario decide terminar la relación con la mujer de cabello colorado y quedarse en el mar. El linyera, que sólo recuerda la quiebra estrepitosa de su empresa, cede, en su auto, a la inanición, y la novela narra los momentos “antes de que todo termine”. La vida de Diana se abre de manera similar a la de Boris al espacio devorador del retiro, a ese tiempo que es ya un resto de vida.

¿Víctor y la lógica del archivo? Como sostiene Daniel Link, ciertas ficciones sobre el final y la supervivencia proponen “un universo que nos pone a imaginar un orden posible, cualquier orden, para no volvernos locos” (Textos de ocasión). La novela de Sabbatella narra los órdenes que Víctor superpone en su paranoia: el mecanismo para abrir las ventanas, un posible calendario para pautar la propia revisión física, los modos de variación de los recorridos, el plan de racionamiento de los alimentos. ¿Nos habrá obligado la novela, mediante la creación de esa atmósfera opresiva y morosa, a imaginar un orden, cualquier orden, a imitar la multiplicación de sistemas poniendo el énfasis en el archivo? Un rasgo de Víctor: imitar ciertos gestos de gente extraña. “A Víctor lo obsesionan las maneras de estar en el mundo”, sostiene Sabbatella en una entrevista a propósito de esa particularidad. Más que la obsesión de Víctor, esa parece ser la obsesión del autor: captar los modos en que el gesto condensa la anomalía. Modos que vuelven ese estar en el mundo extremadamente singular y que lo hace rozar la posibilidad de no constituirse como tal: “[E]species que comparten medio sin por eso convertirse en comunidad”.

 

Titulo: La tropa imberbe
Autor: Gonzalo León
Fecha: 20 de Octubre de 2014
Fuente: Perfil


Leonardo Sabbatella (1986) es tal vez el más experimentado de todos. Tiene dos novelas a cuestas: El modelo aéreo (2012) y ahora El pez rojo, ambas publicadas por Mardulce. En la última si bien no hay una influencia de una serie de televisión, la historia se centra en Víctor que vive recluido en un lugar sin paredes interiores, y se dedica a reparar viejos proyectores de cine. En sí su trabajo es anacrónico. Todos los personajes de El pez rojo son marginales, y narran una especie de vida privada de los pobres, de aquellos para los que la sociedad no entrega nada, ni siquiera una esperanza; sin caer en la tipificación de novela social, esta novela entrega de principio a fin una visión de mundo muy potente: afuera no hay nada. Sólo resta la esperanza de que adentro, ya sea en la casa sin paredes donde vive Víctor o en la mente de cualquiera de estos personajes, haya algo: una alegría, una satisfacción, un paquete de fideos, cualquier cosa.

 

Titulo: Sobre El pez rojo de Leonardo Sabbatella
Autor: Leonardo Di Dio
Fecha: 16 de Octubre de 2014
Fuente: Los efectos


El pez rojo (Mardulce, 2014), desde un costado del ring, desconfía pero no titubea. Como en una batalla, adopta una estrategia, acicala el puesto de combate y recuenta los pertrechos. Es sistémico. Es metódico. La tensión permanente en la trama indica que una falla de previsión, un error de cálculo (quizás un dispendio de confianza o afecto), desembocaría en un estallido. La explosión es una opción latente, cuyo pulso es exhalado en cada párrafo y deja flotando un halo indeleble. Por eso no es necesaria una grave falla en ese ecosistema que Víctor es / construye para que tal tragedia ocurra. El menor chasquido, un tropiezo, tal vez un engranaje mal lubricado, hará colapsar ese esquema. La novela puede leerse como un ejercicio de geopolítica del cuerpo y la subjetividad humana. Sabbatella nos arroja, sin dualidades, a un mapa cuyos caminos están trazados. La vida de Víctor no podría haber sido otra que la del coleccionista puntilloso, ermitaño y paranoico. Según el autor, aunque no la nombra, habría otra trayectoria posible para un ser humano: la del confort (impostado, generado por costumbre, tal vez sobreactuado) de una vida normal, con una familia, con un trabajo más convencional, con vecinos con los cuales se puede conversar y gastar bromas en la vereda o en el almacén. Pero no. La vida de Víctor se alcolchona con otros estándares, con un adentro y un afuera muy marcados. Desde su puesto de combate (es inútil impedir que esa imagen reemplace a la casa de Víctor), él cree poder regular, administrar y arremeter. La pregunta es tal vez ¿contra qué / quiénes debe / necesita embestir? La tensión entre adentro y afuera es también la tensión entre la mirada de los otros y la autopercepción. Víctor es un pez insular. Desprecia el mar abierto. El espectro bélico se yergue sobre él, mas Víctor no reniega de ello. Más bien se acostumbra, se apropia y se traba encarnizadamente con ese fantasma, que lo constituye, lo nutre y le permite ejecutar un simulacro. Teatro de operaciones. Es difícil respirar en El pez rojo, pareciera que sólo Víctor puede levitar en ese hábitat presurizado, en el que la menor filtración de oxígeno puede hacer detonar en mil pedazos su boceto. Esa hipótesis es la que Sabbatella manipula, en un equilibrio artificial, plagado de minas personales vagamente señalizadas.

 

Titulo: El pez rojo
Autor: Gerardo Tipitto
Fecha: 18 de Setiembre de 2014
Fuente: Revista Otra parte semanal


De algo así como las semirruinas de un mundo monótono cuyas excrecencias parecen el resultado de una catástrofe ocurrida en el que conocemos, de la aparición algo caprichosa de algunos personajes casi secundarios —como el linyera del auto o el “remero” —, de la imposibilidad de reparar un proyector de películas y de la inclinación por coleccionar notas periodísticas que refieren a la Unión Soviética, ese país “que de alguna manera ya no existe”, pero sobre todo de la andadura errática y tristemente paranoica de Víctor, su dilatadísimo protagonista, surge El pez rojo, la reciente novela de Leonardo Sabbatella.

Yendo de una ventana a la otra de su casa sin divisiones, calculando la necesidad o la oportunidad que lo obligará a traspasar el umbral al exterior, posponiendo infinitamente una visita a esa isla que tiene nombre de mujer y “maquinando”, permanentemente “maquinando”, Víctor deambula por todo lo que dura la novela obediente a un repertorio de manías tan diversas como constitutivas, de modo que él, sus pensamientos disparatados y El pez rojo son casi una misma cosa.

El entorno amenazador en el que se desplaza —allí “un hombre infectado”, acá los agentes encubiertos de una fuerza ¿secreta?, ¿enemiga?, prontos a desplazarlo de su vivienda o a eliminarlo—, y también una atmósfera sutil e inclasificable que se nutre de aquella especie de futuro apocalíptico tanto como de almacenes y juegos infantiles que parecen venidos del pasado, contribuyen a expandir esa deliberada sensación de extrañeza que se desprende de todo lo que hay y de todo lo que pasa, y que es como la marca de agua más perenne que deja la lectura.

Probablemente esa extrañeza, también, se aderece de —y con— el ritmo. Hay una música en sordina hecha de una puntuación a veces rara de la frase y de la no siempre pero llamativa elisión verbal —¿otro modo de menguar el espectro de la acción? —, que hacen de El pez rojo un artefacto continuamente peculiar, algo opaco y como aburbujado.

Raro ejemplar de una larga serie de ficciones argentinas contemporáneas en las que se elige el predominio del presente como tiempo narrativo, un poco exageradamente emparentada con el Bartleby de Melville, con Walser y con Kafka, El pez rojo se asemejamás a una prueba de laboratorio en la que un narrador somete a su criatura —novela y personaje— a ciertos hábitos que, aunque humanos, parecen desdibujarse hasta convertirse en otra cosa.

 

Titulo: Tema cenital de un hombre solo
Autor: Violeta Serrano
Fecha: 17 de Agosto de 2014
Fuente: Cultura, Perfil


El observador llama Víctor a quien carece de victoria. No usa diálogo alguno. La descripción corre por cuenta de una narrativa pura y dura. Sin cortes, sin sorpresas, como el rodaje de una película.
El autor intenta borrarse: eliminar sus propias huellas, como si formara parte de la misma paranoia de su personaje. Sabe que su criatura vive en una casa sin paredes, en un espacio cuya función es servir de refugio, de pichicera en territorio urbano. Su personaje está solo. Las voces que discurren en su cabeza y la temeridad son demasiado fuertes como para siquiera amagar con una amistad. No, todo lo externo daña, toda otredad posee en sí misma la potencialidad del dolor.
Las fotografías de animales encerrados en libros son la única fuente de paz. Víctor lee textos sobre fauna y disimula una vulnerabilidad manifiesta. Víctor es un pez rojo que pierde oxígeno en su propio aislamiento. Víctor se fija una y mil veces en la fechas de caducidad. Víctor siempre puede ser una víctima. Y está solo. Y mira de reojo una y otra vez el proyector de cine que no sabe reparar, mientras Salo, el gigante que le pide que cumpla con su trabajo, convierte a Víctor en un claro discípulo de Melvilla, en un preferiría no hacerlo con patas.
Todo el texto de Sabbatella es un plano cenital de un hombre solo sobre cuya cabeza pende la espada de un cinematógrafo por reparar. La carga de simbolismo de esta obra es tan difícil de resquebrajar como una partida de Senku. La vanguardia europea come aquí de la mano de la influencia de Borges: una mezcla enérgica para quien goce de descifrar la simbiosis entre un cuadro de Rohtko y otro de Dalí.

 

Titulo: El desamparo
Autor: Diego Erlan
Fecha: 15 de Agosto de 2014
Fuente: Revista Ñ


Una escena: las pupilas de Víctor están dirigidas hacia arriba, van de un lado a otro “como si persiguieran los pasos de alguien que camina la noche por los techos”. Víctor es alguien que no quiere perder la sensibilidad asediada por la paranoia y el desamparo. Y es el protagonista de El pez rojo (Mardulce), la segunda novela del escritor argentino Leonardo Sabbatella. La ausencia de preposición en la frase del principio es significativa: será el lector también quien deba “caminar la noche” de Víctor, ese territorio habitado por escombros donde Víctor es un escombro más: un personaje abatido, descascarado, convertido en ruinas y sin dudas enigmático, porque también laten innumerables enigmas en un volquete como los volquetes donde Víctor encuentra elementos que pueden incorporarse a su tesoro de mugre personal. A pesar de haber nacido en 1986, Sabbatella tiene una despiadada solidez como narrador. No tiene piedad. Ni con Víctor ni con él como autor ni siquiera con sus lectores. El ritmo es obsesivo. Brutal. Una belleza sin compasión.