prensa Leonardo Sabbatella
 

Titulo: El pez rojo, de Leonardo Sabbatella
Autor: Gaizka Ramón Melendo
Fecha: 14 de Agosto de 2014
Fuente: Revista Vísperas


La trama no lo es todo. Parece una sandez decirlo, pero es que a uno le sobrevienen infinidad de recuerdos en los que Fulano desecha una obra de arte X por su trama, Mengano se hace fanático de una obra de arte Z por lo deslumbrante de la trama, y Tutano cree que si encuentra la trama perfecta será el nuevo mesías del arte. Y eso es porque todos (Fulano, Mengano, Tutano y varios más) nos hemos embriagado en la idea de que la literatura son historias. Leonardo Sabbatella (Buenos Aires, 1986) sabe que no es así, o no sin varias apostillas. Si en su novela debut, El modelo aéreo, hacía ya una interesante toma de posiciones al respecto, ahora, dos años después de aquel estreno, El pez rojo ratifica y profundiza en la misma poética narrativa. Permítase citar de la entrevista que un servidor le hizo hace meses: “Me interesa más la creación de atmósferas que la creación de tramas (…) Me interesan esas otras cosas que no se dejan atrapar, que no se dejan decir por una trama, y que requieren otros modos de dar cuenta de la experiencia”. Sirva de anticipo esto para advertir que El pez rojo no es, en mi opinión, una novela para todos los gustos. Afligirse, sin embargo, sería absurdo. Como decía el tío de un amigo: “No puede uno caerle bien a todo el mundo”.

Que la trama no lo es todo, claro está, no es descubrimiento de Sabbatella. La rueda no se inventó ayer. Ya Flaubert, guinda del realismo europeo de hace dos siglos, decía que su sueño era llegar a escribir una novela que no versara sobre nada en absoluto. La fantasía de la literatura pura. Desde entonces, podríamos nombrar un sinfín de experimentos con el equilibrio entre la forma y el fondo. Si digo esto no es por teorizar a tontas y a locas, sino porque me parece que una obra de arte debe juzgarse desde los presupuestos artísticos en los que se erige, e intuyo que los de Sabbatella tienen bastante que ver con estas nociones.

Como bien apunta la contraportada, El pez rojo es una novela de “tensión entre el adentro y el afuera, entre la acción y la ausencia de acontecimientos”. Es, en su mínima expresión, un viaje introspectivo dentro de Víctor, un reparador de proyectores cinematográficos antiguos al que se nos presenta atestado de soledad, de manías, de excentricidades, de pequeños traumas de infancia que han derivado en una personalidad adulta rayana con lo patológico. Las páginas de El pez rojo son un itinerario por la alienación, por los delirios paranoides de un protagonista que ha cerrado su interioridad a lo ajeno y ahora sufre el salir a la calle y afrontar caras desconocidas como una pavorosa amenaza. Por eso lo que sucede en la segunda novela de este escritor argentino es, más que una historia, un estado mental. El de Víctor y, también, el de varios otros personajes secundarios (Salo, el hombre con gigantismo; Boris, la promesa incumplida del baloncesto; Diana, la funcionaria retirada; un anciano anónimo que agoniza en un coche destartalado; una serie de personajes, en definitiva, a los que se pincela con laconismo, casi en instantáneas fotográficas).

Como sabía el novelista Georges Perec, lectura predilecta de Sabbatella, y el Cortázar de Casa tomada (menos predilecto, pues en las escuelas lo leen hasta el hartazgo) el espacio físico es correlato del espacio mental. Que Víctor viva solo, rehén de sí mismo en una casa sin paredes interiores y con las persianas bajadas, lejos de ser un detalle arbitrario, es un eje clave de la novela. El autor llega a explicitarlo, con su lirismo habitual: “La casa se levanta alrededor de Víctor como un caparazón, un reducto óseo, que de una manera extraña él mismo ha desarrollado, como si se tratara de una segregación de su cuerpo. ¿Qué otros además de Víctor, y dentro de Víctor, viven y trabajan en esa madriguera?”. La cita, además del motivo de la espacialidad, ilustra otras dos cuestiones. La primera, perceptible desde la primera línea, es que Sabbatella tiene un estilo, entendiendo por ello un acercamiento personal y reflexivo a la lengua (para las comas tiene toda una idiosincrasia, por ejemplo, al igual que Woolf o Faulkner). La segunda cuestión, no menos importante, es que logra armonizar una “semántica general de la novela”, si me toleran acuñar semejante idea. Lo que figura, figura por algún motivo, y una cantidad admirable de elementos se interrelaciona de forma sutil con otros (estética, psicológica o narrativamente), otorgándoles a la caracterización de los personajes y al tono de la novela una solidez ininterrumpida. No se trata de una novela en clave, de hecho ni siquiera hablaría de una novela unitaria en el sentido clásico del término. Pese a sus personajes secundarios dispersos y sus subtramas sin enlazar, El pez rojo es una composición que “cuadra” (que “cierra”, como diría un porteño) en el plano estético. Tal vez cabría pensar en dos antípodas de la figura de escritor: el minucioso relojero que ajusta los engranajes frente al distribuidor de confeti tutticolori al por mayor. Sabbatella pertenece sin duda a la primera clase.

Miento si digo que el punto fuerte de la novela son las peripecias de los personajes o la amenidad de la lectura. La apuesta de Sabbatella, a mi juicio al menos, es la de confeccionar un artefacto narrativo propio, que tantee los límites del género y las expectativas del lector, que se acerque a la lengua no desde la convención sino desde lo personal y lo pensado.

De las consideraciones que vengo barruntando acerca de la importancia de una historia depende, creo, la valoración que uno haga de la novela de Sabbatella. Aquéllos que busquen el entretenimiento de corrido, verán quizá en El pez rojo la tediosa historia de un “Víctor sin hacer nada y solamente despierto porque sus ojos no están cerrados, tropezando una y otra vez en un balbuceo interno”, tal y como parece advertir el propio autor. Aquéllos que no lean solo a los personajes, sino también a los autores, como recomendaba Nabokov, verán en El pez rojo un proyecto literario calculado, valiente, lleno de imágenes hermosas, conciliador de la ternura y la sordidez. No es perfecto, sería absurdo engañarnos, pero sí muy prometedor. Amantes de Kafka, de Beckett, acérquense; imaginen un Memorias del subsuelo menos angustiante, piensen en esas tensiones cinematográficas brillantes y en apariencia huecas.

Para mí es un halago decir que Sabbatella no ha alcanzado su cima todavía. Qué suerte haber llegado a tales alturas y tener aún camino por delante. El pez rojo se me figura como la lógica continuación del proyecto literario que empezó con El modelo aéreo. La misma sobriedad, el mismo control, y una apuesta más arriesgada para encontrar su no sé qué personal. Creo también que falta seguir buscando algún ingrediente clave en la receta de la tensión, pero bueno. Roma no se hizo en un día.

 

Titulo: Extinciones: de oficios y subjetividades
Autor: Pablo E. Chacón
Fecha: 01 de Agosto de 2014
Fuente: Télam


La novela, publicada por la editorial Mardulce, es la segunda que publica este joven, autor de El modelo aéreo, por la misma editorial.

Sabbatella nació en Buenos Aires en 1986, es colaborador de distintos medios culturales y su fuerte son los artículos y las entrevistas a otros escritores.

Esta es la conversación que sostuvo con Télam.

T: ¿Cómo nace la historia de El Pez Rojo?

S: El Pez Rojo nace a partir de distintos elementos y materiales que me parecían estaban relacionados o al menos orientados en un mismo sentido. De todos modos lo primero y más fuerte fue la figura de Víctor, su mirada sobre las cosas. Quizás antes que nada estuvo la escena de un hombre que ha derribado las paredes de su casa, que vive entre esos escombros. Ahí empezó a armarse la novela. Seguir hasta la obsesión los movimientos de un hombre solo y del que en principio podemos decir que tiene una manera extraña o particular de estar en el mundo. Me interesaba que la novela pudiera funcionar casi como un largo y falso plano secuencia, conocer hábitos y manías, registrar cada movimiento de este personaje con una cabeza paranoica.

T: Lo pregunto porque la impresión que provoca su lectura es la de un escenario postapocalíptico o totalmente fuera de cualquier esperanza. ¿Cuál es tu opinión al respecto?

S: No sé si diría algo tan drástico. Me parece que el escenario que plantea la novela tiene que ver principalmente con dos dimensiones: a dónde es que arroja a un hombre el hecho de leer signos en cualquier lado y todo el tiempo y por el otro, cómo hace alguien como Víctor para tener un lugar propio, para hacerle lugar a su locura.

T: Otra asociación: algunos personajes de Samuel Beckett: los baldados estrictamente. Son más ridículos que patéticos. ¿Esto es así?

S: Beckett es el punto máximo al que se puede aspirar en este sentido y fue una de las luces bajo las cuales traté de pensar y escribir la novela. Que Víctor haga pensar en un personaje Beckett no es más que un gran halago a la novela porque sin dudas es parte de esa casta de criaturas. Creo que la clave no es tanto lo ridículo o patético que puedan resultar (esto lo definirá quien los observe, quien los lea), sino el hecho de que se trata de personajes en caída, que se van a apagando y degradando, en extinción.

T: ¿Cómo pensás tu ubicación en el sistema literario argentino, si no es muy presuntuoso decirlo así?

S: No puedo pensar mi ubicación en el sistema literario argentino por el simple hecho de que no puedo auto-percibir mi lugar. Me resulta muy difícil pensar en términos de posiciones. Pero probablemente sea muy parecida a la de otros. En ese sentido creo que cada escritura se inscribe en cierto linaje y desde ahí trata de ser, en el mejor de los casos, un eslabón más.

T: Acá iba: al personaje de El Pez... ¿por qué habría que presentarlo como objeto de la alienación urbana?

S: Para nada sería una mala presentación. El mundo urbano era importante porque era el espacio en el que no solo se movería Víctor sino que el paisaje mismo iría afectándolo. Me interesa como dimensión la alienación y cuáles son sus efectos privados, íntimos, indirectos, incontrolables. Me parece que el personaje de El Pez Rojo no se deja reducir solamente a un alienado urbano aunque está claro que sería muy diferente su vida en otro contexto o al menos hubiera adoptado otra forma. Me parece que hay algo del trabajo (y acá podría estar la alienación) y de sus obsesiones, del modo en el que trabaja su cabeza, que lo convierten en la criatura que observamos.

 

Titulo: Sobre El modelo aéreo de Leonardo Sabbatella
Autor: Rosario Bléfari
Fecha: 13 de Mayo de 2013
Fuente: Leer en todas partes - Blog


Esta novela fue editada por Mardulce el año 2012. Leonardo Sabbatella, su autor, nació en Buenos Aires en 1986. La primera vez que supe de su existencia fue porque su autor me habló de ella cuando todavía no estaba publicada, me contó cómo la había trabajado, con qué cuidado, y me contó también que él era de la narrativa, que no escribía ninguna otra cosa. Yo no había leído nada suyo salvo algunos textos sueltos que, tanto a mí como a otros que presenciamos su lectura en un grupo de trabajo, nos llamaron la atención por lo claro, lo fluido de la prosa, que te llevaba sin esfuerzos por imágenes, situaciones, descripciones de personajes, como si estuviera instalando cada cosa en su lugar, sin esfuerzo y uno siguiéndolo expectante con la sensación de poder evocar inmediatamente esas invenciones.

Cuando pasados unos años leí El modelo áereo, ahí estaba todo eso y conformando una novela completa, armada en base a capítulos cortos, que siempre son escenas enhebradas por el hilo de una ciudad anónima que podría ser Buenos Aires pero también cualquier otra.

-Pero leamos directamente a su autor, a quien consulté, para que nos cuente de qué se trata:
-La novela trata sobre los efectos que generan dos muertes en una ciudad. No en lo que podría denominarse el primer círculo íntimo (familiares) ni el segundo (amigos cercanos, compañeros habituales de trabajo. Me interesaba ese tercer círculo de afectados, personas circunstanciales, amigos indirectos, compañeros que no los ves todos los días. La muerte trabajando en el tiempo, el delay con el que se enteran los distintos personajes. la pregunta era un poco ¿hasta donde llegan los efectos de una muerte? llegan hasta el día último en el que alguien se entera, llegan hasta la ciudad más lejana donde una carta hace referencia al hecho, etc. En miedo de todo esto esto hay un personaje, un único personaje que los conoció a ambos muertos y que se ve afectado, las muertes apenas cercanas pero las dos en un breve lapso de tiempo lo transforman. La novela es un mapa de efectos.

-¿Cómo es la ciudad en la que se producen estas muertes y esos efectos?
-La ciudad tiene ciertas características atemporales y parece que pudiera ser cualquier ciudad. Tiene un aspecto de ciudad europea de posguerra por momentos, hay un cielo encapotado, hay sectores que se repiten, no es necesariamente una ciudad gris pero digamos que los personajes se mueven sobre cierta opacidad. La ciudad tiene sus construcciones imponentes y desproporcionadas como la mapoteca, hay un río, hay una biblioteca hay subterráneo con escaleras enormes, un autódromo, está la pista para aeromodelismo, plagada de bares y cafés pero también casas viejas como en la que vivía el pintor, departamentos cercanos al estilo monoblock, enormes estacionamientos.

-¿Qué dirías de los personajes que se mueven en ella?
-Los personajes tienen en común que todos están apenas corridos de su eje. Están trastocados, son personas con un falso fondo, todos parecen esconder algo, tener alguna vida no declarada o alguna miseria personal. Son personajes a los que me interesaba que se los pudiera ver con sus objetos, y de esa manera definirlos indirectamente.

-¿Qué escritores influyeron tu escritura en este caso en particular?
-Estaba presente Sergio Chejfec y George Perec en especial. Pero también Borges, Beckett, Saer, Onetti, Handke, Serra Bradford, Alan Pauls. La película Las alas del deseo fue importante para pensar la atmósfera de la novela.

Otro comentario http://www.leedor.com/contenidos/literatura/el-modelo-aereo-leonardo-sabbatella

CITAS

Greta. Museo
Greta desemboca por error o por casualidad en el Museo de Ciencias Naturales. Salió a caminar y se perdió en el mismo punto de la ciudad donde se ha perdido toda la vida: en la circunvalación. Evoca las tarde en las que iban con el pintor, cuando eran jóvenes, a internarse en los pasillos mal iluminados del Museo. No es que vuelva atrás el tiempo, sucede algo peor para Greta: se siente una espía de esa época, una espía de su juventud con el pintor. Camina tras los pasos de una pareja que sin duda son ellos dos, que se abrazan y se sueltan, se ríen y se conmueven, son pueriles, son novatos. Tiene al alcance de la mano el vestido rosa y gris que usaba hace veinte años, el clima destemplado de los pasillos se hace piel en Greta. Tal vez haya sido necesario perderse para llegar a ese recuerdo. Las vitrinas con huesos, los carteles explicativos, el eco de una visita guiada. El pintor ya no se encuentra en el museo ni en ningún otro lado.(...)
El modelo aéreo, de Leonardo sabbatella (Mardulce, 2012, pag 105)

Pavel. Subte
Las escaleras del subte son tan largas que parecen llevar a cada uno de los usuarios al centro de la tierra. Pavel llega hasta el andén por las escaleras fijas, no soporta las mecánicas, y camina de punta a punta esperando uno de los últimos servicios del día. No hay mucha gente, apenas una madre con hijo dormido en un asiento y un poco más lejos una pareja que discute acallando la voz pero sin controlar los ademanes. Pavel viene de una sala de cine situada en un piso nueve, cada tanto se asoma al túnel para chequear si aparece la luz del subterráneo. Impaciente. Parado sobre uno de los escalones plateados de la cinta mecánica, desciende Matías, dos bolsos con los equipos de fotografía. La pareja que discute aumenta un punto el tono de voz, a Pavel llegan palabras aisladas: noche, estúpido, nunca, basta. La película alemana que acaba de ver absorbe a Pavel como los efectos de una droga, recibe cada cosa que ve como parte de la atmósfera del film. (...)
El modelo aéreo, de Leonardo sabbatella (Mardulce, 2012, pag 134)


Pavel. Plaza.
(...) Los pasos de Pavel recorren surcos de una ciudad subterránea de cloacas, túneles, arroyos,subsuelos, bodegas y sótanos; camina sobre vidas escondidas. Algunas personas hacen deporte, trotan en pequeños grupos, otros corren esquivos. Pavel no quiere regresar, como si entrar a la casa le recordara un cansancio o una perturbación insufrible. Alguien le pasa por al lado, casi rozándolo, en bicicleta; hace algunos años los roles podrían haber estado invertidos. Las póximas cuadras parecen repetir el paisaje ya visto, la ciudad como multiplicación de un único fragmento. En el trabajo, recuerda, alguien mencionó la reglamentación por la que la distancia entre una farmacia y otra debe respetar un mínimo de cuadras, una especie de planeamiento urbano que de esa manera extiende la ciudad para que las farmacias no se amontonen en un puñado de manzanas.
Continuamente la misma ciudad, maquina Pavel, atormentándolo, persiguiéndolo; una forma de asedio. Conoce cada una de las cosas que va a encontrar: a un par de cuadras ya se observa el cartel blanco y rojo de otro supermercado, el mismo de siempre.

 

Titulo: El modelo aéreo, Leonardo Sabbatella
Autor: Natalia Romero
Fecha: 06 de Mayo de 2013
Fuente: Leedor.com


¿Qué espacios quedan vacíos cuando ya no estamos en el mundo? ¿Qué dicen de nosotros los objetos que nos rodean? ¿Qué queda resonando en el cotidiano? La primera novela de Leonardo Sabbatella, compone una cartografía que delinea todas estas formas. Una mirada explora íntimamente los ecos de la ausencia, como en un loop que resuena. Dejaremos el mundo y en él nuestros rastros, relatos, nuestra historia. El modelo aéreo se construye sobre estas resonancias.


Para retomar alguno de los hilos en la urdimbre de este modelo, le escribo a Leo, el autor –pero antes mi amigo– y le cuento que estoy escribiendo sobre su novela. Comenzamos un intercambio electrónico que, entre cuestiones literarias y personales, se vuelca hacia la atención de lo epistolar. Nos encontramos en un zigzagueo de registros, y sin darnos cuenta, empezamos a relatar los detalles de espacio-tiempo en el que escribimos: donde estamos, qué ocurre a nuestro alrededor y, sobre todo, qué objetos adornan y componen nuestra escena. Ese modo del registro, lúdico y puntilloso, es el mismo que inaugura El modelo aéreo, donde la escritura parece tomar la forma de ritual.

Hace poco me hablaron de la posibilidad de meditar mientras hacemos algo, una actividad que atrae la atención y la pausa, como cocinar, lavar la ropa, tejer o pintar. La suspensión como acto expansivo, como potencia creadora. Así parece construir Leonardo, sin intención aparente, su propio rito de escritura.

En la novela, dos recientes ausencias apuntan la historia. Dos muertos –el pintor y el profesor– dejan un espacio vacío, una posibilidad. La escritura avanza en un consciente ejercicio del lenguaje, que solo transita por la superficie como recorrido cotidiano que se resignifica, que retumba en eco.

En el puesto del canillita del barrio, hay un diario que sobra cada sábado,“ese que el pintor no va a necesitar”; el shampú anticaspa que usaba el profesor, “permanece intacto en un rincón del botiquín del baño, la etiqueta despegada se arruga en la punta”. Leonardo atiende a una descomposición de universos que quedan en desequilibrio. La etiqueta despegada en la punta tienta a la corrección, a la intervención en un espacio que ya no lo permite. Una especie de impotencia –o inercia– sutil bordea estos fotogramas de los restos de la ausencia.

La historia, múltiple, huidiza y por momentos inabarcable, es a la vez el detalle. La escritura es cinematográfica: planos cercanísimos seguidosde grandes panorámicas que arman el recorrido por los escenarios y personajes. Esta superficie de imágenes desplegadas es sostenida por un suelo mayor, un espacio de raíz más profundo.¿Hasta dónde se amplía nuestra existencia? ¿Hasta dónde en ese espacio que aun habita el otro seguimos, como en un efecto de resistencia, existiendo?

En los recuerdos de Pavel o Greta que retienen al pintor, la memoria es un dispositivo esencial, pero también, y casi fundamentalmente, lo son los objetos: portadores de una memoria sin persona, anónima, memoria del mundo.El modelo aéreo arma y desarma, en un ejercicio que desafía la amnesia.

Los personajes van y vienen; algunos solo se asoman una vez, en uno de los pequeños capítulos que construyen la novela, para armar el modelo. Son juegos temporales en donde hablan los objetos. Hay movimientos, silencios, pensamientos veloces, un sentido que se configura por fuera del lenguaje.

Pavel está en el subte, “la muerte del pintor todavía lo impresiona, cuando se acuerda de que ha muerto, siente que se lo dicen por primera vez. Siempre es como la primera vez”. Este es el gran gesto poético de la novela, donde condensa su magia.

En el espacio reflexivo que promueve el silencio posterior a la lectura, Leonardo alumbra sobre una pregunta más: ¿Qué es lo que importa de la literatura? El modelo aéreo nos invita a estar presentes, nos abre una mirilla hacia un modo de conciencia. ¿Una novela del existencialismo? No, el giro es otro. Se abren preguntas que apuntan a la presencia del lector, del escritor, casi al unísono. En este relato íntimo de un universo que apenas habla de sí mismo, hay que volver, desandar, escarbar, para descubrir ese modelo, que trasciende lo corpóreo.

 

Titulo: Libros para celebrar el año
Fecha: 21 de Diciembre de 2012
Fuente: ADN, La Nación


Lo más destacado de la producción editorial de los últimos doce meses según Arturo Carrera, Oliverio Coelho, Jorge Consiglio, Angélica Gorodischer, Daniel Guebel, Iosi Havilio, Guillermo Martínez, María Negroni, Graciela Speranza y la redacción de adncultura



El año (o, para ser más precisos y agoreros, el día) en que, según una interpretación torcida de las profecías mayas, se terminará el mundo, parece más que nunca propicio a los balances. Quizá la promesa de cataclismo vuelva menos culpable la arbitrariedad, léase injusticia, que rige inevitablemente esta clase de cómputos.

Puesta a elegir los libros del año, adncultura decidió optar por una selección basada en el consenso de los integrantes de su redacción, antes que por un catálogo agobiante. Los acuerdos nunca son fáciles. Tampoco lo fueron esta vez. En principio la elección debía reflejar, de manera equilibrada, la diversidad de lo que se publicó en el año. No se tomaron en cuenta los libros de aparición demasiado reciente, que no llegaron a ser leídos con atención. También se decidió considerar tanto o más valiosas que las propias las elecciones de los escritores invitados. Con un par de excepciones, se prefirió no repetir lo ya señalado por ellos.

El año literario no puede resumirse, por supuesto, en veinte títulos (o cuarenta y cinco, si se suman aquéllos). La lista es apenas una dosis concentrada de lo que propone una actividad editorial que, más allá de los sellos tradicionales, sigue ramificándose en nuevos proyectos independientes que enriquecen la producción y, al mismo tiempo, la vuelven más difícil de abarcar.

La literatura argentina siguió dando a conocer obras a un ritmo intenso. Edgardo Cozarinsky, por ejemplo, publicó Dinero para fantasmas, un breve opus en que continúa explorando esa suerte de territorio nómade personal, entre la realidad y la ficción. Leopoldo Brizuela ganó el premio Alfaguara con Una misma noche, una poderosa novela sobre la dictadura. La argentina radicada en España Clara Obligado dio a conocer un interesante volumen de historias entrecruzadas ( El libro de los viajes equivocados , Páginas de Espuma). Daniel Guebel, cabe destacarse, publicó uno de sus mejores relatos, "La infección vanguardista", incluido en La carne de Evita (Mondadori).

En materia de ensayo, Hugo Beccacece reunió en Pérfidas uñas de mujer (Edhasa) artículos y crónicas que, más que una simple compilación, funcionan como el retrato de una sensibilidad. Alan Pauls, por su parte, juntó en Temas lentos (Universidad Diego Portales) artículos que oscilan entre el periodismo y la crítica cultural. Beatriz Sarlo recopiló en Ficciones argentinas (Mardulce) sus reseñas de la literatura local de los últimos años.

Los autores jóvenes (y no tanto) produjeron algunas obras interesantes en 2012. Iosi Havilio editó Paraísos (Mondadori); Alejandro García Schnetzer publicó una extraña y bella narración ( Andrade , Entropía), Selva Almada sorprendió con una poderosa historia que recuerda a la sureña Flannery O'Connor ( El viento que arrasa , Mardulce) y el cordobés Luciano Lamberti confirmó que es un cuentista original y eficaz ( El loro que podía adivinar el futuro ), Nudista.

Hubo una edición muy esperada: la que agrupa las últimas obras de una figura decisiva: Copi ( Teatro 2 , El Cuenco de Plata). Hubo también reediciones necesarias. Es el caso de El traductor (Eterna Cadencia), la novela de Salvador Benesdra, que se publicó originalmente hace más de una década. Su tema, la crisis ideológica de un intelectual de izquierda durante el menemismo, cobra una singular actualidad leída desde el presente, al mismo tiempo que su calidad literaria se vuelve inobjetable.

En materia de poesía, se publicaron inéditos de Leónidas Lamborghini ( El macró del amor , Paradiso), Jorge Aulicino reunió todos sus poemas en un solo volumen ( Estación Finlandia , Bajo la Luna) y hubo libros nuevos de Mirta Rosenberg y Arnaldo Calveyra.

En la órbita internacional -además de los títulos que se consignan aparte- Javier Marías reunió todos sus cuentos en Mala índole (Alfaguara) y Alessandro Baricco publicó Mr Gwyn (Anagrama). El chino Mo Yan, autor de Sorgo rojo, comenzó a circular en el país gracias a la concesión del Premio Nobel de Literatura. J.K. Rowling, la autora de Harry Potter, debutó en la ficción para adultos ( Una vacante imprevista , Salamandra). Un acontecimiento póstumo: la publicación de El rey pálido (Mondadori), la novela inconclusa del fallecido David Foster Wallace. El viaje de Kokoshkin (Adriana Hidalgo), del alemán Hans Joachim Schädlich, fue una agradable sorpresa editada localmente.

Uno de los fenómenos de la literatura extranjera (especialmente en la Argentina) tiene relación con los rescates de ese fondo sin fin en que parece haberse convertido el siglo pasado. Varios de esos autores son de origen inglés. De Alexander Baron se tradujo Jugador y de William Samson los relatos de No mires abajo (ambos en La Bestia Equilátera). De Patrick Hamilton, autor que inspiró a Hitchcock, salió Última resaca (Manantial). Fuera de la lengua inglesa, pueden anotarse Paulicea desvariada (Beatriz Viterbo), de Mário de Andrade, una obra clave del modernismo brasileño, o dos magníficos textos autobiográficos del formalista ruso Víktor Shklovski (Fondo de Cultura Económica).

En el terreno del pensamiento, Eudeba publicó inéditos de clásicos como Émile Durkheim y Lucien Lévy-Bruhl mientras el muy actual Pierre Rosanvallon visitó el país con libro bajo el brazo ( La sociedad de iguales , Manantial). Hubo también ediciones específicas: se publicaron los escritos completos del compositor estadounidense Morton Feldman ( Pensamientos verticales , Caja Negra) y un minucioso estudio sobre la obra del argentino Juan Carlos Paz ( Vanguardias al sur , de Omar Corrado, Universidad Nacional de Quilmes).

La elección de adncultura


Antigua luz
John Banville
Alfaguara
La última novela del irlandés John Banville tiene una cualidad que la excede. Narra la historia amorosa entre un adolescente y la madre del mejor amigo, pero quien recuerda, ya adulto, es el actor teatral Alexander Cleave, protagonista de una novela previa (Eclipse) y sombra velada de otra (la memorable Imposturas), protagonizada, en parte, por su hija. Las virtudes individuales de Antigua luz se multiplican bajo el efecto de aquellos otros libros con los que -curiosamente- no forma tanto una trilogía como una zona de historias limítrofes, llenas de claroscuros.
. Atlas portátil de América Latina
Graciela Speranza
Anagrama
Finalista del premio Anagrama de Ensayo, esta original cartografía del arte latinoamericano actual hace dialogar de manera sorprendente y enriquecedora creaciones en apariencia distantes: la obra plástica de un artista brasileño puede entrar en contacto con una novela argentina, o el narrador chileno Roberto Bolaño con la artista mexicana Teresa Margolles. Subtitulado Artes y ficciones errantes, el libro permite distintas entradas, en un intento de acompañar "la potencia irreductible de la imaginación artística".
. El absoluto literario
Jean-Luc Nancy y Philippe Lacoue-Labarthe
Eterna Cadencia
La edición en francés es de 1978, pero recién hoy El absoluto literario encuentra versión completa en español. Nancy y Lacoue-Labarthe indagan ese núcleo incandescente que fue el primer romanticismo alemán para entender hasta qué punto la modernidad tuvo su momento clave en el grupo nucleado alrededor de los hermanos Schlegel. Además de sus análisis sobre las principales ideas del grupo, el libro vale por los textos románticos incluidos, que (traducidos directamente del alemán por especialistas argentinos) funcionan como una preciosa antología del movimiento.
. El cuervo blanco
Fernando Vallejo
Alfaguara
Además de novelista, el colombiano Fernando Vallejo es un notabilísimo biógrafo, como lo prueban sus trabajos dedicados a José Asunción Silva y Porfirio Barba Jacob. El cuervo blanco se centra en la vida y obra del filólogo Rufino José Cuervo. El escritor, un apasionado de la lengua y la gramática, se mimetiza con los métodos de su personaje y consigue un texto extraño, hipnótico y de un humor -como es habitual en el autor de La Virgen de los sicarios- irreverente.
. Gente peligrosa
Philipp Blom
Anagrama
Philipp Blom, autor de una minuciosa historia de la Enciclopedia francesa, entrecruza en este libro biografías con un estilo grato y talento de narrador nato. En este caso, sus temas son los debates en el interior de la Ilustración y los modos en que fueron sofocadas las voces más radicales (en materia de política, cultura, religión y sexualidad) en favor de pensadores moderados como Voltaire y Diderot o el contrailustrado Rousseau. Un fresco atrapante que no resigna su rigor.
. Gongue
Marcelo Cohen
Interzona
El Delta Panorámico, el espacio y el tiempo imaginados por Marcelo Cohen son ya un mundo con consistencia propia, fundado en la pura creatividad lingüística. En esta breve nouvelle, Cohen alcanza una síntesis entre la escritura barroca de sus primeros relatos y la transparencia de los recientes. En una zona anegada del Delta, Gabelio Tamper cuida de los bienes de su patrón Radaleno. Una estadía casi inmóvil, que le permite dedicarse también al rito de tocar el gongue, instrumento que contiene la música del Custodio. Su lengua campesina registra cada hecho como el pulso de un ritmo extático.
. La experiencia dramática
Sergio Chejfec
Alfaguara
Es usual que en las novelas de Sergio Chejfec haya caminantes más o menos a la deriva. En La experiencia dramática, dos amigos se encuentran para conversar una vez por semana mientras caminan por una ciudad, acaso Nueva York. No importa tanto el diálogo, sino ese arte de la digresión que el escritor argentino conduce con pericia distraída y perfecta. Las primeras páginas del libro, que asocian la divinidad con los mapas de Google, se cuentan entre las mejores de Chejfec.
. Las leyes de la frontera
Javier Cercas
Mondadori
En Soldados de Salamina (2001), Cercas encontró el tono exacto para abordar la tragedia de la Guerra Civil Española, y en Anatomía de un instante (2009), para narrar en clave de crónica un momento álgido de la democracia española. Las leyes de la frontera sorprende, en cambio, por su aparente déjà-vu: retoma el clima de algunas películas españolas de los años setenta y ochenta, protagonizadas por lúmpenes, pero la velocidad e intensidad narrativas que le imprime son implacables, de una perfecta contemporaneidad.
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El modelo aéreo
Leonardo Sabbatella
Mardulce
Con sólo 26 años, Leonardo Sabbatella inaugura su literatura con una novela ambiciosa y lúcida. La muerte de un profesor y el asesinato de un pintor son el núcleo de un conjunto de pequeñas escenas que forman un relato constante y, a la vez, dejan que la trama se escape hasta desaparecer. Como polaroids de un paisaje mayor que nunca se recompone, los capítulos cuentan detalles de la vida de personajes cercanos a los muertos o recorren los objetos y los lugares que los rodearon. Sabbatella logra una arquitectura brillante en la que cada parte es un punto de atracción de una totalidad innecesaria.
. El poder, una bestia magnífica
Michel Foucault
Siglo XXI
La obra de Foucault parece inagotable. A sus libros y seminarios, comienzan a sumarse ahora, en dosis, los textos incluidos en los tomos de Dits et écrits que habían quedado inéditos en español. La edición reúne distintos tipos de intervenciones, desde entrevistas hasta textos secundarios. Este primer volumen (le seguirán otros dos) se centra en cuestiones ligadas "al poder, la prisión y la vida." Además de su valor para los lectores entrenados en el pensador francés, funciona para el lego como una ágil introducción a algunas de sus ideas clave.
. Informes de lectura
Roberto Bazlen
La Bestia Equilátera
Bobi Bazlen fue un influyente editor triestino: famoso por introducir en Italia la obra de Freud y Musil, pero también por ser uno de esos escritores en potencia, sospechosamente geniales, que prácticamente no escribieron. Este breve libro reúne muchos de sus informes editoriales (tan informales que eran enviados como amenas cartas), que permiten entrever su inteligencia a la hora de leer toda clase de autores. También son impecables las cartas a su amigo Eugenio Montale, el gran poeta italiano, que completan el volumen.
. Joseph Anton
Salman Rushdie
Mondadori
Joseph Anton es el seudónimo que, combinando los nombres de pila de Conrad y Chéjov, Salman Rushdie inventó a pedido de Scotland Yard para ocultar su identidad luego de que la publicación, en 1989, de Los versos satánicos le valiera una condena a muerte del ayatolá Khomeini. Amparado por ese nombre y en una especie de velada autobiografía, Rushdie cuenta episodios de su vida durante esos años y menciona sus amistades y enemistades literarias y sus relaciones con varias celebridades, de Madonna a Hugh Grant.
. La Folie Baudelaire
Roberto Calasso
Anagrama
Calasso es uno de esos escritores cuya erudición encuentra en la prosa, inteligente y sin excesos, una perfecta aliada. La Folie Baudelaire forma una suerte de tríptico (las otras entregas están dedicadas a Tiépolo y Kafka) sobre el arte y la modernidad. En el corazón del libro consta un sueño del poeta de Las flores del mal. Son claves, también, su vida y obra, pero alrededor de esos núcleos se despliega la ciudad de París y, retratadas en profundidad a partir de detalles, las figuras de creadores como Ingres, Degas, Manet o Rimbaud, y la del influyentísimo crítico Saint-Beuve.
. La poesía del pensamiento
George Steiner
Fondo de Cultura Económica
Siguiendo la línea de Presencias reales y de Gramáticas de la creación, George Steiner profundiza en La poesía del pensamiento. Del helenismo a Celan su preocupación por el lenguaje como base ontológica de la literatura y la filosofía. Siempre eruditas pero a la vez muy accesibles, las consideraciones de Steiner parten de la música, en cuanto caso de significado intraducible, y llegan, luego de un generoso recorrido filosófico, a una reflexión escéptica acerca de la hibridez de los géneros como marca de una época "poslingüística".
. La novela de la poesía
Tamara Kamenszain
Adriana Hidalgo
Tamara Kamenszain reúne su obra poética en un solo volumen que depara la experiencia de leer un único relato hipercoherente. Un trayecto apenas esbozado, en De este lado del Mediterráneo (1973), con temas como la identidad judía y los avatares familiares, que adquiere solidez en Los no (1977), se consolida con La casa grande (1986), Vida de living (1991) y Tango Bar (1998), y alcanza máxima altura expresiva en El ghetto (2003) y El eco de mi madre (2010). "La novela de la poesía" es también el título de un último poema inédito que oficia de relectura crítica de toda la obra.
. La soledad del lector
David Markson
La Bestia Equilátera
El título que eligió el estadounidense David Markson, muerto en 2010, no podría ser más certero; lo que se encuentra aquí es lo que acompaña al lector en su soledad, durante y después de la lectura: frases, fragmentos retenidos extrañamente en la memoria. La soledad del lector constituye también, a su modo, una enciclopedia de datos que al principio puede deparar una consulta salteada y compulsiva pero que revela su secreto, la clave del transcurso ficcional, cuando se lo recorre con paciencia de lector fiel, que es asimismo la condición del propio autor.
. Papeles de trabajo
Juan José Saer
Seix Barral
Juan José Saer (1937-2005) llevó durante años sendos cuadernos en los que fue consignando todo tipo de reflexiones y escritos (incluidos aforismos, poemas, fragmentos de novelas que estaba trabajando). Este primer volumen de sus Borradores inéditos tal vez sea de interés, sobre todo, para el especialista o los lectores compulsivos del gran escritor argentino. Pero el trabajo de Julio Premat, encargado de la edición, y su equipo es ejemplar y sienta las bases de cómo abordar este tipo de materiales póstumos.
. Tiempo del corazón
Ingebor Bachmann y Paul Celan
Fondo de Cultura económica
Los poetas Ingeborg Bachmann y Paul Celan se conocieron en 1948 y mantuvieron, hasta el suicidio del segundo en 1970, una relación tortuosa e intermitente. Tiempo del corazón reúne la totalidad de la correspondencia (cartas, poemas, telegramas) que intercambiaron durante ese período y su título mismo procede un poema de Celan: "Tiempo del corazón, los/ soñados representan/ la cifra de medianoche". El libro puede leerse no sólo como el documento de un vínculo sentimental (una especie de novela epistolar) sino también como un capítulo decisivo en la poesía del siglo XX.
. 22/11/1963
Stephen King
Plaza & Janés
Por primera vez, Stephen King se aventura en un acontecimiento histórico (el asesinato de John Fitzgerald Kennedy) pero lo hace a su manera, con un curioso giro novelesco que oscila entre la ciencia ficción, el fantástico y el thriller: dos personajes viajan al pasado para evitar el magnicidio. King -que arrastraba la idea de escribir esta novela desde 1972 pero esperó casi cuatro décadas para que el tiempo "enfriara" el caso- hace una reconstrucción muy detallada de la época, desde la música popular hasta la intolerancia racial.
. Virginia Woolf
Irene Chikiar Bauer
Taurus
Con la excepción del Osvaldo Lamborghini, de Ricardo Strafacce, no hay antecedentes en la Argentina de una biografía crítica literaria como la monumental Virginia Woolf. La vida por escrito, de Irene Chikiar Bauer. La periodista dedicó siete años a desmenuzar casi día por día la vida de la autora de Mrs. Dalloway, con un abordaje desde enfoques tan diversos como la psicología, la política o la sexualidad, y un análisis minucioso del origen, escritura y recepción de cada libro. Según Ernesto Schoo, la biografía de Chikiar es comparable "en calidad y erudición, con la mejor producción del exterior".

La elección de los escritores

Oliverio Coelho . Una novela política íntegra


Que el mundo me conozca . Alfred Hayes (La Bestia Equilátera)
Un poco como en su novela Los enamorados, Hayes recorre en primera persona el organismo de una relación amorosa que nace contaminada.
. El monstruo . Sergio Sant'Anna (Beatriz Viterbo)
El relato que da título al libro es una pieza clave en la literatura brasileña contemporánea. Y Sergio Sant'Anna, junto a Noll y a Ponte, uno de los latinoamericanos que en cada libro parecen urgentemente sabios.
. Una misma noche . Leopoldo Brizuela (Alfaguara)
Una misma noche enlaza dos épocas en un notable tono intimista a partir de una escena. Secuelas de la dictadura aparecen transpoladas en el presente. Quizá desde Operación Masacre no se haya escrito otra novela política tan íntegra en la Argentina.
.Daniel Guebel . Batacazo argentino


Borgestein . Sergio Bizzio (Mondadori)
. Instruccciones para dar el gran batacazo intelectual argentino Juan Terranova (Reina Negra)
. Matate, amor. Ariana Harwicz (Paradiso)
.Jorge Consiglio . Cuentos de un imaginario desaforado


El marido de mi madrastra . Aurora Venturini (Mondadori)
Son cuentos de un imaginario desaforado escritos con una prosa desaforada. Estos textos parecen hechos para morder al lector y se disfrutan desde la primera oración hasta la última.
. Poesía estupefaciente . Germán Maggiori (Milena Caserola)
Los relatos de este libro de Maggiori tienen una potencia única que, me parece, tiene que ver con el vértigo y con el afilado cinismo con que fueron escritos. Son textos que entran como puñales.
. Bailando con los osos . Fernando Krapp (17 Grises)
Doce relatos asombrosos. Krapp tiene mano maestra para administrar la información en los textos: lo no dicho genera una tensión deslumbrante.
.Arturo Carrera. Una ofrenda a la lengua cotidiana


La canción de los héroes . Silvio Mattoni ( Universidad Nacional del Litoral). Más cerca de la vida que la vida misma, sus poemas son de la visión de un niño astrónomo: ¡Galileo!
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Tilinga . Carmen Iriondo (Mansalva). Ofrenda a la lengua cotidiana, a lo ancilar de un habla que rememora su orfandad, su simpatía.
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Crítica de la imaginación pura. Mario Ortiz (La Propia Cartonera). Un libro para probar como Francis Ponge, que lo más importante para la salud del contemplador es la nominación de todas las cualidades que descubre.
.Angélica Gorodischer . La intriga y las ganas de saber más


Sabiduría insólita . Fritjof Capra (Kairos). Porque habla de temas conocidos y estudiados, pero vistos extrañamente desde otros ángulos, cosa que despierta la intriga y las ganas de saber más (y eso es saludable).
. Cámara Gesell . Guillermo Saccomanno (Planeta). Por aquello de "pinta tu aldea...". El autor lo hace pero que muy bien y nos deja estremecidas mirando a nuestro alrededor.
. Punto atrás . Paula Wajsman (Eduvim). Porque fue una autora deslumbrante, sólida, inquietante y hoy está injustamente olvidada. Por ejemplo, poca gente leyó Informe de París, una novela estupenda que merece ser leída, releída y recordada.
.Graciela Speranza . Montaje adictivo y audacia formal


Relámpagos . Jean Echenoz (Anagrama). Como ya hizo antes con Ravel y Emil Zátopek, Echenoz cuenta la portentosa vida de Nikola Tesla con una economía y una gracia teñida de melancolía que sólo cabe en la mejor ficción. Queremos más, Echenoz.
. La soledad del lector . David Markson (La Bestia Equilátera). Prodigio del coleccionismo, el montaje adictivo y la audacia formal. Aunque parezca increíble, se multiplica en Esto no es una novela y se hace réquiem dolido en La última novela que, ojalá, lleguen también en traducción.
. Tres cuentos . Martín Rejtman (Mondadori). ¿Quién dijo que la literatura era más lenta que la vida? Las historias de Rejtman avanzan a 24 cuadros por segundo y aun así desbordan de ingenio, ironía filosa, atención sensible al detalle y saltos de imaginación. El director de cine, queda cada vez más claro, le debe mucho al gran narrador.
.Guillermo Martínez . La imaginación de varios infiernos


Azar, ciencia y sociedad. Pablo Jacovkis y Roberto Perazzo (Eudeba). Una historia apasionante sobre el modo en que la idea de azar se abrió paso en las ciencias, desde la astronomía hasta la biología y la economía.
. Cuentos completos . Abelardo Castillo (Alfaguara). El gran maestro del cuento, todo junto.
. Anatomía de la melancolía . Carlos Daniel Aletto (Cuerva Blanca). Una revelación: una novela sobre medicina y pintura en la Europa del siglo XIV, con un lenguaje asombroso y la imaginación de varios infiernos.
.Iosi Havilio . Nombres nuevos


El Tucumanazo . Esteban Castromán (Clase Turista)
. Camanchaca . Diego Zúñiga (Mondadori)
. Cuaderno de Pripyat . Carlos Ríos (Entropía)
.María Negroni . La fiebre y la persistencia


Las flores del mal: los poemas prohibidos . Charles Baudelaire (Libros del Zorro Rojo). Editado por un sello editorial finísimo, especializado en libros ilustrados, este volumen contiene los poemas de Las flores del mal que fueron suprimidos de la edición inicial por "ultraje a la moral pública y a las buenas costumbres" (sentencia judicial del 21 de agosto de 1857). Las versiones de Jaime Siles encuentran en los dibujos del artista holandés Pat Andrea su debida indecencia.
. Los peces no cierran los ojos . Erri de Luca (Seix Barral). Este escritor napolitano (1950), traductor del hebreo, es un verdadero poeta en prosa. Sus textos podrían catalogarse de pequeños tratados sobre el asombro de vivir. Autodidacta y profundo observador de vidas minúsculas, De Luca narra como nadie, se diría que inventa una sintaxis (una música) que se parece a un viaje a lo largo de todos los viajes.
. El absoluto literario . Jean-Luc Nancy y Philippe Lacoue-Labarthe (Eterna Cadencia). Leímos la frase "Buscamos lo absoluto y no encontramos sino cosas" en Alejandra Pizarnik. Esas frases fueron escritas hace más de dos siglos por Novalis. Él, los hermanos Schlegel, Schelling y otros integrantes del Círculo de Jena forjaron en los albores del siglo XIX una nueva concepción estética que todavía imanta nuestros modos de pensar la literatura. Este libro es un homenaje a esa fiebre y a esa persistencia.




 

Titulo: Cómo narrar la imposibilidad de decir
Autor: Ignacio Rial-Schies
Fecha: 19 de Noviembre de 2012
Fuente: Revista Tónica 06


Conocí a Leonardo Sabbatella en la facultad, en una de tantas materias intrascendentes. Pero no fue entonces que nos hicimos amigos. Eso pasó sólo unos meses después, cuando lo encontré de casualidad sentado sobre el zócalo de la Shell en Independencia y 9 de Julio y nos fuimos a tomar unas cervezas.

Esa noche me enteré de dos cosas. Una, que Leo era un lector voraz. Compartimos cierto gusto por Borges y coincidimos en haber leído a Michel Houellebecq, pero el resto de lo que él estaba leyendo me escapaba casi por completo. La otra, que estaba escribiendo una novela. Por excéntrica que pudiera sonar esa afirmación en boca de cualquier otro, no recuerdo haberme sorprendido cuando se lo oí decir a él. Lo que en aquel momento sí me pareció excéntrico fue cuánto parecía resistirse a hablar del libro. Contaba de la muerte de dos personas cercanas al personaje principal, también hablaba de una historia coral, de un relato fragmentado, de capítulos cortos. Parecía que estaba intentando evitar contar la historia de la novela, más interesado, en cambio, por contar cómo la estaba escribiendo.

De nuevo, ya publicada por Mardulce y después de haberla leído, me di cuenta de que no había necesitado esforzarse, que en esa elisión no había excentricidad. Y si la hubiera habido, no sería por intentar construirse como un autor misterioso, de vender humo sobre su propia obra. Porque a la inocente suposición de que una novela tiene que tener un tema, un argumento reductible al nivel de la sinopsis, sigue de cerca otra: que el autor y el enunciador son el mismo.

Esquiva también otros preceptos de la narrativa moderna. Por un lado, la trama, que suele simplificarse al hilo conductor de la acción, en “El modelo aéreo” recupera el valor olvidado de su significante: un tejido compuesto de una cantidad (in)contable de hilos que se cruzan con cierta regularidad. La posibilidad de declarar el protagonismo de uno u otro personaje también está puesta en tensión. Si bien los personajes existen, difícilmente podría decirse que alguno protagoniza, porque se funden en esa trama narrativa, alternándose capítulo a capítulo en una secuencia poco predecible. El eje que organiza el relato, entonces, parece ser otro. Ni los personajes ni la historia, sino un punto ciego, o al menos desdibujado, pero aún así inscrito en ese universo narrativo.

Pierde quizás el sentido haber empezado por cómo conocí a Leonardo Sabbatella, porque “El modelo aéreo” y esa historia no tienen puntos de contacto si no es de éste lado de la página. Ese extrañamiento, el no encontrar puntos de referencia que me resultó desconcertante, lejos de una falencia es el mayor logro de la novela. Es la puesta en uso del dispositivo literario en su expresión máxima: la de crear un universo literario autónomo, con sus propias reglas y coherencia interna. Una literatura que no necesita recurrir a la realidad para declararse posible.

Otra noche, de las tantas que siguieron a ese reencuentro, nos sentamos a charlar sobre la novela, grabador de por medio.




¿Cómo empezaste a escribir lo que terminó siendo “El modelo aéreo”?

El modelo aéreo tuvo uno o dos meses previos a la escritura de trabajar en el plan del libro. Es fundamental para mí tener un plan lo más definido posible con algunos puntos ciegos, que es lo que me lleva después a escribir, a ver qué se arma. Ese diseño previo estuvo para encontrar el tono, cómo iban a ser los capítulos y los personajes fundamentales. Tenía un germen, una primera idea, que eran dos muertos en un lapso breve de tiempo. Después de tener el plan, la escritura fue rápida. Fueron veintisiete jornadas de trabajo. Estuve mucho tiempo sumergido ahí, al ser una experiencia breve fue muy intensa, como un pequeño viaje.




El libro, aún con ese proceso de diseño previo, no se deja resumir en un programa, ¿fue esa una búsqueda?

Si, era fundamental que el libro no se agotara en ese presupuesto estético inicial, sino que eso pudiera generar otras ideas y otras líneas de trabajo. Ahí es donde apareció el elenco más amplio de personajes, la idea de que los capítulos no cierren entre ellos, que funcionen más por proximidad que por encastre.




Recuerdo que hablabas de una mínima referencia autobiográfica. ¿Dónde está eso en el libro?

Bueno, fueron esas dos personas que en el libro se llaman el pintor y el profesor, que a fines del 2010 fallecen con muy poco tiempo de diferencia. Me pareció que ahí había algo para trabajar. Encontré que una de las motivaciones narrativas interesantes fue que hubiera solo una persona en la ciudad que los conociera a los dos. Eso quedó en el germen. El resto es más bien el trabajo con algunos materiales que yo venía ya laburando, que tiene que ver lo urbano, la ciudad, las imágenes, con el trabajo en el estado, que era lo otro que estaba ahí presente. Y después la idea de sostener un texto del aliento de una novela, en el cual nunca se terminara de armar una trama convencional, poder hacer algo fragmentado pero que al mismo tiempo no fuera infinito, que hubiera algún tipo de coherencia o de límite. Son un montón de escenas que están orientadas al mismo lugar, a un mismo horizonte, y que tienen en común a los afectados de manera directa o indirecta por estas dos muertes.




Hablando tanto de la estructura, y que el título ya haga referencia al “modelo”, ¿cuál es ese modelo?

Creo que ahí había dos autores que me llevaron a pensar un poco eso. Por un lado Sergio Chejfec, de la posibilidad de pensar y de mantener un relato o una narración que no sea concebida en términos puramente del orden de la historia. Cómo contar algo sin contar nada era un poco el desafío de la novela. El otro autor, que fue muy importante para ese momento, fue Georges Perec con “Un hombre que duerme”, que está en una edición chiquitita ahora …




Esperá que lo busco, lo tengo en la biblioteca.

Sí, esa misma edición es la que leí yo. Me parece que tenía algo de cómo sostener un tono a lo largo, si bien es un libro corto, no tiene elipsis, es como un devenir. También en “La vida: instrucciones de uso” del mismo Perec, que recorre toda la historia y la vida de los habitantes de un edificio, creo que podría llegar a haber algo de eso en el recorte de la ciudad a partir de estas muertes. Si algo pone en cuestión una muerte o dos muertes cercanas, es la posibilidad de decir algunas cosas. La novela intenta, entonces, problematizar esa imposibilidad de decir a partir de la muerte.




Mencionaste dos autores muy específicos como inspiración. Pero me parece que la novela retoma una corriente de la literatura argentina contemporánea que busca experimentar con eso, ¿cuál es el lugar de tu libro ahí?

Justo en esas semanas previas a la escritura había leído “Glosa”, de Saer, y me pareció fascinante, en particular el rol que tiene una muerte hacia el final del libro. Si bien el programa de la novela estaba casi liquidado, “Glosa” fue importante. Si el libro pudiera elegir anotarse en un club o en un linaje de la literatura argentina, eligiría el que tiene que ver con Saer, con Aira, con Pauls, con Chejfec, con Serra Bradford, con Cohen. Que son escritores con propuestas estéticas muy diferentes. Pero en esa tradición hay algo que me interesa. En lo que respecta a Pauls, en particular, la falta de tensión narrativa, es algo que quería trabajar en la novela. Sus textos no tienen tensión en el sentido clásico. ¿Qué te lleva a seguir leyendo más que la propia escritura? No hay nada por descubrir, no hay nada por saber, no hay ningún tipo de epifanía que el libro venga a prometer. Sobre todo “El pasado” es un libro que propone un recorrido por una experiencia amorosa al tope de lo que se puede esperar llegar en esa experiencia, o con la pretensión de agotar esa experiencia, donde el libro podría haber seguido doscientas páginas más o haberse terminado doscientas páginas antes.




De cualquier manera, en “El pasado” hay una serie de hitos que remiten a la estructura clásica del relato, casi arquetípicos: el encuentro amoroso, la caída en desgracia, la muerte, que me parece que es algo que vos eludís. ¿Por qué te propusiste una discusión tan contingente a la literatura?

Me interesaba que Pavel, que es el personaje con mayor preponderancia, fuera un héroe moderno, pero sin darle el privilegio de pasar por esas situaciones arquetípicas en el camino del héroe. Pavel es gris por su propia constitución y por costumbre. Esa falta de importancia era fundamental para constituir el personaje y que no fuera en función de un modelo tradicional. Ahí pensé en algunos personajes de Beckett, que están en una nada tal que los lleva a la imposibilidad de decir. La lectura de la novela termina siendo una novela muy de los personajes, algo que estaba en un segundo plano de la escritura.

Creo que un poco el clima de época en la literatura argentina contemporánea es una apuesta fuerte al realismo, ya desde hace algunos años con lo que se llamó el regreso del sujeto o el giro autobiográfico. Hay una apuesta a la experiencia, a lo real, pero no en términos de trabajar la realidad, sino de que sea un realismo reconocible. Aparecen nombres de calles, marcas, cigarrillos puntuales. Son obras pop, que no está nada mal. Muchos de los libros que me gustan tienen esas cosas. Pero me parece que también se perdió de vista que en última instancia la literatura se trata de hacer algo con el lenguaje. Como si los libros hubieran estado más preocupados por la sociología que por la literatura. Creo que eso principalmente porque no aparecían nuevas escrituras o nuevas formas de tratar la experiencia literariamente.




¿Por qué te parece criticable esa postura?

Yo desconfío de los discursos de la vitalidad, de los discursos de la expresión. Desconfío del tipo que se toma una cerveza y escribe. No me cierra. Para mi tiene que ver con algo mucho más racional, mucho más obsesivo. Quizás por mi propia incapacidad, porque yo no me puedo tomar una cerveza y escribir. No me sale nada. No puedo hacerlo. Si me dan dos espacios a elegir para escribir y uno es un club de fútbol y el otro es un laboratorio, voy al laboratorio. Me siento más cómodo en ese tipo de contexto, por la experimentación, porque me parece que hay cosas que hay que pensarlas, hay que planearlas. Hay muchas cosas con las que uno se encuentra en el proceso de escritura y sólo se puede escribir escribiendo. Yo escribo de un modo a veces raro para mi. Creo que escribo rápido y lento a la vez. Escribo lento porque pienso mucho, pero como pienso mucho tardo poco en escribir. No tengo mucho que tachar, que corregir, que sacar, pero porque a lo mejor pensé mucho el párrafo antes, y cada una de las frases la pienso al momento de escribirla, la trabajo en ese momento. Además para mi el plan es fundamental para ocuparme de lo que me interesa, que es el cómo. Entonces tengo que tener resueltas todas las cuestiones del qué, para cuando me pongo a escribir estar pensando en cómo se arma la frase y no en qué va a hacer el personaje o en qué va a suceder narrativamente. Todo surge primero de una forma, antes que de una historia. No es una historia lo que me lleva a escribir, sino una forma, poner en marcha un dispositivo.




¿Cómo llegaste a la editorial, Mardulce?

Llegué a través de Matías Serra Bradford, que es el amigo en común que aparece en la contratapa del libro. Llevo la novela, hablo con Damián Tabarovsky, me es muy sincero, diciéndome que es una editorial independiente, nueva, que recién estaba empezando, que tienen un catálogo con algunas limitaciones y con algunas cosas ya pautadas, por lo cual que las posibilidades no eran totales. Fue a una pila de manuscritos que había y a mi el grado de sinceridad me pareció un avance importante. Pasaron un par de meses y tuvimos una entrevista. Hablamos un poco, yo obviamente no tenía ninguna referencia, no tengo ningún otro libro publicado, no soy periodista ni escribo en un suplemento cultural ni nada, por lo cual era alguien caído de la nada. Hablamos de mi relación con la escritura, si esto había sido una excepción, si lo había escrito en un taller literario a partir de consignas. Y no, lo armé yo y no es un ejercicio de taller. Ahí empezamos a trabajar en algunas cosas del texto, tocar algunas cosas donde ellos tenían dudas sobre la sintaxis, si eran deliberadas o que había dejado desprolijo a propósito o no.



De esas salvedades que te marcaron al momento de presentar el libro en la editorial, ¿cómo te parece que “El modelo aéreo” encaja en el sistema de los títulos de Mardulce?

Creo que “El modelo aéreo” ocupa una plaza, de la misma manera que la de Selva Almada ocupa otra, y desde esos lugares son una puesta en diálogo de lo que quiere hacer la editorial. A primera vista no tienen nada que ver entre sí, pero construyen un relato. Creo que en ese sentido es interesante. No imagino una discusión en la cual pudieran ponerse en plano de competición, porque no lleva a ningún lado. Me parece que “El modelo aéreo” ocupa un lugar que contribuye a la propuesta estética de la editorial, que a la vez de tener coherencia, se muestra versátil.



¿Ahora estás laburando en algo nuevo?

Si.



¿No tenés ganas de contar?

Justo encontré que en la contratapa de Perec hay una referencia que me viene justa: “Un hombre que duerme es un hombre que decide apartarse del mundo hasta quedar completamente sumergido en él. Un Bartleby en el silencio de su buhardilla parisina, sin nadie a quien decirle ‘preferiría no hacerlo’”.