prensa Leonardo Sabbatella
 

Titulo: Sobrevivir a la ausencia
Autor: Gustavo Álvarez Nuñez
Fecha: 17 de Noviembre de 2012
Fuente: Revista Ñ, Clarín


Una autopsia sin concesiones ni dramatismos de la soledad que se vive en las grandes ciudades. Eso delinea el auspicioso desembarco en el ámbito literario de Leonardo Sabbatella con El modelo aéreo. Las inesperadas muertes del pintor y el profesor –así, sin nombres propios; uno, asesinado; el otro, un suicida– desembocan en un paneo por las vidas de distintas personas afectadas –aunque no sea la palabra justa– por sus desapariciones y las variadas situaciones que hacen a su día a día. ¿Cómo conllevar esas ausencias? La rutina de la soledad en sus diversas aristas es el mapa que va tejiendo lentamente –pero sin lentitud: nada de orfebrería narcótica ni de repetición en búsqueda de la diferencia– un Sabbatella que tiene en la morosidad epifánica del alemán Peter Handke y en el temple atildado del argentino Matías Serra Bradford a sus precursores.

Novela en su caudal de información y en su pulso narrativo, El modelo aéreo está dispuesta a partir de unas breves entradas –microrrelatos podríamos llamarlos, que brindan instantáneas de vida; de dos páginas, a lo sumo tres– que estructuran tanto el ritmo como la continuidad de los hechos; “hechos paralelos, sin conexión”, leemos en un momento. Lo que podría ser una novela policial –Vader, un empresario amigo del pintor asesinado, es el sospechoso perfecto: en bancarrota, vende cuadros del artista luego del trágico asesinato; además, tiene una cuenta pendiente con la mujer que amaba al difunto–, depara en un tangencial avistaje por la precariedad emocional de una variopinta galería de personajes, todos marcados por unas existencias ocres.

No están indignados, sólo padecen lo (poco) que tienen. No padecen lo que les falta. Solitarios, con relaciones laborales y puntuales, lucen extrañados en sus propios cuerpos. Fuera de lugar, fuera de foco, evasivos, huraños. Con resistencia a volver al “desierto” de sus vidas privadas, pese a que la experiencia en el trabajo no los tiente o les brinde consuelo, parecen más dispuestos a vivir la vida de otros que afrontar lo que tienen por delante: “¿Jorgen miente porque no siente como propia la vida que lleva?”, leemos. Narrar el desahucio y la falta de emociones en un flanco social de profesionales y empleados públicos rasos sin necesidad de estereotipar ni flagelar a sus víctimas es la tarea enaltecedora que se toma Sabbatella en su implacable debut.

Y de fondo está la ciudad, “como la multiplicación de un único fragmento”; una ciudad que encajona los deseos del más pintado y cuya única escapatoria posible es dibujarse en otro mapa. Huir de ella será la única alternativa para que el derrumbe no toque la puerta de algunos de sus personajes. En todo caso, lo significativo de El modelo aéreo reside en la astucia para no caer en las garras del sentimentalismo. Sabbatella se enfrenta a la sordidez pero sin ser sórdido. Su estilete punza los hilos invisibles de un equilibrio precario ascéptico

 

Titulo: Cartografía de la ausencia
Autor: Martín Lojo
Fecha: 05 de Octubre de 2012
Fuente: ADN, La Nación


En su primera novela, Leonardo Sabbatella entiende la narración como un modo de exploración de lo desconocido.



Hace ya más de medio siglo, Alain Robbe-Grillet afirmaba que "contar se ha vuelto propiamente imposible", y con esa frase anunciaba el fin de la novela realista fundada en el siglo XIX. Esa sentencia de "Sobre algunas nociones perimidas", con la que defendía el camino del nouveau roman , no se refería tanto a que ya no se pudiera narrar, sino a que sólo sería posible hacerlo mediante un nuevo lenguaje. La realidad podría existir para la literatura siempre y cuando un escritor la inventase al crear una forma inédita para su mirada.

Aunque la narrativa clásica haya resistido el embate de los experimentos más extremos, todavía persiste el impulso de tratar el género novela como un medio de exploración de lo desconocido. El modelo aéreo , la primera obra de Leonardo Sabbatella (Buenos Aires, 1986), es un vital ejemplo de esa insistencia. En el comienzo, dos personajes dialogan en las escaleras de un edificio que parece ser la Biblioteca Nacional. Comentan dos muertes recientes: un profesor que se suicidó y un pintor que fue asesinado en la calle pocos días después. A partir de allí, Sabbatella construye, más que un relato, un mapa de relaciones. La novela está compuesta por breves escenas escritas con prosa ascética. Cada escena presenta un momento en la vida cotidiana de personajes que tuvieron contactos más o menos lejanos con los muertos: amigos de juventud, el dueño de dos cuadros del pintor, una ex amante que regresa a Buenos Aires desde algún país del norte, el boticario clandestino al que el profesor pidió pastillas para "quitarse la vida", un testigo del asesinato del pintor, un joven que sustituye "parcialmente" al profesor pero que poco a poco se identifica con él. También hay capítulos en los que se describen objetos encontrados junto a los cadáveres y aspectos de sus vidas: oficina, indumentaria, hábitos, agendas en las que anotaron citas a las que ya no podrán asistir. La mayor parte de las escenas está dedicadas a Pavel, el único que conoció a ambos difuntos. Se sabe que es empleado en la mapoteca de la biblioteca, que en su tiempo libre arma aviones a escala, que fue ciclista en su juventud y que desea concretar una relación con una mujer que vive en el extranjero.

En el conjunto no hay una narración estricta. Los capítulos no guardan un orden cronológico y su tensión dramática difiere levemente. El relato reside en el vacío dejado por los muertos. Recuerdos que surgen en pequeñas situaciones y que modifican poco a poco a los personajes, hasta transformar definitivamente a algunos de ellos. En uno de los capítulos, se describen los últimos dos cuadros en los que trabajaba el pintor, un paisaje urbano y una pintura abstracta que parece un mapa satelital: "Los cuadros del pintor se presentan como una transición, un desplazamiento entre dos imágenes posibles. Un punto indeterminado y remoto entre lo que se supone real y algo que sin ser menos real no es identificable o susceptible de rótulo". Captar esta segunda instancia de lo real es la búsqueda de la novela: una serie de conexiones "casuales" que justifica las muertes de los dos personajes, aun para quienes tenían una lejana relación con ellos.

No hay reflexiones literarias ni justificaciones teóricas en el libro. Sabbatella no las necesita porque su escritura hace lo que promete. La novela invita a observar esas escenas como quien encuentra fotografías o videos en una casa ajena y juega a seguir la trama que podrían esconder. El modelo aéreo sostiene un pacto de lectura intenso hasta el final. Primero, en la forma del enigma: ¿por qué se suicidó el profesor?, ¿quién mató al pintor? Más tarde, ya olvidado el falso policial, porque cada detalle invita a adivinar una nueva relación entre los personajes, un nuevo cambio, los detalles de una arquitectura organizada con gracia y rigor.

 

Titulo: El modelo aéreo, de Leonardo Sabbatella
Autor: Ariel Pavón
Fecha: 10 de Setiembre de 2012
Fuente: Blog La zona esmerilada



Una primera novela puede impactarnos por diversos motivos: la novedad de su temática, la novedad de su estructura, la potencia de su lengua, la “frescura” (adjetivo que suele emplearse muy a la ligera), e incluso, la edad de su autor: es demasiado joven, es demasiado viejo. El modelo aéreo impacta por todas esas cosas, pero sobre todo por su radicalidad. Quiero desde ya prevenir al lector acerca de esa otra palabra: no hablo de experimentos más o menos felices, ni temáticos ni formales; sino de una radicalidad que se fundamenta en el rigor. En tiempos de literatura más o menos desmañada, donde se busca el impacto fácil, la “sinceridad” del “autor”, o la “limpidez” del lenguaje, El modelo aéreo deja de lado todas esas premisas para concentrarse en un plan de escritura controlada, en la obtención de un tono sostenido, en la administración de indicios nunca transparentes.
Con pocos días de diferencia, un Profesor y un Pintor mueren. Uno de ellos se suicidó. Al otro lo mataron. Son muertes sin relevancia, son muertes comunes; y sin embargo producen efectos sutiles en un universo menor; desde luego, el de los familiares (que la novela elige no narrar); pero también el de otros personajes, cuya relación con los fallecidos ha sido casi siempre lateral. Allí hace foco El modelo aéreo. Una ex-amante, un sustituto, un cliente, unos vecinos. Pero también personajes remotos, justificados simplemente porque el eco de esas muertes los alcanza, y aunque no serían capaces de entender lo que esas manifestaciones les señalan, resultan conmovedores en su leve desconcierto.
Y en el medio de todos ellos, o más bien a través, Pavel, el único personaje que ha conocido a los dos, que está obsesionado con el aeromodelismo y con un amor que no se decide a abrazar.
El modelo aéreo se estructura como una serie de postales urbanas, donde se despliegan las aventuras menores de esas vidas menores. Todas las escenas están rigurosamente construidas en un espacio único, enmarcados, fotográficos. La importancia visual que tiene lo urbano en la novela es decisiva. Cada postal nos revela espacios a la vez conocidos y extrañados, una ciudad melancólica e imprecisa, quieta. La monotonía que la novela propone es menos un defecto que una virtud, es como un largo solo de jazz, melancólico y refinado, con leves epifanías.
Hay enigma alrededor de esas muertes, que es falsamente policial. El lector se vuelve un detective destinado a fracasar, porque los indicios lo conducen hacia otro lado: la reconstrucción imprecisa de las vidas que rodean el vacío dejado por el Pintor y el Profesor. De manera que El modelo aéreo termina por llevarnos hacia un espacio donde el avance de la intriga pierde su interés, y lo ganan esas vidas comunes, llenas de episodios que, bajo la mirada irónica pero nunca cínica del narrador, conforman un catálogo de miedos soportables y pequeñas obsesiones.
Con la atención puesta en la fidelidad a un plan constructivo, Leonardo Sabbatella ha escrito una bella novela, precisa y sólida. Un promisorio debut que anuncia, tal vez, sin estridencia, un regreso de la literatura a la felicidad de la forma

 

Titulo: Proletarios e hilarantes
Autor: Quintín
Fecha: 09 de Setiembre de 2012
Fuente: Perfil


Por gentileza de los respectivos editores (se trata de empresas pequeñas, independientes, de las que permiten que la literatura local subsista) recibí Can solar, de Carlos Godoy, y El modelo aéreo, de Leonardo Sabbatella. Hay un viejo refrán que dice algo así como: “A libro regalado no se le mira la contratapa”, pero tal vez algo haya cambiado y las contratapas, lejos de una ancestral herramienta de marketing, hayan devenido otra cosa: un bonus track del libro, un género literario en sí o, lo más probable, el soporte de una red de mensajes entre los miembros de una sociedad secreta. Así, mediante las contratapas, la secta se comunica astutamente a la vista del público pero sin que el sentido pueda ser detectado por los que no pertenecen a ella. El toque maquiavélico de esa estrategia está dado por el hecho de que quienes miran la contratapa en una librería rara vez terminan leyendo el libro, pero si lo hacen se olvidan de lo que los llevó a leerlo. Y por eso, y como además no hay un organismo que defienda al consumidor de las contratapas, pasa inadvertido el hecho de que el libro y su contratapa pueden estar en conflicto o no tener relación alguna.

Los dos libros que mencioné ilustran las dos posibilidades. Empecemos por el de Godoy, cuya contratapa firma Diego Vecino, a quien conocí por algunos artículos en un blog en el que se hacía apología del Presidente Gonzalo, el líder de Sendero Luminoso (sabemos que coquetear con los totalitarismos extremos se considera de buen gusto entre los jóvenes literatos). Godoy, por su parte, es autor de un poema en tres partes (tomos) que se llama Escolástica Peronista Ilustrada, refrescante letanía compuesta de estrofas muy simpáticas como “perderse/ en un barrio/ desconocido/ y no preguntar/ es peronista” y otras no tanto, como “los troscos y los comunistas/ son los/ últimos teóricos/ peronistas”. La locación del poema en la web es un sitio decorado con la cara del Gran Timonel Mao, de modo que estas conexiones políticas entre Godoy y Vecino tal vez hayan inducido a que en la contratapa se dijera que el libro “estabiliza los sentidos fundamentales para el caso de las comunidades periféricas de un país tercermundista que se debate eternamente entre la gloria y la mala leche”, o que “consigue hacer confluir las imaginaciones proletarias y paranoicas del siglo XX y la hiperproducción del deseo”. Pero en Can solar, un pequeño volumen que contiene cinco cuentos –cuentos clásicos, tradicionales, ingeniosos, elegantes, en los que una leve corrosión morbosa planea sobre el costumbrismo pueblerino– no se estabiliza ningún sentido (por ahora, el uniforme no es obligatorio) ni hay rastros de imaginaciones proletarias ni paranoicas, como lo prueba el muy logrado primer cuento sobre un personaje de clase media que sufre un accidente neurológico.

En cambio, en el caso de la anónima contratapa de Sabbatella, se nos cuenta una fábula con final muy feliz: la de un muchacho que pasó por la editorial y terminó con una novela publicada, que vendría a ser ésta. Cuando no hemos terminado de conmovernos ante el milagro, nos anuncian que El modelo aéreo abunda en “citas en clave de Las alas del deseo y un sinnúmero de escenas hilarantes”. Es cierto que si las citas son en clave (como las contratapas mismas) deben de ser difíciles de descubrir y no lo logré, más allá de que Peter Handke sea una influencia común al libro y la película o que el protagonista vaya a ver una película alemana. Pero estoy dispuesto a jurar que esta novela pudorosa, seca, grave, ascética, situada en un pasado cercano sin teléfonos celulares nada tiene de hilarante, que su tono es más bien lúgubre y que sus personajes incomunicados flotan en la angustia.

 

Titulo: Presencia del ausente
Autor: Patricio Zunini
Fecha: 21 de Agosto de 2012
Fuente: Blog Eterna Cadencia



En una ciudad, hasta dónde alcanzan los efectos de una muerte. Por fuera del círculo íntimo: quiénes extrañan al fallecido, quiénes son afectados por su ausencia. Cuánto tiempo resuena el eco de una vida. El modelo aéreo, primera novela de Leonardo Sabbatella, explora la muerte como una experiencia urbana.
En el lapso de dos meses, un profesor se suicida y un pintor es asesinado. En el hormiguero de la gran ciudad, el único que conocía a ambos, es Pavel, quien ve en estas muertes una cifra que atraviesa su indolencia cotidiana. Hay un drama y el germen de intriga policial, pero la narración se deshace en los acontecimientos de quienes los sobreviven y que encuentran en Pavel la articulación de sus devenires. La vida, aunque sin dirección, avanza.

—¿Por qué este título?
—La novela tuvo varios títulos. Tal vez el más fácil o el más ingenuo, y que me orientó durante el proceso de escritura, era Los afectados. Pero cuando les mostré la novela a Damián Tabarovsky y a Gabriela Massuh, a ellos les pareció que el título podía ser otra cosa, porque la novela tenía potencialidad como algo menos obvio. Apareció entonces El modelo aéreo. Me gusta por dos cosas: primero por el tiempo el personaje invierte en el aeromodelismo, pero, además, porque, de alguna manera, la novela se va armando como una pequeña maqueta. Funciona. Me gusta que no dé del todo en el blanco.
—Es muy llamativo el avance de la novela. Antes de empezar me decías que está escrita con “escenitas”: sí, parece como si fueran fotogramas.
—Sí, o postales. La intención era que fueran de personaje y decorado único, salvo en algunas que, por la dinámica que requerían, los personajes hacen algún recorrido por la ciudad.
—Son las menos, igual. Y son, además, las escenas más largas: exceden las dos páginas.
—Esa es otra cosa que traté de trabajar al momento de escribir: que tuvieran un ritmo. Salvo esas, todas tienen un promedio de trescientas, cuatrocientas palabras. De modo que la novela propone rápidamente un aliento de lectura, o una respiración posible. Que puede ser tomada o rechazada, claro, pero está. Propone una respiración que trata de no entorpecer la lectura. Son escenas de un solo decorado, de una sola locación, y de personajes puntuales. Desde ahí se va armando la ciudad. De hecho, hay referencias al rompecabezas, pero lo que más me interesaba es que terminara siendo un rompecabezas que no se arma. Las piezas indudablemente están más o menos próximas, pero no terminan de encastrar.
—Con una novela que se construye de esta manera digresiva, el autor está en un precipicio ante lo banal: ¿cuáles eran los márgenes entre los que te movías?
—Trabajé con un plan de escritura bastante obsesivo. La novela tiene ochenta y dos escenas que escribí o delineé antes de la escritura. Eso me ayudó a no desvariar demasiado, si bien, intenté romper la trama que incesantemente se construye. Parece desviarse, aparecen personajes que no tienen nada que ver. Entran, salen, se recuperan. Quería que todos los capítulos estuvieran orientados a un mismo lugar, pero que no necesariamente estuvieran ordenados linealmente construyendo una trama tradicional. El desvarío tuvo esos límites. Hay una serie de personajes principales: Pavel, los dos muertos (el profesor y el pintor) y los otros dos personajes que son el eco de los muertos, Greta, la mujer que vuelve a la ciudad, y Jorgen, el estudiante extranjero que ocupa el lugar del profesor.
—La novela parece influenciada por aquellas películas donde no hay un protagonista sino que el protagonista es la ciudad. ¿Perseguías una intención de ese estilo?
—Sí. Por un lado, quería capítulos que no construyeran un orden lineal o participaran de la trama y que estuvieran orientados hacia un cierto denominador común de lo urbano. Por otro lado, hay algo que tiene que ver con Las alas del deseo, la película de Wim Wenders y guión trabajado con Peter Handke. La película fue muy importante en el aliento de la novela, sobre todo en los primeros cuarenta minutos, tal vez un poco menos, donde esta especie de ángel va recorriendo distintas vidas o distintas pequeñas escenas que hay en la ciudad, entra en departamentos, ve un chico en la calle, otro que va en bicicleta… Esa era la atmósfera que quería. La pregunta era cómo sostenerlo a lo largo de ciento setenta páginas. Me parecía que la forma era que de algún modo, cada escena estuviera afectada por las muertes del profesor y el pintor. Todos los que aparecen, entonces, de algún modo han sido afectados por estas muertes. Me interesaba mucho que no fuera el primer círculo de personas que se ven tocadas por una muerte: ni familiares, ni hijos, ni compañeros de trabajo. Hay un capitulito que tiene que ver con las ausencias o la agenda de los personajes, las cosas que quedan pendientes y que nadie se va a encargar de cancelar. Al diariero nadie le va a contar que se murió el tipo que le compraba todos los sábados el suplemento de cultura, pero a lo mejor nota la ausencia. Estaba bueno ver hasta dónde pueden llegar los efectos de una muerte.
—Uno se suicida, el otro es asesinado: ¿por qué decidiste que no tuvieran muertes naturales?
—Para agudizar un poquito el grado de factor sorpresa que desestabiliza a Pavel. Que no estuviera dentro del horizonte de posibilidades de ningún personaje, pero principalmente de Pavel, que es el único que los conoce a ambos. Un asesinato y un suicidio tienen carga para desestabilizar lo suficiente a un tipo que no es amigo de ellos dos. Los conoce, los frecuentó, tiene referencias suficientes como para que le avisen y como para especular si asiste o no a los velorios. Si bien tiene algunas cuestiones arrogantes, la vida de Pavel es el trabajo en la mapoteca y las horas que dedica al aeromodelismo. Por fuera de eso no hay nada. Estas dos muertes son lo que le posibilita materializarse un poco más.
—¿Por qué los muertos no tienen nombre sino profesiones?
—Cuando pensé el plan de la novela definí quiénes tenían nombre de pila, quiénes tenían apellido, quiénes tenían profesiones. Me gustaba la idea que lo único que hubieran conservado los dos muertos sea su modo de hacer cuando estaban vivos: el profesor y el pintor. Como si lo que quedara es lo que hacían.
—¿Se puede hacer una lectura política de la novela?
—Sí, claro. No creo que haya objetos culturales, artefactos literarios o artísticos que no sean susceptibles a lecturas políticas. La novela tiene una veta muy secundaria, invisible (tampoco quiero hacerla muy explícita), que me interesaba tocar y que tiene que ver con algunos temas sobre el mundo del trabajo en el Estado, sobre lo burocrático. Pero apenas: no quería que eso se comiera la novela ni que desdibujara el resto. En general, en los textos que escribo hay algo del orden del mundo del trabajo que para mí es muy importante.
—No es casual, entonces, que aparezcan los muertos con su profesión.
—Tal cual. Qué es lo que define a algunos personajes o cómo acentuar rasgos de su identidad. Algo que me pregunto muchas veces cuando leo a otros autores es que no se sabe de qué viven los personajes. Probablemente no importe para lo que se está narrando, pero es una pregunta que yo a veces necesito responderme. El trabajo tiene potencia para definir cuestiones del comportamiento de una persona. No se comporta igual un empleado burócrata que un cuentapropista, un técnico que alguien responsable de conducir un grupo de gente. Uno de los mayores desafíos era que los personajes no fueran todos iguales. Ojalá eso haya sucedido.

 

Titulo: Sabbatella: solo y con un plan
Autor: Malena Sanchez Moccero
Fecha: 17 de Agosto de 2012
Fuente: Perfil


¿Cuál es el primer libro que recuerda haber leído?
No tengo un recuerdo preciso del primer libro que leí. Creo que pudo haber sido un libro de Isidoro Blaistein que se llama "Dublín al sur" donde aparecía un tío de mi padre que era conocido de Blaistein. En el cuento "La puerta en dos" aparece un tal Sebardatella que es carpintero y le falta un dedo, ese personaje era el tío de mi padre, o al menos eso me dijeron de niño. Pero también creo que el primer libro que leí pudo haber sido alguno del Círculo de lectores, en mi casa había una pequeña biblioteca con libros de tapa dura (por ejemplo A sangre fría) que eran ediciones del Círculo, mi madre los compraba mensualmente antes de que yo naciera.

¿Cuál es su autor favorito vivo?
Me cuesta nombrar a un escritor favorito. Hay algunos escritores (de los que no leí toda su obra) que me interesa lo que hacen como Peter Handke, J.M. Coetzee o Patrick Modiano.

¿Qué libro se llevaría a una isla desierta?
Hoy llevaría los "Diarios de Kafka", la edición traducida por J.R. Wilcock.

¿Cuál es el último libro que leyó o qué está leyendo en este momento?
En este momento estoy leyendo Tan buenos chicos de Patrick Modiano. Antes leí Campo Santo de W. G. Sebald. Siempre me aseguro empezar un libro antes de terminar el que estoy leyendo.

¿Qué libro reciente no pudo terminar de leer?
Un lento aprendizaje de Thomas Pynchon. Los primeros tres relatos me resultaron particularmente interesantes (Lluvia ligera, Tierras bajas y Entropia), pero a los últimos dos textos del libro no pude entrar y terminé por abandonarlo.

¿Qué libro quisiera releer pronto?
Creo que los Cuentos Completos de Juan Carlos Onetti. Algunos en especial como "Bienvenido, Bob", "El infierno tan temido" o "Jacob y el otro". Onetti ha sido un escritor fundamental en los primeros años de lector (y sigue siéndolo).

¿Cuándo escribe?
Escribo a la noche. Cuando no llego tarde a casa. No escribo todos los días pero sí trato de dedicar todos los días tiempo a la escritura (pensar algunas escenas, releer fragmentos específicos, cambiar algo en una frase, trabajar en el plan del texto).

¿Quién debería ser el próximo Nobel?
No lo sé. No tengo una opinión formada.

¿Cuáles son sus rituales o supersticiones a la hora de escribir?
Necesito estar solo. Saber que nadie va a venir a casa y que no tengo ningún compromiso en las próximas horas. No puedo escribir en lugares públicos. Soy bastante metódico, nunca me siento a escribir sin saber qué es lo que voy a hacer. Trabajo siempre con un plan.

¿Cuál es su comienzo favorito de la literatura universal?
“De los mucho problemas que ejercitaron la temeraria perspicacia de Lönnrot, ninguno tan extraño –tan rigurosamente extraño, diremos –como la periódica serie de hechos de sangre que culminaron en la quinta de Triste-le-Roy, entre el interminable olor de los eucaliptos. Es verdad que Erik Lönnrot no logró impedir el último crimen, pero es indiscutible que lo previó”. ("La muerte y la brújula" J.L.B.)