prensa Matilde Sánchez
 

Titulo: Carta al padre
Autor: Patricio Zunini
Fecha: 23 de Enero de 2013
Fuente: Blog Eterna Cadencia


«Esto es una carta, de ningún modo es una novela —nada más alejado de una novela, con sus falsas pistas y líneas de suspenso. Una carta dirigida a un único destinatario y por elevación, a la humanidad.» La narradora de Los daños materiales —la novela más reciente de Matilde Sánchez (Alfaguara, 2010)— usa la ficción como un dardo hacia el hombre que la sometió en una relación perversa. Ante ese dominio, la narradora encuentra en la palabra (escrita) la fuerza para rebelarse.


Otra vez las cartas, pero veinte años antes. La ingratitud, primera novela de Sánchez, escrita en 1990, da cuenta del desamparo de una chica argentina en Berlín, que vive en tensión la relación con el padre distante pero omnipresente —como un fantasma, como un dios— a quien, tras unas llamadas telefónicas que a ella le resultan carísimas en las que intenta sin éxito que él rompa el silencio lacónico y algunas cartas que no tienen respuesta, comienza a escribirle cartas inventando ficciones para seducirlo, es decir someterlo.

¿Qué otra virtud había en mi correspondencia más que una corrección decorativa y la sorpresa de mi confesión amorosa? ¿Con qué otro aliciente que el amor—y, se sabe, este debe ser alimentado pero ceñido cuidadosamente en su expansión, podado de crecimientos inútiles que puedan amenazar su misma existencia— podía mi padre fatigarse en esos abortados e inconcebibles borradores (…) Solo una intriga me haría digna: con ella podría atraparlo, seducirlo, someterlo a la espera.

Situada en tiempos de una Berlín aún divida por el Muro, el centro del mundo occidental cercado por la nieve, alternando entre horas de encierro en casa, el deambular por las calles y el cine donde vampirizar las películas para escribir las cartas, la visita a la tumba de Nietzsche como el único paseo memorable, el padre enfermo cada vez más ausente que se comunica a través de una amiga/enfermera, la novela sostiene a la vez clima de fin de época y de iniciación: es en la conquista del padre donde la protagonista se define, se convierte en narradora.

En el prólogo de la reedición de Mardulce, dice Matilde Sánchez:

Hoy tiendo a creer que una novela de juventud, por breve que sea, es claramente un artefacto de pura invención como no se volverá a escribir nunca más. En buena medida, se trata de la búsqueda de un tono, y por lo tanto, de una forma de mirar.

Veinte años y varios libros después, la búsqueda difiere, el tono se consolida, pero la esencia de creer en la palabra escrita permanece

 

Titulo: Cuando el exilio también eran cartas separadas por un océano de dolor
Autor: Marcos Rosenzvaig
Fecha: 29 de Abril de 2012
Fuente: La Gaceta Literaria de Tucumán


El tiempo deja nuestras huellas en palabras que aluden a formas de pensar, de vestir, de amar, que jamás se repetirán. Esa sombreada melancolía tiende su manto en la novela La ingratitud, de Matilde Sánchez, escrita en 1986 y reeditada en el 2011 por la editorial Mardulce.

Los recuerdos del exilio, de las dos Alemanias separadas por cinco minutos de tren, con guardias que infundían terror con perros y gritos y con calles cortadas por un muro, la nieve sucia convertida en barro molesto, inseguro en las pisadas. La memoria se desvanece y en el olvido permanecen imágenes y sensaciones. Todo está inmerso en esta novela experimental influida por la novelística francesa del nouveau roman.

El drama de una mujer argentina que vive en Berlín y escribe cartas a su padre en Buenos Aires. El padre de la protagonista vivió allí después de la guerra, y está presente en sus amigos europeos, son ellos quienes le suministran a la protagonista pequeñas sumas de dinero necesarias para subsistir. Cuando el padre muere deja un testamento que incluye ciertas condiciones, entre ellas el regreso de su hija a Buenos Aires.

Búsqueda

Matilde Sánchez usa la primera persona para contarnos una historia íntima, pero que es relatada con los ojos de una extranjera que observa un universo distante. Esa primera persona, impasible, cuenta lo que sucede en el exterior. Nos revela, por momentos, de una manera ambigua y poco afirmativa, la búsqueda del padre. La linealidad trastornada de los acontecimientos. Esa indeterminación de sentido no empaña su pertinencia ni disminuye su eficacia. En ese viaje interior a través de la conciencia pintada bajo la sutileza del amor a un padre, se suscitan otros desplazamientos: visita la tumba de Nietzsche; ella conoce a un turco y lo lleva a su departamento.

No necesita explicar nada: el idioma, la cultura, la soledad y la ausencia de deseos por comunicarse los implica a ambos. Ese desinterés por todo es de alguna manera una forma de constatar lo irremediable del tiempo y de la muerte. Esa muerte circula en la apatía.

Nada resulta conmovedor o emotivo, ni las cosas que dejaron los antiguos moradores en el departamento que la narradora alquila, ni la relación de vecindad con la pareja mexicana, ni su imposibilidad de hablar del padre con otros, algo que hace más intensa su voz interior en la escritura.

El símbolo

La ciudad es vivida como un museo partido en dos mitades. En esa partición descansa el símbolo, palabra que, en la antigüedad griega, aludía a una tablilla que el anfitrión rompía en dos para entregar una mitad al huésped: si alguna vez un descendiente, después de 30 o 50 años regresaba, con solo mostrar la mitad de la tablilla acreditaba el pasaporte a la hospitalidad.

Esa otra tablilla volverá a sellarse en el momento en que caiga el muro, pero la tablilla individual quedará a la espera hasta que la narradora encuentre la paz con su padre.

 

Titulo: "La ingratitud" de Matilde Sánchez
Autor: José Luis Cutello
Fecha: 26 de Octubre de 2011
Fuente: Gaceta Mercantil


La novela, reeditada por "Mardulce" y que había tenido en sus comienzos, a principios de los '90, excelentes críticas, reitera su magia a través del pensamiento de su protagonista y narradora. Un pensamiento que, según anuncia Sánchez en el prólogo, está matizado por lecturas de Thomas Bernhard, Maurice Blanchot y Friedrich Nietszche, entre otros. Aunque también, agregamos, hay un estudio detenido del monólogo interior que remite, sin duda, al mejor James Joyce.

Si tuviéramos que clasificar este libro, algo odioso por cierto, diríamos que es una novela "de personajes", pues la acción no abunda y la narración es sostenida por la reconstrucción paulatina de los protagonistas, una construcción en la que imperan el pensamiento obcecado de la narradora y el ambiente enrarecido de una Berlín que preanuncia el final de la Guerra Fría.

Una novela, en suma, situada en los márgenes de dos culturas y con personajes escindidos, a lo Julio Cortázar, entre un "aquí" y un "allá", con el Muro como presencia fantasmal.

La descripción de "El Turco" es sencillamente admirable y llama a imaginar una filosofía de vida estoica que, a la vez, es una resistencia: "Esta gente está tan habituada a que los traten como animales que la mínima hospitalidad es confundida con devoción. ¡Gente que siempre vive completamente confundida acerca del mundo!".

El mismo tipo de tenacidad que ejercita "El Turco" obliga a la protagonista del relato a huir siempre del presente, aunque esa operación de escape no tenga como meta ningún futuro ni un pasado definido.

La inteligencia del libro, nos parece, estriba en que da cuenta de sí mismo mediante una operación que, a veces, edifica toda una explicación y, otras veces, es apenas una frase aislada que da sentido al todo.

Por caso, cuando presenta la disyuntiva de escribir cartas (para otros) y escribir literatura (para sí), la protagonista se inclina hacia la última opción porque le queda la sensación de hacerlo "en voz baja, como quien está pensando".

"La ingratitud" propone además una teoría de género desde un punto de vista en el que las mujeres "convierten todo en palabras, conocen al dedillo el manejo del suspenso y la falsa pista".

Esa falsedad radica en que la narradora está siempre contando dos cosas a la vez: una, la menos importante, es el hecho visible; la segunda, quizás la que vale, los "estados de latencia" que conducen la imaginación del lector hacia varios rumbos. Un lector que, digámoslo, no es del todo bien tratado por la novela, ya que necesita una concentración extrema para no perderse entre las pistas falsas, que se disparan a partir de la extrañeza de vivir en una lengua ajena y estar alejada de su propio mundo de afectos.

No obstante, esa pequeña dificultad puede ser subsanada si se tiene la suficiente paciencia para llegar hasta la clave (o una de las claves) que permite comprender.

Tal como lo hacen los dos amigos mexicanos de la narradora que, en lugar de escribir "una historia a partir de un final" que conocen, van tramando su vida hacia atrás...Como huyendo desde el presente hacia ninguna parte.

Para quienes no conozcan a esta escritora, Matilde Sánchez nació en Buenos Aires y desde muy joven ejerce el periodismo. Dirigió el suplemento Cultura y Nación del diario "Clarín" y obtuvo las becas Guggenheim y la Knight-Wallace de la Universidad de Michigan.

Publicó las novelas "El Dock", "El desperdicio" y "Los daños materiales"; los relatos de "La canción de las ciudades"; y "Las reglas del secreto", una antología comentada de Silvina Ocampo, entre otros libros.

 

Titulo: Una novela sobre el extrañamiento y el choque de culturas
Autor: Pablo E. Chacón
Fecha: 10 de Octubre de 2011
Fuente: Télam


Con "La ingratitud", su primera novela que acaba de ser reeditada, la escritora y periodista argentina Matilde Sánchez logró sorprender a los lectores con un fraseo que encadena la extrañeza de vivir en una cultura y una lengua ajena, la paternidad a distancia y la inestabilidad estructural de la identidad.

El libro, publicado por el flamante sello MarDulce, que dirige el escritor Damián Tabarovsky, recupera este texto que conoció la luz gracias a la generosidad de las ediciones Ada Korn, y que fundó -si se quiere- un linaje, no tanto contra la idea de trama o anécdota sino contra la idea de comunicación.

En conversación con Télam, la escritora, que desde hace un par de semanas está en Italia en viaje de trabajo, dice que preguntarse, ahora, por "La ingratitud", de alguna manera sigue siendo una incógnita.

"Bueno, la leo con lo mucho y lo poco que en verdad es, lo que al comenzar parecía imposible. Más que una novela, seguramente es una petición de principio", propone en diálogo con Télam.

Sánchez nació en Buenos Aires. Desde muy joven practica el periodismo. Dirigió el suplemento Cultura y Nación del diario Clarín. Y obtuvo la beca Guggenheim y la Knight-Wallace de la Universidad de Michigan (Estados Unidos).

Publicó las novelas "El Dock", "El desperdicio" y "Los daños materiales"; los relatos de "La canción de las ciudades"; y "Las reglas del secreto", una antología comentada y prologada de textos de Silvina Ocampo.

"La ingratitud" se ubica en las coordenadas temporales del invierno europeo, en el crepúsculo de la guerra fría (o bajo la aurora de la mundialización capitalista contemporánea), en una Berlín fantasmal, donde la protagonista usa los teléfonos públicos para comunicarse con un padre que con el paso de los días se afantasma cada vez más.

"Yo hice el viaje a Berlín oeste -cuenta la narradora- por puro entusiasmo de Gabriela Massuh, por entonces en el Instituto Goethe...yo era periodista en Tiempo Argentino y estaba emperrada en ir a Munich a estudiar alemán".

Pero "ella insistió. Gabriela (Massuh) es una de las editoras de MarDulce; siempre le gustó el libro y por lo tanto habría sido ingrato de mi parte no dárselo".

"La ingratitud" está dedicada al padre de la escritora, quien llegó a Alemania en 1983, se quedó más tiempo del que pensaba, y en 1987, después de un año y medio de trabajo llevó el libro hasta las manos de Ada Korn, que pudo lanzar mil ejemplares tres años después.

La atmósfera del relato es ominosa, nocturna; una atmósfera con música de fondo, algo entre Steve Roach y David Bowie.

Sánchez recuerda que en la época de la escritura del libro "leía mucha teoría, veía mucho cine basado en el montaje de citas".

Pero "en algún momento empecé a interesarme más en la novela realista o en géneros como la literatura de viaje -no, digo mejor, los viajeros- y supongo que cambié el rumbo. Sigo releyendo a algunos de esos autores (Peter Handke, Juan José Saer, Maurice Blanchot, Thomas Bernhard) y no a otros".

Y agrega: "Siguen estando en mi biblioteca, digamos, pero no en la de mi cuarto, excepto Saer y Bernhard. Particularmente Bernhard me hace una enorme gracia siempre".

En la actualidad, entre muchos otros, Sánchez lee "con mucho placer a algunos autores de mi generación, en especial a Sergio Chejfec y Daniel Guebel. Me gusta lo que escriben desde antes de que fueran mis amigos. La narrativa de Silvia Molloy me parece espléndida también, y no se le da importancia", apunta.

La escritora dice que no leyó la narrativa de Romina Paula ni la de Mariana Dimópulos (donde suenan algunos ecos de su literatura): "No, no leí a ninguna de ellas, aunque supongo que debería... creo que es una desgraciada tradición argentina que las autoras no nos leamos más. Mencioné a Romina Paula por su trabajo teatral, el teatro me interesa muchísimo", asegura.

¿Puede separarse la literatura de la representación, no sólo de la representación teatral, quizá más vinculada a la tradición decimonónica, sino a la representación en sí misma, a riesgo de caer en una suerte de glosolalia controlada? Matilde Sánchez no contesta. Prefiere concentrarse en la cuestión de los idiomas, el lenguaje, las frases (es decir, la representación, por otros medios).

"Eso creo que tiene que ver con la particular formación y el gusto de cada quien. Mi lengua madre en verdad no fue el castellano; en mi casa se hablaba el catalán: mis dos padres, mi abuela; la vida hogareña transcurría por completo en catalán pero aprendí castellano al mismo tiempo", dice.

Después "completé mis estudios formales en traducción, leo en inglés desde la adolescencia -pero recién pude pensar en ser escritora cuando empecé a leer traducciones", destaca la escritora.

"Tener otra lengua a mano, cualquiera sea, multiplica las resonancias y te pone en contacto con infinitas posibilidades dentro de esta. Pero eso creo que en teoría", explica.

"De hecho, algunos de mis autores argentinos preferidos suelen apelar a núcleos o resonancias muy vernáculas que me fascinan y de las que sería incapaz, como (Ricardo) Zelarrayán, Fogwill, (Miguel) Briante, incluso (Adolfo) Bioy Casares. Sé que significarían mucho menos para un lector de otras latitudes. Pero ese ya es un tema político", concluye Sánchez.

 

Titulo: La inteligencia. Sobre La ingratitud, de Matilde Sánchez
Autor: Beatriz Sarlo
Fecha: 12 de Agosto de 2011
Fuente: Perfil


La ensayista continúa la serie de lúcidos artículos en los que reflexiona acerca de las novedades editoriales de la literatura argentina contemporánea. En este caso se trata de una relectura y una reedición, ya que la novela de Sánchez apareció por primera vez en 1992, pero se trata de una excepción ineludible: el libro le parece a Sarlo “tan perfecto” como hace veinte años.

Ayer como hoy. Las cualidades de la literatura de Sánchez que vino después ya estaban en ésta, su primera novela.

Matilde Sánchez escribió esta novela en 1986. Fue publicada en 1992, por la editorial de Ada Korn. En el prólogo que ahora le agrega para esta edición de Mardulce, Sánchez observa que en aquel tiempo “al contrario de lo que ocurre hoy, la juventud se consideraba un obstáculo para una primera novela”. Quizá por eso la novela sea tan perfecta. Recuerdo que hace 25 años lo “inacabado” no era un mérito salvo que antes se hubieran escrito novelas “acabadas”. No había especial debilidad por lo juvenil y las primeras novelas de Sánchez, de Alan Pauls, de Sergio Chejfec o de Daniel Guebel no reclamaban esa prerrogativa.

Cuando entonces leí los originales de La ingratitud tuve la impresión de estar ante una novela que debía ser publicada.

Otros originales de primeras novelas no suscitan la convicción de que deben pasar a imprimirse de inmediato. Con La ingratitud, en cambio, pensé: esta novela es inesperada y sorprendentemente buena. Haber dicho algo antes no implica necesariamente un acierto. A veces, todo lo contrario.

Ahora, volví a leer La ingratitud y tengo la convicción de que acertaba. Es un texto notable por su inteligencia, por la acerada seguridad de la escritura sin vacilaciones y por la capacidad de exponer un drama de sentimientos con la misma distancia con que observa una ciudad extranjera. Estas cualidades son las de la literatura de Sánchez en los años que siguieron. Es lo primero de una mujer que ya estaba constituida como la escritora que es hoy. Había leído lo que necesitaba para escribir y lo incorporaba sin exhibicionismo juvenil y sin los manierismos, habituales en los años ochenta, de una ficción que citaba otras ficciones. La ingratitud no es una novela juvenil; tampoco es un destilado hiperliterario que propone cada cita como si se tratara de un concurso en el que los lectores juegan su inclusión en una comunidad de gente instruida.
La ingratitud cuenta la historia de una mujer joven, argentina, que vive en Berlín y le escribe cartas a su padre en Buenos Aires, o lo llama por teléfono. Ese hombre la ha provisto de una red de amigos o conocidos donde la mujer, esforzadamente, consigue pequeñas sumas de dinero para subsistir. El padre muere y deja un testamento contradicho o corregido por codicilos que imponen un regreso si la heredera desea recibir el legado (retaceado) de los bienes paternos, en lugar de la imposible comunidad afectiva de las cartas y llamados que, como en un espejo, siempre se coordinaron mal.

Amor a un padre, distancia, desentendimiento, muerte. Hay un viaje para visitar la tumba de Nietzsche, llamado invariablemente el Filósofo. Hay una revelación sencilla y trascendente en el final, para darle un cierre siempre provisorio al drama subjetivo. Este cierre ordena la angustia aunque no se alcance el sentido de la relación de esta hija y este padre, ni de ella con quienes lo rodean, con la enfermedad que no llega a entender, ni cómo afecta ese cuerpo, ni las transformaciones de su voz en el teléfono.

Salvo cuando “cae en el cine” como si se tratara de una narcosis, la narradora está crispada por la actividad de descifrar esos sonidos, esas letras o esas voces, aquellas fotografías de la guerra donde su padre puede estar como soldado alemán, las palabras incomprensibles de sus vecinos polacos, del otro lado de la pared de ese departamento que ocupa en la Hardenbergstrasse, muy cerca del Zoo. No la fascina ningún exotismo, de los que Berlín occidental (todavía antes de la caída del Muro) le ofrece una vasta muestra. Como quien recoge un animal aterido de frío, lleva a un turco a su departamento, y allí se queda; arrastra a una polaca hasta la tumba de Nietzsche; frecuenta una pareja de mexicanos que se han propuesto caer simpáticos. Sobre todo, en el departamento que la narradora alquila, nada le interesa de lo que dejaron sus dos ocupantes anteriores, mujeres africanas, que no suscitan la menor atracción hacia lo exótico y globalizado. Unicamente sigue, con desgano pero finalmente sigue, la historia policial de un cartero viejo que ha matado unos cuantos antes de suicidarse con una escopeta. Se le ocurre que puede ser la “intriga” que no tiene, un cuento para el padre.

La narradora da vueltas por Berlín. Es invierno: nieve sucia, nieve arenosa, nieve petrificada, nieve resbaladiza, nieve deshaciéndose en barro, y ella camina con las cartas del padre sin llegar a entender su asimétrico laconismo; lo llama desde teléfonos públicos, sin lograr un entendimiento en el que, de antemano, desconfía. Describe la caligrafía de su padre, que muestra una superioridad inalcanzable y luego, también, los signos temblorosos de una decadencia. Sobre todo, analiza una cuestión central, personal y literaria: ¿en que género se escribe lo que sucede? Lejos de creer que puede cultivar el colorido bienpensante o tedioso del relato de viajes, ni la dilación de peripecias que finalmente muestran su final reconciliado de la novela de aprendizaje. ¿Para quién escribe las cartas de las que no tiene prueba de que sean leídas, ni siquiera deseadas? ¿Son finalmente cartas, relato o escritura?

“Impedir que mi padre se convirtiera en un rumor.” La mujer no quiere hablar de ese padre con otros. No tiene otro remedio que hablarle a él o hablarse a sí misma. Está condenada, en lo que se refiere al género, al soliloquio o las cartas. La primera persona define el género subjetivo que, en el caso de Sánchez, es tan escondedor como desconfiable. Sin esos coloquialismos que impone la primera persona como si tuviera un derecho de oralidad, La ingratitud fue escrita por alguien que también es periodista. Aunque muy lejos del cliché del non-fiction, conserva la sensibilidad penetrante de quien tiene que verlo todo a la primera ojeada. Pero la ficción, de comienzo a fin, congela la mirada.

Esa ficción dice una verdad arquetípica: toda hija hace sus cuentas con la relación intensamente pasional con su padre y con la muerte de ese hombre. Para hacer esas cuentas y, sobre todo, para despertar su atención por medio de cartas y llamadas (intento cuyo fracaso es la novela misma), la narradora vive en Berlín, de donde habría llegado su padre, después de la guerra. Se ha elegido Berlín a causa del padre; no puede ser, por tanto, un escenario donde el texto se distraiga con el descubrimiento de diferencias, curiosidades y sorpresas. Es el lugar al que, sin haberlo conocido antes, se vuelve. Un viaje hacia el pasado. Lo que digo no tiene que ver con circunstancias biográficas de Matilde Sánchez, que conoció Berlín dos años antes de terminar esta novela, por razones bien distintas.

Aunque para el personaje de La ingratitud Berlín sea la nostalgia y el deseo del padre, para Sánchez, que traspasa a la novela lo que captó en su viaje de 1983 (lo dice en el prólogo), es una ciudad en transición entre su presente dividido y su futuro europeo, una ciudad de extranjerías diversas y de soledades incorruptibles, conservadas en el aire gélido del invierno donde los gatos duermen sobre los techos de los autos.