prensa Michael Hagner
 

Titulo: La muerte de un niño
Autor: Patricio Zunini
Fecha: 08 de Mayo de 2013
Fuente: Blog de Eterna Cadencia


«En junio de 1902, el banquero berlinés Rudolf Koch y su esposa Rosalie iniciaron la búsqueda de un preceptor para sus dos hijos menores. Poco tiempo atrás, Heinz Koch, de trece años, había sido expulsado del colegio pupilo de Haubinda, en Turingia. Su hermano Joachim, dos años menor, avanzaba en la escuela media a los tumbos.»


Así comienza el ensayo El preceptor. Un caso de educación criminal en Alemania, donde Michael Hagner desovilla, a partir de la tragedia de los hermanos Koch, el nudo de los conflictos que vivía la sociedad alemana entrando en la modernidad. El primer capítulo, extenso, prolijo, moroso en la búsqueda de precisiones, está narrado como una novela. En realidad, todo el libro convive con la narración de una novela y la solidez de un ensayo académico. Se identifica claramente a los actores. Primero los padres: un ejecutivo exitoso, presidente del directorio del banco más importante del país, que considera como una debilidad personal el magro desempeño escolar de sus hijos; una mujer atravesada por la culpa, que teme que el fracaso de sus hijos se traslade a su matrimonio. Luego, Heinz y Joachim: dos chicos (que hoy serían llamados preadolescentes) con evidentes problemas madurativos que intentan cumplir las pretensiones de los padres. Y entre ellos, la figura principal del drama: el preceptor Andreas Dippold.

La receta de los padres es conocida: tras un paso infructuoso por la educación liberal, la seguridad clásica de la mano dura («La única solución era el retorno a la severidad de un preceptor»). Se realizó una breve pero intensa selección de candidatos y finalmente Andreas Dippold, estudiante de derecho de 23 años dotado de cierta ambición y cierto desencanto, quedó a cargo de la educación de los chicos. ¿Fue excesiva confianza, fue una convicción en la instrucción espartana, fue simplemente desapego? Los padres esperaban resultados que no llegaban y le pedían a Dippold no cejar en los esfuerzos. El preceptor paulatinamente fue aislando a sus pupilos Los llevó a un campo en las afueras de la ciudad, las cartas entre padres e hijos pasaban por la censura de Dippold; incluso el médico tenía límites impuestos en las revisaciones. Todo en pos de los resultados académicos. La reacción de los padres a las exigencias del preceptor hacen recordar al distante tío inglés del cuento Otra vuelta de tuerca de Henry James, displicencia sin cuestionamientos. Por eso no podían estar al tanto del trato despiadado: los baños con agua fría al aire libre en pleno invierno, las noches atados para evitar que se masturbaran, los castigos corporales cotidianos ante malos desempeños.

Se conoce como “dipoldismo” a la excitación sexual que proviene de someter a castigos físicos a los niños. ¿Fue Andreas Dippold un monstruo? Su caso se constituyó como objeto de estudios de diferentes disciplinas de las ciencias sociales, como la psicología y la pedagogía que se vieron muy afectadas, al tiempo que puso en cuestión el orden burgués de principios del siglo XX. Pero, ¿fue un monstruo? Si lo fue, en todo caso no fue el único en esta historia. El maltrato de Dippold derivó en un desenlace previsible: la muerte de uno de sus pupilos.

Como decíamos el trabajo de Michael Hagner para reconstruir la tragedia es preciso, prolijo, intenso. A partir de este punto, lo es todavía más. Hagner identifica las condiciones para que el caso Dippold se haya convertido en un escándalo que prefigura la naturaleza del nazismo y cómo el preceptor «acusado de daños corporales seguidos de muerte se fue convirtiendo en un monstruo patológico, una bestia perversa y cruel irónicamente vapuleado por el instrumental de la antropología criminal y de la psiquiatría, que él mismo había querido aplicar». Con la habilidad de un cirujano, Hagner disecciona las responsabilidades de los diferentes actores y complejiza las relaciones entre ellos, evidencia la aceptación social de la violencia como elemento constitutivo de las personas, desenmascara las luchas políticas ocultas debajo de las pretensiones de imparcialidad de la ciencia y, sobre todo, reaviva un debate urgente y cíclico del derecho penal: ¿qué es viable con el monstruo: es posible que la reclusión forzada lo vuelva socialmente aceptable o, ya sin posibilidades, lo más humano sería matarlo?

 

Titulo: Los orígenes de la barbarie
Autor: Héctor Pavón
Fecha: 11 de Noviembre de 2012
Fuente: Revista Ñ, Clarín


“El preceptor”, un caso de violencia física contra dos alumnos en la Alemania de 1903, suma elementos en la búsqueda de las raíces del nazismo. Entrevista con Michael Hagner, el autor.


Es un mediodía brillante en Berlín. Los libros de la Autorenbuchhandlung (Librería de escritores) del elegante barrio de Charlottenburg están ordenados de forma tan armónica que uno teme desarmar la escena al tomar uno. De todos modos, el vendedor ilustrado de la librería encuentra El preceptor en un anaquel, lo saca de la fila y me señala la foto de Michael Hagner. “Así lo podrá reconocer”, me sugiere. Pocos segundos después, aparece el autor alemán que hoy vive en Suiza y que se muestra feliz de estar en la ciudad de su juventud. Pide una ensalada con quesos y frutas y, aunque conserva el gesto amable, su rostro se transforma para hablar de un capítulo inicial de la historia de la barbarie de su país.

En octubre de 1903, el joven Andreas Dippold, de 23 años, estudiante de derecho, que solía trabajar como tutor, fue acusado de haber golpeado tanto a dos alumnos –hermanos entre sí– que uno de ellos muere a causa de esa violencia en la casa misma donde la familia vivía, retirada de la “contaminación” de la ciudad. El “preceptor” se defiende y dice que esa era la única manera para impedir el vicio principal de sus discípulos: la masturbación. Dippold fue condenado a sólo 8 años de prisión. El caso y la condena escasa motivaron un debate en la sociedad alemana prenazi y de ese modo se comenzó a hablar de dippoldismo para referirse a la violencia de motivación libidinosa, la excitación sexual que proviene de someter a castigo físico a los niños. De esto se trata El Preceptor (Mardulce), una reconstrucción ensayística de un hecho real. Y de esto habla Michael Hagner.

¿Podríamos decir que este libro tiene una conexión directa con la memoria alemana?

Solía tenerla, pero la historia quedó completamente en el olvido. Estuvo presente a principios del siglo XX y esto continuó hasta los años 30. Quizás hubo una interrupción en 1933, cuando los nazis llegaron al poder porque suprimieron e interrumpieron la ciencia del sexo y todo lo relacionado con el discurso sobre la sexualidad. Destruyeron el Instituto para la Ciencia Sexual y toda la bibliografía relacionada con la sexualidad. Con esta interrupción, el recuerdo del caso Dippold también desapareció de la memoria de la gente. Pero estuvo muy presente durante 20 o 30 años.

¿Cuándo se dio cuenta que había encontrado una historia para contar?

Decidí escribir este libro cuando encontré los documentos en los archivos. Me di cuenta de que esta historia era muy rica y estaba muy bien documentada desde distintas perspectivas. El punto de vista con el que contaba previamente era, en primer lugar, el de la prensa escrita; y el segundo el de los científicos: psiquiatras, pedagogos y criminólogos. Estaban los puntos de vista de la ley: del juicio, la defensa y la fiscalía. Y, además, las posiciones de los propios actores: Dippold, su familia y algunos testigos. Pienso que es un libro que debe ubicarse en los estantes de no ficción, es un ensayo histórico, una mezcla de historia cultural, microhistoria e historia de la humanidad de las ciencias humanas. También tiene elementos de novela.

¿Cómo fue recibido el libro por la sociedad alemana?

Muy bien. El libro obtuvo muy buenas críticas, se vendieron muchísimos ejemplares. Y uno de los motivos por los que el libro captó tanta atención fue que en ese año –2010–, se supo que uno de los principales colegios en Alemania –cerca de Frankfurt– al que muchas familias influyentes enviaban a sus hijos, los docentes habían maltratado y violado a los alumnos, especialmente el director del establecimiento. Y eso ocurrió durante muchos años. Fue un shock tremendo y un gran escándalo que despertó una enorme sensibilidad respecto del tema educación-sexualidad-sadismo.

Hay una película que se emparenta con la temática como “La cinta blanca” de Michael Haneke, pero también hay otras como “El huevo de la serpiente” de Ingmar Bergman que hablan de lo que se veía venir en la Alemania de la primera mitad del siglo XX...

La de Haneke es posterior a mi libro. Pero para ser honesto, mientras escribía el libro por momentos pensaba en este filme de Bergman. Yo crecí en los 70, y Bergman fue uno de mis héroes. Lo admiraba mucho. Sin embargo, lo que no estaba presente en aquella película era el componente sexual, Bergman lo omitió. En cambio, la sexualidad en la historia de Dippold que estaba escribiendo, era central. Pero, sí, la película de Bergman a veces venía a mi mente.

De los personajes del libro, me llamaron la atención los padres. ¿Qué tan responsables son de la muerte del hijo?

Los padres son responsables en parte de esto. No es, claro, una novela en el sentido estricto de la palabra porque todo depende de las fuentes. Y a diferencia de un escritor, yo fui siguiendo minuciosamente lo que descubría en los documentos. También reconstruí a Dippold, de alguna manera. Ahora se puede trazar una comparación. Lo que yo hice fue, primero, revisar las cartas que encontré en los archivos. De la madre, del padre –que era director del Deutsche Bank y, por ende, una persona muy importante– y luego investigué la historia social y cultural sobre la burguesía en Berlín del 1900.

Con respecto a los chicos, ¿podemos decir que uno encarna el papel del débil y el otro el del fuerte, del que sobrevive?

No. En cierto modo, estos dos chicos son los más débiles de esta historia. Ambos son realmente víctimas. Las cartas que escribieron a sus padres desaparecieron. No están en los archivos. Y esto me causó problemas porque implicó que diera una descripción mucho más vívida, más profunda de los padres y del maestro, que de los chicos. La única información que obtuve fue desde el punto de vista de los padres y del maestro. Tuve que ser muy cuidadoso en mi propia reconstrucción. Por eso es que los personajes de los chicos están en el fondo, relegados a un segundo plano. Yo no diría que uno de los varones era débil y el otro más fuerte. Me parece que fue accidental que uno de ellos muriera y el otro no.

¿Cómo se sintió mientras escribía el libro y cómo al concluirlo?

Cuando lo concluí, me sentí muy aliviado porque la historia me resultó muy dura y muy triste, y había estado muy metido en temas de sadismo, masturbación, perversiones sexuales, educación familiar muy dura y violenta donde los chicos no tuvieron realmente ninguna posibilidad de escapar. Me sentí muy aliviado cuando terminó. Después que el libro fue publicado, un integrante de la familia Koch me escribió una carta diciendo que estaba muy agradecido por el libro, que era una historia muy movilizadora de sus predecesores y me adjuntaba una foto del chico que había muerto. De repente, veía una imagen de un chico muy lindo, de 10 años, con cara de bueno, algo gordito, y me conmovió muchísimo. Para mí fue como un cierre. Me alegró que se hubiese terminado porque fue una historia muy dura.

¿Y del otro lado, de la familia Dippold, alguien lo contactó? ¿Se mostraron molestos?

No, en absoluto. No lo descartaba porque sabía que miembros de la familia Dippold aún viven en el sur de Alemania. El protagonista del libro tenía 8 hermanos y él fue el único que emigró a Brasil. Los otros se quedaron en Alemania. Y sucedió: recibí un email de un miembro de la familia Dippold que me decía: “Muchas gracias por el libro. Ahora sabemos mejor sobre este tío de Brasil del que no se hablaba en la familia. No conocíamos realmente su historia”. Así, ellos pudieron completar un mosaico familiar.

Mucha gente en todo el mundo ha investigado acerca de las raíces del nazismo. ¿Este libro es una contribución a esta enorme pregunta?

Es una pregunta difícil. Diría que sí, que es una historia de la mentalidad en el sentido de lo que Adorno y Horkheimer denominaron “carácter autoritario”. Esto significa, primero, ocupar una ideología y defenderla de manera muy agresiva, y segundo, subordinarse al poder y a las autoridades. Esta historia muestra maravillosamente un mecanismo definido con estas palabras. Y sí, hay antisemitismo en esta historia y la supervivencia del otro niño, que luego se convierte en nazi. Diría que si las condiciones para el desarrollo del nazismo en Alemania uno las ve como una vista general, una pintura compleja y muy rica, mi libro ha aportado algunos mosaicos, pequeños pero mosaicos al fin. Espero que haya otros aspectos de esta historia tanto o más importantes; pero este es un aspecto que ayuda a explicar esta creencia en la autoridad, no sólo eso sino también lo radical, lo extremo, y la falta de empatía, de piedad para tratar de darse cuenta y aceptar esta ideología.

¿Entonces, el hijo que sobrevive adhiere al nazismo...?

Sí, se convierte en nazi.

 

Titulo: Ciencia y poder político
Autor: Fernando De Leonardis
Fecha: 02 de Noviembre de 2012
Fuente: ADN, La Nación


El médico Michael Hagner estudia el caso que dio origen al "dipoldismo", ejemplo de la violencia que el maestro ejerce sobre su discípulo.



Andreas Dippold fue maestro particular de Heinz y Joachim Koch, de 14 y 12 años de edad. Los hermanos eran hijos de un directivo del Deutsche Bank y durante ocho meses estuvieron, literalmente, en manos del preceptor. Es que en las instituciones de enseñanza formal no se lograba impregnar en ellos los valores burgueses de "cultura general, disciplina en el trabajo y sentimiento del deber" vigentes a comienzos del siglo XX en Alemania. Rigor: tal el significante anclado en la sociedad de entonces y que ponían en circulación con particular énfasis los pedagogos. Y Dippold aplicó la rigurosidad exigida por los padres de los educandos: el 9 de marzo de 1903 Heinz murió víctima de una paliza.

Michael Hagner reconstruye en El preceptor. Un caso de educación criminal en Alemania esta desdichada historia y vincula los efectos que inmediatamente siguieron al debate público en diversos saberes especializados (pedagogía, sexología, psiquiatría, abogacía) y en la vida cotidiana, y muestra cómo las opiniones de sentido común, mediante el relato tejido en los diarios y revistas de tirada masiva, modelaron, en parte, el discurso "científico". El libro es una reflexión vibrante acerca de la construcción del saber científico como poder político y sobre cómo la ciencia se comporta como ideología. Luego del juicio al preceptor, la patologización de la criminalidad, jurídicamente ausente hasta entonces, llegaría para quedarse. La voz de Mijaíl Bakunin en Dios y el Estado resuena con fuerza mientras se transita el texto: "Los sabios forman ciertamente una casta aparte que ofrece mucha analogía con los sacerdotes. La abstracción científica es su dios, las individualidades vivientes y reales son las víctimas, y ellos son los inmoladores sagrados y patentados". El papel de los portadores del saber -y las apelaciones a ese saber- en la historia que desencadenó esta microhistoria puede leerse como un derrotero preciso: eugenesia, darwinismo social y antropología criminal -discursos científicos vigentes en Europa a fines del siglo XIX encarnados en las prácticas cotidianas de los alemanes- cristalizaron en razón de Estado con el advenimiento y la consolidación del régimen nazi.

El libro devela cómo ciertos valores y procedimientos revestidos de cientificidad, empleados por Dippold y compartidos por los progenitores y distintos especialistas para convertir a los niños en "hombres capaces", devinieron en disvalores. Así, la celebración de la pedagogía reformada de Hermann Lietz que aplicaba el preceptor con el consentimiento de la madre de los alumnos, con su énfasis en lo corporal y el culto a la desnudez, se convirtieron en "prácticas perversas" al concluir el juicio. Fue durante el proceso, mientras el caso se ventilaba en la opinión pública, cuando se forjó el término "dipoldismo" para referirse a quienes ocasionan sufrimiento a sus pupilos con el objeto de proporcionarse placer: de práctica virtuosa, el azote con fines pedagógicos se transformó en vicio patológico. Es notable cómo los debates suscitados entre científicos, abogados y periodistas abrevaron no del expediente judicial sino de la prensa y terminaron construyendo sentido. Escribió Ambroise-Auguste Liébeault a fines del siglo XIX: "Sin hacer el debido examen, uno se apropia de opiniones morales y políticas, de prejuicios [...]. Se adoptan esas ideas que impregnan la atmósfera en que uno vive. Existen fundamentos sociales y religiosos que no pasarían la prueba ante el tribunal del sano juicio humano, mucho menos de la razón y, sin embargo, creemos firmemente en ellos y los defendemos como si fueran posesión nuestra".

 

Titulo: La mala educación
Autor: Ariel Magnus
Fecha: 23 de Setiembre de 2012
Fuente: Radar Libros, Página 12


A principios de 1902, Hans Koch, de trece años, fue expulsado de la escuela por mal comportamiento. Su hermano menor Joachim, de once, tampoco avanzaba demasiado satisfactoriamente. Por eso es que los Koch, miembros de la alta burguesía berlinesa, decidieron buscarles un preceptor particular. El elegido resultó ser Andreas Dippold, un estudiante de Derecho de 23 años, que rápidamente logró aislarse con sus pupilos para tenerlos a su completa merced. Antes de que pasara un año, y ante la indolencia poco menos que criminal de los padres, el mayor de los pequeños Koch murió a causa de los golpes y el maltrato al que los sometió Dippold, obsesionado por luchar contra el (supuesto) onanismo de los adolescentes. El caso, uno de los más sonados de principios de siglo en Alemania, se hizo inmediatamente eco en la prensa y alcanzó su pico de escándalo cuando el tribunal condenó a Dippold a una pena relativamente menor. Desde entonces, las parafilias cuentan con un nuevo término técnico, el “dippoldismo”, que se aplica a quienes gozan sexualmente haciendo sufrir a un menor de edad.

El médico e historiador de la ciencia alemán Michael Hagner, conocido por sus trabajos sobre la historia de la neurociencia, tomó el caso de Dippold en El preceptor (publicado por Mar Dulce con impecable traducción de Nicolás Gerlomini) para –a partir de su minuciosa reconstrucción– describir toda una época, con sus sistemas pedagógicos, sus tabúes sexuales, sus hipocresías y, casi como un derivado de todo eso, sus crímenes. Con estructura de thriller, aunque extensión y ritmo de doctorado, Hagner recompone cada pieza del rompecabezas, desde la historia de cada uno de los involucrados y los pormenores del juicio hasta las convergentes Weltanschauung de la época y las derivaciones teóricas del caso (y del término “dippoldismo”). Por la cercanía temporal, y por su oscuridad temática, el libro funciona, al menos en su primera parte, que es la más narrativa, como un buen complemento histórico de La cinta blanca, la imperdible película de Michael Haneke. El aparato crítico y las extensas discusiones teóricas de la segunda parte interesarán, por su lado, a los especialistas en pedagogía, en criminalística o incluso en historia europea previa (y ya tendiente) al nazism