prensa Victor Segalen
 

Titulo: El poeta y el estado
Autor: Martín Libster
Fecha: 22 de Enero de 2013
Fuente: Blog Eterna Cadencia


Victor Segalen nació en Brest, Francia, en 1878. Luego de recibirse de médico, formó parte del servicio sanitario de la Marina francesa. Su primera travesía al extranjero lo llevó a Tahití, donde arribó el mismo año en que allí moría uno de sus ilustres compatriotas: Paul Gauguin. Luego de visitar, en el mismo viaje, Numea y Djibouti, regresa a Francia, donde comienza, en 1908, a estudiar chino. Al año siguiente se instala con su familia en Pekín, donde permanecerá hasta 1914 y donde regresará en 1917 para una misión arqueológica. De vuelta en Francia, Segalen muere accidentalmente en un bosque de Huelgoat, cerca de su ciudad natal. Su cuerpo es encontrado el 23 de mayo de 1919; una copia de Hamlet yace a su lado.


El Hijo del Cielo, traducida por Ariel Dilon y editada por Mardulce, parece el resultado de esta vida de peregrinajes e investigaciones. La acción transcurre en China durante los días postreros de la dinastía Qing y narra la vida cotidiana en la corte del Emperador Guangxu, el “Hijo del Cielo”. La materia prima, más allá de algunas licencias de Segalen, es histórica, pero El Hijo del Cielo no se parece en nada a una novela histórica convencional (ni a una novela convencional a secas); más bien se trata de un experimento radical de renovación de la forma narrativa que, por momentos, recuerda a las Impresiones de África de Raymond Roussel. Al igual que ésta, El Hijo del Cielo explora (y a su modo invierte) el tópico del orientalismo; pero si bien la novela se inscribe (críticamente) en esta serie, la historia de las desventuras de un Emperador chino más bien inepto y víctima de las intrigas cortesanas no es más que el tema superficial del relato; lo verdaderamente importante aquí (como en las Impresiones) no es el tema sino la forma, la libertad imaginativa y la exploración de las posibilidades de la literatura. Para narrar una secuencia de hechos históricos (el fracaso del plan de modernización que el Emperador emprende con la ayuda de algunos intelectuales reformistas, la invasión del país por potencias enemigas y el confinamiento del Hijo del Cielo en una isla por orden de su tía, la Emperatriz Regente), Segalen combina los informes de un Analista de la Corte con los poemas y decretos caídos del pincel del Emperador; es en este juego coral (disonante) donde reside lo más interesante de la novela. Porque al Analista, que es una mezcla de adulador cortesano cuyos escritos intentan exaltar la figura del monarca y de dudoso exégeta de los poemas de Guangxu (una suerte de versión atenuada de Charles Kinbote, el narrador de Pálido Fuego de Vladimir Nabokov), no se le puede creer una palabra; en sus comentarios, la “realidad” se desdibuja por completo y el relato se vuelve una máquina narrativa sin otro referente que sí misma. La cortesía imperturbable del narrador (que se toma libertades que exceden largamente su mera labor de copista y comentador de los actos de gobierno y los textos del monarca) hace esfuerzos desesperados para ocultar un estado de cosas que, sin embargo, la ironía de Segalen nos permite entrever. La artificiosidad de este discurso, la tensión entre revelación y ocultamiento, es el correlato perfecto de la puesta en escena en que vive el monarca luego de la pérdida de su poder. El ejercicio del estado deviene una representación teatral en la que el Emperador simula gobernar y sus súbditos simulan obedecer sus deseos. Como dice Régis Debray, “el Estado siempre ha sido un espectáculo”: el único problema para el pobre Guangxu es que nadie se lo avisó a tiempo.

Como dijimos más arriba, El Hijo del Cielo puede leerse también como una alegoría de la creación literaria; no es de extrañar, a este respecto, que el Emperador sea también poeta y por ello mismo sea considerado poco fiable para gobernar. Y es también llamativo que, una vez derrotado, el monarca abandone su proyecto reformista y pase a identificarse con sus antecesores, repita sus actos, sus palabras y hasta llame a sus múltiples concubinas por los nombres de antiguas cortesanas (y sea eventualmente reemplazado por un Sosías que cumpla por él las formalidades oficiales). En este sentido, la novela es la crónica de la agonía de una tradición exánime que el Emperador-poeta es incapaz de vencer y a la cual termina entregado, transformado en un mero epígono, un ventrílocuo cuya boca no hace más que repetir palabras ajenas. Este fracaso poético (la incapacidad de encontrar palabras nuevas para transformar la realidad) tiene para Guangxu su correlato en el encierro, la sumisión y la locura. La novela hace caso de su propia advertencia: la ruptura con formas anquilosadas, la libertad de invención y el carácter lúdico de la prosa de Segalen constituyen su triunfo sobre lo viejo y repetido, y hacen de El Hijo del Cielo una novela radicalmente original que, a casi cien años de haber sido escrita, resulta auténticamente contemporánea.

 

Titulo: Los mejores títulos del 2012. Narrativa extranjera
Autor: Mauro Libertella
Fecha: 15 de Diciembre de 2012
Fuente: Revista Ñ, Clarín


Alegoría de la literatura

Hasta hace poco, Víctor Segalen era escasamente conocido en español. Arqueólogo, cirujano naval, viajero y sinólogo francés nacido en 1878 en Brest, fue un personaje inolvidable que se aventuró por rincones tan extremos con Tahití y China acompañando tres importantes expediciones arqueológicas. De su viaje por Oriente surge la colección de poemas en prosa Estelas, publicada en 1912, y que comienza una serie de libros sobre temática chinos. Entre una obra considerable que supo retratar los efectos de la colonización europea, también pueden destacarse las novelas René Leys y El hijo del cielo, recientemente traducida por Mardulce, que para algunos críticos es un Hamlet chino: alegoría de la literatura como una geografía misteriosa y extraordinaria.

 

Titulo: Un imperio movedizo
Autor: Ramiro Quintana
Fecha: 14 de Diciembre de 2012
Fuente: ADN, La Nación


En principio, y porque el libro en cuestión -ya desde el título- invita a hacerlo, vale recordar, siguiendo al sinólogo François Jullien, que en China "el 'Cielo', como noción suprema, es ese curso que, por su alternancia regulada -el día y la noche, el calor y el frío, las estaciones- hace que el mundo se renueve contantemente, sin agotarse jamás". Asimismo, el Emperador es considerado "El Hijo del Cielo", aquél cuya tarea, descrita sucintamente, consiste en mediar entre el cielo y el pueblo. El francés Victor Segalen vivió en Pekín entre 1909 y 1914, donde sirvió como médico y, sobre todo, pulió sus conocimientos en materia de arqueología, al realizar varias expediciones, no sólo por China sino también, dado su carácter de viajero indómito, por Japón y la Polinesia.

En El hijo del cielo , Segalen toma como punto de partida el momento en que el Emperador Guangxu alcanza la mayoría de edad, hecho que implica que la conducción del Imperio a partir de allí será su entera responsabilidad y que está obligado a contraer matrimonio. Se le asigna también un analista particular, a fin de que, siguiéndolo aun hasta la alcoba imperial, "observe cotidianamente Sus actos, registre Sus palabras, copie uno por un uno todos los Edictos caídos de Su pincel". De esos materiales, de ese cúmulo de registros pormenorizados hasta el delirio, se compone este libro. E incluso cuando lleve -quizás a los efectos de manifestar su altiva desconfianza frente a la novela como género literario, ya que estaba convencido de que los naturalistas lo habían anquilosado- por subtítulo Crónica de los días soberanos, El hijo del cielo es en rigor un texto que, ostentando una centelleante hibridez, se quiere renuente a las clasificaciones. Ocurre que Victor Segalen no es, de modo alguno, ni un abnegado retratista de culturas extranjeras ni un "coleccionista de impresiones", o un "proxeneta de la sensación de lo diverso", tal como él mismo conceptuaba a Pierre Loti -el blanco favorito de sus dardos-, sino muy por el contrario un autor cuya escritura, opalescente y alambicada, se precipita en el terreno movedizo de lo desconocido "contra la tenaz ilusión de la familiaridad, de la semejanza, de lo próximo", como diría Alain Badiou.

En El hijo del cielo , tras el de por sí intrigante velo cortesano, abundan los manejos larvados, las ceremonias perfiladas a modo de vaporosas representaciones teatrales, la proliferación de edictos falsos y los poemas que el Emperador "deja caer de su pincel" y el analista glosa con reverencial esmero. Porque el Emperador es, en palabras de su tía la Emperatriz Viuda, "un soñador", "un hacedor de poesías". O sea: alguien que no es del todo competente para conducir el Imperio. De manera que la Emperatriz Viuda, que le había dicho, como quien teje una telaraña, que sería "invisible y muda para Él", termina por elegir a los hombres de talento que acompañarán al Emperador y a la princesa que se convertirá en la Emperatriz Reinante. Sin embargo, pasado cierto tiempo, no tardan en sucederse las rebeliones contra la paulatina occidentalización de China que el Emperador favoreció con sus reformas, lo cual, por supuesto, redunda -entre otras cosas- en la agudización de la crisis del Imperio.

Junto con la de Estelas, el libro de "prosas duras" que Victor Segalen escribió durante su estancia en Pekín y que el sello Activo Puente rescató recientemente, la publicación de El hijo del cielo propicia el acercamiento a la obra de un autor que, soliviantándose contra las visiones coaguladas, trizó los clichés del exotismo.