prensa Juan Zorraquín
 

Titulo: Tormentas de Juan Zorraquín
Autor: Javier Divisa
Fecha: 29 de Noviembre de 2016
Fuente: Tarántula, Revista Cultural


"Parecía una tormenta hecha para el mar, heraldo de algún huracán; quizá se lamentara de estar vagando por allí en esas pampas sin enemigo en vez de jugar con las arbitrarias formas del agua y dibujar olas y tormentas que aterraran a ciudades y barcos felices en su ausencia".

TormentasEl libro tiene unos relatos bastante ocurrentes y distraídos, tan de coyuntura y saldo de entretenimiento que el autor parece devoto de los talleres literarios de los ayuntamientos (en un principio, paciencia). Los dos náufragos vive con algo de Rulfo y El llano en llamas. Paisaje hostil, miseria, gente solitaria, dificultades de supervivencia. Muy académico. A continuación juega un poco a la experimentación, es decir, a ponerle los cuernos a la corrección y compostura del taller literario, y fabrica otros artefactos más seductores para el lector avezado (y morboso). En Mares podemos leer:

Nada es gratis y menos las drogas, así que su tía lo puso a comerciar en la playa y se ponía loca cada vez que él no conseguía liquidar toda la mercadería. Empezó a tenerle miedo. No podía decirle que no a nada y ella lo manejaba con el placer.

La historia trágica de su pediatra siempre lo impresionó, la oyó mil veces contada por su madre hasta el agotamiento (“pensar que cancelé tu turno ese día a esa hora, tan solo el día anterior”). El doctor asesinó a su secretaria y amante un día de trabajo en su consultorio habiendo cinco madres y sus hijos en la sala de espera; para pegarse después un tiro en el cráneo y quedar ciego y preso el resto de su vida.

Como si el libro fuera una granja de dibujos animados donde conviven un león y una rana, incluso una muñeca hinchable que habla con las gallinas. Heterogéneo. Arroz con cosas. Muy buen relato en tensión psicológica, vendetta, sicalipsis, violencia, fracaso, resentimiento y fortaleza narrativa, Ser macho:

Te enamorarás vos, hasta ahora no me enamoré jamás. Tengo una lista –le agregó sacando una libreta-, sos la número sesenta y cuatro. Con todas fui feliz entre unos días y cuatro semanas. ¿Algunas de ellas lloraron una vida? ¿Cuál es tu nombre?
Esta pavada contestó después de haber mirado largo tiempo sus ojos.

Berta- les respondió la boca perfecta, y se tomó algunos segundos para continuar así-: Qué tontas esas cuatro semanas, yo lloraría varias seguidas si pierdo veintiocho días con un puto como vos- se dio media vuelta y se fue riendo muy alegre, ligera y voluptuosa.


Rulo se acordó de la carabina e intentó verla en el círculo de su mira y su deseo, tenía que cazarla y entonces la besó y ella temblando lo arrastró debajo de un árbol y allí sin freno hicieron algo parecido al amor. La cacería estaba concluida.

“Sí, ese día que te lastimaste la pija, era una bola el hematoma y llegaba hasta los huevos y fuimos a la guardia y nos dieron treinta días de reposo sexual, encima se te infectó y tuviste fiebre, ese sudor que no cedía y ese dolor, ese desgarro desesperante, ¿te acordás como te cargaba? ¿Te acordás el dolor y el miedo y cómo cuidábamos los dos a tus huevos como si fueran criaturas?

La prosa del relato es impactante (incluso brutal en determinados pasajes) y el lance si bien es sórdido y de miserables, tampoco tiene una pretensión temática muy complicada. Quicir, es un gran relato, justo lo contrario de otras narrativas más mercantiles y especulativas (comerciales) que van con mucha hostia y mucho tesoro, y adolecen de pedigrí y calidad literaria (aunque también es verdad que literatura será lo que a cada uno le salga de las pelotas).

Destacar el exabrupto, la ferocidad de la naturaleza, y su intromisión en las venturas y estrategias de la vida. La furia.

Un trueno que hizo temblar a un mismo tiempo, el cielo, la tierra, el mundo, un rayo, un relámpago y Jeremías cayó al suelo con dos impactos de bala en su lóbulo frontal.

Reverberaciones poéticas en El deseo y la libertad.

Los sonidos se hicieron poco a poco inaudibles después de haber estado al borde de perforar los tímpanos. Eran suaves cuando el atardecer ardía en ocres, rojos y naranjas y una bandada de gaviotas se recortaba en un profundo azul discontinuado con trazos celestes y grises, jirones de un tiempo ya ido.

Siguiendo el rastro lapidario de la novela, la cosa va en general de: la vida es una puta mierda. A continuación, más delirios de hijoputez. Maltrato psíquico y físico. Una joya, el puto niño.

…A ellas las cuerneo, o las dejo, nunca les pongo un dedo encima. Con una mujer es mejor la tortura psicológica, la violencia es para los hombres. Y a vos te pego porque me gusta y se rió con esa especie de semisonrisa que a las mujeres les gustaba.
Juan Zorraquín no se escaquea, no evita el desastre, la tragedia, desafiando siempre a la felicidad. Quizá es una rabia porque la alegría y la ventura no sean cuestiones eternas. Entonces se decide a escribir la miseria, la épica bíblica. La coordenada de la ventura; las Tormentas. Por último, muy agradecido al tono bonaerense del libro. Todo resulta muy ágil. No, no es ironía. Tres estrellitas.

 

Titulo: Medicina
Autor: Luciano Lutereau
Fecha: 21 de Mayo de 2016
Fuente: Otra Parte Semanal


La ciencia tiene una incidencia permanente en la vida cotidiana. Y no menos ambigua, siempre que aquellos “datos” que hoy se revelan como definitivos pasan un tiempo después a ser puestos en cuestión y, eventualmente, confrontados por sus contrarios. Por ejemplo, hasta hace cinco años la yema de huevo era el terror de quienes padecen de colesterol alto… recientemente, científicos de una universidad (siempre norteamericana) demostraron que, en realidad, no.

En el siglo XIX, los modelos de la medicina estaban en la anatomía y la fisiología. Estructura y función. Y la enfermedad radicaba en la alteración de alguna de estas propiedades. Esta episteme justificaba la definición decimonónica del cirujano René Leriche: “La salud es la vida en el silencio de los órganos”. La salud es vida, pero ¿cómo pensar la presencia parasitaria de las enfermedades mudas? ¿En qué consiste vivir enfermo? Si para el paradigma clásico la enfermedad siempre fue algo “ruidoso”, el desarrollo del siglo XX puso ante los ojos la posibilidad de convivir con un huésped incluso durante muchos años.

Medicina es un ejercicio exploratorio en torno a la modificación de la cultura del cuerpo en la sociedad contemporánea. Hoy en día ya nadie muere. Todos vivimos enfermos. Si la muerte como tal es una experiencia imposible de asimilar subjetivamente, la enfermedad en la época del cáncer generalizado es un modo más de ser en el mundo. “La medicina es tacto”, dice Héctor Pudorski, el cirujano protagonista de esta novela, a contrapelo de la concepción del objetivista, del acto médico basado en la visión. Ya no se trata de una clínica de la mirada, sino del cuerpo que no se manifiesta y en cambio vuelve sobre sí mismo a expensas de toda expresión: “No se sabe, se vive en un cuerpo que está confuso en su sentir, que se resiste”.

La enfermedad como resistencia, pero también como resto. El desarrollo científico, que hace del cuerpo una usina de la cual extraer la energía para estudios, análisis, exámenes; que se recorta en diferentes partes —como saldo del mecanicismo de la modernidad—, permanece, no obstante, en un hueco inescrutable: “El cuerpo entero un fetiche, la condición del placer es la reducción a un punto de goce”. El cuerpo, fetiche del mercado de la salud (financiado por laboratorios, regenteado por obras sociales y prepagas, etcétera). Nuestra época ha pasado del cuerpo del placer al cuerpo gozante, con una distancia irreductible; por eso sólo una “reducción” pone de manifiesto ese “punto” en que la enfermedad se aloja.

La novela de Zorraquín combina lucidez narrativa (sin unidad de estilo: por momentos adquiere el tono de un diario, o bien la redacción de unas memorias, junto con descripciones indirectas) y un uso singular del vocabulario científico-médico, que encuentra su mayor alcance en una reconstrucción clínica de la muerte de Néstor Kirchner a partir de sus enfermedades intestinales.

A las clásicas novelas del corazón, Zorraquín opone, con magnífica ironía, una literatura del recto y el ano.

 

Titulo: Mundos íntimos. Curar, escuchar, aceptar: secretos de un médico que también es escritor
Autor: Juan Zorraquín
Fecha: 20 de Febrero de 2016
Fuente: Diario Clarín


Una vez más lo sólido se evaporó en el aire. Era comienzos de los noventa y tuve la desgraciada experiencia de ver morir a Dolores, mi mujer de entonces. Con ella habíamos convivido dieciocho años felices y habíamos tenido tres hijos. Veníamos en auto de una fiesta, un motociclista descontrolado, a contramano y a mil por hora, nos llevó por delante y el sueño acabó en un instante. A partir de entonces mi vida se partió en dos.
Por esos días yo tenía que operar de urgencia a un paciente. Me comuniqué con él, le conté lo que me había pasado y le anuncié que otro médico se ocuparía. Yo no estaba en condiciones anímicas para eso. El hombre insistió. Dijo que esperaría lo que hiciera falta pero que no quería ser operado por otro profesional. Me convenció. Un mes después lo operé y posteriormente lo traté sabiendo que sus posibilidades de sobrevida eran mínimas. Ante semejante panorama deseché el protocolo habitual y le aconsejé que hiciera un viaje a España, un viejo sueño que por diversos motivos el hombre postergaba una y otra vez.
La esposa me odió con toda el alma. Ella pensaba que yo debía recetarle quimioterapia y demás recursos habituales. Otros médicos se lo habían dicho. Yo no lo hice a conciencia y le expliqué por qué. Lo cierto es que aun así el paciente sobrevivió un buen tiempo.
Tras despedirme de él en la fase terminal, un día la mujer corrió desesperada por un pasillo hasta alcanzarme y dijo que si bien no compartía mis criterios para encarar el tratamiento ella quería ser honesta conmigo y reconocer que algo importante e inesperado había ocurrido con su marido gracias a mi intervención. “Nunca en la vida lo vi tan feliz”, admitió la mujer con lágrimas en los ojos. Y me lo quería agradecer. Eso ocurrió un 15 de diciembre, justo el día de mi cumpleaños.
Hoy, después de cuatro décadas de profesión en el Hospital Posadas, y ya en camino de jubilarme, entiendo mejor lo ocurrido en esa y otras experiencias que me ayudaron a ponerme en lugar del otro, a tratar de entenderlo y aceptarlo mediante palabras o simples miradas, a construir junto a él una narración que bien podría asociarse con la literatura, mi pasión paralela.
Anclado en mi especialidad –proctología– me vi obligado a entrar en contacto con todo tipo de situaciones desafiantes en la relación médico-paciente. En los comienzos, la primera impresión fuerte la tuve cuando vi a una mujer joven, con los pechos desnudos, expuesta para que cuatro estudiantes avanzados la revisáramos. Aun hoy me cuesta olvidar la mirada perdida y asustada de esa muchacha. Intenté establecer con ella un mínimo diálogo que la tranquilizara. Mis compañeros reían y comentaban cosas con indiferencia a espaldas del profesor. Al salir le pregunté a nuestro jefe si no le parecía violento lo que habíamos hecho. “Puede ser”, admitió.
–Igual tendrás que acostumbrarte a ser un profesional –dijo después–. Eliminá el afecto, pensá que sos vos el que la va a curar y que ella debe ser paciente, una palabra que, por si no te diste cuenta, viene de paciencia.
Esa fue una lección que nunca incorporé definitivamente. Sé que el cuerpo está antes del lenguaje y que a menudo se necesita de las drogas y de la cirugía para curar o hacer una enfermedad más llevadera, pero sé también que el afecto traducido en palabras puede lograr que esa cirugía se haga mejor y con mayor tranquilidad para todos. Cada vez que veo a un enfermo me imagino que soy yo. Voy a decirlo más claramente. Estoy en conflicto con la visión súper-especializada de la medicina que gobierna en la actualidad. La especialización extrema ha fragmentado al cuerpo. Nos transforma en técnicos cada vez más precisos y eficientes pero simultáneamente menos aptos para entender el trasfondo de un proceso que deriva luego en enfermedades orgánicas.
El cuerpo habla de manera irreversible, a veces incluso enloquece para denunciar a su modo un trauma o un conflicto emocional. Es cierto aquello de que no hay enfermedades sino enfermos. Y a veces, si su enfermedad da la oportunidad, una persona empieza a curarse cuando entiende lo que le pasa. Esa comprensión es imposible si no se establece un diálogo afectivo médico-paciente donde las palabras son protagonistas elegidas. El lenguaje ayuda a entender, a explicar, a leer eso que el cuerpo se resiste a revelar. El lenguaje habla de nosotros mismos. Por eso es tan necesario leer y por eso, entre otras cosas, se escribe. Ya nos enseñó Kafka que la escritura es más pobre pero más clara que la vida. Escribimos con lo que le falta a la vida.
En el camino del buscado entendimiento recuerdo el caso de Carla y Sebastián, una pareja perfecta que se adoraba pero estaba atravesada por conflictos y atracciones que ignoraban. La “literatura” que generaban entre ellos era pasional y dramática. Sebastián padecía una hemorragia severa y me lo habían derivado para que lo operara –una cirugía que iba a afectar zonas importantes–. Carla era una mujer atractiva, segura, contundente y bella. A Sebastián, incluso atravesado por la decadencia física, se lo veía, alto, sensible, buen mozo. En la primera consulta Carla no dejaba de hablar. Lo hacía además con una simpatía contagiosa. Cuando le llegó el turno a Sebastián le pregunté lo primero que solemos preguntar los médicos en esos casos.
–¿Cómo empezó todo?
–Lo recuerdo perfectamente –dijo para mi asombro-. Hace tiempo que Carla quería un auto lujoso y muy costoso para la época. No podía dárselo. Por temor a que se enojara, o incluso a perderla, hice movimientos casi delictivos para conseguirlo. Ella miró para otro lado cuando se los detallé como si aprobara lo actuado. Compré el auto y unos meses después vino a casa un inspector que sospechó de mí. Cuando volvió Carla y le conté lo ocurrido enfureció y me acusó de las peores cosas que uno podría imaginar. La hemorragia nació esa misma noche.
Pasamos unas cuantas horas charlando los tres.
¿Conclusión? Nunca lo operé. Y al mes siguiente Sebastián fue dado de alta sin consecuencias. Una vez que el hombre pudo hablar del origen vivencial de su dolor los síntomas se borraron como por arte de magia. Preventivamente lo traté durante un año. Después no lo vi más. Solo recibí tarjetas navideñas a lo largo de diez años donde los dos hablaban de felicidad, logros, amor y entusiasmo.
El cuerpo del otro es siempre un campo de batalla: la vida, la muerte, el dolor, la esperanza y la alegría se conjugan en esa enigmática aglomeración de palabras y órganos. Con el tiempo fui entendiendo ciertos mecanismos sutiles y matices en la expresión humana. Aprendí a adelantarme a los miedos, a decodificar los sueños, las posturas, el lenguaje.
Un día supe que cada paciente que cruza la puerta del consultorio tramita con nosotros todas esas cosas. No siempre las puede traducir en palabras. Nuestro trabajo consiste en entender de qué se trata lo que quiere decirnos el cuerpo –la enfermedad– no la palabra que viene programada por otros, no el silencio que teme o el argumento que el paciente se inventó para justificar los síntomas. Somos pescadores de idiomas perdidos. Debemos hablar, escuchar y hacer lo que se necesita en cada caso para alcanzar la curación del cuerpo y –de ser posible– el alma.
¿Habrá sido por eso que me “infectó” el virus de la literatura? Puede ser. Aunque leer me gustó desde chico. En esa época no había televisión, tampoco celulares o computadoras, y leía de todo. Cuando a los doce años cayó en mis manos un libro llamado Las mil y una noches –donde Sherezade, la narradora y protagonista, salva su vida gracias a la capacidad de contar historias– descubrí algo fundamental que luego confluyó con mi profesión.
Entendí que la palabra era una especie de salvavidas gigante. Otros libros fundamentales como La montaña mágica –de Thomas Mann– o La bestia en la jungla, de Henry James, me llevaron a sumergirme en temas esenciales para cualquier ser humano pero mucho más para un médico: tomar distancia de la indiferencia y el egocentrismo, ser capaz de amar al prójimo más que a uno mismo.
De alguna manera es la lección que nos deja en la mitología griega el centauro Quirón, quien al recibir una herida fatal y no poder curarse a sí mismo se dedica a curar a los demás. Eso es medicina, es vida y es también literatura. Uno escribe para decir algo que sería indecible de otro modo. Y todo al final se mezcla en dosis repartidas. La exacerbación del deseo se alía a la muerte y la enfermedad porque se les parece. “Los síntomas del amor son también los del cólera”, dice García Márquez en una célebre novela.
Los extremos se tocan … En una oportunidad, trabajando en el Centro Gallego, mi padre atendió a Mari Bizoso, nuestra secretaria en el servicio, afectada por una anemia durante largo tiempo. Hablando con ella y revisándola a fondo concluimos que la mujer padecía un cáncer. Resignada y organizada a la vez, ella nos dijo que por lo menos debía llegar viva a marzo de ese año para resolver problemas económicos de la familia que no podían esperar. Al final de noviembre la mujer se descompensó y hubo que operarla de inmediato. Minutos antes de la intervención mi padre, que sabía todo sobre ella, tuvo un gesto generoso y terapéutico en sentido amplio. Dejó un cheque en blanco sobre la almohada de Mari. Al internarse fue lo primero que ella vio. Emocionada me apretó la mano en el quirófano. La operación fue un combate casi interminable. Mi padre sostuvo una lucha sin cuartel contra una verdadera legión de tumores. Los ayudantes nos mirábamos atónitos. Cuando recomendábamos resignación y cierre él contestaba:
–Debe llegar con vida a marzo … Al menos eso …
Nosotros temíamos por las complicaciones y nos mirábamos sin hablar. Detenerlo a esa altura era inútil. Cuando al día siguiente vi a Mari radiante me pareció un hecho sorprendente. A la semana estaba dada de alta. No sólo llegó a marzo. Vivió diez años más, siempre alegre, agradecida e ignorante del tamaño extraordinario que había adquirido su mal.
Desde entonces hice para mí una especie de juramento íntimo que sigue teniendo validez hasta hoy: jamás debo dejar a alguien sin compañía cuando lo veo sufrir. Puse en práctica el juramento muchas veces, estando de guardia, atendiendo pacientes en el consultorio o afrontando operaciones en el quirófano. Un médico no sólo cura. También acompaña con el saber y la palabra. La condición humana es una pregunta sin respuesta. “Con el número dos nace la pena”, dicen que dijo Marechal. De una manera o de otra el dolor es manejable. La vida es posible si uno no se deja tentar por el egoísmo o por el “todo da igual”.
En ese arrecife está mi lugar de trabajo ya sea como médico o autor de ficciones. Lo demás es distracción, pérdida de tiempo o esnobismo. Lo demás son excusas de la nada frente al absoluto. Yo me hice en cocinas, dormitorios, cárceles, asilos, quirófanos, hospitales, morgues, casos de sobredosis, llantos, gritos de dolor y también de alegría. He visto epidemias y las combatí con las armas a mi alcance. También conozco el sol, el mar, el baile, la risa, la fiesta, el esplendor, el cielo, lo divino, el lujo y el exceso. Sé que cuando arde la piel la condición humana es lo más cercano al absoluto que tenemos.

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Juan Zorraquín. Creció entre libros y la literatura fue uno de sus refugios. La medicina llegó como propuesta familiar y la cirugía, la única forma posible de ejercerla, según su padre. Trabajó para la Unión Obrera Metalúrgica, en el Centro Gallego y, siempre, en el Hospital Posadas. Cree que el acto quirúrgico es un momento de la cura que empieza con el tacto, el gesto y la palabra. Por eso, quizás, de lector pasó a ser escritor. Ha publicado el libro de relatos “Tormenta”, también las novelas “El fin de la corriente” y “Medicina”. Dirige la editorial “Mardulce”. Lo hace porque cree que la literatura es terapéutica. Considera además que la vida es corta y parece de sabios aprovecharla.

 

Titulo: Palabras que enferman o curan largos dolores
Autor: Fermín A. Rodríguez
Fecha: 03 de Febrero de 2016
Fuente: Revista Ñ


Mucho antes de estar dominada por los exámenes de laboratorios y las tecnologías de los diagnósticos, de volverse número y probabilidad estadística, cálculo de ganancia y tráfico de salud, la medicina supo ser un asunto de tacto y tanteo discursivo, un arte local de nombrar el dolor, de darle consistencia discursiva al sufrimiento de un sujeto que coincide con su cuerpo. Había entonces una retórica y una poética de la enfermedad que le daba forma, contorno y espesor verbal a eso que es intensidad y vago malestar, grados de vitalidad y de extrañeza, umbrales de dolor, rumores confusos y estridencias de órganos.

Indagación de los anudamientos entre cuerpo, lenguaje y poder, Medicina , de Juan Zorraquín, pertenece a una larga tradición de textos escritos por escritores-médicos a partir de los desvíos de la salud, textos mórbidos, enfermizos, contagiosos, inmunes, dictados por la enfermedad, apasionados por ella, que se dedican a “revitalizar la tarea de narrar, de contar, de decir o comunicar” un mal a través de un género novelado, narrativo, con la forma de la experiencia y la biografía: el caso clínico. Pero se trata de un caso clínico dialogizado, hecho de voces en conflicto y marcos yuxtapuestos, porosos como membranas, donde el personaje del médico está adentro-afuera del cuadro –un cuadro que tiene mucho de coreografía y combate cuerpo a cuerpo, de danza y lucha a muerte con la enfermedad y sus metáforas, de viaje por los abismos del cuerpo y las tramas de relaciones que lo sostienen en ese equilibrio inestable llamado salud. En principio, se trata de un caso de rectolitis crónica, la enfermedad psicosomática por excelencia, haciendo estragos en el cuerpo de una mujer que el doctor Aquiles Parral va a reconstruir artesanalmente según un arte integral de la cura. Pero es un discípulo de Parral, el doctor Héctor Pudorsky, el que reconstruye un caso que le sirve para divulgar su investigación sobre los anticuerpos y su uso en enfermedades degenerativas.

Maestro y discípulo representan dos concepciones del cuerpo y la enfermedad que combaten entre sí, como sugiere la connotación épica de los nombres: Aquiles es el sabio totalizador, el genio carismático que busca la verdad palpando, sintiendo y escuchando la palabra muda, vaga e indeterminada de un cuerpo enfermo, inseparable de su milieu sentimental, ideológico, político y familiar. Héctor es la medicina del siglo XXI, cirujano, biólogo y experto en bioestadísticas, que por debajo de la forma cuerpo y sus gramáticas busca la cura al nivel molecular de una vida desubjetivada e impersonal. Su campo es menos el de la anatomía de los cuerpos que el de la microfísica de la materia, un mundo microscópico hecho de palabras y células donde las palabras son virus y anticuerpos que en dosis exactas son capaces de curar y de enfermar, de inmunizar e intoxicar. “Investigo como enferman las palabras al cuerpo”, declara Héctor, tratando de demostrar que el poder de hacer vivir de la medicina que palpa, ausculta, hurga y se mete en las cavidades y orificios del cuerpo es inseparable del poder de hacer hablar al cuerpo del paciente a través de las palabras que lo acribillan o lo alivian de su peso y espesor. Sin necesidad de bisturí, Parral curó como un chamán, a pura intuición, escuchando amorosamente y haciendo que su paciente escuche la retórica de un cuerpo que hace metáforas con una enfermedad que es a la vez orgánica, psíquica y política: después de todo, tratándose de colitis, se trata de expulsar algo que está adentro, un poder que el sujeto “sujeto” internaliza, se llame padre, madre, jefe, sociedad.

En este sentido, los médicos y pacientes de Medicina son seres novelescos con experiencia y biografía, habitados por los espacios internos profundos del sujeto psicológico de la novela moderna. La cura se vuelve un duelo, una lucha entre personalidades sobre el campo de batalla de un cuerpo sobre el que las fuerzas ocultas del paciente son susceptibles de interpretación, lo cual aparta a Medicina de las experimentaciones con la desubjetivación y los automatismos de conducta propio de una escuela literaria contemporánea que, sintomáticamente, hace del cuerpo una materia muda, ciega y desconocida con la que el sujeto no establece ninguna relación. Al darle la palabra al cuerpo, Parral cura poéticamente lo que su discípulo trata de elaborar frente a los representantes de una medicina inseparable de las corporaciones y los negocios, poco receptiva a una poética de la enfermedad. Las palabras son para el joven médico anticuerpos, entidades incorporales con efectos de sentido devastadores o benéficos. Parral, el cuerpo de Parral, a espaldas suyas, será la mejor prueba: expuesto a la enfermedad y a las fuerzas desencadenadas del deseo y el poder, termina contagiado o, para ser más exactos, “vampirizado, captado, enfermado, invadido, cooptado, arrastrado, arrojado en alguno de los abismos” en lo que se internó junto a una paciente que le devolvió su propia medicina, una medicina que es “tocar, contagiar, vivir o morir”, donde el deseo del médico es parte de la cura.

Fermín Rodríguez es crítico, investigador y docente universitario. Es el autor de Un desierto para la nación .

 

Titulo: Narrar el padecer
Autor: Pablo Debussy
Fecha: 01 de Febrero de 2016
Fuente: Revista Invisibles


Centrándose en las relaciones de poder -y de saber- que cobija el sistema hospitalario, Medicina de Juan Zorraquín retrata las derivas de dos cirujanos por los sinuosos pasillos de la salud pública, sus intenciones ocultas, sus deseos velados al calor de una práctica que los une y los enfrenta.


Medicina, de Juan Zorraquín (Buenos Aires, 1949), es una novela temáticamente extraña, poco frecuente en el ámbito de las letras argentinas, como también es poco frecuente el caso de su autor, médico y a la vez escritor. Zorraquín se desempeñó como médico de planta en el servicio de cirugía del Hospital Posadas durante cuarenta años y fue jefe de la sección Proctología en el mismo hospital. Aquí, la literatura y la vida se entrecruzan; la experiencia, los hechos vividos, dan lugar a la escritura literaria, a la palabra ficcional, que aparece en segundo término para otorgarle a los acontecimientos algún tipo de resonancia poética, y por ende, para modificarlos, para transformar su sentido.

El título del libro prefigura sin ambages un mundo de hombres y mujeres (aunque mayormente son hombres) de delantal blanco, en tanto que el correr de sus páginas despliega un vocabulario cargado de tecnicismos (anticuerpos monoclonales, rectitis, encharcamiento linfocitario y una extensa lista de etcéteras), escenas en congresos académicos, consultorios, operaciones, lobbys de laboratorios y demás.

Medicina se centra, sobre todo, en la vida de dos cirujanos. Uno de ellos es Héctor Pudorski, quien además es biólogo, “experto en bioestadística e investigador. Jamás un retórico o un poeta”. La descripción es contundente: Pudorski es un hombre práctico, aunque detrás de su pragmatismo se escondan temores, frustraciones y represiones (homo)sexuales. El otro personaje es Aquiles Parral, el maestro de Héctor, un ser tan talentoso como despótico y autoritario que provoca envidia, admiración y odio en dosis iguales (“sentía un amor odioso por él”, confiesa una de sus pacientes). Hay entre ambos protagonistas una tensión latente (sus nombres propios son una evidente referencia a La Ilíada) que abarca lo profesional, lo personal y, de un modo apenas velado, lo sexual. Afirma el narrador que para Pudorski, “todo el tiempo la voz de Parral, honda, cóncava, grave, espesa como un vino añejo resonaba en todas partes de su cuerpo”. Artemisa, su esposa, bien lo sabe y se lo reprocha: “Es el amor que le tenés […], lo pone en un pedestal. Una relación amo-esclavo no te favorece”. Tanto el maestro como el aprendiz son dos personajes torturados, en constante sufrimiento con el medio en el que se mueven y con ellos mismos. Detrás de la imagen de autoridad y del aura salvadora de estos médicos se esconden patologías, inseguridades, tribulaciones, y da la sensación de que ellos, al igual que sus pacientes, también necesitan ser escuchados y queridos.

La novela de Zorraquín está narrada con corrección y, por momentos, no desestima el ingenio, aunque debe decirse que, de a ratos, las caracterizaciones de Pudorski y de Parral aparecen algo sobreexplicadas, debido a la innecesaria apelación al recurso de los traumas de infancia (el aprendiz sufre por el recuerdo de un hermano que se suicidó) o de las cartas reveladoras de sentimientos ocultos. Lo que comienza con personajes oscuros y turbios, de intenciones opacas e inquietantes, termina, tal vez, por exhibir demasiado, por echar excesiva luz sobre aquellas psicologías torturadas, convirtiéndolas de este modo, hacia el final, en mecanismos desprovistos del encanto inicial.

Asimismo, es llamativo hallar en Medicina una veta política abordada superficialmente, que jamás se profundiza. El texto se limita a colocar de vez en cuando frases sentenciosas, rimbombantes, que quedan fuera de contexto y que parecen pequeños fuegos de artificio brillando en el vacío. Se habla, por ejemplo, de “la ley argentina del derrumbe”, o de que “este país hay que sobrellevarlo”, pero lo cierto es que, a excepción de algún piquete que obstruye el tránsito y demora la llegada de Héctor a su hogar, la política está ausente. El lector no puede sino interrogarse por esas menciones extrañas y ajenas. Tomemos, para evitar arbitrariedades, una de estas escasas menciones: la escena de la conferencia de Pudorski en la que analiza la patología intestinal de Néstor Kirchner. Contextualicemos: el médico se dispone a hablar de dos casos clínicos que funcionan como una ejemplificación de lo que previamente ha expuesto. Uno de estos casos es el de Kirchner y el otro es el de una señora de apellido Soria (aclaremos que nada tiene que ver con la ex mujer del fallecido gobernador de Río Negro), éste último de gran relevancia en las páginas siguientes de la novela por motivos que aquí no conviene mencionar. Pero ¿por qué Kirchner y no un anónimo paciente, en una novela que, como hemos dicho, ignora la causalidad política? A las pocas líneas nos topamos con la frase “su patología intestinal revela aspectos profundos de la personalidad NK, este agregaba como complicación a la extrema sensibilidad que implica ser un colítico, rasgos obsesivos, rígidos y silenciados que se resolvían mediante adicciones, el juego, el cigarrillo, el poder”. Vale pensar que lo que se buscaba aquí era, redondamente, soltar la hipótesis del ex mandatario como un adicto al poder. Vaya y pase en periodismos sensacionalistas, pero en la novela se parece demasiado a un capricho.

El de Zorraquín es un experimento literario valorable y audaz porque elige tomar ciertos riesgos y porque no se queda en la narración insulsa propia de la literatura que cree en la transparencia de la palabra. Es una lástima que en esos riesgos a veces pierda el eje.

 

Titulo: Medicina y Literatura
Autor: Helena Perez Bellas
Fecha: 17 de Noviembre de 2015
Fuente: Blog Es mi fiesta


Preguntarle todo a un escritor (o incluso a un editor o critico literario) sule ser una tarea complicada. Más de una vez quién pregunta se encuentra con cómodos silencios o con una astucia, no muy elegante, para declinar las preguntas. Es entonces muy agradable encontrarse con una persona que no tiene reparos en contestar cada pregunta. Lo que debería ser regla, o al menos lo que debería ser más habitual, se vuelve sorprendente. Es por eso que las sorpresa impacta aún más. Cuando se pregunta hay que lidiar también con las respuestas. La curiosidad le hizo mala fama a los felinos, pero le termina dando buenos frutos a aquellos que se arriesgan. Es el caso de esta entrevista que nos brindo Juan Zorraquín que contesto cada una de nuestras preguntas sin poner reparos frente a ninguna de ellas.

Juan es aparte de escritor el Dr Zorraquín y en su reciente novela #Medicina (mardulce 2015) explora las tensiones de la práctica médica por medio de la vía literaria. Hablamos d eso, del estado actual sa la salud pública, del ex presidente Carlos Kirchner y de como escribir es un proceso sanador, curativo y necesario para todos nosotros.

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Ejerciste la medicina durante mucho tiempo en el Hospital Posadas ¿Qué aprendiste ahí?

Todavía estoy yendo al Hospital, creo que es el último año. Hace 41 años que voy. Hice mi residencia allí, jefaturas, guardias etc.

No toda la medicina la aprendí allí, dado que cuando entré había hecho mis prácticas en el Hospital Metalúrgico y también hacía cirugía con Jorge Araóz y con mi padre. Pero eran corrientes distintas , la medicina semiprivada y la privada. En la privada se conectaba uno con la gran tradición médica sujeto-sujeto, quizás un tanto padre-hijo, tradición paternalista y comprometida. En la semiprivada que continué en el Centro Gallego se iniciaba o esbozaba la medicina actual, más “objetiva”, sujeto-objeto de curación.

En el Hospital es donde aprendí realmente a operar, enfrentar catástrofes y toda la tradición violenta que existe entre nosotros. Trabajar en equipo, investigar, hacer trabajos científicos, debatir en ateneos y la épica que la cirugía representa. En el hospital esto se daba en dosis muy grandes, el Posadas es y era un hospital hecho por gente muy joven, muy nuevo cuando yo llegué, un lujo. Hoy lucha y resiste pero sin el esplendor y la ambición del inicio.

Aprendí el dolor, la pobreza, la humildad, resignación que tiene la gente y la absoluta inclemencia despiadada del populismo indiferente al dolor ajeno.
También vi la muerte en mil formas y supe que el tema de la medicina es la muerte en última instancia, se hace más evidente en un hospital como en el nuestro que en otros ámbitos.

Henry James dice en un pasaje de la copa dorada “Era altamente inmoral, representaba la más alta forma de la inmoralidad. Era indiferente”

Nada más desconectado del acto médico que un trabajador de la salud agremiado. Su identidad es gremial, jamás médica, lastimoso.

Si tuvieras que hacer una línea de tiempo y marcar la mejor y la peor época de la práctica médica en Argentina ¿Cuáles serían esos momentos y por qué?

No veo una línea, veo un proceso. La mejor creo que no la conocí, si no en sus estertores finales.Una medicina mística, tanto en lo científico como en lo humano, vocacional, tenía su santoral, comprobable, esa tradición tiene a Favaloro como último ejemplo. Habían decenas, sino centenares de Favaloros. Mi abuelo Guillermo Zorraquín, fundador aquí de la Proctología era uno de ellos. Pasionales, estudiosos, desinteresados.

La peor época es discutible. La medicina hoy en día es mucho más curativa, eficiente y tecnológica que antes. Como aparato de curar social es mucho más avanzada y eficiente.

Lo que está desmejorado es el médico como medicamento. El médico en la antigua tradición curaba ante todo por presencia. Eso está degradado en la medicina actual y esto trae muchos problemas si consideramos la salud como un todo. La eficiencia es útil en las enfermedades orgánicas, las que tienen diagnóstico, pero el sufrimiento humano y las enfermedades que el médico debe curar son 90% funcionales, padecimientos psíquicos, existenciales o de otro orden que el cuerpo traduce, para ellas hay dificultad, se acabaron los médicos con paciencia que curaban con la mano, la palabra o la pasión.

Esa bisagra o línea que me preguntás fue la forma salvaje en que se destruyó en los 90 el prestigio médico y se les pagó miserias con la creación de las prepagas.El médico de barrio o de familia empezó a padecer Hoy faltan médicos en especialidades críticas.

La medicina ahora se hace en muy poco tiempo y las consultas parecen express. ¿Qué nos pasa a los pacientes cuando el médico no nos escucha?

Advierten que están en posición de mero objeto, ni siquiera ellos sino el órgano que va a la consulta. El médico también es un objeto, hoy la relación es objeto-objeto y eso hace sufrir a ambas partes. Verse objetivado y fragmentado hace sufrir. De hecho el recorrido por varios especialistas(la respuesta normal hoy en día a la búsqueda de la salud) es un grito silencioso por la ausencia del médico de siempre.

Poder volcar en la palabra escrita lo que a uno le pasa, sea uno escritor o no, ¿termina teniendo un efecto sanador?

Totalmente. Yo les pido a muchos pacientes que lo hagan y al concentrarse en sus bitácoras y escritos hallan soluciones inimaginables para un acceso convencional o un abordaje lineal al problema de la enfermedad como desequilibrio de alguna función.

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¿Cómo un médico se acerca a la literatura desde tantos lugares? Vos sos inversor en la editorial mardulce y también escritor ¿En qué momento te determinaste?

Leer siempre fue una pasión desde que tengo seis años. En mi casa había grandes bibliotecas y para mi siempre fue un refugio maravilloso. Era un chico imaginativo y algo melancólico, bastante irritable. La lectura me daba calma. La medicina
fue elegida como tradición familiar, soy la tercera generación de médicos familiares y siempre leí compulsivamente. De leer pasé a escribir. En 2008 publiqué una novela El fin de la corriente.

Me interesó ayudar a resolver la dificultad de publicar, dar vida a nuevas voces literarias y decidí fundar una editorial. Mardulce es ese resultado. La comencé con Gabriela Massuh, ella se retiró este año. Ahora seguimos con Damián Tawarovsky y María Zorraquín. Tengo el placer y la dicha de poder haber desarrollado esos dos grandes intereses la medicina y la escritura. Vi siempre a cada paciente como un texto vivo. Herencia católica. El verbo se encarna. No fue fácil, tuve que enfrentar ciertos rubores, la escritura es poco “seria” para un médico y el médico es poco “serio” para un escritor. Nunca navegué en aguas convencionales creo que por eso lo logré.

Tu novela reciente “Medicina” tiene desde la primera página una fuerte impronta política y agudiza esa línea cuando utiliza el nombre del ex presidente Néstor Kirchner, son momentos en los cuales la gente casi no habla o en todo caso se cuida mucho de lo que dice ¿Cómo te animaste a eso?

La muerte de Kirchner así iba a llamarse esta novela, pero eso la hacía girar hacia la crónica o el periodismo de investigación. Preferí a atenerme a lo que conozco muy bien. La pasión autodestructiva. A Néstor se la ví con fuerza el primer día que lo ví en televisión al golpearse mal con una cámara que lo filmaba. Está en problemas pensé primero, estamos en problemas pensé después. El suicidio y la locura son campos de investigación interesantísimos desde la perspectiva ontológica ¿qué cosa es un hombre? Algo que puede enloquecer o suicidarse, muy raro para la naturaleza. En esta pareja se dan los dos condimentos, pero es más clara la voluntad de morir en NK

Hay mucho de sentimiento en la novela, más no sentimentalismo, eso de exponer así que siente y cómo se siente un médico ¿era algo que tenías pensando o se dio a medida que avanzaba la novela?

Se fue dando, no lo pensé al inicio, pero se hizo inevitable después. Eso es raro advertir para mí : como finalmente todo se hace un círculo. Aprendí mucho de lo que hice sin darme cuenta en esta escritura. Eso me dio gran placer, al mismo tiempo pienso que quizás la haga críptica o pesada para muchos lectores, pero me encantó haberlo hecho. Darle forma literaria a un tipo de afectos que agoniza y quizás desaparezca sustituído por la maquinaria industrial de producción de salud. Pero la pasión existió durante milenios y es muy parecida a como está escrita. Los tipos humanos y sus sensibilidades desaparecen y son sustituídos por otros.
Los médicos de Chejov o Celine son escépticos, hay muchos de esa clase, yo le canto a la otra que también existe aunque en extinción.

Hay grandes descripciones sobre cómo funciona el cuerpo ante la medicina y la enfermedad. Hace poco vos contaste en tu muro de FB que padeciste de Neuritis Vestibular. ¿Cómo te sentís en un año en donde pasaste a ser paciente y al mismo tiempo editaste una novela sobre el ejercicio de la medicina?

Rarísimo. Cuatro días antes había atendido a Constantino Bértolo,( el gran editor español de quien publicamos La cena de los notables, un ensayo literario muy interesante.) de algo parecido, lo cual dio origen a una gran conversación y no hubo más necesidad de organicidad. El venía a casa ese día , yo volvía de Madrid de arrancar con Mardulce España con gran éxito. Quizás fue demasiado. Casi nunca me enfermo y arranqué con eso y siguió mi cuerpo en abierta rebeldía. Sigo investigando que me pasó, pero me cayó la ficha de la importancia que le das al que te atiende cuando te sentís realmente mal, en este caso fue mi hermano también médico. Muy parecido todo a un señalamiento del destino. Una respuesta.

Una curiosidad personal…¿La medicina es un acto de amor?

Principalmente, también es una gran curiosidad sobre saber lo que hay detrás del espejo.

En su último análisis una necesidad de hacer algo frente a la muerte.

¿Qué estás escribiendo ahora?

Cuentos, mientras espero. Fue un año intensísimo en todos los órdenes de mi vida. Para escribir necesito cierta calma interior, pero como me es imposible prescindir escribo cuentos. Pequeños ensayos. Medicina fue catártica en cierto sentido.