prensa Juan Zorraquín
 

Titulo: Cuando un médico escribe
Autor: Pablo E. Chacón
Fecha: 20 de Agosto de 2013
Fuente: Télam


El libro, publicado por la casa Mar Dulce, se inscribe en la noble tradición que supieron honrar Anton Chejov y Gottfried Benn, con cortes de un romanticismo tardío, de altísima sensibilidad a los gradientes de dolor.

Este es el diálogo que Télam sostuvo con el autor.

T : En los cuentos, las condiciones climáticas siempre parecen provocar un efecto sobre los cuerpos y los actos de los personajes. ¿Por qué esa idea?
Z : Podría responder que son simples metáforas; quizá así empezó esta serie de cuentos. La misión fue purgarme de una novela anterior, El fin de la corriente, donde intento entender ciertas situaciones políticas, existenciales y psicológicas sobre el poder femenino y el masculino, la lucha de los sexos, la pugna entre sensibilidades o formas de entender el mundo. Escrita a la manera de las novelas del siglo XIX, me tomó mucho tiempo.

T : ¿Cómo empezó todo?
Z : En mi casa natal, la escritura estaba prohibida o condenada como algo poco útil. En mi conciencia competía con la cirugía y la medicina en la distribución del tiempo. La escritura prohibida; la lectura, muy estimulada, una paradoja entre actividad y pasividad. Esa novela fue para mí el lugar del goce, no estaba pensada para publicarse. La literatura es otra forma de vivir y gozar en las palabras. Es un placer solitario, un refugio. Finalmente, la publiqué a mi costo. Es una novela sobre la conciencia de los personajes, sus laberintos, interrelaciones, impotencias, debilidades.

T : ¿Y estos cuentos?
Z : Estos cuentos tuvieron otra concepción. No quería pensar sino ver. Me situé fuera de la conciencia de los personajes, de los cuales sé poquísimo. Lo que fue metáfora al principio fue testimonio después. Sé, porque he visto, que la gente cuando se enferma y es internada, muere más de noche que de día. Acá me permito transmitir la conexión que existe entre la naturaleza y los hombres. Hablo de personas sensibles a las alteraciones climáticas.

T : Pareciera que en muchos de los protagonistas masculinos existiera una doble condición respecto de las mujeres: misoginia y compasión.
Z : Como todo lo humano es inestable y se modifica, las relaciones sexuales a veces traen problemas de indeterminación. Eso también es la libertad. Creo que cuando hablo de los sexos, se trata de los dos principios femenino y masculino (en un sentido taoísta): el hombre no es sólo naturaleza. Atravesado por la palabra, se introduce la libertad y la indeterminación.

En cada ser cohabitan esos principios en diversas proporciones. Los hombres entienden el poder como una cosa, un objeto, un símbolo, y por eso tienden al fetiche. La parte por el todo. Pero cuando el todo femenino se manifiesta, muchos no saben cómo actuar y fracasan. Las mujeres entienden el poder como una función, nada de fetiches. El hijo es de ellas y es una posibilidad. Es verdad: el hombre, en presencia de lo femenino, suele responder con ira (misoginia) o compasión. Es difícil mantener el ideal amoroso.

T : Y las mujeres parecen oscilar entre la erotomanía y el sacrificio como virtud.
Z : No veo la erotomanía en ninguna parte. La erotomanía es una especie de rasgo desesperado, fijo, irreductible. Pero veamos: son seis cuentos. En el primero, “Los dos náufragos”, no hay mujeres. En “Mares”, se trata de un hombre acosado por tentaciones metafísicas, atrapado en sí mismo, y una mujer que exige plenitud, que marca incapacidad, impotencia. En “Ser macho” hay un hombre que no se conoce, que no puede dar el paso hacia el amor y una mujer que se enamora a pesar de sí misma. En “La furia” se trata de un drama entre hermanos, una historia de rivalidad, moral y venganza o justicia. En “La libertad y el deseo”, un hombre apenas puede con su hijo y la niña-mujer ordena la rivalidad. En “Otra tormenta”, la protagonista es la enfermedad y la desesperación que la acompaña. No veo erotomanía, tampoco sacrificio.

T : En el primero y en el último de los cuentos, según mi opinión, es cuando cierto fraseo, más allá de los “contenidos”, se hace explícito.
Z : Soy un nostálgico de la poesía, género al que no accedo fácilmente. Intento que lo escrito sea bello. Eso es pretencioso en una época que no busca belleza sino precisión. Busco el claroscuro, el contraste. Si digo poesía pienso en palabras, música y ritmo. Intento traducir el ritmo del tiempo y la acción que tiene consecuencias.

Uso verbos y juego con sus conjugaciones para marcar diferencias. Soy cuidadoso con los adjetivos. El dolor humano logra atravesarme, cuando lo veo es como el inicio de un viaje (dolor llamo al espanto de lo impensable que se nos impone, al que solo queda enfrentar). Entonces, inicio una travesía al interior de esa persona desequilibrada por el sufrimiento. A esa coparticipación posible llamo belleza. En mi experiencia, cada persona porta un texto en la palabra y en el cuerpo.

Mi orgullo como médico es curar, y que cada persona se entienda mejor. Para esto, la palabra justa. ¿Algo que vivo? El dolor. Trato de ser fiel a esos textos humanos, rendirles un homenaje.

T : ¿Es una impresión fugaz o tenés una mirada no muy amable de la llamada condición humana?
Z : La condición humana es un problema. “Con el número dos nace la pena”, decía Marechal. Pero la pena es manejable. La vida existe en otro lugar, donde el egoísmo se hundió y soplan vientos fuertes, suceden terremotos e incendios. En ese sitio está mi atalaya y lo demás es distracción, cuento o esnobismo; coartadas de la nada frente al absoluto. Me hice en cocinas, dormitorios, cárceles, hospicios, asilos, hospitales, quirófanos, morgues, sobredosis, llantos, gritos. He visto epidemias y las combatí. Y conozco el sol, el mar, la risa, el baile, la fiesta, el esplendor, el cielo, lo divino, el lujo y el exceso, y cuando arde la piel, la condición humana es lo más próximo a lo absoluto que tenemos.

 

Titulo: La distancia justa
Autor: Ulises Cremonte
Fecha: 31 de Julio de 2013
Fuente: Bazar Americano


“Los dos náufragos” es el primero de los seis cuentos que conforman el libro Tormentas de Juan Zorraquín. No se podría abrir de una mejor manera que con esta historia que presenta la particular debilidad que un patrón tiene con su peón. El relato coquetea con ciertos motivos temáticos borgeanos: duelos, cuchillos, caballos, gauchos, venganzas. La voz narrativa tiene también la misma cadencia de Borges, frases como “Sacar el cuchillo y decapitarla fue todo uno” son un buen testimonio de esto. Pero esa atmósfera si bien no desaparece pierde su espesura a medida que avanza el relato porque el cuerpo del protagonista no se parece en nada a los cuerpos presentados por nuestro tótem literario ciego. A ningún malevo de la esquina rosada se le ocurriría decir “Me hice pis en el pantalón” o “se concretó un dolor intenso en el bajo vientre que terminó en una diarrea poderosa (…) no me limpié casi nada”. Puesto así, en fragmento, la potencia del relato parecería estar anclada en el mero agregado escatológico, como si se le sumara una dosis de Rabelais a aquellas historias de cuchilleros. Pero “Los dos náufragos” es más que gestos explícitos. Porque el tema del cuento es no la amistad, sino algo así como el deseo o la admiración de un hombre hacia otro: “Repentinamente me miró a los ojos y me dijo que no tenga miedo que él iba a cuidar todo. Mi piel se estremeció con un escalofrío distinto, la piel se puso en carne de gallina”. Estamos ante un narrador que si bien se reprime como actante (atención spolier) ya que en el cuento nunca llega a concretarse ningún encuentro sexual y ni siquiera en momentos de agonía el patrón le comunica al peón sus sentimientos, no tiene ningún problema en sí hacerlos explícitos para los lectores in fabula. Como muy bien destaca Luis Chitarroni en el prólogo del libro, la voz es más íntima que social. Esa voz que no tiene pudor de caer, incluso, en momentos cursis: “Veía y sentía su presencia cuando lenta y segura su mano se posó sobre mi mejilla y me acarició (…) y al despertar todavía su mano estaba allí, y yo había pasado una de las noches más perfectas que recuerde”. Esos cuerpos sufren peripecias, pero siempre narradas desde la voz íntima, casi susurrada del patrón, esa voz que nos habla, que nos distrae de la anécdota, que pone el ojo en su propio mundo, pese a no dejar de contar lo que pasa. Hacia el final el relato deriva en situaciones arbitrarias o quizás simbólicas (el patrón desnudo cabalgando por los campos y los ríos con el peón colgado de su cuerpo) pero el cierre nuevamente se enfoca en él, en una incógnita que le surge cuando todo ya pasó. Su respuesta quedará vedada, pero no el alma de este cirujano devenido en hacendado, que pasea sus impulsos por la llanura.

“Mares” es el segundo cuento. Otra ambientación: Punta del Este. Otros sujetos: actor, modelo. La obsesión de él por las mujeres, la anorexia de deseo de ella. Si bien algunas referencias suenan un tanto superficiales, “se trepó al automóvil, un BMW de última generación y a toda la velocidad que marcaba la prudencia…”, el relato funciona porque justamente entra en sintonía con el mundo que describe. A diferencia de “Los dos náufragos” “Mares” está poblado de adjetivos, aparecen casi en forma compulsiva, mezclados entre cocteles, sonrisas falsas, cuerpos musculosos y productores de Hollywood. Después está el mar y ella, su final, que remite al clima desaprensivo en el que vivía Alicia, la sufrida protagonista de “El Almohadón de Plumas”, aunque esta vez sin un animal monstruoso. O quizás sí, pero con formas menos explícitas. El cuento funciona en esos momentos donde la “existencialidad” aparece en el centro de la narración, la pregunta es sobre el ser y no hay respuestas, porque ni él las encuentra en aquello que parece buscar en el mar, ni ella en las sábanas.

El tercer cuento es “Ser Macho”. Tiene las vueltas y giros de un melodrama, pero contado desde el punto de vista de vista de Miguel, aunque también en algunos momentos breves, la focalización cambia hacia Berta, el otro polo de una historia de amor que podría haber sido extraordinaria, que no llegó a ser trágica, pero sí trunca. Lo que sorprende en el relato no son los giros, ni las venganzas que van y vienen como pelotitas de Tiki Taka, sino la facilidad con que Zorraquín vuelve querible o al menos cercano a un personaje llano, dotado de una visión del mundo decididamente esquemática, un sujeto ramplón. El comienzo sorprende, molesta. La misma anécdota se retoma al final, pero el lector cuenta con mayores herramientas para entender porque él hizo lo que hizo. Entender, obviamente, no significa justificar. Aquí Zorraquín muestra un buen criterio a la hora del montaje: las escenas están donde deben y se vuelve a ellas cuando la narración –particularmente cinematográfica– las necesitaba.

El libro se completa con otros tres cuentos: “La Furia”, “El deseo y la libertad” y “Otra tormenta”. Esta parte del libro parece más bien un lado “b”, no necesariamente porque la calidad de los mismos sea inferior, aunque seguro no están en el mismo nivel que los primeros tres. En “La Furia” gana el paisaje urbano, ríspido, allí donde el amor es una “palabra que suena extraña”, hay algo de la crónica moderna o de los programas que pasan filmaciones tomadas por cámaras de seguridad. En “El deseo y la libertad” padre e hijo pelean literalmente como perros y gatos: la escena de la cocina es un paso de cartoon, aunque claro, sin comicidad. En la “Otra tormenta” hay una historia de amor solapada, una enfermedad, la lluvia, una ducha, la muerte de dos mujeres, un profesor de matemática que intenta ser guionista y una secretaria. Las escenas pasan como diapositivas, con esa rítmica progresión, con esa misma coloración chillona, casi quemada de las viejas fotos enmarcadas entre plastiquitos.

Después, o mejor, durante, cada uno de los seis relatos que conforman el libro, están las tormentas. A veces funcionando como telón de fondo, otras como elementos nucleares. Y también está el agua, el mar y toda clase de fluidos. Lo líquido como ese estado intermedio, cuyas moléculas no están tan próximas como en el estado sólido, ni tan dispersas como en el gaseoso. Justamente esa distancia intermedia es la que cada uno de los narradores de estos cuentos mantiene con sus personajes y con la historia. La distancia justa: el mérito de Juan Zorraquín es saber dónde ubicar a sus narradores. Esta posición le permite edificar un tipo de lector que conoce, en dosis precisas, la información necesaria. Distancia justa, o mejor, ajustada.

 

Titulo: La distancia justa
Autor: Ulises Cremonte
Fecha: 05 de Julio de 2013
Fuente: Bazar Americano


“Los dos náufragos” es el primero de los seis cuentos que conforman el libro Tormentas de Juan Zorraquín. No se podría abrir de una mejor manera que con esta historia que presenta la particular debilidad que un patrón tiene con su peón. El relato coquetea con ciertos motivos temáticos borgeanos: duelos, cuchillos, caballos, gauchos, venganzas. La voz narrativa tiene también la misma cadencia de Borges, frases como “Sacar el cuchillo y decapitarla fue todo uno” son un buen testimonio de esto. Pero esa atmósfera si bien no desaparece pierde su espesura a medida que avanza el relato porque el cuerpo del protagonista no se parece en nada a los cuerpos presentados por nuestro tótem literario ciego. A ningún malevo de la esquina rosada se le ocurriría decir “Me hice pis en el pantalón” o “se concretó un dolor intenso en el bajo vientre que terminó en una diarrea poderosa (…) no me limpié casi nada”. Puesto así, en fragmento, la potencia del relato parecería estar anclada en el mero agregado escatológico, como si se le sumara una dosis de Rabelais a aquellas historias de cuchilleros. Pero “Los dos náufragos” es más que gestos explícitos. Porque el tema del cuento es no la amistad, sino algo así como el deseo o la admiración de un hombre hacia otro: “Repentinamente me miró a los ojos y me dijo que no tenga miedo que él iba a cuidar todo. Mi piel se estremeció con un escalofrío distinto, la piel se puso en carne de gallina”. Estamos ante un narrador que si bien se reprime como actante (atención spolier) ya que en el cuento nunca llega a concretarse ningún encuentro sexual y ni siquiera en momentos de agonía el patrón le comunica al peón sus sentimientos, no tiene ningún problema en sí hacerlos explícitos para los lectores in fabula. Como muy bien destaca Luis Chitarroni en el prólogo del libro, la voz es más íntima que social. Esa voz que no tiene pudor de caer, incluso, en momentos cursis: “Veía y sentía su presencia cuando lenta y segura su mano se posó sobre mi mejilla y me acarició (…) y al despertar todavía su mano estaba allí, y yo había pasado una de las noches más perfectas que recuerde”. Esos cuerpos sufren peripecias, pero siempre narradas desde la voz íntima, casi susurrada del patrón, esa voz que nos habla, que nos distrae de la anécdota, que pone el ojo en su propio mundo, pese a no dejar de contar lo que pasa. Hacia el final el relato deriva en situaciones arbitrarias o quizás simbólicas (el patrón desnudo cabalgando por los campos y los ríos con el peón colgado de su cuerpo) pero el cierre nuevamente se enfoca en él, en una incógnita que le surge cuando todo ya pasó. Su respuesta quedará vedada, pero no el alma de este cirujano devenido en hacendado, que pasea sus impulsos por la llanura.
“Mares” es el segundo cuento. Otra ambientación: Punta del Este. Otros sujetos: actor, modelo. La obsesión de él por las mujeres, la anorexia de deseo de ella. Si bien algunas referencias suenan un tanto superficiales, “se trepó al automóvil, un BMW de última generación y a toda la velocidad que marcaba la prudencia…”, el relato funciona porque justamente entra en sintonía con el mundo que describe. A diferencia de “Los dos náufragos” “Mares” está poblado de adjetivos, aparecen casi en forma compulsiva, mezclados entre cocteles, sonrisas falsas, cuerpos musculosos y productores de Hollywood. Después está el mar y ella, su final, que remite al clima desaprensivo en el que vivía Alicia, la sufrida protagonista de “El Almohadón de Plumas”, aunque esta vez sin un animal monstruoso. O quizás sí, pero con formas menos explícitas. El cuento funciona en esos momentos donde la “existencialidad” aparece en el centro de la narración, la pregunta es sobre el ser y no hay respuestas, porque ni él las encuentra en aquello que parece buscar en el mar, ni ella en las sábanas.
El tercer cuento es “Ser Macho”. Tiene las vueltas y giros de un melodrama, pero contado desde el punto de vista de vista de Miguel, aunque también en algunos momentos breves, la focalización cambia hacia Berta, el otro polo de una historia de amor que podría haber sido extraordinaria, que no llegó a ser trágica, pero sí trunca. Lo que sorprende en el relato no son los giros, ni las venganzas que van y vienen como pelotitas de Tiki Taka, sino la facilidad con que Zorraquín vuelve querible o al menos cercano a un personaje llano, dotado de una visión del mundo decididamente esquemática, un sujeto ramplón. El comienzo sorprende, molesta. La misma anécdota se retoma al final, pero el lector cuenta con mayores herramientas para entender porque él hizo lo que hizo. Entender, obviamente, no significa justificar. Aquí Zorraquín muestra un buen criterio a la hora del montaje: las escenas están donde deben y se vuelve a ellas cuando la narración –particularmente cinematográfica– las necesitaba.
El libro se completa con otros tres cuentos: “La Furia”, “El deseo y la libertad” y “Otra tormenta”. Esta parte del libro parece más bien un lado “b”, no necesariamente porque la calidad de los mismos sea inferior, aunque seguro no están en el mismo nivel que los primeros tres. En “La Furia” gana el paisaje urbano, ríspido, allí donde el amor es una “palabra que suena extraña”, hay algo de la crónica moderna o de los programas que pasan filmaciones tomadas por cámaras de seguridad. En “El deseo y la libertad” padre e hijo pelean literalmente como perros y gatos: la escena de la cocina es un paso de cartoon, aunque claro, sin comicidad. En la “Otra tormenta” hay una historia de amor solapada, una enfermedad, la lluvia, una ducha, la muerte de dos mujeres, un profesor de matemática que intenta ser guionista y una secretaria. Las escenas pasan como diapositivas, con esa rítmica progresión, con esa misma coloración chillona, casi quemada de las viejas fotos enmarcadas entre plastiquitos.
Después, o mejor, durante, cada uno de los seis relatos que conforman el libro, están las tormentas. A veces funcionando como telón de fondo, otras como elementos nucleares. Y también está el agua, el mar y toda clase de fluidos. Lo líquido como ese estado intermedio, cuyas moléculas no están tan próximas como en el estado sólido, ni tan dispersas como en el gaseoso. Justamente esa distancia intermedia es la que cada uno de los narradores de estos cuentos mantiene con sus personajes y con la historia. La distancia justa: el mérito de Juan Zorraquín es saber dónde ubicar a sus narradores. Esta posición le permite edificar un tipo de lector que conoce, en dosis precisas, la información necesaria. Distancia justa, o mejor, ajustada.

 

Titulo: Sobre el amor, la locura y la belleza
Autor: Graciela Melgarejo
Fecha: 21 de Junio de 2013
Fuente: ADN, La Nación


Este nuevo libro de Juan Zorraquín, autor de la novela El fin de la corriente, se abre con un prólogo de Luis Chitarroni, en el que el reconocido crítico rastrea la ascendencia literaria de los seis cuentos que integran la obra. Con lucidez, los enmarca en esa "antigua y notable tradición literaria argentina: la de la violencia desatada de la naturaleza operando sobre los cuerpos, sobre el deseo, sobre las pasiones". Por eso hay en ellos ecos seguros de la obra de Ezequiel Martínez Estrada, Borges y, más acá, Fogwill y Osvaldo Lamborghini.

En efecto, en "Los dos náufragos", el primero de los cuentos, están presentados prácticamente todos los temas sobre los que elige escribir Zorraquín: la confraternidad, rivalidad y hasta complicidad entre los seres humanos enfrentados a los elementos de la naturaleza (una inundación, en este caso) y a la soledad. Y a pérdidas inesperadas, porque la muerte está siempre presente para todos los personajes, aunque acompañada de una desesperada búsqueda de la belleza, única salida que encuentran al agobio y al sinsentido del mundo que les ha tocado vivir. Esa búsqueda de sentido, que contrasta con la violencia de las situaciones, se ve reflejada también en la prosa del autor de Tormentas. A veces despojada, otras rabiosa, trata de dar prueba, desde lo literario y con precisión, de esos aspectos en los que podemos vernos reflejados, cruelmente pero con verdad: "Miedos, obsesiones, era ridículo ver como casi todas las cosas que suceden y se llaman accidentes son producto de nosotros mismos".

 

Titulo: El cambio climático
Autor: Andrés Tejada Gómez
Fecha: 07 de Abril de 2013
Fuente: Página 12, Radar Libros


La editorial Mardulce acaba de publicar el segundo libro de Juan Zorraquín. El título seleccionado señala un particular fenómeno atmosférico: Tormentas. La naturaleza será un eje fundamental en sus tramas, donde la tensión y la violencia sorda precipitan desenlaces empapados de desconsuelo. Sus personajes están atrapados en destinos confusos y complejos que se narran a partir de una sutileza que no resta tensión dramática. Los chubascos, los bruscos cambios climáticos, las nubes que se dibujan en el horizonte como una amenaza son el escenario donde los personajes mantienen vínculos oscuros y siniestros. De alguna manera, los determina. Acerca de la lluvia en las novelas de Saer, Carlos Gamerro escribió en “El hombre que hacía llover”, que “cada vez que llueve, siento que estoy en una novela de Saer”. Una apreciación similar se podría tener en relación al agobio y la angustia que se impregnan en la materialidad de los cuerpos en los cuentos de Zorraquín, junto a la tenaz morosidad del tiempo que se expande como una trampa imposible de sortear. En “Los dos náufragos” los personajes se embarcan en una aventura que resulta tan inverosímil como inútil. De ahí la certeza de no estar frente a un puñado de cuentos realistas donde lo previsible nos conduce a lo aburrido. La aventura del malestar es aquí puro vértigo.

Tormentas es una serie pareja de relatos, que muestran la admirable destreza narrativa que ha ido forjando su autor dentro del escurridizo formato del cuento. En una primera lectura se puede captar fehacientemente la calidad intrínseca de la narrativa breve que Zorraquín ejecuta. Su sensibilidad estética no puede estar en discusión. Quizá sea necesario recordar que una prolífica y problemática tradición antecede al autor. Sabido que el cuento, pensado en referencia al marco de la literatura argentina, ha producido nombres propios que atemorizan al más arriesgado de los autores. Quiroga, Borges, Bioy, Conti, Castillo, Piglia, entre otros. Sin embargo, hay quienes todavía se atreven a tomar el guante y realizar su tarea con elegancia y eficacia.

 

Titulo: Catástrofes inevitables del ser
Autor: Omar Genovese
Fecha: 31 de Marzo de 2013
Fuente: Perfil


“Yo habría querido petrificar mis sentidos y que la lluvia continuara eternamente”, escribió José Eduardo Wilde en su breve relato La Lluvia. Para cualquier reseñista este libro tiene un problema: el prólogo de Luis Chitarroni persuade de cualquier inscripción canónica, exalta el rumor de una paz en armas literarias. Por ello resulta sumario ver qué borde de los cuentos milimétricos constituyen el tipo de artefacto que funciona. El mecanismo en sí: un plano horizontal que remite a las cuatro ubicaciones de la brújula, otro vertical desafiando la gravedad, y el último, indicando la profundidad por apnea, el fin del buzo, su silencio nupcial con la muerte en la oscuridad, con toda la masa líquida como tumba dinámica. Cómo adhiere la lectura, ahí la destreza, con qué se alimenta y llega la urdimbre de destellos, los relámpagos de ese imprevisto natural que nos mece como pasto seco, sin importancia. Pero antes, repasemos: incurable (la fe en la letra, al extremo de ambicionar la eternidad mientras sea posible leer), dolor (ante la pérdida de un libro, la desesperación por la cita como temblor febril), desasosiego (cuando nada se puede hacer ante lo irreversible de la muerte, un texto inacabado, un escritor que pudo ser universal y se perdió en la deriva del abandono), tristeza (ante el mecanismo del cuerpo que envejece, como la enciclopedia en los estantes, las páginas amarillas desmenuzándose por la humedad de la atmósfera). En alguna medida me tomo la licencia de, con estos ejemplos, describir el estado anímico que la máquina de Zorraquín arroja para contagiar la lectura: nos cura del sopor, retoma la breve felicidad del agua primigenia, cuando las potencias de los órganos reconocen un solo baricentro, el materno, y todo está por importar, en este caso, el lector mismo. ¿Nos rescata? ¿Hay alquimia y pócima?

Williams Carlos Williams, Antón Chéjov, Louis-Ferdinand Céline, Gustav Maeterlinck, Alfred Döblin, João Guimarães Rosa, son apenas una muestra de la dualidad médico-escritor. También Wilde. Y la soledad del cuarto de hotel de José Hernández escribiendo el ideal de una cultura, la soledad de los hermanos Lamborghini (el novelista de la pampa inacabada, el poeta de la gauchesca que escapa disolviendo la espera). Pero, no hay remedio para la memoria, y la literatura es un bálsamo. ¿Que quedó atrapado en la articulación de Tormentas? Ese sinfín presumido que tiene el cuerpo a cierta edad, que no contempla riesgos, ni límites, y que en su arrollador paso cree ser el otro, tomarlo, usarlo, con aires de caníbal insatisfecho. La pulsión de lo cruel. El hombre azorado, descompuesto por ese derrumbe de causales llamado destino. Además, está el acierto de elegir una lengua, que no es tenue, sino precisa como el corte para explorar lo íntimo del paciente.

Los dos náufragos, apunta a las nubes cargadas de imprevistos, con Basilio como ideal helénico, y el narrador, perdido en el amor por lo humano, confunde el límite, inquieta al destino; Mares va hacia el fondo del ser, en el que Flavio, otro dotado por la belleza, enfrenta su efímera definición social con la muerte; en el norte de la geometría, Ser Macho, con Rulo, un vulgar egoísta, repitiendo torpes gestos sin importancia, tan extremo como fútil; al sur La Furia, allí la esquina rosada de sangre desaloja los códigos más básicos del nuevo malevaje, cargando vidas sin preguntas, puro desprecio; al este, iluminando, El deseo y la libertad, con un hijo pródigo de la violencia, un padre agotado, y la inmolación de los afectos más básicos; y por último, al oeste, en el ocaso del libro, Otra tormenta, en la que se cierra el circuito: un ser minúsculo ve agotarse su significado en la enfermedad de quien lo define y aparta de la trascendencia. Los seis cuentos conforman puntos extremos y los restos caen en la atracción de la catástrofe, remiten a una sensibilidad lanzadora de un estilo. Hay trazas de naturalismo, también de informe forense: la masa del tiempo hace atmósfera, ingresa como aire entre los órganos. La mano del médico no interviene hacia dentro, sino en el aspecto de las figuras en que representamos la vida. Elude así al realismo, tanto como el origen de sus tradiciones occidentales: nadie sana por orden superior, ni por pase mágico, nadie puede con las manos más que evocar el cuenco de la pureza, asir lo que se derrama en un instante, la palabra. Esta forma de saltar lo sagrado, desmontar lo impoluto del ideal religioso, también remite a cuál es la diferencia entre el dolor del que sufre, y el dolor de quien ve sufrir, y nada puede… Luego está el impulso de Zorraquín, que tanto en Los dos náufragos como en La Furia, construye los andamios desde donde se puede contemplar la riqueza de un novelista.