prensa Elena Garro
 

Titulo: Desde el país de la tenebra
Autor: Rafael Toriz
Fecha: 29 de Setiembre de 2013
Fuente: Diario Perfil


Para nadie es un secreto. Bemoles más bemoles menos, México sigue siendo un país en el que la justicia y la transparencia son dos ramas de la literatura fantástica, esa que de manera original y alucinante supo cultivar como nadie Elena Garro, una de las mejores escritoras latinoamericanas de todos los tiempos, y a no dudarlo, un personaje que ha sido defendido con la misma intensidad con la que ha sido defenestrado.

Y es que, a poco que se analice, las descripciones entre oníricas y fatalistas que pueblan sus libros siguen estando desoladoramente vigentes. El sentimiento permanente de persecución y paranoia, incubado en las entrañas de un estado represor y demoníaco, ha cambiado su cara, pero no sus métodos. México, como bien lo describió hace 23 años Mario Vargas Llosa en un célebre congreso –del que tuvo que salir huyendo– sigue siendo presa de la dictadura perfecta, un régimen autoritario y maquiavélico al que lo mejor que le sale, además de cooptar y mimar a sus artistas e intelectuales, es reprimir a la gente y enriquecer particulares.

El caso de Elena Garro es conflictivo y escabroso no sólo por la suculenta, aunque tristísima telenovela mexicana del siglo XX que estelarizó junto a su marido, Octavio Paz; una historia que como detalle encantador tuvo la gracia de implicar al galán porteño del siglo XX, Adolfo Bioy Casares, en una apasionada historia de cartas, viajes, ciudades rutilantes y consumados adulterios. Manuel Puig, siempre atento a la comedia, no la habría escrito mejor.

Sin embargo, ese mismo halo de culebrón que cobra su vida, además del entramado político del que no la exime ni su delicado equilibrio mental, ni la inquina de los enemigos que supo construirse así como tampoco sus decisiones conscientes –está comprobado que trabajó como espía durante parte del sexenio de López Mateos y también en el de Díaz Ordaz– son las que la ubican en lugar conflictivo, toda vez que en México nada es lo que parece y a poco que se escarbe medio mundo termina enfangado.

La leyenda negra es cierta. Fue espía pero también fue espiada. Fue infiel pero también corneada. Y por lo que puede colegirse de libros como Testimonios sobre Elena Garro de Patricia Rosas y Uncivil Wars. Elena Garro, Octavio Paz and the battle for cultural Memory de Sandra Messinger, Garro padeció en Paz al prototipo del macho mexicano: para joder a una dama da casi lo mismo ser astronauta que carnicero. Paz, quien pensaba que la mujer debía ser “el reposo del guerrero”, la llevó a casarse a escondidas y la hostigaba de manera permanente. Empero, no deben comprarse pleitos ajenos. Leyendo las cartas de juventud que le envía el poeta a la muchacha, y que son testimonios de una sensibilidad desaforada, es posible tocar el corazón de un hombre de 21 años. El poeta no fue bien correspondido y la mujer resultó una majadera.

La novela Y Matarazo no llamó da cuenta de uno de los instantes más soterrados de México y también uno de los más turbios: la guerra sucia, un episodio que comprendió desde finales de la década de los sesenta y hasta finales de la década de los setenta, y que a diferencia de lo que sucedió en otros países sudamericanos, se trató de una guerra selectiva bajo la cobertura de una prensa sometida. Hasta hoy, los pormenores de esa infamia orquestada desde el estado siguen siendo desconocidos por el grueso de la población, sin que nadie haya sido condenado nunca por esos crímenes de guerra. Ni se sepa con precisión el nombre y el número de muertos.

En la novela de Garro se dan cita lo histórico y lo personal, de ahí que se trate de una novela política que devela no sólo el entorno opresivo de un hombre atribulado, luego de una tortura psicológica por parte de la policía secreta. Para tristeza de todos los mexicanos esta representación sigue siendo un hecho constante en buena parte del país. Hace más de 80 años Graham Green, en un libro que es un canto a la infamia, consideró que el país era un territorio sin ley. Y tuvo razón.

El ritmo de la prosa de Garro es naturalísimo, exacto como quien platica una historia sucedido en otro tiempo. El entorno paranoico es desquiciante. Alguien se siente perseguido y observado, próximo a sucumbir, y aunque uno no quiera desterrar la esperanza sabe que en un país gobernado por priístas el final es siempre el mismo: o te chingas o te jodes.

El argumento de la novela es una vigencia pavorosa: un gremio se manifiesta y el gobierno lo reprime, como ha sucedido siempre en la historia de México, llámense obreros, estudiantes o maestros.

Ahora, que México hace agua por todos lados, luego de un sexenio de terror, la única certeza posible es que nadie ha llamado todavía. Ni llamará jamás.

 

Titulo: Crítica: Y Matarazo no llamó
Autor: Matías Luque
Fecha: 25 de Setiembre de 2013
Fuente: Malviticias - Revista digital


La novela más política de Elena Garro Y Matarazo no llamó… publicada por Mardulce Editora, es una crítica aguda al régimen mexicano autoritario de los años 50 y 60. Una historia donde la desconfianza y la violencia se adueñan del relato.

Escrita en Paris en 1960 como figura en la última hoja del libro, la mexicana Elena Garro más conocida por su comportamiento que por su obra, retrata la vida de Eugenio Yáñez, un burócrata solitario que vive en la ciudad sin sobresalto, hasta que se corre de su condición de espectador, rompe con esa monotonía y se involucra en una huelga de trabajadores. En un principio proveyéndoles cigarrillos, para luego terminar hospedándolos en su casa e involucrándose dentro de un grupo heterogéneo con intenciones inciertas. Lo que primero pareció un intento de vida nueva, un escape de su rutina gris, resultó ser el comienzo de una serie de sucesos que terminarán de la manera menos pensada. En medio de ese desorden aparece Matarazo, un hombre distante que llama la atención de Yáñez y del cual se vuelve dependiente. Los celos entre los militantes, la violencia, las mentiras, la desconfianza y la impunidad irán hilando la historia para dejar al descubierto un sistema político policial viciado.

A medida que avanza el relato, el lector va construyendo la imagen de Yáñez y de Matarazo, la dependencia mutua reflejará la soledad e impotencia de dos inexpertos en la militancia. Garro hace uso del recurso del silencio para generar momentos de tensión, sin abandonar el ritmo de la prosa. El ritmo y la tensión se convierten en la savia de la historia. Se disfruta del genio de la mexicana para, a partir de la vida llana del protagonista, retratar un entramado, un universo plagado de violencia, corrupción e impunidad. A pesar de que la historia se irá complejizando, no deja de perder la calidad poética de las descripciones, de la belleza frente a la muerte.

Los libros de Elena Garro circularon poco en la Argentina, recién en 2011, la editorial Mardulce publicó Andamos huyendo Lola, un relato perfecto de la persecución, de la paranoia, de la literatura y de la confrontación de lo femenino contra el poder devastador masculino. Lo que no pasó desapercibido fue la vida de la escritora que estuvo por encima de su holgada producción literaria. El haber sido esposa de Octavio Paz -con quien tuvo una hija- y amante de Bioy Casares -con quien mantuvo una nutrida correspondencia- hizo de su vida una novela. Siempre a la sombra, siempre al margen, como Yáñez y Matarazo.

 

Titulo: Elena Garro, escritora y valiente musa
Autor: Silvia Hopenhayn
Fecha: 29 de Mayo de 2013
Fuente: La Nación


De algunos escritores resuenan más ciertos aspectos de su vida que la fecundidad de su obra. Como si el trazo más significativo fuese el de su destino, y los libros, apenas borradores de una existencia rutilante. La escritora Elena Garro (1916 -1988) es un ejemplo, ya que su biografía prevalece por encima de su intensa y aguerrida producción literaria. Como escribió la también mexicana Elena Poniatowska: "Elena Garro fue un ser lleno de contradicciones y enigmas. Para ella nunca hubo medias tintas. ¿Se comió el personaje a la escritora? Elena es un ícono, un mito, una mujer fuera de serie".

Su fama se consolida en 1963, cuando recibe el Premio Xavier Villaurrutia por su novela Los recuerdos del porvenir (a la que algunos consideraron una anticipación de Cien años de soledad ). El porvenir era para Garro un lugar donde se proyectaba la ficción casi en términos de fatalidad: "La memoria del futuro es válida, pero me ha fastidiado, y estoy cambiando los finales de todos mis cuentos y novelas inéditos para modificar mi porvenir".

A pesar de cierto silencio extraño que envolvió su obra, la editorial Mar Dulce empezó a publicarla en bellas entregas: primero aparecieron los cuentos de Andamos huyendo Lola (2011), y ahora la novela Y Matarazo no llamó... quizá la más política, surrealista y kafkiana. El comienzo ya revela una peligrosidad que excede la violencia habitual. Es el peligro de la inestabilidad, del imprevisto, que Garro dispone en el espacio: "Hacía varios días que de noche la casa de Eugenio cambiaba de lugar. De día estaba a espaldas de la Avenida de los Insurgentes, de noche no se sabía adónde la llevaban. Antes la casa había sido sedentaria, ahora se había convertido en andariega y vagabunda". La historia se complejiza, Eugenio termina secuestrado y torturado, sin comprender el motivo, ya sea por convidar cigarrillos a unos huelguistas o socorrer a un malherido en la calle. Quizás el momento más cruento y estremecedor es cuando Eugenio, incapaz de llorar porque le habían roto a golpes el caminillo de las lágrimas, amordazado en el asiento trasero del auto, escucha conversar a sus victimarios sobre la belleza de las mujeres dormidas. "En el asiento delantero, dos de los hombres fumaban. «Mira, linda, te doy lo que quieras pero, por favor, déjame verte dormida», decía el que lo había golpeado. «¿Y se durmió?», preguntó su compañero. «Dormidas es cuando uno sabe si de veras te gustan.» «SÍ, hermano, yo no aguanto que se pongan a hablar. Tampoco aguanto que duerman mal. Yo soy como tú, muy delicado.» «¿Y cómo duerme?» «Vieras que muy bonito. ¡No cae, hermano! ¡Flota! Y no se mueve.» Las palabras de los hombres le llegaron a Eugenio empapadas de nostalgia." Vaya escena de amor y de muerte.

En cuanto a su vida, la de Elena Garro, ciertamente notoria, la despuntamos en una última frase, para que aquí prevalezca su obra. Elena Garro fue la esposa de Octavio Paz y amante de Adolfo Bioy Casares, como se indica en la contratapa de la novela recién publicada.

 

Titulo: La ficción paranoica y el mundo de Garro
Autor: Silvina Friera
Fecha: 13 de Enero de 2012
Fuente: Página 12


Elena Garro inventó la ficción paranoica, sin el propósito de crear un nuevo género policial, como postula Ricardo Piglia. Aunque no patentó esta “invención”, que podría sonar descabellada, sembró por anticipado diez magistrales relatos encadenados, Andamos huyendo Lola, publicados por primera vez en el país por una nueva editorial, Mardulce, donde el clima paranoico, un estado constante de miedo, la sensación de sospecha permanente, la fuga sin fin, la persecución vertiginosa y los acontecimientos que se precipitan sin ton ni son hacen tambalear las convenciones narrativas. En el centro de la “operación Garro” hay dos mujeres fugitivas, Lelinca y Lucía, madre e hija, cuyas historias serán reconstruidas por un puñado de voces que narran, cada una desde su perspectiva y entonación, las circunstancias en que se cruzaron con este dúo femenino, en México, Madrid y Nueva York; lugares hostiles que distan de suturar la escisión original que ocasionan perseguidores más o menos visibles, como los propietarios de los inmuebles y hoteles donde se hospedan o los vecinos estrafalarios que les toca en suerte. Estas ciudades fueron los espacios por donde transitó la gran escritora mexicana a partir de 1972, durante su exilio, siempre acompañada por Helena, la hija que tuvo con Octavio Paz. Más allá de las conjeturas y querellas que han agigantado su dimensión vital hasta opacar su obra –se la conoce más como la amante de los gatos y de Bioy Casares, en este minucioso orden–, esta decena de relatos engarzados, que pueden ser leídos como una novela, no son la réplica de una autobiografía camuflada.

¿De qué huyen Lelinca y Lucía, acompañadas por Lola y Petrouchka, dos gatas que Garro presenta como personas? ¿Cuáles son las razones por las que serán acusadas, en una serie de compases lapidarios siempre iguales a sí mismos, de ser mujeres carentes de escrúpulos, extranjeras perniciosas, enemigas que sólo lucubran cómo llevar a cabo sus fines criminales? Los delitos, pronto comprenderán los lectores, son pura contingencia. Las presas, asediadas por el hambre, la falta de documentos, la ley, el Estado, un escurridizo los “otros” son blancos móviles lanzados a la intemperie de lo azaroso. El reverso de esta abigarrada paranoia del mundo del perseguido es la hipérbole de lo grotesco. Un efecto catastrófico y a la vez cómico vibra en las páginas de este libro, publicado originalmente en 1980, tras años de forzada hibernación editorial de Garro. “Ya tardeaba y yo iba caminando bien asustado. ‘¡Caray!, mi casa está muy lejos’, me dije.” Faustino, el primer narrador de “El niño perdido”, es también un fugado, como Leli y Lucía, con quienes compartirá “días gloriosos”. La vivencia de la libertad, desde la óptica del niño, abona la posibilidad de goce, al margen de la precariedad existencial. Corre Faustino, como flecha; corre Garro, con cierto halo de libertaria extrema, que no da puntada sin hilo en la comedia humana que pergeña.

El cuento que da nombre al libro, “Andamos huyendo Lola”, compendia una fauna humana inolvidable, encabezada por indocumentados, exiliados, marginales, prostitutas y asesinos con prontuarios estrambóticos, apiñada en un edificio de departamentos de Nueva York, a metros de Park Avenue. El dueño del edificio, “el loco Soffer”, un judío vienés que escapó de las garras del antisemitismo europeo, asila refugiados. Ahí aparecen Aube y Karin, madre/hija, dupla que gana por varias cabezas el podio de lo paranoico. Cualquier novedad, para ellas, entraña un peligro. Detrás del más insignificante incidente doméstico puede estar en marcha la conspiración judía, la KGB o la mafia de los “malditos chinos”. El patrimonio de estos seres se teje con el miedo, la desconfianza y el espionaje. Nadie nunca sabrá quién es el vecino en cuestión. Todos parecen portadores de un “signo infame” marcado en la frente, como en La letra escarlata, novela de Nathaniel Hawthorne que Lelinca leyó en su adolescencia y que entonces le pareció “completamente irreal”. Ahora, en el tiempo de la narración, en ese inquilinato neoyorquino, empieza a comprender. En el inventario de desdichados, la vieja Lola, una gata que convive con Lelinca y su hija, quizá sea la más entrenada en el arte de la huida: escapó de la cámara de gas. Como las criaturas que fueron, son y serán perseguidas, Lola “no recordaba su pasado, no tenía futuro y en su memoria sólo quedaban imágenes confusas de sus perseguidores”. A pesar de que el panorama repele lo que se suele encorsetar bajo el manto de la “normalidad”, en el universo desaforado de esos desplazados –donde no puede faltar un negro adicto que se prostituye y un karateca que se emborracha–, de tanto en tanto irrumpe la solidaridad en la desgracia.

En “La corona de Fredegunda”, el telón de fondo es Madrid. Entre mañana y lo que vendrá, la suspicacia continúa latiendo. Pero en esta instancia tal vez conviene aclarar que a través de una trashumancia frenética y tan movediza que no da respiro al lector, Garro roza finuras del alma humana. Lola no se queja de su sino. Al contrario: el sufrimiento es una prueba más en el camino hacia la purificación. “La libertad exige que no tengas libertad”, se lee en el relato siguiente, “Las cabezas biempensantes”, cabezas que han “legalizado el insulto, las palizas y las comisarías”. Este cuento, o este capítulo de la novela, plantea un punto de inflexión. Donde asoma el cansancio, donde la fatiga es un volcán que se activa en lo que queda de la memoria afectiva de las fugitivas, la espesura ominosa del presente flamea como una advertencia. Esas “cabezas bienpensantes” siempre acuden a la policía: es necesario, por lo tanto, huir sin tregua.

La “operación Garro” incluye la experimentación con un diario íntimo en el relato “Debo olvidar...”, unas páginas escritas de prisa sobre las hojas arrancadas de un cuaderno, que atestiguan las pequeñas odiseas de los desplazados. “¡A todo se acostumbra uno menos a no comer!”, se lee en la entrada del 19 de diciembre. “Los que caen nunca se levantan. Están condenados a desaparecer y nadie preguntará por ellos”, se dice en otro fragmento. El “viejo loco” que encuentra este diario debe olvidar que alguna vez leyó ese puñado de testimonios. “La memoria de los vencidos es peligrosa para los vencedores”, afirma el viejo que no puede “probar”, por falta de documentación que acredite su identidad, que alguna vez existió. Garro es una prestidigitadora de la parodia; suelta las riendas, desenfunda y dispara con la pericia de quien está convencida de que la palabra, al fin y al cabo el arma por excelencia, puede herir más rápido. En “Las cuatro moscas”, la metamorfosis iguala la fragilidad de Lelinca, Lucía, Lola y Petrouchka cuando se transforman en insectos.

El rescate de la escritora mexicana –que nació en Puebla en 1916 y murió en Cuernavaca en 1998– nunca será suficiente. La autora de cuentos, piezas teatrales, memorias, crónicas y once novelas, entre las que se destacan Los recuerdos del porvenir, Premio Xavier Villaurrutia; Testimonio sobre Mariana y La casa junto al río, es una de las escritoras fundamentales del siglo XX. Un grosero error político, sus declaraciones posteriores a la masacre de Tlatelolco en las que se desmarcó de los intelectuales que intentaron “derrocar” al gobierno, rubricó un destino signado por el desencuentro. Pronto fue denostada por “traicionar” a los intelectuales involucrados, presuntamente como ella, en aquel movimiento estudiantil de 1968. Aunque no denunció con nombres y apellidos, el hecho de haberse alineado con un gobierno que acababa de disparar a mansalva contra una multitud indefensa la aisló. Fue vigilada, perseguida y castigada. Las heridas, más tarde que temprano, cicatrizan. Figura contradictoria, tan polémica como fascinante, su obra espera esa chance que implica volver a tender puentes con viejos y nuevos lectores. A veces hay que dejar para el final eso que para la rigurosa cronología debería estar en el principio. Un epígrafe, el de Andamos huyendo Lola, atribuido a su hija Helena Paz, cifra una porción del mundo Garro: “Detrás de cada hombre hay una gran mujer y detrás de cada gran mujer hay un gato”.

 

Titulo: Corre, Lola, corre
Autor: Susana Cella
Fecha: 16 de Octubre de 2011
Fuente: Página 12, Radar libros



Quizás opacada por sus disidencias con los intelectuales mexicanos y en particular por la inmensa sombra de Octavio Paz, quien fuera su esposo, Elena Garro construyó una importante obra en el exilio, cuyas marcas, precisamente, asoman en estos cuentos de mujeres errantes, persecuciones y fugas.


Nacida en Puebla en 1920, Elena Garro se inició en la literatura en la capital de su país y, muy joven, se casó con Octavio Paz. Del viaje que hiciera con su famosísimo marido quedó el relato testimonial Memorias en España, 1937. Desavenencias con otros intelectuales mexicanos le valieron un rechazo que la empujó a un exilio hacia Estados Unidos, Francia y España. Una notable obra –novela, teatro cuento, testimonio– la ubica en un lugar relevante en la literatura mexicana y continental, sin embargo, la calidad de sus textos no fue pareja con el reconocimiento, quizá debido a la sombra imperiosa de Octavio Paz.

El volumen de cuentos, Andamos huyendo Lola (1980), reeditado ahora en Argentina, no sólo da cuenta de su habilidad en el manejo de tramas, registros de lenguajes, construcción de personajes, primacía del papel de las mujeres, sino que también pone en escena la experiencia de la fuga, en una especial inflexión del exilio como lejanía, extrañeza y angustias. “Andar huido”, es la frase que ya desde el primer relato emplaza esta condición.

“El niño perdido”, contado en primera persona, sin ahorro de coloquialismos, acentúa la movilidad en las cambiantes palabras del chico mentando sus azarosos caminos. Y vale destacar el azar que rige los encuentros casuales de gente proveniente de sitios múltiples, vinculada por circunstancias que imponen y potencian acercamientos y pactos. Los narradores de “La primera vez que me vi” y “El mentiroso”, dan pleno lugar a los inverosímiles desplazamientos espacio-temporales, en el primer caso del misterioso ser ubicuo que, como el legendario Pancho Villa, cruza la frontera y anda por Estados Unidos, en tanto “El mentiroso” cuenta una escapada que no es sino pura fantasía y excusa para los oídos de los adultos.

El cuento que da título al volumen, “Andamos huyendo Lola” exacerba los traslados. En clave realista, aunque con fantasmas rondando, están las fugas que vertiginosamente se multiplican en ese relato y conforman una especie de continuidad en varios de los que siguen, en particular por la persistencia de una mujer signada por la fuga: la Lola que había escapado de los nazis, que pasó por una vivienda extraña de Nueva York semejante a un muestrario de migrantes (judíos, rusos, negros) y organizaciones persecutorias –la mafia, el FBI, la KGB, los chinos–, que en Madrid sufre encierro, hambre y el acoso de los dueños de una extraña casa. Similar, “La corona de Fredegunda”, es un progresivo anudamiento de seres cuyo centro está, de nuevo, entre la estancia precaria y la partida inminente aún demorada. Sigue Lola trashumando, pero en “Las cabezas bienpensantes”, donde se la compara con María Antonieta, vuelve una voz en primera persona y la apela: “¡Y andamos huyendo Lola!”, enfatiza, porque es preciso seguir huyendo aunque no se sepa exactamente de qué, ni por qué. La saga madrileña continúa, con leves pero intensificadoras modificaciones, por ejemplo la inclusión en la historia de un diario personal, y con un plus: la falta de la prueba de identidad por ausencia del papel que certifique la existencia, de ahí, “Debo olvidar...” refiere a las anotaciones escondidas, testimonio de los derrotados, faltos de existencia constatable. Los mismos personajes retornan en “Las cuatro moscas”, como prolongando la frágil permanencia en lugares hostiles, entre encuentros sospechosos. Que siguen, con nombres reiterados o incorporados, por ejemplo en “Una mujer sin cocina”, o la carencia de lugar propio para ésa que no ha escuchado los consejos sobre el camino de las rosas y de las espinas tejidos con San Pedro y San Pablo. Lelinca, como Dionisia de “La dama y la turquesa”, el último relato, “han roto” como otras, “su casa y su memoria” en pos de algo mejor, pero que al final las llevaría a la movediza comunidad internacional de errantes “huidos”, cuyos caminos a veces se intersectan.

 

Titulo: La fugitiva
Autor: Oliverio Coelho
Fecha: 05 de Octubre de 2011
Fuente: Los inrockuptibles


Durante décadas, Elena Garro fue a la vez una escritora maldita y una fugitiva. Su posición política durante la masacre de Tlateloco suscitó un fuerte rechazo en la comunidad intelectual mexicana y, estigmatizada, comenzó un trayecto errático de años por los Estados Unidos y Europa, junto a su hija. Para entonces, ya era la célebre autora de “Los recuerdos del porvenir” y “La semana de colores”, novela y libro de cuentos respectivamente, notables por su prosa desafectada aunque todavía influida por los grandes temas de la literatura mexicana. Ya se había separado de Octavio Paz – a quien siempre personificó como un monstruo ávido de poder, el perseguidor por excelencia– y se había transformado, según el chisme literario que con los años devino leyenda, en la mujer que le robó el alma a nuestro bon vivant vernáculo, Adolfo Bioy Casares. Por todo esto, quizás su obra quedó algo esfumada y resultó casi imposible acceder a sus libros más originales –el periodo post Paz–, hasta que Fondo de Cultura Económica recientemente publicó en tres tomos toda su ficción, y saldó una deuda, por lo menos en México. Hoy la flamante editorial Mardulce viene a saldar esa deuda en la Argentina, donde la obra de Garro circuló en cuentagotas.
Andamos huyendo Lola pertenece al segundo período de su obra, el ciclo de los exilios, donde tematiza desde diversos puntos de vista las peripecias de la huida y la persecución, pero con el agregado de que en Andamos huyendo…siempre es un niño fugado o un dúo –madre e hija–el que, en el camino, encuentra cómplices o malhechores, y transita un camino alucinante de desamparo , desesperación y absurdo. La pieza central que da título al libro es en realidad una novela de cien páginas y justifica su presencia en el volumen porque, además de ser fabulosa, en ella parecen replicarse situaciones de los restantes nueve cuentos. En un edificio neoyorquino cada nuevo inquilino suscita un complot rocambolesco, abundan rusos, judíos exiliados y hasta argentinos. Por momentos la potencia paródica recuerda a Copi, sólo que en Garro algunos climas y un tipo de narración producida por arbitrariedades hilarantes escapan cualquier lógica interna y producen el efecto sutil de que como lector uno asiste, en tiempo real, al nacimiento de la literatura.