prensa Elena Garro
 

Titulo: Andamos volviendo, Elena
Autor: Alejandro Belloti
Fecha: 17 de Setiembre de 2011
Fuente: Perfil


Considerada una de las mejores escritoras mexicanas de todos los tiempos, amante (no tan) secreta de Adolfo Bioy Casares por décadas, Elena Garro supo forjar una obra sólida que incluye novelas, dramaturgias y cuentos, como los recogidos en “Andamos huyendo Lola” (1980). Prácticamente inhallable en nuestro país, la editorial Mardulce acudió al rescate de una pieza única y fundamental de la literatura latinoamericana.

Andamos huyendo Lola abre con un epígrafe propiedad de Helena Paz. Dice así: “Detrás de cada gran hombre hay una gran mujer y detrás de cada gran mujer hay un gran gato”. La frase, soldada como astuta humorada, encierra acaso las dos obsesiones capitales de la escritora Elena Garro: Octavio Paz y los gatos; sus gatos, sus decenas de gatos, franceses, mexicanos, quienes, según una leyenda muy difundida, debieron residir en habitaciones separadas porque no se toleraban. A los investigadores de solapas les gustará recordar que Garro nació en Puebla (el año de su nacimiento no está del todo claro.

Aunque exista consenso de Wikipedia para precisarlo en 1920, los escépticos se inclinan por 1916), se trasladó siendo muy joven a la capital del país para estudiar literatura en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde conoció a Octavio Paz, con quien se casó antes de cumplir los dieciocho. Entonces, las giras acompañando al célebre poeta, los cócteles, las tertulias, la hija de ambos, Helena. También los gritos, las peleas y el consecuente desgaste y más tarde la separación. Tlatelolco del ’68 –el asedio militante, la persecución política– y el exilio –Estados Unidos, España y Francia–, en compañía de su hija, pero también junto a esa omnipresente sombra tóxica, la de quien fuera su mentor y marido, su enemigo.

Una vez de regreso en México, Garro se instaló en Cuernavaca, donde acentuó su creación literaria y su paranoia. Se le dio por meterse a defender causas de mujeres presas, se interesó por la lucha campesina, acudió al rescate de la voz de los indios, silenciados desde la Conquista de México. La obsesión por el orden de dominación masculina, el abrazo al feminismo. Creyó ver en funcionarios gubernamentales a sus carceleros. Se sintió acorralada y engrasó una mecánica paranoide que se apoderó incluso de su literatura (lo advertimos claramente, por ejemplo, en la protagonista de Testimonios sobre Mariana, de 1981).

Andamos huyendo Lola, cuya primera edición es de 1980, también es fruto de esos delirios de persecución infundados. Es consecuencia, además del exilio, de los trips por tierras lejanas –esquivas al exotismo aunque no por ello carentes de todo–, y esto es esencial porque, como bien reconociera la autora, su literatura es autobiografía. Andamos… puede leerse en continuidad, como una novela. Son once relatos, aunque trenzados con la misma puntada. Hay niños, muchos. Sufrientes, soñadores, fugitivos. Hay fugas, hay fantasmas también (Helena, la hija de Garro). Reconocemos voces que conducen las historias y advertimos giros insólitos que perforan con rabia atmósferas de elevada melancolía. Hay crítica satírica a los ejercicios del poder, a las amenazas del acosador. En El niño perdido, por ejemplo, el protagonista ya no soporta las palizas del padre: “Pero Nuestro Señor no quiso hacerme el milagro y me fugué esa famosa mañana”. En el edificio neoyorquino de Andamos huyendo Lola los desdichados vomitan sus miserias: “‘Es como tú, escapó a la cámara de gas’, anunció Karin. Lola se sintió avergonzada, hubiera deseado ser invisible para escapar a sus perseguidores (…) como todos los perseguidos, no recordaba su pasado, no tenía futuro y en su memoria sólo quedaban imágenes confusas de sus perseguidores”. Las finísimas pinceladas de ironía delinean el ritmo centrífugo de Las cabezas bien pensantes. Leemos: “Surgió entonces la controversia entre el clítoris y el pene, pero ambos contrincantes exigieron el Decreto de Muerte a las Cigüeñas”. Hay, en todos, búsqueda por un lenguaje superador, pero no como mero ejercicio literario, sino como consecuencia de un proceso disciplinado que suelda una prosa capaz de asombrar y provocar fiebres de embrujo.

Elena Garro publicó otros libros de cuentos además de Andamos…: La semana de colores (1964), por ejemplo; novelas, entre las que se destaca Un corazón en un bote de basura (1996). Pero antes que nada, se dio a conocer con sus dramaturgias: las tres piezas de Un hogar sólido (1958). En 1997, y gracias a la apertura del Archivo Garro en Princeton, supimos que mantuvo correspondencia fluida con Luis Buñuel, Régis Debray, José Bianco y Victoria Ocampo. Nos sorprendimos al saber que fueron tres tarjetas postales, trece telegramas y noventa y una cartas las que recibió de Adolfo Bioy Casares, con quien mantuvo correspondencia amorosa entre 1949 y 1969. Sabemos muchas más cosas de Garro por la nutrida (aunque inexacta, según Elena Poniatowska) trilogía biográfica encumbrada por la investigadora mexicana Patricia Rosas Lopátegui: Yo sólo soy memoria (1999), Testimonios sobre Elena Garro (2002) y El asesinato de Elena Garro (2005). La vimos transitar como personaje de ficción en novelas como La pérdida del reino, de José Bianco, y El sueño de los héroes, de Bioy Casares. Es que Garro, fulminada por un cáncer en 1998, fue parte de una tropa que no concebía la literatura por fuera de la vida ordinaria. Es así que invirtió todo su talento radioactivo en su mejor creación: ella misma.

 

Titulo: Las muchas fugas de Elena Garro
Autor: Laura Cardona
Fecha: 16 de Setiembre de 2011
Fuente: adn, La Nación


La publicación por una editorial argentina de Andamos huyendo Lola, libro de relatos de Elena Garro, es un acontecimiento porque hasta ahora, y a pesar de ser una de las mejores escritoras latinoamericanas del último siglo, la obra de la narradora mexicana no había sido considerada por ninguna casa editorial de nuestro país.

Esa obra es tan excepcional como su vida, si es que así se puede adjetivar una existencia signada por la errancia, el autoexilio, la persecución política, la paranoia, el brillo intelectual, la pasión por la escritura. Fuera de México se la conoce poco, pero incluso en su país, su figura suele reducirse a dos hechos que marcaron su vida: su matrimonio con Octavio Paz y su enfrentamiento con el medio cultural mexicano. En nuestro medio, aumenta su notoriedad por la relación sentimental que mantuvo con Adolfo Bioy Casares a lo largo de veinte años, mientras ambos estaban casados (al menos durante buena parte del tiempo que duró la correspondencia amorosa). Pensar e interpretar la obra de Elena Garro a partir de su vida es un gesto crítico muy difundido que tiende a un previsible reduccionismo. Sin embargo, es imposible soslayar su biografía, por la intensidad, el aislamiento, la desdicha y el aura de locura y maldición que la condenó al absoluto silencio editorial por trece años. Y también porque, iluminados por su vida, ciertos climas de sus textos intensifican y expanden su sentido.

Garro nació en Puebla en 1916 (fecha que establece como cierta su biógrafa Patricia Rosas Lopátegui) y falleció en 1998. Estudió literatura en la Universidad Autónoma de México y allí conoció al poeta Octavio Paz, con quien se casó en 1937. Tuvieron una hija, Helena, y se separaron en 1959. Su participación sospechosa -y todavía no aclarada del todo- en el movimiento estudiantil mexicano del año 68, tras la cual fue perseguida y acusada simultáneamente de haber estado al servicio de la CIA, del Estado mexicano o contra éste, y de traicionar a los intelectuales involucrados en aquel movimiento, derivó en un autoexilio político y literario siempre acompañada por su hija Helena, primero en los Estados Unidos, después en Francia y España. En este último país vivió hasta 1983, año en que regresó a México. En un breve relato titulado "Autobiografía", Garro dice que "solía considerarse una no-persona cuyo término, incluido, derivaba de su experiencia a raíz de los sucesos estudiantiles de 1968". Su relación con Octavio Paz tras el divorcio fue muy turbulenta. Antes, también. En una entrevista concedida en los últimos años de su vida, la escritora ratificó la permanencia de su interminable disputa existencial: "Yo vivo contra él, estudié contra él, hablé contra él, tuve amantes contra él, escribí contra él y defendí a los indios contra él. Escribí de política contra él, en fin, todo, todo, todo lo que soy es contra él. [?] en la vida no tienes más que un enemigo y con eso basta. Y mi enemigo es Paz".

Poeta, autora de celebradas obras teatrales, periodista de vanguardia (sobre todo por sus tempranos artículos sobre la situación de la mujer en una sociedad misógina y sexista), Elena recibió en 1963 el Premio Xavier Villaurrutia por su novela Los recuerdos del porvenir , considerada un antecedente de Cien años de soledad . Hay un acuerdo unánime en reconocerla como precursora del realismo mágico. Por censura o autocensura, desde 1967 y durante trece años no publicó ningún libro. Hasta 1980, año en que apareció Andamos huyendo Lola , texto que intensifica el clima de persecución.

Los diez relatos que constituyen este libro pueden ser leídos también como capítulos de una novela. Los dos personajes omnipresentes en la obra son la señora Lelinca y su hija Lucía, en permanente estado de fuga. Cada relato transcurre en un lugar diferente (México, Madrid, Nueva York: las ciudades de Garro siempre son hostiles) y es referido por distintos narradores que rinden cuenta del momento en que las mujeres se cruzan con ellos (los niños son personajes recurrentes en Andamos huyendo Lola ). A Leli y su hija las persiguen invariablemente el hambre, la falta de dinero y de documentos de identidad, las enfermedades y, sobre todo, un enemigo nunca determinado que acecha todo el tiempo en las figuras de los posaderos y sus familias, en los propietarios de inmuebles o los vecinos estrafalarios. Aunque suelen aparecer ayudantes que terminan facilitando algo en la difícil vida de las protagonistas, el clima resulta angustiante y agobiante, y en su exceso, cómico. Cada uno de los relatos es una unidad independiente: es, al mismo tiempo, un fragmento y un todo. El acontecer narrativo no reproduce con fidelidad el devenir, dado que todo es interpretable o bien puede ser siempre otra cosa. La trama se dibuja y se desdibuja, a veces el azar parece dominar la narración, porque de una frase a otra sucede algo sorpresivo, inesperado, o aparece un personaje nuevo. Esa constante movilidad encuentra resonancia en los personajes, que viven en una vigilia en la que zozobran (la realidad parece un sueño), o a veces ingresan en un plano fantástico, como el niño de "El mentiroso", que en una "mañana redonda" se pierde en el campo y "se sale del mundo" para ingresar en una ciudad deshabitada abarrotada de iglesias y donde, entre otras cosas, ve a las Once Mil Vírgenes y a los apóstoles ya ancianos. Todo lo que ocurre parece descabellado. A veces resulta una comedia humana, como en el relato que da nombre al libro, que no sólo es el más extenso sino también el que reúne una inolvidable fauna humana integrada por marginales, prostitutas, exiliados, indocumentados, asesinos que conviven en un edificio de apartamentos en la invernal ciudad de Nueva York. El dueño del edificio es un judío vienés huido del antisemitismo europeo, que remodeló el edificio para dar asilo a refugiados. Lola, la mujer que convive con Lelinca y su hija, escapó de la cámara de gas. Hay un negro drogadicto que es el chulo de una rubia y un karateka que se emborracha todas las noches con una gruesa y enorme mujer que parece un hombre y que casi lo masacra. Hay otra pareja madre-hija, Aube y Karin, las más paranoicas e intrigantes, que saben que son víctimas, aunque no de qué, para quienes siempre, en las sombras, están agazapadas la KGB o la Mafia, y los hechos son producto de una venganza soviética, de los "malditos chinos" o de los judíos. Aquí nadie sabe quién es el otro, todos desconfían de todos, ninguno puede comunicarse, siempre aparece alguien que vigila al otro. Los personajes se fugan de su pasado, de su memoria, y multiplican los espacios en un tiempo que los narradores llaman redondo: el círculo es infinito, todo vuelve a comenzar pero no se vive lo mismo. Marginalidad, miedo, abuso, violencia, desarraigo, exilio e incomunicación en un mundo de desplazados en el que también asoma cada tanto la generosidad, la mano que salva y defiende.

En otro de los relatos, "La dama y la turquesa", una dama que vivía en una turquesa magnífica es expulsada por motivos de lucro y se encuentra de pronto en un mundo de seres brutales y vulgares que la insultan y explotan. Dominada por el miedo y el hambre, la mujer no sabe cómo defenderse y, para sobrevivir, acepta "vender su memoria", es decir, escribir lo que vio y vivió desde la turquesa. Posiblemente ésta sea la situación que deban soportar muchos escritores exiliados. La imposibilidad para defenderse en un medio que le es hostil y la experiencia del miedo relacionan a la dama con los personajes de los otros relatos, confirmando algunas obsesiones vitales.

"Elena Garro -ha escrito de ella Margo Glantz- fue un personaje ejemplar por su antisolemnidad, su odio a las instituciones, su capacidad crítica, su locura, su gran talento muy semejante a los personajes inéditos de sus obras de teatro deshojadas dentro de un viejo baúl, que de repente se le pierden y hay que reconstruir, un personaje frágil, violento, envejecido; novelista, dramaturga, cuentista, memorialista extraordinaria que en todos los géneros que cultivó hizo innovaciones fundamentales en nuestra literatura." Polémica, contradictoria y fascinante, irreverente y transgresora, Garro es, más allá del personaje de novela que ella se construyó, una de las voces más importantes de la literatura contemporánea cuya obra todavía espera ser leída.

ADN GARRO
Hija de un español y una mexicana, Elena Garro nació en Puebla, en 1916, y murió en 1998, en Cuernavaca. Estuvo casada más de dos décadas con el poeta Octavio Paz (tuvieron una hija, Helena), una relación que se volvió exasperadamente tensa después de su separación en 1959. Su novela más conocida es Los recuerdos del porvenir (1963), que se considera señera de la literatura latinoamericana de las décadas posteriores. También publicó La casa junto al río (1983), Inés (1995) y numerosas obras de teatro, que el Fondo de Cultura Económica reunió, en México, en un único volumen (2009).

 

Titulo: La mujer que amaron los escritores
Autor: Matilde Sánchez
Fecha: 25 de Octubre de 1998
Fuente: Clarín


SU VIDA NO FUE PRECISAMENTE APACIBLE. DURANTE AÑOS FUE LA MUJER DE OCTAVIO PAZ, EL ESCRITOR ABSOLUTO DE MEXICO. SIN EMBARGO SE ANIMO A ESCRIBIR, EN LOS MARGENES DE ESA OBRA MONUMENTAL, NOVELAS Y OBRAS DE TEATRO. Y TAMBIEN SE ATREVIO A AMAR A OTROS HOMBRES. BIOY CASARES FUE UNO DE ELLOS Y QUIZA EL MAS IMPORTANTE DE TODOS.

Llegamos a Cuernavaca, la ciudad de Malcolm Lowry, la ciudad donde murió Manuel Puig, un domingo muy temprano a fines de marzo. El calor era insoportable y, frente al castillo de Hernán Cortés, los loros se asaban al sol con un tremendo griterío. Sólo faltaban los heráldicos zopilotes, quizá en honor a la verosimilitud. Octavio Paz agonizaba y su ex mujer, la escritora Elena Garro, venía de una seguidilla de enfermedades como para robarle escena en la desgracia, para rivalizar hasta en la adversidad. Una semana después de ser internada por una infección en los riñones, Elena acababa de romperse la cadera. Ese mismo sábado su médico le había despachado una ambulancia pero ella se negaba a la operación por pánico a la anestesia. Venga mañana a ayudarnos, por favor, señorita -había dicho su hija, Helenita Paz Garro, por teléfono-. Nadie en México da un centavo por la salud de mi madre. Antes de tocar el timbre, puntualmente a las nueve, una de patronas y sirvientas. A los gritos desde la escalera, una vieja doméstica reclamaba los sueldos adeudados, las Elenas replicaban ladrona -la ingratitud de las criadas, diría la hija más tarde. Fue Helenita quien abrió la puerta: yo, la hija idiota de dos genios. Vestía un déshabillé de seda rosa dior con lunares grises que apenas se distinguían de las manchas. Helena es una hermosa mujer, con una boca a lo Jeanne Moreau, el rictus desdeñoso y la voz de indita dopada, no por resaca sino quizá por abuso de sedantes. Adentro todo era deprimente. Ni siquiera faltaban las cortinas americanas rotas o mal alzadas, el televisor a todo volumen al que nadie parecía atender. A la izquierda de Elena, un tubo de oxígeno con su pipeta, que ella colgó de inmediato al vernos entrar para encender uno de sus cigarrillos mentolados. Y uno agradecía el humo de los Benson, que Elena alternaba con el oxígeno en ciclos de 30 minutos. La vieja escritora, 35 kilos sobre un trono de almohadones en el sofá, vestía un camisón blanco, de novia o de muñeca antigua, abierto sobre las costillas como si ya no importara, las piernitas separadas y cubiertas de arañazos. La gloria, el rencor. Madre e hija parecían ensimismadas en el pasado. Eso era la mujer, eso había sido. La literatura es una buena vengadora.

Las Elenas no vivían solas en el departamento de Cuernavaca. Además de una enfermera de turno completo, las acompañaban Federico, Lola, Wendy, Pico, Pancho, Liza, Silvestre, Nino y Corat, nueve gatos en una superficie de setenta metros cuadrados y sólo el Paloma Picasso de Helenita, ineficaz aunque profuso, para neutralizar los orines. Y esto por no hablar del único baño, usado por los once inquilinos. Los gatos no vienen solos -dijo Elena-. Nos los traen los niños, que los encuentran en la carretera.En marzo agonizaba Octavio Paz. En el D.F. se consolidaba la garromanía, en distintas puestas de sus obras teatrales, la reedición de sus novelas clásicas y la aparición de nuevos textos que en los últimos años brotaban de los cajones como por generación espontánea. Eso es de hace cinco años, solía explicar Elena a Emilio Carballido, un dramaturgo que periódicamente se ocupaba del caos en Cuernavaca.

En la Argentina, los libros de Garro circularon poco y mal y su nombre fue más conocido por su larga correspondencia amorosa con Adolfo Bioy Casares. Adolfito fue el verdadero amor loco de mi vida, dijo alguna vez Elena, cuando la confesión tenía la ventaja secundaria de ventilar los cuernos a su ex esposo. Casi muero por él, muerta de veras, aunque ahora reconozco que fue un mal sueño que duró demasiado.

Todo en la vida de Elena Garro fue novelesco. De Recuerdos del porvenir, su primera novela, escrita mientras convalecía en Berna en 1953, se afirma que inspiró Cien años de soledad (aunque está fuera de duda que el inspirado superó el modelo). Garro puede ser considerada el antecedente de lo que el mercado llamaría mucho después realismo mágico. En 1965, la reedición aumentada de la Antología de la literatura fantástica, compilada por Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo, incluía un fragmento de Un hogar sólido, una comedia negra escrita en el 58. Una piedra puesta a recordar es llevar las cosas bastante lejos; Silvina Ocampo tampoco se privó de un narrador-enredadera. En adelante, Garro fue alejándose de lo portentoso para crear una obra excéntrica, elusiva de cualquier moda o lugar común de la época. Se puede decir que escribió en los márgenes de la obra de Paz, en los pocos géneros que su marido no abordó y con el resto de lenguaje que dejaba el escritor absoluto de México. Y el resultado fue lo que se dice una autora muy interesante, no siempre del todo eficaz pero sí igual a sí misma. A la notable Testimonios sobre Mariana, la novela que ficcionaliza su romance con Bioy, y Reencuentro con personajes, se agregaron Inés y Un corazón en un bote de basura, además de volúmenes de cuentos, crónicas periodísticas y teatro.Pero una obra importante no bastó para que la crítica mexicana reparara en ella. Fue necesario una mitología de artista, cuya consagración corría en el camino inverso, de esposa de clase alta a mendiga de la vida literaria mexicana. Los escritores mexicanos admiten que sus opiniones están teñidas de pasión partidaria, que el ambiente es cortesano y observa el verticalismo de caudillos bien consolidados. La sorda guerra de los Paz era cosa pública. Más de uno recuerda el encontrarse en casa del poeta y contestar el teléfono, sólo para oír una andanada de injurias dirigidas a un Paz ya resignado: Cuelga, si no es mi hija ha de ser mi ex mujer. Octavio Paz me ha parecido siempre el mejor poeta mexicano, pero tiene un punto malo que se llama Elena Garro, escribió ella misma alguna vez.No es una fatalidad de las escritoras, sino de las esposas de grandes escritores -una fatalidad de época que recrudece en México-, que la historia de Elena Garro deba contarse a partir de los hombres.

Elena tenía 17 años cuando conoció a Octavio Paz. Ella estudiaba letras y él, por entonces de 21, abogacía. Se casaron en el 37. Cuando Helenita nació, él ya era diplomático y la vida les ofrecía las ventajas propias de las elites. A esa altura, Elena contaba que solía llamarlo el centurión romano, porque llegaba a la casa pisando fuerte. Su cabecita estaba siempre pensando. El era zapatista y yo, villista.Elena era la más radical de los dos. Según algunos allegados, fue ella quien tuvo la idea de asistir al célebre congreso internacionalista de Valencia, donde Paz conoció a Luis Cernuda, André Gide, Bergamín, y entabló su duradera polémica con el comunismo. Elena Garro radicalizó a Octavio Paz -sostiene el escritor Juan Villoro-. El tenía ideas progresistas pero rara vez participaba de manifestaciones. Ella lo empujó a comprometerse, lo llevó a visitar a los aborígenes de Yucatán. Era muy práctica y la más curiosa de los dos. Cuenta Villoro que en los años 30 y 40 Elena llegaba a una reunión de aristócratas con indios colados y los presentaba. Ahora vámonos todos a un mitín obrero -decía-, en tiempos en que los intelectuales mexicanos, salvo los afiliados comunistas, no se mezclaban con los trabajadores. A esta altura, Elena había abandonado sus estudios de baile clásico pero todavía no escribía.La carrera diplomática de Paz arrastraba a la familia por los cinco continentes.

En 1949, los Paz conocieron a Bioy y Silvina y entonces hubo grandes cambios. En el 53, Elena escribió su primera novela pero no la publicó. Durante mi infancia, mi padre impedía que mami publicara sus libros -contaba Helenita esa mañana-. Cuando yo tuve suficiente edad, lo enfrenté, le dije: Padre, tú eres un canalla, no dejas que mami tenga una vida literaria propia. El lo aceptó, no sé cómo. Fue así que comenzó a publicar, aunque de todos modos nunca fue tan famosa como él.En los 60 los desacuerdos se acentuaron y se convirtieron en batalla. Después de un tiempo como diplomático en París, en 1962 el escritor fue designado embajador en India. Elena ya no lo acompañaba. Dos años después Paz conocía en Nueva Delhi a su segunda esposa, Marie-Jo Tramini, quien vivió con él hasta su muerte.

La pelea de los separados de facto, sin divorcio, tomó un giro de venganza con la masacre de Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968. Con la masacre de estudiantes, el Partido Revolucionario Institucional entró en una crisis de acusaciones cruzadas. Por entonces Elena estaba ligada sentimentalmente a Carlos Madrazo, un político tabasqueño, dirigente del PRI y con intenciones reformistas. En medio del desbande, Madrazo fue acusado de promover las protestas estudiantiles y Garro, denunciada por financiar al movimiento estudiantil. Elena salió a culpar a los estudiantes de izquierda de largarse a la loca aventura.El movimiento estudiantil tenía en 1968 una rama importante, la Coalición de Maestros, que nucleaba a los académicos consagrados y una incipiente oposición, gente como Alberto Castilla, futuro fundador del movimiento de Cuauthémoc Cárdenas. En una serie de declaraciones al diario Excélsior, Elena acusó a Paz de ser un comunista emboscado, de complotarse con la Coalición, bajo el respaldo de las armas y el oro de Moscú -fórmula hoy candorosa con que se aludía a los fondos del Partido Comunista-, todo esto en momentos en que ella seguía siendo de izquierda mientras Paz ya se había despachado contra el estalinismo y el gulag en la Unión Soviética. Garro dijo tener pruebas, que jamás aparecieron. En los medios intelectuales, la reacción fue instantánea. Elena fue acusada de agente de la CIA y el Vaticano, o espía de Fidel. Salpicó a muchos -cuenta un editor del diario, que reserva su nombre-. Fue lamentable porque llamaba a una verdadera cacería de brujas. Según el artista plástico José Luis Cuevas, todos quedaron con la impresión de que había sufrido un súbito ataque de locura.Esa mañana en Cuernavaca, entre el oxígeno y los cigarrillos, Elena contaba los hechos desde el punto de vista de la víctima. Paz inició una campaña de prensa contra ella, dijo que era una mitómana incurable. Mi padre llegó a decir que nosotras habíamos delatado al movimiento estudiantil -agregó Helenita-. Nos vinculó públicamente con Madrazo, enemigo del presidente Gustavo Díaz Ordaz. Tuvimos que ocultarnos de la policía, pasamos a la clandestinidad. Ese mismo mes de octubre, Paz renunciaba al servicio exterior en repudio a la brutal represión. Para que te quede claro -concluyó Helenita-, mi madre siempre fue la derrotada. Los mundillos concéntricos de la literatura mexicana concluyeron que la mitomanía de Elena tenía mucho de cierto. Ella fue siempre una gran paranoica -apunta Villoro- . Allí tienes su hermoso libro Andamos huyendo Lola, que es el relato perfecto de una persecución. Otro agrega: Por entonces ya sabíamos que Elena era una escritora de genio y que estaba rematadamente loca...Segunda coincidencia entre Elena y Silvina: dos escritoras a la sombra, empujadas a la excentricidad por la presión de una obra mayor consagrada, paranoicas condenadas a convencer al mundo de que su talento no es pura mímesis, reflejo del genio masculino que las funda y es su razón de ser, sutiles seres fabulantes. Con su habitual diplomacia, Bioy podría decir de su amante lo que ha dicho de su mujer: Silvina siempre fue una mujer muy original.

En 1994, la Sociedad General de Escritores Mexicanos repatrió a Elena Garro. Con el vacío de la intelectualidad mexicana a raíz de los enredos de Tlatelolco, en los 70 Elena había partido a París con su hija. Helenita Paz finalmente había conseguido un puesto en el servicio exterior, una especie de subsidio indirecto que dejaba respirar a todos. Bajo la batuta del argentino José María Fernández Unsain, fundador de la recordada Peña Eva Perón, quien recaló en México tras el golpe del 55 y fundó la Sociedad de Escritores, Elena fue paseada de sur a norte y el país celebró el renacimiento de una Kahlo de la literatura, una genial novelista eclipsada por nuestro pinche machismo. Entonces mi mami se puso de moda, sintetizó Helenita. Según las malas lenguas, a la Sociedad no le alcanzaban las horas del día para arrepentirse de la iniciativa. Porque enseguida tuvieron a las Elenas con ruegos descabellados a medianoche. A pesar de los llantos de miseria -folclóricos, según dicen- que ejecutaron ante mí esa mañana, Elena contaba con un subsidio razonable (con el cargo de Creadora Emérita cobraba 14.000 pesos, unos 1.500 dólares mensuales). También recibieron ayuda para permanecer en el departamento de Esther Garro, hermana de la escritora, en Cuernavaca, donde les fue sugerido que se instalaran, a distancia prudente. El tema del dinero siempre fue un desquicio -aseguraban incluso los más ecuánimes del D.F.-. Ningún subsidio podía resistir ese tren de vida. Según los rumores, Helenita de pronto despachaba un taxi a dar vueltas por Cuernavaca en busca de un remedio, o se iba a los negocios de Polanco a comprarse trajes de Gucci. Ciertamente, en un país donde el grueso de los intelectuales vive holgadamente de la literatura, gracias a un intrincado laberinto de becas, Elena creía merecer algo más que una pensión de subsistencia.Algunos aseguran que Helenita fue mantenida por el gobierno durante 25 años, ya que cobraba un sueldo de la Embajada mexicana en París sin saber hacer nada. Si resulta inconcebible que un ganador del Nobel permitiera que su hija y su ex mujer vivieran en la pobreza, Guillermo Sheridan, albacea de Paz, aseguraba que el escritor siempre se ocupó de que nada les faltase. En los últimos meses, Helenita ha reclamado insistentemente su parte de la herencia, que ahora entrará en fase de batalla legal. Pero en los buenos años, cuando Elena era una mujer espléndida, rodeada de privilegios, el porvenir abría los deliciosos caminos de la comedia. En la novela El paseo de la reforma, Elena Poniatowska recreó su romance, también estridente, con Archibaldo Burns, un aristócrata y director de cine, más tarde editor de libros, campeón de equitación, un dandy -según Garro-, guapísimo. Sabemos que los amores con Bioy se encargó de narrarlos ella misma. Alguna vez, en una copia de confianza, Adolfito subrayó -copiosamente- los hechos textuales en Testimonios sobre Mariana. A mediados del 97, en su búsqueda de fondos, Elena vendió su correspondencia privada a la Universidad de Princeton. El archivo Bioy es el más nutrido. Entre el 49 y el 69, Bioy le envió 91 cartas, 13 telegramas y 3 postales, que fueron abiertas al público hace exactamente un año para ventilar aquello que Stendhal llamó la cristalización amorosa. Al llegar a este punto, Elena colgó la pipeta y encendió otro cigarrillo: un hotelito en la banlieu de París....Nos conocimos un mediodía, fuimos los cuatro, con Paz y Silvina, a almorzar al hotel George V, el más elegante de París , dijo Elena. Después del almuerzo, Bioy me invitó a pasear en su coche alquilado por el Bois de Boulogne. De pronto, en el paseo, simplemente me dijo: Quítese el rouge que la voy a besar. Yo me dije, qué atrevido, no hice nada. Seguimos paseando en silencio. Más tarde acepté ir a una pensión de las afueras. No sabría qué decirle de esa primera cita. Me quedé dormida. Elena contó que Bioy le hablaba de su mujer todo el tiempo. Me decía que recordaba las primeras veces que él y Silvina estuvieron juntos -recordaba-, cuando él era un niño y ella, ya una jovencita, pasaban el día juntos en la playa. Silvina le ordenaba mandados todo el tiempo para que la dejara conversar tranquila con la madre de Bioy. Adolfito temía las iras de Silvina, aunque ella no hubiera tenido derecho a recriminarle nada pues también era muy liberal. Lo real duró muy poco, apenas un mes. Lo real carece mayormente de importancia. Con Paz, todo fue evidente, la frialdad se instaló en el matrimonio. De Bioy me enamoró lo guapo que era, lo dandy, no la conversación. Como escritor, todavía no lo tomaba muy seriamente. Bioy y Silvina partieron a Italia y después al piso de la calle Posadas, donde la vida seguía suave como siempre, gracias al buen aceite del protocolo.Elena y Bioy seguirían escribiéndose durante veinte años. Con sus tús, con esa distancia que acrecienta la idolatría, las cartas de Bioy representaron un estímulo poderoso para Elena, quizás un espejo más propicio donde encontrarse.En 1956 volvieron a encontrarse en los Estados Unidos. Elena dijo que no estuvieron juntos esa vez. A mí Bioy ya me daba flojera, dijo Elena. El insistía en hablarme de lo cruel que yo había sido, de cómo me había apartado de él. Se hacía el abandonado, cuando había sido él quien me dejó plantada.La correspondencia entre Garro y Bioy terminó abruptamente en 1972 con un episodio delirante, más afín a la literatura de César Aira que a la elegancia costumbrista de Bioy (si Aira hubiera visto a Elena esa mañana, la hubiera puesto a volar con esa misma batita, acoplada a un camión por las rutas patagónicas.) Esta fue la versión que nos dio Elena:Con los líos de Tlatelolco, nosotras fuimos a escondernos a la casa de una criada, María Collado, en Colonia Juárez. Dejamos los gatos en la casa. La policía nos mató a tres con veneno, Humitos, Juan Lamas y Conradino, los que yo más quería. Entonces se me ocurrió la idea de despachárselos a Bioy: Adolfito -lo llamo, le digo-, es el momento de que te pida un favor muy delicado al que no puedes negarte. Un breve paréntesis. Hay gente que ama a los gatos y gente que ama a los perros. Es raro que se los ame indistintamente, esto es así. Se podría hacer toda una antropología según esta preferencia y es claro que semejante desacuerdo puede ser más engorroso que la mera infidelidad. Los gatos siempre fueron hijos dilectos de Elena. Figúrate que una vez se fue con cuatro gatos al Ritz de París y los tuvo una semana escondidos en el ropero, porfiaban en el D.F. Silvina siempre fue mujer de perros. Escribió un bello relato sobre los centinelas de Rincón Viejo (llegó a haber siete perros en la estancia) y un cuento tétrico sobre un gato embalsamado. Con este antecedente, Tomi, Anamaría, Maxi y Lafitte fueron embarcados en vuelo directo a Buenos Aires. Fue Helenita quien llamó inmediatamente al piso de Posadas para cerciorarse de que los gatos se encontraban bien. Me respondió Silvina de muy buen humor -contó Helenita-. Oyelos, están aquí, corriendo junto a mi cama. Nosotras le creímos. Un año después, José Bianco tuvo la misión de revelarles que los gatos, en fin, habían tenido una suerte de perros. Pepe nos dijo que Bioy era un hipócrita, que en realidad había mandado castrar a Tomi y abandonado a los otros en una hacienda de por ahí, en la barraca de los peones. Imagínate esos gatos de departamento en medio de todos esos gauchos salvajes. ­Los habrán pateado hasta hacerlos reventar! Mi madre estaba furiosa, nunca se lo perdonó. En efecto. Luego de colgar solemnemente la pipeta, Elena Garro dijo: Ese día se murió Bioy para mí. Ya no lo quiero. Hace muchos años, en un almuerzo con encantadores chismes sentimentales, Bioy me había contado su versión de la ruptura. Según él, Elena efectivamente lo llamó para anunciarle que remitía al gato Tomi (amarillo, precioso). Objetivamente, no existía la menor posibilidad de que este Tomi conviviera con nosotros en la calle Posadas -dijo entonces Bioy-. De manera que mandamos al chofer al aeropuerto y yo esperé la llegada del paquete en la estancia.Al abrir la jaulita, Bioy no encontró a Tomi sino un big-bang de gatos furiosos, neurasténicos por el largo viaje, que saltaron con las zarpas abiertas y se dispersaron por todos los ombúes de la llanura argentina. No pudo afrontar la confesión. Si por lo menos los hubiera mandado atrapar, se lamentaba Elena esa mañana. Pero si yo los mandé buscar -había dicho Bioy-. Pero es que el campo es tan grande. Y así los gatos de Garro fueron libres bajo los cielos de la pampa húmeda. A nosotras nos han echado el muro de silencio en México, dijo Helenita mientras repasábamos juntas las fotos de los años de esplendor, y esas postalitas de mariposas que solía enviarle a ella Ernst Jünger, escritor y entomólogo, su padre imaginario, con quien se carteó durante años.

Elena Garro era una católica creyente, que dejó de ir a misa con la reforma litúrgica por no soportar al sacerdote de cara a la gente mientras cantan los mariachis. Algunos de sus libros son memorables, cada cosa que escribió contiene un experimento. Murió de enfisema en Cuernavaca, la ciudad donde murió Puig, a mediados de agosto. Tuvo un entierro sencillo, con llamativa ausencia de escritores mexicanos, que han preferido olvidarla para disfrutar de su lectura.

 

Titulo: Cartas de Adolfo Bioy Casares a Elena Garro
Autor: Pascal Beltrán del Río
Fecha: 03 de Diciembre de 1997
Fuente: La Nación


A lo largo de dos décadas, de 1949 a 1969, el escritor argentino Adolfo Bioy Casares mantuvo una correspondencia amorosa con la escritora mexicana Elena Garro.

Hasta hace muy poco, el romance entre Bioy y Garro era un pasaje relativamente desconocido de la vida de ambos, apenas esbozado por ella en los apuntes para el libro Los protagonistas de la literatura americana, de Emmanuel Carballo. Durante buena parte del tiempo que duró la correspondencia, ambos eran casados: ella, con el poeta Octavio Paz; él, con la poetisa Silvina Ocampo. Por parte de Bioy, lo más que llegó a saberse es que él y Garro formaban parte de un grupo de amigos.

La naturaleza precisa de la relación salió a la luz en septiembre pasado, cuando la Universidad de Princeton abrió al público el archivo de Garro, adquirido unos meses antes. Se trata de cinco cajas de documentos, en las que hay manuscritos originales y una abundante correspondencia, entre otros papeles.

Aparte de las noventa y una cartas, trece telegramas y tres tarjetas postales que Garro recibió de Bioy, el archivo incluye correspondencia de una infinidad de personajes renombrados: José Bianco, Julio Bracho, Luis Buñuel, Emilio Carballido, Régis Debray, José María Fernández Unsain, Adolfo López Mateos, Carlos A. Madrazo, François Mauriac, Victoria Ocampo, Javier Rojo Gómez, Bernardo Sepúlveda Amor, Guillermo Soberón Acevedo...

Pero la de Bioy es la más abundante: ocupa tres fólders.

Largas son la mayoría de la cartas que el cuentista y novelista argentino escribió a Elena Garro. Largas, de renglones apretados, con letra a veces ininteligible, hinchadas de nostalgia, adulación obsesiva, angustia, autodenigración y desesperanza.

En una entrevista reciente que concedió a Lucía Melgar, profesora de literatura de Princeton, que está trabajando en una biografía de Elena Garro, la escritora contó que tuvo tres series de encuentros con Bioy. Dos en Europa, en 1949 y 1951, y una en Nueva York, en 1956. Cuando se conocieron, en 1949, en París, Garro tenía veintinueve años, y Bioy, treinta y cinco.

Pese a la abundancia de cartas que documentan la relación entre Bioy y Garro, la colección de correspondencia está incompleta. Peter Johnson, responsable de la sección latinoamericana de la biblioteca de Princeton y encargado de adquirir el archivo de Garro, comentó en una entrevista que muchos de los documentos que conservaba la escritora se extraviaron en sus mudanzas trasatlánticas.

Además, las cartas que Garro escribió a Bioy no están en la colección.

-¿Qué pasó con esas cartas? -se preguntó a Johnson.

-No lo sé.

-¿Las tiene Bioy?

-La verdad es que él ha sido muy ambiguo al respecto.

PASIÓN Y LITERATURA

No todas las cartas de Adolfo Bioy Casares a Elena Garro son de amor. En algunas de ellas se habla del papel que la novelista y dramaturga desempeñó, junto a Octavio Paz, como agente literaria de Bioy en Francia.

En octubre de 1951, Bioy envió, desde Montevideo, una autorización a Octavio Paz para que encargara la traducción al francés de La invención de Morel, su novela más célebre, escrita en 1940.

Concluida la traducción de la novela en noviembre de 1951, Bioy escribió a Elena Garro, desde Buenos Aires:

"Estoy conmovido con el trabajo que te tomas con La invención. Leído en francés, me hace creer que es un buen libro, en cambio tú, al ir paso a paso con la traducción, descubrirás todas mis limitaciones".

Expresiones como ésa, de aparente falta de seguridad en sí mismo, abundan en las cartas del escritor, que fue galardonado en 1990 con el Premio Cervantes, la máxima distinción en las letras hispanas. En general, el tono de la correspondencia es depresivo.

Una carta fechada el 5 de noviembre de 1951 empieza así:

"Mi querida: Tuve que hacer un viajecito a Montevideo. Éste fue muy rápido: tres días en total. A mi vuelta me encontré con tus cartas del 26 y 27 de octubre: las más cariñosas que me has mandado desde hace tiempo. Tal vez te di lástima con mi tristeza. Si me hubieras visto en estos tres días del viaje te hubieras apiadado aún más o, basta de tonterías, me hubieras dado el olivo, como decimos aquí (me hubieras abandonado). No te puedo decir qué desolado me parecía todo: viajar en avión, llegar a un cuarto (color pardo) del Nogaró, almorzar y comer, conversar con los maîtres, los mozos, las consignas de siempre. «¿Para qué estoy haciendo esto?», me decía".

Las cartas de Bioy persiguieron a Elena Garro por todo el mundo: Francia, Japón, México, Suiza, Austria... Bioy parece incluso haber asediado a su correspondiente. Entre agosto y octubre de 1951, le envió una veintena de cartas.

"Perdóname que esté escribiéndote de nuevo -redactó, el 8 de septiembre de ese año-, quisiera darte un respiro, pero tengo tanta necesidad de ti que si no toleras estos monólogos voy a morir de angustia".

Cuatro días después, envió otra carta:

"Helena adorada: No te asustes de que te quiera tanto. Tú me dijiste que lloraría por ti. Solamente te equivocaste, en una carta, en la que me reprochabas mis lágrimas fáciles. Tal vez si pudiera dar un buen llanto mejoraría-pero no, eso me está negado. Debo seguir con esta pena y con los ojos secos."

Unas semanas antes, poco después de embarcarse de regreso a América, luego del segundo encuentro con Elena Garro, Bioy envió otra carta a Víctor Hugo 199, el domicilio parisiense de la familia Paz Garro. En su equipaje llevaba dos recuerdos: un zapato y el pasaporte de Elena. (Después, Garro le pediría que le devolviera el pasaporte).

"Mi querida -escribió Bioy-, aquí estoy recorriendo desorientado las tristes galerías del barco y no volví a Víctor Hugo. Sin embargo, te quiero más que a nadie... Desconsolado canto, fuera de tono, Juan Charrasqueado (pensando que no merezco esa letra, que no soy buen gallo, ni siquiera parrandero y jugador) y visito de vez en vez tu fotografía y tu firma en el pasaporte. Extraño las tardes de Víctor Hugo, el té de las seis y con adoración a Helena. Has poblado tanto mi vida en estos tiempos que si cierro los ojos y no pienso en nada aparecen tu imagen y tu voz. Ayer, cuando me dormía, así te vi y te oí de pronto: desperté sobresaltado y quedé muy acongojado, pensando en ti con mucha ternura y también en mí y en cómo vamos perdiendo todo.

"Te digo esto y en seguida me asusto: en los últimos días estuviste no solamente muy tierna conmigo sino también benévola e indulgente, pero no debo irritarte con melancolía; de todos modos cuando abra el sobre de tu carta (espero, por favor que me escribas) temblaré un poco. Ojalá que no me escribas diciéndome que todo se acabó y que es inútil seguir la correspondencia... Tú sabes que hay muchas cosas que no hicimos y que nos gustaría hacer juntos. Además, recuerda lo bien que nos entendemos cuando estamos juntos... recuerda cómo nos hemos divertido, cómo nos queremos. Y si a veces me pongo un poco sentimental, no te enojes demasiado...

"Me gustaría ser más inteligente o más certero, escribirte cartas maravillosas. Debo resignarme a conjugar el verbo amar, a repetir por milésima vez que nunca quise a nadie como te quiero a ti, que te admiro, que te respeto, que me gustas, que me diviertes, que me emocionas, que te adoro. Que el mundo sin ti, que ahora me toca, me deprime y que sería muy desdichado de no encontrarnos en el futuro. Te beso, mi amor, te pido perdón por mis necedades".

El 17 de octubre de 1951, desde Montevideo, le volvió a escribir: "Mi querida: Discúlpame que te haga leer las noticias de siempre: que te extraño, que estoy desolado...

"¿Pasarán años sin que nos veamos?

" Tú tienes a la Chatita [la hija de Elena Garro], a Octavio, a tus padres, a Deva, a Estrellita. Para mí, Helena es la persona que más quiero en el mundo, el centro de mi vida. Ves, no me corrijo..."

CONSEJOS DE SEÑOR JUICIOSO

A juzgar por el contenido de la correspondencia, Adolfo Bioy Casares pudo haber tenido peso en la decisión de Elena Garro de dedicarse a la literatura.

"Debes escribir -recomendó Bioy, en una de las primeras cartas que le envió, fechada en Buenos Aires, el 25 de julio de 1949-. Que los escritores te hayamos aburrido es una fortuita circunstancia de tu biografía y sólo tiene importancia para ti; que escribas tiene importancia para todos. En esta correspondencia entre nosotros se ve de qué lado está el escritor; lo es de éste. ¿Ves Helena? Pongo el énfasis en este consejo de señor juicioso (¡si pudiera convencerte!)".

Dos años después, Bioy escribió a Garro desde la Argentina para decirle que un productor de teatro estaba "estudiando, muy interesado" una de las obras de la mexicana.

Pero, en las cartas, Bioy casi siempre se refiere a la literatura para hablar de lo que no ha podido escribir o de lo malo que le parece lo que ha escrito:

"He interrumpido la redacción de una novela (valía poco)", anunció, por ejemplo, en una carta fechada el 7 de enero de 1950.

Y las referencias a los proyectos literarios están sepultadas entre innumerables lamentaciones de lo que no pudo ser:

"Como era de temer -escribió Bioy, el 2 de agosto de 1952, en la primera carta que envió a Tokio, donde Paz cumplía misión diplomática-, recaigo en la monotonía y en mi amor y te cuento que eres mágica, o que eres la única diosa que he conocido, o que te vi de atrás, con un abrigo de pelo de camello y peinada con moño y colita, en la calle Tucumán y que hube de matar a alguien para poder alcanzarte, mas que finalmente desapareciste por Esmeralda. Resuelvo escribirte, pero se van pasando los días y no hago nada; sigo con la cabeza pesada, como si tuviera una corona de hierro, sin hacer nada y con mucha tristeza y con mucho cansancio... Tengo todo muy abandonado: el cuento de 1839, la novela, unos datos biográficos que me pidió Laffont... Por cierto, todo lo que te he enumerado importa poco; pero aquí no podía hacer nada mucho mejor. Comprendo que soy apenas un fantasma... De todos modos no me olvides o por lo menos trata de no olvidar de escribirme de vez en cuando. Eres la persona que más quiero; no pasa un día sin la pena y sin las dulzuras de extrañarte...

"No puedo creer que en mi futuro no haya más Francia. ¿Para qué, ahora? Me has cambiado los planes, hasta las costumbres de la imaginación. No puedo creer que no haya más viajes a Marly; que no llegue nunca a Víctor Hugo y que no te encuentre en el Chez Francis. Empiezo a imaginar un viaje en los barcos holandeses de que algún día te hablé. Saldría de aquí en abril o mayo y desembarcaría en el Japón un mes y medio después. Qué horror si te da pereza imaginar esa llegada. Pero te juro que no voy a molestarle [tachón]. Soy tan tonto que iba a decir lo que no conviene; iba a decir: «¡Seré como una sombra a tu lado!»

"[...] Yo no sé si te lo confesé, pero a mí antes me gustaban todas las mujeres (antes=antes de conocerte). Ahora las veo como si un velo se hubiera caído de mis ojos: son tontas, son feas (al cosmos le cuesta producir a una mujer linda) y son otras. Esto de que sean otras, de que ni siquiera se parezcan a ti es su más grosera e imperdonable imperfección. Además, la idea de hacer el amor con ellas me repele: qué feo, que antiestético e incómoda la postura; qué asco, qué aburrido. He descubierto la virginidad y su casi suficiente encanto...

"Yo creo que si supieras la felicidad que me traen tus cartas... me escribirías cartas muy largas. Ya sé que soy un idiota y un mal tipo; pero un idiota y un mal tipo que te adora. Vivo pensando en ti; queriéndote, extrañándote. Qué lástima haber perdido el pasaporte. ¿Recuerdas el zapato, el hermano del que tiraste en el Bois de Boulogne? Lo visito diariamente".

La última carta de la colección está fechada en Mar del Plata, el 21 de abril de 1969. Habían pasado veinte años desde la primera misiva. La carta dice:

"Helena muy querida:

"Todos los días pienso en ti y en la Chata... En los diarios de por acá hay muy pocas noticias de México. Las que puedo darte de mí son demasiado triviales. La vidita de siempre... Menos mal que este año trabajé. Escribí una novela, El compromiso de vivir, que estoy corrigiendo; una Memoria sobre la pampa y los gauchos; un cuento, "El jardín de los sueños", y ahora un segundo cuento [ilegible]: uno y otro, Dios mío, tratan de fugas. ¿Recuerdas que en el Théåtre des Champs Elysées, en el 49, la primera noche que salimos, me dijiste que sentías gran respeto por los que huían? Me gustaría compartir hoy esa convicción. En todo caso no me parece improbable que dentro de poco me convierta en fugitivo. En la fría y solitaria Mar del Plata de esta época del año, trabajo, y, mientras tanto, estás, o creo que estás feliz... En junio o julio o agosto acaso me vaya a Europa. Cómo cambiaría ese desganado viaje si en París, en Roma, en Londres... dónde tú quieras, nos encontráramos.

"Anímense.

"Un besito de Bioy".