prensa María Moreno
 

Titulo: Asociación libre
Autor: Natali Schejtman
Fecha: 10 de Noviembre de 2013
Fuente: Radar, Página 12


Por los alrededores, por afuera y por dentro de la cultura argentina y su literatura, Subrayados, el nuevo libro de María Moreno, apuesta sus mejores fichas a la asociación libre, el desprejuicio en la mirada y la desacralización de las figuras de escritores. La amistad, las dedicatorias, la bohemia de los dandies y hasta la posibilidad de que Fierro y Cruz hayan encarnado una profecía del matrimonio igualitario, abren el camino para el goce y la reflexión contra todo riesgo de solemnidad.

Como en un fluir continuo entre un tema y otro, mientras contesta sobre preguntas puntuales alrededor de Subrayados, su nuevo libro, o sobre uno que vendrá, María Moreno tiene una facilidad fabulosa para referirse al quehacer periodístico, un lado B que se esconde y varias veces emerge en sus textos. Ese lado B –devenido en ocasiones lado A– puede recorrer la materialidad de la cinta versus el archivo digital, la forma en la que pregunta cuando hace una entrevista, sus estrategias performáticas a la hora de encarar a un personaje o el modo en que escribe o entrega una nota. Porque todo eso, el grabador, la computadora, la silla, la hora de cierre, hace al texto. Y ella lo pone ahí, como un work-in-progress que se convierte también en el producto final. Esa cotidianidad de oficio se entromete no sólo cuando habla de literatura, sino también cuando escribe. De hecho, el título de las columnas que ella entregaba semanalmente en la revista Debate, “El subrayado es mío” , y que ahora están compiladas en su libro, junto con otras publicadas en Páginal12, es también el modo en que empieza la primera nota y alude a una actividad manual y común a todos los lectores-escritores: subrayar “con tímido lápiz, con barras gritonas o con regla de obsesiva”. Pero además, las minucias de la comunicación cotidiana (“el otro día le oí decir a Martín Kohan”) aparecen desperdigadas, puestas ahí para sellar el efecto de la cronista del mundo literario, desde el lápiz que subraya hasta el congreso en donde se presentan obras terminadas. Eso sí, pasando por la fatídica entrega. En “Literatura y constipación”, por ejemplo, Moreno empieza citando una escena del prólogo de La vuelta de Don Camilo, de Giovanni Guareschi (cuya moraleja sería “Jamás haré hoy lo que bien puedo hacer mañana o dentro de dos meses”), para mencionar la relación del escritor con los tiempos de entrega y los llamados desesperados de los editores, y luego volcarse a hablar de la procrastinación de la autora y sus amigos de bares Jorge Di Paola y Miguel Briante. Aunque ahora, dice, empezó a no bancarse la angustia de entregar tarde... “En una época me la bancaba. Es como un goce de estar al filo de la navaja. Pero por tardar más no soy mejor. No es que perfecciono el texto hasta un extremo en donde me satisfaga como quedó. Quizá cuando se retiene la entrega del texto sea el período de un acopio inconsciente. Es paradójico, soy procrastinadora, pero al mismo tiempo soy muy rápida. Entrego tarde pero escribo rápido. Así es la cosa. Y aparte escribo de un tirón. Estoy acostumbrada al tirón de la entrega inmediata al diario. Una vez que me senté es difícil que deje una nota. La hago a lo largo de las horas que sean necesarias.”

Acto seguido refiere una anécdota mencionada en Subrayados, a propósito del autor de La vuelta de Don Camilo: “Guareschi cuenta que debía una nota a Oggi y otra a Cándido, que era la revista que sacaba él. Había que entregar antes porque el día siguiente era Nochebuena. Guareschi tenía, por así decirlo, que retrasar su retraso o armaría un desastre mayúsculo en el que podrían intervenir los gremios o la página en blanco de Mallarmé dejaría de ser una metáfora. Guareschi entregó su nota a Oggi y volvió a su casa para seguir con la otra. Ahí el teléfono empezó a sonar y a sonar. Los editores de Cándido comenzaban a insultarlo. El estaba poniendo en peligro la unión familiar en torno de la mesa de Navidad por clavar a unos trabajadores en feriado. Guareschi volvió a la calle, fue a Oggi, quitó la nota y la entregó a Cándido en tipos más gruesos para llenar el agujero. Luego volvió a su casa para terminar la de Oggi: tenía todavía media hora”. Después de citar su texto, María Moreno declara: “Me gusta robarme a mí misma. Es algo compulsivo. Como si fuera autocleptómana. Generalmente es raro que los artículos, como éstos que salieron, no tengan cosas que ya publiqué y a lo mejor tres veces. Partes que me parece que están ya escritas o investigaciones que tengo hechas hace muchos años. También es una variante de Robin Hood engañar a los editores”.

LA RESALTADORA

Los textos de Subrayados son joyitas de la asociación libre alrededor, adentro y afuera de la “cultura”. Generalmente, empieza mencionando su subrayado y luego baila entre la realidad fáctica de las escenas de su frondoso anecdotario y la realidad paralela de libros elegidos, algunos más bien olvidados, otros canónicos, pero todos abordados desde una puerta trasera, inesperada y entreabierta, que ella decide abrir sin hacer gran escándalo, como chusmeando lo que pasa cuando ese párrafo subrayado se mueve en un presente de relaciones múltiples: “No son ensayos”, dice, como forzándose a encontrar una sola cajita genérica, acción que abandona rápidamente. “Es una cosa mucho más cartonera. Porque de pronto aparecen testimonios, anécdotas autobiográficas, refritos, pero que no se pueden pensar en términos de ensayo. Sería una crónica de lectura... Yo pienso escribiendo, no pienso fuera de la escritura o es como si la escritura fuera inventando lo que pienso mientras escribo. Yo me siento con dos o tres cartones para juntar y reciclar y de repente aparecen otros que no me imaginaba. Deliro cuando hablo y es bastante parecido a eso que escribí en estas notas. No es que tengo que ponerme a pensar qué me toca en la semana. Tengo el encargo en la cabeza y me aparece la conexión. Yo puedo tener la desgrabación de Arturito Alvarez, que es un millonario que murió en un geriátrico, que llegué a entrevistar, y que tenía un Picasso sobre el que comía. Ese testimonio me llevó a pensar en la idea de snobismo. Entonces sacaba de mi colección de cronista frívola un montón de anécdotas de snob. Recuerdo unas citas de José Luis de Vilallonga y al mismo tiempo asocio que los mismos izquierdistas que tienen una pelea eterna con Victoria Ocampo y con el Grupo Sur tienen en sus casas la estética de Victoria. Todos, me incluyo, tenemos los pisos y muebles lavados como si fuesen los de un barco, eso es un modelo que tomaba Victoria Ocampo. Entonces con todo eso hago un texto. Son como iluminaciones. No hago crítica literaria en estos textitos. Son ficciones sobre lecturas de ficción.”

Las ficciones sobre las lecturas pueden incluir hipótesis sorprendentes (como la posibilidad de que Fierro y Cruz hayan encarnado una profecía del matrimonio igualitario), anécdotas convertidas en ideas y puestas en serie con otras anécdotas/ideas (la amistad literaria, la mención a otros escritores, las dedicatorias) y descripciones refinadas y desconcertantes del presente, del pasado, del párrafo de una novela. Como cuando describe el modo de hablar de Lilia Ferreyra: lejos de esa tendencia periodística a querer encontrar en un gesto mínimo una metáfora de toda la personalidad del entrevistado, Moreno observa con la precisión de un oído-bisturí: “La voz de Lilia, cuando narra su vida con Rodolfo Walsh, se aparta de la inflexión angustiada del testimonio, tantea la metáfora, planifica los silencios, sabe que los historiadores positivistas suelen aferrarse a una verdad fáctica que se desea escueta en las gateras del realismo cuando solo el rodeo por el lenguaje, su puesta en límite de las figuras retóricas, puede apenas transmitir una experiencia que ninguna ilusión de transparencia realista logrará volver menos opaca. Con esa voz el testimonio gana su libertad fuera de los tribunales para contar desde el sobreviviente no el tamaño de lo que le fue arrancado sino todo lo que ‘ese hombre’ fue antes de ser alcanzado”. Ese texto había arrancado con la descripción de Lilia sobre el scrabble y el go, dos de las actividades asiduas de la pareja en la clandestinidad.

TODAS LAS VOCES TODAS

Subrayados. Leer hasta que la muerte nos separe Mardulce 290 páginas
Moreno es recurrente con el tema de la voz. Por un lado, delinea una hipótesis atractiva sobre la voz argentina pos Borges: “Hay una impronta muy fuerte de Borges que marca una economía del lenguaje que se chupó al modernismo, su idea de una economía del lenguaje totalmente puritana, su idea de que el barroco es la infancia del escritor. Cuando viene la democracia y retornan algunos cronistas, como Tomás Eloy Martínez, Horacio Verbitsky o Miguel Bonasso, nadie recoge la crónica de herencia modernista. Ahí hay una escritura de duelo, como si no se pudiera gozar mientras se denuncia, como hace Pedro Lemebel. Habría que ser apolíneo con una lengua que contiene la palabra desaparecido”. Por otro, como periodista, María es una interesada indeclinable en todo lo que supone el antes, el durante y el después de ese momento a veces demasiado automatizado por el oficio: la entrevista. Y dice: “Lo que me gusta leer en una entrevista es el efecto de una voz. Me gusta escuchar una voz que discurre. No me gusta el relato en sentido tradicional. Lo más decepcionante es una persona que tiene un rollo armado y que no la sacás de ahí. A mí me interesa la entrevista, pero la entrevista como encuentro y como construcción de un personaje. Nunca hago la entrevista de información. Para mí el logro de una entrevista es que suceda lo imprevisible. Que el entrevistado diga algo que no pensaba que iba a decir, que ni siquiera él sabía y que yo haga una pregunta que yo ni sé de dónde me viene”. Así es como María pudo acopiar información imprevisible sobre personajes. Eso también forma parte de los cartones con los que construyó los textos de Subrayados. Pero tampoco ahorra en trucos del oficio, que despliega con naturalidad, como si el efecto que quiere lograr fuera indiscernible de la estrategia: “Hay trucos ahí, vos usás todo lo que no es la entrevista y de pronto hacés ciertas preguntas de acopio que son interesantes, como ‘describime todos los muebles de tu casa’, ‘contame la historia de tu gato’ o ‘¿qué soñaste ayer?’. Esas cosas son muy inductivas”. Tampoco ahorra información –ni preguntas– a la hora de hablar de qué se hace con todo ese material grabado, cómo se escribe un texto propio a partir de un texto hecho a dos voces: “Cuando yo me escribo en las entrevistas, no me mejoro. Incluso al revés: muchas veces juego con que el otro me humilla aunque no haya pasado eso. Me parece que hago una especie de periodista clown cuando el otro me agrede... exagero la posición de tonta. Porque lo que importa es lo que produzca el relato en el otro. Yo creo que parecer tonta es un mecanismo excelente, el otro se distrae totalmente y empieza a hablar. No creo en la entrevista de confrontación, eso de preguntarle a Schoklender: ¿usted mató a sus padres? Imaginate que de ahí no va a salir ninguna respuesta. Mis años de análisis me han servido, por ejemplo, para que cuando hay un silencio yo no lo interrumpa, que del silencio ése se haga cargo el otro. Puede surgir algo o no de eso. A veces, en vez de hacer del manejo del silencio una estética, se tiende a llenarlo como si fuese un abismo directamente. En realidad uno puede trabajar con el silencio. Igual me estoy metiendo en una trampa porque entrevisto a gente que es una novela viviente”.

Todo eso, aunque éste no sea un libro especialmente dedicado a las entrevistas, está en Subrayados. Esa posibilidad de sorprender, de unir el agua de Alfonsina con un texto de Walsh, que también fue secuestrado y desaparecido, de pintar un fresco contundente de Beatriz Bibiloni Webster de Bullrich a partir de un puñado de frases textuales puestas a jugar con Borges y Bioy, de recordar una anécdota desopilante sobre una alopecia temporaria que tuvo Moreno, sin dudas enviada como una maldición y una joda por sus escritores muertos, como castigo por haber abandonado el alcohol y entregarse al agua mineral. El cruce permanente, la sorna y la mirada al detalle literario y extraliterario imprevisto hacen también a la particularidad de su escritura. Justamente el alcohol –y sus metáforas– está en la agenda de María Moreno. Su próximo libro, autobiográfico, se trata de su relación con el alcohol, pero es también un relato sobre la amistad y un réquiem a los amigos muertos. “Se trata de hacer el duelo de una banda. Pero en realidad es un libro de crítica literaria, de relatos literarios. El alcohol es una contraseña.”

 

Titulo: "Veo escenas ya escritas y las edito"
Autor: Cecilia Palmeiro
Fecha: 26 de Octubre de 2013
Fuente: Revista Ñ


Ricardo Piglia la ha definido como el mejor narrador de la Argentina, mientras que sus fans en toda Latinoamérica la consideran la estrella de la no-ficción. Esta primavera, María Moreno agita el ambiente libresco con la publicación de su primer volumen de crítica literaria: Subrayados. Leer hasta que la muerte nos separe (Mardulce Editora), una compilación de sus artículos y ensayos sobre literatura. Y, como si esto fuera poco, Mansalva acaba de reeditar su primera novela, El affair Skeffington. Dos textos en los que la lectura y la vida complotan para tejer formas singulares de escritura que atraviesan géneros, esferas y jerarquías literarias. Pero sobre todo, imaginan qué hacer con la literatura. “La consigna era: el subrayado es mío y por lo tanto me moví con total libertad. Siempre hice algo que no es periodismo dentro del periodismo. Nunca trabajé en situaciones de periodismo de los hechos. Siempre fue en medios que elegían una marca literaria. En lo que hago siempre estuvo presente el dinero. Yo no tengo otra zona: escribo en espacios que son, a la vez, mi ganapán. No hay una zona ‘pura’ o que yo separe como ‘legítima’, literaria, como también trabajo con la velocidad del periodismo (‘para mañana’): tengo esa estructura de producción. Lo tomo como un desafío de escritura y no lo veo como algo menor”.

-Estos textos muestran la cara doble de la escritura profesional bien entendida: escribir por dinero, pero con libertad.
-La consigna era el subrayado es mío [como apropiación de esos textos con los que se casa], en una revista que no tiene una propuesta cultural muy formateada y por lo tanto me moví con total libertad. Siempre hice algo que no es periodismo dentro del periodismo. Nunca trabajé en situaciones de periodismo los hechos. Siempre fue en medios que elegían una marca literaria. En lo que hago siempre estuvo presente el dinero. Yo no tengo otra zona: escribo en espacios que son, a la vez, mi ganapán. No hay una zona "pura" o que yo separe como "legítima", literaria, como también trabajo con la velocidad del periodismo (“para mañana”): tengo esa estructura de producción. Lo tomo como un desafío de escritura y no lo veo como algo menor.

-De hecho estos son textos de una densidad conceptual y rigurosidad teórica que no tiene nada que envidiarle a los académicos.
-Yo digo que soy laica, para no tener la connotacion de la palabra “autodidacta” que suena como "de los Apeninos a los Andes". Pero creo que ese efecto lo da la lectura variada y también la manera de leer laica de los 70. Era un momento en que se importaba a Foucault, a Lacan , a Barthes, se traducían y se transmitían ( se pervertían) en los grupos de estudio. Yo estudié textos de Freud y de Lacan con Germán García. El café La Paz fue como una universidad en donde se comentaban las novedades, se discutía y se jugaba. Lo que se ve en lo que escribo es una heterogeneidad que no te da la facultad pero sí la librería de viejo.

-Esos pasajes entre la literatura y objetos de la vida cotidiana entran también en la tradición más feliz de los estudios culturales. Tus ensayos tienen esa mirada no académica, rígida y aburrida, sino más divertida y fresca. En ese sentido podrían pensarse como textos postautónomos en la medida en que entran en la crítica literaria desde afuera del campo para darlo vuelta y volver a llevar la literatura a la vida.
–Yo creo que nunca dejé de afanarle al Barthes de Mitologías, que me parece que sigue siendo actual. Para mi es una fuente inagotable.También trato de buscar siempre algo un poco antagónico con la ortodoxia, más bien buffo. No como “lo que yo pienso” sino como un ejercicio de argumentación. No me acuerdo quién fue que quería entrar en el diario Crítica y Botana le pidió que escribiera sobre Dios. Y el otro le contestó "¿a favor o en contra?". Me sorprende cuando mis lectores me dicen "Como me reí", porque soy trágica pero parece que en lo que escribo hay una risa, que aunque yo esté destruida me da un tono de solfa, de desenmascaramiento del objeto prosopomposo a analizar. Me parece que tengo, como lectora, una cosa de clown .

-Estás entre la crónica, la crítica y la autobiografía, sobre todo en relación con el subrayado, que es una técnica literaria.
-No tengo ninguna satisfacción del archivo. Hay gente que tiene datos respecto de los cuales no parece tener otro goce que la adquisición, el acopio, pero que no necesariamente los usan. Me sorprenden los que recuerdan escenas, textos y los repite de memoria y los cita. Quizás sea más un hábito de los poetas recordar textualmente versos. Pero tengo escenas que (habría que hacer un psicoanálsis para saber por qué) recuerdo con insistencia, pero son escasísimas, en donde siento toda la fuerza de la literatura. Pero no los diferencio como recuerdos de libros, sino que por su intensidad, es como si fueran recuerdos personales. Por ejemplo siempre recuerdo la escena en que el profesor Pnin, de Nabocov, la noche anterior a que lo expulsen de la Universidad en donde está enseñando literatura rusa, lava la vajilla y oye el sonido de algo que se rompe y nos hace creer que es una ponchera, un regalo que le hizo la única persona que, tal vez, lo quiere . Es un momento desolador hasta que nos enteramos de que lo que se rompió es un simple vaso.

-Creo que la potencia del libro se sitúa justamente en esas zonas de pasaje de niveles y de esferas: de lo libresco a lo real.
-Creo que a eso lo puedo llamar experiencia. Fuí en el 2000 a Lebeucó, a la devolución de la calavera del cacique Mariano Rosas, a su comunidad. Había un tipo que me dijo “Soy Gregorio Camargo” (como el personaje de Mansilla en Una excursion a los indios ranqueles ). No solo asistí al entierro de un personaje literario: parecía que los personajes literarios tenían descendencia. Parecía algo medio psicótico. Es que todo el tiempo la literatura aparece. Como cuando estás pensando en algo, abrís un libro y ahi está, como si fuera un I-Ching. La escritura es profética, en el sentido de que algo ya escrito tiende a tentar el acontecimiento, aunque los que no tienen imaginación dirán que uno hace cosas que lo llaman.

-En el título también propones Leer hasta que la muerte nos separe: casarse con la literatura, armar una especie de familia y trazar una red afectiva que atraviesa la literatura.
-Sí, prefiero la fatria a la familia, o como dijo Graham Greene, gran borracho: el bar es un hogar contra el hogar. Mi próxima novela que se llama La pasarela del alcohol traza una familia literaria en donde el alcohol no es el tema sino una contraseña. Porque yo más que formarme con un maestro, me formé en banda y oralmente. Soy de las escasas mujeres cuyos textos aparecen en la de la revista Literal junto con Susana Constante y Josefina Ludmer. Mi posición con la banda de Literal era un poco irónica, no era una groupie, era una feminista pendenciera pero supongo que cierta marginalidad me ponía en actitud reactiva de “casada con la mafia”.
Ese primer texto mío de Literal que firmo Cristina Forero y se llama La asunción estaba influenciado por Sarduy y Lezama, era de un barroquismo total, una especie de gran bordado con firuletes increíbles, lleno de apropiaciones que entonces no se llamaban “plagio”.

-Allí decís: "La ginebra es estructural a nuestra literatura"
-Me refiero al lugar que tiene en Martín Fierro, en las obras de Briante o de Lamborghini. Pero después mi barra pasó al whisky. Fue como un ascenso de clase. . Porque todos los atorrantes del bar, despues, inscriptos en el periodismo, pasamos al Criadores. Me refiero a Norberto Soarez, Jorge Di Paola, Miguel Briante. La ginebra es el periodo mas lumpen, de comienzo de la vocación, de estar empezando la bildunsroman. El pasaje de la ginebra al Criadores coincide con los comienzos de la obra literaria y de la instalación periodística. La ginebra es la sustancia de los primeros libros .

-Borges decía que todo escritor en sus comienzos es barroco y gritón, y que después se va morigerando.
-Pero yo estoy en contra de Borges con su dictamen de economía, como si el barroco fuera la infancia de los escritores. Y me parece que su modelo es responsable, en la lucha contra el lenguaje “español de España”, de haberse chupado el modernismo. Se chupó la herencia modernista que está en Chile, está en Uruguay y que acá solamente conservan los poetas. Ese llamado a la economía fue muy fuerte y puritano también. ¿Por qué no puede haber exceso, goce, gasto?

-Vos la llamas lengua lujosa
-Es la lengua del despilfarro.

-Esa fratria literaria, no solo la del bar, te lleva a formular una teoría de la literatura en "Puig con Walsh", una versión argentina del clásico "El autor como productor" de Walter Benjamin, donde se desarrolla una relación entre técnica y política. Incluso a partir de la desaparición de Walsh y de la extensión de la categoría de desaparecido a sus textos inéditos, por lo que también juzgaron a Astiz y el Tigre Acosta.
-Sí, en las condenas se estableció entre los hechos imputados no sólo el secuestro y desaparición de Rodolfo Walsh sino de sus textos inéditos y en proyecto, entre ellos el cuento Juan se iba por el río. En una contratapa de Página que se llamaba "Dos lectores", Lilia Ferreyra, que fue última esposa de Walsh, junto a Martín Grass, sobreviviente de la ESMA, reconstruyeron partes de ese texto. “Juan Antonio lo llamó su madre. Duda era su apellido. Su mejor amigo, Ansina, y su mujer, Teresa.” Es un texto oral, reconstruido. desde el tesimonio, algo que rompe las categorías: el autor está desaparecido, el papel está desaparecido, nadie puede atribuírselo con certeza. No sé cómo fue jurídicamente, pero lo interesante es que la noción de “potencialidad” que siempre dio para prácticas reaccionarias, en este caso –porque era un texto en obra– sirve para sentenciar sobre su desaparición.
Al mismo tiempo, en la literatura, la ficción empieza a tomar la primera persona testimonial, cosa que no pasaba antes, como si hubiera un tabú respecto a una supuesta apropiación del testimonio por los escritores. Pienso en Una muchacha muy bella de Julián López. Porque también existe eso que yo llamo "fiolismo del otro": alguien que encuentra sujetos de una vida intensa (presos, un ex desaparecido, madres de plaza de mayo) y solamente pone ahí el grabador. Yo creo que es realmente canibalismo, porque se expropia esa fuerza, esa intensidad y no se hace ningún trabajo de escritura. Además en la no-ficción, cuando se usa mucho el grabador ante un relato siempre queda la pregunta por la atribución, la autoridad, ¿de quién es ese texto? Eso solamente se puede dirimir jurídicamente. Como el problema que tuvo Manuel Puig con el personaje que grabó y cuyo discurso reconstruyó prácticamente mediante el corte y el montaje en Sangre de amor correspondido. Habían hecho un contrato en donde el narrador recibiría dinero pero luego de salido el libro, apeló. Yo siempre digo que Puig realiza un proyecto de Walsh: una literatura hecha solo de testimonios en donde la única intervención de autor sería la selección, la compaginación y el corte, una literatura tan importante como una novela. En algún momento voy a terminar trabajando solo con voces.

-La amistad aparece en el libro como una política y un procedimiento literario.
-La escritura y la amistad, la lectura y el bar, van juntas en mí. Primero conocí a Norberto Soares en el bar. Luego a Briante y a DiPaola . Soy muy amiga de Germán García. Puede decirse que entro al campo de la escritura con la marca de los amigos. Pero ya de chica escribí varias novellas bastante ridículas como Inmigrante en donde la inmigrante era inglesa o Alex en donde un ciego saludaba a su novia “Luisa, ¡cuanto gusto de verte!”. Cuando tenía veinte años me gustó un tipo que ya tenía cosas publicadas. Y para levantármelo le dije que tenía unos cuentos que quería mostrarle. Cuando me llamó, yo no tenía ningún cuento, los escribí esa tarde rápidamente para evitar el bochorno en la cita de la noche. Y me casé con un poeta, Marcelo Moreno, y por él , a través de él, entro al periodismo .

-¿De ahí viene tu pseudónimo?
-Había todo un chiste porque al principio, como periodista, yo tenía una doble vida: firmaba “Cristina Forero” mis notas que yo consideraba "serias", que eran críticas literarias, en La opinión. Y después, cuando entro a Status, hacía notas que consideraba frívolas (en ese momento yo tenía mi propia jerarquización, muy convencional, de lo que hacía) entonces haciendo una broma me pongo mi primer nombre, María (nadie me llamaba así entonces , todos me decían Cristina) y mi apellido legal: en realidad no era un pseudónimo. Después algo pasa con ese autobautismo y Cristina Forero es chupada por Maria Moreno y desaparece.

-Acaba de reeditarse tu primera novela, El affaire Skeffington por Mansalva, donde aparecen tus dos nombres: Maria Moreno y abajo Cristina Forero.
-Porque es un juego con el personaje, que tiene también dos nombres , Dolly Skeffington es poeta y vivió en París en los años locos. Ahora no me reconozco en ningún nombre. Cuando me tocan el timbre y me dicen María Cristina Forero me da un cortocircuito. Algunos de los que me conocen desde antes todavía me dicen “Cristina”, otros han cambiado a “María”. Entonces vacilo sobre qué nombre tengo que decir. Me suena más que es una contraseña, no lo reconozco como nombre. También “fui” Marcelo Forero (un cronista frívolo), Rosita Falcón (una jubilada), Juan Gozález Carballo(un machista cheto), Susy Kawasaki (motoquera, onda Cerdos & Peces). Son varios heterónimos, lo que pasa es que se impuso uno.
Antes de adoptarlos investigaba porque tenía que encontrarles un lenguaje que fuera verosímil. Los heterónimos aparecen como la alucinación de una voz. Skeffington fue así. Pero era porque tomaba una droga, un calmante que se llamaba Klosidol que tenía opio, entonces era como si yo escuchara traducciones, que me sonaban a las que hizo Diana Bellessi de poetas norteamericanas en Contéstame, baila mi danza, me venían líneas, hasta que yo misma empecé a provocarlas. Yo no me reconozco en ese yo poético sin la mediación de Skeffington, y por supuesto estoy afanando totalmente de Pálido fuego de Nabokov.

-¿Y eso se relaciona con el alcohol, que ordena tu próxima novela?
-Sí, pero yo digo que hay que dejar las sustancias para producir. Jamás escribí con una copa en la mano. Tengo una economía que me permite salvar la vida, que es: escritura por un lado, alcohol por el otro. Totalmente separados. Aunque se puede decir que nunca dejo de tener alcohol en sangre.

-Aunque vos lo niegues, es un procedimiento muy borgeano inventar un autor que no existe y de ahí hacer tu primer libro.
-En Skeffington todos existen y todos son producto de una ardua investigación, con un sistema de notas muy rigurosas –ahora parece una tontería pero no existía el Google en ese momento. Todo lo hice con esa cultura de autodidacta, que provoca un efecto de pseudoerudición en la que el único personaje imaginario es Skeffington. No vi esa experiencia ligada a Borges. Concretamente tengo una anécdota con Mercedes Roffé, ella había inventado al poeta Ferdinand Oziel, había escrito El tapiz (de Ferdinand Oziel). Pero fue más radical: lo firmó como la editora, no como la autora. Y yo inventé a Skeffington. Hubo gente que leyó el libro y pensó que Skeffington existía, leía absolutamente tomada por la ilusión. Fue divertido eso. Era sobre todo un juego con Mercedes, y también estaba el aliento de Mirta Rosenberg, la primera editora del Affair. Pero era una locura, un comienzo con alucinaciones auditivas con música de traducción. Ahora lo reeditó Mansalva.

-Tu escritura es como esa pasarela, del libro a la calle y viceversa
-Escucho las conversaciones en los bares , las de las mesas de al lado, lo que dice la gente por la calle. Y acopio. Una vez un hombre muy viejo le dijo al mozo del Alex bar : "a medida que envejezco, siento que me voy convirtiendo en una palabra". Alta filosofía. Dí un taller con internos del Penal de Ezeiza. Leyeron Los asesinos de Hemingway desde el punto de vista del sicario. Fueron muy críticos con los asesinos y con la víctima por no luchar por su vida. Y el cuento de Pedro Lemebel "Solos en la madrugada" en donde el ladrón le perdona la vida al narrador por haberlo oído en la radio, cuando estaba preso, les hizo contar las veces que perdonaron la vida. Era literatura oral originalísima. Todo el tiempo veo escenas que están como ya escritas y yo las edito. Además soy celosa y paranoica y eso me permite leer en cualquier signo e investigar. Por eso, escribir, si bien no sublima nada, es lo más tranquilo que puedo hacer, Agarro los libros como si fueran objetos, o personajes, no diferencio una cosa de la letra. Eso tengo de cronista.