prensa Ronald Firbank
 

Titulo: Ronald Firbank versión Montesinos: La flor pisoteada
Autor: Adriana Astutti
Fecha: 14 de Noviembre de 2013
Fuente: Bazar Americano


Primera lectura de la mañana: una escritora comunica en su face la muerte de una de sus hermanas. Conozco a la escritora. Veo una foto. Me conmueve. ¿Qué decir, qué poner? Miro esos me gusta y esos comentarios de condolencias con extrañeza y pudor. El día es luminoso, fresco. Dejo todo y me voy a caminar por el río con Moreira, para exorcizar sucesivas ideas funestas. Cecilia sale para la Siberia y nos deja en Italia y Wheelwright. Cruzamos al parque. Caminamos -él corre, yo camino y escucho Amy Winehouse… Moreira se agarra con algún que otro perro; neurosis de destino, diría Tununa Mercado, pienso. Seguimos. Caminamos desde Italia y el río hasta el barquito de calle Francia, volvemos. Miro las torres de costado. Vistas desde Avenida Francia y el río, desde el barrio de casas bajas, esas torres parecen una amenaza, leí en algún lado que decía el “Colo” Rois. Vistas desde acá también. Damos la vuelta, miramos el río. Me acerco a la barranca y me tienta cruzar a la plataforma que está detrás de la baranda. Pero el perro se puede caer, pienso, y sé que a Pelle esa idea le da vértigo y no quiere llevarlo a caminar a este parque por eso. Winehouse hace silencio. Los lapachos y los paraísos ya están en flor, pero los paraísos no huelen hoy. Me cruzo con Julia y me pregunta si Moro es más grande que el perro de su tío. Sí, Moreira es muy grande, la mayoría no. Me cruzo con dos tipos que hablan y caminan en jogging, sesentones. Hermoso perro, me dice uno. Gracias. Seguimos. Dudo si quedarme en el parque de atrás, el Sunchales, donde hay menos perros, para leer tranquila. Dos mujeres se ejercitan con una bolsa roja en la espalda, ¿pesas?, qué ganas… Cruzo otra vez por la escalera del Macro hacia el Parque de las Colectividades. Están haciendo de nuevo el piso del Davis. La luz en el Paraná es una delicia y me traje, La flor pisoteada, de Firbank para empezar a leerlo. Me entraba justo en el bolsillo de la campera, y además Edmund Wilson había escrito un ensayo sobre Firbank que hace unos años me tocó traducir para un libro. Elijo uno de los bancos de hormigón. Pienso si atar a Moreira o no. Me siento. Busco el libro y le pongo la correa al perro. Se acerca un hombre, un poco sucio, canoso, mayor que yo, con un jean y un sweater verde limón, gastados. No sé si vive en el parque o si salió a caminar desde muy temprano, o si cuida autos. Me mira, mira al perro. Me pregunta la raza. Me pregunta si es de caza. Le digo que sí, pero que no caza. Me pregunta si está enseñado. Le digo que no, que está todo lo desenseñado que se puede estar, y ya me voy hinchando. Abro el libro. El tipo me señala con el mentón el suelo, un poco más atrás y del otro lado del banco. Acá se mató uno, me dice. Y veo los guantes de siliconas, la bolsa de residuos de consorcio que había visto cuando me senté en el otro extremo, todo arriba del banco. Y miro el suelo y el charco de sangre. Los guantes me habían parecido raros. Sin usar, y había dudado entre si serían guantes de la gente de parques y paseos que estaba cortando el pasto más adelante o de los que recogían la basura, y me había preguntado por qué usarían guantes tan finos. Ahora pienso qué tarada. No vio la sangre, no ve la sangre, me dice el tipo. Veo, ya escurrida entre el pasto y la tierra, una raja de sangre de casi un metro, levemente romboidal, como una concha. Acá se mató uno, repite. Cuándo, le digo. No sé, cuando yo pasé 9 y media o 10 los del ¿Same? ya habían terminado, dice. Nos vamos, digo, y miro al perro. Pero es así, dice el tipo y se apoya en la baranda, como aferrado a la mancha. Qué le va a hacer. Camino hacia Italia, hacia la parte “parquizada” del parque, que empieza con el bar de Dorrego, el Río Mío. A pocos metros una pareja se besa, abrazada, de pie, al lado de la barranca. No son jóvenes, no son viejos, no son flacos. Están vestidos con ropa de invierno, abrigos, botas, ropa negra y marrón. Un beso largo, largo... Se separan, caminan diez pasos y se abrazan y se besan otra vez. La intimidad desnuda de este parque, pienso, y me acuerdo que hace uno o dos veranos, cuando todavía veníamos mucho acá, una noche, mientras caminábamos al perro (él corre, nosotros caminamos) entre una multitud de ejercitados ciudadanos, casi llegando al Macro, un flaco totalmente desnudo se hacía la paja, frenético, estirado boca arriba en uno de esos bancos. Nadie se acercó, nadie se alejó, nadie dijo ni mu… Cruzo la baranda y me siento a mirar el río. Pienso si el tipo habrá estado de cara al río cuando se mató o de espaldas, si habrá sido de día, si habrá elegido por el río ese parque y ese banco, si habrá sido un tipo o una mujer, si realmente se habrá matado uno... Un tipo pesca y dos miran el río sentados casi al borde de la barranca. El perro le ladra a cada perro que pasa del otro lado, desesperado por cruzar. Vuelvo a cruzar y elijo otro banco. Intento empezar a leer, y una columna de chicos de capacidades diferentes, como los llaman hoy, tutoreados por dos adultos, pasa cantando ca-sa-miento, ca-sa-miento, ca-sa-miento, pavotes como cualquier grupo de doce años, cargando a dos del grupo, pesados. Me quedo mirando a la gente y veo grupitos de dos, de tres, jóvenes la mayoría, que pasan interesados en el paisaje, como el que no es de acá. Me pregunto si serán poetas que vienen del parque España, del congreso de la poesía, o van. Cruzando desde las torres de enfrente se acerca hacia nosotros un flaco en ojotas, con mate y termo, canoso, un poco pelado, y se sienta en el suelo casi al lado, en el pasto. Toma dos o tres mates, se descalza y mira el río y respira. Se estira. Viene un cachorro de bóxer a husmear el banco y Moreira le empieza a ladrar. El flaco, de cara al río, ajeno a todo, abre una sesión de yoga, elástico, experto, oxigenado. Abro Firbank y empiezo a leer. Moreira se calma y se acuesta al lado, sobre el banco. La flor pisoteada: un libro irónico, ligero, cortesano, prístinamente traducido, en el que los personajes critican la novela anterior del mismo autor. Un libro de príncipes y archiduquesas. Es muy bueno tener a Firbank de regreso, escribía Edmund Wilson cuando lo reeditó New Directions, por el 49. Según él, uno de los escritores ingleses más delicados, acaso un clásico. El flaco de al lado llegó ya a una postura de yoga que intuyo no es en absoluto básica y me pregunto cuál será el nombre. Vuelvo a leer. Leo, ya bajo el sol del mediodía, que “A lo largo de la costa se extendían vastas alfombras de maíz y centeno, interrumpidas aquí y allá por algunos olivos a cuya escasa sombra bueyes de ojos macizos parpadeaban y azotaban sus colas bajo los ataques de los tábanos que revoloteaban en torno a ellos”. Leo, y todo alrededor, los parques, el sol, el maíz y el centeno, los muertos del día, los poetas y los perros, se vuelve irreal…

 

Titulo: El lujo es frivolidad
Autor: Sebastián Basualdo
Fecha: 27 de Octubre de 2013
Fuente: Radar


Ronald Firbank fue uno de los secretos bien guardados tanto de la corona británica, como de la era victoriana y la ciudad de Londres. Pero gracias a una traducción de Sergio Pitol, a mediados de los años ’80, salió del anonimato y se pudo volver a acceder a sus fábulas barrocas y aún actuales.


Un auténtico dandy, Ronald Firbank pertenece a esa clase de escritores cuya vida, intensa y breve, respalda la importancia de su obra. Hijo pródigo de un magnate ferroviario inglés, Arthur Annesley Ronald Firbank nació en Londres en 1926 y murió en Roma cuarenta años más tarde. Alcohólico y siempre delicado de salud, tuvo la mala idea de ser homosexual bajo la moral victoriana inglesa y el despropósito de renegar de la parcela que el protestantismo le tenía reservada en el paraíso convirtiéndose al catolicismo. Viajó muchísimo, abandonó sus estudios en Cambridge y recorrió la costa mediterránea, el Caribe y el norte de Africa; pero, por sobre todas las cosas, escribió cuentos, obras de teatro y novelas. Durante muchos años, su nombre resonó como un eco en la oscuridad: un escritor muy conocido que casi nadie había vuelto a leer. A mediados de la década del ochenta, Sergio Pitol traduce la novela En torno de las excentricidades del Cardenal Pirelli y desde entonces surge una especie de revaloración para este excéntrico y talentoso escritor que pasó de ser uno de esos casos de rara avis dentro de la literatura inglesa a convertirse en autor canónico que inaugura toda una manera de concebir la literatura contemporánea. La literatura de Ronald Firbank tiene la virtud de incomodar rápidamente, no tanto por la temática de sus obras como por el hecho de estar cimentada en un estilo barroco que por momentos exaspera. “Supongo que el origen de La flor pisoteada es oriental, aunque la acción se desarrolla en una Viena imaginaria”, escribió Ronald Firbank a modo de prefacio. “La idea nació en Argelia mientras escribía Santal. Una noche (más bien una madrugada) mientras apagaban las luces de un restaurante en Argel, una mujer, sin duda norteamericana, entró con aire despreocupado y se dejó caer con serena elegancia en una mesa no demasiado alejada de la mía. ‘Su Majestad Somnolienta, la Reina’, murmuré para mis adentros. Más tarde, en la calle, observé a un muchacho árabe que dormitaba a orillas del mar bajo la luz radiante del amanecer. ‘Su Flaqueza Real, el Príncipe’, volví a murmurar para mis adentros. Y de esos dos nombres nació la flor pisoteada. Su Flaqueza Real, o su simulacro, aparecía por doquier: todos tenían aspecto de príncipes, eran espléndidos muchachos con aire cansado, ¡más cansado que el mío! Y Su Flaqueza Real me recordó a Su Majestad Somnolienta y luego, con bastante naturalidad y modestia, figuras y objetos empezaron a tomar cuerpo alrededor de ellos. Las damas de honor de la reina, sus caóticas doncellas, el palacio, los muebles, los jardines y sobre todo las ambiciones que Su Majestad Somnolienta la Reina abrigaba para Su Flaqueza Real, el Príncipe.”

La historia de La flor pisoteada es fluctuante y caótica por momentos, algo muy característico en el estilo Firbank: su gran capacidad para disociar la trama en función de pequeños núcleos narrativos creados por todo tipo de personajes extravagantes que dialogan mientras deambulan por palacios y embajadas o se desesperan por ser invitados a bailes y banquetes, todos abrumados por los dictámenes del Dios del chic, donde no faltan doncellas adornadas de finas alhajas y perritos falderos. En torno de la figura de una mujer excéntrica llamada Mademoiselle de Nazianzi y su historia de amor con el príncipe Yousef, Ronald Firbank satiriza la monarquía europea ambientándola en un país imaginario llamado Pisuerga. “La reina yacía en un diván con los ojos cerrados y fatigados. Aunque el matrimonio morganático de su hijo ya no le preocupaba, no podía evitar sentir, ahora que el destino del príncipe estaba sellado, que él tal vez merecía algo mejor. El linaje de la novia no era nada del otro mundo: de hecho, ella misma había tenido la amabilidad de cubrir con un manto de silencio a unos tatarabuelos del año 17, y en cuanto al resto, eran estafadores o gente comunes y corrientes que se sentían más cómodas en un establo que en un salón.” Publicada en 1923, La flor pisoteada resulta tan actual que sorprende; poética hasta desnudar la frivolidad de lo suntuoso, podría ser leída como una crítica feroz a las monarquías parlamentarias que aún hoy andan desperdigadas por muchos países europeos.

 

Titulo: Pequeñas editoriales con estilo
Autor: Silvia Hopenhayn
Fecha: 11 de Setiembre de 2013
Fuente: La Nación


No sabemos si los tiempos pasados fueron mejores; lo que parece cierto es que lo mejor del pasado todavía sigue llegando. Y eso sí es responsabilidad del presente. Al menos en el mundo de los libros. A pesar de todo lo que se dice de los cambios de formatos, de la predominancia de la imagen, del síndrome del déficit de atención o del encarecimiento del papel, en la Argentina se produce un fenómeno que sorprende a los editores del mundo: la proliferación de pequeñas editoriales que se dedican a publicar lo que consideran buena literatura.

El efecto es inmediato. Adhesión del lector que pide historias con estilo. Algo en su fuero íntimo sedimenta; como escribe Felisberto Hernández en su "Explicación falsa de mis cuentos": "En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podría tener porvenir artístico. No sé cómo hacer germinar la planta? sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía; o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos." La transformación de lo que se escribe en algo poético ocurre entonces en lo que se lee. Así es como están apareciendo nuevos libros del pasado, verdaderos hallazgos que ni siquiera habían sido traducidos al español. Las traducciones más apetitosas vienen de, al menos, tres editoriales relativamente nuevas, de editores con estilo: La Bestia equilátera (Luis Chitarroni), El cuento de plata (Edgardo Russo) y Mardulce (Damián Tabarovsky). Con el sello de esta última acaba de aparecer una novela deliciosa (recordemos que Gide hablaba de los "alimentos terrestres", para referirse al gusto simbólico de la existencia), titulada con gracia, La flor pisoteada . El autor es Ronald Firbank, novelista británico (1986-1926) tildado de excéntrico por algunos críticos adustos, al tiempo que reivindicado por la erudita desfachatez con que se desliza por los géneros y la lengua (gozosa en la traducción de Ernesto Montequín).

En el prefacio, Firbank cuenta cómo surgió esta historia: en un restaurante argelino ve a una mujer norteamericana que se deja caer "con serena elegancia en una mesa", y lo lleva a exclamar en su interior "Su Majestad Somnolienta, la Reina"; luego, en la calle, "un muchacho árabe que dormitaba a orillas del mar bajo la luz radiante del amanecer", le hizo pensar en "Su Flaqueza Real, el Príncipe". Con lo que concluye: "De esos dos nombres nació La flor pisoteada". Lo que sigue es una serie de encuentros voluptuosos y desopilantes, en un país imaginario llamado Pisuegra. La protagonista, Mademoiselle de Nazianzi, una especie de Alicia decadente crecida en un Palazzetti, le implora al Señor: "Ayúdame a ser decorativa y a portarme bien". Los nombres de los personajes ensalzan la trama: "Su Torpeza Real, el Príncipe", "Sir Somebody Something" o "La Señora de las Vestiduras". Hay momentos geniales, como la ejercitación del presente indicativo del verbo "ser", aplicado a "operadora política" haciendo de la conjugación una evidencia del "ser".

La novela de Firbank se publicó por primera vez hace noventa años.