prensa María Sonia Cristoff
 

Titulo: Un atentado contra los mitos argentinos
Autor: Beatriz Sarlo
Fecha: 04 de Febrero de 2015
Fuente: Revista Ñ


María Sonia Cristoff narra un pasaje a la locura, de impredecibles consecuencias sobre un museo histórico.

Un personaje beckettiano termina inventando y llevando a la práctica una trama disparatada, a lo Aira o a lo Guebel. Este contraste casi imposible de prever antes que lo imaginara María Sonia Cristoff tiene un raro atractivo, por lo paradójico del destino de Mara, la intérprete de varias lenguas que decide dejar todo y enmudecer, rutinaria e impávida, en su nuevo trabajo como custodia de una sala del Museo Udaondo en Luján. Pero, antes de dejarlo todo, ya ha enloquecido: durante su última sesión como intérprete, de pronto dejó de traducir y empezó a leer páginas de un “manual de retórica” que escribe o imagina escribir, un manual sobre los significados del silencio. Dicho así, todo parece complicado.

Sin embargo, la novela de Cristoff es sólo (y nada menos que) el progreso de un pasaje a la locura, un pasaje que es a la vez sencillo y tan impredecible, tan poco verosímil, como lo son las manías y las furias. No diré mucho más. Simplemente que Mara conspira contra las piezas más valoradas del Museo, los caballos Mancha y Gato, esos caballitos criollos que en 1925 hicieron la travesía entre Buenos Aires y Nueva York.

Inclúyanme afuera es la historia de la enajenación de una mujer y también la historia de un intento fallido de aniquilación de un mito patriótico. La mujer es Mara, como se dijo, y su silencioso retiro del mundo atrae por la fría prolijidad con que la locura planifica, ordena las obsesiones, las desplaza y las organiza. El silencio como locura o, a la inversa, la locura como silencio, Mara siempre es precisa, inteligente, controlada y tenaz. Anota sus lecturas, una especie de guía informativa de su futuro.

Mancha y Gato, embalsamados en la sala del Museo, no son íconos de un mito nacional de primera línea sino piezas menores de cierta originalidad argentina: dos caballitos criollos que cumplieron una “hazaña” de fortaleza y aguante. Como sucede con estas historias en apariencia puramente locales, los caballitos fueron montados por un inglés de origen suizo. Y, como sucede con los íconos de cualquier mitología, hay intereses comerciales que invierten en la raza criolla y apoyan los planes de una renovación del Museo y sus piezas más populares.

Pero como íconos patrióticos, Mancha y Gato están apestosamente mal embalsamados. Y, en la novela de Cristoff, un taxidermista (que parece, por su secretismo, un sabio y una star , por su soberbia) es el encargado de reconstruirlos.

Novela original de escritura tranquila, sin gestos de coloquialismo, sin manierismos costumbristas, que expone lo intrascendente, lo caprichoso, lo reiterado, de una enajenación. Y, de a poco, comienza la fría planificación de un atentado que es ficcional en el sentido más estricto. El sabotaje a las piezas de un Museo tiene también algo de los saberes prácticos que atrajeron a Roberto Arlt: sabotaje y viejas técnicas, nada más arltiano en una novela que no lo evoca en nada. Son tránsitos secretos de lectura, pero no huellas.

 

Titulo: La soledad
Autor: Martín Kohan
Fecha: 26 de Enero de 2015
Fuente: Blog Eterna Cadencia


Inclúyanme afuera, de María Sonia Cristoff, y El pez rojo, de Leonardo Sabbatella, son novelas de marcadas diferencias, fuera de que comparten la editorial (Mardulce) y el año de publicación (febrero de 2014 y junio de 2014, respectivamente). Podría decirse, incluso, que en algunos aspectos se oponen: la prosa fluida de Cristoff, deseosa de naturalidad y sutilmente relajada, contrasta con la tensión del fraseo de Sabbatella, que sigue en eso a su personaje, con dosis parejas de insistencia y de perturbación. Las historias que en estos libros se cuentan entran en contraste también: Mara, la protagonista del relato de Cristoff, deja su casa y se va, elige instalarse en un lugar ajeno, cambia de sitio para cambiar de vida; Víctor, en cambio, el protagonista del libro de Sabbatella, se aferra a su vida, a las cosas de siempre, se aboca a la reclusión: después de cerrar las ventanas pasa a correr las cortinas, después de correr las cortinas pasa a bajar las persianas, y por fin “decide que no volverá a salir a la calle”, se va a quedar metido en su casa de manera definitiva. A Mara, “si hay algo que no le interesa cultivar más es el estado de alerta”; la consigna de Víctor, por el contrario, es “permanecer alerta” todo el tiempo.


No obstante, Inclúyanme afuera y El pez rojo persiguen, de algún modo, o cada una a su modo, una misma utopía, una misma ambición: la de la soledad. En el encierro maniático de Víctor, ese afán es más evidente: la casa se va a convertir en “un palacio carcelario en el que por fin se encuentra solo”, “un búnker en el que Víctor puede estar a solas consigo mismo”. Mara, por su parte, trata con gente, trabaja con otros, pero ¿qué otra cosa implicarán “sus ejercicios de entrada en la impasibilidad”, su intención de “reducir cualquier conversación a un grado cero”? Mara procura ser experta en “el arte de callar”, pero “el arte de callar en público”: experta en callarse “en interacción con el mundo”. Una forma más radical de la soledad, en definitiva, de eso que Cristoff denomina “resistencias en solitario”, dado que se la va a alcanzar sin siquiera tener que encerrarse ni tener que apartarse del resto de las personas.

El derecho a la soledad es uno de los más vulnerados en los tiempos que corren, bajo el imperio prepotente de los fervores de la grupalidad, de las reuniones, de los encuentros, del compartir, del juntarse; con su correlato punitivo de impartir a diestra y siniestra diagnósticos de fobias o de aguda depresión. La soledad cayó en desgracia; quien la quiere, se condena. Tanto Inclúyanme afuera como El pez rojo toman ese imposible social, para postularlo como posible. La primera, a fuerza de calma; la segunda, por pura desesperación.

 

Titulo: Cómo desaparecer completamente
Autor: Maximiliano Tomas
Fecha: 01 de Diciembre de 2014
Fuente: La Nación


De un día para otro, sin ninguna razón ni aviso previo: huir. Dejar todo atrás. Empezar una vida nueva en silencio y soledad, en un lugar apartado, en el que nadie nos conozca. Hacerse invisible. ¿Cuántas veces hemos asistido a la formulación en voz alta de esta fantasía? Y sin embargo, si existiera la posibilidad, ¿quién se animaría a llevarla a cabo? ¿Quién sería capaz de abrazar la radicalidad de una opción como la misantropía? Quizá se trate, simplemente, de un deseo en cuya mera invocación se esconda toda su potencia: si el ser humano es, por definición y necesidad, un animal social, tal vez solo pueda soportar tal fatalidad imaginando que existe siempre una alternativa de escape. Esa vía es la que se impone, siguiendo un plan minuciosamente trazado, la protagonista de la novela Inclúyanme afuera de María Sonia Cristoff (Trelew, 1965). Dejar en el pasado una vida como traductora simultánea, instalarse en un pueblo cualquiera de la provincia de Buenos Aires, encontrar el trabajo más opaco posible y no hablar con nadie durante al menos un año. Volverse otra, volverse muda, volverse nadie.

¿Quién sería capaz de abrazar la radicalidad de una opción como la misantropía?
Como venimos imaginando, se trata de una idea cuyo éxito es improbable. Pero en este caso tiene al menos un efecto virtuoso: sirve de excusa para el desarrollo de la trama de una novela cautivante. Cuando el relato comienza, Mara, la protagonista, ha logrado poner en marcha su plan: abandonó su departamento en la ciudad, dejó atrás familia y amigos, consiguió un trabajo como guardián de sala del museo Enrique Udaondo en Luján. Sus días transcurren en silencio, sentada en una silla, custodiando un espacio en el que nunca pasa nada, en compañía de dos caballos criollos embalsamados. Mara no necesita dirigirle la palabra a nadie, y si se ve forzada a hablar contesta con monosílabos, mientras perfecciona los diez tipos de silencio que ella misma ha desarrollado en su propio manual de retórica. Limita su interacción al mínimo, y no deja de sorprenderle "con qué facilidad puede manejarse uno en este mundo en base a un puñado de onomatopeyas y asentimientos, estos últimos, muchas veces simplemente corporales".

Mara es una especie de Bartleby, solo que uno perfeccionado al extremo: un Bartleby que ni siquiera necesita hablar para afirmar que preferiría no hacerlo. Pero llega el día en que la máquina burocrática se encarga de desbaratarle el plan con un golpe inesperado: una empleada tan eficiente y reconcentrada no merece menos que un ascenso. Y el ascenso de Mara consiste en asistir al taxidermista que se encargará de restaurar aquellos deteriorados caballos de la sala en vistas de una exposición, tarea que la obligará a salir de su mutismo. Desde ese momento, atrapada por una furia apenas contenida, comenzará a urdir la venganza que le permita volver todo a fojas cero.

Ser atravesado por el tiempo, volverse transparente para los demás, acallar el ruido del mundo alrededor y sustraerle al cuerpo su capacidad productiva
Pero nada es tan lineal ni sencillo en Inclúyanme afuera, donde como en un bazar narrativo irrumpen cada tanto textos de un "Cuaderno de notas" que sobresaltan el relato principal. Notas que suponemos de Mara, aunque podrían pasar por las de la propia Cristoff, y versan sobre asuntos tan diversos como el arte, la clonación, la jardinería, el escapismo, la taxidermia y la aviación. Y si no es la primera vez que en su obra de ficción aparecen tratados, críticamente, algunos postulados del arte contemporáneo (lo había hecho en su novela anterior, Bajo influencia) tampoco lo es cierto interés por una suerte de teoría de la impasibilidad. En el prólogo de su libro de crónicas Falsa calma. Un recorrido por pueblos fantasma de la Patagonia (publicado en 2004 y reeditado días atrás) Cristoff escribía: "Dispuse de infinidad de horas para recorrer pueblos cuyo perímetro se recorre en una sola. Me senté en una esquina a ver los perros pasar. Me entregué por completo a ese estado de sopor que genera el exceso de luz o de viento o de silencio. Hubo días en que me parecía estar en un decorado de ciencia ficción en el que yo era succionada por alguna fuerza poderosa y no del todo definida. Sentada ahí, casi sin preguntar y sin moverme, sin hacer ningún esfuerzo, me convertí en una especie de pararrayos, de antena receptora".

Ser atravesado por el tiempo, volverse transparente para los demás, acallar el ruido del mundo alrededor y sustraerle al cuerpo su capacidad productiva. Los deseos de Mara son también los requerimientos del camino hacia la ascesis, que cada quien podrá buscará a su manera: el retiro, la abstinencia, la penitencia, la oración. Y ahora que lo pienso, por qué no, también la lectura.

 

Titulo: Cómo vivir (casi) solos
Autor: Patricio Fontana
Fecha: 15 de Julio de 2014
Fuente: Bazaar Americano


Hace ya casi cuatro décadas, en 1977, Roland Barthes dedicó uno de sus cursos en el Collège de France a interrogar, en la vida y en lo novelesco, lo que llamó el “vivir juntos” (y su contraparte paradigmática: el “vivir solos”). Ese curso –que, como señaló oportunamente Alan Pauls, lleva el equívoco título de un manual de autoayuda: Cómo vivir juntos– está subtendido (y fue, en principio, acicateado) por la noción de idiorritmia, a la que Barthes había accedido azarosamente por la lectura del libro de Jacques Lacarrière L’été grec: une Grèce quotidienne de 4000 ans. ¿Qué es esto de la idiorritmia que obsesionó tanto a Barthes como para que le dedicara un curso completo? En el “Prefacio” al libro que recopila las notas de este curso, Claude Coste la define así:



Compuesta por idios (propio) y por rhythmós (ritmo), la palabra, que pertenece al vocabulario religioso, remite a toda comunidad en la que el ritmo personal de cada uno encuentra su lugar. La “idiorritmia” designa el modo de vida de ciertos monjes del Monte Athos, que viven solos aunque dependen de un monasterio; a la vez autónomos y miembros de una comunidad, solitarios e integrados, los monjes idiorrítmicos pertenecen a una organización situada a mitad de camino entre el eremitismo de los primeros cristianos y el cenobitismo institucionalizado.



Los tres últimos libros de la escritora argentina María Sonia Cristoff –Desubicados (Sudamericana, 2006), Bajo influencia (Edhasa, 2010) y el reciente Inclúyanme afuera (Mardulce, 2014), del que voy a ocuparme aquí– admiten ser leídos en la estela de esas interrogaciones del último Barthes. En efecto, los tres personajes protagónicos de esta suerte de trilogía involuntaria –la innominada protagonista de Desubicados, la Tonia de Bajo influencia y la Mara de Inclúyanme afuera– persiguen tenazmente una respuesta posible a esas preguntas: ¿cómo vivir juntos?, ¿cómo vivir solos? O, para decirlo de otro modo, estos tres personajes femeninos buscan –no siempre con éxito– participar del juego social de acuerdo con sus propias reglas: se empecinan en forjar un arte del vivir –una forma de vida– que escape al gregarismo. A su modo, entonces, las tres intentan poner en práctica su propia idiorritmia; las tres anhelan articular con sus vidas una paradoja: la de la soledad integrada, la de un quimérico afuera adentro de la sociedad. Que quede claro: el ideal de los personajes de Cristoff no es el de la absoluta deserción sino el de la participación mínima en la comunidad, una participación regulada por los propios ritmos y no por los que impone aquella.

El oximorónico título de esta última novela de Cristoff –Inclúyanme afuera, traducción de una célebre frase de Samuel Goldwyn: "Include me out" – ya anticipa un deseo de esa índole: el de estar y no estar; el de ser parte de algo pero apenas, levemente, casi sin serlo. En esta novela, ese deseo se indaga a partir de la historia de una traductora e intérprete –Mara– que, por un motivo que se revelará bien avanzada la trama, decide instalarse en un pueblo de la provincia de Buenos Aires y subsistir silenciosamente con lo que gana en un trabajo anodino que le permite pasar inadvertida, “borrosa”. Más precisamente, Mara elige trabajar como guardiana de la sala del Museo Enrique Udaondo donde se exhiben los cuerpos taxidermizados de los célebres Mancha y Gato, los dos caballos criollos que, guiados por el suizo-inglés Aimé Félix Tschiffely, entre 1925 y 1928 cumplieron la “odisea” de hacer el recorrido Buenos Aires-Nueva York.

Pero Inclúyanme afuera no es –por suerte– una exploración de las delicias de la vida retirada; en sus páginas, pues, no se relata la más previsible fábula de alguien extrovertido y mundano que se metamorfosea en eremita laico o descubre las delicias de la country life. Por el contrario, en esta novela se cuenta la historia de una mujer que, al cambiar drásticamente el escenario de su vida, radicaliza su relación ya distante –en extremo prudente– con el mundo.

Por tanto, lo que esta vita nuova le permite a Mara es hacer de los hábitos de retraimiento social que practicaba desde antes –por ejemplo, toda vez que se negaba a participar en cócteles, reuniones, banquetes y otras ocasiones de pesadillesca sociabilidad que su oficio como traductora le ofrecía a granel y prefería “quedarse encerrada en su cuarto de hotel”– un experimento vital: un fool’s experiment, como anuncia el epígrafe de David Markson. Mara, así, una vez instalada, pone en ejecución lo que ella denomina su “experimento en la impasibilidad” –o, para decirlo con Barthes, pone a prueba su propia idiorritmia, una idiorritmia que incluye un “manual” de retórica que discrimina diversos usos del silencio, un arte del no decir, y los prescribe según la situación social que se deba enfrentar. Un manual que, entre otras, estipula cosas como: “Callar es también una disciplina del cuerpo” o “Callar puede ser una forma de hacer hablar al otro”. (Hay así, en Mara –y en esta novela– algún eco de El silenciero, de Antonio Di Benedetto).

Se trata, en consecuencia, de experimentar un arte de vivir, una tentativa que no consiste en aislarse en una torre de marfil sino, más arduamente, en “callar en interacción con el mundo”. Pero como en todo experimento, en este las variables a controlar son muchas; y si bien Mara se las apaña para mantener a raya las no pocas ocasiones de sociabilidad que se le presentan –por ejemplo, con un muchacho llamado Ringo–, finalmente se verá conminada a proceder, a actuar. Mara hará una obligada “pausa” y tomará una drástica –y acaso excesiva, en función del objetivo aparente que la motiva (reconquistar las condiciones ideales para su experimento)– decisión: realizar un sabotaje que tiene a Mancha y Gato como principales víctimas expiatorias, aunque también como pasivos aliados.

No importan aquí las precisiones de la trama, sino señalar que, como en Bajo influencia, Cristoff vuelve a hacer en esta nueva novela una efectivísima interpelación que anuda e ilumina diferentes cuestiones relacionadas entre sí: la vida como performance, el estatuto del arte contemporáneo y los posibles modos actuales (individuales o colectivos) de la acción política. Asimismo, y en esa misma línea, Cristoff nuevamente explora las posibilidades ficcionales de la alianza humano-animal. Y no porque sus personajes indaguen su animalidad o devengan animales, sino porque, en los tres casos, la deserción de lo social se complementa con la empatía de las protagonistas hacia su doble animal. Así, si en Desubicados la protagonista halla refugio entre los animales del zoológico que, como ella, están “fuera de lugar”; y, en Bajo influencia, la relación de Tonia con su perro Lobodón parece poder suplantar casi toda otra relación con lo viviente; en Inclúyanme afuera esta sociedad humano-animal es llevada al extremo ya que los animales con los que Mara entra en complicidad, y en los que cree reconocerse, son animales muertos y taxidermizados: Mancha y Gato. Al respecto, Mara siente que el paradójico destino de estos dos caballos (enclaustrados en un museo luego de recorrer más de 21.000 kilómetros) es simétrico al suyo: “Pensar que, como ella, anduvieron de un lado al otro durante años y ahora quedaron inmóviles en una sala. Paradójico tributo. No hubiese querido otro, la verdad”.

Escrita en un estilo terso, diáfano, y sin que ninguna molesta experimentación diluya la exactitud con la que Cristoff maneja el lenguaje, la novela también se abre, prolifera; no estamos entonces ante una mónada textual, ante un objeto autónomo y autosuficiente. Cristoff, por el contrario, logra una vez más que la arborescencia a la que nos ha acostumbrado Internet –el link, el googleo– encuentre su lugar en un libro impreso. En este caso, mediante la inclusión en el cuerpo del texto –y no como notas al pie o como anexo– de distintas entregas de un “Cuaderno de notas” cuya relación con la trama central es al menos doble: o bien son las notas de la narradora, el archivo de lecturas del cual surgió la novela; o bien son el sedimento cultural del que emergió en Mara el proyecto de experimentar con la soledad y el silencio (en ese cuaderno hay, por ejemplo, referencias a Joris-Karl Huysmans y a Xavier de Maistre). Y así, en esa ambivalencia a partir de la cual puede leerse ese “Cuaderno de notas”, la novela recupera en su propia andadura el tema que sondea desde su primera página: el de la relación, que obsesionó a las vanguardias históricas y que en la contemporaneidad ha retornado con particular énfasis, entre arte y vida.

 

Titulo: Una novela contra la vida útil
Autor: Claudia Apablaza
Fecha: 17 de Junio de 2014
Fuente: 60 watts - Revista digital


La escritora María Sonia Cristoff (Trelew, Argentina, 1965) acaba de publicar su novela Inclúyanme afuera por editorial Mardulce. Aquí, Mara, una intérprete simultánea, se instala en un pueblo lejos de Buenos Aires para llevar a cabo su plan de silencio. En esta entrevista nos cuenta sobre su forma de trabajo e indaga en el canon argentino y su proyecto literario.





Una de las novelas que este año me han llamado la atención en cuanto a su construcción, articulación y proceso de escritura es Inclúyanme afuera, de María Sonia Cristoff, publicada por la editorial argentina Mardulce, quienes se han dedicado a sacar a luz a diversas escritoras argentinas, como Selva Almada y Matilde Sánchez. En esta entrevista, Cristoff nos responde algunas de las preguntas que surgen tras la lectura de la novela, sobre todo aquellas enfocadas a la metáfora del título, donde se hace referencia al canon de un país y las formas de subvertirlo o de aproximarse a él.

–En tu libro asumes dos estrategias muy distintas a la hora de narrar (el texto en tercera persona y aparte las notas o cuaderno de notas de la protagonista), y es como que nunca se juntaran ni se tocaran sus partes, sólo a ratos a nivel temático o de propio ejercicio de la protagonista. ¿Por qué has tomado esta opción estética de trabajo y escritura, que es como una fuga en su forma?

–Es curioso, yo en principio pensé ese “Cuaderno de Notas” como una especie de “Diario de escritura”, el diario de la autora, pero muchos lectores las leen como notas que va tomando Mara, la protagonista, y eso me alegra enormemente: por un lado me recuerda hasta qué punto uno no decide los sentidos de lo que escribe y por el otro subraya la zona híbrida, la ambigüedad en la que me interesa indagar cuando escribo.
Pensé esos “textos en paralelo”, por llamarlos así, justamente como otra forma de experimentar en el cruce entre ficción y no ficción que está presente en todo lo que escribo, independientemente de que después se lo catalogue como novela o crónica o cuento o lo que sea. Ese Cuaderno de notas que va apareciendo en paralelo a la trama en realidad surgió de las lecturas que siempre busco o que se me aparecen –hay un altísimo componente de azar en ese punto– mientras trabajo en un libro; de hecho eso de “estar escribiendo un libro” es para mí, en igual medida, estar literalmente escribiendo y a la vez leyendo muy específicamente materiales relacionados. Tengo una pulsión casi coleccionista por esos materiales mientras estoy con determinado libro entre manos, y esta vez, con Inclúyanme afuera, decidí incorporarlos a la novela. Y los incorporé así, en forma de digresiones que a veces surgen de ensayos muy académicos o de ensayos de lo más disparatados, de artículos periodísticos de fondo o de artículos periodísticos de revista de peluquería, de folletos, de películas, de sitios web, de la experiencia de visitar un museo o la de ir a una muestra de arte. Las digresiones que constituyen el Cuaderno de notas de ningún modo se proponen “analizar” los materiales a partir de los cuales surgen, más bien son pasajes que muchas veces agregan significado o explayan aspectos de la novela, constituyen otra manera de narrar.

–A ratos sentía que el silencio de la protagonista estaba trabajado más a nivel de tema que de forma. No hay grandes silencios en el texto, pero sí se anuncia. En ese sentido a ratos pensaba tu propuesta narrativa como totalmente desbocada, ajena a convenciones. ¿Intentas poner en jaque cuestiones anteriores como forma de narrar? Me acordaba también de los personajes de Kafka y también de Melville, sobre todo de Bartleby. en esa línea también de Bartleby y cia. de Enrique Vila-Matas, en que está la metáfora de la resistencia a la vida productiva. ¿Qué tanto hay en tu propuesta literaria y esa resistencia?

–Es cierto: el silencio se anuncia pero no está. Me pareció que así se reforzaba el fracaso del plan de Mara, la frustración de su intento de pasar un año en silencio. Lo que se anuncia son las intenciones de la protagonista, pero lo que la novela cuenta es el fracaso de esas intenciones. Y también lo que surge de ese fracaso: una alternativa posible, una forma de resistencia –una resistencia disparatada, anacrónica, una especie de boutade, la única forma de resistencia que me interesa: después, ya pasamos a la militancia, algo de lo que huyo como de la peste. Creo, volviendo a otra parte de tu pregunta, en las narrativas que se plantean como una forma de intervención, no solo como una forma de contar bien una historia, y en esa línea, si tuviera que definir a Inclúyanme afuera muy sintéticamente, diría que es una novela contra la vida útil, contra lo que la cultura de mercado entiende como vida útil, productiva. Entonces, se entiende que el fracaso tenga una función central, que el fracaso sea aquello a lo que se aspira, el fracaso como liberación, como contrapartida, como posibilidad de invención de algo nuevo. No olvidemos que, históricamente, las grandes estrategias de dominación han empezado por el lenguaje, que es a partir de –o en complicidad con– estrategias lingüísticas que se ponen en marcha mecanismos de control y de sujeción, y que son los poderes sustentados en esa lógica los que generan el concepto de fracaso y también su estigmatización. Defender el fracaso, plantearlo como instancia de liberación es entonces un modo de resistir esas estrategias de manipulación, esas ofensivas. Sin duda, como decís, hay algo de Bartleby ahí, y también hay algo de Beckett y de Camus, y bastante de Huysmans y de su tribu de decadentistas franceses con su fascinación por el no, por la fuga, por las resistencias en solitario, por las vidas alternativas.

–Pensando en la idea que dijo Cabrera Infante acerca de que lo incluyan afuera del boom latinoamericano, ¿tu libro también pone de manifiesto esa idea de que te incluyan afuera del canon argentino? ¿Afuera de qué tipo de tradición argentina? y ¿dónde te incluyes entonces?

–Pensé en esa frase del título -que la dijo Cabrera Infante pero también varios otros según me van contando desde que la novela salió publicada–, relacionada con las dos líneas de la novela de las que hablábamos en principio. En la línea más ligada a la trama, la pensé como una frase que perfectamente se puede adscribir a su protagonista, Mara, una intérprete simultánea que vive entre aviones y hoteles y conferencias internacionales hasta que un día se harta de todo y de todos, y decide recluirse en un pueblo perdido, en un trabajo anónimo, para intentar el experimento de pasar un año en silencio. Por otra parte, en la línea más ligada al Cuaderno de notas, pensé esa frase del título como una especie de chiste intertextual: la voz de una autora diciendo “ojo, esto no es parte de la novela” (una autora mentirosa, porque esas notas sí son parte de la novela, ¿pero qué otra cosa podemos esperar de un escritor salvo que sea un mentiroso?). Quiero decir, pensé la frase del título como algo muy ligado a la materialidad del texto, pero ahora escucho interpretaciones que van más allá, hipótesis de lo más variadas y disímiles entre sí, lo que me alegra enormemente. No diría nunca de antemano que quiero estar fuera o dentro de determinado canon, porque antes habría que ver de qué canon estamos hablando, no creo que haya uno solo, pero esa es una discusión muy larga, que me parece excede este contexto. Lo que sí digo es que me parece una estrategia de obturación y de manipulación más esa que supone que para ser un escritor argentino hay que reformular a Borges y a la gauchesca o tomar como tópicos los desaparecidos y la guerra de Malvinas, etc.,etc. Ahí, por ejemplo, hay un canon que no me interesa en lo más mínimo. A la vez creo que indefectiblemente uno participa de una tradición y que incluso los modos de apartarse de esa tradición están en gran medida definidos por ella: lo que también creo es que, como con todo, hay modos previsibles de participar y hay otros modos sutiles, con rutas más intrincadas.

–Te gusta trabajar en la línea autobiográfica. Leí algo de tu biografía y te pareces bastante a la protagonista de este libro. Y en ese sentido, ¿qué es para ti la autobiografía en la literatura? ¿Cuál es esa frontera?

–Hace muy poco, leyendo precisamente una autobiografía, la de Graham Greene, encontré un pasaje en el cual él cuenta que, en un momento, cuando pasó unos días internado en un hospital londinense reponiéndose de una operación, pasó a formar parte de una especie de cofradía que se había armado entre los pacientes de la gran sala común. Compartían chistes, pesares, chismes, anhelos. Un día todo eso se suspendió por la primera muerte dentro de la cofradía, pero fue solo una suspensión momentánea: el paciente era un hombre viejo con una enfermedad que todos, empezando por él mismo, sabían terminal. Otro día fue muy distinto: un chico de diez años que había ingresado por una cosa muy simple, porque se había quebrado la pierna haciendo deporte, de pronto y sin que nadie pudiera explicárselo nunca, murió. Hubo revuelo de enfermeras y médicos, y más tarde, cuando llegaron los padres, directamente hubo espanto, una escena del infierno. Greene cuenta que entonces, en ese preciso momento, todos los integrantes de la cofradía de los convalecientes miraron para otro lado y se pusieron los audífonos. Todos salvo él, que se quedó mirando en dirección al techo blanco pero escuchando todo. El dolor que le provocaba la escena era menor, dice, que la curiosidad por saber cómo reaccionaba esta pareja, en la cual no dejaron de sorprenderlo al menos un par de cosas que en este momento me acuerdo: las frases triviales que la madre le gritaba al hijo muerto, la forma en la que aun en el dolor supremo no podía escapar de los clichés adscriptos a lo femenino, y por otro lado el silencio del hombre en el cual Greene hipotetiza la vergüenza que aun en medio de ese mismo dolor el hombre sentía por esas frases de su mujer. Esa escena contada por Greene dice bastante de lo que pienso de lo autobiográfico en literatura: lo que un escritor vive, o lo que la empatía le permite vivir de las vidas que tiene a su alrededor, sin duda forma parte de su material literario. Y forma parte así, como en esa escena: pensemos que Greene tirado en su cama escucha pero no ve ni toma notas, y pensemos también que eso que escucha llega a él transfigurado por el techo en blanco que está mirando, es decir por su imaginación. Pienso que un escritor hace uso de lo autobiográfico no desde el lugar del testimoniante que recuerda y dice la verdad, sino desde el lugar del intruso –porque hasta su propia vida le es ajena–, del que toma algo y lo transforma. Y pienso también que, en esa vida, las lecturas son una experiencia fundamental.

 

Titulo: Inclúyanme afuera, María Sonia Cristoff
Autor: Gaizka Ramón
Fecha: 17 de Junio de 2014
Fuente: Revista Vísperas


No sabía yo nada de María Sonia Cristoff el día en que su novela aterrizó dentro de un sobre semirrígido en el portal de mi casa. Ahora me alegro. Ahora me arrogo incluso el derecho de modificar su página en Wikipedia para añadir su último libro: Inclúyanme afuera, Buenos Aires: Editorial Mardulce, 2014. En la versión inglesa de dicha enciclopedia, hasta propongo un título traducido (Count Me Out). No por ir de listillo, no para dar pie a una borgiana confusión sobre traducciones que en realidad no existen, mucho menos para guiñarle el ojo, en busca de regalías, a futuros traductores. El gesto ha salido más bien como una respuesta protocolaria frente a la tendencia –extraña, bienintencionada– de ofrecer traducciones no oficiales, algo que los voluntariosos redactores de la Wikipedia en otras lenguas parecen haber pautado. Quizá eso sea ya una pequeña indicación (para el que no sepa que tiene varios libros traducidos al alemán) de lo bien que se mueve la literatura de Cristoff. En buena medida, me aventuro a intuir, puede tener que ver con su extenso conocimiento de la Patagonia (extremo sur del continente americano), que por su atractivo natural despierta el interés de muchos lectores internacionales, así como de más de un inversor multimillonario. Pero basta de digresiones; volvamos al original.

Inclúyanme afuera es la tercera novela de Cristoff, y se nota. Aunque quizá sea injusto decir eso. Primero porque no todo escritor logra tras tres intentos cuajar algo bueno (por mucho que trate de consolarnos el refranero); en segundo lugar, además, no sería prudente descartar la posibilidad de que el talento de Cristoff haya estado así de latente desde sus muy primeras páginas. Diré, mejor, simple y llanamente, que estamos ante una novela bien pensada, bien montada, bien escrita. A mi gusto, nada menos que una breve perlita narrativa que orbita en torno al personaje de Mara, vigilante de sala en un museo regional. Mara, una mujer harta del vulgar ser en sociedad, harta del arribismo epidémico en el ámbito laboral, cansada de la inercia hacia el diálogo vacuo y hacia las relaciones sociales falsarias. Mara, antaño una brillante profesional de la traducción simultánea, deviene una conversa al mutismo como forma de protesta, una especie de anacoreta ilustrada, una educada profesional que opta por renegar de la familia y la urbe y los conocidos y el trabajo para exiliarse a la poesía de la botánica, de las vueltas a casa andando, de los silencios expresivos, de la lectura y la escritura fragmentaria, del viaje introspectivo. Y, porque me arde la boca si no lo digo: Mara, una mujer protagonista que ni habla principalmente con hombres ni habla principalmente de hombres con otras mujeres ni requeriría cambio de carácter alguno para poder llamarse José Luis o Alberto o Pedro y seguir protagonizando la misma novela.

En Mara se sienten, y no es nada malo, algunas aristas autobiográficas de la autora: sus años de estudiante de Letras en la Universidad de Buenos Aires se encriptan en referencias a Benjamin y su aura, a Borges y sus infinitos anaqueles, al escritor francés Huysman y su misticismo fin de siècle, a la ensayista Sylvia Molloy y sus análisis del escritor francés Huysman y su misticismo fin de siècle. Pero ahí justamente reluce la buena mano de Cristoff: no es el vicio de la referencia inconexa y sin legitimar, sino el mérito de saber insertar todo en un gesto global de estilo, en un sutil cuentagotas de lucidez discreta, “una ola hecha de todas las olas”, que diría cierto poeta chileno. En buena medida eso es lo que presentan los constantes pasajes del cuaderno de notas de la protagonista, entre cuyos mayores empeños de evasión están establecer buen contacto lumbar con la silla, leer un surtido variado de libros (desde manuales sobre jardinería del siglo XVIII a panfletos propagandísticos sobre caballos criollos) y escribir como resultado textos que son parte reseña, parte observación aislada, parte diario.

A las notas del cuaderno de Mara se añade, como voz conductora de la novela, un narrador externo, a través del cual Cristoff pone a pruebas registros de su escritura. Las dos primeras partes están marcadas por un lenguaje tanto o más sutil que el de la propia Mara, un fraseo un pelín más largo y mesurado, además de una proclividad a soltarse en metáforas y en sucintas imágenes poéticas. Avanzada la trama, sin embargo, un taxidermista tan célebre como verborrágico –que entra en juego de repente, para la desgracia de Mara y a punto de usurpar el protagonismo– será la piedra de toque perfecta que permite variar la narración de Cristoff hacia un estilo indirecto libre acertadísimo, divertido, recalcitrante. Así funciona el talento de Cristoff: no toma uno consciencia del lírico silencio que había creado en su prosa hasta que viene un personaje palabrero a quebrarlo.

Inclúyanme afuera no es una apuesta a la gran novela de trama y envergadura, no se construye en pos de la espectacularidad o de la tensión o siquiera de la esencialidad cohesiva, por lo que no convencerá al lector que busque eso. Ahora bien, ¿quién dice que hay que ser ese tipo de lector? Las 170 páginas de Cristoff son un salto hacia otra plantilla posible de novela: una novela del gesto más que del grito, más del mosaico-collage que del retrato monárquico o el gran paisaje, más del sobrio lirismo en clave menor que de la ingeniería prosística para rascacielos.

Sea ello la condena o la bendición de la literatura, los lectores estamos destinados, por naturaleza, a interpretar un mismo texto de formas distintas. Pero también, por adiestramiento (que se da, y más de lo que pensamos) a fijarnos en una serie de cosas, y no en otras. Sirva ese discurso determinista sobre la lectura para desearle al lector de Cristoff opiniones conciliadas con las mías. Ya no por la bobaliconada de darme a mí la razón, sino en pro de captar lo que capté yo: que hay literatura actual fina, delicada, hecha con mimo de la lengua, y con talento.