prensa María Sonia Cristoff
 

Titulo: Intrascendencias (152)
Autor: Quintín
Fecha: 07 de Junio de 2014
Fuente: Blog La lectora provisoria


Venía empatado con Inclúyanme afuera de María Sonia Cristoff, una novela que tiene premisas originales. La protagonista, Mara, es una ex intérprete de conferencias internacionales que un día provocó un escándalo y ahora decide recluirse en el mutismo refugiándose en el Museo Udaondo de Luján. Cuando la sacan de su tranquilo y silencioso puesto de guarda de las salas y le asignan la tarea de ayudar al taxidermista que llega para embalsamar de nuevo a Gato y Mancha, famosos caballos criollos que alguna vez llegaron a Nueva York, Mara decide boicotear este trabajo también. La novela adquiere así un cariz ligeramente policial por el suspenso sobre el desenlace de los planes de Mara y también sobre el misterio, esta vez retrospectivo, de su anterior acto de rebeldía contra los sistemas burocráticos.


Digo que venía empatado porque cuando leí la primera de las tres partes de la novela, me sedujeron su excentricidad y una estructura que mezclaba la cuidadosa narración de la vida de Mara con notas sobre libros o artículos periodísticos que algo tenían que ver con el tema, como si fueran apuntes tomados por la autora para escribir la novela. Pero cuando leí la segunda parte, todo esto empezó a cansarme y hasta me pregunté si Cristoff tenía algún compromiso con su novela más allá de la lenta orfebrería de su forma. Esta dualidad de opiniones tiene que ver con mis dificultades con las novelas que se van construyendo como un edificio, a los que el autor le agrega ladrillos de información que solo adquieren sentido pleno cuando el rompecabezas está terminado. Prefiero leer libros que no están planificados, que son más espontáneos, en los que, ya que hablamos de ladrillos, el proceso de la escritura queda a la vista. Pero Inclúyanme afuera es todo lo contrario, al punto de que parece excluir toda improvisación como una película en la que los actores tienen que atenerse al guión estrictamente. El primer tipo de libro se presta más a estas críticas parciales que intento en las Intrascendencias, mientras que el segundo hace que las opiniones emitidas en el transcurso de la lectura puedan estar afectadas por la impaciencia. Es cierto que conviene esperar el efecto que resulta del cierre de todas las ventanas de información abiertas y la sensación definitiva que deja el final del libro. En ese sentido es lógico que el autor puede pedirle eso al lector antes de que formule un juicio, como me exigió en su momento Alinovi. Pero también es cierto que el lector puede solicitarle al autor que su obra sea deslumbrante en cada párrafo. Claro que la construcción literaria que recién al final adquiere toda su fuerza es un placer del proceso de escritura, que puede transmitirse justamente a través de la deliberada opacidad de muchos pasajes de la prosa.

De todos modos, Inclúyanme afuera me terminó convenciendo de que su trabajada artesanía desemboca en una sensación de novela lograda, consistente y original. No porque el final sea espectacular ni sorpresivo sino porque es el que corresponde a esa tenacidad puesta al servicio de la escritura. El libro termina construyendo una curiosa metáfora que liga su propio desarrollo con la minuciosa tarea del embalsamador, que en algún momento se describe como una mezcla de arte y ciencia que utiliza fórmulas personales secretas que los profesionales no comparten y se llevan a la tumba, pero que está al servicio de una misteriosa conexión con algo vivo

Sumergirse en una taxidermia supone siempre dar con el espíritu de su época, entrar en conexión con el soplo que le daba vida a ese ser con el que uno trabaja, sea animal o humano.

Pero hay una segunda metáfora, o paralelismo a partir del aislamiento que persigue Mara tanto de las palabras convencionales en las conferencias internacionales en las que solía trabajar como de la jerga fascistoide de un museo nacional mientras redacta su universal tratado de retórica, en el que el silencio ocupa un lugar importante. El escritor, parece decir Cristoff, necesita de algo parecido y no hay literatura que no provenga de esa perspectiva. Así, las digresiones un poco esotéricas del Cuaderno de notas que se ocupan tanto de la taxidermia como de las experiencias de soledad literaria, resuenan como armónicos musicales sobre la parte “narrativa” del texto.

Pero además de esa reverberación que potencia la idea de la soledad contra todo lo culturalmente gregario, Inclúyanme afuera es una novela anarquista, que redobla la actitud de su personaje principal. Mara es una solitaria que reniega de las acciones conjuntas, algo que le reprocha duramente Honoria, la viuda del viejo militante comunista. Hay una pasaje muy agudo en el que Cristoff escribe:

Mara se abstiene de comentar nada acerca del estupor que le causó Honoria en el mausoleo, hablando como una reencarnación, como el muñeco de un ventrílocuo que en realidad no es su marido como supuso en principio sino una especie de figura plural hecha de todos esos libros que guarda en anaqueles interminables, antiguos, congelados.

Es como si, otra vez, Cristoff confiara exclusivamente en los caminos individuales y se negara a condensar en su escritura las teorías sobre la literatura que convierten al escritor en un muñeco de ventrílocuo. Y esto ocurre en el margen mismo de una escritura que no está lejos de ciertos rituales académicos, como si Inclúyanme afuera fuese un intento de mantenerlos a distancia del mismo modo en que su protagonista intenta huir de los sonidos de la mediocridad del mundo. Mara piensa que esa vida anómala, de reclusión y silencio cerca de Luján es al fin y al cabo un experimento. Inclúyanme afuera parece serlo también.

Pero hay algo más, otro movimiento casi imperceptible en la novela que la va convirtiendo en una ficción feminista y en una apuesta al prójimo que contradice en buena medida los postulados que Mara establece para su conducta. El atentado contra la restauración taxidérmica de los caballos criollos necesita de cómplices conscientes e inconscientes. Mara convence a Ringo, un muchacho tarambana cuyo nombre mismo denota el desprecio intelectual que le tiene y además entra en confianza con los policías que custodian el museo para poder engañarlos y echarles un narcótico en el vino. Son los tres hombres que participan en el sabotaje. Pero también hay tres mujeres, por las que Mara tiene una consideración muy superior: Talvikki, la mujer del embalsamador por un lado y, por el otro Luisa, su compañera de trabajo y su tía Honoria. Cuando Luisa le averigua algunos datos que necesita, de pronto, en un libro en el que no hay la menor alusión a los afectos y menos a relaciones sentimentales, aparece el siguiente pasaje:

Mara la mira azorada por los resultados de la pesquisa y recapitula la definición de uno de los tipos de silencio definidos en su manual de retórica, el tercero: “El silencio complaciente consiste no solo en aplicarse en escuchar a quienes se trata de agradar, sino también en darles muestras del placer que sentimos en su conversación o con su conducta; de modo que las miradas, los gestos, todo supla la falta de la palabra para aplaudirles”. No puede evitar volver a preguntarse cómo es posible llegar a querer tanto a alguien en tan poco tiempo.

Nada hace suponer que un amor tan intenso se haya gestado entre las dos mujeres, pero de pronto, es como si un relámpago iluminara la novela para poner al descubierto que una prosa que elude sistemáticamente la intimidad está secretamente acechada por el deseo.

 

Titulo: Cómo escaparse de casi todas las cosas
Autor: Agustín J. Valle
Fecha: 05 de Junio de 2014
Fuente: Revista Rolling Stone


En su cuarta novela, María Sonia Cristoff revisita tópicos recurrentes de la literatura argentina clásica: la pampa, el caballo, la herencia gaucha, la laboriosa conformación de una liturgia nacional, la condición periférica y su ambigüedad intrínseca; incluso, sutilmente, la liberación de la cautiva. Pero lo hace con una ocurrente finura que la salva de la pesadez: Mara se muda a un pueblo bonaerense con el plan de pasar un año en silencio. Consigue trabajo como vigiladora de un pequeño museo histórico. Antes era traductora en simultáneo y ahora tiene reglas escritas sobre los modos y funciones de pleagarse al mínimo decurso de las cosas. Estaba saturada del ruido metropolitano, de la obsesión por “mejorar”. Encontró un trabajo estable y sin sobresaltos, casita con jardín y horas de nada. Su nulidad expresiva sería un aburrido repliegue noventoso de no ser por las entradas del “Cuaderno de notas” que intercala el relato, con “digresiones” sobre ñibros, artículos e instalaciones vinculadas a su nueva vida. El plan apacible, claro, sucumbe en la realidad.
Entre lo que Mara “vigila” hay dos caballos embalsamados que hace 100 años caminaron hasta Nueva York. Deteriorados, viene un taxidermista a re-embalsamarlos para una exhibición (ligada a intereses del negocio de la clonación equina). A Mara la ponen de asistente, interrumpen su retiro interior. Querrá vengarse. Va del hastío de lo instituido al sabotaje individual: oye a distancia ecos de la política, mientras arruina las situaciones mezquinas donde está presente con el simple gesto de hacer sensible lo que, aún evidente, es negado: que los muertos se pudren, que los discursos de saber son lazos de poder.

 

Titulo: Fugas y furia
Autor: Laura Cardona
Fecha: 16 de Mayo de 2014
Fuente: La Nación, ADN


Inclúyanme afuera, la nueva novela de María Sonia Cristoff, explora con inteligencia, humor y erudición, la historia de un curioso sabotaje


Un museo es un lugar donde se guardan y se exhiben objetos antiguos, colecciones de piezas, obras artísticas que poseen, en general, valor cultural. Su finalidad es proteger, conservar, restaurar. Éste es el espacio que estratégicamente elige Mara, la protagonista de la última novela de María Sonia Cristoff, para fugarse de “la redundancia del mundo”.
Saturada por la vida que llevaba, con resabios de un “cosmopolitismo herido”, Mara abandona su brillante carrera de intérprete simultánea y decide irse a un pueblo de la provincia de Buenos Aires (Luján) para intentar un experimento: ejercitar durante un año el arte de callar en interacción con el mundo. Para eso debe pasar inadvertida, relacionarse lo menos posible con la gente, hablar poco, apenas lo indispensable. Como libro de cabecera tiene un manual de retórica acerca de las manipulaciones discursivas y del arte de callar en público escrito por ella misma. El otro libro que organiza su nueva vida es un antiguo manual de jardinería. Su decisión por seguir al pie de la letra lo que prescriben ambos manuales es tan fuerte como el empeño que pone en su práctica casi ascética: hacer una actividad hablando lo menos posible, en el límite de lo impasible, sin dejar de estar abstraída. Es en el museo Udaondo –conocido por la presencia de dos caballos embalsamados– donde desarrollará su plan. Y todo va bien –su trabajo de guardiana de sala es perfecto para observar y hablar lo imprescindible del taxidermista que se encargará de restaurar los dos caballos. La furia que le provoca esa interrupción en su retiro voluntario la lleva a repensar su objetivo, que ahora se focaliza en la idea de sabotear la operación de la restauración. Con un sabotaje había puesto fin a su carrera de intérprete en su “vida anterior”.
Con pocos personajes, la trama se desarrolla alternando entradas de un cuaderno de notas, apuntes de lectura de libros inusuales –M.E Blasco, Xavier de Maistre, I. Podgorny, A.F. Tschiffely, J.K. Huysmans y Enrique Udaondo, entre otros–, que se pueden leer, dice la autora, “como un diario de escritura de la novela”. Sin embargo, aunque disgresivos, esos apuntes acompañan los hechos iluminando algún detalle: lo expanden o bien amplían el horizonte contra el cual se recortan los hechos. Hay temas estructurantes de la historia: la manipulación de la palabra, el sabotaje, la gratuidad de ciertas acciones, la resistencia en la minucia cotidiana. Hay tópicos, también: la grandeza de la patria leída en su pasado, los frentes tradicionalistas y conservadores, la impostura de los “neorruralistas”, el consumismo, el bioarte, finalmente.
Mara recorre un camino que va del hartazgo al anarquismo, resultado de sus fugas y su furia. Su capacidad de cálculo y su mirada ácida provocan a veces comentarios socarrones, y este componente, el humor sutil y socarrón, impregna la historia con una refinada cuota de humor que se lee ya en el oxímoron del título. Aunque Cristoff lo ha tomado de una respuesta que el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante dio cuando se le preguntó si pertenecía al boom, “Inclúyanme afuera” es una frase popularmente atribuida a Groucho Marx. Todos los personajes tienen visos de excentricidad y abonan el perfil humorístico del relato. El taxidermista resulta un personaje inolvidable, con sus aires de grandeza, sus secretos profesionales, su verborragia y su manera de reírse que recuerdan, por momentos, a un científico loco.
Narrada con una tercera persona que cede lugar a las voces de los personajes a través del estilo indirecto libre, con una prosa preciosista y refinada en que lo poético no excluye lo político –como sucedía en Falsa calma, uno de los libros anteriores de Cristoff–, Inclúyanme afuera apuesta a la inteligencia y al poder cautivante de la narración.

 

Titulo: Diálectica de la des-comunicación
Autor: María Eugenia Villalonga
Fecha: 28 de Abril de 2014
Fuente: Diario Perfil


En el comienzo era el verbo, afirma, con la rotundidad del mandato, nuestro relato fundacional, que, desde Aristóteles a Lacan, no hace más que confirmarse.
Mara, la protagonista de esta historia, ex intérprete simultánea de primera línea, convocada en los congresos internacionales más prestigiosos, decide subvertir este mandato, cuando, en la conferencia de un famoso filántropo, deja de traducir y se dedica a describir, con todo detalle, las estrategias de manipulación que los oradores utilizan para disfrazar lo que realmente quieren decir, o, mejor dicho, hacer, que no es otra cosa que dominar, convencer, ganar. Consciente de la dimensión política de su acto que la hizo salir del recinto con las fuerzas de seguridad y ser expulsada de las asociaciones de intérpretes, y hastiada de un trabajo que, mimetizado con el tripalium, el instrumento de tortura del que proviene su nombre, abandona todo y se recluye en la ciudad de Luján, para trabajar como guardiana del museo, dispuesta a llevar adelante un curioso experimento: practicar, durante un año, el arte de la impasibilidad, la quietud y la observación.
Dos son los libros que la acompañan: un manual de retórica que describe los distintos tipos de silencio y un tratado de jardinería pensado para el clima de las antípodas. La cinta de Moebius, esa representación gráfica de la paradoja, pareciera ser el lugar que Mara eligió habitar después de años de transitar por los no-lugares (hoteles, restaurantes, cabinas de traducción, aeropuertos) donde su profesión la llevó.
Sobreviviente del campo de batalla de la comunicación (del que una convención internacional puede resultar uno de sus escenarios más calientes) que la obligaba a leer sin interés pero con voracidad toda la información necesaria para decodificar los sobreentendidos, escribe un cuaderno de notas en el que desgrana, a la manera del Viaje alrededor de mi cuarto, de Xavier de Mestre (otro viajero inmóvil), disgresiones filosóficas, teorías sobre arte, anécdotas, semblanzas, todo un entramado discursivo con el que arma el mapa en el que desplegará su estrategia política de negarse, a la manera de Bartebly, a formar parte del circuito de la comunicación humana.
Pero su proyecto de exilio interno se ve frenado por la aparición de un taxidermista contratado para restaurar a los dos caballos embalsamados que dieron origen a la raza de caballos criollos con los que nuestra clase dominante combinó negocios y tradición, al que la asignan como asistente. Nada más alejado de su plan zen de poner la mente en blanco que la verborragia de un aprendiz de Frankenstein, convencido de la misión de recuperar para la historia a los protagonistas del viaje a EE.UU. de promoción de la nueva raza, como un capítulo de la epopeya nacional.
Y es el arte de la taxidermia lo que le da la cifra de lo que se juega en la idea de conservación, de homenaje, de mausoleo, de una ideología que niega la muerte y que intenta apropiarse de la vida, práctica que la lleva a indagar en ese borde donde arte y cuerpo, vida y muerte, naturaleza y cultura se hacen indistinguibles y producir un nuevo acto de sabotaje que terminará con los delirios megalomaníacos del taxidermista y que le permitirá dedicarse al arte del mutismo, aquel que sólo el cuerpo inmóvil es capaz de lograr.

Y descubrirá algo que el cuerpo ya sabe: la distancia infinita entre la comunicación y la capacidad de escuchar y transmitir los relatos de la experiencia humana, algo en lo que Benjamin reflexionó bastante y que esta novela trabaja en el convencimiento de que sólo despojándose de lo superfluo, se puede estar un poco más cerca de la verdad, sobre todo tratándose del lenguaje, ese señor autoritario, ley del padre y fuente de tantos equívocos y neurosis.

 

Titulo: Primero hay que saber partir
Autor: Mauro Libertella
Fecha: 28 de Abril de 2014
Fuente: Revista Ñ


El encierro, los pueblos, la lectura; estas son, a grandes rasgos, las obsesiones centrales que dominan la escritura de Maria Sonia Cristoff y que erigen las paredes de su literatura. Su nueva novela, Inclúyanme afuera , de título juguetón y paradojal, confirma esos intereses y los lleva, de hecho, a un punto de mayor exasperación. El libro refiere la historia de Mara, una mujer que se autoexilia en un pueblo del extrarradio de Buenos Aires para pasar desapercibida, en un gesto de clausura cuyas razones no se terminan de resolver hasta el final. El relato se intercala con fragmentos de un “Cuaderno de notas” que funciona un poco como diario de lectura y como gran arcón de restos textuales de la novela.

–Para arrancar me gustaría preguntarte cómo fue tu paso por la carrera de Letras, a fines de los ochenta.]
-Me pasa algo bastante contradictorio con la carrera. Por un lado me molesta haber hecho 36 materias para que me interesaran sólo cinco. Además, de esas cinco, tres fueron el peor enemigo para animarme a escribir algo que no me pareciera repugnante. Y a la vez tiene algo muy interesante, que es la vida de los pasillos. La interlocución y la experiencia colectiva. Yo llegué a esta ciudad y ahí, por primera vez, tuve la impresión de que tenía un hogar, donde tenía interlocutores por primera vez en Buenos Aires. En la carrera, además, salí de la experiencia de lectora solitaria.

–¿Fuiste a algún taller literario?
–No. Quizás mi taller más importante fue azaroso e improvisado. Ni bien terminé la carrera empecé a trabajar en Sudamericana. Teníamos almuerzos con Luis Chitarroni que para mí fueron mi gran taller. Ahí tuve discusiones geniales y fue otra instancia importante de interlocución. Luis me devolvía los manuscritos con anotaciones feroces en los márgenes. Dos años en la cantina de Sudamericana fue un buen tiempo para ese taller improvisado pero súper riguroso. Después hubo un momento previo, de quiebre, anterior a publicar.

–¿Cómo fue?
–Necesitaba cambiar de aire, fugar hacia algún lado. Un día me encontré con alguien en la calle, que me contó que su ex novia se había ido a la Patagonia, porque había conseguido un trabajo para traducir unos manuscritos. Mientras me contaba esto, se iba deprimiendo cada vez más y yo me iba entusiasmando cada vez más. Me contactó con esta gente y me fui a ese lugar, que era la nada misma. Estábamos ahí por dos meses y luego venían otros, para que nadie tradujera más que un pedazo del material, sin noción de la totalidad. Fue un régimen militar, prácticamente. Eso fue muy importante también en mi formación, porque estaba encerrada en la academia, en el trabajo y en la ciudad y ahí algo se desencapsuló. Tenía además la impresión de que lo escribía, la narrativa, se volvía algo previsible. Tenía la idea de que la ficción tenía que responder al modelo de novela que nos legó el naturalismo. Y eso me provocaba mucho rechazo. Leyendo esos relatos en esa casa descubrí la posibilidad de lo híbrido, la confluencia de recursos, la primera persona que aparece y desaparece, la irrupción de lo ficcional. Creo que toda mi lectura de viajeros tiene que ver con seguir esas huellas.

–Un tema recurrente en tu escritura es el escenario del pueblo. En “Falsa calma" están los pueblos del sur, de la Patagonia. Y en tu nuevo libro, “Inclúyanme afuera", está el pueblo del conurbano, del Gran Buenos Aires.
–Es cierto. No me interesa tanto como curiosidad naturalista de saber cómo viven en tal o cual lugar, pero los pueblos me parecen locaciones perfectas para el encierro, que es algo que me obsesiona. Falsa calma para mí es un libro sobre el aislamiento. Después, los protocolos que uno negocia en la publicación de un libro van enmascarando la cosa, pero yo creo que en el fondo es eso. Y acá también: Mara se quiere aislar y se va a un pueblo. Pero no me interesa mucho saber qué pasa en los pueblos, hacer antropología; diría, más bien, que son locaciones. Las locaciones son fundamentales para mí, casi te diría que lo primero que me aparece para escribir algo es dónde sucede. Tengo otro libro híbrido que sucede en el zoológico.

–¿Cómo armaste el “Cuaderno de notas” que aparece intercalado en la narración? ¿Lo escribiste a la par del relato, lo armaste después?
–Escribí primero toda la parte de peripecias. Me gusta mucho cuando estoy con un libro en la cabeza, porque empiezo a encontrar cosas relacionadas con él, pequeños hallazgos. De todo ese proceso suele quedar una biblioteca personal, la biblioteca de ese libro. En este caso en particular me pregunté por qué dejar eso afuera. Además, la historia de Mara tiene una sucesión temporal y una narratividad, que es para mí una tentación a la huida. Y siempre que huyo, huyo a leer. Entonces: ¿por qué dejar esas lecturas afuera? Se me ocurrió hacer de esta una novela anotada. Pero volviendo a tu pregunta, luego de escribir el relato, vi cómo podía incluir todas estas notas, y fue un momento interesante, casi artesanal en el armado de un libro. Por lo demás, quizá las notas se pueden leer como un diario de escritura de esta novela.

–El libro muestra un poco tus gustos y afinidades literarias, y en general se percibe una inclinación por textos no tradicionales, disruptivos. ¿Leés novelas convencionales y lineales?
–Yo te diría que para mí la literatura son chispazos. En algún momento leía novelas de estas que comentás y me encargaba de anotar las dos o tres frases que hacían de eso literatura. Si había tres frases de esas, supuestamente valía la pena la lectura del libro. Pero nunca, ni cuando era más lectora de este tipo de novelas, me interesó la trama. Me confundía los personajes, los tiempos. Siempre me gustaron las novelas digresivas, como Lawrence Sterne, Sebald, Robert Walser. Esos autores que los empezás a leer y no sabés dónde vas a terminar. Pero con las novelas tradicionales, lo intento: las miro, me las regalan para el cumpleaños, y siempre fracaso.

–Para cerrar, me gustaría tocar un poco el tema de la crónica y la no ficción. Hay una línea dominante, que viene de la crónica estadounidense, con una serie de preceptos, como por ejemplo que el cronista se tiene que sustraer y ser invisible. ¿Qué opinás de esa corriente?
–Sí, tienen toda una serie de códigos muy fijos. Ese que mencionás es uno de los problemas. Otro tema es que a principios del siglo XXI estén subrayando una escritura que cumple todos los protocolos del realismo, y además es un realismo policíaco porque todo debe responder a las fuentes. Si uno lee la introducción de Tom Wolfe al Nuevo periodismo, el tipo dice que no puede creer que sus contemporáneos estén abandonando esa maravilla que es el realismo y yéndose a hacer esos experimentos absurdos. Qué bueno, dice, nos dejan a nosotros este tesoro. En fin. Ya cuando lo dice Tom Wolfe, carece de todo interés. Pero que décadas mas tarde, a principio del siglo XXI, haya toda una corriente que dice eso y se remita a ese catálogo de limitaciones, me parece muy empobrecedor. Lo menos conservador me parece, en cualquier género, abrirse a todos los discursos y todas las posibilidades.

 

Titulo: Especialista en huídas
Autor: Silvina Friera
Fecha: 10 de Marzo de 2014
Fuente: Página 12


El arte de callar quizá sea el modo más sigiloso de intervenir. Un personaje femenino, una intérprete simultánea y una saboteadora de bajo perfil –una modesta “anarquista” del siglo XXI que lejos está de ponerse el ropaje de una heroína romántica– le muerde la cola a la lengua suelta, al simulacro de conversaciones vacuas. Mara, el personaje en cuestión, llega a Luján para trabajar en el Museo Udaondo. Su plan es hablar lo mínimo e indispensable. No preguntar. Ejercitar el arte de callar en interacción con el mundo un año. Nada más. Pero hay más, un proyecto minuciosamente calculado: dos caballos exhibidos en el museo que Mara se encargará de arruinar. “Nunca estuvo tan cerca de un caballo, ni vivo ni muerto ni embalsamado. Pensar que, como ella, anduvieron de un lado al otro durante años y ahora quedaron inmóviles en una sala. Paradójico tributo. No hubiese querido otro, la verdad. Su experimento en la impasibilidad surgió, de hecho, a partir de una de las fuerzas más potentes de este mundo: la saturación. Llegó a este pueblo implacablemente hastiada de lo que dejó atrás. Les preguntaría, si no fueran caballos, y si no estuvieran embalsamados, si lo mismo les pasó a ellos. Si también, como ella, son resabios de un cosmopolitismo herido”, se lee en Inclúyanme afuera (Mardulce), notable y perturbadora novela de María Sonia Cristoff que profana deliberadamente los lugares comunes de la literatura desde el encantador oxímoron del título. Tal vez Cristoff –a través de esa fugitiva que es Mara y de la radicalidad de su obra narrativa– sea esa encomiable duelista que recoge el guante de su admirado J. K. Huysmans, citado en esta novela en el cuaderno de notas. Los lectores decidirán si son digresiones del personaje –que además escribe un manual de retórica– o de la autora.

“Me gusta mucho trabajar con el oxímoron –reconoce Cristoff con ese timbre de voz que transmite la calidez de una narradora que cultiva el bajo perfil–. De las poquísimas clases que disfruté en la facultad, una de ésas fueron las de Nicolás Rosa. El siempre decía que cada persona tiene una figura retórica que la identifica. Aunque no lo sepa. Diría que la mía es el oxímoron.” La frase del título, agrega, es una respuesta del escritor cubano Guillermo Cabrera Infante. “Cuando le preguntaron sobre su pertenencia al boom, él dijo: ‘Ah, no, del boom a mí inclúyanme afuera’. Esta frase podría decirla Mara, a pesar de que la novela está narrada en una falsa tercera persona”, plantea la escritora en la entrevista con Página/12. El cuaderno de notas incluido en la novela –digresiones a partir de textos rarísimos y disímiles de A.F. Tschiffely, Xavier de Maistre, J. K. Huysmans y Enrique Udaondo, entre otros– es un modo de “recuperar el afuera de la trama”. Lejos de esquivar lo autobiográfico, Cristoff revisa ese itinerario que va del “gesto” de la escritura a la publicación. “Empecé a publicar cuando pude salir de las tramas. Tuve de entrada una carrera de Letras, que creo es el primer antídoto contra ser escritor. A pesar de que le agradezco un montón de cosas, en ese tiempo, hace dos décadas, mientras estudiaba letras, escribía teniendo naturalizado que escribir una novela era escribirla al modo realista-naturalista. Dejé tres manuscritos sin terminar. Me daba mucho rechazo. Me paralizaba no por temor sino por hartazgo de la trama y la psicología de los personajes. Me daba cuenta de que eso no lo aguantaba más.”

Cuando Cristoff terminó la carrera de Letras, eligió la orientación en lingüística. “Un día hice un poco lo que Mara hizo, pero a mi manera –revela–. Estaba en el Instituto cuando agarré mi bolsito y me fui caminando. Y no volví más al mundo de la Academia. Como había estudiado antes traductorado en inglés y siempre tuve vínculos con la lectura en inglés, me surgió un trabajo que consistía en pasarme dos meses en una estancia perdida, traduciendo diarios de un viajero inglés, Thomas Bridges, uno de los primeros blancos en asentarse en Tierra del Fuego. Mucha gente cree que soy especialista en viajes, pero yo soy especialista en huidas. Odio viajar, no me interesa casi nada de lo que veo. Me interesa estar afuera. El Inclúyanme afuera, podría ser, como bien me dijo (Luis) Chitarroni, el título de mi autobiografía.”

Sonríe como si buscara la curvatura precisa para que los labios desplieguen la vibración de simpatía adecuada, sin atisbos de adulación ni exageración. En esa fuga a Tierra del Fuego en los años ’90 se encontró por primera vez con los relatos de viajeros, de los que fue durante mucho tiempo una lectora adicta. “De pronto percibí una confluencia de disciplinas: la traza antropológica, el informe científico-naturalista. Esas lecturas me permitieron descubrir que las novelas se podían abrir así. Por supuesto que después, leyendo, uno encuentra que eso no es nada nuevo y que muchas de las novelas que leímos o leemos tienen que ver con esto. De hecho, la inclusión de Huysmans en el cuaderno de notas como programa de escritura no es menor. A partir de ahí pude empezar a publicar y no hartarme de lo que hacía. En los primeros textos que escribí, llamados crónicas, trabajé con esa confluencia. Después fue mutando y quizás en la novela anterior (Bajo influencia) y en ésta también está el hecho de hacer entrar junto con la peripecia algo que sea exterior. En este caso, los cuadernos de notas.”

–¿De qué huye Mara?

–No está muy explicado en la novela, prefiero que aparezcan las esquirlas. Es una novela plagada de sabotajes, hay dos sabotajes que son de Mara, pero hay otros dos sabotajes más. Uno es el de Ringo, que supone un sabotaje familiar para hacer lo que quiere. Y el otro sería el sabotaje de Honoria con los archivos de Udaondo, pero en realidad pareciera que es una especie de deseo o proyección de Mara. En su vida como intérprete, el primer sabotaje de Mara es, en vez de traducir lo que está diciendo el filántropo de estos tiempos en una conferencia, ponerse a leer un manual de retórica sobre la manipulación que ella está escribiendo. Mara es una persona que vive cooptada por el discurso de los otros, como vive la mayoría de la gente. Pero en el caso de un intérprete, encerrado en una cabina, es más obvio. La actitud de Mara es de resistencia; una manera de salirse de lo que se espera. Pero una cosa es esa conferencia que eligió para hacer su acto final y otra de qué huye. Diría que huye de la vida productiva; que es casi una novela contra lo que se supone es la vida productiva. Tiene que ver con hacer un gesto inútil, una palabra a la que le tengo mucho aprecio.

–¿La literatura está contaminada por el mandato de “la vida productiva”?

–Sí, absolutamente. Y es algo contra lo que hago mis pequeñas resistencias. Por suerte, la literatura argentina no logra subirse a ese carro espantoso del escritor profesional. Con esto no quiero hacerme tampoco la romántica. Me encanta publicar y participo de un montón de protocolos de la institución literaria. Pero participo con mis prevenciones sobre toda esta cuestión que se exacerbó en los ’90 de intentar copiar el modelo norteamericano del libro por año, el agente literario, el escritor profesional o “el escritor de solapa brillosa”, como lo llamo yo. Toda esa idea, en efecto, se traduce en el correr atrás de los premios; algunos los respeto, pero no hay que correr atrás de todos los premios. Lo que tiene de bueno la vida literaria argentina es que, como todos tenemos que hacer otras cosas para escribir, terminamos escribiendo lo que realmente necesitamos. Pero no hay necesidad de escribir tanto, de publicar tanto. Detesto la idea de carrera, pero no quiero ponerme en la vereda contraria para nada. Doy clases de escritura en una universidad y en otros lugares. Me interesan esos espacios como lugares de interlocución. Pero estoy en contra de la idea de progreso, de que hay que publicar primero en las pequeñas editoriales y después en las grandes. Primero hacer otros trabajos, después sólo escribir. ¿Quién dice que tenés realmente algo para decir cada año? ¿O quién dice que tenés que publicar toda la vida? No sé... Me interesa escribir con esa idea siempre presente de que tal vez en un momento no tenga nada más que decir.

–A través de la perspectiva de Honoria, se cuestiona el individualismo de Mara. Honoria le dice que los actos de resistencia individual terminan siendo aislados e inútiles. Que es necesario organizar las fuerzas para asediar “la fortaleza del enemigo”...

–Sí, es así. Honoria es el gran personaje antagónico de Mara. El discurso de Honoria es casi una reescritura de fragmentos de Lenin contra los anarquistas de principio del siglo pasado. Veo estos personajes más en la línea de Michel de Certeau y lo que a partir de él se piensa ahora como micro-resistencias. Muchas me parecen banales, como Occupy Wall Street y varios de esos movimientos, tal vez porque son poco autocríticos y están romantizados. En cambio, me interesa el planteo de Certeau, de la persona que hace de su vida cotidiana no una completa práctica de resistencia, sino un pequeño acto de resistencia. Honoria es claramente un personaje anacrónico y está influida por la retórica marxista. Algunos hackers me parecen muy interesantes haciendo micro-resistencias. El tipo de resistencia de Mara bordea eso que está en el epígrafe de (David) Markson, los fool’s experiments, que no sabés si es el experimento de un loco o de un tonto. Estas resistencias contemporáneas se prestan a ser leídas desde un lugar heroico y romántico. Lejos de mí todo eso. La ética del silencio y del bajo perfil de Mara es importante. ¿Qué le pasó a esta loca que se la agarró con esos caballos? No quería una resistencia heroica ni épica. Es un acto único que empieza y termina. No se puede volver a arruinar esos caballos.

–¿Cómo sería sabotear las fórmulas y recetas de la literatura?

–Me parece muy ambicioso como programa (risas). Desde mi lugar, más bien adhiero a prácticas ínfimas de resistencia por los lugares donde circulo. Y en lo que escribo y en las decisiones que tomo en cuanto a dónde publicar. Son pequeños gestos... No quiero contestar cómo sabotear la literatura porque me parece un plan bárbaro pero no puedo sumarme a esas filas. Me gustan el trabajo de bajo perfil y los gestos mínimos. Intento hacerlo cuando escribo, intento hacerlo diciendo que no a muchas cosas y tendencias, a etiquetas que me han pasado cerca, a propuestas que no tomo justamente porque me parecen recetas. Escribiendo muy próxima a la no ficción, como escribo yo, no quiero tener nada que ver con los nuevos cronistas ni la Fundación para un Nuevo Periodismo. Escriben con recetas y supuestos que me parecen anacrónicos, en el mal sentido de la palabra. Me parecen banales, atrasados. Desde que empecé a publicar, me ponen la etiqueta de cronista. Las etiquetas son problemas de los otros y yo me hago cargo de que Seix Barral quiso publicar un libro bajo la etiqueta crónica (Falsa calma) y con eso iniciar una colección. Y dije que sí porque confío en los buenos lectores. Los géneros son formas de lecturas. Evidentemente pesó sobre mí esa categoría contra lo que no peleo. De hecho, escribo crónicas y tengo gran respeto por algunos abordajes.

En la Maestría de Escritura Creativa de la Universidad Tres de Febrero, Cristoff es responsable de la materia Modalidades y Técnicas de la Narración. “No doy lo que el mainstream actual entiende por crónica –aclara–. Doy algunas crónicas para discutirlas, otras para trabajarlas; pero especialmente leemos muchos diarios, cuadernos de notas, todas estas formas no ficcionales próximas a la literatura en las que surge la pregunta: ¿son o no son literatura?”

–En los cuadernos de notas hay un recorrido de lecturas atípicas. Son autores y textos “menos que menores”... pocos se animarían a decir que hay que leer, por citar un ejemplo, “Viaje alrededor de mi cuarto”, de Xavier de Maistre. Hay siempre una línea de autores canónicos y otra línea con autores menos canónicos. Además, están los autores olvidados que de tanto en tanto son rescatados. Y hay otra línea que es un cúmulo nebuloso de autores que son recuperados por lectores muy específicos, como sería su caso, ¿no?

–Sí, estoy de acuerdo. Siempre tuve una especie de resistencia a la literatura argentina, a lo que hay que leer para ser una “escritora argentina”. Diría que no soy una escritora argentina, sino una escritora en la Argentina. Me gusta más definirlo territorialmente. Por eso leo genuinamente cualquier cosa. Todos los escritores que me interesan no le interesan a casi nadie. Huysmans es uno de mis escritores favoritos, por lo menos hasta antes de volverse tremendamente religioso. (Victor) Segalen, sin duda, especialmente René Leys; para mí es el maestro de la ambigüedad en esa novela. Hay siempre una cosa que está por decirse y no se termina de decir. Una autora que me interesa muchísimo es la suiza Annemarie Schwarzenbach. Todos estos escritores han escrito en esa línea vacilante o en esa zona ambigua. (Bruce) Chatwin es un escritor que me interesa mucho; es un maestro de la prosa. La respiración de una prosa me marca definitivamente y no tiene que ver necesariamente con la frase bien escrita. Me interesan las escrituras porosas, medio en los bordes, donde la misma literatura está puesta en cuestión y a la vez reafirmada como literatura.