prensa Ariana Harwicz
 

Titulo: Oscura plegaria
Autor: Edgardo Scott
Fecha: 03 de Febrero de 2016
Fuente: Blog de Eterna Cadencia


“Cuando salgo retengo la visión de ellos acuclillados entre vasijas de anémonas. Esa calentura deben sentir las viejas de la región al entrar al sagrario”. Basta aislar dos oraciones cualquiera de Precoz (Mardulce), para que la lengua de Ariana Harwicz se exhiba en su radiante y desprolija obscenidad. Sintaxis, puntuación, semántica, gramática todos los síntomas y amarras del lenguaje son arrasados por esa lengua; por la lengua, en este caso, de una madre insaciable. Literalmente. No sólo no se sacia con ser madre, no se sacia de ser madre. Por eso acosa y persigue, abandona y olvida a su hijo (para recobrar y reencontrar: “el momento providencial de volverlo a ver”, escribe) todo el tiempo. ¿Drama psicológico? ¿Relato –como se decía en una época– de raigambre psicoanalítica? Nada de eso. Volvamos a la pista de las viejas, la calentura y el sagrario. En Precoz, Harwicz se aplica o se deja caer en una lengua en trance. Entre alucinada y mesiánica. La poesía de los místicos. San Juán o Santa Teresa sí, pero en el pagano éxtasis de Bernini.

Harwicz pertenece a esa especie (más que tradición) de escritores que sería injusto clasificar como narradores o poetas –ni que hablar de novelistas o prosistas–. Impropio sería también, para acercarse a su estilo, lo que se entendía por prosa poética (hoy poco menos que un sacón arrumbado). Los ejemplos concretos, enumerar su árbol genealógico, por fortuna releva la impotencia de la descripción. Voces como las de Zelarayán, Néstor Sánchez, Aurora Venturini y sobre todo El tapiz, de Mercedes Roffé, el Correas de Los jóvenes o el Gusmán de El frasquito (y más todavía, de sus variaciones inmediatas: Brillos, Cuerpo velado, En el corazón de junio). La escoltan pocas escrituras contemporáneas, pero clave: Luciana De Luca, Matías Alinovi. La escritura como un rezo, como un susurro trágico y voluptuoso.

Y está el tema. O la representación. ¿La maternidad? Sí, la maternidad. Una maternidad pura, sin padres a la vista. Precoz interpela una maternidad que en la representación literaria, cuando no ha sido una tragedia directa (La viuda de las colinas, de Walter Scott, etc.), ha sido una eterna albúfera reaccionaria o el mejor pábulo servil del discurso feminista. Pero Harwicz no escribe sobre la maternidad; no concluye ni deja concluir nada. No hay mensaje. Y si comunica una experiencia es a través de cómo su lengua se zambulle en ese líquido amniótico, que bien puede ser un vicio. Yvonne Knibiehler, en Historia de las madres y de la maternidad en Occidente escribía: “La aparición de la palabra maternitas en el siglo XII marca un momento de inicio: los clérigos inventaron una palabra simétrica a paternitas, para caracterizar la función de la iglesia en el mismo momento en que se producía una especial expansión del culto de Notre-Dame, como si necesitaran reconocer una dimensión espiritual de la maternidad, sin dejar de despreciar la maternidad carnal de los hijos de Eva.” Y después: “En la época de las Luces, las dos nociones parecen acercarse, para construir un modelo terrestre de la buena madre, que sigue sometida al padre, pero que es valorada a causa del alumbramiento de los hijos. La función materna absorbe la individualidad de la mujer.” Harwicz escribe esa tensión. Un alicaído ideal femenino: la maternidad, en pelea a muerte con el amoroso y vigilante cuidado del cuerpo del hijo (instinto materno), y también contra un lullaby o réquiem, según el caso, en torno al deseo.

Y aun así “todo es tan idílico”, escribe Harwicz hacia el final. Qué otro paraíso ganado, qué otro idilio que madre e hijo en un paisaje extranjero –europeo–, errando en la periferia de ¿París?, sin padre ni ley ni servicio social a la vista. No es casual que al pasar esté Córcega (Si Dios fuera negro, si Napoleón fuera mujer). Madre joven y bella, hijo adolescente, corriendo y tropezando, entre bosques, accidentes, autostops, hombres difusos. Enamorados, por supuesto. Para “que todo sea olvido”, escribe también, tan cerca de la plegaria. Oscura plegaria. Un hijo borrando el tiempo y la melancolía; para que todo sea el sonido y la furia. Oleaje. Olas como las de Virginia Woolf; olas que también golpean en la escritura de Harwicz, en esos encabalgamientos poéticos, en esas repeticiones de terciopelo manchado.

Como todo buen –involuntario– relato de terror y suspense, en el borde del grito, Harwicz también nos roba una carcajada. Precoz es inestable. Como su narrador, como su protagonista: “La madre inestable que luchó años para hacerse inseminar ilegal en el extranjero”. Porque ¿quién es precoz a fin de cuentas, la madre o el hijo? Demasiado crudo, demasiado temprano, demasiado antes. Demasiado. Los padres siempre son y serán múltiples y fallidos, pero una madre siempre alcanza. Y hasta puede ser demasiado.

 

Titulo: Somos deformes damos risa damos asco damos piedad
Autor: Pablo Chacón
Fecha: 27 de Diciembre de 2015
Fuente: Télam


El libro, publicado por Mardulce editora, acaso despierta un eco siniestro, inquietante, familiar, justamente por el poder de esos adjetivos.

Harwicz nació en Buenos Aires en 1977. Esta es la conversación que sostuvo con Télam.

T : ¿Cómo se ubica Precoz respecto de tus novelas previas?
AH : No sé cómo se ubica, creo que Matate, amor es más abierta, más barroca, más excesiva en el lenguaje, en las imágenes, una primera novela como un primer disparo, la primera vez que se mata no debe ser igual a la segunda. La débil mental es más teatral, más cerrada en sí misma, como un relato dramatúrgico más de caja pequeña y Precoz es la más breve, una nouvelle violenta, áspera, que corta como los viñedos, sin cortes en el medio, arranca y no para hasta el hachazo final.

T : La literatura que hacés, a mi juicio, tiene un contacto privilegiado con el fraseo de la poesía. Es más lo que se escucha que lo que se dice. ¿Cuál es tu opinión al respecto?
H : Leo y escribo en voz alta, esa es la manera, como en la poesía, la música, el fraseo, la entonación, los golpes, la melodía, esa es la manera de entender la escritura, de pensarla, de estructurarla, de corregirla, de vivirla, si pudiera trabajaría con un pianista sobre un piano y no con un escritor ni en una computadora.

T : Algunos de tus personajes (no diría voces, porque hay una voz que narra), suenan deformes: una débil mental, un marido, un niño precoz. ¿Es que esa supuesta deformidad o deformación expone mejor o con mayor precisión algo de la condición humana?
H : No sé si la expone mejor o peor; somos deformes, damos risa, damos asco, damos piedad.

T : Si el hijo precoz puede asimilarse a un objeto, ¿cómo sería la posición de sujeto de su madre-amante-lo que sea?
H : Si el hijo es objeto, la madre tampoco está subjetivada, porque sujeto se es en el vínculo, si el hijo está cosificado, no hay lugar para una relación -sujeto a sujeto-, por lo tanto la madre tampoco lo es. Su relación es otra cosa, una construcción por fuera de lo pensable.

T : ¿Qué escritores argentinos lees con algún interés?
H : En realidad a todos los que puedo, Hernán Ronsino, Luis Sagasti, María Sonia Cristoff, Selva Almada, Leonardo Oyola, Diana Bellesi, Martín Kohan, Sergio Chejfec, Leila Guerriero, Sylvia Molloy, pero muchos más, todos los que voy conociendo personalmente o en sus libros, todos me interesan.

T : Flannery O'Connor. Algunos de sus cuentos recuerdan a tus novelas.
H : Sí, lo han escrito o dicho bastante. Quizás ese Southern Gothic, esa región cerrada como un decorado, esos vecinos o pueblerinos algo grotescos; bueno, acá en mis novelas no hay fe católica, ni fe alguna, pero sí hay eso de la ilusión sentimental como único escape para tener una vida entre la guerra, la pobreza del campo y la llegada de los inmigrantes, pero el mío es otro campo.

 

Titulo: Deseo y destrucción
Autor: Isaac Rosa
Fecha: 12 de Noviembre de 2015
Fuente: Babelia-El País


Cien páginas. Alguna menos, si descontamos las iniciales de créditos. Ni una más le cabría a esta breve pero intensísima novela, a la que hay que agradecer los generosos espacios en blanco entre escenas, como descansillos en una escalera. Escenas cuya extensión es también límite, se acaban en el momento justo, no aguantarían una sola palabra más.

De la primera a la última página, Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977) no afloja el alambre en ningún momento. Hagan la prueba: abran por cualquier página, busquen una sola frase no ya anodina, siquiera tranquila. Ni una. Todo es intensidad, un continuo de imágenes poderosas, desgarros verbales, diálogos desquiciados. Y poesía, mucha poesía. Una apuesta arriesgada, hay que reconocerlo, en tiempos donde triunfa la literatura amable con prosa de dictado. De hecho, temo que cualquier cosa que yo pueda contarles sobre La débil mental puede ser disuasorio para algún lector. “Ah, intensidad, poesía, desgarro… Mejor otro día, gracias”. Estoy tentado por saltarme el código deontológico del reseñista y engañarles un poco, para que nadie se pierda esta novela.

La débil mental es un cuento, una historia de casita en el bosque, brujas, lobos, príncipes y niñas en peligro, a la manera de los clásicos infantiles. Es decir, miedo, violencia y sexo, mucho sexo. Tenemos una madre y una hija, dos seres marginales, inadaptados, que viven encerradas en un torbellino de deseo y destrucción mutua. Es decir, amor. Porque estamos ante una historia de amor, de amores: el de la madre por la hija y de ésta por aquella, siempre dudando entre darse un abrazo o una cuchillada; y el amor de ambas por los hombres que entran y salen de sus vidas. Amores caníbales, desaforados, que no pueden acabar bien.


Entre el ruido ambiente nos llega un monólogo interior que en realidad es diálogo o griterío, difícil saber quién habla, si la madre o la hija, subrayando su condición siamesa: dos mujeres que parecen una sola, la hija poseída por la madre, la madre que no terminó de sacarse de dentro a la hija. Unidas por un cordón umbilical de acero donde la sangre circula en un sentido, pero podría ser reversible: “Yo te parí, pero vos me podrías haber parido igual”.

Dos mujeres que en su desquiciamiento (sería demasiado fácil decir que son locas, más bien heridas, incurablemente heridas) nos asoman al lado oscuro de la pasión amorosa y también de la maternidad (“te malcrié, te anticrié”), un cóctel de amor, odio, compasión, desprecio y pulsiones que están en nosotros, pero que solemos mantener bajo control, y que aquí son norma de vida. Madre e hija viven en una montaña rusa que por abajo toca el infierno y por arriba la tormenta, mediante rápidas estampas y desgarros de memoria, todo narrado en un tono febril, borroso, como una borrachera.

La elección de Harwicz es radical. La violencia no está tanto en lo contado (que también), sino en la escritura, que nos sacude en cada frase. Con un pie en formas de modernidad literaria que son de hace un siglo, pero que siguen descolocando a los lectores (y la referencia a la última Virginia Woolf es pertinente), logra una escritura asfixiante, saturada de imágenes de gran belleza pese a su carácter perturbador, y llena de olores, fisiología, suciedad, asco. Hay ecos de los poemas más desgarrados de Sylvia Plath (Lesbos, “Viciousness in the kitchen…”) y de la crudeza de Jelinek (madre e hija en La pianista). Siempre evitando el quiebro sentimental por la vía de lo intencionadamente inverosímil y sobre todo del humor negrísimo.

“Que explote todo, destruirlo todo, dice mamá y todavía quiere más”, remata la última frase de la novela, poniendo palabras al estado de ánimo del lector al llegar al punto final: pese a la paliza, todavía queremos más.

Si la mejor literatura en castellano se está haciendo hoy en América, uno de sus centros está en Argentina, donde autoras como Ariana Harwicz, Selva Almada o Samanta Schweblin (todas nacidas en los setenta, todas escribiendo sobre hijos y relaciones difíciles) apuestan por una escritura radicalmente literaria, con resultados mucho más que prometedores.

 

Titulo: La débil mental
Autor: Florencia del Campo
Fecha: 12 de Noviembre de 2015
Fuente: El Correo de Andalucía


Después de Matate, amor vuelve Ariana Harwicz a la carga. Vuelve con otra novela breve animal. Otra vez las relaciones familiares y una narradora moviéndose progresivamente hacia el momento cúlmine, hacia el clímax, ahí donde la furia desprendida del deseo da su golpe final.

En este caso, es la relación madre-hija la que queda plasmada en una comunicación brutal, en intenciones feroces o cerdas. Desde el lenguaje (que es casi toda la esencia de la novela o al menos su columna vertebral), todo es superlativo. El amor-odio que estaba implícito en el sintagma que daba título a su libro anterior, aquí está en la base misma de la historia y en ambos casos, operando desde el deseo. Hay deseo hasta en la relación con la madre y deseo por un único hombre posible, la amenaza de ruptura del clan femenino ya achicado por la muerte de la abuela.

Porque todos los asuntos de la hija son asuntos también de la madre es que entonces se desdibujan los espacios privados, los límites entre un ser y el otro, entre un cuerpo y el otro: la masturbación puede ser observada desde afuera y aplaudida, vale olfatear el sudor, preguntar detalles de las relaciones sexuales, sentir celos infinitos, reclamar y reclamar. Actuar como débiles mentales; no tontas, no retardadas. Gente que está en otro plano, con otros códigos de relación y otras reglas de juego, apartadas de la línea de lo normal-social, alejadas del sentido común, desviadas de cierto orden, colgadas de una lógica y deseo propios. En un sitio no urbano, sin dinero, sin participación en el sistema, pero con noción de ese universo exterior y la intención de permanecer en el propio como posibilidad de vida (con un huerto y agua tal vez alcanza).

El golpe final lo da, precisamente, el final de la historia. Como sucedía en Matate, amor. Un hachazo. Un mazazo. Pum. El golpe definitivo e irreversible que acaba externalizando y poniendo acción a algo que se tramaba o se trenzaba entre dos y desde el lenguaje (en la primera novela era individual e interior ese tejido). El golpe que muestra de lo que de verdad son capaces los personajes. O los humanos, quizá.

Experiencia física y lírica y el protagonismo del deseo en ella. Como un orgasmo. Pum o Aaaahhh. La onomatopeya que calce.

Calificación: Crudo.

Tipo de lectura: Ruidosa.

Tipo de lector: Impúdico.

Argumento: Una mujer-hija enamorada y una mujer-madre alentando el deseo.

Personajes: Madre, hija y él.

¿Dónde puede leerse?: En un paisaje rural desconocido.

 

Titulo: Las relaciones salvajes: salir con mamá a destruir el mundo
Autor: Eduardo Almiñana
Fecha: 12 de Noviembre de 2015
Fuente: Valencia Plaza


Una madre y una hija cohabitan en una casa en el campo. Se buscan la vida como pueden, no hay dinero, pero todavía disponen de cuerpos atractivos con los que poder gestionar cierto tipo de situaciones. La abuela ya se fue, ya murió, y resulta que tres no eran multitud sino equilibrio, la cifra exacta para evitar la simbiosis. Son madre e hija pero mamá siempre quiso que la niña creciese y que emergiese su sexualidad; quiso tener en ella a una compañera con la que compartir la angustia de la soledad y la pérdida, una compañera para la gran tragedia que es vivir para algunos, para aquellos que no disponen de oportunidades o de familias convencionales y ejemplares a las que lucir en sociedad. Mamá deseaba con todas sus fuerzas poder salir con su hija a conocer hombres de esos poco cuidadosos que agarran con fuerza y huelen a alcohol.

“Mamá levantándome en los hombros para que coma del árbol, mamita haciéndome caminar sobre un leño caído, mostrándome el sexo, ansiosa esperando a que me haga adicta. Ávida de que tome altura, midiéndome con un crayón contra la pared. Mamá feliz cuando mi espalda es atravesada por un elástico sujetador y ya hablo sucio. Mamá sonriente el día en que un hombre me siguió por el bosque, y me dijo, no tengas miedo”. Con el paso del tiempo, efectivamente, la niña perdió miedos. Se hizo áspera. Práctica. Dura como una piedra. Adquirió las habilidades necesarias para la supervivencia, como la capacidad necesaria para resistir envites y embestidas de todo tipo o la facultad de pese a todo, seguir soñando con príncipes futuros.

Si una obra es la captación de una angustia, como asegura Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977), entonces su nueva novela La débil mental es una obra a la enésima potencia, porque en ella hay angustia, tanta, que en ocasiones se hace difícil seguir con la lectura. Segunda parte de una trilogía iniciada por Matate amor (Lengua de trapo, 2012) y que continúa con Precoz -publicada ya en Argentina por Mardulce, sello editorial que ha desembarcado recientemente en España y en cuyo catálogo se inscribe La débil mental-, esta es una historia que acorrala al lector página tras página, que lo asfixia entre unas paredes que parecen estrecharse reduciendo el espacio hasta hacerlo insoportable. Un retrato literario del amor desbocado y enfermizo.

 

Titulo: El amor nos destrozará
Autor: Maximiliano Tomas
Fecha: 12 de Noviembre de 2015
Fuente: La Nación


Hay gente que escribe. Bien, incluso hasta muy bien. Pero hay pocos escritores, y dentro de lo que uno habitualmente piensa cuando habla de escritores (aquellas personas que viven en estado de literatura) hay, a la vez, muy pocos que logran dar forma a una obra personal y singular. Cuando a fines del año pasado un periodista español me llamó para decirme que estaba confeccionando la lista de los quince escritores argentinos más importantes de la actualidad, me leyó los nombres que tenía y me pidió que le recomendara una escritora le dije, sin dudar, Ariana Harwicz. Había leído poco tiempo antes la segunda novela de Harwicz (Buenos Aires, 1977), La débil mental, y había salido de la experiencia tocado por la convicción de que había dado, al fin, con una autora. Una que se movía por fuera de las modas, las tendencias y las convenciones de cualquier género.

Harwicz estudió filosofía, guión cinematográfico y dramaturgia en la Argentina, pero vive en Francia hace años. No en París, sino en Francia: en un pueblo rural de menos de veinte habitantes ubicado a unos 180 kilómetros al sur de la capital. El detalle sería apenas pintoresco si tanto La débil mental (novela que no dejan de alabar los críticos españoles ahora que sus libros comienzan a viajar de un lado a otro del océano) como su nuevo libro, Precoz, no estuvieran ambientados en una geografía que replica el lugar de residencia de la autora. Un contexto de profunda ruralidad, una geografía que se impone a cualquier atisbo de civilización y se abalanza sobre los seres humanos y sus vidas precarias, e instala en ellos la cifra de lo salvaje. Camino, campo, lo que sucede, gente.

Las ficciones de Harwicz no se parecen a nada, y están a medio camino entre el soliloquio y la pesadilla. Como si se trataran del monólogo de un sonámbulo. En La débil mental se narraba la historia de amor siamés entre una madre y su hija, y Precoz es algo así como una segunda parte, o como una novela complementaria de aquella: aquí también hay una mujer enamorada (otra idiota, otra poseída, otra débil mental) de un hombre que no la corresponde, una madre que es correspondida, en otro orden amoroso, por su propio hijo. "Sigo sus pasos por toda la casa, adelante y atrás. Subo las escaleras dejando mis huellas en las suyas, y las bajo detrás de él, me cierra la puerta cuando va al baño, lo espero y lo sigo cuando va a buscar maderas y a la cocina cuando se hierve unas pastas. Soy su nube, su perdición".

"En las breves novelas de Harwicz hay siempre un fondo barroso, biliar, seminal, que da como resultado una literatura opaca, plagada de fugas de sentido"
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En las breves novelas de Harwicz (de cien páginas o menos) hay siempre un fondo barroso, biliar, seminal, que da como resultado una literatura opaca, plagada de fugas de sentido. ¿Abstrusa, intrincada, barroca? Más bien lunática, endiablada, signada por la locura, la libido y el espanto. Los humanos mostrados en su más desnuda animalidad: "Me paro en dos patas. Me subo a su espalda huesuda pero me saca como un gorgojo y me quedo viéndolo alejarse y lo oigo decir. Nací de tu culo y desde entonces apesto". A su vez, el amor todo lo atraviesa y es promesa de futuro, pero nunca de uno venturoso o tranquilizador. No hay aquí parejas consumadas, celebraciones ni mucho menos perdices. Lo que hay son besos, saliva, secreciones y patos: "Delante del corral nos besamos idílicamente mientras él duerme aplastado. Cientos de patos corren y berrean y él cuenta cómo les meten un tubo en la garganta y los fuerzan a comer rompiéndoles el cuello para hacer el hígado graso. Los torturan dándoles de comer hasta el atracón aprovechando que no pueden vomitar. Después entramos a la granja y el patrón nos da de probar dos tipos de foie gras sobre panes caseros recién asados. Los paladeamos besándonos una y otra vez".

Hay una mala noticia y es que Precoz llega a las librerías recién dentro de algunos días. Hay una buena noticia: el libro estará en las librerías el martes que viene. Es un volumen pequeño, breve, de tonos verdes y grises, en apariencia inofensivo. No se deje engañar y tenga cuidado. No encontrará en sus páginas entretenimiento, tranquilidad ni sosiego. Pero si lo que usted estaba buscando eran cosas por el estilo, entonces andaba desorientado desde un principio. Hay actividades mucho más adecuadas para alcanzar esos nobles fines que leer literatura.