prensa Ariana Harwicz
 

Titulo: La débil mental
Autor: Daniel Dimeco
Fecha: 12 de Noviembre de 2015
Fuente: Café Copenhague


El mundo es una luna cortada a latigazos negros. Una figura tan potente y bella como esta enamora al lector. Y como esa, Ariana Harwicz regala muchas en las cien páginas de La débil mental (Mardulce 2015), una novela breve y de una intensidad escalofriante.

Todo es igual a partir de que él entró en mi cabeza, el infierno salado. Hace poco, leyendo un artículo de Rafael Narbona sobre su experiencia con la depresión, me quedé enganchado al siguiente comentario que, por cierto, ya había escuchado de boca de otras personas: No he olvidado la noche en la que advertí con insoportable nitidez mi desmoronamiento emocional. Desde entonces el largo andar por las arenas, como si el mundo entero fuese un médano gigante de pequeños oasis con tan sólo una palmera.

De las mil maneras de existir que hay, me tocó esta, no reconozco a nadie y cuando me ataca la gran desesperación, vivo en cualquier parte. La escritura de Ariana Harwicz pareciera brotar de un estigma hecho por un dolor muy profundo, de esos que ahuecan el alma hasta doblarla y teñirla de una mancha negra. Una escritura poética que de algún modo se emparenta con la belleza que destilan los versículos de Herta Müller. Un acertado contrapunto al lenguaje procaz, coloquial y lírico que la propia Harwicz ha manifestado que le interesa trabajar.

La relación cuasi-salvaje que une a madre e hija construye un nrelato que transita por las pulsiones del deseo sexual irrefrenable. La madre se alegra cuando a la niña le crecen los pechos, cuando un hombre la desea en una escalera. La madre se siente satisfecha al ver que su hija se está convirtiendo en mujer.

Me invento una vida en las nubes sentada en mi clítoris. Tal vez sean las palabras de la propia protagonista las que expongan la mejor síntesis de la obra.

@DanielDimeco

 

Titulo: El après coup literario de Ariana Harwicz
Autor: Mariana Kozodij
Fecha: 12 de Noviembre de 2015
Fuente: Diario Registrado



A simple vista la tapa de “Precoz”, Mar Dulce, puede resultar engañosa; observamos a un púber de espaldas frente a la aparente tranquilidad de un espejo de agua. Sin embargo, a medida que avanzamos, los remolinos que construye Harwicz entre voces confusas, imágenes, realidades, posibles y escenarios funcionan como huellas mnémicas que permitirán escaparle a la mera clasificación de novela del Edipo no resuelto.


¿El amor filial puede ser tan perverso? Es una de las preguntas que llega con el correr de las páginas como ocurrió con la “La débil mental” (Mar dulce, 2014); pero en éste texto la autora se supera en sus prosa esquiva- imposible no pensar en la sensualidad de "El juego tabú" o en el lenguaje vacuo de "Tangible ausencia" de Alejandra Pizarnik, entre otros- y en llevar al máximo la relación de amor , odio y necesidad entre una madre, el hijo y el prejuicio.


Harwicz retoma la animalidad y la idea de cacería desarrollada en su novela previa pero con un erotismo que al comienzo parece coquetear con lo onírico para luego tornarse brutal e imposible de negar en la lectura. La autora lo trabaja con la sutileza de plantear posibles equívocos, entre la histeria y un posible trauma pero sin ánimos de querer psicoanalizar a sus personajes o de explicar todo a través de la locura. El lector puede negarse, obviar esas impresiones que Harwicz arroja o dejarse arrastrar por el fantasma- y los cuerpos- de deseo que construyen a la trama.


Pero no sólo se trata de un incesto sino que también están presentes una Francia de las afueras, de inmigrantes atrapados, de un sistema de salud colapsado, la xenofobia, la violencia verbal y corporal; asistentes sociales, el sistema educativo y policías que actúan pero objetivan. La infertilidad y la maternidad, la ayuda económica del Estado, los indocumentados y el margen como la ganancia que escapa a la moral.


Casi de manera lacaniana Harwicz nos introduce a un padre que viene a "ponerse en su lugar" entre esa madre e hijo y ahí la autora enrarece aún más su prosa para transformar los tiempos y las realidades y dejarnos caer, al mejor estilo de Maurice Blanchot en Thomas el Oscuro, en la tempestad del ser.

 

Titulo: Entrevista: Ariana Harwicz, la aparición del lenguaje
Fecha: 30 de Octubre de 2015
Fuente: Instrucciones de Uso


Hace unos años un amigo (hoy periodista) nos comentaba que el primer consejo que les dieron al entrar a cursar los estudios de periodismo fue: «Hay que meter el micrófono allá donde haya una posible noticia». Hace unas semanas nos vino a la cabeza esa afirmación cuando estábamos delante de Ariana Harwicz, quien tuvo el atrevimiento de pasar cerca de nosotros, y allá que fuimos con nuestras herramientas de tortura: una ristra de preguntas, nuestra cámara y nuestras grabadoras. Por supuesto, somos unos verdugos educados, y siempre pedimos el permiso conveniente a las personas a las que torturamos, se podría decir que somos unos antipaparazzis. Aun así, queridos autor/a, editor/a, traductor/a, ilustrador/a... andaos con ojo si pasáis cerca de nosotros porque corréis el riesgo de formar parte de la próxima entrevista. Pero ahora, por el momento, disfrutemos con las respuestas que nos dejó Ariana Harwicz en su paso por Madrid durante la presentación de La débil mental con la que charlamos del origen de su escritura y de sus afinidades con escritores argentinos de su misma generación, entre otras cosas.


P: Tanto en Matate, amor como en La débil mental el estilo es algo que llama mucho la atención, ¿ese estilo es natural o es algo que has hallado con el tiempo?

R: Lo primero que aparece es el lenguaje. Sin esa lengua no hay nada, no es algo que pueda hacer y después, pulirlo y transformarlo. Creo que mi identidad está ahí, primero en el lenguaje, y luego ya nacen los textos y los personajes, y eso que llaman estilo. Por eso me gusta esa frase que dice que una puede narrar lo que quiera, pero no escribir lo que quiera.


P: En la trama de ambas novelas los personajes pivotan alrededor de la familia, ¿fue ese para ti un punto de partida?

R: Cuando yo estudiaba guion cinematográfico nos decían que dejásemos los mensajes para los carteros. No hay ninguna idea de hablar de la familia, de las disfuncionalidades o la atracción latente entre padres e hijos, no hay nada de eso. De hecho, creo que sería un fracaso escribir desde ahí. Lo que aparece es una visión encarnada en el lenguaje y a partir de ahí voy escribiendo la novela. Lo que suelo hacer es sentarme y escribirlo todo casi de un mismo aliento. Pero sobre la temática, nunca me planteo previamente escribir sobre un tema concreto.


P: La débil mental no es un libro fácil, es decir, necesita participación por parte del lector, ¿la escritura resultó igual de dificultosa?


R: No fue sencilla. Nunca es sencillo porque siempre procuro despojar el texto de todo aquello que le sobra, por ejemplo, en las descripciones tengo casi la pulsión de eliminar lo más posible hasta que queda una imagen casi elíptica, pero que se pueda completar. Lo más difícil no es escribir un libro, sino procurarse el estado de ánimo, el estado mental, la atmósfera, entrar en la zona de escritura. Creo que nunca habría podido escribir La débil mental tranquila en un bar.


P: ¿El proceso de escritura de las dos novelas fue similar?

R: Creo que la única diferencia es que Matate, amor la escribí sin pensar en que estaba escribiendo un libro, sin pensar remotamente que podría ser publicado. Siempre tiraba todos mis manuscritos, pero llevé el de Matate, amor a una escritora que se llama Alicia Dujovne Ortiz, que vive en el campo, como yo, pero más incivilizada aún porque vive rodeada de ganado; le llevé unas treinta páginas y me dijo: «Acá hay una novela». Casi le beso los pies (risas), porque en mí no había una conciencia en absoluto de poder hacer literatura. Con la La débil mental sí había más conciencia de que podía ser un libro publicable, pero aun así el proceso es el mismo, encerrarse y escribir.


P: Lo que se ve también en La débil mental es que no existe una autocensura, no sé si te gusta corregir mucho el texto o eres una autora a la que le gusta el texto tal como sale y lo retoca poco…

R: Lo que hago es que escribo durante el día y por la noche corrijo, hasta que el editor me dice que ya no puedo cambiar ni una coma más porque están trabajando en la publicación del texto; pero durante el resto del tiempo es un continuo pulir la palabra.


P: Hay partes de la novela que me recuerdan a la antipoesía que existe en Plop, de Rafael Pinero, ¿es algo premeditado?


R: No sé si es así, pero lo que me interesa de esto es cuando dicen que en el libro hay una mezcla de lenguaje procaz, sincero y coloquial, y un lenguaje más poético. Ese cruce, esa mezcla, no sé si soy consciente de estar haciéndolo, pero si con algo identifico o quiero identificar mi escritura es con ese contrapunto. No me interesan el lenguaje netamente coloquial o netamente poético, lo que me interesa mucho más es trabajar en esa mezcla de registros.


P: Otra cosa que llama la atención en tu obra es la estructura fragmentada y la discontinuidad temporal de estos fragmentos

R: En realidad esa es la linealidad de esos personajes, así viven; están desayunando y de repente tienen veinte años menos, se produce en una de ellas un flashback y vuelve a la niñez, o un pensamiento futuro. Esa es la temporalidad de los personajes, esa es la lógica de sus vidas.


P: ¿Vuelves a leer tus libros una vez publicados?

R: No. Lo que sí hago, y me gusta, es releer fragmentos en las presentaciones o eventos de los libros.


P: En los últimos años parece que se está dando bastante voz a algunas escritoras sobre todo latinoamericanas, como a ti, a Selva Almada, Samantha Schweblin,… ¿Crees que ahora se está dando más voz a las escritoras que antiguamente o continúa siendo igual de complicado que antes publicar para una escritora?

R: Creo que eso podría ser una trampa. Lo que observo cuando voy a Buenos Aires o vengo aquí a España es que es innegable que hay algo así como un boom de escritura latinoamericana, y sobre todo, de las mujeres. Eso es algo positivo y no hay que desmerecer este momento, pero por otro lado creo que es una trampa porque puede posibilitar que al grito de soy latinoamericana, mujer y tengo afinidades feministas, que entonces me publiquen. Lo único que tiene que importar es el texto, lo otro son añadidos. Lo importante es el texto, el texto, el texto. Si después, el hecho de que viva en el campo pueda ser interesante porque aporte un cierto exotismo, o que soy medio judía y vivo pseudoexiliada, mejor, pero eso es para aportar notas de color. Repito, lo importante es el texto.


P: ¿Crees que hay afinidades entre los autores argentinos jóvenes?

R: No creo que haya afinidades a primera vista, quizás sí lo hay en cuanto a la temática, a lo que gravita por ahí; pero no creo que exista una afinidad en el estilo o la voz. Ahora trato de conocer lo máximo posible de mis colegas, porque no se puede olvidar que están viviendo este momento literario y esta realidad contigo y que, lo quieras o no, recibes influencias.





P: ¿Cómo ha sido tu trato con los editores con los que has trabajado? ¿Crees que son necesarios?

R: Mi experiencia empezó hace muy poco, tres años tan solo, con la publicación de Matate, amor en Argentina (Paradiso) y en España (Lengua de Trapo). Hasta un segundo antes de enviar el manuscrito no conocía a ninguna persona del mundo literario, pero mi experiencia fue muy buena. Y luego llegué a Mardulce, lo que casi una cuestión del destino, porque la gente me decía «vos tenías que estar en Mardulce». Creo que el editor es más que un mal necesario. Es importante porque si no el escritor estaría más solo de lo que ya está. Yo vivo aislada en Francia pero el editor me acompaña de alguna forma en el proceso de creación. Por supuesto, siempre hablo de un editor que cree en sus autores. Hace unos días me advertía alguien acerca de la importancia de lo grande que sea un editor, de su alcance, de la tirada media… Esas son cuestiones técnicas que no me interesan. Lo que me preocupa es saber si el editor con el que voy a publicar arriesga o no arriesga, ya que esos son para mí los dos tipos de editores que existen, del mismo modo que hay escritores que arriesgan e intentan hacer de su libro una revolución, y los que no arriesgan, haciendo de su libro un oficio. Y lo que me gusta tanto de Mardulce es que es una editorial que arriesga.


P: ¿Qué escritores dirías que te han marcado de algún modo y qué libros recomendarías de algunos de ellos?

R: No sé decir quién marcó mi escritura, no puedo decir que haya una influencia directa en cómo escribo pero sí en cómo concibo el acto de escribir, el arte. Para eso algunos de los obsesionados que me acompañan: Flaubert, Nietzsche, Wilde, Balzac, Lou Andreas Salomé, Séraphine de Senlis, Aloïse Corbaz, Ingrid Haebler, Glenn Gould entre cientos de otros.


P: ¿Cuáles son tus planes futuros?

R: Se publica Precoz en noviembre en Argentina, y después queda volver y escribir.

 

Titulo: La débil mental
Autor: Rocío Tizón
Fecha: 29 de Octubre de 2015
Fuente: Blog de Rocío Tizón


Según la contraportada del libro, "la literatura de Ariana Harwicz es profundamente perturbadora, una experiencia de lectura de una intensidad fuera de lo habitual". La verdad es que no puedo estar más de acuerdo con esta afirmación. Si en su anterior novela, Matate, Amor, Ariana Harwicz nos hablaba de las pulsiones que experimenta una embarazada que vive en medio de un bosque, en este libro desarrolla todavía más el vínculo salvaje de la maternidad y analiza la relación entre una madre y su hija. O entre una hija y su madre, porque en un momento dado del libro, la madre dice ella podía haber sido la hija y al revés, porque en su particular relación, ambos roles son intercambiables.

Cualquiera que escriba sabe que hablar de una madre no es fácil. Es una amalgama de recuerdos, traumas, sueños, cariño y decepciones. Ariana Harwicz toma todas estas cosas y las sublima, ofreciéndonos la historia de una madre y una hija que viven en medio de ninguna parte, alejadas de los vecinos. Ambas tienen una relación primitiva, oscura, visceral. Les gusta salir juntas y acostarse con hombres. Les gusta beber y disfrutar, pareciendo casi dos amigas antes que madre e hija.

Esta dualidad también puede llegar a sugerir la figura del Döppleganger, un doble fantasmal de nosotros mismos. En la novela, ambas mujeres son rubias y hermosas, carecen de una figura paterna y de un referente masculino, pero eso no quita para que no sufran por los hombres. De este sufrimiento nace un ansia de venganza que implicará a ambas mujeres. O tal vez a la misma.

Concebida como un monólogo interior, es cierto que La Débil Mental puede recordar al flujo de conciencia que veíamos en escritoras como Virginia Woolf, pero también a Joyce. No se trata de una novela lineal, sino que está compuesta de breves cuadros en los que nos hacemos una idea de la relación existente entre madre e hija a través de sus escenas cotidianas: ellas despertándose, sus conversaciones, el trabajo de la hija, las salidas a bares en las que bailar y beber es lo normal, etc.

No estamos, por tanto, ante una novela al uso. Aparte de estar compuesta de un crisol de imágenes breves, el lenguaje nos asalta en lo más íntimo, removiendo en el lector recuerdos de su propia infancia. Ariana Harwicz consigue perturbarnos y engancharnos a partes iguales, ofreciéndonos toda una experiencia tras la cual, no seremos los mismos. Deseamos que siga en esta línea durante muchas novelas más.

 

Titulo: Entre lo doméstico y lo erótico
Autor: Rosario Spina
Fecha: 05 de Octubre de 2014
Fuente: Señales del Diario La Capital, Rosario


En La débil mental, su segunda novela, afirma la singularidad de una obra que se destaca en la nueva narrativa argentina. “La excesiva intelectualización a la hora de crear a veces atenta contra la posibilidad de escribir”, dice

“El mundo es una luna cortada a latigazos negros, a flechazos y
escopetazos”, dice la protagonista de la novela La débil mental, poseída desde el inicio por el tono vertiginoso que sostendrá durante toda la historia. La intensidad de lo que se presiente a punto de desbordar introduce al lector en la efervescente relación de la protagonista
con su madre. Mediante escenas breves, Ariana Harwicz, quien estudió guión cinematográfico, dramaturgia y posee un máster en literatura comparada en La Sorbona, descubre las entrañas de la intimidad de esas dos mujeres: sus amantes, sus deseos frustrados, sus odios y sus neurosis. Entre lo doméstico, lo violento y lo erótico se encuentra su escritura. Ese ritmo de furia acelerada puede leerse inauguralmente en Matate amor, su primera novela, y logra con La débil mental una original voz poética plagada de pensamientos oscuros, diálogos fragmentados, reflexiones y deseos.
“La furia quizá es la misma —explica Harwicz, quien vive en Francia desde 2004— pero es cierto que lo que no pude controlar es que en La débil mental todo se volvió un poco más encapsulado, todo se apretó y se aceleró un poco más. Y se metió en el corsé de lo poético —poético en el sentido de fragmentado— como si en el estado de «poseída» en el que escribo no pudiera ensanchar más las frases y me quedara cada vez más corta. Yo miro mucho los textos visualmente, desde lo arquitectónico, y en este había algo de la brevedad. No tengo idea qué viene después pero es como si de alguna manera en la forma hubiera llegado a cierto límite”.

—¿Cómo fue el proceso de escritura de La débil mental? ¿Hay técnicas del cine o del teatro a las que hayas acudido frente a la página en blanco?
—En general se dice que hay una página en blanco o que hay que sentarse. Yo no tengo página en blanco y sobre todo no me siento. Lo que hago —y supongo que es lo que me influye del cine y del teatro— es la manera de ir a cazar la imagen generadora o la manera en que una se viste y va en búsqueda de la historia o del espíritu de lo que quiere contar. Al principio no necesariamente tengo personajes, no tengo una línea de historia o un concepto. Lo que hay en realidad es una constelación de cosas hasta que se arma el universo y una vez que tenés el universo es meterse ahí. Por ejemplo en una tercera novela que todavía no existe, lo que puedo decir es que ahora, en el germen, tengo un retazo de cosas: un vecino que vi haciendo algo, un sonido que me llamó la atención, una atmósfera. En el caso de La débil mental fue la imagen de una vecina que
encontré en un tren y después algunas imágenes congeladas que veía de madres e hijas. Y a partir de estos objetos o situaciones separadas
se va configurando un mundo.

—En la novela hay también una cuestión fragmentaria que ofrece al lector un gran trabajo de construcción propia. Esto se ve en Matate amor y pareciera progresar en La débil mental. ¿Qué lecturas influyeron en esta forma de narrar?
—El otro día pensábamos con una amiga, con quien escribo, cuál sería el grado de conciencia que debería tener un escritor para no ahogar al texto, siendo consciente de los recursos pero sin tampoco perderse ciertas posibilidades retóricas. Yo no era del todo consciente de lo fragmentario hasta que de a poco lo fui viendo. Creo que tiene mucha influencia de la poesía, y voy a ser muy clásica: Pavese, Yeats, Rilke, Plath, García Lorca, Unamuno. Aunque no tengan nada que ver, están ahí metidos de alguna manera. Además, quizá venir de la escritura del cine me haga operar lo
fragmentario. Y sin duda también el teatro ha influido a partir de esa mirada del relato en escenas.

—¿Qué rol juega lo onírico en la creación de la trama?
—Cuando estoy en “zona de escritura” está tan mezclado lo que pienso justo antes de dormirme, lo que pensé cuando me dormí y luego cuando despierto, que forma una trama con peso. A veces, apenas despierto hay algo así como un espesor, una forma distinta de pensar que en lo diurno. Y entonces escribo, sí.

—En ambas novelas hay animales alejados completamente de lo doméstico; más bien animales salvajes: un ciervo en Matate amor, hienas en La débil mental. ¿Hubo una búsqueda deliberada al incluirlos?
—Creo que la excesiva intelectualización de los elementos a la hora de crear a veces atenta contra la obra y contra la posibilidad misma de escribir. Yo sé qué representan los animales en la literatura, pero no lo pensé desde ahí porque, si no, quizá no hubiera funcionado. Literalmente vivo rodeada de animales, hay ciervos todo el tiempo en el jardín, por ejemplo. Pero también hay todo tipo de cosas que no se entienden: abro la puerta y hay carpinchos o zorros; vivo rodeada de la posibilidad del peligro que te da, por ejemplo, una serpiente. Todo el tiempo está ese peligro alrededor de la casa. Y la casa es también la escritura. Yo sentí que así como en mi vida estoy amenazada por lo animal, mis personajes también.

—Hay cierta relación entre las protagonistas de ambas novelas, si bien tienen dos perfiles diferentes, sobre ambas aparece en algún momento la preocupación erudita. La protagonista de La débil mental dice “tengo una
manía de embrutecerme” y en Matate amor el personaje se dice a sí misma “leé idiota”.
—Sí. En Matate amor está más explícito, en cambio en La débil mental no está Virginia Woolf, no está Plath, no hay referencia al mundo artístico. En La débil mental está la insatisfacción de la intelectual en la maternidad, es esa visión antirromántica de lo maternal. Y la parte más antirromántica de la novela es esta madre que es “comida” por el hijo, como si el hijo
la alejara de cualquier intento de leer y de salir de la idiotez. Y por otro lado, en La débil mental, no está eso exactamente porque ya no hay bebé pero sí —como si lo que reemplazara a la maternidad fuera el erotismo— está esa idea de que el erotismo a la vez que fascina, embrutece. Y es esa obsesión que viene a volverla loca.



 

Titulo: Fiebre o nada
Autor: Silvina Friera
Fecha: 19 de Agosto de 2014
Fuente: Página 12


Madre e hija, ambas inadaptadas sociales, son los personajes que eligió la escritora argentina –radicada en un pequeño pueblito francés– para un libro que describe como “la narración de una infancia atravesada por la mirada sexual de los otros”.


La vagabunda, una morocha argentina que a veces anda en pijama por el campo donde vive –El estanque de las granjas–, a 180 kilómetros de París, afila la cuchilla del lenguaje hasta trozar en mil pedazos las pupilas extasiadas de los lectores. Sus cortes son como hachazos que desgarran las fibras más íntimas y ocultas de una relación simbiótica y feroz entre dos inadaptadas sociales que son madre e hija. “El mundo es una cueva, un corazón de piedra que aplasta, un vértigo plano. El mundo es una luna cortada a latigazos negros, a flechazos, a escopetazos. Cuánto hay que cavar para dar con el desprecio, para que mis días ardan”, se lee en las primeras líneas de La débil mental (Mardulce), segunda novela de Ariana Harwicz, una bomba nuclear de la literatura argentina reciente de una potencia excepcional por sus personajes febriles, dos mujeres de factura barroca, dos hembras bravas en una suerte de “chiquero” campestre que acaban “enteras y ensangrentadas”.

En 2007, después de haber terminado la carrera de dramaturgia, después de haber hecho algunas “obritas” de teatro y dar clases de guión cinematográfico, Harwicz decidió que era el momento de barajar y dar de nuevo. Se fue a estudiar a Francia historia del arte primero y luego literatura comparada en la Sorbonne. Entonces tenía un conocimiento rudimentario del francés. Poco a poco las palabras de la lengua de Flaubert se multiplicaron como peces en las aguas de las conversaciones cotidianas. Vivió en París cuatro años como estudiante, el estatuto ideal para vivir en esa ciudad. En sus planes estaba la tentativa de escribir, pero nació su hijo. “A los vanos intentos de escribir sin hijo se le acopló los imposibles intentos de escribir con hijo en un espacio físico reducido, con el ahorcamiento de lo financiero en París”, recuerda la escritora en la entrevista con Página/12. “Me parecía una locura vivir en el campo. Yo soy porteña ciento por ciento, viví treinta años entre Villa Crespo y Palermo. Me preguntaba qué iba a hacer yo en el campo. Y me mudé al campo, al cual ya iba de manera esporádica. Mi casa está en la región central de Francia, en un minipueblito de ocho casitas que se llama El estanque de las granjas. Voy a París todas las semanas, así que la tapa de una estación de tren para La débil mental no está tan mal porque biográficamente vivo arriba de un tren, entre las idas y vueltas del campo a la ciudad.”

–¿Cuál fue el principio de la novela? ¿La relación simbiótica y enfermiza entre madre-hija?

–En realidad, no; es un error partir de conceptos como la simbiosis materna o la perversión humana. Así como Matate, amor, mi primera novela, partió de la imagen de un ciervo que me miraba, La débil mental empezó con la imagen de unos vecinos que se llaman “casos sociales”, bastante marginales. Y hay de todo: desde la mujer que se encierra en la casa con los perros y no sale nunca hasta cosas más raras. Hay una chica de unos veintitantos años siempre en calza, con el pelo medio quemado, que estaba arrancando pasto en las cunetas. Obviamente no trabaja; hay mucha gente que no trabaja y eso me gusta del campo, que está un poco corrido de la sociedad; es otro tipo de marginalidad, menos brutal respecto de las ciudades. La cuestión es que esta chica estaba no haciendo nada y tenía un bebito. ¿Qué le pasa a esta chica? Alguien dijo que “será una débil mental”, una desviada, una loca. Después me la crucé en el camarote del tren, ella también iba a París y como somos vecinas me puse a hablar por primera vez. Iba a ver a un hombre casado, no estaba loca para nada y no era en absoluto una débil mental. De ella surgió la escritura de la novela, de la imagen de esta mujer aparentemente débil mental. Después me acordé de frases como “pueblo chico, infierno grande”. Y pensé: ¿qué dirán de mí? Ella es una débil mental, ¿y yo? Yo voy a caminar, salgo en pijama, ¿seré también yo una débil mental? (Risas.)

–¿Cómo fue escribir una novela en la que el lenguaje busca romper constantemente las palabras? Hay mucha violencia en lo que se narra, incluso en aquellas escenas que son aparentemente bucólicas, la palabra está puesta en estado de violencia larvaria.

–Si Matate, amor surgió con un ciervo entre matorrales y ésta con una débil mental arrancando yuyos, en realidad lo que busco al escribir es que me aparezca el lenguaje, como si el lenguaje fuera un ciervo. Que me aparezca el lenguaje como una imagen, como un objeto. Hasta que no se da esa revelación del lenguaje no tengo nada. No tengo antes la historia ni los personajes, ni el conflicto dramático. Lo que tiene que aparecerme es el lenguaje. Es verdad que parece como si el lenguaje estuviera todo el tiempo pinchando, cortando, lastimando...

–El lenguaje está agazapado y a punto de estallar. ¿Esto fue buscado, trabajado?

–No sé teóricamente nada de música, pero trabajo mucho con ciertos pianistas que tocan sonatas de manera muy acelerada. La literatura que me gustaría escribir tiene que reproducir ese ritmo frenético del piano, esas aceleraciones traspasadas a la escritura. La misma pasión desmedida que sienten los personajes es la pasión que tienen que tener los dedos al escribir. Tiene que haber esa amalgama entre el desborde de pasión de los personajes y la escritura. El lenguaje está asimilado a la pasión de los personajes. Cuando hay alguna que otra frase con otro tempo, la elimino. Todo tiene que ser febril; por eso son capítulos breves porque la fiebre no se puede mantener mucho tiempo. Uno necesita el corte, si no te asfixiás. La escritura demanda cortes por el nivel de intensidad. Yo termino exhausta, no puedo más.

–¿Cada capítulo es concebido como una escena?

–Hablo siempre de escenas, no de capítulos. Me obligo a decir capítulo para que no me digan que no es un guión o una obra de teatro. La madre aplaudiendo la primera masturbación de su niña púber en la pileta de plástico es una escena de cine; corte y la chica se cubre y se va corriendo. La escena en la que ella sale a buscar a la madre que desapareció hasta que la encuentra haciendo pis debajo de un puente –ese hilito de pis entre las dos piernitas desnudas– es una escena fílmica. Las escenas donde comen el pollo con las manos, las escenas donde cocinan, quizá sean más teatrales.

–Las situaciones domésticas tienen una carga muy fuerte. Lo más violento es aquello que se intuye que va a explotar y no explota, ¿no?

–Es verdad. Un amigo escritor que leyó la novela me dijo que hay mucha comida, pero no da hambre. Hay pollo, hay ensalada y no dan ganas de comer, no provoca apetito. Es interesante pensar la mesa servida desde la saturación, desde la no hambre, hasta el asco se podría llegar a decir, aunque no está explicitado. En cuanto a la violencia en las escenas cotidianas, quizá ellas sean inadaptadas sociales. No las imagino teniendo cuenta bancaria, trabajo, jubilación ni cierta inserción social.

–Sin embargo, aparece una preocupación por lo económico y lo laboral, de qué van a vivir. ¿Esta preocupación sería como el último eslabón que les queda, lo último que las podría conectar con una trama social más amplia?

–Sí, podría ser... Creo que son dos extranjeras en el sentido del exilio, no político sino espiritual. La extranjería en lo espiritual está unida a mi vida, independientemente de la patria, la sensación de ser extranjera la tengo en París, en el campo y en el barrio de Palermo. Ellas son extranjeras, aunque una intenta trabajar. Quizás en ese sentido el trabajo es el último eslabón que les queda para estar insertas de un hilito. Toda mi vida trabajé dando clases en instituciones, pero ahora ya no trabajo en ninguna institución ni tengo jefe, aunque escribir para mí sea un trabajo. Es una libertad inquietante y al mismo tiempo a veces no sé qué día es. La escritura es un acto de solipsismo, pero en mi caso es un solipsismo por dos porque estoy en el campo. La escritura es un acto de soledad extrema, aunque estés en Santa Fe y Callao. Pero no estoy en Santa Fe y Callao, estoy en la nada, los vecinos no se escuchan, no hay luces. Me interesa esta forma de vivir, pero tiene sus consecuencias. De ahí esa radicalidad que me lleva a escribir así, pero a veces es un poquito peligrosa y por eso me tomo el tren y me voy a París: me tengo que vestir, me tengo que maquillar, me pongo los tacos... A veces no manejo plata ni tengo dinero un montón de días. No veo a nadie, excepto la gente que vive conmigo. Busco esto, me interesa, pero cuando termino de escribir corto con eso y por ejemplo vengo a Buenos Aires y salgo al mundo (risas).

–Madre e hija podrían ser como desprendimientos de personajes beckettianos en el siglo XXI. Hay algo de Beckett dando vueltas, ¿no?

–Sí, pero no desde el punto de vista de lo ambicioso. Estos personajes son espiritualmente beckettianos y socialmente chejovianos. Y debo agregar a Tennessee Williams y El zoo de cristal; mi maestro Mauricio Kartun nos hablaba muchísimo de esta obra. Son personajes beckettianos por muchas razones, por lo fragmentado, por el estar fuera del mundo, por la angustia existencial, por el no Dios... Las referencias son dramatúrgicas. Y también me influyen (August) Strindberg e (Henrik) Ibsen. A esto habría que agregar la película de Gaspar Noé Solo contra todos, una película que me influyó mucho y quince años después me doy cuenta de que sigo pensando en ese monólogo del principio. Entonces como estudiante de cine, pensaba que así quería escribir yo, con ese espíritu, con esa brutalidad de Gaspar Noé y también la de Lars von Trier.

–¿Cómo impacta este tipo de influencias dramáticas y cinematográficas en la escritura?

–No le doy respiro al libro, no me puedo permitir frases o fragmentos anodinos donde la escritura transite por lugares un poco más amables. Si no explota nada, si no sucede nada, lo borro. Tengo la necesidad de que la escritura sea fiebre o nada.

–La maternidad está condensada en una frase, “tener un hijo no es nada más que eso”.

–Los hijos están vistos como espías, como intrusos; alguien que viene a desarmar toda belleza posible. Digo espía porque hasta que tuve un hijo, ¿quién espiaba mi vida? Mis padres no, porque ya era una mujer independiente que hacía lo que quería. Ahora veo a mi hijo como alguien que espía mi vida. En esta novela, la madre perdió a su hombre, a su rubio, cuando se embarazó. Después la hija pierde a su hombre porque hay otro embarazo. Otra vez el hijo viene a estorbar, a interrumpir altas bellezas eróticas. Y a la vez está la pulsión de desear un hijo: si tengo un hijo, sería con él. Aunque ya sea tarde, hay un deseo de maternidad. Se permiten decir que un hijo no es más que un coito. Los hijos vienen a romper lazos, a molestar, a interrumpir. Si tuviera que decir de qué trata la novela –alguien me dijo que se trata sobre la imposible maternidad–, diría que se trata de la imposible infancia, porque es la narración de una infancia atravesada por la mirada sexual de los otros. La madre perversamente aparece acelerando el fin de esa infancia para que su hija se vuelva compinche y vayan juntas a los bares.

–En un momento aparece la frase “callate, barroca”, como si fuera un insulto. ¿La escritura está más conectada con un concepto de lo barroco?

–Sí y no. Me parece que hay cierta interpretación clásica de lo barroco como lo abundante, lo sobrecargado, lo suntuoso... Siento que hay algo de eso, pero que también hay una cosa cruda, sucia, despojada, de surrealismo sucio... No sé qué categoría usar, pero cierta cosa de ruta, de autopista... Y “terminan dándose por el culo en el sofá” me suena más a los autores norteamericanos. Me gusta mucho (John) Cheever, una escritura más marginal desde otro lado. Me gusta esa visión sucia del sexo, pero también hay momentos en que es más lírico, más barroco.

–La desmesura barroca está en los personajes, pero la escritura no sería barroca. Por ritmo, impronta, intensidad, la escritura tiene otro corte que no coincidiría con lo barroco, ¿no?

–Y si coincidiera, para mí sería negativo. No hay fórmulas en la escritura, pero si los personajes son desmesurados y por ende tienen almas barrocas y la escritura es barroca, se empasta todo... A veces soy una vagabunda, ando con dos medias distintas, el pantalón agujereado, pero después enseguida me rescato (risas). Dicen que hay que rendirle tributo a la escritura. Algunos se visten de gala, con el vaso de whisky en la mano. Lo vagabundo es mi tributo a la escritura. Yo no tengo plan B, me voy a dedicar toda mi vida a escribir.