prensa Jean-Louis Chrétien
 

Titulo: La escritura del cansancio
Autor: Virginia Cosin
Fecha: 30 de Setiembre de 2014
Fuente: Blog Eterna Cadencia


¿Es acaso una potencia más poderosa que la del común de la gente la que se enciende y se apaga, víctima de su propio voltaje? ¿Es el escritor cansado de antemano alguien que no aprende nunca a repartir bien la fuerza, a llevar el aire correctamente a los pulmones para no agitarse antes de cruzar la línea de de llegada?


Sentado en su mesa de trabajo el escritor levanta la pluma y la dirige, como si fuera una flecha, hacia la hoja en blanco. Pero el peso de pronto lo obliga a abrir la mano y soltar la pluma. ¿Es el peso de la pluma? ¿El de la mano? ¿O el peso de su alma el que agota las fuerzas del escritor antes de empezar una tarea que, él sabe, le redituará la satisfacción de verla realizada?
Kafka, el más cansado de los escritores brillantes, en 1912 anota en su diario: Hoy me he pasado toda la tarde en el canapé, con dolorido cansancio.

¿De qué tipo de cansancio se queja Kafka?

¿Cuántos cansancios posibles se pueden padecer (o gozar)?

En su libro Del cansancio, editado por Mardulce, el filósofo francés Jean- Louis Chrétien hace un recorrido por la historia de la filosofía y la literatura para desplegar un estudio fenomenológico de un estado que todos conocemos.

“Del cansancio, de una u otra de sus múltiples formas, cada uno de nosotros tiene la experiencia cotidiana y en esta experiencia inmemorial y familiar, nos hemos encontrado o perdido siempre, desde que estamos en el mundo. Quien viene a la luz del mundo viene también a esta opacidad”.

El cansancio, nos dice Chrétien, está en El Génesis y por lo tanto en la génesis de la actividad humana. Está desde el comienzo: seis días le llevó a Dios crear el mundo, pero al séptimo día descansó. Si la tarea de Dios, la tarea creativa por excelencia, consiste en separar, poner límites entre una cosa y otra – empezando por el cielo y la tierra- al finalizar su creación se ocupa de distinguir el trabajo del ocio e instaura una idea de tiempo. Cuando el primer hombre es arrojado a la vida, condenado a ganarse el pan con el sudor de su frente ( y la primera mujer a parir con dolor), las agujas de la historia empiezan a moverse y con ese tic tac, lentamente, va a ir conformándose la consciencia de mortalidad. Toda la tragedia griega en su breve y portentoso ciclo se va a ocupar de elaborar este misterio ineluctable.

Chrétien ofrece una distinción entre este cansancio griego, que pone en escena la opacidad de la existencia, y el cansancio cristiano que, a través de la figura de la resurrección propone la lucidez del amor: “en él palpita la incansable gracia de cuya lejanía y rechazo deviene el tenebroso agotamiento del pecado”.

Pero esta herida incurable que abre el cansancio en sus diferentes manifestaciones se muestra en su magnitud plena a través de las palabras de quienes lo experimentan de tal modo que potencia y acto se anudan y a ese nudo le sigue otro y después otro, hasta formar una trama.

Es a partir de esas palabras – el filósofo cita las anotaciones de Simone Weil- que sería posible identificar algunos tipos diferentes de cansancio, empezando por uno del cuerpo, ligado al esfuerzo y al déficit y uno del alma, del espíritu o del yo, que podría nombrarse como lasitud.

Para sentir lasitud, cita Chretién a Condillac, “es suficiente haber estado mucho tiempo en la misma situación. Para estar cansado es necesario actuar”

De esta lasitud podrían desprenderse, como hojas de la misma rama, la pereza, el desgano, la acedia e incluso la fiaca (de la que el autor francés obviamente no habla).

Pero ¿Qué se condensa en esa pereza, tan propia del escritor y, sobre todo, del escritor que registra su dificultad?

¿Es acaso una potencia más poderosa que la del común de la gente la que se enciende y se apaga, víctima de su propio voltaje? ¿Es el escritor cansado de antemano alguien que no aprende nunca a repartir bien la fuerza, a llevar el aire correctamente a los pulmones para no agitarse antes de cruzar la línea de llegada?

Chrétien cita a Deleuze, que a su vez escribe sobre Bekett, donde la dualidad cuerpo-alma, tan occidental y cristiana, ya no corre: “El cansado agotó solamente la realización mientras que el agotado agota todo lo posible. El cansado no puede llevar a cabo nada más, pero el agotado no puede ya posibilitar” y prosigue: “porque lo que está en juego, es el peso, la gravedad misma de nuestro propio poder ser y no nuestro poder hacer esto o aquello. No poder más es una manera de poder y de relacionarse con su propio poder”.
Es por eso quizás que mujeres de una fuerza y talento extraordinarios como Katherine Mansfield o Virginia Woolf manifiestan, en sus diarios íntimos, de un modo tan recurrente un cansancio que las deja al borde de sus fuerzas:

“¿Por qué no pude ver o notar que toda esta temporada me estaba agotando un poco e iba rodando sobre un neumático pinchado? –Escribe Virginia Woolf el 25 de septiembre de 1925- Resultó que así era y caí desmayada en Charleston, en mitad de la fiesta de Q. Y luego he estado aquí tumbada, en esa extraña vida anfibia del dolor de cabeza, durante dos semanas.”

Y Katherine Mansfield:

“¿Por qué dudo tanto? ¿Es simplemente pereza? ¿Falta de voluntad? Sí, creo que de eso se trata y que por eso tiene una importancia tan inmensa que adquiera confianza en mí misma.”

Un cansancio que –fuera ya del análisis del libro de Chrétien- pareciera estar ligado al esfuerzo por trepar una montaña demasiado escarpada en busca de una cima inalcanzable: el propio ideal.

 

Titulo: Un hermoso cansancio
Autor: Silvia Hopenhayn
Fecha: 11 de Julio de 2014
Fuente: La Nación


Es una propuesta original para pensar lo que nos obstruye la acción, incluso la del pensamiento.


Hay libros que nos convidan saberes, sin recetas espirituales ni formalismos académicos. Me refiero a los ensayos cuya escritura se saborea como una degustación de ideas. No necesariamente aprendemos (en un sentido glotón o acumulativo) ni nos curamos de la incertidumbre, pero nos enlazamos con el autor en su aventura de conocimiento. Es el gusto de la comprensión. Nos quedamos satisfechos hasta con las dudas que nos suscita.

La risa, por ejemplo, ese delicioso libro de Henri Bergson sobre los modos de reír en sus variados aspectos (inventivos, ridículos, incontenibles, etcétera), ofrece una lectura conceptual, al tiempo que gozosa. Es una verdadera cosquilla cognitiva. Uno pasa las páginas como si fuese una deriva por la belleza del pensar. Y sí, Henri Bergson recibió el Premio Nobel de Literatura en 1927.

Un libro recién aparecido y escrito también con soltura y agudeza, es el ensayo Del cansancio, de Jean-Louis Chrétien, filósofo francés, profesor en La Sorbonne -autor de Lo inolvidable y lo inesperado, La mirada del amor y El espacio interior-, publicado en la Argentina por Mardulce, con la traducción de María Zorraquín y Patricia Ohanian. Es una propuesta original para pensar lo que nos obstruye la acción, incluso la del pensamiento. Los momentos en que ni ganas de pensar tenemos, por un cansancio impuesto casi como el pronóstico del mal tiempo. Hasta los más despiertos se preguntan por el cansancio. Es un tema o un estado que nos atraviesa a todos en algún momento de la vida o del día.

Hay desvelos excepcionales. Según San Juan de la Cruz, "el alma que anda en amor, ni cansa ni se cansa". Jean-Louis Chrétien elige esta frase para desperezar su pluma. Con ella comienza su ensayo, proponiendo dos vías principales: el cansancio del cuerpo y la lasitud del alma, con sus matices y variables. Así, "no se puede estar cansado de no hacer nada, pero se puede experimentar un desgano y una pesadez de la inacción y de la pereza, estar, como dice el poema de Mallarmé: hastiado del amargo reposo."


El cansancio parece siempre actual. Cambian los gestos, los pijamas, las quejas. Cuando se manifiesta como desgano, aburrimiento o hastío, dice Chrétien, "no es una actividad o un esfuerzo definido lo que nos pesa, ¡sino nosotros mismos en ellos!" Es un cansancio anímico, no necesariamente físico. "Caminar, cansa. Ser humano, no cansa; no podríamos cansarnos de ser lo que somos, aunque tal vez nos cansemos de ser quién somos." O sea, no es que nos cansamos de ser humanos sino del sujeto que nos determina. Cada vez que Flaubert concluía una novela, quería que la próxima transcurriera en una época totalmente distinta, con personajes que no tuvieran ninguna familiaridad con los anteriores. Se ponía a escribir con la esperanza de aparecer en otra parte, junto a caracteres nuevos. Así pasó de Madame Bovary, la historia de una adúltera en plena burguesía del siglo XIX a Salambó, una novela histórica, en tiempos de la Guerra de los Mercenarios que aconteció en el siglo III, a. C., en la ciudad fenicia de Cartago, y luego escribió su polémica novela La tentación de San Antonio, inspirada en el cuadro de Brueghel y el personaje egipcio del siglo III de nuestra era, para volver en su último libro al siglo XIX, en una simpática parodia a los enciclopedistas, la genial novela Bouvard y Pécuchet. Podríamos decir que para Flaubert, escribir era un antídoto al cansancio de ser Flaubert.

Paul Valéry, otro ensayista francés de gozoso discurrir, describe en sus Mezcolanzas el despertar de una mañana: "Sentimos la lasitud anterior al trabajo, la tristeza de rehabitar el cuerpo un día más viejo."

¿Tristeza o revelación? Según el despertar de cada uno, o de cómo haya descansado de su cansancio del día anterior...Propongo entonces la lectura de este libro, como para cansarse profundamente y al día siguiente, desayunarse con ideas nuevas...Propongo entonces la lectura de este libro, como para cansarse profundamente y al día siguiente, desayunarse con ideas nuevas