prensa Cynthia Ozick
 

Titulo: Cynthia Ozick. La dama en el panteón de la literatura norteamericana
Autor: Andrés Hax
Fecha: 23 de Mayo de 2016
Fuente: La Nación, Ideas


Como sabemos los lectores argentinos, los libros aparecen y desaparecen demasiado rápido de nuestras librerías. La avalancha de novedades termina empujando todo stock afuera de las mesas y los estantes más allá de su valor literario. Vayan a buscar, por ejemplo, las obras cumbres de Margarite Duras o David Viñas, de Virginia Woolf o José Donoso en su librería independiente favorita o una megatienda, por dar ejemplos aleatorios de escritores necesarios y que da gusto leer y releer.

Esta observación, o queja, apunta a señalar algo positivo y a advertir que ahora mismo los lectores o lectoras entusiastas están en condiciones de abastecerse con un puñado de los mejores títulos de una gran escritora estadounidense que, a los 88 años, aún persigue lo que ella misma ha reconocido como una condena tanto como un don o un regalo: el deseo de escribir, de ser escritora.

Estamos hablando de Cynthia Ozick, cuentista, ensayista literaria y novelista. Para sus lectores fieles no requiere ninguna introducción ni sonará como una exageración afirmar que es una de las mentes literarias más lúcidas y contundentes del último cambio de siglo. ¿Ya es ésta una categoría oficial? ¿Escritores que han publicado obras contundentes tanto en el siglo XX como en el XXI? Si lo es, Ozick está incluida.

Para los que están por inciarse en su escritura, están disponibles ahora en traducción al castellano sus formidables Cuentos reunidos (Lumen); su gran y extraña novela Los papeles de Puttermesser (Mardulce) y una colección fundamental de ensayos titulada Metáfora y memoria (Mardulce). Estos tres tomos, justamente en la tríada de géneros sobre la cual ejerce su maestría Ozick, son la mejor introducción posible a esta mujer de letras cuyas preocupaciones centrales son la naturaleza de la vocación del escritor y las influencias literarias, y el significado moral, político, filosófico y artístico del Holocausto y la identidad judía. En la obra de Ozick entran memorias de su infancia, paisajes de Nueva York, deseos cotidianos, viajes. En fin, la vida entera filtrada por el arte de una sensibilidad particular. Y además Ozick, hay que subrayarlo, es de la secta de escritores que quiere creer en la literatura como una religión absoluta, por encima -pero integradora- de todas las creencias y actividades humanas.


No se puede vivir sin poesía

Cynthia Ozick nació en 1923 en la ciudad de Nueva York. Su madre había nacido en Rusia de padres inmigrantes y su padre, también ruso, se fue los Estados Unidos a los 21 años para escaparse de la persecución zarista. Dueños de una farmacia, se instalaron en el barrio del Bronx cuando aún tenía un tinte agreste. La segunda hija de sus padres (tiene un hermano mayor de quien heredó a los ocho años el escritorio que aún conserva y sobre cual escribió la mayoría de sus obras), Ozick estudió en las escuelas públicas de la ciudad. En su año preescolar sufrió ataques antisemitas, entre otras cosas por no cantar las canciones navideñas. Fue gran alumna, activa en múltiples actividades en su escuela -sólo para mujeres-, todas vinculadas con escribir y editar. Dice que su inquebrantable vocación de ser escritora apareció en el mismo momento en el cual supo que era un ser consciente. O sea, en su primerísima infancia.

De niña se abastecía de libros entregados semanalmente por una biblioteca móvil. Era un camión verde que llegaba todos los viernes. Los niños venían en hordas y los bibliotecarios tiraban sobre el pasto cajas de libros y revistas. Tenían permiso de llevarse uno de cada uno y la pequeña Ozick siempre había leído su parte en el mismo día. Como muchas jóvenes con destino literario, entre las primeras lecturas que la impactaron estuvieron Jane Eyre de Charlotte Brontë y Mujercitas de Louisa May Alcott. A los 15 años leyó los poetas románticos ingleses y guarda esa memoria como una de las experiencias más impactantes de su vida. Ha dicho: "Vivir sin poesía es, en realidad, nunca haber vivido".

Estudió latín y también alemán. El segundo por una mera casualidad. A los alumnos castigados por reprobar álgebra se los mandaba a aprender la lengua de Goethe, Schiller y Heine. Ozick los leyó, fascinada, sin advertir en el momento una catastrófica ironía. Años después, este oasis de plenitud inconsciente se terminó cuando hizo el cálculo y se dio cuenta de que ese tiempo había coincidido con los cuatro años de la Segunda Guerra Mundial y, más desesperante para ella, con la vida de Anna Frank, quien para Ozick sería una de las grandes escritoras del siglo XX.

El alemán que tanto amaba de pronto le resultó fétido en la boca. En una videoentrevista disponible en YouTube, "Conversation with Cynthia Ozick", la autora dice: "Cuando miro para atrás hacía esos años y veo de 1942 a 1945 me quedo desconcertada por mi felicidad y por lo que pienso de las chimeneas en Europa de ese momento. Esta atrocidad del siglo XX, este evento transcendental del siglo XX, me ha atormentado y ha entrado en mi ADN."

El texto más famoso de Ozick es un brevísimo cuento titulado "The Shawl", o "El chal". Publicado en The New Yorker el 26 de mayo de 1980, tiene poco más de 2000 palabras. Cuenta la marcha forzada invernal de tres días de un grupo de presos judíos hacia un campo de extermino. Rosa camina con su bebe Magda envuelta en una manta, invisible a los soldados nazis. Al final del cuento, Stella, la sobrina de Magda, le quita la pequeña frazada a la beba para abrigarse ella misma. Magda, de quince meses de edad, se escapa de los cuarteles en búsqueda de su manta. La madre se da cuenta. Va a buscar el chal porque su hija ya está llorando. Piensa que si se lo muestra, aunque sea a la distancia, flameante como una bandera, eso la consolará y podrá llegar a salvarla. La última imagen del cuento -la niña, un soldado nazi, una reja electrificada- es desgarradora.

Como el resto de su obra, este cuento fue escrito y publicado con plena conciencia del dictamen de Theodore Adorno: "No puede haber poesía después de Auschwitz". La imagen final viene de un testimonio de la enorme crónica El auge y caída del Tercer Reich (1960) del periodista y corresponsal de guerra, William L. Shirer. El cuento mismo fue escrito muchos años después de que la autora leyera a Shirer. Y a diferencia de cualquier otro texto de Ozick, siemore armados laboriosamente, casi sílaba por sílaba, "El chal" salió abruptamente de su conciencia en un trance fluido ininterrumpido. Dice que nunca tomó la decisión de escribir el cuento; apareció por sí mismo, ella simplemente tomo nota.

Ozick dejó "El chal" siete años en un cajón antes de presentarlo a The New Yorker. Luego publicó, en 1983 y en la misma revista, un segundo cuento, más largo, sobre la vida de Rosa como sobreviviente, años después en Miami, aún en posesión del chal, que retiene como un talismán contra la muerte de su hija. Los dos cuentos juntos se publicaron en formato de libro recién en 1989.

Todo esto sirve para demostrar la lentitud de los procesos de composición de Ozick. En este caso, por severos cálculos morales y para no caer en la frivolización de la atrocidad central del siglo XX. Pero en otros textos, por angustias meramente estéticas. Aunque tal vez en los mejores escritores -o los que intentan serlo- la moral y la estética son valores equiparables.

La sombra de Henry James

Aunque el judaísmo es central a la identidad y para la obra de Ozick, su maestro, su primera y más fuerte influencia fue el novelista Henry James. Extraña pareja. Si uno tuviera que imaginarse un autor diametralmente opuesto a Ozick bien podría ser James, miembro de facto de la aristocracia de Nueva York y Boston de la segunda mitad del siglo XIX, titán de la novela realista, absurdamente prolífico en el género epistolar, de crónicas de viajes, autobiografía y crítica literaria, aparte de la novela. Estilista exquisito de las bellas letras, analista del choque cultural entre Europa y los Estados Unidos, homosexual en un tiempo donde se tenía ocultar porque, entre otras cosas, era ilegal y se pagaba con la cárcel.

Si hay un trauma en la vida de Ozick tan monstruoso como el hecho del Holocausto es justamente la influencia de Henry James. En un ensayo titulado "La lección del maestro", incluido en Metáfora y memoria, Ozick cuenta que tras terminar una tesis de maestría sobre James y descartar seguir con un doctorado en letras para dedicarse a la literatura como autora se pasó siete años intentando escribir una novela digna de las obres cumbres de su maestro. Nunca la pudo terminar, nunca funcionó. Décadas después, ya consagrada, ya venerada por sus pares, ya firmemente incorporada en el firmamento de las letras de su país, la amargura de esos años -que ella insiste en considerar perdidos- arde.

Saber esto es extraño, porque Ozick no es una escritora resentida. Aun en obras cuya materia es horrorífica, su prosa es alegre y sólida, brilla y canta. Hasta su rostro, como lo podemos ver en sus fotos emblemáticas -con su amplia sonrisa, sus anteojos redondos de marcos negros espesos y su corte de pelo de Louise Brooks- parece ser el de una persona totalmente conforme con su vida y con su arte. Pero todo gran escritor tiene un motor secreto. El de Ozick tiene que ver con enfrentar insoportables pérdidas: la de una civilización frente al genocidio, pero también la pérdida de su propia juventud en un altar idealizado de la literatura. No se pierdan la posibilidad de leerla. Es una escritora necesaria.

Biografía

Nació en Nueva York en 1928, en una familia judía, de padres inmigrantes rusos. Creció en el Bronx, estudió literatura inglesa y se especializó en la obra de Henry James, cuya influencia sería tan fundamental como problemática en su vida de escritora. Es autora de cuentos, novelas y ensayos, alrededor de dos de sus preocupaciones centrales: la identidad judía y el trabajo del escritor. En español se pueden leer Cuentos reunidos, Los papeles de Puttermesser y la colección de ensayos Metáfora y memoria.

 

Titulo: Del ensayo como un viaje a la subjetividad
Autor: Ana Prieto
Fecha: 16 de Mayo de 2016
Fuente: Revista Ñ, Clarín


Cynthia Ozick tiene una mente apasionante. Puede sonar trivial ponerlo en esos términos, pero en verdad la tiene, y basta leer unas cuantas páginas de la colección de ensayos incluidos en Metáfora y memoria , recién publicado por Mardulce, para comprenderlo.

El ensayo no es un género (si así puede llamárselo) que atraiga multitudes o llene de dinero a las editoriales. Esto en sí no es ni bueno ni malo, pero si existe una razón de peso para que parte del público lector revolee los ojos ante la mera mención de la palabra “ensayo”, es debido a cierta inclinación por destruirlo de muchos de quienes hoy en día lo cultivan. Podría decirse que Ozick –autora de Brooklyn casi nonagenaria y para muchos la mejor escritora estadounidense viva– es una gran activista de la supervivencia del ensayo, porque lo trabaja como forma de exploración y no como una sentencia judicial; como un viaje a la subjetividad y no como una monografía. “Un ensayo genuino no es un tratado doctrinario” escribe. Y un ensayo genuino es, además, poderoso: a diferencia de la novela, que pone la vida social y cotidiana en estado de suspensión mientras transitamos sus páginas, el ensayo “no nos permite olvidar nuestras sensaciones y opiniones habituales”, pero sí ponerlas en jaque. Nos extiende un hilo que nos guía por los laberintos mentales de su autor y, al llegar al final, descubriremos que el hallazgo –cualquiera que sea– no se encuentra en el desenlace (los ensayos genuinos no tienen límite alguno), sino en la riqueza del recorrido.

Es una buena noticia que la obra de la compleja, noctámbula y cultísima Cynthia Ozick esté llegando al fin a los lectores hispanos. En 2013 Lumen publicó su novela Cuerpos extraños , finalista del Premio Orange, y en 2014, con traducción de Ernesto Montequin, Mardulce publicó su libro cumbre, Los papeles de Puttermesser (1997).

Metáfora y memoria , traducido también por Montequin, reúne 19 ensayos divididos en dos bloques: “Temas”, que incluye textos sobre el arte de la novela, el origen de la metáfora y el caprichoso aleteo de la celebridad literaria, y “Autores”, que incluye ensayos sobre Susan Sontag, Henry James, Franz Kafka, Virginia Woolf (o más bien su marido), Sylvia Plath, Dostoievski y más.

A veces Ozick puede resultar demasiado frontal y políticamente incorrecta, y se trata de dos de sus mejores cualidades. Es evidente que lo sabe bien, y que toda su atención está puesta en ese hilo temerario que recorre su mente y que no hace ninguna concesión al lector. Por caso, nada le parece más olvidable que las ideas políticas de Susan Sontag, a las que describe como “convencionales y estereotipadas”. Nada le parece más irrelevante para comprender la poesía de Sylvia Plath que leer los diarios de Sylvia Plath. Puede que un escritor prolífico se sienta algo incómodo al leer que “los escritores prolíficos se han arrogado a sí mismos el permiso para escribir”. Y puede que un académico o periodista fascinado por la era digital se escandalice ante la siguiente comparación deliciosa: “La descarga de la información especializada –uno de los triunfos enciclopédicos de la tecnología de la comunicación– es un acto que puede equipararse, por su practicidad, al uso de una pierna ortopédica; te permitirá pararte en el mundo, pero no corre ninguna sangre por ella”.

El ensayo “Blues de la alta cultura”, donde Ozick despliega su punzante sentido del humor y su timing para la crítica, comienza con el relato de un gran papelón literario (“el más fascinante del siglo XXI”) cometido por el multipremiado escritor Jonathan Franzen, para seguir por un libro de Philip Roth injustamente olvidado por la prensa, la academia y el público, luego con una mofa a ciertas declaraciones “trasnochadas” de Norman Mailer, y concluir que la actual mescolanza cultural es muy estimulante, pero que nada nos autoriza a equiparar un comic con El paraíso perdido de Milton. Los ensayos de Ozick son un viaje vertiginoso en el que todo está permitido.

O tomemos por caso “El Unabomber de Dostoievski”, un ensayo que podría remitir al conspirador Piotr Stepanovich, personaje central de la novela Los demonios , pero que en realidad versa sobre el infeliz y enigmático Raskolnikov, protagonista de Crimen y castigo . Cynthia Ozick lo equipara con Theodore Kaczynski, más conocido en sus tiempos como el Unabomber, una sorpresa incomprensible para los Estados Unidos, acostumbrado a los crímenes de borrachos, a los asaltos a mano armada o a la “domesticidad envilecida”. El “criminal filosófico de inteligencia excepcional”, como Kaczynski y como Raskolnicov, es, para las conciencias estadounidenses, un fruto extraño. Pero Ozick no termina allí, y desemboca no ya en las motivaciones del joven asesino, sino en las del propio Dostoievski, fruto de su país, de su tiempo y de sí mismo.

En el primer texto de Metáfora y memoria , la autora describe al ensayo como “la personificación del yo secreto” y lo acerca a la forma femenina: “Puede ser osada, puede ser tímida, puede confiar en su belleza, en su inteligencia, en su erotismo o en su exotismo”. Y el lector puede confiar en apasionarse por el poder de los ensayos leyendo este libro de Cynthia Ozick.

 

Titulo: Ni de aquí ni de allá
Autor: Fernando Krapp
Fecha: 04 de Mayo de 2016
Fuente: Página 12/ Radar libros


Cynthia Ozick declaró en una entrevista que está donde está porque no estuvo ahí. Ese “ahí”, lugar nebuloso y ambiguo, no es otro ahí que Auschwitz. ¿Fue Ozick una de las tantas inmigrantes que poblaron el Lower East Side de Manhattan cuando Nueva York recibió a miles de refugiados que llenaron los barrios bajos? Más bien no: sus abuelos escaparon de la vieja Rusia, persiguiendo el viejo señuelo americano por una vida mejor. Pero ese simple y al mismo tiempo complejo movimiento inmigratorio bastó para marcar no solo la narrativa de su nieta, convertida en una enorme escritora, sino también su mirada ensayística.

Los Ozick tenían una farmacia al norte de la ciudad, en el barrio de Bronx, cuando todavía era un campo con algo de caserío. La autora de Los papeles de Puttermesser suele también remarcar, en la horda de entrevistas que da cada año cuando se anuncian los “finalistas” para el Nobel, que sintió en carne propia ataques antisemitas y varios señalamientos en el barrio, gesto que no hizo más que resaltar un desarraigo heredado. El desarraigo produce una melancolía extraña; se añora una tierra desconocida. Una tierra que, para la niña Ozick, servía como paisaje o decorado en los cuentos de hadas que leía de chica. Desplazamiento, soledad y pertenencia: tres sensaciones que experimentó cuando comenzó a leer esos cuentos mágicos, y volvió a experimentar más tarde al meterse en la retorcida Jane Eyre de Charlotte Brontë, y más tarde cuando los poetas románticos la hicieron llorar en el baño de su casa. Sensaciones que no necesariamente tenían que ver con las historias narradas ni con sus peripecias ni con las figuras poéticas, sino más bien con el acto mismo de leer; con su efecto. Y al mismo tiempo, con la mirada, innovadora, que ese efecto generaba en ella.

Hay otro momento angular durante su formación. En el ensayo “La lección del maestro” incluído en el imprescindible Metáfora y Memoria (Mardulce) señala que perdió su juventud con Henry James. La declaración tiene cierto regusto pícaro de pérdida de la inocencia o descubrimiento sexual; algo de eso hay. Ozick, una joven de familia judía ortodoxda, con su eterna pollera por las rodillas, anteojos de marco grueso y grueso flequillo llovido hasta sus cejas, se convirtió en una vieja con ambiciones literarias de setenta años (siete años estuvo con una novela rocambolesca y filosófica de nombre impronunciable que nunca terminó). Quedó tan atrapada por la lectura y la influencia del último Henry James que llegó al punto de convertir su amor y su devoción en odio y revancha. Una vez más: desplazamiento, soledad y pertenencia.

Pudo bajarlo del pedestal y traerlo a tierra tras la lectura de la biografía de Leon Edel. Descubrió que James también comenzó a escribir con las mismas dudas de todo escritor primerizo. Y su amor por James volvió cuando comprendió el cambió profundo que el exiliado más famoso de la narrativa norteamericana tuvo en su narrativa. En “Lo que Henry James sabía”, Ozick analiza una de las novelas mas ambiciosas de James: La edad ingrata. Sin menospreciar el biograficismo (un gesto decididamente moderno), señala que, después del fracaso que James tuvo con su única obra de teatro, la obra posterior cambia radicalmente. De la novela decimonónica pasa a la novela que hoy conocemos: la que afila su punto de vista con recursos dramáticos empleados del teatro para mantener a raya los conocimientos ocultos. Ese punto de vista lo adquiere, dice Ozick, cuando James se enfrenta con el terror sagrado: cuando puede ver de frente la angustia del fracaso. “El relato penetra –o decodifica– al autor”.

Desde ese cambio en la escritura de James (que también trasladó a sus reflexiones y reseñas), Ozick también relee todas las experiencias literarias del siglo XX y del corriente siglo con el ojo puesto en la estética como una preocupación, no referencial, sino moral. James, el esteta, pudo verle la cara al vacío y afrontar un dilema moral. Y ese desplazamiento es lo que persigue Ozick cuando lee; la búsqueda de sentidos ocultos. Se puede pensar que leer a Tolstoi y juzgarlo por su amor a los cosacos sabiendo, gracias a la distancia temporal, que los cosacos no eran gente muy agradable, sea una provocación o una invitación a la polémica. O leer Crimen y Castigo al calor de los asesinatos modernos, o enojarse con el sobrino y biógrafo de Virginia Woolf por no centrarse en la literatura de su tía, parezca muy tirado de los pelos. Pero no: Ozick no es una posmoderna ni pretende hacer una deconstrucción de nada. Intenta revitalizar a los clásicos. Incluso, por momentos añora un tipo de literatura o de polémica que ya no existe (recordemos que vivió en plena pomada neyorkina, en internet se la puede ver debatiendo con Norman Mailer y Susan Sontag). Y ella misma es la primera en proclamar que hay que leer el siglo XIX pero con la convicción de que es un siglo muerto.

Muerto, sí, cómo el saldo de muertos que dejó el siglo XX. Para Ozick (y para cualquiera) uno de los siglos más horribles y despiadados de la historia de la Humanidad. Y una vez más, lo que atraviesa como una sombra, cada tanto, en todos los ensayos de Metáfora y memoria, es la marca del Holocausto. De ahí la funcionalidad (una palabra demasiado rusa, como sus antepasados) de la novela que excede incluso el acto de comunicar: “Para mi la literatura es la vida moral, con ciertas excepciones deslumbrantes”. Esa forma de revisión o, mejor dicho, de retorno (a la lengua, a las novelas, a la escritura), se da por medio de la metáfora. La metáfora es lo que permite interpretar la memoria, o como asegura ella misma, gracias a la metáfora podemos imaginar nuestro pasado, y a la inversa: “Las grandes novelas transforman las experiencias en ideas porque ese es el modo en que la metáfora transforma la memoria en un principio de continuidad”.

Metáfora y memoria. Ensayos reunidos. Cynthia Ozick Mar Dulce 432 páginas
Ante las amenazas de la autorreferencialidad, el solipsismo o el esteticismo formal, Ozick impone la fuerza de la Historia. Por eso la importancia de las fechas en los que estos ensayos fueron publicados. El contexto ratifica sus sentencias. “A veces, por un capricho de la Historia, las palabras correctas se dicen en el momento equivocado”, señala. Despluma a Truman Capote en 1973 por frívolo desde su primera novela hasta la celebrada A Sangre Fría, que considera un mero mecanismo que no logra comprometerse ni con los criminales ni con el lector. Atenta contra el revuelo mediático que generó Jonathan Franzen cuando se negó a ir al show de Oprah, y se lamenta que la polémica literaria pase hoy en día por escenas relacionadas con la publicidad. Relee a toda una generación de escritores norteamericanos, la mayoría olvidados, previos a la Generación Perdida, que estudiaron en Europa y volvieron a Estados Unidos educados bajo los parámetros de la rima y los gustos refinados. Su lectura extranjera en una tierra acaramelada por la espera de la novedad nos hace negar, como ella misma afirma, nuestras propias convicciones sobre lo que es válido o no, en literatura. Esa es la función de un ensayo.

Y obviamente, también reflexiona sobre la escritura. Reflexiones que no solo amplía acá, en estos ensayos obligatorios, sino que viene desarrollando, como ya lo hiciera su amado y odiado Henry James, en su narrativa. La escritura como una forma de generar identidad; que permita interpretar el desplazamiento, palear la soledad y acentuar un estado de pertenencia.

 

Titulo: Metáfora y memoria, Cynthia Ozick
Autor: Ruben A. Arribas
Fecha: 28 de Febrero de 2016
Fuente: Blog: Aviones desplumados


En el ensayo «Blues de la alta cultura», contenido en Metáfora y memoria (Mardulce, 2016), Cynthia Ozick da cuenta de un fenómeno global: en la era de la publicidad y el mercantilismo, el silencio de los medios de comunicación equivale casi a la defunción de quienes escriben. Ozick nos lo explica desde la perspectiva de quien ha nacido en 1929 y ha visto pasar más de 80 años de agua por debajo de los puentes literarios. Y lo hace a partir de dos noticias, una relativa a Jonathan Franzen y otra a Philip Roth. Los ejemplos son estadounidenses, pero trasladables a cualquier país del ámbito hispanoamericano.

En resumidas cuentas, lo que sucedió con Franzen es que este se negó a asistir al programa de la todopoderosa celebridad mediática Oprah Winfrey. ¿La razón? Según explicó el autor de Las correcciones, lo que él escribía pertenecía a «la gran tradición literaria» y, por tanto, no quería participar en un programa de televisión que recomendaba libros sensibleros, unidimensionales y «que le daban vergüenza ajena». Entre convertirse en una celebridad y ser aceptado por la alta cultura, de algún modo, él prefería lo segundo. A continuación, como no podía ser de otro modo, se organizó un guirigay colosal, y a Franzen le llovieron palos de todo el mundo, hasta de Harold Bloom.

Tiempo después, Philip Roth, uno de los escritores más icónicos y multipremiados de la literatura estadounidense, publicó El oficio, un libro que incluye «entrevistas, reflexiones, intercambios» con «diez de las figuras más significativas del siglo XXI» y un «notable ensayo de homenaje» que se llama Releyendo a Saul Below. Sorprendentemente, casi nadie le hizo caso. Y casi nadie es... casi nadie. Ozick lo relata en su ensayo con detalle en este párrafo tan demoledor como clarificador sobre en qué consiste el ostracismo en estos tiempos tan posmodernos:
Por el contrario, cuando El oficio apareció en el primer año del siglo XXI, fue recibido con un silencio casi total. Publishers Weekly, al dar cuenta obligada de su publicación, denigró esta generosa, iluminadora y desinteresada obra de indagación cultural y de admiración feroz como una prueba del egoísmo de Roth; un punto de vista falso, rancio e impertinente en ambos sentidos. Quizá hubo otras reseñas, quizá no. Lo notable es que El oficio no resultó notable. Nació en el silencio. No atrajo demasiada atención, o más bien ninguna, ni siquiera entre los editores de revistas intelectuales. Nadie lo elogió, nadie lo condenó. Ninguna criatura literaria se movió para responderle, ni siquiera un piojo.
Previamente, Ozick —admirada por David Foster Wallace y que en algún momento fue joven escritora antes que futurible para el Nobel—, había dicho:
Hace cincuenta años, no me cabe duda de ello, esta publicación habría sido un Acontecimiento, un hito cultural, una ocasión para calentar el caldero literario de Nueva York, tanto como el explosivo —y efímero— anhelo de Franzen, o incluso más. Hace cincuenta años, la publicación de El oficio habría sido el tema de conversación en cientos de madrigueras de estudiantes universitarios y en cenas clasemedieras, en columnas sobre libros y chismes culturales, en indignados cenáculos de jóvenes lectores rebosantes de envidia y ambición.
Y, sin embargo, ya no lo es... Un libro de Roth ya no calienta casi nada —ni a favor ni en contra—; una frase desafortunada y rechazar una invitación de una celebridad que puede hacerte millonario a tu editorial y a ti, en cambio, puede originar un fuego difícil de apagar. Así están las cosas, digo, en el país que coloniza culturalmente buena parte del planeta (y así estamos probablemente también nosotros, que reproducimos sus mecanismos y tics uno por uno).

Todo ha cambiado mucho desde la década del 60 y del 70, y sería largo analizar los factores que han influido en que eso sea así. Por mi parte, quiero rescatar un par de conclusiones de Ozick sobre la dirección en que ha cambiado la sociedad estadounidense. Una es que hace 50 años nadie habría hablado con «tanta jactancia, ni con tanta vaguedad, de la tradición de la alta cultura», como hizo Franzen. Eso la lleva a concluir que hoy parece que nos hemos acostumbrado a que para producir alta cultura alcanza con una simple ironía publicitaria, con una frase como la de Franzen. También que defender un mínimo de jerarquía intelectual termina siempre en acusaciones de esnobismo y discriminación.

La otra es que hubo un momento en que debatir sobre libros en la tele no estuvo en manos de gente «voluntariosa y bienintencionada» como Oprah Winfrey (que es como decir que en España tarde o temprano terminará en manos de Bertín Osborne, Ana Rosa Quintana o Anne Igartiburu...). Es más: la discusión sobre autores y autoras intelectualmente competentes formaba parte de las reuniones de amigos, de los temas habituales de conversación. O dicho de otro modo: hubo un tiempo en que la publicidad y el ruido mediático no eran lo bastante potentes para neutralizar los discursos relevantes. Hoy, como señala Ozick hablando de ese libro de Philip Roth, lo normal es que los libros nazcan en el silencio. La superficialidad del márketing —premeditado o no— desplaza con una facilidad pasmosa a otros discursos más elaborados en su intento por ocupar e influir en la plaza pública. «Todo es mercado», como afirma Constantino Bértolo, en La cena de los notables.

Quizá eso explique las mil y una maniobras de las nuevas generaciones literarias por hacer ruido, el que sea, pero ruido. Y es que el dicho uruguayo parece más revelador que nunca: «¿Quién sos vos que la radio no te nombra». Incluso Franzen parece más y mejor escritor —más relevante— que Roth por efecto de su incidente. De hecho, rechazar la invitación no fue una operación tan beneficiosa comercialmente como haberla aceptado; sin embargo, que le zurraran un poco en los medios también lo ayudó a vender montones de libros (¿ha dejado de vender alguna traducción en España, por ejemplo?). También le sirvió para posicionarse como escritor: ahora muchos se sienten obligados a tener una opinión formada sobre Franzen, y no tanto sobre Roth.

Por cierto, Oprah Winfrey nunca criticó a Franzen por su desplante. Es más: su digestión de todo aquello terminó en forma de un programa a Anna Karenina y otro para Faulkner. Cada quien que saque sus conclusiones de este complejo entramado multivariable en que unos publican libros y otros los leemos.

 

Titulo: Cuentos reunidos / Los papeles de Puttermesser
Autor: Gerardo Tipitto
Fecha: 12 de Noviembre de 2015
Fuente: Revista Otra Parte


Al son de las campanas y arrebujados en los enhorabuena, los lectores locales de nuestra lengua madre deberíamos celebrar las dos dichosas traducciones de la obra de Cynthia Ozick con las que nos vimos halagados en este último tiempo: a la no tan lejana Virilidad (Bajo la Luna, 2007), se sumaron recientemente Los papeles de Putermesser (2014) y Cuentos reunidos (2015).

La novela de Puttermesser, a la que le rendimos un brevísimo homenaje diferido, narra ciertos hechos prominentes en la vida de una empleada estatal desde que la relegan aún más y la echan del trabajo hasta su muerte. En ese intervalo, de unos treinta años, Puttermesser —una mujer audaz, voluntariosa, ingenua y sustancial—, con la arcilla de sus macetas rotas vuelta a amasar, construirá una golem; llegará, en una revancha triunfal, a alcaldesa de Nueva York; morderá otra vez el polvo y será escarnio de sus enemigos, y hasta cobijará a una falsa prima rusa cuyas ambiciones parecen concentrarse en el rojo intenso de sus labios pintados como en un póster PAGSA o en vivir en el seno de una economía de mercado. Es casi imposible no sentirse feliz siguiendo a la bienaventurada Puttermesser en el segmento “Puttermesser en pareja”, y sería poco menos que mezquino no dejarse seducir por esa corriente de inteligencia compositiva de la que se nutre toda la novela: aire, agua, suelo y sol de una escritura en estado de gracia. ¿Más pormenores, detalles? Exquisitos, pero habrá que ir a buscarlos entre los Papeles.

El menú de los cuentos, desde ya, es más variado. Aunque en muchos casos su extensión los acerque a la nouvelle y eso pueda amenazar con diluirlos o licuar su efecto, todos —todos— dejan una marca única y cautivadora. El impacto llega al toque, como consecuencia del despliegue narrativo de la anécdota. Qué pasa, cómo pasa y a quién o a quiénes les pasa, escrito así como lo hace Ozick, resulta deslumbrante. Pero que resulte así de extraordinario que las hermanas de un médico quieran a toda costa adosarle una mujer y que él las rechace a causa de otro amor loco, o que un mascarón de proa salte a los muelles para alimentarse y hacerse carne a costa de la pasión que despierta en unos incautos, o que un poeta malísimo adquiera su fama gracias a las palabras que extrae de las cartas que le envía una tía vieja y repudiada, tiene que ver también con las minuciosas magias intermedias con las que uno se topa casi al nivel de cada frase. Limpias, directas y casi informativas en ciertos casos, o más porosas, onduladas y reminiscentes en otros, las oraciones —como forma gramatical pero también como obra de la elocuencia, vehículo del razonamiento y pie de la elevación hacia lo divino— tienen aquí un protagonismo contundente: son los primeros individuos de una biósfera fecunda, plena de agudeza, intuición, denso follaje y plasticidad. Desde ellas y con ellas cada cuento asume una suerte de función creativa: formar y deformar el mundo —muchas veces el mundo propio de la tradición y la cultura judías— para que cada nuevo prisma o cada nueva lente muestre a su trasluz una virtud, una flaqueza, un desdén, una fatalidad o una bienaventuranza cáusticamente distópicas frente a las que se pueden apreciar en la vida. Al final, con “Mercenario” o “La valija” ya leídos, uno puede persuadirse de que ha observado un mandamiento fundamental.



Cynthia Ozick, Cuentos reunidos, traducción de Eugenia Vázquez Nacarino, Lumen, 2015, 720 págs; Los papeles de Puttermesser, traducción de Ernesto Montequin, Mardulce, 2014, 344 págs.

 

Titulo: La vida de una funcionaria neoyorquina muy singular
Autor: -
Fecha: 17 de Mayo de 2015
Fuente: Lector avergonzado


Existen, según dicen, al menos dos tipos de lector: el ocasional y el gran lector. Yo no sé exactamente a cuál pertenezco, poco me importa, la verdad. Leo, leo mucho, y también leo a rachas, todo depende de mi estado de ánimo. Admito que últimamente he sufrido un pequeño bache. Admito también que Cynthia Ozick acudió en mi ayuda, me "recuperó".
Doy gracias de antemano a Mardulce por haber publicado Los papeles de Puttermesser, una novela inédita en castellano que es, lo avanzo ya, una auténtica fiesta literaria. Ozick es una autora inclasificable, alabada por escritores de la talla del malogrado David Foster Wallace o la premio Nobel canadiense Alice Munro. Y no me extraña. La norteamericana ha sido capaz de seducirme a través de un personaje para mí ya inolvidable, Ruth Puttermesser, una funcionaria neoyorquina, de grandes aptitudes, responsable y entregada a la que menosprecian hasta el punto de "destituirla". Ese acto de traición hacia su talento y competencia le lleva a crear un golem. Sí, sí, han leído bien, un golem, ese ser animado fabricado a partir de materia inanimada --normalmente barro, arcilla o un material similar-- y que forma parte del folclore medieval y la mitología judía. Lo que parecía una mera historia de oficina se transforma como por arte de magia en un relato fantástico, de una imaginación desbordante. Puttermesser, gracias a su "criatura", luchará por recuperar su status e irá más allá, pues se convertirá en alcaldesa de la Gran Manzana --así, por las buenas--. Increíble maravilla. No obstante, esa meteórica carrera durará poco e inevitablemente llega el declive.
Tras deshacerse del golem, y pasados unos años, el lector asiste, curioso, a nuevos acontecimientos en la vida de Puttermesser. Somos partícipes de su amor incondicional a George Eliot, observamos el proceso de enamoramiento de una mujer madura con un hombre mucho más joven, nos reímos con la prima rusa que la visita y, finalmente, asistimos a su final y llegada al Paraíso.
Cynthia Ozick retrata y critica con humor --a veces muy amargo-- la burocracia, la hipocresía común del capitalismo y el comunismo, el amor platónico, la soledad e incluso la no maternidad... Todo en esta novela, dividida en varias historias, destila gracia, pasión y literatura. Aun queda mucho por leer este año, pero estoy casi seguro que esta es ya una de las lecturas más placenteras y enriquecedoras del curso.