prensa Cynthia Ozick
 
 

Titulo: Adán en Nueva York
Autor: Manuel Gregorio González
Fecha: 11 de Marzo de 2015
Fuente: Europasur


Según la tradición judía, el golem es una criatura sobrenatural, hecha de arcilla, que acude en socorro del pueblo hebreo, convocada por un preciso sortilegio. El lector recordará sin duda aquel golem del año 20, filmado por Boese y Weneger, cuya ancha corpulencia, formidable y terrosa, ensombreció las calles de Praga. Este golem cinematográfico se basaba en la novela de Meyrink, donde un sueño y otro sueño se confundían, y donde la criatura mítica se desvanecía por estrechas calles, envuelta en una niebla antigua. El golem de Los papeles de Puttermesser es una actualización, una vigorización de tal figura legendaria. Una vigorización no exenta de humor -antes al contrario-, y donde la invención hebrea se solapa con criaturas similares de la tradición mediterránea.

Con esto quiere señalarse que el golem, criatura hecha de barro, es un trasunto del Adán del Génesis, tanto como del mito prometeico de la Antigüedad pagana. Así, si este golem de Cynthia Ozick convierte a su mentora en alcaldesa de Nueva York, y a la propia Nueva York en un jardín paradisíaco, también será el golem quien destruya el nuevo paraíso, por culpa de la vieja tiranía del sexo. Como se ve, la destructividad del golem se mezcla aquí con el tema del Paraíso Original y la caída de Adán y Eva. También con el desafío de Prometeo, cuando crea una criatura del barro y la dota de unos saberes, de unas herramientas, que al cabo serán su perdición. El fondo último de Los papeles de Puttermesser, no obstante, dista mucho de ser una requisitoria moral sobre las equivocaciones humanas. O sobre la ambición desmesurada que llevó a Adán, a Caín, a Nemrod, constructor de Babel, a cuestionar una autoridad incuestionable. La limpia cordelería que anuda esta novela de Ozick no es otra que aquella misma que también sospechó la criatura de Frankenstein: el verdadero paraíso, su violenta hermosura, no está en el Más Allá judeo-cristiano, sino en la realidad, sucia e inhóspita.

 

Titulo: Fantasmagórica realidad
Autor: -
Fecha: 01 de Marzo de 2015
Fuente: Noticias de Navarra


Al igual que le ha ocurrido a Jean Echenoz con Un año, Cynthia Ozick ve ahora traducida al castellano en la editorial Mardulce una novela olvidada para los lectores en esta lengua, Los papeles de Puttermesser, obra que nos permite conocer la novelística de la autora neoyorquina gracias a la fantasmagórica historia de una funcionaria estadounidense de origen judío relegada, de la noche a la mañana, a labores decorativas después de llegar a demostrar su valía durante varios años. La extraña fusión de sueños y desvaríos oculta, sin embargo, una realidad que a todos puede parecernos verosímil, aunque no hayamos pertenecido en ningún momento de nuestras vidas a la casta funcionarial de origen político.

“El problema de Puttermesser es su fidelidad a ciertos ambientes”, reconoce muy pronto el narrador, que suele colarse entre los pliegues del relato principal del mismo modo que se cuelan los personajes oníricos que acechan a la joven empecinada en mostrar su valía… a toda costa. ¿Lo consigue? Para saberlo, basta con embarcarse en esta aventura sobre una nave tan bien construida que permite disfrutar en ella a los navegantes elegidos y a una tripulación contratada por un almirante convencido de poder llegar a buen puerto con el universo onírico que manda en esta historia en perfectas condiciones.

Una lúcida historia sobre el poder de la maldad y la fuerza de la dignidad en la difícil lucha diaria por la subsistencia.

 

Titulo: "El resurgir del antisemitismo en Europa me aterra"
Autor: Rodrigo Fresán
Fecha: 05 de Febrero de 2015
Fuente: ABC - Cultura


La poeta, pensadora y novelista judía publica en nuestro país «Los papeles de Puttermesser», inédita en español.


Los caprichos de la industria editorial española han hecho que Cynthia Ozick (Nueva York, 1928), una de las grandes de la literatura anglosajona del siglo XX, haya pasado más o menos desapercibida en nuestro país. «Los papeles de Puttermesser» (Mardulce), novela inédita hasta ahora en español, es una espléndida oportunidad para reivindicar la figura de esta «Emily Dickinson del Bronx».

Su obra, crecida al amparo de Henry James (su héroe literario), ha definido como pocas las sombras de la inmigración, las cicatrices del Holocausto (ella es judía) y la construcción de la identidad cuando todo, salvo uno mismo, está perdido. A sus 86 años, Ozick sigue escribiendo sin premura ni descanso y respondió, vía e-mail, la llamada de ABC Cultural. Lo hizo a su manera, tomándose «la libertad de abordar muchas» de las preguntas que recibió «como un todo puntillista, en lugar de tratar de responderlas una a una».

«Para empezar -asegura la escritora-, su pregunta más intrigante: sí, creo en la verdadera existencia de la musa; conozco bien su carácter y la puedo describir. Es implacable. Acecha siempre en segundo plano, suspendida del techo o agazapada bajo una silla. Si intentas asustarla, permanece obstinadamente presente, molestando, reprendiendo, exigiendo. Interrumpe las comidas, no te deja dormir, y si echas una cabezadita, te persigue en sueños.»

«El Holocausto me busca y me atrapa, incluso contra mi voluntad»
«A mí me invadió por primera vez -añade Ozick- cuando era muy joven, y nunca desde entonces me ha concedido un momento de paz. La reconocí de inmediato, incluso de niña. Así que cuando me preguntan, como usted ahora, qué me lleva a escribir una novela y si he nacido para ser novelista, sólo puedo decir que yo no he tenido nada que ver, me ha sido impuesto; nunca ha sido una cuestión de personalidad.»
«En cualquier caso -concluye la autora-, pasaron años antes de que me sintiese capaz de afirmar que era escritora. Aunque escribía constantemente, no me permití dicha afirmación hasta que dispuse de un número adecuado de publicaciones. Para entonces, por supuesto, me había convertido en una especie de fanática, ‘‘normal’’ en apariencia, pero una anomalía en la sociedad (como lo es, por naturaleza, todo escritor obsesionado con las palabras), y prefería las ideas a la cháchara, y respirar libre en soledad y en el silencio de la noche. Es entonces cuando uno se libera de la musa y de sus incesantes arengas: viendo que ya no es útil (¡como si alguna vez lo hubiese sido, esa bribona!), huye al fin.»

- ¿Alguna vez ha pensado en el alivio que supondría decir basta, ya no escribo más?

- Me pregunto si esta cuestión está relacionada con la famosa confesión de Philip Roth: «Se acabó la lucha». Esto da a entender que el escritor ha estado, casi en todo momento, libre de la abrumadora interrupción externa. Un escritor que está sometido a interrupciones constantes no encontrará alivio en que se le permita parar, sino en que se le permita seguir, seguir y seguir.

- Ha escrito poesía, novelas, relatos cortos, ensayos...

- Escribí poesía de manera obsesiva en la adolescencia y hasta mediada la treintena. Alguien -¿T. S. Eliot o Goethe?- comentó que todo autor es poeta hasta los 35, pero sólo los verdaderos poetas lo siguen siendo; los demás pasan a ser meros escritores. La atracción de los relatos era, supongo, mayor. Un relato corto, construido como está sobre un solo destello revelador, su «epifanía», se acerca más en esencia a un poema. Pero una novela permite muchos de esos destellos, porque teje y teje su complejidad con múltiples hilos.

- ¿Cree usted en la literatura?

- Ah (suspira), sí. Por eso no acepto ningún enfoque, aparentemente literario, sobre la edad de un escritor. La palabra y la obra son intemporales. De modo que cuando me pregunta si el sentimiento que experimenté con mi primera publicación es distinto al que siento ahora, me siento sencillamente perpleja. La publicación (¡impresión, semiobsoleta impresión!) produce un sentimiento de culminación del que ningún escritor, novato o veterano, puede prescindir.

- ¿Tiene una noción platónica del escritor?

- Sí. La palabra disuelve el tiempo. Con ella podemos asociarnos con los antiguos, y penetrar en todos los credos y mensajes del mundo, y atisbar indicios del conocimiento y la sabiduría y, en último término, del amor y la mortalidad.

- ¿Puede un escritor evitar la ambición? ¿Qué opina del reconocimiento? ¿Piensa que sus libros la sobrevivirán?

- La ambición no tiene importancia literaria; es ansia de poder y fama. Aun así, puede ir, y a menudo ha ido, asociada con la escritura. Pero el de escritor es en esencia un trabajo humilde, plagado de hirientes dudas sobre uno mismo; aunque escribir sin reconocimiento significa un eclipse demoledor y doloroso. Estoy segura de que mis libros no me sobrevivirán: ¿con qué frecuencia lo hemos visto entre nuestros contemporáneos, aquellos que en otro tiempo estuvieron en boca de todos (y yo no lo estoy) y, al morir, mueren dos veces?

- El Holocausto figura en muchos de sus relatos. ¿Siente que es un tema que debe afrontar en su obra?

- Es un «tema» (qué palabra tan anodina para una matanza tan masiva y brutal) que me busca y me atrapa, incluso contra mi voluntad. Pero es Europa en particular, a pesar de las beaterías de sus múltiples monumentos, la que debería afrontar de nuevo su despiadada historia. En especial en este momento, cuando el «nunca más» se ha transformado en el «hagámoslo otra vez» de Hamás. Un sentimiento cordialmente, a veces alegremente, acompañado por un aterrador resurgimiento del antisemitismo en las grandes capitales de Europa.

- ¿Cuáles son las razones de ese antisemitismo?

- Siguen dando viejas «razones» como el libelo de sangre, nuevas «razones» como las mentiras, los engaños y los bulos demonizadores del antisemitismo, que hoy lleva la máscara fraudulenta del antisionismo. No faltan las falsedades derogatorias que adoptan la apariencia de una «razón». Quizá todo antijudío mantenga oculto un retrato de su propia alma y, al reflejarse en él, le revele la verdadera razón para odiar a los judíos: la depravación hasta la médula del que odia.

Mujer para archivar
POR RODRIGO FRESÁN
«Los papeles de Puttermesser» (*****)


Como el Patt Hobby de Francis Scott Fitzgerald, el Harry Towns de Bruce Jay Friedman, el Henry Bech de John Updike, y el Arthur Fidelman de Bernard Malamud, la Ruth Puttermesser de Cynthia Ozick (Nueva York, 1928) comenzó siendo carne de cuento para –recopilada en libro luego de varios años de andar suelta por ahí, en revistas como The Atlantic Monthly, The New Yorker, Salmagundi y en alguna de sus colecciones anteriores como Levitation— acabar configurando una especie de novela poliédrica y/o atomizada para armar o desarmar.
Y posiblemente sea aquí, en estos «papeles» –cinco legajos admirados y subrayados por David Foster Wallace, quien los consideraba textos claves para lo suyo-- donde la ensayista y narradora Cynthia Ozick divierte más y más se haya divertido en toda su vida y obra. Lo anterior –que quede claro—no implica en ningún caso que su autora desatienda sus muy serias obsesiones de siempre y para siempre: la «locura del arte» de su maestro Henry James; la sombra luminosa de mártires por la causa en como Isaac Babel (cuya obra completa prologó con brillantez) y Bruno Schulz (cuya leyenda resucitó para su novela El mesías de Estocolmo); la inteligencia proto-feminista de George Eliot (y su modo de insertar fina erudición y potencia ensayística en sus ficciones); un muy particular tratamiento de los ancestrales mitos hebreos hasta alcanzar y fundirlos la épica trágica del Holocausto, una «idea» de Manhattan como territorio que, aunque se lo respete, no tiene por qué conformarse con lo estrictamente woodyallenesco; y, a partir de ahí, un muy personal sentido del tempo de la comedia judeo-neurótica.
Así, aquí viene Ruth Puttermesser: treintañera y ácida abogada de la gran ciudad, prisionera de un kafkiano escritorio en la intendencia municipal y víctima en serie de complots burocráticos que la van hundiendo más y más en una existencia gris. De pronto una joven sin techo muere de una sobredosis en su piso y a Puttermesser –presten atención, no se asusten -- no le queda otra que, haciendo uso de la tierra en las macetas de sus plantas de interior, devolverla a la vida siguiendo las instrucciones de aquel rito que ponía en movimiento al Golem. A partir de entonces, esta criatura cabalística obedecerá sus mandatos leyendo el cerebro de su ama y saciará una demorada sed de venganza y elevará a Puttermesser hasta el trono de una implacable y justiciera alcaldesa. Y esto es solo el principio. A lo largo de varias décadas –luego de conseguir desactivar a su monstruo justiciero-- Puttermesser se verá románticamente relacionada con el copista de pinturas maestras Rupert Rabeeno revisitando –en su imaginación y corazón—el romance tardío de su idolatrada creadora de Middlemarch; recibirá y soportará la visita de una vulgar prima de Moscú (tramo basado en un episodio de la vida real y familiar de Ozick, lo que le trajo algún que otro problema con sus parientes en Rusia); para morir casi septuagenaria y violada y asesinada. Lo que no significa que todo acabe aquí para nosotros y ahí para la pobre Ruth: una última entrega nos revela a Puttermesser habitando un Paraíso donde se le concede la dudosa recompensa de que todos sus sueños se hagan realidad. Así, Ruth se casa con aquel hombre de sus sueños que se le escapó hace medio siglo y tiene el hijo que nunca tuvo. Pero, por supuesto, cabía esperarlo: ese cielo también está lleno de nubes de tormenta. Y, al final, sólo hay tiempo y espacio para una epifanía: Ruth descubre que su apellido significa, en yiddish, «cuchillo para la mantequilla». Es decir: algo suave sobre lo que deslizar algo afilado, algo que se supone útil e inofensivo pero que, si se lo clava con fuerza, deja huella y derrama sangre. Como el genio y el ingenio de Cynthia Ozick para cortar y hacer pedazos --una y otra vez, hasta cinco veces-- a Ruth Puttermesser.

 

Titulo: Los papeles de Puttermesser, de Cynthia Ozick
Autor: María Ayete Gil
Fecha: 04 de Febrero de 2015
Fuente: Revista Vísperas


Yo no conocía a Cynthia Ozick (Nueva York, 1928). Evidentemente, tampoco tenía noticia de sus libros. Doy las gracias, por ello, a la editorial argentina Mardulce por la publicación de Los papeles de Puttermesser, una obra, hasta el momento, inédita en español de una narradora y ensayista a la que no le sobran halagos por parte de autores de la talla de David Foster Wallace, Enrique Vila-Matas o Alice Munro, y que ha sido traducida a más de trece idiomas. Dicho esto, ¿por dónde empezar?

La novela está fragmentada en cinco capítulos, cada uno de los cuales cubre los períodos más interesantes de la vida de su heroína protagonista, Ruth Puttermesser, una ambiciosa abogada de raíces judías cuya mente ondea entre la realidad y los laberintos literarios a los que se entrega con fervor. En un espacio kafkiano donde los haya, que es su despacho de la alcaldía de la ciudad de Nueva York, nuestra sensible y esteticista Puttermesser trata de sobreponerse a un entorno de mediocridad e incongruencia, en continuo combate con las imposiciones del poder y la traición. De forma repentina, la abogada es relegada en el escalafón laboral, víctima de un complot por el cual es transferida a un puesto irrelevante, y humillada por quienes antes estaban a su cargo. El despido no tarda en llegar. Hasta aquí el principio y lo fundamental.

Lo que viene a continuación y que forma parte ya del segundo capítulo de la obra es lo que podemos llamar “la creación del Golem” o, mejor dicho, de la Golem: Jantipa (nombre significativo, pues era el de la mujer de Sócrates). Haciendo uso de una brillante ironía y sentido del humor, Ozick juega con uno de los símbolos judíos más llamativos y conocidos de su cultura, el Golem del rabino Judah Loew creado para defender a los judíos de Praga de sus depredadores, transgrediéndolo con gracia y altas dosis de inteligencia. Pero a diferencia de esta creación praguense, la misión de la mujer-golem de finales del siglo XX es la de ayudar a Puttermesser a “purificar la jungla” de la ciudad de Nueva York, para cuya consecución convertir a su ama en alcaldesa constituye sólo el primero de los pasos a seguir.

¡Pero no os precipitéis! Si bien es cierto que la creación de un Golem en el pequeño apartamento de una de las ciudades más grandes del planeta Tierra puede llevarnos a los parámetros de la literatura fantástica, nada está más lejos de la realidad. No es sino a partir de este momento cuando el relato se torna de mayor crudeza en su cáustico análisis de las instituciones de la Gran Manzana.

Con el ingenio con el que sortea la autora la narración lineal del periplo vital de su protagonista a través de los capítulos ya aludidos, llegamos al momento en el que Puttermesser decide compartir vivienda con el copista de grandes obras a pequeña escala, su vecino Rupert. La relación de ambos nos sumerge, de la mano de un brillante estilo que elude la acumulación de datos y anécdotas, en buena parte intrascendentes, de toda biografía, en un vaivén deslumbrante que retrotrae al lector a la pasión de George Eliot y George Lewes, al principio, y George Eliot y John Cross tras la muerte del sobrante. Sirviéndose del distanciamiento que le brinda la incursión en la vida personal de la célebre escritora británica, Cynthia Ozick hace alarde de una sutil ironía versada sobre las características del amor en la contemporaneidad que le permite, a su vez, establecer un paralelismo entre la idílica relación acontecida a mediados del XIX y la, al final decepcionante, relación de Puttermesser.

En los últimos capítulos de la vida de la protagonista —ya sólo quedan dos—, una joven rusa, hija de una de sus primas residente en la aún no extinta URSS, entra en acción poniendo de relieve las hipocresías tanto del comunismo como del capitalismo, sin restarle a la escritura un ápice del ácido humor que la caracteriza. Es, aun así, en el final y con la ya fallecida Puttermesser habitando el Paraíso, cuando se llega a la cúspide de la novela. Pero eso lo dejo al placer de los lectores, a los que animo, por otro lado y con ahínco, a adentrarse en esta magnífica fábula cargada de ironía y sentido del humor sobre las contradicciones y desengaños de la vida en la sociedad contemporánea.

Los papeles de Puttermesser es, sin lugar a dudas, un libro inteligente, lleno de irónica tragedia que, mezclado con un exquisito estilo literario, compagina a la perfección religión, costumbrismo, diversión y, también, aunque no lo haya dicho hasta ahora, filosofía. En definitiva, una apuesta segura.

 

Titulo: El infierno tan temido
Autor: Hugo Salas
Fecha: 09 de Diciembre de 2014
Fuente: Radar, Página/12


La facilidad de los nombres para convertirse en epítetos hace que en la literatura ciertos tópicos y ámbitos queden vinculados de manera inflexible a una voz, al menos a los ojos de cierta lectura apresurada. Para ella, todo laberinto es borgeano, toda tragedia es shakespeareana, todo infierno es dantesco y cualquier representación de los órdenes, vericuetos y estamentos burocráticos es, indeclinablemente, kafkiana. Sin embargo, en ningún caso sería esta última descripción más desacertada que en el de Los papeles de Puttermesser, de Cynthia Ozick, que tiene por extraño mérito, justamente, construir una visión del sinsentido organizado, reglamentado y normado que debe muy poco al melancólico abogado de Praga. Ocurre que para esta gran escritora estadounidense los entresijos y pliegues de la vida contemporánea carecen de cualquier viso de trascendencia ontológica y gravedad, los personajes se engañan no sólo respecto de sus posibilidades sino también de su propia lucidez y, por consiguiente, el resultado es mucho más mordaz, inevitablemente cruel. La angustia no tiene lugar en un espacio literario que, distante de los seres y las cosas, elige reírse.

Ruth Puttermesser, abogada judía de Nueva York, en mitad del camino de su vida, es la protagonista de los cinco relatos que componen y articulan el volumen como partes interdependientes. El primero (“Puttermesser: su historia laboral, sus antepasados, su vida póstuma”) narra su salida de un estudio de abogados donde los empleados judíos nunca pasan de los cargos menores y su “caída” en la administración municipal, su relación con los fantasmas del pasado y sus fantasías acerca del Edén, al que imagina como un sitio donde se puede leer infinitamente. Su trabajo en la gestión pública, su despido injustificado y la invención de un golem femenino que le permite llegar a alcaldesa (para después, claro, caer otra vez) son los materiales del segundo y más extenso texto de la colección. En el siguiente, el relato de una de sus historias sentimentales permite a la autora, de manera oblicua, construir una fábula hilarante sobre las cuestiones del original y la copia que tanto obsesionan a ciertos ámbitos del arte (y de la vida). Los prejuicios de Occidente acerca del gran Oriente comunista, los refugiados y las necesidades son los motores del cuarto texto, donde la buena Ruth recibe a una lejanísima pariente rusa, “una marciana soviética”, que, a despecho de la buena abogada, no desea trasplantarse a la tierra de la libertad, sino hacer mucho dinero y regresar a Rusia. “Puttermesser en el Paraíso”, por último, cuenta el poco feliz y paradójico final del personaje... y lo que le aconteció luego.

No hay en todo esto, ni siquiera en la descripción del asesinato de la protagonista, mayor dramatismo. “La burocracia era un desvaído mundo feudal de territorios, autoridades y jerarquías, la mayor parte de las veces grisáceo, salvo en los momentos álgidos de puñaladas y derrocamientos”, puede leerse acerca de la administración pública. Para sorpresa del lector, el resto del mundo parece ser exactamente lo mismo, aunque casi sin territorios, autoridades, jerarquías ni derrocamientos. Al menos desde la perspectiva de esta mujer, que se siente perteneciente “a un pasado literario poblado de fantasmas selectos”, el mundo de hoy –y no habría, en tal sentido, mejor escenario que Nueva York, la ciudad contemporánea por antonomasia– se asemeja a una gran colección de ruinas, entre las cuales deambulan seres extremadamente solitarios y distantes, impedidos de cualquier contacto efectivo.

No es casual que en la última escena de su vida la protagonista dé secretamente a su agresor el nombre de Cándido (a pesar de que él lo primero que ha hecho es decir su verdadero nombre). Como las grandes ficciones de Voltaire, Los papeles de Puttermesser se construye como una ingeniosa sucesión de apólogos sobre las distintas formas –individuales y sociales– que adopta la insensatez, referidos por una voz jamás cautiva de lo que cuenta. Tal vez sea cierto que “la conmiseración no existe en el Paraíso. Y es por eso que el Paraíso tiene el corazón frío”; a nadie asombrará, entonces, encontrar casi sobre el final la siguiente revelación: “El significado secreto del Paraíso es que también en él está el Infierno”.