prensa Marcelo Carnero
 

Titulo: Tan acá, que todo es ningún lado
Autor: Paula Tomassoni
Fecha: 19 de Mayo de 2015
Fuente: Bazar Americano


La boca seca traza un escenario, por un lado, incierto en las coordenadas tiempo-espacio, y al mismo tiempo, familiar y reconocible aún (o sobre todo) desde los modos de la tradición. La huida de los esclavos por el desierto puesta en relación con un extraño experimento para traficar sangre y órganos obliga al lector a corregir cada tanto el verosímil: un procedimiento sofisticado pero no fatigoso, ya que la construcción del ambiente y de los personajes ubica a quien lee inmediatamente en el imaginario puesto en juego cada vez. En este sentido, es curioso entender cómo La boca seca construye su verosimilitud haciendo pie en la referencia literaria: ya se ha visto ese desierto, ese túnel, esa ciudad miserable, esa piel, esa mirada, en otras páginas. Una suerte de encuentro de imaginarios que proponen, desde su reunión desprejuiciada, una historia y una escenografía únicas, que se instalan como novedad.

Vivi y Amador son dos esclavos que huyen para salvar a otra esclava, Milagros, antes de que algo terrible suceda. Son perseguidos a través del desierto que habita Barnes, también buscado por el ejército. Barnes es el científico que ha creado a Bretó, un proyecto para fabricar un ejército desde la manipulación genética. Las historias se cruzan hasta ser una y dar así sentido a todo.

De algún modo, toda la novela se proyecta en torno a la palabra: la dicha y la silenciada (la boca seca). El mundo existe apenas es nombrado y la veracidad de lo dicho está ya desde el momento mismo de su enunciación. El lector va entendiendo el pacto al avanzar el texto hasta saber que, si puede decirse, puede pasar. Entonces la novela reinstala sus fronteras como una zona inasible, a la que es difícil asistir.

Todo el relato gira en torno de un personaje místico y extrañado: la negra Milagros. De una belleza hipnótica, nunca del todo descripta, la aparición de la joven va hilvanando y entrelazando las historias en torno a ella y de ese modo avanzando hacia el desenlace. Milagros es una suerte de protagonista pasiva: como si se tratara de un talismán, un tesoro, o un secreto. O una excusa para que todo vaya sucediendo, y para que se vaya contando lo que sucede.

Pueden identificarse entonces algunos de estos tópicos o figuras en torno a los cuales la historia se organiza:

El desierto, pensado como el escenario abierto e inasible, el camino largo hacia la frontera. La idea del espacio que avanza y se impone a la labor y el entusiasmo de los hombres. Como la selva de Quiroga. O el mar.

“Cuando murió el cura, a la iglesia de a poco se la fue tragando la vegetación y la mugre. Las ratas corrían entre los bancos buscando comerse las hostias que quedaban, como si trataran de salvarse del hambre que ya venía a azotar aquellas tierras”

El desierto invade y arrasa y destruye en su avance, o impide avanzar. Cruzar el desierto como la diferencia entre el éxito y el fracaso y, claro, entre la vida y la muerte.

“Diez días cabalgaron bajo el sol, con el diente de la muerte rasgándole los talones”

“El desierto lo sometió, lo llevó lentamente hasta el borde del absurdo, poco a poco le incrustó sus humores, sus fríos, sus voces.”

Sin embargo, en ese escenario hay un misterio:

“Nuestros ingenieros trabajaron sobre un terreno virtual, y lograron crear un desierto hasta donde se lo llevaría a Barnes y a su pequeño ejército. La idea era sacarlo de la ciudad lo más rápido posible.”

En ese sentido, la creación virtual es igual u opera igual que la creación literaria. Y el mundo no existe y a la vez sí, si es nombrado. Desde la voz de uno de los personajes, la novela se enuncia a sí misma, y a la literatura:

“Yo no soy nadie, todo lo que le estoy diciendo no es más que lo que ella quiere que le diga. Soy una cáscara. En breve voy a dejar de tener todas estas reflexiones y voy a entrar en un territorio blanco, quemado, que es el territorio de los adictos, donde las cosas no son más que lo que parecen. ¿Pero acaso la realidad no es eso?(…) Sabe lo único que puede tener apenas un pequeño acercamiento a la vida, la poesía. Por ahí le suena romántico”

Otro de los tópicos transitados es el ejército de campaña. La literatura y el cine aportan el verosímil de los personajes que cruzan el desierto buscando a los prófugos. Jefes militares corruptos, autoritarios, sanguinarios; crímenes, traiciones, venganzas, juegos de trampas y lealtades; diálogos que cruzan el western con el ranquel. Y en el medio, claro, una mujer.

La mujer. Su mirada y su voz la definen, porque entra en la historia a través de su diario. Obligada por cuestiones coyunturales a la transformación, narra su metamorfosis al tiempo que describe la ciudad asediada por el hambre y la guerra. El tono de su relato tiene la retórica propia de su educación y clase social, y por momentos contrasta con las escenas que describe. La pintura de la guerra es la del siglo veinte: el horror, la persecución; los que se la juegan, los que no; las personas peleando como perros por la comida, la cabeza del infiel sobre el escritorio del dictador. La mujer describe la ciudad:

“Domingo 15. La situación no puede ser peor. Las calles están abarrotadas de basura, lo que genera que todo esté impregnado de un olor que mejor ni pensarlo. Se suman a eso los tres días de lluvia”

Los esclavos. En el mundo de los esclavos, siempre huyendo, sobresalen dos cuestiones: la miseria y la magia. Con nombre de chica de barrio, Vivi, la esclava mayor, da permanentes muestras de su sabiduría hablando de modo asertivo y sentencioso. Además, tiene poderes: cura y predice. La situación de los esclavos (y también esa es una mirada instalada en la cultura) es paupérrima. Los lazos entre ellos son, por su simple condición, sanguíneos. Amador, criado por Vivi, es el hombre negro que cruza la historia, como un desierto, desde el principio al final. Hambreados, maltratados, vendidos, diezmados, son ellos, sin embargo, en una suerte de gesto mesiánico, los portadores de la salvación.

La palabra. La novela comienza con un murmullo que se propaga. Las voces superpuestas son los planos sobre los que la historia va tomando forma. Las variedades de lenguas cobran cuerpo desde los diálogos directos, y desde los textos escritos. Los esclavos, con sus ritos y sus cantos; los militares y los diálogos tácticos; la dama y su tono; el científico, son las voces que se apilan en el entramado. Y tejiendo la trama, el narrador: distante y poético, se acerca y se aleja de las escenas que cuenta, apuntando lo que hace falta para hacer sistema con el resto y construir la historia.

La novela se divide en cuatro partes. El narrador es el responsable de casi todas, a excepción de la segunda y la tercera, que están intervenidas por los escritos de los personajes. Estos relatos, incrustados en el general, permiten dar un giro a la historia y completar sentido acerca de muchos de los episodios presentados. Todo el texto entonces va construyendo en la medida que se va nombrando. Cuando se quiere denigrar a un personaje, o a un grupo, se los calla (como cuando se prohíbe cantar a los esclavos) como un modo de hacerlos desaparecer. En ese sentido, La boca seca es la novela del decir.

En suma, Marcelo Carnero crea una historia, y para ella un mundo, y para él la palabra que lo nombra. Una suerte de Frankenstein con retazos de voces ya escuchadas, que se conjugan de este modo por vez primera, generando una nueva criatura: una historia que es y no es, que se cree y se retrae, y a la vez conmueve y estimula los sentidos.



(Actualización mayo - junio 2015/ BazarAmericano)

 

Titulo: El apocalipsis de Marcelo Carnero que deja "La boca seca"
Autor: Mariana Kozodij
Fecha: 01 de Abril de 2015
Fuente: Diario Registrado


La breve historia transcurre en cuatro apartados que se entrelazan con una prosa bella, por momentos inevitablemente poética, más allá de la crudeza de ciertas situaciones.

"La boca seca" (editada por Mar Dulce, 2014) nos lleva a un universo de esclavos negros donde la fe, los abusos, la brujería parecen situarnos en un tiempo pasado. Sin embargo, la presentación que se hace del tráfico de sangre y órganos nos devuelve a una realidad más perversa, más tecnológica como para acomodarla en tiempos lejanos. Un tiempo que se nos escapa en forma y continuidad y que por momentos genera una sensación un tanto confusa en la lectura. ¿Quiénes son?, ¿Dónde están?, ¿Cómo pueden ocurrir esos abusos?; preguntas que inmediatamente invitan a otros interrogantes ¿Es necesario saberlo?, ¿O se trata de fluir con la trama?.

La constante será Milagros, una esclava, que desde un primer momento se presenta como el eje y la portadora de la llave que puede abrir las historias que se van sucediendo en un mundo que se enrarece al calor de un sol pensado como "una hornalla de vidrio". Un universo donde la naturaleza se fusiona con cierta ¿ciencia? generando un muestro extraño.

También está el pálpito de lo sobrenatural que circula por las venas de la historia. Se intuye que hay mucho más de lo que se cuenta; en un espacio y tiempo que exceden al desierto, la urbe y sus personajes.

En la tercera parte Carnero nos desequilibra con un diario escrito por Jane Rose Valtz, cambia el registro, brinda otro enfoque y nos abre un poco más la cortina para hacernos comprender que estamos leyendo un apocalipsis peculiar. Hay otredades que se nos escapan y que no serán reveladas en una cacería por controlar esa ciencia unida a la magia que parece poner en peligro a la humanidad.


La aridez recorre las páginas de esta novela que acompaña la idea de un final con "boca seca". Lo seco de la incertidumbre.

 

Titulo: Sangre de gaucho
Autor: Ariadna Castellarnau
Fecha: 30 de Enero de 2015
Fuente: Radar, Página/12


“Los soles de la noche se encendieron en una explosión.” Así empieza la novela La boca seca, de Marcelo Carnero (Buenos Aires, 1978). Las metáforas se suceden, van construyendo de a poco un mundo que pudo haber sido o que podría llegar a ser; un universo distópico o tal vez real, que pertenece al pasado histórico y lo ignoramos porque no está escrito en los libros. Y justo aquí, con la vaga intención de cubrir este bache, sobre esta omisión de la memoria, se despliega la trama de La boca seca, que con su idioma de médium nos traslada a un mundo de negros, de esclavos, de calor, desierto y costumbres refinadamente salvajes.

Hay muchas formas de abordar La boca seca. Una de ellas es el lenguaje, un castellano exiliado en los bordes de la frontera idiomática, empapado de otras lenguas, no sabemos exactamente cuáles, pero que dan como resultado una escritura despojada de localismos, tan universal como extraña. Y en este punto entra la anécdota personal. Antes de hacerse poeta y novelista, Carnero se crió en un conventillo de la Boca, un lugar de inmigrantes donde cada cual hablaba como podía. La boca seca parece la destilación literaria de esa experiencia infantil, pasada por el tamiz de las lecturas, del oficio y de una mirada única sobre el territorio.

La segunda forma de abordar la novela, tal vez la más interesante, tiene que ver precisamente con la tierra y todas las historias que acumula a modo de palimpsesto. Carnero se interna en un paisaje argentino que no se ajusta necesariamente a una provincia o a una región que podamos encontrar en los mapas. Deja atrás al costumbrista y la crónica para ir al corazón mismo de todas esas señas de identidad tan poco exploradas en la ficción argentina contemporánea y que sin embargo son el alimento soñado de cualquier novelista: una geografía inhóspita y violenta, un pasado de sangre, religiosidad medieval y paganismo.

Carnero capta lo que hay de hermoso, de terrible, de único y literario en estas tierras y arma su propia mitología, tan densa, febril y oscura como la del Mississippi. Sin necesidad de recurrir al registro de la novela histórica o importar referencias literarias explícitas –el condado de Yoknapatawpha, que podría ir como anillo al dedo, con todas sus clases sociales en conflicto: la aristocracia terrateniente y dueña de esclavos, los esclavos negros, los indios y los blancos pobres a los que los sureños llaman “white trash”–, el autor inventa una trama de caudillos feroces dueños de un negocio turbio de tráfico de sangre y de negros esclavos, quizá los mismos que se fueron por algún agujero misterioso de la historia argentina mientras se iba construyendo el mito nacional de que al país lo hicieron los blancos europeos que bajaron del barco.

Con estos dos elementos Carnero consigue una soberbia novelización del conocido dilema civilización y barbarie, aunque sin cruzar al terreno del ensayo o del revisionismo culposo. No le hace falta. La realidad del país brinda los elementos necesarios para la ficción. Sólo es preciso saber encontrarlos. “No trate de economizar sangre de gaucho. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos esos salvajes”, le dice Sarmiento a Mitre en una carta. La novela está servida. Todo el material necesario para construir ese abismo de abyección, también a mano, en el sumidero donde se amontonan los abusados y perdedores de la historia.

 

Titulo: La boca seca, Marcelo Carnero
Autor: Aquiles Zambrano
Fecha: 30 de Enero de 2015
Fuente: Revista Leedor


Literatura de alto vuelo y el hambre rasante, el signo y el cuerpo, el tacto de la carne y la inasible imagen poética. La boca seca (Mardulce 2014), primera novela de Marcelo Carnero, oscila de un extremo a otro sin ninguna solución visible, salvo una estrella roja, acaso un milagro, guiando los cuerpos devastados por esa máquina de triturar hombres, mujeres y niños, que resulta ser la sociedad retratada a lo largo de las 170 páginas de la novela. Mejor dicho: no retratada, sociedad más bien alucinada, producto de una imaginación desmesurada que anuda con notable talento lo atroz a lo sensible, la magia a la ciencia, el pasado colonial al futuro tecnológico.

Y es que La boca seca es una novela distópica, que sitúa al lector en un tiempo impreciso entre la brutalidad feudal y el igualmente brutal progreso de la ciencia y la tecnología. Tecnologías de castigo, diría Foucault, técnicas de sumisión y control, economías destinadas a maximizar la eficacia en el uso de la fuerza vital de cada cuerpo. Las imágenes de esta novela parecieran recoger los ecos crudos de aquellos planteamientos foucaultianos, como si se tratara de una advertencia o incluso de esta realidad: la esclavitud no sólo es un recuerdo terrible del pasado.

En medio de un ambiente tan hostil como inexplicable ─cuyas causas nunca se entienden del todo─ dos esclavos, la bruja Vivi y el negro Amador, emprenden una fuga con el fin de proteger a la negra Milagros, quien, aquejada de delirios febriles, es monitoreada muy de cerca por Correa, el terrateniente que los mantiene en cautiverio. Esta fuga es el desencadenante de la trama y el hilo dramático que atraviesa toda la novela, a lo largo de la cual irán apareciendo y desapareciendo personajes tan oscuros como fascinantes que de alguna manera revelan la situación de fondo. Revelan, digo, de alguna manera:

“─¿Qué clase de mierda es todo esto en lo que estamos metidos? ─ preguntó Barredo rechazando la botella─. Quiero que me lo aclare ya.
El Mariscal dudó un segundo.
─Es mejor así, Inspector. Usted no tiene idea y le aseguro que no querrá tenerla”.

A lo largo de toda la novela hay un diálogo constante entre la prosa siempre ágil que mueve la anécdota y el pulso poético que crea esa atmosfera atroz y deslumbrante. Es como si el orden sintáctico de la prosa dejara siempre un hueco (una pregunta) en la trama; un hueco que es llenado por el aliento de la poesía, como si las acciones de los personajes de la novela se resolviera siempre en la imagen, en la metáfora. Nunca sabemos en qué clase de mierda estamos metidos, mejor dicho: sabemos en qué clase de mierda estamos metidos, pero nunca sabemos los porqués. La lógica causal de las acciones siempre queda rota en el trabajo del lenguaje que el autor despliega a lo largo de la novela. A ello quizás se debe la inquietante sensación de ambigüedad, de fragmento o irresolución que deja su lectura.

Bien mirado, se trata de un procedimiento, digamos, clásico, si se toma en cuenta aquel postulado teórico según el cual aquello que se cuenta no difiere en nada de la forma en cómo se cuenta. O, dicho de otro modo, la tesis según la cual no existe diferencia entre materia y forma. Y en el caso de La boca seca, la materia podrían ser las acciones y los personajes pero también podría ser el cuerpo, la carne sometida a los rigores brutales de un sistema tecno-colonial acaecido en un pasado todavía presente: el de los cuerpos esclavizados. Los cuerpos, digamos, sometidos a una forma, los cuerpos fragmentados en la retícula de un lenguaje claro, cortante. ¿Es el lenguaje también una técnica? Puede ser, pero también esto otro: el lenguaje hecho carne atrapado en el orden sintáctico causal, en el orden narrativo de la novela. Y la liberación de ese orden, la liberación de los esclavos, la fuga de la lógica, la falla en el sistema novelesco. Al fin y al cabo, lo más interesante de La boca seca son las contorciones, las poderosas imágenes que el autor logra en esa fuga de la trama que deja en el lector no una comprensión, sino el presentimiento informe de una clave, el borde de un sentido siempre a punto de hacerse presente. Quizás el hambre.

 

Titulo: “El lenguaje es un modo de resistencia”
Autor: Silvina Friera
Fecha: 06 de Enero de 2015
Fuente: Página 12


El poeta incursiona en la narrativa con una historia marcada por el sometimiento. “Me gusta la imaginación disparada por la necesidad, por la situación de opresión”, señala el autor, quien materializó en la novela sus experiencias vitales.


El nubarrón del lenguaje se vuelve escritura. La poesía balbucea en la lengua febril de Milagros, una de las esclavas de La boca seca (Mardulce), primera novela de Marcelo Carnero: “Vértigo calla la ciudad su amarillo en noches de vidrio el punzón la fiebre profanan la lengua enfundada con trapos desnudos pozos boca arriba arrancan los pechos atenazan hijos al silencio”. Los lectores acaso sean los primeros en sentir el impacto lacerante de una violencia que no deja cuerpos sin intervenir –a latigazos, a machetazos–; desechos humanos a la deriva de los tarascones de los perros. “Los esclavos deambularon como sonámbulos entre las mesas sin creer lo que veían –se lee en las primeras páginas–. Era el nuevo negocio al que se entregaban los dueños de la carne. No sólo vendían sangre, también se dedicaban a faenar cuerpos para vender los órganos.” Pasado, presente y futuro se desdibujan, como si la opresión y el sometimiento estuvieran sucediendo aquí y ahora en la pampa argentina. En el reparto de esclavos que entran y salen de una escena teatral, el elenco estable lo conforma ese trío en fuga, huérfano de horizontes, que incluye a la vieja Vivi, Amador y Milagros.

La boca seca es una ficción de largo aliento, una novela que Carnero escribió durante más de ocho años, en la que desenvolvió la versatilidad de sus experiencias vitales sin pretender materializarlas en un texto autobiográfico. “No sé si estaba la esclavitud tan explícita como quedó, pero en ese momento empezaba un interés particular respecto de la intervención sobre los cuerpos por parte de la institución educativa y de la salud. Eso me llamó la atención también por una cuestión personal –cuenta el escritor a Página/12–. Mi historia familiar tiene que ver con estos temas. El ejemplo más cercano fueron mis padres. Mi padre fue un tipo alcohólico y violento que nos abandonó. Mi madre, a fuerza de quedarse sola, ha tenido que pasar por situaciones complicadas. Viví mi infancia en un conventillo en La Boca y recuerdo siempre la misma imagen: gente que hablaba a retazos, como si no estuvieran en ninguna parte. Trabajé en muchas cosas distintas, en una metalúrgica, en una peluquería, vendí corbatas por la calle, hice ropa; hay algo de todo eso que fui absorbiendo. Los ambientes en que uno se puede mover, si uno acerca la oreja y escucha, son pequeños laboratorios lingüísticos, ¿no?”

Carnero (Buenos Aires, 1978) es autor de los poemarios Tratado de cuerpo (2008), Sentido de la oración (2010) y Pequeño territorio de lo cierto (2011). “Para mí fue raro pasar de escribir poesía al registro de la narrativa y tratar de sostener una apuesta que tiene que ver con el lenguaje: no por cambiar de registro, perder potencia ni perder el trabajo sobre la palabra. De ese mismo lugar del que vengo, del conventillo, hay una situación de ruptura con el lenguaje oficial entre comillas que me parece súper interesante. Quería ver qué pasaba con todo eso. A la vez, cuando tenía cinco años, tuve una especie de ataque de fanatismo con la figura de (Carlos) Gardel y empecé a escuchar mucho tango. Me pasaba algo muy fuerte con ese lenguaje, porque había muchas cosas que obviamente no entendía. Hay una primera relación con la posibilidad de la potencia que tiene el lenguaje.” Una de las voces que más disfrutó a la hora de escribir La boca seca –171 páginas estructuradas en cuatro partes– fue la de la vieja Vivi, pero también el diario de Jane Rose Valtz. “Los personajes femeninos me gustan. Me crié con mi mamá y mis tres hermanas en una casa de mujeres. El contexto del conventillo era más bien masculino, con la impronta de lo que es el macho, pero yo era el raro de ese lugar, el pibe que escuchaba tangos y vivía con sus hermanas y su madre”, subraya el escritor.

Habla como quien deliberadamente regresa al pasado para buscar una experiencia perdida. “El resultado de la forma de La boca seca, esos saltos de registro en las voces, tiene que ver con lo residual. César Vallejo es un poeta imprescindible para cualquiera que quiera trabajar con la palabra y me parece que fue una de mis influencias más fuertes de la adolescencia. Después está (Antonin) Artaud, siempre rompiendo los órdenes; y los escritores cubanos, (Alejo) Carpentier, Reinaldo Arenas y (José) Lezama Lima. La primera versión de la novela era muy barroca y se hacía demasiado inasible. Al principio pensaba el lenguaje como una resistencia más extrema. Me daba la sensación de que el texto debía expulsar al lector más que sostenerlo. Después me di cuenta de que no quería darle una comodidad al lector, pero sí sostenerlo”, plantea Carnero. “Anda dando vueltas la idea del negro, qué es el negro en un país como Argentina donde se lo borró de un plumazo, pero donde sigue persistiendo cuando alguien dice: ‘No digo negro de piel sino negro de alma’... cosas bizarras que dejan al descubierto lo que se pone en juego. Quizá me he visto a mí mismo en situaciones en donde era nombrado como ese ‘negro de mierda’ o mirado como un ‘negro de mierda’. Hay una semilla vinculada con mi origen social”, reconoce el escritor que dirige el espacio Enjambre, un centro de investigación orientado hacia la escritura.

“Cuando descubrí el origen de la palabra quilombo me pareció revelador por esos asentamientos que marcaron un hito de la resistencia. Quise sacarla del contexto en el que se usa hoy para pensar en esos focos de resistencia. Me gusta la imaginación disparada por la necesidad, por la situación de opresión. Las cosas que se van armando a partir de la palabra, las redes que se van tejiendo. Quilombo es una palabra que me encanta cómo suena. Son esas palabras que me martillan, que aparecen y se vuelven fundamentales.”

–¿El trabajo obsesivo con el lenguaje puede ser un modo de resistencia desde la literatura?

–Sí, totalmente. El lenguaje es uno de los últimos refugios que tiene la literatura. Yo creo que se hace un uso completamente irresponsable del lenguaje. Hay mucha gente que lo labura, pero también me parece que hay autores que no tienen intención de decir. El lenguaje tiene toda una historia atrás. No es “digo” y listo, me saco de encima el asunto. La idea de decir, de nombrar algo, de irrumpir en un nuevo espacio con una palabra, no es una cuestión menor. El lenguaje está completamente devaluado, pero soy optimista y me gusta pensar que voy a poder decir. Aunque suene medio tonto, me gusta creer que uno puede tener una relación con la palabra de esa manera. El trabajo con el lenguaje es una resistencia y estoy completamente feliz de que sea así... Cuando era chico, vivía usando la palabra como soga de acercamiento. Me ha pasado de no tener ciertas cosas que deseaba mucho y pedirlas y que aparezcan. Yo creo en la palabra y me gusta creer, esa fe es una buena herramienta. Uno puede tener relaciones más o menos neuróticas con las palabras, pero ya es otro cantar. Eso lo tratará cada uno en su terapia (risas). Soy optimista con la palabra. Vivimos en un mundo en que hay tantas inocencias perdidas de antemano que ser un poco inocente está buenísimo... No tenemos que estar todo el tiempo buscando el doble fondo de las cosas, me parece importante que haya una relación con algo que suponemos que es mágico, ¿no?

 

Titulo: La vida no es bella
Autor: Eugenia Zicavo
Fecha: 31 de Diciembre de 2014
Fuente: Revista El planeta urbano


“Los esclavos deambularon como sonámbulos entre las mesas sin creer lo que veían. Era el nuevo negocio al que se entregaban los dueños de la carne. No solo vendían sangre, también se dedicaban a faenar cuerpos para vender los órganos.” En La boca seca, la primera novela de Marcelo Carnero, la esclavitud se hace carne en los cuerpos. La historia transcurre en una época imprecisa, puede que en el pasado, pero también en un presente fuera del tiempo, en el que los hombres y mujeres son vendidos como mercancías y los médicos aprovechan para hacer de sus cuerpos su campo de experimentos.


Todo en una hacienda en la que los latigazos son moneda corriente y los esclavos son sometidos a vejaciones brutales, guiados por las perversiones sexuales de hombres cuyas pulsiones no saben de compasión ni de límites. En ese escenario, tres esclavos se darán a la fuga (una anciana y un joven, que llevan a rastras a una muchacha enferma) y entrarán en un territorio desconocido, que se despliega en el borde de lo onírico y que es la promesa de reconciliación con alguna vida posible. La boca seca es una novela distinta, con una prosa embebida de poesía y un registro que provoca una extrañación permanente. Una suerte de Django Unchained de Tarantino y fantasía alucinada de David Lynch, en la que la brutalidad es una constante, pero también lo son la belleza y sus desvíos.