prensa Marcelo Carnero
 

Titulo: "Vivimos en una cultura que intenta hachar, reprimir, cortar"
Autor: Ivana Romero
Fecha: 27 de Noviembre de 2014
Fuente: Tiempo Argentino


La primera imagen que tuvo del mundo, dice Marcelo Carnero, fue caótica. "Nos criamos en un conventillo de La Boca. Mi padre era violento y en algún momento se fue. Mi madre se hizo cargo sola de mis tres hermanas y de mí, que soy el menor, aunque luego ella volvió a formar pareja así que tengo un hermano más chico, también. Y en el medio nos pasó de todo. Así que recuerdo mi infancia en medio de mudanzas imprevistas, incendios, inundaciones", dice.
Sin embargo, también hay evocaciones luminosas. Un cassette de Carlos Gardel que escuchaba con devoción a los nueve años, por ejemplo. "Había visto un documental en ATC sobre él y creo que lo pensé como un superhéroe. Cantaba, estudiaba las letras tratando de entender el lunfardo, hasta me peinaba con la raya al costado", se ríe. Y también estuvo la recomendación de una de sus hermanas. "'Leé todo lo que te caiga entre manos', me dijo y yo lo tomé casi como un mandato." A Marcelo le gustaban las revistas de ciencia o aquella colección de Elige tu propia aventura, esos libros con varios finales posibles que encantaban a los chicos nacidos a fines de los setenta, como él.
Ahora, en la entrevista, piensa un segundo y dice que sí, que es probable que todo ese universo esté presente en La boca seca si bien la novela nada tiene de intención autobiográfica. Editada por Mardulce, se trata de una historia extraña, con esclavos que escapan, hombres blancos que se terminan portando como bestias, un científico que utiliza a su hija como terreno de experimentos macabros y un ejército alucinado de niños asesinos. También hay globos aerostáticos, maldiciones y muertes a sangre fría. Todo esto ocurre en un tiempo impreciso, que tanto puede ser el pasado como el futuro, en medio de la pampa. Esta es la primera novela de Carnero, autor de tres libros de poesía y codirector del espacio cultural Enjambre.

–¿Cómo fue el proceso de construcción de La boca seca?
–Lo empecé a trabajar en 2005 y lo retomé unos años después, en 2012, en el taller que coordinan Selva Almada y Julián López. Lo primero que apareció fue esa imagen: "Los soles se encendieron en una explosión. El vaho del kerosén se desparramó en el ambiente. El desconcierto podía medirse en los pasos descalzos de las viejas que no alcanzaban, que no lograban hacer pie en la noche." No sabía de dónde venía pero quise investigarla, sentí que era como un telón que se estaba abriendo. Quizás por eso la novela tiene algo de puesta teatral, en el uso del lenguaje, con personajes que entran y salen. Porque a excepción de algunos personajes –como Milagros y Amador, que son esclavos, o Pablo Barredo, el militar con su historia negra detrás–, en general los otros aparecen y desaparecen de la escena. Otro tema fue mi interés por los asuntos científicos. Incluso, la intervención del cuerpo, que es algo que me llama mucho la atención: el cuerpo se puede intervenir quirúrgicamente pero también está intervenido por la publicidad, la educación, el trabajo que, en formas extremas, pueden convertirse en modos de esclavitud. Y también, hay cosas que me fueron quedando en la memoria. Como lo que contó María Negroni en Pequeño mundo ilustrado, una anécdota sobre Descartes. Y es que una vez muerta su hija ilegítima, Francine, él consiguió una autómata igual a ella con la que hablaba, dormía e incluso se iba de viaje. La Francine de mi libro y el vínculo con su padre científico tiene que ver con eso.
–¿Por qué la decisión de no situar el relato en un marco temporal específico?
–La novela remite a textos fundacionales como El matadero o el Martín Fierro y con la pampa como supuesta escenografía. Pero a la vez, me interesó trabajar en capas, mostrar que sobre el pasado hay cosas que siguen vigentes. Creo que vivimos en una cultura que todo el tiempo intenta hachar, reprimir, cortar, los intentos que hacen las sociedades de liberarse de diversas formas de opresión. Eso fue así en el siglo XIX y ahora. Uno de los ejes de la novela es ese, la continuidad de la opresión y la resistencia frente a eso.
–En la novela se cuelan los relatos que hace Barredo y las entradas del diario íntimo de Jane Rose Valtz, proponiendo diversos registros de lo que va aconteciendo.
–Me interesa el género epistolar y apareció la posibilidad de que Barredo pudiera dejar los frascos con esas cartas en el desierto, como otros arrojan botellas al mar. En el caso de Jane, ella va contando el tiempo real el avance del vandalismo en una ciudad que se va convirtiendo en tierra de nadie. Disfruté mucho escribir desde la voz de una mujer. Me siento muy a gusto con el universo de lo femenino, quizás por mi crianza entre mujeres. Esa energía me da sensación de calma. Pero no una calma tonta. Me parece que lo femenino es una energía de la resistencia.
–¿Por eso la esclava Milagros es poderosa, curadora a través de la palabra?
–No lo había pensado en esos términos. Pero sí, pareciera que la palabra, por ser de uso cotidiano, es algo liviano, que circula como una mercancía. Y nada que ver: la palabra es una cosa muy densa, capaz de generar reacciones poderosas. Para mí es como ese poema de Pizarnik, que en un tramo dice "si digo agua ¿beberé? / si digo pan ¿comeré?". Quiero creer en eso. Fue en la infancia donde construí esa relación con la palabra. Una relación de resistencia y de pedido: yo pedía salir de ahí, yo pedía no vivir más esa vida. Se lo pedía a lo que podés llamar Dios o como quieras. O sea que sí: el lenguaje tiene una dimensión mística. Es herramienta de muchas cosas; entre esas, la sanación. «







La escritura de Marcelo Carnero



Los soles de noche se encendieron en una explosión. El vaho del kerosén se desparramó por el ambiente. El desconcierto podía medirse en los pasos descalzos de las viejas que no alcanzaban, que no lograban hacer pie en la noche. Iban y venían las sombras, sin distinguir qué dictaba ese murmullo, creciente en los oídos, desparejo. Los cuerpos, carcomidos por la costumbre, no entendían que fuera la hora de ser arrancados del sueño ni de las imágenes de aquella infancia remota, en la que los bailes todavía no habían sido castrados y la sangre cubría los pezones oscuros, los abdómenes tensos de las negras bajo el lechoso favor de una luna africana. Tampoco los caballos que afuera se inquietaban, encendiendo el ladrido de los perros, sentían que fuera la hora de echar a andar las piedras de los ojos. Milagros, una de las esclavas, gritaba entre jadeos: vértigo calla la ciudad su amarillo en noches de vidrio el punzón la fiebre profanan la lengua enfundada con trapos desnudos pozos boca arriba arrancan los pechos atenazan hijos al silencio.

 

Titulo: Expresión gramática
Autor: Juan Gonzalez del Solar
Fecha: 23 de Noviembre de 2014
Fuente: Diario Perfil


Está lleno de gente que pinta caballos. Generalmente, se trata de gente que los conoce bien, que los miró y trató toda la vida, que les imprime carácter, ojos inyectados, alegóricos, etcetera, cuadros construidos con detalles certeros, como una foto. Ocurre que el arte, para muchos, pasa por otra parte, o se interesa por otro trazo, necesita oler la pintura, ver los cortes, reconstruir lo que falta, incluso lo que rompe con la linealidad, que a fin de cuentas no le interesa más que para conformar la expresión necesaria. Es en este sentido que se lee La boca seca, primera novela de Marcelo Carnero, editada por Mardulce, que siempre tiene muy claro por qué un libro merece ser impreso.
La historia es lo de menos, baste aclarar que se vive como un thriller y tiene un dinamismo que ya querrían para sí los best sellers más vendedores; a fin de cuentas, en todo momento estamos frente a una novela que podría leer un lector interesado de cualquier edad. Se trata de un mundo coral, de campo, de esclavitud, de ciencia, de magia, se huele la transpiración, el pasto, la arena, se tocan los cuerpos; todo esto omitiendo literalidad, mal gusto y explicación, alcanzando una intensidad que no logra 12 años de esclavitud llenando la pantalla de látigos, sangre y efectismo.
Para ello se vale de la escritura, que construye un clima en un tiempo imprevisible pero preciso. Asume riesgos y excesos, las distintas voces cometen los mismos desaguisados y eso de a ratos genera sospechas; pero las supera al permitirse que la poesía prevalezca sobre el preconcepto. Se trata de imágenes en un texto que en todo momento se quiere seguir leyendo, incluso cuando el uso arbitrario de las comas pueda generar incordios; ahí es donde recordamos que la gramática está al servicio de la expresión, y no al revés. Escribir bien tiene que ver con eso. Resta esperar su próxima novela; por el momento, no será un consuelo menor quedarnos con un verso de su libro Sentido de la oración: “Lenguaje es esta vieja derrota en la garganta”.

 

Titulo: "Una de las violencias más fuertes es la de la alfabetización"
Autor: Pablo E. Chacón
Fecha: 31 de Octubre de 2014
Fuente: Télam


La novela, publicada por la editorial Mar Dulce, es la pieza de un poeta que ignora el consenso dominante en la literatura argentina preñada de buenas maneras éticas, militantes y retóricas.

Carnero nació en Buenos Aires en 1978. Publicó los libros de poesía Tratado de cuerpo, Sentido de la oración y Pequeño territorio de lo cierto.

Esta es la conversación que sostuvo con Télam.

T : ¿Cómo podría situarse La boca seca: distopía rural, gauchesca, posapocalíptica, diario de una peste, nada de eso?
C : El texto habla de un mundo que excedió su borde, donde las relaciones sufrieron una regresión; y me pregunto si es posible un mundo en el que los roles no hayan sido pactados de antemano. También hay algo de la relación con el imprevisto que me sedujo a la hora de sentarme a escribir. Qué nos pasa en el punto límite como individuos, no como sociedad. Me gusta la idea de pensar en la intimidad de la reacción.

T : En la novela hay dos o tres personajes notorios. Vivi, la vieja; el inspector; la naturaleza misma. ¿Cuál era la idea que tenías cuando empezaste a escribir?
C : Cuando empecé a escribir el texto, y a lo largo del proceso lo confirmé, tenía la idea de no enfocar las cosas en un personaje central, sino que fueran varios los personajes importantes. Tal vez sentía que eso me daba la posibilidad de escuchar mejor las distintas voces que el texto me pedía. Eso me divierte, y es a la vez un desprendimiento, una incomodidad para el lector. No me gusta la idea de un lector pasivo, de darle una bolsa con miguitas para que marque el terreno y se guíe adentro del texto. Me gusta que se pierda un poco, que por momentos no sepa ni ir ni volver.

Con respecto a la naturaleza como una protagonista más, también tenía la sensación de que iba mejor con la imprecisión temporal que tiene el texto. Una naturaleza sobre la que el hombre parece haber vuelto a perder el control, si es que en algún momento lo tuvo, y regresa un poco a la idea que se tenía de la naturaleza en un período anterior al siglo xx. Y una vez más, pienso en la incomodidad del lector, entrando a un mundo en el que debe reubicarse, que no le es natural, sino más bien inestable, porque entiendo que esa inestabilidad, ese desubique es lo natural.

T : ¿Ecos del 2001, incluso de la actualidad, o de la saga de los primeros cristianos en esa parte donde el cura es protagonista?
C : Un poco de todo. Yo lo llamaría residuos, más que ecos. Me gusta la idea de trabajar con el desecho que va sedimentando. Considero que la realidad es un organismo lleno de transmisores rotos. La información que nos llega está demasiado intervenida, demasiado pasteurizada. Con esos recortes, con toda esa intervención, con ese residuo trato de escribir. Y trato de hacerlo desde la construcción de esa lengua, con todo lo que implica. Ahí también hay una apuesta, porque no quiero evadirme de la consecuencia que nace de esa intervención, de esa pasteurización. Lo que algunos autores llaman tartamudeo en la propia lengua, en mi caso, creo, es la búsqueda de escribir desde la sedimentación, desde el residuo.

T : Es una novela violenta. ¿Cómo pensás juega la violencia en la literatura argentina actual?
C : Creo que primero deberíamos definir violencia. Entre otras cosas, violencia, para mí, es cuerpo intervenido. A lo largo del texto aparece esa idea todo el tiempo: cómo el cuerpo está intervenido por la ciencia, la educación, la dependencia y la cultura. Eso se ve en cada forma de decir, de expresarse, en cada escritura. Una de las violencias más fuertes, creo, es la de la alfabetización. Me interesa la idea del que sobrevive a esa intervención u ordenamiento, para tener una escritura propia. Pero también por mi historia personal, me interesa el que no tiene escritura y no tiene más que la oralidad como muleta para apoyarse en el mundo. Y al no tener ese lazo, ese corset, pareciera que puede relacionarse mejor con lo mágico. Me interesa el extranjero, el que no tiene lengua y a falta de eso, inventa un espejo deformante.

Nací y me crié en un conventillo lleno de inmigrantes, en La Boca, donde la gente hablaba a retazos, como si estuviera poseída, una lengua que a veces era inclasificable. Ese era un mundo violento para el resto, sin los límites que impone la letra, la ley. Y pienso que la idea de violencia más instalada sigue relacionada a lo bárbaro, a lo salvaje, que pareciera ser el que no puede documentar su decir, su historia, su voz. Ahora bien, del recorte que yo puedo hacer de la literatura argentina actual, veo en algunos narradores, en algunos poetas, (hombres y mujeres) de qué manera llegaron a construir su escritura, de qué manera esa escritura está impregnada por sus historias, sus dolores, sus fracasos y sus alegrías. Me interesan esas escrituras, el trabajo que hacen sobre lo que no pueden obviar. Después hay escritoras y escritores que son como los muñecos de un gran ventrílocuo y han aprendido a ser hablados muy bien por una voz institucional. Esa pérdida de conocimiento me parece violenta.

T : Pero no es más (ni menos) violento que un texto de Lamborghini, Libertella, Echeverría. ¿Cómo diferenciarías esas escrituras y épocas de la tuya?
C : Las diferencias entre esas escrituras y la mía no sé sí puedo hacerlas. Y si pudiera no sé si me atrevería.

T : ¿Qué lecturas privilegiás? También creo que hay mucho humor negro.
C : Cuando era chico una de mis hermanas me regaló un libro y me dijo leé, todo lo que te llegue a las manos, porque es lo único que te va a sacar de acá. Éramos muy pobres, no había para comer, menos para libros, así que me lo tomé como un mandato. Trato de leer de todo y soy bastante caótico. Y, pensándolo bien, tal vez de ahí sale esta idea de trabajar con el residuo. El humor también podría serlo. Dentro del texto me sirvió como un pequeño detonador. Porque es como cambiar el foco, o perderlo, medir las situaciones de otra manera, malentender entendiendo. Pienso que tenemos una relación tan dolorosa con el dolor, y a la vez el dolor duele tanto. Y el humor, es un revitalizador tremendo. Muchas cosas de mi vida estarían muertas si no hubiese podido reírme de mí mismo.