prensa Juan José Morosoli
 

Titulo: Cronista de almas
Autor: Silvina Friera
Fecha: 19 de Mayo de 2015
Fuente: Página 12


El mejor “cronista de almas” subyuga con su lenguaje, sus torsiones sintácticas, que arañan la oralidad. Nadie como él para edificar esas atmósferas de tiempo suspendido, escenas de una belleza suprema que despliega en sus narraciones. Juan José Morosoli, el más “secreto” y “raro” de los escritores uruguayos, es publicado por primera vez en una editorial argentina. El campo (Mardulce) reúne lo mejor de su obra, catorce relatos magistrales protagonizados por sedentarios incorregibles –adheridos a la tierra o a un oficio–, o por nómadas que, en vez de buscar algo, parecen estar en una fuga interminable. Estas criaturas pueden estar horas calladas, acopiando silencios. “Yo creo que con amor y amistad se pueden comprender los hombres, y aquí –en los bordes de mi pueblo– está la veta. Y también en las chacras que no tienen, que yo sepa, su cronista. Y en las canteras, de las que está roto todo el paisaje de Minas. Tal vez yo soy un poco parecido a mis hombres. Por eso los saco como son. ¿No ve que yo soy muy inculto y sólo tengo el mérito de ser un buen busca-rumbo?”, decía Morosoli.

El primer cuento de El campo es “Andrada”; basta con leer las líneas inaugurales para rendirse ante la evidencia de que el escritor uruguayo fue el mejor cronista de marginales rurales. “El viejo Andrada el domingo era un cuerpo muerto. Se entiende para el trabajo (...) Iba a visitar el monte, como otros iban a visitar un pariente o un amigo (...) Andrada iba al monte. A visitar el monte. A quedarse vaciado por las horas que hacían dar vuelta la sombra de los troncos, mientras la brisa rozadora de hojas movía las copas unánimes y los ojos se le iban poniendo pesados de mirar contra el cielo el vuelo de los bichitos.” Poco importa si era parecido a los hombres que observaba. Lo que impacta, el aguijón que clava a sus lectores, es un modo de mirar y de oír. Una mirada que se orienta hacia criaturas nómadas y sedentarias, relegadas a los estratos más bajos de la sociedad. El editor uruguayo Heber Raviolo (1932-2013) ha sido el más entusiasta y tenaz difusor de la obra de Morosoli en el sello Banda Oriental. “El nomadismo o el sedentarismo de estos seres no es un mero accidente de sus vidas. Son nómadas o trashumantes de alma. Sedentarios sin horizonte, de vida vegetal, enraizada en su pago, como Andrada, o nómadas sin reposo, sedientos de horizontes que no saben precisar”, advertía Raviolo en el prólogo a Cuentos escogidos.

Narrador, poeta y ensayista, Morosoli (1899-1957) nació y murió en Minas, donde vivió toda su vida. Hijo de un inmigrante suizo, de profesión albañil, su formación fue autodidacta. Sólo cursó dos años de la escuela primaria, que debió abandonar en 1909 para trabajar. Decir que fue un hombre orquesta quizá sea quedarse escaso de adjetivaciones. Vendió carbón, trabajó de mandadero, como mozo de café y, en ese trayecto ascendente en los modos de ganarse la vida, llegó a ser propietario de un almacén y barraca. Publicó el libro de poemas Los juegos (1928), pero con sus cuentos alcanzaría la primera línea de la literatura uruguaya. En 1932 publicó los relatos de Hombres, después continuaría con Los albañiles de “Los Tapes” (1936), Hombres y mujeres (1944), el relato para niños Perico (1945), la novela Muchachos (1950) y póstumamente los relatos de Tierra y tiempo (1959) y El viaje hacia el mar (1962), entre otros títulos. La coloquialidad de sus cuentos hacía que el propio escritor se calificara de “artista cimarrón”, un narrador que leyó a William Faulkner, Joseph Conrad, Sinclair Lewis, John Dos Passos y John Steinbeck, por mencionar algunos de los más significativos dentro de la tradición anglosajona, a la que habría que sumar varios nombres de la literatura latinoamericana, como Rómulo Gallegos, Ciro Alegría y Jorge Amado. César Aira da en el blanco de este narrador uruguayo, a quien podría adosarse las etiquetas de lo “secreto” y lo “culto”, comodines de la lengua cuando un creador es tan “original” que no hay estantería donde ponerlo. “Morosoli es un autor tan extraño como genial; también es infinitamente discreto y su genio, tanto como su esencial extrañeza, pueden pasar desapercibidos. Puede parecer un criollista de los tantos que hubo en Uruguay. Apenas más diestro que otros en la redacción de breves cuentos de sentido suspendido, que más parecen comentarios sobre personajes curiosos del campo y de los pueblos. Sus peculiaridades son como un regusto para lectores meditativos”, afirma Aira.

Hay en la obra de Morosoli una exaltación del hombre, pero no es el héroe corajudo, cuchillo en mano. Los personajes de Morosoli son solitarios, parcos, hombres y mujeres entrenados en el “arte” de juntar silencios. “Andrada y el monte se entendían en silencio. En el silencio hablaban solos”, se lee en “Andrada”. En “Los albañiles de ‘Los Tapes’”, cuando el peón Nieves se encuentra con Ramona el narrador revela: “Se dieron la mano. Bastó para que los dos se quedaran callados. Y como asustados de estar solos en aquella tremenda soledad llena de sol. Gustosos y llenos de angustia”. Otro ejemplo es Juan Artola, el protagonista de “Montaraz”: “Artola era muy cerrado de trato. Cazador de oficio en ‘la época e’la perdiz’, cazaba también ‘de montaraz’, haciendo zafra de cueros silvestres. Esto lo había hecho poco conversador, pero en cambio su conversación era muy apreciada porque ‘era conversación con más güeso que carne’”. Los tipos humanos morosolianos tienen el aplomo un poco oscilante de quienes están irremediablemente condenados a la extinción o, como dice uno de los personajes, la única tierra que tienen es el camino y el cementerio. “Los que no queremos –o no podemos, por propia determinación o por incapacidad– superar el realismo nos conformamos con el convencimiento de que aquellas narraciones que muestran, describen y apresan el acontecer y el tiempo de algunas criaturas, las detienen en la vida salvándolas de la muerte (...). Vivirán esas criaturas precisamente por haber muerto, y por esta muerte que les damos los narradores es posible su resurrección (...). Lo notable es que de su resurrección dependeremos nosotros, que fuimos quienes les matamos y al matarles les creamos. Si no, ¿quién recordaría a quien no fue sino una cifra hasta el momento de morir y luego ya ni esto siquiera? (...) De lo que podríamos llamar relatos documentales, varios de ellos pertenecen a un pasado cercano. Describen oficios –de alguna manera hay que llamarles– que ya no se practican. Ellos son el estaquero, el galponero, el retobador, el tropero de pavos, el achurero, las mortajeras, la rezadora, el changuero y otros”, explicaba el escritor uruguayo en uno de los artículos incluidos en La Soledad y la Creación Literaria (1971).

El campo incluye la nouvelle o cuento largo Los albañiles de “Los Tapes”, considerada su obra maestra, la historia de una amistad que empieza y termina mal entre Nieves y Silveira en medio de un campo frío, hostil, un paisaje brutal que más temprano que tarde enferma y vence al hombre que intenta adaptarse. La imitación fonética del lenguaje hablado –una característica inicial del estilo Morosoli que se irá acentuando– es extrema: “Estos campos deshacen a cualquiera... Lo q’ hay es q’uno no se da cuenta”. La consecuencia de este coloquialismo, de ese estilo de raíz oral, para Heber Raviolo, “es una especie de desbordamiento de giros y expresiones populares que sobrepasando los diálogos, se instalan en todo el relato, inclusive a través de formas ortográficas incorrectas”. El cazador de “perlas lingüísticas” –que no dejan de ser construcciones, una tentativa de captar algo del pulso de esa oralidad– sentirá un infinito placer visual y sonoro ante la abundancia de formas como “prosiar”, “corcovió”, “charquiada”, “pleitiando”, “rumbiar”, “enojao”, “cuchiyo” y “sestiaban”. La particularidad del lenguaje, esta excepcionalidad en la forma, es lo que hace del escritor uruguayo un “raro” o un “vanguardista discreto”, como se señala en el texto de contratapa de la antología publicada por Mardulce. La “andadura” de la frase tiene un ritmo cansino, cortado, frases breves y al hueso de una entonación que suena rural. El silencio está imbricado con el modo de materializar lo narrado, como si la ausencia de palabra, al fin y al cabo, detuviera el tiempo. En su ensayo “Minas, el hombre y el paisaje”, fundamentaba esta elección en el hombre recio que él auscultaba en su ámbito: “Un tipo de pupila dura que ignora la gracia de contemplar porque otea y no mira, penetra y no acaricia. Y da el lenguaje que le acomoda. Frases cortas y punto. Adjetivo y punto y silencio. Y otra vez el silencio, al que desciende y hurga, y revuelve y revisa. Buscando encontrar la verdad dura de la palabra. Asombra la conversación de estos hombres por la sobriedad angustiosa de palabras y la profundidad de sus silencios. Tras la palabra cae el silencio, que el que oye une a la palabra y penetra y descifra, encontrando recién el pensamiento desnudo”.


Detener el tiempo es una faena que en manos de Morosoli adquiere un vuelo poético tan descomunal que dejará a unos cuantos boquiabiertos. El paisaje rural adquiere la densidad de lo trágico sin énfasis ni subrayados. “A Cóppola estos viajeros apretados hacia adentro, que no tenían movimientos vivos ni prisa, a quienes la lejanía iba limando a medida que marchaban, le producían una angustia terrible, una sensación de que iban tranqueando hacia la muerte, que a lo mejor era sólo eso. Un irse limando, gastando como una piedra en la corriente de un arroyo.” Sin embargo, conviene aclarar que estas criaturas morosolianas, a pesar del desamparo y la fragilidad, se aferran al hecho de vivir, como sobrevivientes de un naufragio perpetuo. “El campo”, el cuento que da título a la antología, es acaso el que mejor ilustra este asunto por el modo en que presenta al personaje desde el inicio. “El negro Sabino se consideró siempre un hombre feliz (...) l era feliz porque allí tenía todo lo que se necesitaba para ser feliz, según su propio pensamiento: yerba, carne, tabaco y caña.”

Un periodista le preguntó a Morosoli, en 1933, por el concepto que tenía de la poesía. “Yo sentía el gusto de las pescas en el arroyo y la emoción de rajarle la cabeza a un pájaro de una pedrada. Vivía lo que hacía sin darme cuenta. A los veinte años lo conté. ¡Y me dijeron que era un poeta! ¿Cómo puedo, siendo así, tener concepto de lo qué es poesía, definirla?”, respondió el escritor. Raviolo enlazó esta respuesta con los versos finales de un poema de Morosoli, “Balbuceos”, como una manera de entender la poesía y, también, la narrativa de este gigante uruguayo, en más de un sentido: “... hallo las levaduras de mis cantos/ en las fatigas de las lavanderas,/ el penoso traquetear de las carretas/ y en el ladrar nocturno de los perros./ Creo que hay en mis versos/ un poco de emoción y un poco de ‘eso’/ que las tardes diluyen en el cielo del pueblo”.

 

Titulo: "Novedades" de Buenos Aires: Wilcock y Morosoli
Autor: Edmundo Paz Soldán
Fecha: 18 de Mayo de 2015
Fuente: La tercera, Blog de Edmundo Paz Soldán


La semana pasada estuve en Buenos Aires y conseguí dos de las “novedades” más interesantes que proponen las editoriales argentinas, a tiempo para la Feria Internacional del Libro que se inicia este fin de semana. Estas dos grandes “novedades” son en realidad recuperaciones que merecen atención.
Una de ellas es la de Rodolfo Wilcock (1919-1978), un escritor “raro” que muchos todavía piensan como una invención de Bolaño. Es cierto que para escribir La literatura nazi en América Bolaño se inspiró en ese genial texto de Wilcock que es La sinagoga de los iconoclastas. Pero Wilcock no se agota ahí, y lo prueba El caos, el libro de cuentos que reedita La bestia equilátera con su acostumbrado buen ojo. Wilcock, que emigró en la década del 50 a Italia, publicó primero el libro en italiano, en 1960; la primera edición en español es de 1974, y en ella buena parte de los textos originales fue reescrita.
La nueva edición de El caos agrega cuatro textos a la de 1974. Un libro movedizo, como tiene que ser, pues la constante de Wilcock es la inconstancia. La fiesta de los enanos, uno de los mejores cuentos, comienza con esta frase: “La señora Marín vivía sola con dos enanos, que físicamente más que personas parecían animales, aunque desde el punto de vista intelectual hubiera sido difícil imaginar compañía más agradable”. A partir de ahí, todo se desordena -las frases, la trama-, y Wilcock parece un Aira en esteroides, burlón, vertiginoso, aplicado en su método de entregar, como dice el narrador de El caos, “el azar, la intrascendencia, la confusión y la continua disolución de las formas en la nada para dar origen a nuevas formas igualmente destinadas a la disolución”. Otros cuentos muy recomendables: La casa y Los donguis (el favorito de Borges y Bioy Casares, que lo incluyeron en su Antología de la literatura fantástica).
Si Wilcock es carnavalesco, el ethos del uruguayo Juan José Morosoli (1899-1957) es completamente opuesto. La editorial Mardulce ha armado El campo, una antología de su obra que sirve de carta de presentación, pues este escritor no es muy conocido fuera de su país. Quien crea que una narración avanza sobre todo en base a diálogos debe darse una vuelta por este libro. Los personajes de Morosoli no saben qué decirse cuando se encuentran, y cuando están solos la cosa se complica aun más: “Salía poco Correa. Sentado contra la pared miraba y miraba el campo en un desesperado diálogo con el silencio. Ya no solo se preguntaba cosas a sí mismo. A veces las preguntas se las hacía al campo que lo torturaba con su mutismo, con su presencia quieta y desafiante. O era el propio campo que se dirigía a él…” Son gauchos existencialistas, hastiados de la vida, buscando fugarse de sus responsabilidades.
El trabajo de Morosoli con la oralidad -los dichos locales, las contracciones, palabras como “pocaprosa”- ha hecho que se lo vea como un escritor costumbrista. Algunos de los textos incluidos en este volumen, más retratos de personajes del campo uruguayo que cuentos -La rezadora, por ejemplo- corroboran ese aspecto de su perfil. Pero Morosoli es más que un costumbrista en la mayor parte de su obra; la callada angustia que roe a sus personajes va más allá de una especificidad regional. Andrada, El campo, El perro, Dos viejos y El compañero son los mejores cuentos del libro.
Así vamos. A veces las mejores novedades han sido publicadas hace mucho y solo es cuestión de que un buen editor nos las redescubra.

@edpazsoldan

 

Titulo: Un minuano entre la porteñada
Autor: Valentín Trujillo
Fecha: 18 de Mayo de 2015
Fuente: El obervador


Uno de los puntos destacados de esta edición de la Feria del Libro de Buenos Aires para la literatura uruguaya es el desembarco, humilde y silencioso, pero firme y potente, de Juan José Morosoli.La editorial Mardulce, que integra esa camada de casas de edición independientes de Buenos Aires que marcan en varios sentidos la agenda literaria de la ciudad y por ende del país todo, fue quien se animó a imprimir al enorme escritor minuano en tierras argentas. El libro en cuestión es una antología de cuentos reunidos bajo el título El campo, con el cuento homónimo que abre la selección.Aunque sorprenda, Morosoli es un autor muy poco conocido en la otra orilla del Plata. Editado entre fines de la década de 1950 y principios de la década de 1960 en Montevideo por la editorial Banda Oriental, el narrador minuano nunca tuvo una presencia dentro del conjunto de escritores uruguayos que podían destacarse en las marquesinas porteñas, como Florencio Sánchez, Horacio Quiroga, Juan Carlos Onetti o, más actualmente, Mario Benedetti y Eduardo Galeano.Pero por la naturaleza de sus cuentos y por un tema cronológico tampoco integró esa suerte de nuevo desembarco uruguayo en Buenos Aires que se produjo hace poco tiempo, a través de autores como Mario Levrero, Armonía Sommers, Felisberto Hernández y Marosa di Giorgio, entre otros.¿Cómo se produjo entonces el contacto entre Morosoli y el lector argentino? Como en todo, las gestiones humanas son fundamentales. El poeta argentino Ignacio Di Tullio tiene varios amigos uruguayos, algunos de ellos escritores. Fue a través de ellos, de los múltiples cruces del Río de la Plata y de la asistencia a Minas cuando Damián González obtuvo el premio Morosoli de narrativa en 2009 que trabó contacto con la ciudad, con el contexto del autor e incluso con sus hijas, presentes en la ceremonia.



"El campo", el libro de cuentos de Juan José Morosoli editado por Mardulce
Allí estaba también el mítico editor de Banda Oriental, Heber Raviolo. Di Tullio queda prendado de la literatura de Morosoli y se sorprende de lo insólito de su desconocimiento en Argentina. Las ideas empiezan a cuajar.En el verano de 2010, Di Tullio viaja a Montevideo, pasa por la sede de Banda Oriental en la calle Gaboto y le dice a Raviolo de su intención de publicarlo allende el río.“A partir de entonces, me pongo en campaña y entro a llamar y a golpear puertas. Cuenco del Plata y Eterna Cadencia, me dicen que no, que no les interesa un autor ‘criollista’. Bajo la Luna me dice que sí, pero se demoran y patean para adelante las cosas, y el libro nunca sale. Mi argumento era que, siguiendo el interés de las editoriales argentinas por ediciones y reediciones de autores uruguayos, Morosoli no podía quedar afuera”, explica Di Tullio.En la contratapa de un suplemento cultural del diario Perfil, Di Tullio encuentra un artículo elogioso sobre Morosoli del periodista y editor Damián Tabarovsky. “Me llamó la atención porque era lo primero que leía sobre Morosoli en la prensa argentina. En ese entonces Tabarovski era editor de Interzona. Consigo su correo y le escribo contándole mi promesa a Raviolo. Me dice que le encanta Morosoli pero que el perfil de la editorial no da con el autor, y que a la larga me va a llamar para publicarlo de alguna manera”, agrega el poeta gestor.Pero, en medio de estas tratativas, fallece Raviolo en noviembre de 2013. Menos de un año después, a mediados de 2014, Di Tullio se entera de que Tabarovsky cambió de editorial, que está en Mardulce, y de que tiene intención de publicar al minuano. Lo pone en contacto con Alcides Abella, editor de Banda Oriental, quien tiene los derechos, y realiza una selección de los cuentos. Los cables ya están atados.El otro día paseando por la feria me encontré con El campo.

El libro resumía así un explícito homenaje a uno de los narradores más importantes del siglo XX en Uruguay y un implícito pero emotivo homenaje a la figura de Raviolo, impulsor de la obra de Morosoli.

 

Titulo: A un dios vernáculo
Autor: Gabriel Bellomo
Fecha: 12 de Mayo de 2015
Fuente: Perfil


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