prensa William Hazlitt, William M. Thackeray, Oscar Wilde, Virginia Woolf
 

Titulo: La insolencia como arte
Autor: Felipe Fernández
Fecha: 14 de Marzo de 2016
Fuente: ADN Cultura, La Nación


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Titulo: Textos ingleses sobre lo dandi, la apariencia, el esnobismo
Autor: Rosalía Baltar
Fecha: 09 de Marzo de 2016
Fuente: Reseñas/CeLeHis


El dandismo es un invento inglés que fue
llevado a su máxima expresión por los
franceses. La editorial Mardulce sacó para
nuestro deleite una serie: primero, ensayos
sobre el dandismo francés –prologada
impecablemente por Alan Pauls– y ahora,
un conjunto de escritos sobre el dandismo
inglés, precedido por las palabras de
Edgardo Cozarinsky. Por su parte,
Ediciones Godot ha publicado un pequeño
libro de maravilla con dos conferencias de
Oscar Wilde, por primera vez traducidas al
castellano: “Las artes decorativas” y “La
filosofía del vestido”. Con estos tres libros
se arma un campo semántico en torno a la
moda, el gusto, la tradición, la sociedad y
el individuo. En esta ocasión, me detendré
sobre la parte inglesa del dandismo.2
De la selección de Mardulce se
pueden extraer ciertas modalidades de
aparición del dandi en la escena social: un
dandi por exceso –Wilde, por ejemplo,
exhibiendo algo en el vestir, un clavel
verde, que opera como provocación–, el
dandi por carencia –el verdadero dandi: un
dandi que con menos hace más, que no
muestra sino retacea–; el dandi fallido,
maestro de muecas de dandismo
desafortunado. Excepto el texto de
Virginia Woolf, que toma de lleno la
figura de Brummell, los ensayos aquí
compilados registran una actitud sesgada:
no se refieren en forma directa a la figura
del dandi, sino a cuestiones que se asocian
con ser o no ser en sociedad y con los
modos de establecer legitimidades en un
medio social.
Dinero, libros nuevos y otras cosas
desagradables
William Hazlitt (1778-1830), un crítico
literario inglés, famoso en el mundo sajón,
ícono de la crítica británica y revitalizado
por las hilarantes novelas de David Lodge
–en las que se convierte él mismo en
objeto de estudio de uno de sus
protagonistas–, escribe sobre el dinero, la
lectura de libros nuevos y la gente
desagradable. Un dandi, concluimos, no
tiene otra alternativa sino la de vivir en la
holgura económica y en medio de deudas.
El problema del dinero está enfocado en la
perspectiva del intervalo: es la angustia de
aquel que lo ha gastado todo, pero que no
ha perdido la ansiedad por seguir gastando.
Con respecto a los libros nuevos el
crítico focaliza en sus lectores. Los libros
nuevos, entendidos como aquellos que
salieron ayer, permiten erigir en jueces y
críticos con facilidad a sus lectores, puesto
que no hay palabras previas a las que
considerar; se convierten en accesorios
después del acontecimiento. Y afirma: se
lee para charlar y dogmatizar. Para Hazlitt,
el culto a lo recién salido como lo nuevo es
un culto que desacredita a quien lo ejerce.
Y se pregunta: ¿no hay libros antiguos que
a mis ojos son nuevos ya que nunca los he
leído? ¿Qué interés revestiría lo recién
aparecido toda vez que varios clásicos se
encuentran sin abrir siquiera? Es
indudable, concluyo, que un tipo de dandi
gustará del efecto de “estar al día”,
mientras que otro remitirá a lo excéntrico
de leer lo que todavía no ha sido abordado.
Por último, Hazlitt se centra en la
gente desagradable. Focaliza la cuestión
en aquella gente que todo lo invade en lo
cotidiano y con la que establece una
taxonomía episódica que va al encuentro
de cualquiera en la vida corriente: los
arribistas, los tremendistas, los violentos,
los acomodaticios. La gente desagradable
es lo contrario de quienes viven en
sociedad para hacer de ésta un mundo, sino
mejor, al menos soportable. Huir de los
desagradables –de los quejosos, los
sombríos, los mezquinos– se convierte en
un imperativo de la vida social.
Virginia Woolf tras el gesto dandi
Virginia Woolf define a Brummel como el
arte específico de hacer el nudo de la
corbata a la perfección. Una de las
condiciones del personaje es que permite
determinar los límites de los otros.
Brummell es un sujeto narrado pero en la
narración de Brummell conocemos al
narrador, ya que la tendencia es la
exageración en la anécdota, en desmedro,
dice Woolf, del equilibrio de gestos, actos
y movimientos del auténtico dandi.
Leyendo el ensayo de Virginia Woolf
tenemos la idea de que Brummell, aún
mucho antes de que se convirtiera en un
pobre raído, sin dinero ni decoro, estaba
condenado porque no vivía de sí, sino de
la voluntad de la sociedad inglesa que, por
esnobismo o desidia, lo mantenía
embalsamado. Ocurrió lo que a Werther al
acercarse al bello cadáver de Carlota: vio
un leve punto de corrupción (Barthes,
Fragmentos de un discurso amoroso,
1977) y la misma sociedad que lo había
entronizado, lo pulverizó,
desintegrándolo, borrándolo. Mantuvo,
eso sí, la parte de ella que armaba el mito
Brummell, esto es, su relato.
Oscar Wilde y sus retratos de sociedad
Un tema de las conferencias de Wilde en
Estados Unidos es el lugar del artesano en
la producción del arte, de las artes
decorativas. Si bien el artesano “depende
del placer y la opinión” del público, en
realidad, la clave de su hacer está en el
valor y el goce que esa práctica pueda
generar en sí misma y que lo lleve a poner
el alma y el corazón al momento de
realizar un objeto bello, algo que ninguna
maquinaria concretaría. A lo largo de las
sesenta ciudades que Wilde recorre
durante su estancia en Estados Unidos
descubre lo feo y la falta de estímulos y de
exposición a lo bello en los artesanos:
Donde quiera que fui, vi papeles
murales malos, horriblemente
diseñados y alfombras coloreadas y
aquel viejo ofendedor, el sofá de crin de
caballo, cuya apariencia de
imperturbable indiferencia resulta
siempre tan deprimente. Vi candelabros
insignificantes y muebles hechos a
máquina, generalmente de madera de
rosa que chirriaban estridentemente
bajo el peso del omnipresente
entrevistador. Me topé con la pequeña
estufa de hierro a la que siempre
persisten en decorar con ornamentos
hechos a máquina, y que es tan aburrida
como un día lluvioso o como cualquier
institución particularmente espantosa
(151).
La lectura interesante de Wilde se
centra en el obrero; él, el que hace las
piezas, debe estar rodeado de espacios
hermosos, de paisajes y estímulos que lo
motiven a realizar su trabajo en esos
términos. En sentido contrario, las artes
decorativas, como el vestir, hacen a las
obras de arte. Son dos espacios de mutua
retroalimentación (...)