prensa Pablo Maurette
 

Titulo: La vida secreta de los sentidos
Autor: Valeria Tentoni
Fecha: 30 de Setiembre de 2016
Fuente: Blog de Eterna Cadencia


La última carta que Charles Darwin escribió data de 1882. Nueve días antes de morir, se dirigió a un investigador en botánica para pedirle le haga llegar un puñado de semillas de cierta planta en la que estaba interesado: "De este modo, podré tener el gusto de verlas florecer", rogaba. Para entonces, Darwin ya había publicado El origen de las especies hacía más de veinte años y se había convertido, por supuesto, en un tótem de la ciencia. La línea con la que arranca esa última misiva, sin embargo, lejos está de bajar rodando desde las alturas: "Distinguido señor, confío sepa disculpar la libertad que, siendo un extraño, me tomo al solicitarle un favor", comienza.

La epístola recuerda, por acercarle un caso local, a la amorosísima carta de Luis Alberto Spinetta dirigida a su luthier con especificaciones para su próxima guitarra —un manuscrito repleto de porfavores, sinofuesemolestias y siesposibles, amén de sus dibujos exquisitos—. Lo que refuerza una sospecha: las inteligencias maestras se mueven con saltos humildes. A veces, incluso, hasta dar la vuelta carnero completa, como da la impresión era el caso Borges.

"¿Que en el planeta Tierra existe tan sólo un 0,3 por ciento de vida animal, frente a un 99,7 por ciento de vida vegetal? Pues bien, entonces las plantas son los seres dominantes, mientras que la presencia de los animales es puramente testimonial". Y nosotros (incluídos Darwin, Spinetta y Borges) vendríamos siendo, claro, parte de ese conjunto minoritario: los animales. Pero las plantas, como esas otras inteligencias superiores, no necesitan andar a los gritos para hacérnoslo saber. Total, también se tienen guardadas muchas otras cosas, como que nos superan por quince en el número de sentidos para asegurarse la supervivencia en el cosmos. Quizás su reticencia provenga del maltrato recibido por nosotros, los humanos, desde que caímos sin invitación hace unos doscientos mil años a su redondo hogar. Hay afrentas antiguas, como la acusación por parte de Aristóteles de ser apenas portadoras de “almas de nivel bajo”; prohibiciones medievales (“junto con las brujas, también el ajo, el perejil y el hinojo fueron sometidos a procesos”) y —por qué no exagerar si exagerar es tan lindo— ahora mismo los veganos las mastican en la convicción más impenetrable de que están salvando, así, otras vidas. ¿Vidas más vivas?

Las plantas han tenido que soportar demasiado. Ese ejército verde brillante (“el único recurso de que disponemos para descontaminar el planeta”, ejem) que incluye ejemplares “capaces de capturar y matar incluso a mamíferos de pequeño tamaño” y trampas para insectos con las tecnologías de suavidad más sofisticadas de la Tierra, mantiene su victoria en silencio, que es el modo más astuto de permitirse algún grado de orgullo.

Hasta en eso nos aventajan.

"Recién estamos empezando a comprender el lenguaje de las plantas", decían en el mítico documental de 1978 musicalizado nada más y nada menos que por Stevie Wonder. Se ve que todavía no hemos terminado.



Todos los datos maravillosos hasta aquí extraidos y muchos más vienen del mismo libro que trae el tesoro de la carta de Darwin en una de sus notas al pie. Lo escribieron dos italianos (cuándo no los italianos escribiendo lo que vale la pena leer): Stefano Mancuso, autoridad en el campo de la neurobiología vegetal, y Alessandra Viola, periodista científica. Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal (Galaxia Gutenberg) es un volumen lleno de informaciones increíbles que son presentadas con movimientos ágiles y envolventes. Al igual que en ese otro libro magnífico y felizmente bestseller, Una breve historia de casi todo, la pluma periodista aceita el transbordo de ideas hacia la atención del lector, embarcación intermitente si las hay. Traducido al español por RBA Ediciones, se trata de una suerte de biblia para esa otra fe que es la curiosidad.

Bill Bryson, su autor, comparte oficio con Viola, vocación nómade con Darwin y gracia escritural con Pablo Maurette, autor del tercer y último libro que se mencionará en esta nota (promesa): El sentido olvidado, ensayos sobre el tacto, publicado por Mardulce, cuya segunda edición acaba de llegar a librerías argentinas. Maurette escribe muy bien: da mucho placer leerlo, dejarse arrastrar por él. No es periodista, es otra cosa: Licenciado en Filosofía, profesor de Literatura Comparada y traductor, entre otras actividades que detalla la contratapa. Pero, igual que los mencionados, además de quedar dentro de ese conjunto minoritario y enclenque que componemos seres humanos dentro del conjunto mayor de los animales, está a su vez dentro de un conjunto todavía más reducido: el de los afectos al asombro.

¿Qué decir si no de alguien capaz de rastrear y enhebrar un dato como este: “La piel es el órgano más vasto y complejo del cuerpo humano. (…) En un adulto promedio de alrededor de setenta kilos, la piel tiene una extensión de unos dos metros cuadrados y pesa cerca de tres kilos”? Maurette escribe eso antes de escribir esto otro: “La piel es la frontera infranqueable que a un tiempo nos separa del mundo y nos conecta con él”.

También viene Aristóteles, en su ensayo, a decir cosas: a distinguir por primera vez los cinco sentidos humanos y a preguntarse si el tacto es uno o varios de ellos. Su duda antiquísima interesa al argentino en tanto puente para pensar uno de los elementos clave de El sentido olvidado: lo háptico, “la única variedad del sentir que no está localizada en un punto y órgano específico del cuerpo. Se desarrolla en la interioridad insondable y se despliega en cada músculo, órgano, ligamento, a través del sistema circulatorio que late al ritmo del corazón por toda la piel y en el núcleo afectivo de la vida”. Y lo háptico –que Maurette aprovecha como aventón para pasear por corredores inesperados, que pueden dejar al lector frente a una lectura de Moby-Dick o una teoría del beso– nos interesa también a nosotros, ahora. Porque si atendemos a ese desarrollo, a la idea de que el tacto “es el único sentido que se desdobla”, podría decirse entonces que es ése el sentido el que más nos acerca a las plantas.



“Su cuerpo está construido a partir de una estructura modular, en la que cada parte es importante, pero ninguna del todo indispensable”, escriben Mancuso y Viola para explicar, entre otras cosas, por qué nos diferenciamos de las plantas que no son, como nosotros, individuos, seres indivisibles. “En las plantas, las funciones no van ligadas a los órganos”. Tampoco los sentidos, que ascienden como ya se avanzó a ¡veinte!, contra nuestro pobre quinteto. Sensibilidades difusas, las plantas oyen por las vibraciones, ven gracias al fototropismo y así siguiendo en un sistema de complementos y encastres: sus sentidos, al igual que los nuestros, se prestan servicios entre sí. Lo mismo que tacto es, explica Maurette, también cuando sentimos retortijones en la panza. Alguna noticia de la cualidad difusa que lo vital ostenta hermana, a su manera (esta manera, digamos), estos libros que sugerimos leer en sistema para realzar su sabor, igual que se recomiendan ciertos vinos para ciertas carnes.

“El mundo es un carnaval de lo particular y de lo irregular, un bazar de texturas únicas e irrepetibles que se conoce cuando se lo habita y que se navega con el cuerpo, generalmente a tientas”, escribe Maurette. Y en ese carnaval, “el amor llega incluso a las plantas”, como dejó dicho el sueco Linneo a principios del siglo XVIII. La cita es del libro de Bryson, pero el botánico también tiene su cameo en el de Mancuso y Viola. Entre sus preocupaciones principales estaba la de la sexualidad vegetal: “Agrupó las plantas según la naturaleza de sus órganos reproductores y las dotó de un apasionamiento fascinantemente antropomórfico”, detalla Bryson.



¿Por qué no pensar que puede haber también una botánica del amor? “Extraños matrimonios premeditados por el viento”, como se desliza en el corto francés que queda de cierre. El reino vegetal, con su “sensibilidad tímida”; un reino al que de algún modo pertenecemos también los seres humanos cuando dejamos que nos reine, a nuestra vez, el sentido del tacto, el sentido olvidado.


 

Titulo: La piel del ojo rebelde
Autor: Omar Genovese
Fecha: 14 de Marzo de 2016
Fuente: Revista Replicante


En El sentido olvidado, ensayos sobre el tacto, de Pablo Maurette (Buenos Aires: Mardulce, 2015) se interroga a ese lector que llegó a la madurez y en el cual la alquimia de la memoria se devasta contra el oportunismo destructivo de la experiencia vital. Digo: mi biblioteca perdida del primer matrimonio llora desconsolada sobre el hombro de mi actual. En la Babel insurrecta que es el sueño de haber leído algo mientras se lo lee nuevamente, Maurette insiste con que él lo leyó de otra manera. Tiene un espéculo, una forma del espejo irredento, clínico e íntimo, una herramienta atroz, que reclama en el lector (ahora sí, todos juntos, interpelados) que piense si lo que leyó es un sueño de lo leído o la pesadilla de su consecuencia. Qué difícil la memoria para sobrevivir a la muerte. Acaso la muerte piense que nuestra memoria debe ser representada como un friso inmóvil y a la vez inestable. Y en ese lugar indómito, tal vez incógnita infinita, es donde medra la filosofía. Tal vez, es una posibilidad, cuando no quede mirada alguna para dar cuenta —dar número o testimonio de una contabilidad inabarcable— de este vacío mismo que es concluir un párrafo asombrado por la letra misma que se desarrolla a pesar de nuestra sabiduría inútil. Para cerrar parte del círculo inacabado: la experiencia de vida, siempre incompleta, más cercana al suicidio que a otra imagen contundente.

Vayamos de la cola de la serpiente hacia los colmillos, la parte nutritiva del veneno definitivo en la serpiente literaria, en este caso, representada por el ensayo o, cómo definirlo, el libelo desestabilizador de los sistemas vigentes del universo académico estable. El sentido olvidado concluye con Kafka sobresaliendo con su En la colonia penitenciaria (o En la colonia penal), donde la máquina del castigo que inscribe el delito falla desmadrando el dolor seguido de muerte, aludiendo al infinito del párrafo anterior, o sea, al dolor absoluto como indecible. La tradición puede que ya no exista, es más, la tradición ha muerto hace treinta años con Borges, él supo constituir el universal a pesar de una lengua indómita y rebelde, pero rebelde en la ignorancia supina, que se enuncia a sí misma en un territorio por la violencia cíclica, vale decir, el decreto del salvaje asesino sin castigo posible, algo peor que lo impune. Y ahí intervino Tadeys (o Vomir), esa novela póstuma, oculta, de Osvaldo Lamborghini. Que no puso orden, todo lo contrario, especuló (como espejo inflamado) sobre un Renacimiento que América del Sur evitó tener no sin astucia malvada, o que no supo a secas.

Creo que Maurette no lo menciona, o sospecho que lo sugiere, pero de sus afirmaciones se deduce que la primera piel es la placenta que nos recubre mientras crecemos en el vientre materno. Se trata de un globo autosuficiente. Es el universo ínfimo, vital y eterno, que en nueve meses concluye la obra para desarrollar nuestras capacidades como especie.
Como lector interrogado, entonces remito a una duda referencial —y esto es ejemplo de lo que Maurette desata—. Con Luis Chitarroni siempre nos preguntamos sobre la similitud entre En la colonia penal (publicada en alemán en 1919) de Kafka e Invitado a una decapitación (titulado así por Alianza Editorial, publicada en 1938) de Nabokov. Y especulamos que el texto de Kafka fue leído en alemán por Nabokov en su primer territorio de exilio para de ahí evocarlo en un supuesto homenaje en el suyo propio. En sí, Nabokov le robó a Kafka, así de simple, fue la conclusión en San Telmo, Buenos Aires, en ese barrio malevo y tan de Borges como el olvido del filo de un puñal, allá por 1985. Digamos que Nabokov sufrió el justo sable de su indisimulable ego puesto en acto. Pero esto es un dato menor. Maurette supera estos detalles; vayamos, entonces, a la verdad del texto en cuestión, al “librito” —como lo llama Burucúa en el prólogo que es un colofón asombrado—, en esta serie desordenada de anotaciones, única anamorfosis posible.

Creo que Maurette no lo menciona, o sospecho que lo sugiere, pero de sus afirmaciones se deduce que la primera piel es la placenta que nos recubre mientras crecemos en el vientre materno. Se trata de un globo autosuficiente. Es el universo ínfimo, vital y eterno, que en nueve meses concluye la obra para desarrollar nuestras capacidades como especie. La madre sería una única burbuja ideal, externa, que perdimos para siempre. Un dirigible sin posibilidad de vuelo, un contenedor donde todo estaba por ser, no sin el riesgo de muerte. Esto significa que cada página de El sentido olvidado es un disparador de posibilidades. Además, reflejo de nuestros saberes que murmuran en duda —o desesperan en las llamas de la conjetura—.

La filosofía es una actividad tan original como primaria. Si pensamos en qué forma logramos articular las ideas, esa materia —o fundación retrospectiva— es tan inconstante como dinámica. La filosofía, entonces, es la instancia del estilo que duda sobre si su actitud (y aquí la gestualidad, posición del conjunto piel con su relleno ordenado) es filosófica o banalidad circunstancial.

La identidad de la piel es el camuflage del sujeto, una pátina prestada por el saber y que puede diluirse en lo social como negación del individuo, hoy un fenómeno habitual en la extrema piratería de Estado Islámico. Y es aquí donde se convoca a la literatura como salto de la superficie a la página (esa otra piel fabricada para la reproducción infinita e insomne). Entonces, ¿es factible la crítica a un texto que desampara los argumentos del goce? Esa noción de tormenta conceptual, de cataclismo del pensamiento, apunta a una iluminación inevitable. Pero esta luz evade lo religioso así como la promiscuidad de la universidad (su ostracismo en el claustro especializado), por eso la aspiración de ESO es universal.

Los textos borgeanos —al estilo de…— son poco habituales en nuestra literatura, la sombra del ciego (su tacto inmenso al tratar al lector con deferencia, haciéndolo partícipe del razonamiento sin humillarlo), remite al sabio, erudito, y no al diletante ahogado en una soberbia efímera. El concepto de superficie no euclidiana, el rizo de doble piel acude aquí como figura inquietante: las dos caras de una imposibilidad, algo que fascinó a Lacan quien murió mudo, dibujando en un pizarrón formas que pudieran explicar el todo y sus partes, hasta lo inasible en la muerte de sus pacientes últimos.

La constatación de los distintos universos filosóficos (el de Kant o el de Hegel), habla más —y el hablar, en este caso, no es un juego, y menos de palabras— remite al uso de una imaginación imprescindible, puesta en acto, para conjeturar el saber de todos los saberes, una imaginación literaria, por ende fantástica. La observación no es mía, sino del más grande escritor argentino después de Borges y Osvaldo Lamborghini. Me refiero a Pablo Farrés. Su materia, mal que le pese a los talleristas del buen escribir (universitarios y escolásticos del ego), es la filosofía: es profesor de profesores, algo así como un mago entre tahúres. Su universo es el de las ideas, esas que le sobraban a Philip K. Dick pese a un manejo insuficiente de los recursos literarios. O en todo caso, de una diversidad lingüística apropiada para tal propósito. Tal vez por ello el cine se hizo de él con tanta reproducción prolífica: los guiones completaron su falla, le dieron entidad trascendente. Pero regresemos sobre ese imaginar el universo: allí se constituye la literatura como fantasía absoluta. ¿Qué línea filosófica no recurrió a la imaginación? O peor: sobran los filósofos sin imaginación alguna, y así les fue… Algo que se puede apreciar con los escritores…

Los textos borgeanos —al estilo de…— son poco habituales en nuestra literatura, la sombra del ciego (su tacto inmenso al tratar al lector con deferencia, haciéndolo partícipe del razonamiento sin humillarlo), remite al sabio, erudito, y no al diletante ahogado en una soberbia efímera.
Las categorías de la enunciación de El sentido olvidado abren secuelas para que fluyan conceptos, relaciones entre ellos, que al decantar hacen al tiempo humano para especulación, puro gesto desesperado. En nuestra autopista actual, una especie de piel mutante que nunca termina de constituirse, también digital (háptica, dispuesta al tacto o a su falta social), el saber está aplanado por la falsa ilusión de reciprocidad democrática o igualitaria. El saber, como el pensar, son actividades que aspiran a lo aristocrático, así el sujeto niegue su origen para diferenciarse del todo, como si el todo no abarcara la mediocridad más absoluta, ágrafa, brutal…

Si en la piel curtida se ejerció la primer escritura, el siguiente rollo humano donde ejercerla es el continuo de un movimiento primitivo hacia el dejar constancia, elaborar una memoria porque el olvido es inminente, una amenaza. Entonces, podemos pensar que la segunda piel es la del lenguaje, mientras que la primera es aquella que perdimos en la placenta. Nuestra imaginación, entonces, es un mal recuerdo de una pérdida… Ahora, el lenguaje como membrana (mediadora) entre la imaginación y la materialidad háptica (la experiencia sensible), es una posibilidad para justificar la dimensión de la experiencia, de la sensación sufrida. En las formas plebeyas (incluso en los proverbios inmortalizados por Brueghel, el viejo) —digo inmortal, como la fotografía y la pintura dejaron el acto de representación para ocupar el lugar del pasado, a secas— se encuentra el magma de la resurrección de la duda: ¿qué era verdad entre tanto horror y terror esparcido entre aquellos que no tenían manejo del lenguaje? La educación, seamos sinceros, es un fenómeno joven, reciente. La humanidad, en toda su historia, fue básicamente ignorante, careció de acceso al conocimiento.

Tal vez Maurette no pensó —o no completó el argumento— sobre la noción de párpado, que es la piel que recubre al ojo, lo protege, le da brillo (lubricación) para seguir percibiendo. No olvidemos que el cine mismo se basa en el fenómeno del parpadeo, por el cual el ojo percibe como continuo un movimiento (por darle una cifra: 24 cuadros por segundo, pueden ser más, o menos, depende del formato fílmico o tecnológico). Por eso es atinente referir a este presente efímero e inestable (como el texto mismo de El sentido olvidado), por el cual lo “digital” (vale decir, lo háptico, el tacto en juego dinámico presente e inmediato) cobra relevancia en todos los ámbitos de lo humano. Al punto que podemos imaginar que en breve una pantalla digital reemplazará a todos los sentidos, o peor, los hará sentir satisfechos sin necesidad de alimento o de concretar un inevitable deseo. La noción de “dispositivo” incluye al de lectura, medio de comunicación (noticias), escritura, cámara (estática o en movimiento, con sonido), música y diálogo instantáneo. Esta intromisión en la privacidad, esta omisión arbitraria del silencio, invasiva de la individualidad del sujeto, enciende una alarma en el campo simbólico: con tres sentidos ensimismados, tecno formados, la deriva es el ostracismo sin paisaje, es el oprobio de la miseria individual sublimada.

Maurette abre el camino para una serie de cinco libros, uno por cada sentido. Y el misterio para el sexto: donde pueden confluir el horror, el misterio, la maldición, y ese andamio en el que transita la vida al borde del abismo, me refiero al destino. Vuelvo al prólogo de Burucúa. Allí refiere a la colaboración entre Rubens y Brueghel, el viejo. Algo así como un esfuerzo para salir de una época oscura, pérfida y criminal. Hoy vivimos la iluminación exagerada, en demasía, al punto que el atardecer es un suceso sin importancia, que carece de potencia para emocionarnos.

Tengan cuidado. El último amanecer no se anuncia, solamente ocurre. ®

 

Titulo: Un mundo de sensaciones
Autor: Pablo Maurette
Fecha: 05 de Marzo de 2016
Fuente: Revista Ñ


Pablo Maurette es un joven filósofo argentino que se licenció en la UBA y se doctoró en Carolina del Norte. Desde hace varios años reside en Chicago, donde da clases de Literatura comparada. Sus ensayos incluidos en El sentido olvidado revelan, además de una vasta erudición, una sensibilidad literaria que permite al lector no iniciado ingresar en sus páginas como quien se embarca en la lectura de una novela de aventuras.

–Estos ensayos, ¿hacen una lectura de los sentidos a contrapelo de la academia?
–En cierta medida ellos son el lado B de mi tesis de doctorado, cuyo tema fue el sentido del tacto en la cultura del siglo XVI. Es una lectura de los sentidos a contrapelo de la academia porque el ensayo mismo como género está a contrapelo de la escritura académica. El proceso de balcanización del conocimiento, en todas sus áreas, ha tenido como consecuencia la híper especialización del saber. No me parece mal. Está bien que la academia se esfuerce por producir profesionales rigurosos y especializados. Pero las convenciones y el estilo del paper, o del libro académico, me aburren profundamente. Para hablar de un tema tan esquivo y vasto como el sentido del tacto, el ensayo me parece un género mucho más adecuado.

–¿Cómo definirías la “textura de este texto”?
–Ese es un juego de palabras un poco obvio que tomé de Roland Barthes. Me gusta la idea de que los encuentros que a veces tenemos con la lectura sean instancias de contacto real entre nuestra sensibilidad profunda y una textura específica, que es el texto en cuestión. La trama de mis ensayos está tejida con muchísimo empeño, el nivel de artificio es altísimo aunque la idea, claro, es que no se sienta el esfuerzo. Me gustaría que la textura de mis ensayos fuese lisa y afable, que le permita al lector deslizarse como quien recorre una mesa de fórmica con el dedo. Hay al menos un pasaje (a veces es una oración, a veces, con suerte, un párrafo entero) en cada uno de los ensayos de este libro, con el que estoy perfectamente feliz. El resto, cuando lo releo, me parece trabajoso y duro como bolsa de arpillera.

–En una entrevista te oí decir que empezaste a escribir este libro porque estabas perdiendo cierto manejo de tu lengua natal. ¿Cómo se relacionan la lengua (del lenguaje) y la lengua (del cuerpo)?
–Sí, mi madre es lingüista y una vez, hablando por teléfono, me dijo que estaba hablando pésimo en español. Para revertir eso, empecé a escribir estos ensayos. La lengua y los labios son dos de las partes del cuerpo con mayor sensibilidad táctil, tienen una sensibilidad “exquisita” como decían los anatomistas del Renacimiento. Me parece maravilloso que la nota más sofisticada de nuestra especie, el lenguaje, sea un producto de la coreografía que hacen estas dos partes del cuerpo con sensibilidad exquisita. En este sentido, el lenguaje es tacto puro o, mejor dicho: puramente háptico.

–Subrayo la palabra “olvidado” del título de tu libro. En general asociamos la memoria a lo visual. ¿Cómo trabaja lo háptico en relación con la memoria? (Pienso, por ejemplo, en la famosa madalena de Proust.)
–La palabra “olvidado” del título es deliberadamente engañosa. Refiere, por una parte, a un lugar común en la crítica de los últimos diez o quince años que habla del tacto como sentido olvidado y que insiste sobre la necesidad de estudiar su historia. Claro que, luego de diez años de estudiarlo y escribir libros, ya no está tan olvidado, ¿no? Además, si uno mira la historia de los sentidos verá que el tacto, si bien fue denostado, nunca fue olvidado. Por otra parte, la idea del tacto como sentido olvidado tiene que ver precisamente con esto: el tacto, lo háptico, es un plexo de facultades tan vasto y tan íntimo, tan inmediato, que resulta casi imposible distanciarse de él y observarlo. Para que haya memoria tiene que haber distancia. O sea que, en ese sentido, el tacto es algo esencial e inexorablemente olvidado. Cees Nooteboom dice que el tacto, cuando se vuelve idea, se convierte en su propia contradicción: ausente, perdido, impensable. Uno puede reproducir una imagen visual gracias a la memoria, pero la única manera de recuperar una sensación táctil es repitiéndola de hecho: rascándose de nuevo una parte del cuerpo que pica, metiéndose otra vez al mar, o volviendo a tocar, o a besar, a una persona.

–Con el siglo XXI, junto con el contagio de los géneros literarios, la fragmentación y hasta la pulverización de la trama narrativa, surgió una tendencia hacia la escritura de la propia experiencia en donde el cuerpo aparece en primer plano. ¿Pensaste tu libro como una pieza más de ese nuevo engranaje?
–Los escritores que más me gustan del último medio siglo son todos cultores de esta tendencia. Empezando por Borges, sobre cuya obsesión con el tacto y con el cuerpo propio escribí un ensayo que quedó afuera del libro. Los autores que abordo son, además de él, Roland Barthes, Joseph Brodsky, Jorge Barón Biza, W.G. Sebald (para mí, el mejor escritor de los últimos treinta años) y, recientemente, Karl Ove Knausgaard, entre otros. El tono autobiográfico, sin embargo, y las intersecciones entre ensayo y ficción, no son para mí la pulverización de la narrativa, sino más bien características de un tipo de narrativa. Aunque uno se siente y escriba con la mayor precisión posible sobre lo que le pasó ese día, sin agregar ningún elemento ficticio, evitando tópicos y figuras retóricas, tratando de ser absolutamente fiel a la realidad, el resultado será siempre una narrativa que diferirá de la vida real tanto como difieren para Platón las ideas y las cosas. Quizás la característica fundamental de este tipo de narrativa sea que, al valerse de la primera persona, al hacer manifiesto el pretexto de no ficción y al poner el cuerpo propio en primer plano, como decís vos, llama la atención sobre sí misma. Dicho todo esto, la ficción tradicional sigue produciendo grandes escritores. Me encantaría ser un escritor de ficción, pero me cuesta muchísimo. Estoy escribiendo una novela y todos los días dudo sobre si soy capaz de hacer algo decente, o no. Voy a seguir intentando.

 

Titulo: Prohibido no tocar
Autor: Pola Oloixarac
Fecha: 18 de Diciembre de 2015
Fuente: Revista Ñ


¿Qué hacer con la imaginación, ahora que las fuerzas del Estado abandonan su conquista? Sin su Secretaría de Coordinación Estratégica, el Pensamiento Nacional estalla en piquetes neuronales, Esteches sinápticos de resistencia ante el ultraje. Son los fuegos artificiales que adelantan la llegada del año nuevo. En esta época de experimentos mentales, recomendamos leer el primer libro de Pablo Maurette.

Con prólogo del insigne José Emilio Burucúa, este ensayo se abre como una rareza “vintage” en el ámbito contemporáneo de la lengua.

El sentido olvidado: Ensayos sobre el tacto es un texto erudito y exquisitamente escrito, en la estela de la áulica tradición argentina de articular literatura y pensamiento, de Martínez Estrada a Ricardo Piglia. En su erudición y amplio aliento, el libro respira la pasión por la escritura de su autor.

Narra la historia de una guerra estética: lo háptico (lo que se toca) versus lo óptico (lo que se ve). Occidente ha privilegiado la vista como puerta del conocimiento: este libro narra la contra-historia del ojo como historia clandestina del pensamiento, de lo que repta en la oscuridad. En manos de Maurette, este plan se convierte en aventura: viaje al origen de la “tortura china” ( lingchi ), genealogía de la ciencia del beso (filematología), cómo leer la Ilíada de Homero con los dedos de la mano, entre otras. La historia de la piel del Rerum Natura (De la naturaleza de las cosas), de Lucrecio, atraviesa el libro como un fantasma.

El deseo o libido se suele ligar a lo irracional, pero como escribe Luxorio en la Cartago de los vándalos, nos cuenta Maurette, éste puede ser entrenado, puede mejorar con el conocimiento –a esto llama Docta Libido .

Bajo la historia del tacto aguarda una teoría de la escritura: entrenar el deseo de tocar el mundo y hacer gozar la imaginación.

 

Titulo: Esa pasión interior que va de una boca a otra
Autor: Pablo Maurette
Fecha: 21 de Julio de 2015
Fuente: ADN-La Nación


En un libro de inminente aparición, Pablo Maurette analiza la relación entre las funciones táctiles del cuerpo y el pensamiento, y rastrea el trabajo de los filósofos y escritores que dedicaron sus reflexiones a la piel. En estas páginas, como anticipo, un delicioso tratado sobre el sentido, la historia y los misterios del beso.




En julio de 2011 la revista Rolling Stone publicó una entrevista a Larry David en la que el comediante habla con bastante detalle sobre su vida personal. Al preguntársele sobre sus primeros pasos en el mundo del amor, David cuenta que, en su adolescencia temprana, aquello que le generaba más ansiedad no era la cópula. Para entonces ya había visto fotos y películas pornográficas y comprendía -o creía comprender- los rudimentos básicos de la mecánica del coito. Lo que realmente lo intrigaba y lo hacía sentir inadecuado e inseguro frente a las chicas era el beso. Nadie le explica a uno, ni le muestra lo que sucede adentro de las bocas cuando dos personas se besan, dice David no sin razón. En Une vie divine (2006) Philippe Sollers hace la misma observación: "La pornografía insiste con los órganos para distraernos de la verdadera pasión interior, la que se desarrolla de una boca a la otra". Pero ¿cómo hablar de lo que sucede allí dentro, en la húmeda oscuridad del antro formado por las dos bocas? ¿Cómo describir lo que hacen los labios y las lenguas cuando dos personas se besan? ¿Dispone el lenguaje de suficientes verbos, adjetivos, onomatopeyas para dar cuenta de la apabullante variedad de sensaciones que se producen cuando dos personas se besan? Y si no dispone de los medios necesarios para describirlos, ¿cómo hará el lenguaje para explicar, para enseñar a dar besos? La perplejidad del creador de Seinfeld no sólo es comprensible sino que es compartida, me imagino, por muchísimos jóvenes prontos a dar su primer beso.

Me interesa explorar los misterios del beso y bosquejar elementos de una posible filematología (de filema, la voz griega para decir "beso"). Pero beso se dice de muchas maneras. Poco tienen que ver los besos de amor fraternal y filial, el beso de Judas, el beso de la paz, o el beso como saludo, con el beso erótico. El que me interesa es el último, el único que se da con la boca abierta. Según la etimología del verbo "besar" y del sustantivo "beso", el beso erótico con la boca abierta sería el más antiguo, el primero. "Beso" viene de basium en latín, que probablemente tenga sus orígenes remotos en el verbo sánscrito bhaad, "abrir la boca". El beso erótico, en particular el beso en la boca y el beso con la lengua, que ya aparecía evocado en los versos del Cantar de los cantares, es el más complejo, el más sofisticado de todos los besos, en primer lugar porque es un beso que se da y se recibe a la vez, y en segundo lugar porque requiere mucho más que el mero contacto con los labios. Del beso erótico participan la lengua, los dientes, la saliva, el aliento, las manos, los brazos, el cuerpo entero. Sabemos que el beso erótico, lejos de ser una práctica moderna u occidental, es algo propio del ser humano, universal y transhistórico. Antiguas estatuillas, bajorrelieves, pictografías, frescos y mosaicos hallados en templos hindúes y aztecas, en cuevas del País Vasco, en lupanares pompeyanos, en iglesias bizantinas celebran el beso como intercambio de almas y fundición de cuerpos, como origen de la vida. Acaso influidos por las varias estatuas romanas de Cupido y Psique besándose que sobrevivieron de la Antigüedad, Canova, Rodin y Brâncusi exploraron el tema en la escultura. Klimt, Hayez, Magritte y otros hicieron lo propio en la pintura. Hollywood hizo del beso una marca registrada. Sin embargo en todos estos casos, el beso en sí, lo que sucede adentro de las bocas, es un misterio que permanece sellado. Pintores y escultores representan la cadencia de los cuerpos de quienes se besan, sus expresiones extasiadas, sus bocas entreabiertas o cerradas, pero el beso en sí permanece inaccesible. Los besos en el cine suelen ser secos y por ende castos, más bien la repetición de una liturgia iconográfica que una auténtica exploración del fenómeno osculatorio. Es en la poesía, y en cierta tradición poética en particular que se origina en la Grecia helenística, florece en la Roma imperial y resurge con vigor en el Renacimiento, donde uno encuentra algunas de las más explícitas y exhaustivas evocaciones del acto de besar. Esta tendencia en la poesía de los siglos XV, XVI y XVII florece al tiempo que filósofos, médicos e intelectuales se dedican a pensar los fenómenos del amor y del erotismo con inusitado entusiasmo.

Hacia fines del siglo XVI Francesco Patrizi escribió la única obra de filosofía exclusivamente dedicada al tema del beso. El diálogo Delfino o del beso (ca. 1577) constituye un meticuloso análisis de la sensación de placer que produce el beso erótico. Si durante el Renacimiento, poetas y pensadores se ocuparon de este tema más que en ningún otro momento de la historia occidental es porque durante los siglos XV y XVI la cuestión del tacto pasó a un primer plano, tanto en la epistemología, como en la metafísica. Pero esta novedosa y desinhibida atención al beso también se debió a que el renacimiento de los clásicos greco-latinos y la invención de la imprenta, que ayudó a divulgarlos, iniciaron una verdadera revolución estética y promovieron el cultivo de sensibilidades poéticas menos pudorosas. Y así fue como los poetas se lanzaron a explorar la experiencia corpórea (háptica) del erotismo. [...]

Volviendo a la observación de Larry David y a la idea de que nadie jamás nos muestra ni nos explica qué es lo que sucede adentro de dos bocas que se besan, se me ocurre que esto quizá se deba al sencillo hecho de que la única manera de saberlo es besando. La filematología será una ciencia exclusivamente práctica. Pero si los místicos a lo largo de la historia se esforzaron por poner en palabras algo esencialmente inefable como la experiencia del éxtasis, la unión del alma con lo divino, ¿cómo puede ser que nadie haya buscado la forma de describir, de analizar, de anatomizar sistemáticamente el fenómeno del beso?

Doy un salto del siglo XXI al XIX, de Los Ángeles a Copenhague, de Larry David a Søren Kierkegaard, de la pregunta por el beso a un intento de respuesta. En una de las entradas del Diario de un seductor, Johannes (álter ego del autor, un neurótico donjuán protoexistencialista) confiesa que ha estado reuniendo material para escribir una Contribución a la teoría del beso. El tipo de beso que interesa a Johannes es el beso romántico heterosexual. "Un beso perfecto es aquel que se dan un hombre y una mujer. Un beso entre hombres es de mal gusto, o peor: tiene mal gusto." Para Kierkegaard el beso por sí solo no tiene valor alguno. Un beso robado, un beso por error, un beso entre hombres o entre mujeres, un beso entre niños no es un beso sino una mera instancia de contacto entre dos bocas. El beso que tiene interés filosófico es aquel producto del deseo erótico que produce placer sensual. A continuación el seductor propone una taxonomía de los besos, una clasificación de los besos por su sonoridad. Lamentablemente el lenguaje carece de onomatopeyas suficientes como para dar cuenta de la abrumadora variedad de sonidos que puede producir un beso, advierte Johannes. Kierkegaard intenta, sin embargo, una breve clasificación: el beso aplastado, el beso explosivo, el beso silbado, el beso fangoso, el beso resonante, el beso lleno, el beso hueco, el beso algodonado, etc. Pero los besos también se pueden clasificar de acuerdo con parámetros táctiles o temporales, sigue Kierkegaard. Está el beso tangencial, el beso de pasada, el beso pegote, el beso largo, el beso corto. Y si de distinciones temporales se trata, concluye el autor, la más interesante es la que existe entre el primer beso y todos los demás. "Esto nada tiene que ver con el sonido, el tacto o el tiempo en general. El primer beso es cualitativamente diferente de todos los demás. Muy poca gente se detiene a pensar estas cosas."

Al caprichoso y huidizo narrador kierkegaardiano parece interesarle más la originalidad del tema que el tema mismo, pues aquí sin más pone punto final a la cuestión. Hablando en términos filematológicos, su aproximación al tema es un beso tangencial, o de pasada, que nos deja sedientos de más.[...] Al proponer la idea del proyecto, Johannes el seductor había señalado que le resultaba muy curioso que no existiese libro alguno sobre el tema. Y había agregado que los filósofos no han hablado del tema porque no saben nada de besar ni de besos. Sin decirlo, Johannes sugiere que si hubieran sabido besar no se habrían dedicado a la filosofía.

Pero Kierkegaard estaba equivocado. Un filósofo renacentista sí se ocupó del tema en detalle y escribió un diálogo enteramente dedicado al placer del beso erótico. Kierkegaard publicó Diario de un seductor a comienzos de la década de 1840, y si ignoraba la existencia de esta obra es por la sola han hablado mucho de amor pero jamás se han detenido a preguntarse por el beso. Para Patrizi en la suavidad del beso se esconde el misterio de la mediación entre el cuerpo y el alma. El beso es la frontera entre lo material y lo espiritual. Al igual que Kierkegaard, Patrizi sólo se interesa por el beso heterosexual, el beso romántico de Paolo y Francesca, de Lancelot y Ginebra, de Romeo y Julieta. Y la investigación que llevan a cabo los interlocutores del diálogo se funda en la experiencia. Ambos hombres, el joven Delfino y el mismo Patrizi, dan por supuesto que el otro ha besado y proceden razón de que Delfino o del beso se publicó por primera vez en 1975. El diálogo sobrevivió en un único manuscrito que más de tres siglos después cayó en manos del estudioso del Renacimiento Paul Oskar Kristeller, quien delegó la edición en uno de sus muchos discípulos. Patrizi, un platónico nacido en la Dalmacia, que se hizo famoso por publicar algunas de las más devastadoras críticas al aristotelismo medieval y humanista, llega al tema del beso movido por la misma inquietud que manifestaría Kierkegaard siglos más tarde: la filosofía ha ignorado olímpicamente el tema, los filósofos a intentar develar el misterio de la dulzura del beso con una taxonomía que aspira a la exhaustividad. Delfino es una obra de filematología descriptiva y experiencial.

[...]. El joven Delfino y el seductor Johannes tienen razón en preguntarse por qué el beso es algo tan placentero, tan suave, tan dulce y, a la vez, tan electrizante, tan estimulante. Si para los platónicos esto se debía a que el beso es la instancia más concreta de contacto real entre almas, para los poetas había otros motivos adicionales. El beso es, en efecto, un fenómeno nebuloso donde alma y cuerpo se confunden, pero por esto mismo es también la frontera entre la vida y la muerte, entre el ser y el no ser. Durante el beso con la lengua los amantes exhalan su aliento e inhalan el del amado. La metáfora del beso como pasaje de la vida a la muerte y de la muerte a la vida es uno de los temas centrales de cierta tradición lírica que explotó con particular dedicación el fenómeno del beso. Esta tradición, que surge en la Antigüedad grecorromana con los cantos eróticos de Teócrito, Catulo, Ovidio, Propercio, Tibulo y otros, renace en la Italia del siglo XV en la poesía neolatina. Un poeta neolatino en particular -el holandés Jan Everaerts, más conocido como Johannes Secundus, o Juan Segundo- decidió que el tema del beso era lo suficientemente importante como para tener su propio género lírico. Así, inventó el basium, una pieza lírica corta, que sin exigir un verso específico combina distintas posibilidades métricas para crear ritmos y cadencias que emulan el acto mismo de besar. La obra capital de Johannes Secundus, Basia (Los besos), publicada por primera vez en forma póstuma en 1539, es una colección de diecinueve "besos" en la que el poeta da cuenta de la exorbitante variedad de besos y formas de besar. El basium se distingue de otros subgéneros de la poesía lírica como el soneto, la oda, la elegía, el madrigal, el strambotto y el amoretto porque tiene un tema obligado: el beso. Pero el basium no es simplemente un poema sobre besos y el acto de besar, el basium es en sí mismo un beso del poeta al lector. El basium es acaso el único género literario cuyo objetivo principal es explícitamente táctil. Al evocar besos, el poeta da besos.

La taxonomía de besos que presenta la poesía de Johannes Secundus y sus predecesores neolatinos aparece en el lenguaje mismo. Basium es el término más usado para el beso erótico y difiere de osculum, la voz latina más común que refiere a cualquier tipo de beso (el beso entre familiares o amigos, el beso de la paz, el beso de Judas). Cuando Venus inventa el beso en el primer poema de la colección de Johannes Secundus, inventa el basium, el beso con la boca abierta.

[...] Si, como sostenía Sócrates, la filosofía no es más que un entrenamiento para la muerte, dado que es la práctica que nos enseña a separar el cuerpo del alma, el beso es, en la fantasía de estos poetas, filosofía pura. Para Sócrates y Platón la filosofía se pone en funcionamiento y se ejercita en el diálogo, y ¿no es el beso una forma alternativa de diálogo que prescinde del verbo (aunque no de la lengua)? Con justa razón, diría Secundus, Patrizi y Kierkegaard amonestaban a los filósofos por no haber apreciado el potencial filosófico del beso.

 

Titulo: Genealogía de la piel
Autor: Luis Diego Fernández
Fecha: 21 de Julio de 2015
Fuente: La agenda Revista


En los seis ensayos de ‘El sentido olvidado’, Pablo Maurette reflexiona sobre el sentido del tacto entre citas eruditas y referencias a la cultura pop.


"Tocarlo, por cierto, ¿pero a quién, qué? ¿Tocar alguien, tocar algo? ¿O incluso tratar el tocar, la cuestión del tocar?”, dice Jacques Derrida en Le toucher, texto dedicado al filósofo Jean-Luc Nancy, cuya obra vuelve una y otra vez sobre esta acción. En gran medida podríamos aplicar esta cita de apertura al refinado libro de Pablo Maurette: El sentido olvidado. Efectivamente, en los textos de Maurette se trata más la cuestión del tocar que el sentido del tacto. Aquí pasará por formas de tocar, que incluyen formas de besar.

EL SENTIDO OLVIDADO
En el prólogo, José Emilio Burucúa destaca “la claridad y la solidez argumentativas con una libertad de juicio envidiable”. Es muy atinado, y engarza con lo que el propio autor declara en su prefacio: “La composición de estos ensayos fue un refugio de las constricciones que impone el discurso académico; un refugio lingüístico y un refugio estilístico. En gran medida este libro es producto de una urgencia creativa, pero sobre todo estética”. Podemos ser consecuentes con esas palabras y leer El sentido olvidado desde esa calidez que destila la intimidad inherente a la protección. Del mismo modo, la libertad del estilo tiene ambición en cruces inesperados que ya veremos.

Los seis ensayos del libro de Maurette componen, quizá de modo accidental o tal vez deliberado, una suerte de genealogía epidérmica, una reflexión sobre estaciones de la filosofía hedonista en sus diferentes mutaciones: epicureísmo, libertinismo, sensualismo, empirismo. A la vez pivotea permanentemente entre el diálogo del pasado y el presente, entre la cita erudita y la referencia a figuras de la cultura pop: Leonard Cohen o Larry David, por ejemplo.

En el primero de los textos se describe a partir de Luxorio, poeta latino olvidado, lo que el autor llama la “sensibilidad táctil del putañero” y la “docta libido”, dos nociones atractivas en el marco prostibular al que asiste el poeta mientras reflexiona en torno a la sobreestimación de la vista (sentido platónico e idealista) en detrimento de la “animalidad” del tacto. El prostíbulo como territorio donde se da una paradójica libido entrenada o regulada que vemos en muchos filósofos putañeros (de Arístipo de Cirene al propio Nietzsche). En la misma dirección, Maurette, que en Twitter usa el seudónimo @aaronanchorena, define lo háptico a partir de tres virtudes: producir extrañamiento, la impermeabilidad respecto de mutaciones semánticas y su elasticidad que tiende a expandirse y no contraerse. Lo háptico, entonces, será “el agarre”. Un sentido excepcional que resiste la esquematización a la vez que se interrelaciona con los demás. En “Seis dedos”, el segundo texto, el foco irá hacia Homero. Allí la Ilíada será leída como una explosión afectiva y táctil, a tal punto que es definida como una “travesía háptica” en la que la pasión se codifica desde la sensibilidad de un órgano como la piel, en el marco oracular.

El tercer ensayo es particularmente sagaz al plantear que “el tacto es el único sentido que no podemos perder, porque perderlo significa dejar de ser persona para volverse carne”. Por eso Maurette piensa la figura china del lingchi (muerte por mil cortes), una forma de ejecución cruenta reservada para crímenes aberrantes en tiempos de la dinastía Liao. En ella el reo era sometido a una parcialización de su cuerpo, a un desmembramiento gradual, lo que producía un calvario insoportable. Parte de ello está asentado en Las lágrimas de Eros de Georges Bataille. En el mismo arco, la reflexión del flagelo se torna trágica con Lucrecio, poeta latino que actualiza el atomismo de Demócrito y Epicuro desde un materialismo sensualista. Allí señalará el autor: “Todo es cuerpo y lo que no es cuerpo es vacío”. De esta dialéctica de átomos y nada es que se vertebra el espinazo dorsal de El sentido olvidado. Aquí recordado.

“Elementos de filematología” es el texto donde Maurette esculpe una inventiva teoría del beso (basium) hilando desde una cita de la revista Rolling Stone hacia la figura de Francesco Patrizi, quien hacia fines del siglo XVI constituyó una solitaria filosofía del beso. Dice el autor: “Basium es el término más usado para el beso erótico y difiere de osculum, la voz latina más común que refiere a cualquier tipo de beso”. De este tejido conceptual podemos sorprendernos con virajes repentinos hacia términos como “chupón”, “transar” y terminar en la cita del poeta barroco Giambattista Marino: “es tanto el placer que siento / mientras beso y vuelvo a besar”.

El anteúltimo escrito remite al linaje del libertinismo erudito, a los libertinos barrocos que reactivan el epicureísmo a partir del influjo de Michel de Montaigne. Tal es el caso de Pierre Gassendi, que adoptará postulados del atomismo del maestro de Samos. Ese lucrecianismo o epicureísmo latino tiene en Cyrano de Bergerac una viga indispensable y luego en Sade a su despliegue desde “lo otro de la razón”: la implantación del orden en la lujuria y el crimen. Se agradece la mención a La Mothe Le Vayer, libertino algo opacado y reivindicado por Michel Onfray en sus libros de Contrahistoria de la filosofía.

El cierre no puede más que organizar un pensamiento en torno a la piel, a su ausencia de suturas, a su extensión sorprendente. Allí se nos revela que la piel de un adulto pesa alrededor de tres kilos y mide dos metros cuadrados. Una frazada de plaza y media. El tatuaje, el piercing y la cirujía estética son cifrados a modo de marcas de identidad o relato de la propia subjetividad en el cuerpo. Lo que revolotea en todos los ensayos que componen el libro se explicita finalmente: “La piel, como segunda frontera, es el medio principal para que se satisfaga el instinto”.

La textura de Maurette, más que nunca en este caso, remite de modo no tan velado a cierto renacentismo que se percibe recurrente como fontana intelectual. Podemos decir que los ensayos de El sentido olvidado articulan la pasión del autor revelada en el tema de su investigación académica –la obra de Lucrecio en la Italia renacentista– desde la actualidad. Ese trenzado de digresiones con erudición, de autoreferrencialidad y trabajo arqueológico, es algo propio de todo gran ensayista. Quizá el “toque” de Pablo Maurette sea situarse precisamente en lo más evidente, de modo que trasunte frescura, riesgo y alegría al descubrir gemas escondidas, tan olvidadas como el sentido al que alude.