prensa Carla Maliandi
 

Titulo: Otra forma de vida
Autor: Alejandro Parada
Fecha: 30 de Junio de 2017
Fuente: Suplemento Cultura del diario Perfil


Una mujer tras el vidrio empañado del relato. Es el aliento de la respiración, del enunciado que opaca cualquier hipótesis: Maliandi lo expande en la lectura, arrastra hacia sí el interés del lector, lo hace suyo arropando un misterio literario que no deja de interrogar por la ausencia. ¿En qué lugar exacto de la sumatoria de párrafos se encuentra el tiempo de una novela? ¿Cómo el metrónomo de los eventos configura la suspensión de lo siniestro como una sombra sutil?

La cuerda en este breve instrumento tensa cuatro de sus partes: escape, soledad, muerte y embarazo. Y tal vibración produce una extraña mezcla de registros en un segundo exilio heredado, en las dudas existenciales del fracaso amoroso, en el suicidio de una desconocida que desata la intervención fantástica, así como en el crecimiento de una esperanza que ya no está en Heidelberg, en una Alemania de postal que recuerda al trineo Rosebud de El ciudadano Kane.

¿Acaso la narradora sin nombre evoca una infancia perdida? Algo más: la pérdida de la identidad, de la lengua madre (si es que una madre es menos que eso), de los límites entre el deseo y la autoestima, de la fuerza por forjar un futuro. La experiencia de vivir fuera de lugar es una búsqueda de esas pérdidas, o el luto de todas las muertes que provoca salir de la existencia de los otros buscando el olvido.

Escapar de todos los lugares comunes. Desaparecer por propia fuerza sin motivo aparente. Un desafío para otra forma de vida, tal vez un riesgo excesivo que conduce al ciclo eterno de la melancolía. Queda en suspenso qué es el destino para quien cayó en el abismo de los hechos, cuando decir no parece imposible y la felicidad toma forma de juguete perdido.

 

Titulo: La habitación alemana: una ventana para ver el pasado
Autor: Juan Carrá
Fecha: 03 de Mayo de 2017
Fuente: Revista Kunst


¿Dónde quedan las cosas que nos hacen escapar? ¿Qué nos llevamos encima cuándo lo hacemos? ¿Cuánto pueden cambiar las cosas con solo cruzar el océano? Quizás estas sean algunas de las preguntas que lleva en la espalda el personaje central de La habitación alemana, primera novela de Carla Maliandi (Mardulce Editora). Una chica de unos 35 años, recién separada, que decide abandonar Buenos Aires rumbo a un pueblito alemán donde vivió los primeros años de su vida. El recuerdo idealizado de aquellos años le fija el destino: ahí ella fue feliz, ahí ella (piensa, siente) podrá reencontrarse con la tranquilidad, o al menos ahí podrá dormir y vencer el acoso de un insomnio enloquecedor.

Pero ese es solo un nivel de la lectura. El más transparente, el de la peripecia que emprende esta chica cansada de la ficción que le propone la rutina, de sus seguridades, de ser predecible. Entonces busca que el viaje funcione como una especie de eraser del pasado y de los posibles futuros. Un paréntesis que le permite poner la rutina en suspenso. Hacerse invisible para los que son parte de su vida en Buenos Aires, e inventa un presente para quienes decidan acercarse a ella. Pero, ¿cuánto tiempo se puede poner en pausa una vida? La narradora no lo sabe, pero sí sabe que necesita estar sola. Ella lo único que quiere, necesita, es dormir. Y por eso escapa. O al menos eso dice.

Un estudiante tucumano y una japonesa —y su familia— que se alojan en el mismo hospedaje serán compañías no buscadas: tan inesperadas como incómodas, pero que le cambiarán la vida al punto de sentir desazón ante la pérdida del cariño efímero.

El otro nivel de esta novela está en el pasado de la narradora. En el suyo y en el de sus padres exiliados en Heidelberg, durante la última dictadura cívico militar. Ahí vivió los primeros años de su vida. Ese exilio es para ella un recuerdo que no lleva ese nombre. Para ella ese pueblo es un cielo alemán de constelaciones nítidas en una ciudad de cuento de hadas, entre castillos medievales y fantasías. La tierra que para sus padres fue refugio fue para ella, felicidad. Y así la recuerda; añora esa sensación de levedad y por eso elige Heidelberg como destino. Pero no siempre las cosas son como en los recuerdos de la niñez. Quizás sí la geografía. No tanto lo que pasa por dentro.

Será el pasado el que le devuelva la seguridad. Heidelberg es un lugar seguro para ella. Tanto que fue la única ciudad no bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial. Tanto que Mario —un viejo amigo de su padre, su primer amigo, el hombre que le enseñó a leer con sus cartas que trataban de sostener el lazo a la distancia— reaparecerá para proponerle un poco de calma. Él es el que le da sentido al pasado, porque es parte de la misma tragedia. Con él se siente un poco menos sola, un poco menos débil. Pero también será la medida justa del exilio, el espejo donde realmente ella podrá ver la dimensión de lo ocurrido. “Un exilio feliz, un exilio del que no se quiere volver no es un exilio”, reflexiona mientras se acuerda de su madre contándole historias sobre Buenos Aires y también recuerda que mientras ellos vivían el momento como una pausa, para Mario era todo muy diferente.

Entonces, la novela habla, también, de la memoria en sus múltiples formas: como exilio, como oprobio, incluso como el último lugar para retener lo perdido. Y cuando no son los pensamientos, o el insomnio los que atormentan, la opresión llega hasta el mundo onírico, también la angustia de confirmar lo que se sospecha.

El ritmo narrativo de La habitación alemana le da a la historia una cadencia particular. Por momentos la peripecia de los personajes aliviana la lectura, la hacen fluir con un magnetismo que se agradece. La aparición de lo sobrenatural (tan justo que no hacen que la novela se corra de registro) entra como creencia, como duda, pero se instala y le suma un elemento más a la atmósfera de una novela que se niega a instalarse en la comodidad de los géneros. Lo mismo pasa con la muerte que aparece en la en potencia, pero también en acto.

La habitación alemana podría leerse también como una novela que tiene a la dictadura como cimiento. Pero no de las que hace énfasis en la mecánica del sistema represivo, sino de esas que busca hurgar en lo heredado de aquellos años de terror, en las marcas subjetivas. Maliandi lo cuenta con su propio pulso y abre una ventana en otra tierra desde donde se puede ver un cielo lleno las constelaciones.

 

Titulo: El Libro de la Semana: “La habitación alemana” de Carla Maliandi
Autor: Beatriz Sarlo
Fecha: 31 de Marzo de 2017
Fuente: Télam


Mardulce acaba de publicar "La habitación alemana", primera novela de Carla Maliandi. El apellido de la autora es el de un filósofo argentino que todos los especialistas conocen en la Universidad de Buenos Aires. Por lo tanto, novela en primera persona de una narradora joven, pero mayor de treinta años, que vuelve a Heidelberg, donde ese filósofo y académico se refugió con su familia durante la dictadura militar. La narradora era una niña. La autora nació en Venezuela (verosímil comienzo de una huida), en 1976.

El primer recuerdo de aquella época es la fiesta de despedida de la familia del filósofo, que regresó a Buenos Aires cuando cambiaron las condiciones políticas. Tiene el doble toque de diafanidad y de opacidad de los recuerdos de infancia, porque quien narra entiende y no entiende al mismo tiempo: "La noche anterior al viaje, al gran viaje de vuelta a la Argentina, nuestra casa de la calle Keplerstrasse se llenó de filósofos…Había algunos latinoamericanos, un chileno que tocaba la guitarra, un mexicano serio de previsibles bigotes, y Mario, un joven estudiante argentino que paraba en nuestra casa". El padre discutía a los gritos sobre Nicolai Hartmann, un autor que ella leyó más tarde, sin demasiado éxito. Así comienza el regreso.

Décadas después, la narradora viaja en sentido contrario: vuelve a Heidelberg, donde había vivido de chica y donde transcurrió esa muy típica noche de despedida. Todos los exiliados recuerdan una noche así. Conocemos las razones del exilio, pero la novela se ocupa con deliberada imprecisión de las razones de su regreso a Alemania. La imprecisión es paradójicamente exacta porque viaja para alejarse de esas razones (una separación de su marido, pero ¿qué más?); por otra parte, lo difuminado de sus motivos combina bien con un extremo detallismo concreto. No explica del todo las razones de esa vuelta al escenario de la infancia, que coincide con una de las ciudades europeas culturalmente más densas: la ciudad mito de la filosofía.

Y no lo explica porque la mujer que regresa no conoce ella misma esas razones. Elige una residencia de estudiantes, ocupa allí una habitación, promete que llevará un obligado certificado que pruebe su carácter de universitaria en Heidelberg, y comienza un largo vagabundeo. Pero antes, en el transcurso de su primera noche, tiene un sueño que a ella (y a los lectores) anuncia lo que vendrá: sueña con un niño, con un campesino que ordeña una vaca y le ofrece un vaso de leche; escucha que ese hombre le dice que sus pechos también están llenos de leche. Poco después, el sueño rinde su transparente sentido: la mujer ha llegado embarazada a Alemania. No lo sabía, como tampoco está segura si a uno u otro hombre, su ex marido o una relación casual, puede atribuirse la paternidad. Esta es la segunda línea de la novela que se entrelaza admirablemente con la primera: impulsada por algo que quedó en su infancia, joven mujer llega a Heidelberg, no sabe bien por qué razón; y llega embarazada, no sabe bien de quién.

La residencia de estudiantes es un teatro de personajes que van cruzándose en estas dos líneas. Miguel Javier, un tucumano, becario del Conicet (¿inevitables palabras institucionales?), acompaña a la joven al hospital y se hace cargo de ella en esa dimensión subjetiva, privada, fuertemente material y física del embarazo. Una estudiante japonesa se vuelve casi instantáneamente su amiga. Shanice (así se llama) organiza una reunión de karaoke, festejo de una tipicidad occidental-oriental bien conocida. Todos se divierten. Shanice se suicida horas después y le deja a la amiga argentina un baúl de ropa, zapatos (que abrirán otra línea narrativa) y "dos cámaras de fotos, un teléfono celular, una notebook, un ipod, un ipad, uno de esos aparatos para cargar libros electrónicos, un reproductor portátil de dvd, un secador de pelo".

El suicidio de la japonesa abre otra línea que comienza a cruzar las dos primeras. La madre de Shanice es una mujer bella, exótica, fabulosa y embrujada que, desde su llegada para el entierro, persigue a la argentina que fue la última amiga de su hija. Se convierte en su stalker, su vampiro. Y, como simetría que provoca la herencia, la chica argentina, que llegó sin equipaje, es casi rica con esos objetos que caracterizan no solo la contemporaneidad sino el rasgo tecnológico japonés. Siguiente cruce, los zapatos heredados de Shanice producen un embrujo en la lejana hermana del estudiante tucumano.

Pero todavía se abre otra línea con la aparición de Mario, aquel joven estudiante de filosofía (veinte años mayor que la narradora) que estuvo en la fiesta de despedida cuando la familia del padre filosofo regresó a Buenos Aires. Esa nueva línea provoca también un desplazamiento de escenario. La narradora se muda a la casa de Mario. Aquí otro desvío secundario pero significativo: Mario es homosexual, de una homosexualidad discreta en su estilo, una homosexualidad no reprimida pero tampoco exhibida: el término medio de lo homosexual. Y su novio es muy bello (línea importante que restaura el deseo de la narradora).

Me detengo acá, aunque "La habitación alemana" permite, como una sala con muchas puertas, seguir algunos otros itinerarios. También autoriza a pensar algo que parece nuevo. La novela evoca una continuidad en el tiempo, ya que la narradora viaja justamente allí donde transcurrió su infancia. Pero sus recuerdos del exilio no conciernen a la política, no son recuerdos de hombres y mujeres que actuaron entonces o fueron perseguidos. No se los puede llamar post-memoria, porque no narran lo que se escuchó o se conoció de esa época. No es la memoria de los padres en los hijos. Se ha dado vuelta una página, no para negar lo sucedido, sino como incipiente indicador de que probablemente relatos como el de Maliandi consideren una especie de independencia respecto de aquellos sucesos que siguen siendo terribles, pero lo son desde perspectivas nuevas: el horizonte se ha alejado. Quizá por esto mismo, la trama narrativa sea la de un vagabundeo, un estar en las cosas donde lo más importante se aprende por casualidad.

La narradora no consulta su casilla de mensajes. En las últimas páginas se dice que le han llegado 147. Sustraída a la compulsión maniática de una comunicación permanente, la narradora elige este "fuera de tiempo" que corresponde de manera perfecta con el "fuera de lugar" de la ciudad alemana a la que eligió volver. Y se corresponde también con el acto de concentrarse en sus propios recuerdos del pasado. No en lo que sabe, sino en lo que rememora.

Es una novela de la hija. Esto le da una perspectiva nueva a las alusiones o las referencias directas a los años de la dictadura. Nada es explícito, redundante ni declarativo. Cuando el pasado de los años setenta aparece, lo hace como un tiempo que fue de otros, como en las cartas que la narradora encuentra por casualidad, y le revelan que alguien murió en prisión o fue torturado. El pasado comienza a conocerse en términos de historia. Pero la vida continua en "La habitación alemana", donde las obsesiones no chocan contra las paredes o, en todo caso, son obsesiones que tienen otro objeto.

 

Titulo: “Al escribir, no pude dejar de escuchar a los personajes”
Autor: Silvina Friera
Fecha: 22 de Marzo de 2017
Fuente: Página 12 - Cultura y Espectáculos


“¿Qué verán de mí los que me ven aquí sentada? Imagino mi pelo alrededor de mis hombros, la hebilla mal enganchada que me puse esta mañana, la linda camisa que llevo puesto toda arrugada. Todo lo siento ridículo ahora. Ridículos los adornos con que intento cubrir las ruinas. Todo está roto, vaya donde vaya. Y ahora estoy a miles de kilómetros de mi país, sin saber hablar bien, sin saber qué hacer”. La protagonista y narradora de La habitación alemana (Mardulce), primera y excepcional novela de la dramaturga y directora teatral Carla Maliandi, pertenece a la estirpe de la “trummer literatur”, la literatura de las ruinas o los escombros, pensada y escrita desde el siglo XXI, después del desplome de los totalitarismos, la caída del Muro de Berlín y los atentados terroristas del 11 de septiembre. Hija de un filósofo argentino que se exilió en Alemania durante la dictadura cívico–militar, ella vuelve a Heidelberg, ciudad que define como “un cuento de hadas”, donde nació y vivió los primeros cinco años de su vida. Aunque se hospeda en una residencia de estudiantes, no está en sus planes estudiar. No hay programa ni propósito en este “regreso”, casi tres décadas después.

Simplemente llegó, traída por un impulso, sin dinero suficiente, en un intento desesperado por encontrar tranquilidad, después de la separación de Santiago, ahora su ex pareja. Pero el horizonte se complica más porque ella está embarazada –y no sabe quién es el padre– y para colmo Shanice, una compañera japonesa de la residencia, se suicida y le deja como “herencia” un baúl de ropa, zapatos y varios objetos electrónicos, además de una madre, la señora Takahashi, que la asedia y la persigue.


Maliandi, autora de las obras La tercera posición, Contusión y Por la sombra, integrante del colectivo de dramaturgas Rioplatensas, nació en Venezuela en 1976, durante el exilio de sus padres, los filósofos Ricardo Maliandi y Graciela Fernández. Una parte ínfima del mundo de La habitación alemana tiene que ver con los afectos y con su biografía. “Yo viví en Heidelberg de chica entre los 2 y los 4 años. Tomé cosas que conozco de la ciudad, a la que volví después de que escribí la novela. En Heidelberg está la universidad más antigua de Alemania y una de las más antiguas de Europa. Mi papá daba clases ahí. Después volvimos, también por trabajo de mi papá, cuando yo tenía 12. En mi fantasía, era un lugar como de cuento de hadas, un espacio feliz relacionado con mis años de infancia, que para mí fueron felices, por más que las circunstancias que nos llevaron ahí no fueron muy felices”, cuenta la dramaturga y escritora en la entrevista con Página 12.

–¿Por qué la protagonista de La habitación alemana dice “Un exilio feliz, un exilio del que no se quiere volver no es un exilio”?

–La idea de exilio conlleva la pena por lo que se dejó y el nuestro no fue un exilio en el término duro de la palabra. Mis padres estaban en la universidad, en Filosofía, y era muy difícil en ese momento dar clases. Mi papá daba clases en La Plata, una universidad de mucha militancia política, y estaba económicamente muy mal en ese momento, algo que volvió a pasar al final del alfonsinismo, en el 89, cuando volvimos a Heidelberg por tres meses. Aunque flotaba la idea de quedarnos, después no se dio y volvimos. Yo no tengo la imagen que tienen otras personas de mi edad que vivieron exiliadas en México, en Venezuela o en Alemania, que tienen la imagen del exilio como un período muy melancólico. Al contrario, para mí fue una etapa feliz. Había varios filósofos en Alemania en ese momento y hace poco me junté, después de muchos años, con la hija de Mario Caimi, que vivió mucho más tiempo que yo en Alemania, y me contaba lo fuerte que fue cambiarse de colegio. En los primeros 80, en Alemania había una cosa medio hippie, medio progre; ya estaban muy alejados de la guerra y querían, además, distanciarse lo más posible de esa imagen espantosa que el mundo tenía sobre Alemania. Acá había todavía un aire extraño. Ella me decía que recordaba ese tiempo como un tiempo muy feliz y que lo duro fue volver. Después, cuando uno va creciendo y va entendiendo, se va dando cuenta de que un montón de cosas que sucedían entre Alemania y Argentina eran pura hipocresía, porque mientras se recibían exiliados también se financiaba armamento para la dictadura.

–¿De qué se escapa la protagonista de La habitación alemana?

–La novela no lo narra pero el lector lo intuye, que ella parte de una vida bastante tranquila, con un trabajo, una pareja, una casa, hasta que en un momento esa vida se quiebra y ya es imposible repararla. No hay manera. Entonces ella huye a ese lugar idílico de su infancia, sin un objetivo claro, sin ningún plan, solamente con la intención de retomar algo de la tranquilidad familiar, que además sabe que no la va a encontrar, ¿no? Cuando llega a Heidelberg, empieza a pasar algo que tiene que ver con lo fortuito. Ella va para adelante en esa especie de azar o de cosa catastrófica, en el sentido de que no se puede prever. Damián Tabarovsky encontró algo ahí que yo nunca lo hubiese podido teorizar, pero que me sirvió ahora para pensar. No hay un aprendizaje o una modificación de esas cuestiones que al personaje le pasan, sino un poco al revés: ella no está creciendo, no está ampliando su visión del mundo o entendiendo las cosas con una luz nueva, sino que lo que ella quiere es recuperar algo de lo que perdió. El personaje lo que hace es el camino inverso al de la novela de aprendizaje.

–Hay otro personaje que está más extraviado que la protagonista: la señora Takahashi, cuya hija se suicidó, y que al asediarla y perseguirla parecería ocupar el lugar de la madre de la protagonista.

–Es un personaje que apareció y me pidió lugar sin que me lo hubiera propuesto. Al principio, la señora Takahashi aparece como una molestia para el personaje principal, que quiere estar tranquila, dormir y que no la molesten. La señora Takahashi la obliga a hacer una vida de turista que ella no fue a hacer a Heidelberg. Ni siquiera está estudiando o haciendo algo productivo. Ella se la quiere sacar de encima, pero a la vez no puede dejar de sentir culpa. Ella hereda ropa y cosas de Shanice, la hija de la señora Takahashi, sin tener una relación de amistad o de tanta cercanía. Entonces recibe cosas que a su vez le pesan; son ayudas extrañas. Hay ayudas sinceras como la de Mario, el amigo de los padres, pero a su vez ella misma pone en peligro esa ayuda. No hay una línea moral, ella misma se boicotea lo más sagrado que le sucede ahí, que es encontrarse con esta persona que viene a cubrir la figura del padre.

–Hay un trabajo especial de la oralidad con el personaje del tucumano, que dice, “son lajocho y media”, “me parece que estajermosa”. ¿Por qué tomó esta decisión?

–Yo soy dramaturga, escribo teatro. Creo que tengo una especie de escucha de la voz narrativa, de los personajes y de los diálogos. Escuchar a los personajes hablar es algo que no pude dejar de hacer mientras escribía. Había estado hace poco en Tucumán; paramos en un hotel que se llama Miami, ese hotel existe cerca de la estación en San Miguel de Tucumán, y nos atendió un chico al que le pregunté dónde se podía ir a comer. Y me dijo algo que me pareció hermoso: “acá a dos cuadras, en la esquina, hay un restaurante que mi padre me ha dicho que esjermoso”... Esto es música pura. Me interesa el ritmo y la respiración que tiene el texto, incluso el ritmo fonético, no sólo sintáctico, que las palabras suenen de determinada forma. Todo el tiempo pienso que se tiene que poder decir el texto, que se tiene que poder escuchar. Esto es una deformación del teatro. Que el texto se pueda escuchar me importa más que el tipo de pirueta narrativa que una pueda hacer, como construir las intrigas de una manera planificada o cambiar el punto de vista. Lo que más me interesaba es que se pudieran escuchar los pensamientos y los diálogos.

–¿Qué diferencias percibe entre escribir narrativa y dramaturgia? ¿Qué demanda una novela, qué demanda una obra de teatro?

–La novela es un trabajo más solitario, pero a la vez más libre. Ahora me resulta rarísimo que alguien esté leyendo mi novela porque estoy acostumbrada a que vean lo que escribo. El teatro que hago es muy chiquito, independiente, para muy pocos espectadores, entonces yo tenía un control sobre quiénes veían la obra. Como soy directora también, sabía quién entraba, quién salía, si le había gustado o no, más o menos me daba cuenta viendo la cara de los espectadores. Ahora que alguien esté leyendo mi novela en su casa me resulta imposible de pensar (risas). No lo puedo creer porque no tengo ese control, no sé por dónde anda el libro, no tengo ni idea. En el teatro, aunque la escritura sea de uno, siempre es compartida con los actores. Muchas veces se escribe con los actores en escena; yo lo he hecho, incluso escribí obras con otros dramaturgos. En teatro siempre escribí sabiendo para quién. Ese saber para quién hace que pueda imaginarme sus voces. En la novela esas voces están en mi cabeza, pero no están encarnadas en la realidad ni van a ser interpretadas. El teatro está sujeto a ciertos procedimientos que la escena permite o no permite, entonces uno tiene que ser más o menos ingenioso con las condiciones de producción. En la novela todo puede suceder.

–El personaje de La habitación alemana no es maternal respecto de su embarazo, sólo en un momento habla de un “nosotros” y piensa poco en su hija, quizá porque es madre a su pesar, accidentalmente. ¿Fue deliberada esta ausencia de gestos maternales?

–No sé si lo busqué, pero lo que sucede es que no es un embarazo que ella haya planificado, tiene que ver con un tipo de acontecimiento fortuito catastrófico. Llega en un momento en que ella no lo buscó y ni siquiera sabe quién es el padre. La idea de felicidad maternal no puede darse en ese contexto. Si bien ella dice en determinado momento que siente una felicidad que no sabe de dónde viene, no es una alegría, no es un plan, no hay en su cabeza imágenes de cómo se va a desarrollar su embarazo; ni la mantita, ni la ropita, nada de eso. Ella vive en el puro presente.

–La maternidad y el embarazo suelen estar demasiado idealizados. Cada vez más la literatura argentina empieza a mostrar mujeres con dificultades, vacilaciones, miedos, resquemores, y que la maternidad pueden ser más bien pesadillesca. ¿La habitación alemana forma parte de esta necesidad de ser más “realistas”?

–No me lo propuse porque no creo que la novela tematice sobre la idea de maternidad. Sí puede ser tangencialmente... La maternidad en la novela es un accidente más dentro de las peripecias, que también me sirve a mí para marcar el tiempo. El tiempo transcurre por su cuerpo, que se va ensanchando, más allá de lo que significa la maternidad como tema. No me propuse una mirada de género ni de enfrentarme con una idea de la maternidad como experiencia. Por supuesto que la tengo y si alguien me pregunta diría que me parece que hay una exageración de la maternidad desde que existe Facebook y las fotos, que me resulta por lo menos llamativa para pensar.

–¿Está escribiendo otra novela?

–Sí, todavía no tiene mucha forma, pero sucede acá, en la década del 50, después de la muerte de Eva y antes del 55. Tiene que ver con mi obra La tercera posición, con el personaje de la secretaria, Irene, una chica que trabaja para una especie de mecenas y se encuentra de repente metida en un mundo con el que tiene una diferencia de clase muy grande en ese momento histórico de la Argentina. Ahora la estoy siguiendo a ella, qué pasa con la voz de ese personaje, me atrae mucho pensar los modismos, el vocabulario, yo recuerdo cómo hablaban mis abuelas o las películas argentinas, la literatura de esa época y el tipo de imagen que construye. Para hacer la obra leí el libraco gordo de (Adolfo) Bioy (Casares) sobre Borges y cómo se refieren ellos a los temas políticos. Me resultaba muy atractivo bucear por ahí.

–¿Qué escritores y dramaturgos alemanes le interesan?

–En dramaturgia me interesa sobre todo Heiner Müller, (Bertolt) Brecht, no tanto por sus obras, sino por sus tratados y ensayos; Günter Grass me parece importante en narrativa. Hay mujeres que me interesan mucho, algo de la escena final de mi novela recuerda a un cuento de Marie Luise Kaschnitz, una autora muy popular en Alemania, o Christa Wolf, escritoras de la posguerra. Otro escritor que me gusta mucho desde la adolescencia es el austríaco Thomas Bernhard, que me acerqué a él por su teatro y después leí su narrativa. Me interesa una literatura que arranca después de la guerra de un punto cero, donde ya no se puede hablar de nada, que en alemán es la “trummer literatur”, que significa la literatura de los escombros. No queda nada y de las ruinas me voy agarrando para volver a construir algo. Pero con la fe devastada porque no hay plan posible. No se puede planificar nada, más allá del presente.

 

Titulo: "Nada fue deliberado en esta novela"
Autor: Gonzalo León
Fecha: 20 de Marzo de 2017
Fuente: Blog de Eterna Cadencia


La habitación alemana es la primera novela de la dramaturga y directora de teatro Carla Maliandi (Mardulce, 2017). A grandes rasgos, trata del desarraigo de una mujer que llega a la ciudad universitaria de Heidelberg huyendo de su realidad en Buenos Aires. Esa huida es también un suspenso en su historia personal con su pareja, de quien se ha separado, es una historia que podría continuar o no, ya que a los pocos días de estar en la ciudad alemana se da cuenta de que está embarazada. Al parecer, la protagonista quiso huir de su presente para refugiarse en los recuerdos de su pasado, allí en esa misma ciudad en la que sus padres vivieron en el exilio. Aunque, como escribió Beatriz Sarlo en una reseña, “sus recuerdos del exilio no conciernen a la política, no son recuerdos de hombres y mujeres que actuaron entonces o fueron perseguidos”. Hay por así decirlo una dislocación entre los recuerdos del exilio, o los que sus padres pudieron tener, y los recuerdos de lo que para ella significó ese periodo: un lugar seguro. Entonces, si el exilio fue seguro, la protagonista se exilia de su presente. Pero, como no quiere que ese tiempo se transforme en definitivo o permanente, elige una residencia de estudiantes, un albergue transitorio.

Estamos ante una novela de personajes fuera de lugar que, pese a ello, van determinando el curso de la historia. Una japonesa suicida, la madre de la suicida que decide que la mejor forma de vivir su duelo es entregarse a un frenesí de compras y diversión, Mario, amigo de los padres de la protagonista de aquellos tiempos de exilio, que se ha convertido en herr professor, la adorable hermana de un tucumano que recurre a una vidente marginal para ver en los destinos de los otros y, desde luego, la misma protagonista, que no sabe muy bien qué hacer. Casi todos los personajes de esta novela están a la deriva, como si una marea los empujara hacia tal o cual lugar. Nadie pareciera controlar sus vidas, y eso desconcierta por momentos, porque da la sensación de que el narrador tampoco controla lo que va a suceder.



Tu novela transcurre en no-lugares: una residencia, calles, restaurantes, bares de Heidelberg y por otra parte todos los personajes se entregan a una deriva. ¿Eso fue deliberado?

Nada fue deliberado en esta novela, no hay un plan previo a la escritura, sino que fue bastante fortuito todo lo que fue sucediendo. El lugar en el que transcurre es Heidelberg, una ciudad alemana muy vinculada con la universidad y con la filosofía, y en la cual yo, al igual que la narradora y protagonista, viví un tiempo durante mi infancia. Aunque, claro, mi historia es distinta. Lo único claro que tenía en mi cabeza es que iba a transcurrir ahí, porque ese lugar tiene que ver con el lugar de la memoria y los recuerdos, un lugar donde el personaje piensa que va a encontrar tranquilidad, que va a poder dormir, pero un lugar en el que no le interesa asentarse, formar una casa, idear un plan, al contrario, va sin un objetivo claro. Por eso el personaje elige una residencia de estudiantes, porque no la compromete a tener que alquilar, creo que el personaje dice que el lugar le permite estar sola y acompañada a la vez, que es una sensación que conozco bien, y que también puede encontrarse en bibliotecas, aeropuertos o casinos.

Pareciera que el único lugar seguro fuera el pasado, ¿el resto es inestable, se está como de paso?

Puede ser, porque lo más parecido al hogar es ese recuerdo de su infancia, pero ese pasado no existe, y por eso la protagonista no pretende reconstruirlo ni tampoco tener un presente, como construir una familia allí, las cosas van pasando después, de modo accidental. Quizá su actitud tenga que ver con un duelo, con la muerte de su padre, y el estar allí, en esa ciudad, tenga que ver con recuperar algo de eso.

Hay un juego entre los no-lugares, los personajes que están fuera de lugar y también con lo dislocado. ¿Cómo manejaste esto?

Los personajes de la novela están de paso y el que no está de paso, que es el profesor, se convirtió en eso a la fuerza. Por ahí es el personaje que más sufrió, porque vivió el exilio verdadero, del que no quiere volver y del que elige no volver; incluso cuando las condiciones son favorables, se queda en Alemania, en Heidelberg, y ahora es parte de ese paisaje, que no imaginaba en su juventud, cuando llegó para refugiarse. Después los otros personajes, y de esto me di cuenta después, ninguno es alemán-alemán: el tucumano es tucumano, los estudiantes de la residencia son todos extranjeros, incluso la dueña que es húngara. Supongo que nadie está en su lugar, ninguno de los personajes.

Pero no sólo en cuanto a nacionalidades sino también en cuanto a actitudes parecen fuera de lugar: la madre de la suicida no está de duelo y la maternidad de la protagonista no es una maternidad convencional.

Todos los personajes son en algún momento golpeados por alguna catástrofe o con lo no previsto, y no responden como se esperaría porque no están preparados para eso, quizá por esa imposición social de lo que se espera de uno se hace imposible.

¿Puede ser que La habitación alemana sea una novela de personajes, donde quien determina el cambio de rumbo de la historia sean ellos? Cuando uno está en una historia de pronto irrumpe un personaje y cambia de rumbo la historia, y la convierte en otra, y así sucesivamente.

También fue algo espontáneo cómo los personajes aparecían y desviaban el rumbo de la historia, para un lado o para el otro. Al principio no pensé que esos personajes iban a ocupar tanto espacio, pensé que iban a permanecer un poco secundarios y que siempre iba a ser la voz de la protagonista la que iba a seguir, pero fueron tomando lugar. El tucumano tomó un lugar impresionante, también la señora Takahashi, llevando de este modo a la novela a un lugar más diferente del que aparenta al principio: más gótico, o no sé cómo llamarlo. Y después lo que me empezó a pasar con la escritura es que me interesaba la sonoridad de sus voces, y eso me gustó escribir: la voz del tucumano o la de su hermana, por ejemplo. Los personajes extranjeros están escritos en un castellano neutro, pero también imaginaba la respiración de la señora Takahashi distinta a la de otros personajes y distinta a la de la protagonista, y a lo mejor por eso ocupan un lugar, por una construcción de la escritura de querer entender cómo funcionaban rítmicamente esas voces.

¿Cómo fue el trabajo de edición?

Hicimos muy poco trabajo de edición. Cuando lo entregué, Damián Tabarovsky, mi editor, me dijo: “No toques nada”. Pero luego me hizo cambiar dos cosas, la principal fue que el título que yo le puse era Heidelberg, y el editor no quería que se llamara así, pero yo estaba muy encaprichada con que se llamara con el nombre de la ciudad, porque para mí el lugar es el protagonista, esto que vos decís, todo transcurre ahí, aunque no es una novela de viaje ni una novela donde la ciudad aparezca de forma turística. Bueno, pero estábamos con lo del título, hasta que un día charlando con Julián López le dije: "¿Y si le pongo La habitación?", y él agregó: "Alemana". Y ahí quedó. Bueno, le debo el título a Julián.

¿Cómo se te ocurrió que la ciudad fuera la protagonista?

Porque esa ciudad sí se tocaba con mi biografía y yo, a diferencia de la protagonista, no había vuelto, pero sentí que había muchas cosas en esa ciudad: un tipo de luz muy particular, un lugar muy limpio, tanto que la recomendaban para los enfermos de los pulmones; el atardecer es una locura, un cóctel de colores, que están en mi memoria y que no había vuelto a ver, y pese a que es una ciudad vinculada con la filosofía y la novela no es filosófica, hay un punto de unión con mis padres, con mi biografía.

Por lo mismo que es una novela de personajes, cuesta fijar una historia, hay muchas historias, una red de ellas, pero lo que queda claro es el tema, esto es, el desarraigo. No es una novela de exiliados ni de inmigrantes, es una novela de desarraigo.

Estoy de acuerdo con esa lectura. No es una novela del exilio en el sentido clásico, es una novela de estar fuera de lugar y estar fuera de tiempo también. Hay algo que pasa con la protagonista y es que además de haberse ido de Buenos Aires se va de la comunicación, la abandona, y eso es raro en estos tiempos donde vivimos hiperconectados. Ella al revés decide desconectarse de su ciudad, de sus amigos, de su trabajo, le da una pesadez tremenda abrir los mails. Eso también puede tener que ver con el no-lugar. Este suspenso que ella se crea en el tiempo, que no sabe si va a ser un suspenso eterno o si en algún momento le va a poner punto final y va a empezar una vida adulta. Porque ella viene de una vida supuestamente armada, se separó, lo que quiere decir que tuvo un novio, un perro, una casa, un trabajo, y eso en algún minuto se rompió y lo que viene ahora es una especie de viaje a su interior, que no es un viaje hacia la madurez o hacia el aprendizaje, sino es el desconocimiento de sí misma a lo que se enfrenta.

En un momento parece que la protagonista con todas las peripecias va a aprender algo, pero finalmente no aprende nada, en ese sentido no hay moraleja ni enseñanza hacia el lector ni hacia ella misma.

También me di cuenta de eso después de la lectura de mi editor. La novela de aprendizaje trata de que después de vivir varias peripecias el personaje finalmente madura y tiene una visión de mundo. Cuando mi editor me llamó para darme una devolución me dijo que le gustaba porque se trataba de una novela de no-aprendizaje. Y al ser así tampoco hay una moral. Alguien que leyó la novela me dijo que le resultaba muy dura la parte en la que la protagonista se enamora del novio del amigo de sus padres, que es una luz, que cumple muchos roles: padre, amigos, protector, y sin embargo, no puede resistirse y avanzar hacia su novio. Y en eso hay un desplazamiento de lo moral, de hecho ni siquiera puede tener una estrategia cuidadosa con ella misma.

Otro modo de leer la novela es que instala un tema contingente: ¿qué hace una mujer embarazada? Y la tentación que uno tiene como lector es esperar la consigna de aborto libre, seguro y gratuito. Pero si hubiera abortado la protagonista, hubiera sido otra novela; desde ese punto de vista el embarazo le permite a esta historia existir. Es la dulce espera...

El embarazo sirve como una continuidad del tiempo. Lo que sucede con el embarazo es que no se tematiza la maternidad. Yo puedo tener una idea de maternidad pero la novela no la tiene. El embarazo aparece y decido que continúe porque me marca una sucesión temporal: su cuerpo se va ensanchando, se va poniendo cada vez más pesada, pero también tiene cosas positivas: por ejemplo, empieza a sentir una felicidad inexplicable y también a pensarse en dos, pero siempre el embarazo es una excusa narrativa. Hay algo en la novela y es que sucede en las estaciones climáticas, y eso ayuda más a marcar el tiempo. De hecho cuando termina la novela hace mucho frío.

Hace cinco años Selva Almada publicaba El viento que arrasa en la misma editorial que vos y la primera reseña fue precisamente de Beatriz Sarlo, igual que lo que te está pasando. ¿Te genera alguna expectativa eso?

No me lo esperaba y me halaga mucho porque creo que Sarlo es una de las personas que se ocupa con mayor profundidad de los textos nuevos. Tiene una lectura muy entusiasta, cuando la conozca personalmente se lo voy a agradecer. En cuanto a la reseña me llamó la atención que encarara la novela vinculándola con mi propia biografía: con mi padre, con que yo nací en Venezuela, con que viví en Alemania. No sé dónde encontró todo eso. Ahora, para ordenar: es verdad que la novela está en una primera persona, que es una narradora mujer, que se toca con varias cosas de mi biografía, pero siempre la vi como una historia de ficción. Y en cuanto a la expectativa, conozco a Selva Almada; de hecho cuando estaba escribiendo la novela hice una clínica con ella y con Julián López, que fueron para mí personas muy importantes en la escucha de La habitación alemana, pero me parece que Selva, a diferencia de mí, tiene una obra muy significativa para la literatura argentina contemporánea, hablo sobre todo de El viento que arrasa, que es una novela perfecta. Creo que todo lo que venga será azaroso, así que prefiero no tener expectativas. Además yo escribía, pero escribía teatro, estaba acostumbrada a otro proceso, a los nervios del estreno, al trabajo con los actores, pero cuando empecé a escribir esta novela ni siquiera tenía la intención de publicar, sólo quería ver en qué consistía escribir narrativa. Y el año que la escribí, que fue el 2015, me sirvió un poco para alejarme de la tristeza que significó la muerte de mi padre. Cuando la novela llegó a su final me di cuenta de que los compañeros de la clínica estaban muy entusiasmados con su lectura, y ahí recién pensé en publicar, así que todo lo que viene ahora es un bonus track. Y que Sarlo la haya querido reseñar no estaba para nada en mis expectativas.