prensa Flaubert y Baudelaire
 

Titulo: Calidad de imputados
Autor: Vicente Undurraga
Fecha: 12 de Diciembre de 2012
Fuente: The Clinic, Chile


Acaba de llegar el libro que recoge las actas de los juicios, por ofensas a la moral y la religión, que a mediados del siglo XIX Francia llevó a cabo en contra de Flaubert y de Baudelaire.

Documenta. Eso hace este libro, El origen del narrador. Documenta los procesos penales contra dos escritores que han sobrevivido ya un siglo y medio a sus acusadores. Documenta eso pero también permite una lectura más: las actas completas de los juicios en que se incriminó a Gustave Flaubert por Madame Bovary y a Charles Baudelaire por Las flores del mal se pueden leer no como una novela –decir eso sería caer en lugares comunes: de novela tiene poco– sino como unos documentos cuyos alcances teóricos, cuya relevancia histórica y crítica, cuya recreativa incrustación de citas y cuyo montaje editorial lo convierten en un ensayo literario de máximo interés actual, con la gracia adicional, aunque impropia del ensayo para una visión conservadora, de no ser unívoco sino armado con varias voces.

La mera posibilidad que propicia de retomar la discusión en torno a la moral y la literatura –bien lo advierte en su prólogo Damián Tabarovsky al relevar el interés
de “seguir planteando ese merodeo sobre la situación de la literatura en la sociedad y en el mercado, sobre la posición del autor frente al libro y del narrador en el texto”–, una discusión que hoy suele ser desdeñada por el viento de la época, por un cierto amodorramiento escéptico que la da por superada; esa mera posibilidad hace de este libro uno de mucha mayor incumbencia literaria que, por ejemplo, las lamentaciones pseudocríticas que ocasionalmente emite el otrora perspicaz Ignacio Valente, a quien pudo verse en El Mercurio del domingo antepasado quejándose por el bajo nivel mostrado por la actual poesía y por la actual crítica de poesía en Chile.

Valente, en su plañir desactualizado, muy de tía epatada, se asemeja a Ernest Pinard, el fiscal imperial que con tanto brío lleva adelante la acusación contra Flaubert primero y, poco después, contra Baudelaire. Muy inteligentes ambos, el fiscal francés y el sacerdote chileno al oficiar sus peroratas de todos modos incurren en aquella práctica “crítica” que Lytton Strachey, en uno de sus formidables Perfiles críticos (recién publicados por Ediciones UDP), deplora, con injusto aunque apreciable énfasis, en el trabajo del doctor Samuel Johnson: “Él juzgaba a los autores como si fuesen criminales en el banquillo, responsables por cualquier infracción a las reglas y regulaciones establecidas por las leyes del arte, las mismas que él tenía el deber de administrar sin miedo ni favor. Johnson nunca inquirió qué era lo que los poetas estaban tratando de hacer”. Es una lástima que Valente prefiera repetir, con la producción actual de poesía y crítica en Chile, el gesto desdeñoso que en los 80 tuviera con Enrique Lihn y otros, en vez de hacer expiación y reiterar mejor la agudeza con que en su momento supo reconocer la belleza de “La cruz” de Nicanor Parra: “Por ahora la cruz es un avión / una mujer con las piernas abiertas”.

También colabora para una lectura placentera de El origen del narrador la alta calidad expositiva de buena parte de los textos que integran ambos procesos, tanto los
alegatos del fiscal acusador Pinard como los de los defensores y jurados. La baja calaña gramatical y conceptual a la que puede estarse acostumbrado con las producciones textuales provenientes del mundo del derecho en este libro no hallan refrendación sino, al contrario, refutación: son prosas peculiares, punzantes, irónicas, nada burocráticas. Y también, naturalmente, se tiene la sensación de estar leyendo una obra literaria (y no meramente un conjunto de documentos de interés relativo) por la inclusión, en anexos, de un ensayo de Baudelaire sobre Madame Bovary escrito tras el juicio en que esta novela fue absuelta y poco antes de que sus propias Flores del mal fueran condenadas, y de cinco cartas que, a propósito de todo esto, Baudelaire y Flaubert cruzaron.

Podrá llamar hoy la atención que las defensas de ambos acusados –harto menos sintéticas y vivaces, todo hay que decirlo, que el alegato del conspicuo Pinard– se hagan desde adentro del argumento moral de la Fiscalía, y más aún, desde adentro del cristianismo, dedicándose a desmentir las ofensas a la moral y a la religión en vez de procurar defender de pleno modo la autonomía de la literatura y su derecho para ejercer, incluso, la ofensa gratuita a las buenas costumbres y a la religión.

Pero claro, estamos a mitad del siglo XIX, en la Francia imperial (mala época para un James Ellroy o un Rubem Fonseca), y no se puede caer en el pueril anacronismo de juzgar lo entonces acontecido con los parámetros y usanzas de hoy (que por otra parte no es por necesidad mejor o más alentador).

La defensa de Madame Bovary, llevada a cabo por Monsieur Sénard, se centra en que se trata de un libro que, exponiendo en detalle las manifestaciones y formas de la vida licenciosa en provincia, finalmente provoca rechazo, y no amor, al vicio. Es divertido ver al abogado defensor diciéndole al fiscal cuestiones como esta, que recuerda las arremetidas del narrador de Thomas Bernhard: “Usted se asustó al encontrar las palabras corsé, ropas que caen, ¡y se quedó en esas tres o cuatro palabras, corsé y ropas que caen! ¿Quiere que le demuestre cómo un corsé puede perfectamente aparecer en un libro clásico, y justamente muy clásico?”. Así a veces, pero otras justificando más que defendiendo, el abogado de Flaubert logra que el tribunal lo absuelva. Dice la sentencia: “Aunque la obra merece una severa reprensión, pues la misión de la literatura debe ser la de enriquecer y recrear el espíritu elevando la inteligencia y depurando las costumbres mucho más que la de inspirar horror al vicio presentando el cuadro de los extravíos que pueden existir en la sociedad”, se la absuelve porque “no está suficientemente probado que Laurent-Pichat (el editor), Gustave Flaubert (el autor) y Pillet (el impresor) se hayan hecho culpables de los delitos que se les imputan”.

Luego –en el libro, en 1857– viene el juicio a Baudelaire por Las flores del mal. Se trata de un caso que por su resultado adverso es más famoso aún que el de Flaubert, pero a cuyas actas completas, en castellano, no se tenía acceso, o no íntegramente. Leerlas es darle espacio a pensamientos de total vigencia. Pinard, el fiscal persecutor, se nota lesionado de entrada con el revés que tuvo, pocos meses antes, en el juicio contra Flaubert. Así comienza, de hecho, en clave retórica, su exposición: “No es el resultado de la acusación lo que me preocupa, sino únicamente la cuestión de saber si tiene o no fundamento”. Y poco después pregunta: “¿De buena fe creen ustedes que está permitido decirlo todo, pintarlo todo, ponerlo todo al desnudo, con tal de que en seguida se hable de la repugnancia producida por el exceso y se describan las enfermedades que lo castigan?”. Pinard fustiga que Baudelaire en ciertos poemas muestre al cuerpo humano “envilecido o palpitante bajo el abrazo del libertinaje”, y cierra su acusación señalando que los poemas de Baudelaire, al haber alcanzado la forma de un libro, con la perdurabilidad que éste ostenta en contraste con la fugacidad de la prensa, pasan a ser “un peligro siempre permanente”. Ha pasado un siglo y medio y el adjetivo peligroso, el mote de “peligro siempre permanente”, ya lo quisiera hoy cualquier escritor oír proferido en relación a su trabajo: un libro peligroso, un libro que socava el piso del sujeto que lo lee en vez de afirmárselo.

La defensa de Baudelaire, llevada a cabo por otro abogado que el de Flaubert, pierde. Su planteamiento, desde el punto de vista intelectual, es algo pusilánime, aunque litiga astutamente al intentar imponerse mediante la alusión constante a la autoridad de otros casos literarios en los que infracciones semejantes se cometieron por montón: Molière, Balzac, D’Aurevilly, Lamartine, Musset, Gautier, Rabelais, La Fontaine, Voltaire, Rousseau y Montesquieu y más. En su momento de mayor sagacidad, la defensa señala que Baudelaire “nada ha dicho en favor de los vicios que ha moldeado tan enérgicamente en sus versos”. Pero ni esa preclara lucidez de considerar inimputable al autor por los dichos de quien habla en los poemas (“El poeta es un simple locutor / Él no responde por las malas noticias”, escribiría más de un siglo después Nicanor Parra), ni eso ni las alusiones a las “indecencias” escritas antes por magnas figuras de las letras francesas consiguieron que Baudelaire fuera absuelto: hubo de eliminar seis poemas del volumen y pagar 300 francos de multa (el editor y el impresor, por su lado, debieron pagar cien cada uno).

Varias de las discusiones sobre la literatura que proliferaron en el siglo XX y que perduran hoy ya bien entrado el XXI, discusiones sobre el autor, sobre el lector, sobre las formalidades y alcances del texto, están en este libro no solo esbozados sino a veces muy encaminados, si bien con puntos de vista hoy abandonables y siempre bajo la forma de la litigación, de manera tal que termina proyectándose, en la mente del lector, una larga escena dramática donde el efecto literario es tal que, estándose como naturalmente se está del lado de Flaubert y Baudelaire (el lugar de la libertad, el lugar de la literatura, que bien puede ser un lugar de la moral), en un momento dado las posiciones de Pinard se vuelven hipnóticas, empáticas, al punto de producirse el espejismo de un horror vacui moral: todas las posiciones convencen, lo cual, ahora sí, suele ser un efecto de toda gran novela, efecto que aquí al final se difumina, felizmente. El ultraconservador Pinard termina su alocución contra Madame Bovary diciendo que el problema, o el delito, en rigor, no está en que se “pinte las pasiones: el odio, la venganza, el amor –el mundo solo tiene vida en ellas, y el arte ha de pintarlas–, sino en que las pinta sin freno y sin medida. Sin una regla, el arte dejaría de ser arte; sería como una mujer que se quitara toda la ropa”. Así nomás.

 

Titulo: Ya nadie va a leer tu diario íntimo
Autor: Maximiliano Tomas
Fecha: 09 de Mayo de 2012
Fuente: Revista Quid


Las preguntas, tan viejas que huelen un poco a naftalina, comenzaron a resolverse (si no antes) allá por 1857 en Francia. ¿Quién narra en una novela? ¿Quién es el verdadero autor? ¿Quién habla a través de esa voz cuando el narrador utiliza la primera persona? ¿Y cuando la historia se cuenta en tercera, o en indirecta libre? ¿Se puede leer un libro haciendo abstracción de la biografía de su autor, de los datos que conocemos de él, de sus pensamientos y opiniones? ¿Cuánto habrá de autobiográfico en esa trama protagonizada por un evidente alter ego del escritor? Decíamos 1857, por poner una fecha, porque fue entonces cuando dos escritores, Charles Baudelaire y Gustave Flaubert, fueron acusados de ofensa a la moral pública y llevados a juicio por el contenido de sus libros Madame Bovary y Las flores del mal. A Flaubert le endilgaron haberle infundido a Emma Bovary ideas y conductas indecentes y reprobables, y al no poder demandar a un personaje de ficción, la Justicia francesa llevó al estrado a su autor. A Baudelaire le sucedió algo parecido. Flaubert fue absuelto, Baudelaire recibió una pena menor (todo el proceso está recogido en un libro reciente: El origen del narrador. Actas completas de los juicios a Flaubert y Baudelaire) y fue exculpado postmortem, en 1949. Pero esos procesos judiciales funcionaron comoun hito a partir del cual lo narrado (la ficción) y el narrador (el autor de esa ficción) fueron por fin separados, y a cada uno de ellos se le dio su propia entidad.

Durante el siglo XX aparecieron nuevos debates y teorías que llevaron las discusiones mucho más allá, pero ya nadie volvió a confundir una cosa y la otra. ¿O habría que decir hasta finales del siglo XX? Porque el surgimiento y desarrollo de los nuevos medios, las plataformas de publicación web y las redes sociales masificaron el uso de la palabra y lubricaron hasta un punto jamás visto las comunicaciones, y así volvieron a mezclar un poco las cosas. Desde entonces, cualquiera puede escribir, ser leído por decenas de miles gratuitamente, sin la necesidad de pasar por la instancia de publicar un libro. Ahora: ¿llevar un blog es lo mismo que escribir una novela? ¿Mis observaciones, mis opiniones, mis detalles íntimos revelados, pueden tener interés literario si mi vida no es, en sí, distinta a la de cualquiera? Así las cosas, en la primera década del siglo XXI comenzamos a escuchar hablar del giro autobiográfico y de la proliferación de la literatura del yo. ¿Pero hay, en todo esto, algo realmente nuevo?

Digámoslo de una vez: quien quiera escribir, que lo haga. En papel, en la computadora, en una nube de Internet. Y quien quiera llamarse a sí mismo escritor, allá él. Pero quien lo haga, al menos, debería saber que existe algo que se llama tradición, y que hay interrogantes y problemas que no pueden desconocerse. Que para escribir hace falta, antes, leer. Y dejar de lado toda ingenuidad (por ejemplo, la de creer que toda letra impresa es literatura). En el prólogo para la edición conmemorativa de los veinte años de la publicación de El mundo según Garp, John Irving escribe, cansado de que le pregunten cuánto hay de autobiográfico en su historia: “Todo el mundo conoce los dos interrogantes que se le plantean con más frecuencia a cualquier novelista: ¿de qué trata su libro?, ¿es autobiográfico? Estas preguntas y sus respuestas nunca han tenido para mí excesivo interés (si la novela es buena, tanto las preguntas como las respuestas son irrelevantes). Lo que quiero decir, por supuesto, es que resulta comprensible que un muchacho de doce años plantee tales preguntas, mientras que un adulto no tiene por qué formularlas. El adulto que lee una novela debe saber de qué se trata el libro, como también debe saber que el hecho de que una novela sea o no autobiográfica carece de importancia, a menos que el presunto adulto sea ingenuo en exceso o desconozca por completo los caminos de la ficción narrativa”.

Quien quiera escribir, entonces, que escriba (aunque hay maneras más divertidas y menos tortuosas de pasar el tiempo). Pero si me preguntan, creo que hasta ahora la llamada literatura del yo, el nuevo abuso de la identificación entre narrador y narración, de primeras personas tan casuales como livianas, nos han legado poco más que páginas sin interés: historias de varones obsesivos de clase media, un poco atontados por las drogas y la falta de experiencia sexual, muchachas neuróticas insatisfechas, adultos conflictuados por el fantasma de un padre ausente o de un hijo temprano, en fin, relatos de una medianía soporífera. Porque no, no todo lo que nos sucede es digno de ser contado, mostrado, publicado. Y sí, todo lo que uno escribe es, de alguna manera, autobiográfico. Sólo que, como dijo alguna vez Borges, “eso puede ser dicho ‘nací en tal año, en tal lugar’ o ‘había un rey que tenía tres hijos”.

 

Titulo: El libro del año en enero
Autor: Javier Rodríguez Marcos
Fecha: 25 de Enero de 2012
Fuente: El País, España


YA CONOCEN la respuesta de aquel dirigente maoísta al que, bien avanzado el siglo XX, le preguntaron por la revolución francesa: “Demasiado pronto para juzgar”. No todos son tan cautos y los periodistas, menos. Si hay un partido del siglo cada semana, ¿podría haber cada mes un libro del año? Aunque el verano marca muchas veces la frontera de la amnesia a la hora de hacer recuento –los títulos del último trimestre llevan ventaja en eso-, entre enero y marzo ya asoman obras que marcarán la temporada. Otra cosa es que en diciembre se acuerde alguien de ellas y terminen en el palmarés. Poco importa. No hace mucho un lector del TLS preguntaba en una carta por qué -salvo en Arguably, del llorado Christopher Hitchens- su lista de 2011 no coincidía en nada con la del New York Times.
Demasiado pedir cuando a veces las listas no coinciden ni en un mismo lector. Ahí estaba Nick Hornby apuntando en columnas separadas los libros comprados y los libros leídos. No siempre eran los mismos. Va un puñado de títulos y autores de este primer trimestre y pico. Leídos o por leer. Unos merecieron la pena; otros aún la merecen. Todos salen en las semanas próximas. Sobre algunos volveremos más detenidamente. Por lo pronto son una lista más. Cada lector tiene la suya, claro. Es igual si futura o pasada. Cualquier pista es bienvenida. Tenemos tiempo.

El origen del narrador. Las actas completas de los juicios a Flaubert (por Madame Bovary) y a Baudelaire (por Las flores del mal), traducidas por Luciana Bata, suponen el desembarco en España de Mardulce, la nueva editorial argentina dirigida por el escritor Damián Tabarovsky, que antes ejerció en Interzona. Imposible no pensar en Ernest Pinard, acusador de Flaubert, como en uno de sus más incisivos lectores. Muchas ediciones francesas recogen su perorata junto a la novela.

 

Titulo: El origen del narrador. Actas completas de los juicios a Flaubert y Baudelaire
Autor: Malena Rey
Fecha: 06 de Diciembre de 2011
Fuente: Los inrockuptibles


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Titulo: El juicio a los malditos
Autor: Dolores Gil
Fecha: 22 de Noviembre de 2011
Fuente: Revista Ñ, Clarín


Flaubert y Baudelaire fueron enjuiciados por obscenidad en 1857 luego de publicar sus libros “Madame Bovary” y “Las flores del mal”. La publicación de sus actas permite analizar los ejes de la discusión.


La sala del Palacio de Justicia de París estaba llena la mañana del 29 de enero de 1857. El abogado imperial Ernest Pinard, de quien más tarde se dijo que era autor de una colección de poemas eróticos y aficionado a la pornografía, acusa, durante una hora y media, a la novela Madame Bovary por obscenidad. El juez de turno es un literato aburrido de los casos comunes y en varios momentos, según cuenta Geoffrey Wall, el biógrafo de Gustav Flaubert, no puede contener la risa frente a la solemnidad del fiscal. Siete meses más tarde Pinard volverá al ataque contra otro de los libros que abren el camino de la modernidad: Las flores del mal, de Charles Baudelaire. En el volumen El origen del narrador se reúnen las actas de dichos procesos. ¿Cuál es el sentido de leer la transcripción de estos juicios en una serie? Ambas obras inauguran una nueva sensibilidad literaria y parecen gritar, cada una a su manera, que otras cosas se pueden contar y cantar.

Ocurridos en enero y agosto de 1857, ambos escritores debieron comparecer ante Pinard por acusaciones que incluso entonces sorprendieron a la opinión pública francesa. La discusión acerca de la pertinencia de los delitos imputados (ofensa a la moral religiosa y a la moral pública) no tiene sentido hoy en día. A Madame Bovary se la condena por un puñado de escenas en que el ojo del narrador es demasiado lascivo o mezcla peligrosamente lo sagrado con lo profano, como cuando se le otorga la extremaunción a Emma, y se enumeran sus pecados y sus bellezas corporales. A los seis poemas de Las flores del mal se los acusa de “cantar la carne sin amarla”, de destilar un veneno embriagante y abyecto, como en “Lesbos”, donde el poeta es iniciado en los misterios del amor entre mujeres: “Lesbos, donde los besos son como las cascadas /que sin miedo se arrojan en abismos gigantes, / y corren, con sollozos y quejas sofocadas, /tormentosos, secretos, profundos y hormigueantes ”. La vara con que se mide la obscenidad de las obras no está clara ni siquiera para los propios acusadores, que operan como cirujanos tratando de extirpar un tejido canceroso de una masa de carne sana. La importancia de estos juicios, empero, radica en la posibilidad de pensar, de allí en más, a la literatura como una esfera independiente, que ya no debe justificar sus temas, formas y procedimientos ante nadie que no sea el ávido público lector que, en parte impulsado por los escándalos de los juicios, encontraron ambos textos. Las actas de estos juicios nos permiten volver al momento en que se empezó a pensar la separación entre autor y narrador, entre poeta y yo lírico.

Originalmente, Flaubert pensó publicar Madame Bovary en la Revue de Paris en entregas quincenales a partir de julio de 1856. Que su primera novela viera la luz fue un incordio para el escritor: los editores retrasaban la salida de las entregas por miedo a una acusación de inmoralidad (la revista ya estaba bajo sospecha) y por desacuerdos entre ellos. Le propusieron hacer recortes de escenas enteras que para Flaubert eran imprescindibles. Aceptó de mala gana, adelantándose al juicio y acusándolos de ensañarse con los detalles y perder de vista el verdadero sentido de la obra. Finalmente, decidió además publicarla en su versión íntegra con el editor Michel Lévy. El juzgado citó al autor, al editor y al distribuidor en diciembre de ese mismo año. La obra recibió en un primer momento halagos del poeta Lamartine, cuyas promesas de apoyo se esfumaron cuando sobrevino el juicio. La novela trataba sobre una joven de campo demasiado educada y con aspiraciones románticas que se casa con un hombre mediocre, no de muchas luces pero de buen corazón y que entra, un poco llevada por el hastío que le provoca su vida doméstica, un poco por la disposición de su espíritu, en una espiral de adulterio, insatisfacción y síntomas neuróticos que la llevan, finalmente, al suicidio. El tema es banal, inadecuado e insólito: su prosa pulida hasta el cansancio, fluida, rigurosa. Flaubert escribía quinientas palabras por semana, y a ese ritmo lento y sostenido, luego de cinco años y varias crisis nerviosas, dio a conocer un personaje que como el Quijote, Hamlet o Anna Karenina es la literatura misma.

El mismo año, 1857, Baudelaire publicó por medio de su editor, Poulet-Malassis, Las flores del mal, un volumen que reunía quince años de trabajo poético. El libro abre con un famosísimo poema-increpación que iguala al poeta y al lector y que es la síntesis de los temas que lo ocupan. Allí acusa al lector del peor de los vicios, el spleen, gozado y odiado al mismo tiempo: “¡Es el tedio! De llanto involuntario llena/la mirada, su pipa fuma y sueña patíbulos. / Tú conoces, lector, al delicado monstruo, / hipócrita lector, mi igual, ¡hermano mío!”. Spleen de las grandes ciudades y de la vida moderna, los poemas de Las flores del mal se van poblando de lujuria, paraísos perdidos, muerte, hastío y mal. La caída del alma es voluntaria, porque el mal se abraza de una vez y para siempre. Walter Benjamin afirmó que Las flores del mal es la última obra lírica que haya ejercido influencia en Europa, y que con su poesía Baudelaire sitúa “la experiencia del shock en el corazón del trabajo del artista” en que el trauma “se traduce en imagen violenta”. Baudelaire es tal vez el poeta que mejor traduce la angustia que provoca la vida moderna en el yo. No es extraño que algunos hayan levantado su voz frente a estos textos, flores envenenadas que venían a usurpar el lugar canónico de lo poético. Hay poesía y belleza en el mal, en la náusea, en la perdición, en el aburrimiento, parecen decir. Otra vez, la pelea se da por las nuevas formas que empiezan a circular.

Una paradoja interesante se instala al leer estas actas. La lectura que hace Pinard de la novela de Flaubert es minuciosa, exhausta y detallista. Mientras el defensor se limita a argüir que la novela condena el pecado mostrando cuáles son sus consecuencias, Pinard pone el ojo en las escenas que revelan, pese a lo que está dispuesto a aceptar, que Flaubert es un maestro de la prosa. Incluso Pinard lo expresa: el trabajo de Flaubert es admirable desde el talento, pero execrable desde lo moral. El famoso pasaje en el que Emma y Léon se acuestan por primera vez dentro de un coche de alquiler que da vueltas frenéticas por Ruán muestra que para decirlo todo a veces es mejor callar casi todo. Y la potencia de la elipsis no se le escapa al fiscal: que no esté explícito no significa que no comprenda lo que un texto puede decir más allá de su letra. Y es que Flaubert pudo condenar a su personaje estéticamente, pero nunca éticamente. El error de la defensa consiste en querer demostrar que si bien la heroína se revuelca en el fango casi sin culpas durante la mayor parte de la novela, tarde o temprano el autor le propina su merecido como expiación de un comportamiento inadecuado. Pinard es agudo, y sabe del poder de la literatura. Un segundo argumento en su contra tiene que ver con el efecto que podría producir la lectura de la obra en el público femenino, el bovarismo a pleno. En una carta, Flaubert no deja dudas al respecto: “No escribo para muchachitas, escribo para el hombre culto”. En realidad, lo que verdaderamente molesta al fiscal tiene su origen en la nueva poética que enarbola Flaubert como parte de la estética realista, sobre todo en lo que refiere a la supresión de la jerarquía entre temas altos y bajos y al tratamiento del narrador y del punto de vista. Pinard no es moderno y no comprende aún que autor y narrador son cosas distintas. En cierto sentido, sin embargo, se adelanta a Barthes, porque sospecha que en el fondo todo “yo” asume su máscara, y que la separación entre autor y narrador que se está gestando es sólo una ilusión. El último argumento de Sénard, el abogado de Flaubert, parece un manotazo de ahogado: tienen que absolverlo porque escribe bien. Así se hizo, previa reprimenda. El tribunal consideró que la novela carecía de severidad en el lenguaje como para condenar efectivamente a su heroína, que la reproducción de caracteres y de color local “conduciría a un realismo que sería la negación de lo bello y de lo bueno”, que los pasajes acusados eran reprensibles pero poco numerosos en comparación con la extensión total de la novela y, finalmente, que Flaubert “cometió el error de perder a veces de vista las normas que todo escritor que se respete nunca debe violar”, aunque esto no fue causa suficiente para encontrar al autor culpable del delito que se le imputaba.

El abogado defensor de Baudelaire intentó apelar a argumentos similares en su juicio. Chaix D´est Ange empieza con la misma perorata de que el mal que se pinta es el mal que se condena, para luego utilizar un recurso mucho más eficaz, la lectura de los poemas. Llega incluso a leer “Al lector” en clave moralista, como si el poeta fuera el canónigo que, una vez despojada de su retórica, pronuncia esta pieza desde el púlpito. Otros autores empiezan a aparecer en la defensa: Lamartine, de Musset, Béranger, Balzac. El abogado se ha preparado un dossier literario, una antología de fragmentos de obras de autores consagrados que podrían ser tan o más obscenos que los poemas acusados de Las flores del mal. La poesía de Baudelaire es sublime, dice Chaix D´est Ange, incluso cuando pinta los horrores menos pensados. “Lesbos” y “Mujeres condenadas”, dos de los poemas más problemáticos para el tribunal, son para el defensor, desde el punto de vista poético, dignos del más alto elogio. El abogado parece intuir que hay en la poesía una fuerza, algo que no es de este mundo, y cuando se le agotan los argumentos dice: “Oigan. Escuchen qué versos. ¿Quién puede condenar a un poeta como éste?” En efecto, este tribunal lo condenó, aunque no por el cargo de ofensa a la moral religiosa, pero sí por ofensa a la moral pública y a las buenas costumbres. El famoso crítico Sainte-Beuve actuó tibiamente, ya que brindó en una carta argumentos para una defensa, pero no la hizo pública hasta mucho después del juicio. Baudelaire debía suprimir seis poemas del volumen y pagar una multa de trescientos francos. Lo que más le molestó no fue la acusación por inmoralidad (Baudelaire ya sabía que sus poemas ofenderían a la moral burguesa, allí radicaba parte de su fuerza), sino que éstos, según la sentencia, conducían “a la excitación de los sentidos mediante un realismo grosero y ofensivo para el pudor”, lo que le produjo bastante irritación.

Los juicios que sufrieron ambos autores abren, en la literatura del siglo XIX, una discusión insoslayable: la cuestión de la autonomía del arte, la relación entre literatura y sociedad. Lo singular es que ambas defensas parecen estar construidas sobre un desvío. Los dos abogados argumentan equivocadamente, puesto que tanto Madame Bovary como Las flores del mal no pintan el mal para condenarlo, como suponen los letrados, sino que inauguran lo que Rancière llama, en Política de la literatura, una nueva circulación de lo sensible. Rancière llama “democracia de la literatura” a “una cierta forma de intervenir en el reparto de lo sensible que define al mundo que habitamos: la manera en que éste se nos hace visible y en que eso visible se deja decir, y las capacidades e incapacidades que así se manifiesta.” ¿Cómo decir lo nuevo? La literatura moderna irrumpe a pesar de las resistencias que ofrecen los viejos bastiones del arte. Hay que detenerse en el hecho de que el novelista haya sido absuelto y el poeta no: la poesía puede llegar a tener un contacto más evidente con una verdad que radica en el yo, mientras que la ficción, por más realista que sea su tono, es, en última instancia, una agradable mentira, y por lo tanto, menos peligrosa. El problema de ambas obras parece residir en la incomodidad que genera la falta de adecuación entre estilo y contenido. Lo que se juzga, más allá de los temas, es una forma de mirar, una forma de sentir. Los fiscales y acusadores piensan que están hablando sobre el contenido de estos dos libros, pero en realidad lo incierto, lo moderno radica allí donde narrador y yo poético establecen una relación nueva con aquello que designan.

 

Titulo: Juicio a la literatura
Autor: G.G.
Fecha: 11 de Noviembre de 2011
Fuente: adn, La Nación


Mucho antes de las pacatas interdicciones al "Ulises" de Joyce, "El amante de Lady Chatterley" o las novelas de Henry Miller, el siglo XIX había producido contra la literatura juicios mucho más contundentes y reveladores. Este volumen reúne las actas de los juicios más notorios: el que sufrieron "Las flores del mal" de Charles Baudelaire, y "Madame Bovary", de Gustave Flaubert. Representa un momento clave, la zona clivaje que habilita la modernidad.Como sostienen los editores en la contratapa: además del interés documental, la publicación en un único volumen de estos textos de acusadores, defensores y juzgado (al que se agregan algunos de los autores) se justifica por su alta calidad literaria, tan diferente - podría agregarse- de la tribunalicia jerga y sus gerundios mal empleados.