prensa Elmar Altvater
 

Titulo: Hacia una sociedad solar
Autor: Natalia Viñes
Fecha: 12 de Agosto de 2012
Fuente: Perfil


La actual crisis mundial comprueba una de las profecías más socorridas y también más desdeñadas: nos encontramos en los límites de la sociedad industrial, con un altísimo costo para el medio ambiente. El desaforado desarrollo capitalista ha ocasionado que las perspectivas a corto y mediano plazo sean oscuras y desesperanzadas. Ante ese lóbrego porvenir, un visionario propone un armisticio con la naturaleza de la manera más humana posible: volver el rostro al sol.
En la geografía especulativa de las finanzas, las espirales que manipulan pobrezas y riquezas parecen tomar vida propia y amenazar no sólo las economías y las sociedades, sino también las expectativas hacia una mejoría de los países inmersos en el cosmos capitalista. En Los límites del capitalismo. Acumulación, crecimiento y huella ecológica (Mardulce), el politólogo Elmar Altvater reflexiona sobre las grietas del actual entramado mundial que parece plantearse como una encerrona. Con traducción y prólogo de Gabriela Massuh, el libro incluye dos de los textos más actuales que el intelectual alemán escribió sobre la presente crisis hace apenas seis meses.
Repensar el capitalismo, o replantearse el capitalismo como único sistema posible para la humanidad, en los últimos años no sólo no fue moneda corriente sino que parecía ser un acto romántico de quien no quería entrar en razones. A raíz de la crisis internacional que –por su efecto dominó y por el defecto de la falta de aplicación de tratamientos reales para detenerla– promete visitar cada sector del globo, algunas críticas importantes, aunque no aún decisivas, han comenzado a surgir. El relato de Elmar Altvater en Los límites del capitalismo encuentra su suelo en este contexto, aunque su voz, sin embargo, se escucha desde hace tiempo en Alemania como una de las más resonantes y disonantes en el debate de ideas en cuanto a economía mundial y reproducción capitalista. Publicó una veintena de libros, entre ellos El precio del bienestar y La globalización de la inseguridad, en colaboración con Birgit Mahnkopf. De corriente marxista, su pensamiento intenta –además de poner en conocimiento con alarmante claridad los mecanismos del sistema económico actual (sus orígenes, los presentes que enlaza y los destinos que depara) – pensar las posibilidades futuras que pueda tener la humanidad en este planeta según sus recursos naturales.
Elmar Altvater repasa a Marx y Rosa Luxemburgo y suma, en sus observaciones críticas, un límite más al desarrollo capitalista: el que le impone la naturaleza. El sistema basado en energía fósil –que no es renovable y deja consecuencias ecológicas irreversibles– se encuentra en su “etapa terminal”, dice. Para el autor, el “progreso” capitalista avanza en una relación de poder sobre la naturaleza, lo cual conduce a un callejón sin salida.
Ese avance desenfrenado, para Altvater, es alentado por el concepto de “crecimiento” que el poder económico acuñó como sinónimo de (y único camino hacia el) “progreso”, “estabilidad social” y “desarrollo”. Sin embargo, sostiene que ese “crecimiento” con metas cada vez más disparatadas es imposible de cumplir para la naturaleza y además no tiene ninguna relación con el desarrollo de un país, ni con una necesidad humana real. Como ejemplo de ello menciona sociedades precapitalistas que se desarrollan en la pintura, la navegación, el dominio político, la geografía, etc.; con un crecimiento cero, o de un 0,2% anual (aunque no por eso, claro está, aconseja o se muestra interesado en volver a la Edad Media, sino todo lo contrario).
Frente a las posibilidades futuras y sustentables para la humanidad despliega la idea de la “sociedad solar”. Se trata de la sustitución de energía fósil por energía solar (renovable). Explica que el caudal aprovechable de la energía anual que recibimos de esa fuente es “varios cientos de veces la energía que se consume actualmente en forma mundial”. Su puesta en práctica plantearía un escenario de producción y consumo absolutamente distinto al que conocemos, ya que –a diferencia de la energía fósil– el traslado de esta energía es tan costoso que debería aprovecharse en el lugar. Esto proyectaría una descentralización de la economía y una desaceleración de los tiempos tal como los vivimos actualmente. Para ello, señala el autor, será precisa una “economía solidaria”, no por una cuestión moral “sino de supervivencia”. Lejos de exponer esta idea como una predicción, Altvater explica la importancia de pensar alternativas que puedan influir sobre las prácticas políticas y sociales.
Lejos, también, de ser parte de una organización “ecologista”, Altvater en uno de los artículos del libro –que titula irónicamente “Otro New Deal, ahora verde”– manifiesta por qué hasta las empresas más depredadoras que polucionan el medio ambiente con sus desechos se llaman a sí mismas “verdes”: “Para ellos, no se trata de proteger la naturaleza de las actividades económicas del género humano, sino de preservar a los hombres y mujeres de las consecuencias de la destrucción de la naturaleza.”
En el recorrido por los engranajes de la gran crisis de estos tiempos, Altvater explica cómo el problema se origina impulsado como crisis de finanzas y escala rápidamente a una crisis de la economía real. Sobre Grecia hay un apartado especial –cuyo abordaje no le será ajeno al lector argentino que haya estado presente y atento en 2001–; también dedica un exclusivo interés al rol de las calificadoras de riesgo –a través del cual se pueden entender los alcances de las últimas notas que bajó la calificadora Standard and Poor´s a varios países europeos–: “Simulan actuar en nombre de las leyes del mercado y en realidad funcionan como instituciones políticas comprometidas con el poder, sin legitimación democrática”. Pero, en su análisis central, el politólogo alemán define este tsunami de económico como la expresión de la crisis de la acumulación de capital. Reflexión que cobra vital importancia cuando la pregunta que atraviesa todo el libro es: ¿Es viable un capitalismo sin acumulación?

 

Titulo: La economía desbocada
Autor: Gabriela Massuh
Fecha: 10 de Abril de 2012
Fuente: Diario El País - España


La crisis económica internacional parece no tener fin. Desde la quiebra de Lehman Brothers en 2008, los gobiernos del hemisferio norte no han cesado de articular estrategias para salvar a bancos, empresas y estados al borde de la quiebra. El estallido de la burbuja financiera generó un escenario de bizarra inestabilidad donde anunciar el default de países como Grecia, Irlanda, España o pronosticar la inminente claudicación del euro como moneda europea son parte de un escabroso libreto cuyo autor, al parecer, se ha vuelto loco o simplemente llegó al límite de su creatividad.
El origen de la crisis de la eurozona tiene tantas interpretaciones como escuelas económicas la analicen. Según el ángulo desde el que se la mida, sus causas son “los profundos desequilibrios monetarios que los fundadores de la UE no quisieron ver” (Jacques Delors), o “el mal manejo y la dilapidación de las finanzas públicas en países con administraciones cuasi corruptas” (Wolfgang Schäuble, ministro de finanzas de Alemania), o “los ataques de los especuladores contra el euro, la moneda más fuerte del mundo” (Papandreu ante la UE), o “el torrente de dinero barato que fluyó en los primeros años del euro en las arcas de los países del sur de la Unión generando burbujas inmobiliarias y una falsa ilusión de bienestar” (varios), o también “los costes alemanes del trabajo que han caído desde hace una década respecto los otros países de la eurozona, ejerciendo presiones sobre el crecimiento de éstos” (OIT).
El peor de los pecados: la soberbia
De las tantas interpretaciones, la del politólogo alemán Elmar Altvater (de quien la editorial argentina Mardulce acaba de publicar Los límites del capitalismo) se parece a la que recientemente dio Felipe González en una columna del diario Clarín de Buenos Aires (28.1.2012). El expresidente del gobierno español se remontaba al modelo triunfante del neoconservadurismo desregulador que se inicia hacia 1980 y domina la escena de la globalización hasta el estallido de 2008. Remataba con una referencia a la actualidad: “La habilidad neoconservadora, la de los actores financieros, la de las agencias de calificación consiste en hacernos olvidar las correcciones de fondo que necesita el modelo de economía financiera sin regulación y llena de humo que nos llevó a esta catástrofe. Los gobiernos están condicionados obsesivamente por las “primas de riesgo”, las valoraciones de las agencias –sin legitimidad alguna, ni de origen ni de ejercicio.”
Casi podría decirse que en toda la producción de Altvater se encuentran las cifras, estadísticas y teorías que prueban la certeza de la opinión de González. El enjambre de interrelaciones planetarias producto de la globalización permite suponer que el alcance de la actual crisis de Europa no se limite solamente a la bancarrota del estado griego, ni siquiera a poner en jaque a la Unión Europea o a hacer tambalear el euro. Para Elmar Altvater, los sucesivos intentos de salvataje de Grecia, que se prolongan agónicamente a lo largo de los últimos meses, no hacen más que echar leña al fuego de un portentoso incendio que tiene larga data. Lo que está puesto en juego, dice Altvater, no es el dinero ni las finanzas, sino la convivencia democrática misma. De todos los economistas alemanes, Altvater es tal vez el más radical; no por su postura política, sino por la amplitud de los contextos de su análisis. A primera vista es marxista y ecológico, dos características que juntas constituyen una paradoja. Sin embargo, quien se interne en su pensamiento, realizará que ese marxismo no es un credo, sino uno de los instrumentos más eficientes para entender las contradicciones internas de la economía. Altvater, a quien los desplantes de la canciller Merkel disciplinando a los países del sur de la Unión con el dedo alzado le parecen un despropósito, tiene una cualidad difícil de encontrar en Alemania. Se trata de una visión totalizadora que, por un lado, analiza un fenómeno desde su origen histórico hasta sus repercusiones actuales y, por el otro, amplía sus repercusiones en una geografía extendida hacia todos los puntos del planeta, más allá de las fronteras de Europa. Se diría que es un economista a la Borges: no hay hecho, por nimio que sea, que no implique el universo entero. Pero su abordaje de la economía no es literario, sino eso que los alemanes calificarían como “científico”, es decir, legítimo en tanto que no elude la complejidad de sus actores múltiples. En sus innumerables libros desmenuzó, por ejemplo, el efecto del mercado mundial sobre los países del antiguo tercer mundo o la relación entre los mercados y la depredación ambiental. “Nunca separé a la economía de la política y del análisis social.” Sus investigaciones se dedican a hacer visible y entendible cómo, en un contexto mundial, el poder hegemónico se sirve de la economía para ejercer dominio.
Elmar Altvater nació en Kamen, una ciudad anodina en la zona industrial de las minas de carbón, hoy cercada de desocupados y autopistas. Su padre era minero; el mismo Altvater tuvo que pagarse sus estudios de economía en Munich trabajando como guardia del ferrocarril y obrero de la construcción. Aquel estudiante de origen proletario era un bicho raro dentro del panorama de un estudiantado más bien burgués. Por cuenta propia comenzó a leer El Capital de Marx e hizo su doctorado sobre problemas de contaminación en la vieja Unión Soviética. La elección de un tema tan exótico para los años que corrían (1968) son un anticipo de aquello que lo ocuparía de allí en más: el conflicto entre las formas de producción, la política y el entorno ambiental. En 1970 fue designado profesor titular de economía política en la Universidad Libre de Berlín, cargo que mantuvo hasta su retiro y no le impidió ser miembro fundador del partido verde, ser miembro de ATTAC o asesor del canciller Schröter. Durante los años 90 fue uno de los primeros en prevenir sobre los riesgos de la globalización; siempre se mantuvo alerta respecto del nacimiento de nuevos sujetos sociales, de aquellos movimientos que articularan lazos sociales más justos y solidarios. Hoy por hoy es uno de los escasos críticos del desarrollo interpretado como incremento del producto bruto; no cree que la acumulación se “derrame” sobre las capas sociales más necesitadas, sino que, por el contrario, hace más profunda la brecha entre ricos y pobres. Su crítica al capitalismo es radical y no es solamente económica, sino cultural. A pesar de que sus análisis culminen siempre con propuestas viables de cambio, sus colegas del main stream suelen descalificarlo con rótulos estigmatizantes; sucede que Altvater es un pensador incómodo, pone el dedo en esa llaga que los medios, la política y las corporaciones difícilmente estén dispuestos a digerir; no sólo porque los pone en cuestión, sino porque sabe señalar esos mecanismos del presente que jaquean la posibilidad de un futuro democrático y solidario para todos.

El desmadre de la economía

Altvater es feroz cuando se trata de analizar los intentos actuales de la Unión para superar la crisis del euro. “La estrategia política pretende estabilizar a los mercados destruyendo salarios, puestos de trabajo, seguridad social y derechos adquiridos. Lo que hay que hacer es lo opuesto: frenar el desafuero de los mercados financieros, civilizar a sus actores, controlarlos y regularlos”, le dijo en octubre de 2011 al movimiento Occupy de Berlín cuando este lo invitó a dar una charla.
Altvater parte de un concepto que usó Karl Polanyi para analizar la única crisis que, en sus dimensiones, puede compararse con la actual: la gran depresión de los años 30 que sucedió al crash de la bolsa de Nueva York de 1929. Para Polanyi, el capitalismo hacía que la economía, antes un factor al servicio de la comunidad, se desentendiera del contexto social y pasara a regirse por leyes propias operando de manera independiente, organizando a su alrededor todos los procesos sociales. Se trataba de una disembedded economy, en castellano, una economía “fuera de cauce”, desbocada, sacada de cuajo. Este es el concepto que aplica Altvater cuando demuestra que los procesos sociales, culturales, ecológicos, etc., son medidos en la actualidad exclusivamente por su eficiencia económica.
Dentro de un ciclo de memoria a corto plazo, esta crisis se remontaría a los años 70, concretamente, al momento en el que empieza la desregulación del mercado financiero luego de que los Estados Unidos dejaran sin efecto la cláusula de Bretton Woods que imponía el cambio fijo. El cambio fijo no permitía la especulación financiera; una vez suprimido, las diferentes plazas financieras empiezan a competir entre sí por ofrecer y generar rendimientos e intereses cada vez más altos. En el año 1973, año de la suspensión de la paridad cambiaria, circulaba en el mundo tanto dinero como mercancías. En 1989, ya circulaba 90 veces más dinero que mercancías. Aquella diferencia dio origen a la gigantesca burbuja que hoy amenaza con deglutirse al mundo; una burbuja en la que toda respiración es en definitiva artificial porque el dinero, al carecer de respaldo objetivo, se convierte en sí mismo una mercancía.
El universo de las finanzas crece mucho más rápido que la economía real. El dinero “rápido” impone su lógica interna y comienza a generar “productos” para simular el valor que antes le confería el respaldo de la mercancía. Este exceso de dinero circulante es responsable, según el economista alemán, de las conocidas cadenas de eclosiones económicas de las últimas décadas: la crisis de la deuda de los países de América Latina en la década de 1980, la crisis de Rusia y los tigres asiáticos en los 90, la de la "New economy" alrededor del 2000, la "subprime-crisis" hipotecaria en los Estados Unidos en 2007 (que se llevó puesta a la banca Lehman Brother al año siguiente) y finalmente, la crisis de la deuda de los estados de la UE que, según Altvater, no es la última.
El capitalismo en su versión actual es sustancialmente un capitalismo financiero. Si bien los excedentes económicos provienen de la "economía real", es decir, de la producción y del trabajo de obreros y asalariados, estos excedentes (medidos en el PBI o en las tasas de crecimiento) se han visto reducidos drásticamente en los últimos años. Al no haber excedentes reales, el capitalismo financiero procura que el dinero en sí mismo genere excedentes: los inversores buscan nuevas plazas, las que ofrecen mayores dividendos. Todo sirve y la inventiva es inagotable; cualquier cosa puede convertirse en objeto de especulación financiera, por ejemplo, los derechos de contaminación de la atmósfera terrestre que se ofrecen en todo el planeta como “bonos de emisión”, o bien, los credit default swaps, esa urdimbre bochornosa por la que una institución que otorga un crédito contrae una especie de seguro de insolvencia más alto que el crédito otorgado, de tal manera, que la bancarrota de su deudor termina por ser más lucrativa que si le pagara la deuda. La quiebra de Lehman Brothers llevó a gran parte de la banca de inversiones al borde del colapso; el problema fue que los estados se dedicaron a salvar la banca con “dinero real”, inyectándoles préstamos a tasas ridículamente bajas, que los bancos, a su vez, volvían a prestar a los estados endeudados a tasas de interés ridículamente altas. Así se genera la situación en la que se está hoy: una economía estrangulada, obligada a ahorrar, a producir cada vez más para paliar el vacío, generando millones de desocupados, pobres y hambreados que asisten boquiabiertos al juego de producir valor a cualquier precio.
“El capital siempre va por más” sostiene Altvater. En alemán, los fondos buitres se llaman “fondos langosta” porque saltan de un lado a otro. Una vez que las consecuencias devastadoras del crash de Lehman Brothers fueran contenidas por el endeudamiento del estado norteamericano, la langosta brincó sobre el Atlántico y se posó sobre Europa. Allí está ahora. En este último movimiento, Altvater interpreta una intención implícita de desestabilizar al euro. Esto parece teoría conspirativa, pero no lo es y se explica de la siguiente manera: los EEUU alcanzaron el límite legal de su endeudamiento en mayo de 2011 (14,3 billones de dólares en ese momento), de manera que bien habrían merecido ser degradados en el ranking que emiten las agencias calificadoras de riesgo. Poco antes, durante el año 2010, China había empezado a comprar euros como moneda de reserva ya que el dólar se encontraba un 40% por debajo de su valor comparado con una canasta de monedas de referencia. Cada vez que cualquiera de las tres calificadoras de riesgo (Standard & Poor´s, Moody´s y Fitch que concentran el 95% mundial de las calificaciones) baja el ranking de cualquier país europeo a causa de su deuda, el euro se debilita y fortalece indirectamente al dólar. Para Altvater, las calificadoras no sólo han sido un permanente escollo en la solución de la crisis de la deuda, sino que también son responsables de haberla impulsado. Antes de que estallara, no sólo proveyeron a la especulación de “armas de destrucción masiva” de alto calibre, sino que ahora se esmeran en ignorar el efecto nocivo de esas armas negándose a aceptar medidas para regular el mercado financiero.
El Tsunami no se mantiene en el universo de las finanzas; termina amenazando a la economía real, destruye estructuras sociales e impone situaciones cada vez más precarias dentro de las diferentes naciones. Según índices del FMI, las partidas del PBI para salarios ha descendido en Europa un 10% desde 1990. Como decía Marx: todo capital invertido en la especulación es “ficticio” y nadie sabe a ciencia cierta con cuánto dinero se cuenta. Finalmente: ¿quién paga la deuda? La capacidad de los estados se ha debilitado por varias causas, sobre todo una que se suele olvidar: la complicidad entre bancos, corporaciones, consultoras y main stream político que se ha encargado desde hace años de bajar siempre más los impuestos con la excusa de la competitividad. Los estados europeos se lanzaron a atraer inversiones, bajando los impuestos a la riqueza y al emplazamiento de capitales. Como moscas cautivadas por el aroma de la miel, empresas e inversores volaron a establecerse en Irlanda cuando bajó al 12% la tasa impositiva, cifra muy inferior a la media europea. En poco tiempo, Irlanda se convirtió en el “tigre celta”. Cuando el estado se vio en la obligación de socorrer a los bancos afectados por la crisis hipotecaria de 2007, el tigre se vino abajo. ¿Quiénes tuvieron que pagar? El pueblo de Irlanda a través de un drástico recorte de los gastos en salud pública, pensiones, educación y cultura, medidas que le exigió la Unión Europea para salir del marasmo.
Los estados europeos no sólo se resisten a controlar a los bancos, sino que, con el fin de salvarlos, continúan profundizando el proceso de privatización de los bienes estatales. El resultado está a la vista y, en mayor o menor medida, los ciudadanos europeos lo sienten en carne propia: los recortes pasan por la educación, la salud, el gasto social y los sistemas de retiro. Hoy por hoy los gobiernos de la UE se encuentran embretados por las leyes del mercado financiero, funcionan como títeres de una coyuntura cada vez más acelerada en la que ninguno está dispuesto a ceder y menos a compartir. En este punto, Altvater es muy duro con la política alemana. La Unidad Europea es un sistema de vasos comunicantes, sostiene. Los excedentes de la balanza de pagos de un país se corresponden con el déficit en la balanza de pagos de otro. Por lo tanto, la deuda de los griegos podría reducirse si, de manera recíproca, también se reduce la riqueza, por ejemplo, de Alemania. ¿Cómo se hace? Volviendo a imponer en Alemania el impuesto a la riqueza. Pero los alemanes no están dispuestos. ¿Por qué? Porque no quieren espantar a los inversionistas.
Durante el apogeo de la crisis, la tasa de interés que los bancos le imponen a Grecia es quince veces mayor que la que le imponen a Alemania. Prestarle dinero a Grecia fue en su momento una mina de oro para los bancos y un remedio fatal para Grecia. Por eso es un despropósito sostener, tal como se hace actualmente en Alemania, que la hecatombe de Grecia se debe solamente a al mal manejo de las cuentas públicas. Más bien, se trata de lo opuesto: en plena crisis los bancos florecen porque el Banco Central Europeo les presta dinero a tasas ridículas, dinero que vuelven a prestarle a Grecia, a Italia o a España a tasas usureras.

Peak oil: el fin del capitalismo como lo conocemos

Hasta aquí el somero análisis del panorama financiero que condujo a la crisis actual del euro. Si bien el panorama señala las causas técnicas del proceso de degradación, éstas se insertan, para Altvater, en un contexto mucho más profundo y abarcativo que proviene de las leyes inherentes al capitalismo como productor de riqueza. El main stream económico insiste en que no hay manera de salir del marasmo sin una palabra mágica: crecimiento. A la Grecia fundida se le recomienda hoy producir más y estimular el consumo para volver a otorgarle respaldo al dinero. Entronizado por el poder económico como factor único para medir el desarrollo y el bienestar, el crecimiento se transforma para Altvater en ese fetiche que el sociólogo alemán Niklas Luhman consideraba una entelequia usada por los políticos para prometer islas de bonanza nunca podrían alcanzarse. La obsesión por el crecimiento es tan contundente como su falta de viabilidad. Las razones: el motor del capitalismo, el que lo hizo crecer, desarrollarse, expandirse y entronizarse como único credo en medio de religiones bastardas, está en proceso de agotamiento. Más allá de encarnar la parábola del progreso, del conocimiento científico y del bienestar de los pueblos, más allá de los daños irreversibles que produjo inundando la tierra y los mares de basura a perpetuidad, ese motor, el petróleo, no tiene sustituto. Nada existe que pueda compararse a la facilidad de su traslado, a su posibilidad de concentrarse y centralizarse, no hay otra energía que sea congruente con los índices de crecimiento del capitalismo tal como lo conocimos hasta ahora. Por más que a ultranza los centros de poder pretendan mirar para otro lado, el sistema de apropiación de los excedentes generados por el aumento permanente de la productividad, para Altvater es cosa del pasado. Las energías fósiles fueron y todavía son el sine qua non del capitalismo: en primera instancia -ésta fue básicamente su ventaja- la energía fósil permite que la producción y la fuerza de trabajo se independicen del territorio y del espacio. Los recursos fósiles son también independientes del tiempo, se los puede utilizar las 24 horas del día, los 365 días del año; es factible anular las estaciones del año, hacer que el día se convierta en noche y la noche en día. El capitalismo se podía despegar del tiempo y del espacio para anclarse en el limbo ahistórico de la producción perpetua. De hecho, el fin de la historia.
El gran dilema del crecimiento es la contradicción entre las leyes de la acumulación de capital y las leyes de un uso de la naturaleza sostenible en el tiempo; estos dos planos no pueden coincidir jamás. La carrera actual por los recursos naturales reaviva procesos inherentes al capitalismo primitivo. No sólo implica la expulsión de miles de millones de personas de su hábitat natural, sino que emplea cualquier método, violencia inclusive, para doblegar voluntades. Sin ir más lejos, desde hace una década aumentan a lo largo de Sudamérica la expropiación y expulsión masiva de indígenas, campesinos y afrodescendientes a causa de la mega minería, la agroindustria, el patentamiento ilegítimo de plantas para los laboratorios, las industrias maderera y pesquera. Son las consecuencias (y el precio oculto) del “boom” productivo de América Latina orgullosa de ostentar índices de crecimiento que, en promedio, se mantienen alrededor de un índice del 5% anual desde hace por lo menos cinco años.
En el opúsculo de Kant “Sobre la paz perpetua” (1795), hay una apelación que Altvater cita con frecuencia: “Los hombres no pueden dispersarse hasta el infinito por un planeta cuya superficie es limitada; por lo tanto, deben tolerarse mutuamente ya que originariamente nadie tiene mejor derecho que otro a estar en determinado lugar del planeta”. Implícitamente, Altvater transforma este imperativo kantiano de la limitación en una especie de admonición entre líneas, similar a lo que los griegos (los de la antigüedad) consideraban el peor de los pecados: la soberbia. Casi todo lo que escribe apela a detener la vorágine ya no del consumo, sino de un sistema que está consumiendo la posibilidad de vida futura sobre el planeta. No el fin de la historia, sino la inserción en la historia para recuperar la dimensión de futuro arrebatada por el brave new world del capitalismo. En este sentido, todo reconocimiento de los límites pasa necesariamente por el respeto de las leyes de la naturaleza, que es lenta y es finita y puede colapsar bajo el peso creciente del consumo de tierras, materia y energía.

¿Cómo salir?

Para Altvater, el camino de salida nunca vuelve al pasado. Si la utilización de energías fósiles es cada vez más escasa, difícil y onerosa, quedan las energías alternativas que, de hecho, reducirían la producción porque no son tan eficientes. Además, no se dejan trasladar e imponen otro trato a la naturaleza, salvo el horror de las llamadas bioenergías. Pero todo esto es cuestión del futuro (si es que lo hay). Para la coyuntura actual, Altvater propone concretamente reducir drásticamente el volumen de las deudas soberanas y mejorar su servicio, adecuándolo a un plan realista. Es obvio que el lobby de la banca, con la anuencia de las calificadoras y los gobiernos de Inglaterra y Estados Unidos, se oponen. En segundo lugar, es absolutamente necesario invalidar la referencia de las agencias de calificación; en tercero, restablecer el impuesto a la riqueza e implantar una tasa por las transacciones financieras. Ese mínimo paquete de medidas, bloqueado por el dogma neoliberal de los gobiernos europeos, más ocupados en cuidar la estabilidad del mercado que la de sus ciudadanos, aliviaría de inmediato la coyuntura. Mientras tanto, alerta Altvater, hay otra crisis visible en el horizonte: la langosta ha comenzado a satisfacer su voracidad con la especulación de materias primas, alimentos y portadores de energía. La miseria ha regresado a las geografías ya recorridas hasta el hartazgo: África, América Latina y parte de Asia. La carrera continúa.

 

Titulo: La racionalización del capital
Autor: Jorge Aulicino
Fecha: 12 de Diciembre de 2011
Fuente: Revista Ñ, Clarín


Qué sucederá en el mundo si la clase obrera no obtiene su conciencia de sí y para sí? Tal vez la pregunta sea pretenciosa, pero se me ocurre adecuada cuando de lo que se trata es de considerar las actuales crisis del capitalismo. Marx no podría haber aceptado que la clase no llegase al estadio de conciencia. A sus ojos, tal cuestión era matemática. Para aquel tremendo químico de la historia la conciencia de clase advendría tan inexorablemente como se obtiene agua si se unen dos átomos de hidrógeno con uno de oxígeno. Esto es si, como su maestro Hegel razonaba, la historia fuera iluminación de la conciencia en los hechos.

El hegelianismo remanente de Marx es lo que le permite al politólogo alemán Elmar Altvater en Los límites del capitalismo iniciar el análisis de la crisis contemporánea desde la perspectiva de Roxa Luxemburgo, quien, en La acumulación del capital (1912) buscó explicar aquello que el padre fundador no había logrado resolver en Das Kapital: la extensión sin fin del capital a costa de formaciones precapitalistas en países no suficientemente desarrollados. Es decir, cuando un militante verde como Altvater examina la crisis y su solución histórica, no toma por el lado de la falta de aquel “sepulturero” del capitalismo que en la visión marxista era la clase obrera. Intenta ver la falla en la que caduca la ley enunciada por Marx.

Conviene aquí leer el subrayado de Altvater: el capitalismo de Marx sólo funciona en condiciones ideales de laboratorio y se resuelve en un ámbito enteramente capitalista, por sus contradicciones y no por otras, externas. No podía prever algunas cuestiones como las planteadas por Luxemburgo: capitalismo y no capitalismo conviven, y el primero necesita del segundo. Se olvida una cuestión principal: el hecho de que Marx había elaborado su tesis en la cuna de la revolución industrial. Su laboratorio era un laboratorio vivo. Allí el capitalismo podía y debía agotar su ciclo en sí mismo. Y su expansión no podía ser vista sino como perduración del sistema en una cinta de Moebius: acumulación a costa de propagar la peste informe de la crisis cíclica. Esa posibilidad entrañaba una putrefacción de la historia, nada hegeliana. En realidad, nada cristiana, pues no comprendía la revelación (apocalipsis), el juicio y la purga (en su sentido de depuración). La conciencia de clase necesariamente naufraga en esa perspectiva.

Lenin, como es sabido, reacomodó las cosas: precisamente la creación de mercados periféricos que proveyeran a la acumulación permanente preservaba el núcleo central del capitalismo pero debía hacer estallar el “eslabón más débil”, que para Lenin, en el panorama de las primeras décadas del siglo XX, no podía ser otro que Rusia. Bien, pero si la crisis estallaba en lo más débil, no en el centro, ¿cuál era la conciencia de la clase para sí que la clase obrera de los países industriales podía adquirir de manera que todo el sistema se precipitase en su contradicción final? ¿Quién podía garantizar que las cosas funcionaran como Marx preveía? Lenin respondió: la vanguardia del proletariado. No ya la clase: el Partido. Y por un momento, por un breve momento, las cosas anduvieron. Un Estado ideal, un Estado justo, un Estado a-histórico, se elevó sobre el mundo como una nueva Jerusalén.

Pero Altvater, representante del pensamiento renacido de las ruinas del Muro de Berlín, cita a Luxemburgo y no a Lenin ni a Marx directamente. Por otra parte, un prejuicio lo traba para llevar adelante el debate sobre la crisis del capitalismo: el prejuicio sentimental. Y lo que empieza en una crítica más o menos sumaria a las condiciones ideales de reproducción del capital termina en una débil apelación a la racionalidad del género humano.

El prejuicio sentimental

El prejuicio sentimental de Altvater es que una suerte de maldad intrínseca del capitalismo lo lleva a arrojarse sin cesar sobre estructuras no capitalistas de las que se nutre y a las que diseca, como un vampiro. Y con ellas, al medio- ambiente y los recursos naturales. Altvater cae en trance y avizora el viraje a una economía “solar y solidaria” de la que no se dice si será capitalista o socialista, pero sí que parece inevitable a los ojos de la razón. En cuanto al sujeto de ese cambio, Altvater señala de manera contundente, pero totalmente inconcebible: “...la naturaleza marca hoy sus fronteras (las del capital) y está representada por los movimientos sociales que, articulados políticamente, constituyen el sismógrafo que mide los topes ambientales”. Un momento: la naturaleza marca sin dudas los límites del capitalismo, límites no previstos ni por Marx ni por Rosa Luxemburgo, pero, ¿por qué no iniciar a partir de aquí un debate sobre cómo el capitalismo se comportará ante condiciones –no previstas por nadie, en realidad– que estrangulan su funcionamiento, y qué probabilidad tiene la revolución , es decir, el fin del sistema? Desde luego, esto exige concebir el capitalismo de manera técnico-objetiva, como lo hacía Marx en su banco de pruebas en Londres.

Acabáramos, podría exclamar Altvater, ¿entonces hay que probar que las cosas son “objetivamente malas”? Y así tentado, glosa a Karl Polanyi para decir: el capitalismo neoliberal (el capitalismo sin más, acotemos) es una anomalía histórica; todos los pueblos de la antigüedad tuvieron reglas de reciprocidad y redistribución ... Además el capitalismo internacional no es el resultado “necesario” de la historia sino que tiene que ser impuesto violentamente por el aparato del Estado...Stop. No necesitamos pues a Marx en lo absoluto, ya que el capitalismo imperial no surgió de una necesidad histórica y los estadios anteriores ocurrieron en paraísos de reciprocidad, sin matanzas ni religiosas ni patrióticas ni de clase; pero ¿por qué empezamos entonces por la crítica de Luxemburgo a las ideas de acumulación de capital de Marx? No lo sabemos. Y desde aquí el debate sobre aquello que el marxismo no previó, acerca de la acumulación y sus límites ecológicos, carece de sentido. En realidad, todo se convierte en el paper de una OGN dirigido a conmover al capitalismo en pro de una “deconstrucción (¡vaya!) de las instituciones responsables de la iniquidad internacional, como el FMI, el Banco Mundial o la OMC, para otorgarle poder a pequeñas instituciones locales”. Esa sería la alternativa de máxima: banqueros y estados centrales “deconstruyéndose” porque de otro modo seguirían dañando el ecosistema y a los pueblos periféricos, cosa que, como se sabe, sensibiliza mucho a los banqueros y a los estados centrales. La otra alternativa sería cambiar a las calificadoras de riesgo por una ONG equitativa. Con una diatriba contra las “inaceptables” calificadoras de riesgo termina Los límites del capitalismo. Desconcertante.

La consecuencia más grave de la metamorfosis de las formas capitalistas clásicas tal vez sea la pérdida del sujeto proletario en una homologación de clases –en gestos, indumentaria, apariencias– dictada por la “épica de la propaganda televisiva”, como vio Pier Paolo Pasolini en los 70. Grave para la clase media que tiene una relación sentimental con el proletariado, el planeta, las ballenas y las mascotas; gravísima para el proletario, que no sólo ha perdido su fisonomía sino también su función histórica. Al menos hasta que la crisis desate su conciencia, tal vez bajo formas tampoco previstas y todo vuelva a funcionar al modo clásico. Si no, habrá que esperar que el capitalismo se racionalice por su cuenta, como espera Altvater.