REVISTA DE MARDULCE EDITORA
JUNIO 2014 NÚMERO 06
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Apuntes sobre el ritmo


La pregunta por la relación entre la materialidad del sonido y las palabras. La escritura como conjunción de tiempo y espacio en la creación de un ritmo, el sonido del trazo, una cadencia.

No hay que olvidar, como a veces olvido, que todo es cuestión de voz
                                                                                             Becket 
 
         Mi más importante y reciente descubrimiento y revelación es que la voz es todo.                                                                                                                             Kerouac
                                                                                                   
     


El sonido, las voces, la música, el ritmo. La presencia de una ausencia que deja una resonancia. La modulación, los tonos, los efectos que eso tiene en el que escribe y en el que lee.
   
     ¿Qué?

    ¿Cómo?

    ¿Quién?

     Algo habla suena canta dice. En simultáneo: una canilla goteando, el silbido lejano de un tren, el sonido ronco de una trompeta, una canción de cuna, un tarareo distraído, las tripas que crujen, una lapicera raspando la hoja, la respiración, el aliento, la noche entrando por la ventana abierta, rumor débil de voces, una puteada en el piso de arriba, una puerta se cierra, el zumbido de un mosquito, la hoja de un libro, mi propia voz murmurando palabras leídas, releídas, podría seguir casi hasta el infinito describiendo el pulso, el latido de todo lo que me rodea. Hay música en todas partes. Hablar, cantar, escribir. Sonido silencio sonido silencio el ritmo, el tiempo, el cuerpo, la voz, eso invisible que acecha, se presenta misteriosa, llena el espacio, está ahí para tocarnos, para despertarnos, se trata de la vida, ¡ni más ni menos que de la vida!

     “Oímos en el ruido el ruido. Oímos en el ruido el ruido. Oímos. Respondemos”(Leónidas Lamborghini). Oímos la llamada. Respondemos. Desde tiempos inmemoriales la música se estructura de esa manera, llamada respuesta, oír responder, grito tambor danza eco repetición, contrapunto, oímos y con la escritura: respondemos, con el cuerpo: respondemos. El filo doble de la ironía. Escribir y en ese acto: desaparecer, desaparecer y en ese acto encontrarse con lo más propio. El gesto cómico de replegarse y saltar, como dice Wayne Shorter: “si uno está realmente en algo, no puede estar siempre a salvo…hay que soplar”, soplar, escribir sin garantías, del oído a la mano sin escalas, en conexión directa, escribir siempre descolocado, sin saber, sin saber hacia dónde se va pero seguir, sin consensos, en soledad, abandonarse, improvisar, con el oído puesto en el detalle, evitando las generalidades, las ideas generales, las ideas, haciendo sonar una palabra una frase un párrafo una novela un poema no importa, no existen los géneros, es una antigüedad hablar de géneros, capas de sonidos como dice Coltrane que se superponen, se descomponen, se repiten, juegan, van y vienen, llaman, responden... Fuera de los programas, fuera de las reglas sociales, de las reglas de sintaxis, de las líneas siempre rectas de los pentagramas, fuera de las opiniones moralistas y académicas, de los temas aceptados, de los resquemores familiares. Algunos ejemplos de quienes alcanzaron ese grado de libertad, de quienes caminan con paso ágil y se burlan de la pesadez de artistas serios: Bird pone todo patas para arriba con su saxo enloquecido, Bird llama con su sonido hipnótico y Kerouac responde en trance con todo lo que tiene, responde oraciones sopladas hasta el último aliento, un libro tras otro, visiones agitadas, ritmo desenfrenado, la música mete la cola, arma un zafarrancho, trastoca, Jonas Mekas hace películas como Kerouac hace libros, y en el mismo continente pero mucho más al sur, Troilo hace Responso, Piazzolla sueña, se concentra, inventa, Néstor Sánchez retoma el hilo, responde, retransmite la pasión por las palabras, por la improvisación, vacilante, dispuesto, sin red, asume los riesgos, se zambulle, todo ahí, en la voz. Ecos, resonancias, libertad, música, poesía, pintura, escultura, colores, no se trata del Arte o de los Artistas, son voces, visiones, ritmos. Monk hace un poema con cada tecla que golpea con dedos largos como palos, el centro los bordes un hueco blanco, frases en síncopa, arranques, detenciones, fuera de pulso, latiendo al costado, gritando, entrando y saliendo, la melodía se independiza del fondo, a veces van juntos, otras, no. Cecil Taylor responde, y de Kooning con sus mujeres amarillas y Beckett con su teatro que es la vida, poniendo al descubierto el interior de las letras. Bach llama y doscientos años más tarde Glenn Gould responde tarareando incansable, tarareando y casi tocando las teclas con su nariz, perfectamente sincronizado, fundido, hecho uno con la música.
   
      Solos. Locos. Rotos.
   
      Oyen. Escriben. Ríen. Y siguen.
     
      La risa es importante, romper con la impostura del escritor atormentado, la angustia del escritor, los sufrimientos y quejas. No. Más bien la alegría, la risa.Un niño balbucea, canturrea mientras juega o intenta dormir, no está solo, está la voz, su voz, la descubre, la prueba, ríe, llora, grita, canta, ahí empieza todo, el aire, la respiración, las escansiones que uno va haciendo sobre ese fluido que entra y sale del cuerpo y provoca sonidos pero también cosquillas en los labios y en la garganta, se tensan las cuerdas, vibran, suenan, se interrumpen, cómo pasa el aire, donde corta, que vocal se estira, que letra se aspira, en qué momento se hace una pausa. La puntuación marca la cadencia y la cadencia va formando el ritmo que se abre paso, organiza el movimiento de las palabras, los silencios, las detenciones, si lo tenés que explicar ya no entendés de que se trata, ocurre, el ritmo de lo que ocurre, el tiempo siempre es el presente, incluye todos los tiempos, el pasado, el presente y el futuro, cada minuto cada segundo que fue y será son un solo tiempo que rueda y gira y avanza: el tiempo presente del que escribe.
     Está la anécdota de Lezama Lima: “todos me critican o teorizan sobre el uso excesivo de comas en mi escritura, se olvidan de que soy asmático”.Que en los oídos la palabra suene, resuene, se escuche, no alcanza con entender, no alcanza, hay que poder escuchar, es el martilleo de una voz, otra vez el tambor pom pom tam tam tam silencio sonido el ritmo de una búsqueda, las líneas por donde se camina sin saber. Escribir con el oído para lectores como Sexton y Blake, esos dos viejos locos creados por Lamborghini que apoyan el oído en el libro (en su caso es Moby Dick) y escuchan y ven “el silbido de los vientos, el fragor de los mares, las voces de la tripulación, el bufido y los coletazos del gran pez por deshacerse de los arpones”. De un oído a otro, algo pasa, marca, toca, sigue.
   
        Leer con el oído para que surja esa voz.
   
        Escribir con el oído para que surja esa voz.
     
        Oír. Vivir.
     
     El cuerpo del lenguaje, no el mensaje. Con el sentido pero también más allá de él. La boca, el oído, la piel, el pulso, los tendones, el estómago, el sistema nervioso, las manos. Canto ritmo cadencia. En el principio: la música, después la trama, el drama, lo que se quiera. Está Finnegans Wake para probarlo, el sueño de un libro sonoro hecho realidad, cantado de principio a fin, la última palabra del libro (the) se une con la primera (riverrun), la lectura termina y recomienza y puede ser infinita, es el despertar de la lengua, un sacudón, la locura, la risa. La grabación de solo tres páginas de Anna Livia es la muestra concreta de esto, esas tres páginas cantadas entonadas susurradas gritadas por Joyce para mí gusto valen más que mil años de talleres, cursos y materias estudiadas en Puán. La cháchara de lo ilegible, de lo imposible, todos los trucos para neutralizarlo, burlarse de él, hablar por detrás, hacernos creer que Joyce es sólo para una elite, para una logia secreta y misteriosa. Rencillas y chismorreos esconden la incomprensión y la envidia que provoca alguien que está realmente mandado a la escritura. Semejante libertad asusta. Sólo hay que limarse los callos y escuchar, si uno dispone el oído y se libera de los prejuicios, de esa manera tan escolar que tenemos de leer, si uno se entrega, el mundo se abre en dos como si fuera el mar Rojo para que entre la voz de Joyce irradiando luz y sombras, expresando audacia y melancolía, una voz que ordena, calma, destruye, construye, acaricia, apacigua, determina, se apaga en la distancia, parece que va a morir pero renace con ímpetu. Las sílabas se iluminan, se alargan, se confunden, se abren y se cierran en ese tiempo pulsado que dirige la voz, marca una dirección, cada palabra fraguada con amor y con alegría. Sollers dice que la alegría en la voz de Joyce viene de “la certidumbre de poseer la fuente del lenguaje”, Nora cuenta que en medio de la noche escuchaba las carcajadas de su marido casi ciego encerrado en una habitación oyendo lo que sonaba en su cabeza y transcribiéndolo en grandes hojas de papel durante diecisiete años, ni uno más ni uno menos: diecisiete años dedicado a escribir su última obra, su libro monstruo (incluidos los tremendos años de la guerra) con el que consigue burlar a la muerte, escribir oír vivir. Y las grietas que abrió resonaron en todas las lenguas, siguen produciendo efectos en la actualidad, hay que poner el oído en sintonía y dejarse arrastrar por ese río.
 
       La música es tiempo. El lenguaje es en el espacio. La escritura como conjunción del tiempo y el espacio para crear un ritmo, el sonido como sombra inasible del trazo, dos caras de la misma moneda. Ambas incluyen el vacío, ambas asumen el juego de la combinación, de las relaciones, del fraseo que tiene su propia cadencia, ruidos en la lengua que se estira, se tuerce, tartamudea, se suelta e improvisa, se corta de golpe, da vueltas, pone todo patas para arriba, termina y recomienza. Es un juego sin un objetivo final, lejos, lejísimos de la eficacia narrativa, de la eficiencia del lenguaje que comunica. Es ritmo, la mano tiembla, algo se desgarra, es un hacer. Un funcionamiento. Es un hacer alrededor de un vacío, no sabiendo hacia dónde pero escuchando, siguiendo la dirección que impone esa combinación de palabras. Algunos escritores logran inventar esa oralidad propia, ese color, afectan el lenguaje de alguna manera, lo rompen, lo estrujan, lo marcan, lo vuelven a inventar y entonces podemos hablar del ritmo Joyce, del ritmo Kerouac, del ritmo Celine, yo sitúo mis amores, cada uno puede armarse su propia lista: no es el estilo literario, ni la ideología, ni las ideas comunes. No se trata de escuelas, grupos o facciones, es el ritmo de los llamados locos, de los que sienten un amor profundo por las palabras y su sonido. El material: cruces, capas, repeticiones, injertos, músicas de todo tipo, pintura, colores, frases escuchadas al pasar, lecturas, relecturas, todo, entra todo, una buena mescolanza con la que construyen la voz propia. La cotidianidad, la experiencia transpuesta, a pesar del miedo y de la incertidumbre. Sin transposición no hay literatura, sin ritmo no hay poesía, la clave es la transposición. Ya lo dijo Celine en la primera página de Muerte a crédito, para dejar en claro su posición y que no queden dudas: “¡es la transposición o la muerte!”



Foto cortesía: Guillermo Zorraquín
 


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