REVISTA DE MARDULCE EDITORA
JUNIO 2014 NÚMERO 06
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Las poetas del norte


La autora de esta nota nos presenta cuatro poetas norteamericanas: Louise Glück, Sharon Olds, Marie Howe y Mary Sarton.

La lengua inglesa tiende a la concisión. En un primer acercamiento, cualquiera podría aventurarse y señalarla de simplista, de que limita las posibilidades para comunicar nuestras percepciones. Pero si la investigamos un poco más, nos damos cuenta de que su simpleza tiene más que ver con la precisión que con la chatura. Es refrenada, austera. Como la imagen del lago que es plano en su superficie, pero increíblemente hondo. 

     Las poetas norteamericanas que voy a presentarles hacen de lo simple la puerta a la profundidad. Sus escenas son cotidianas, sus preocupaciones, las de todos los días. Pero hay algo en sus recortes, en cómo posan la atención, que logran colocar en primer plano el vínculo inquietante que las mujeres tienen con el mundo: una intensidad crónica de la que quieren salvarse y sin la cual no sabrían cómo seguir viviendo.

     Empecemos con Louise Glück, nacida en 1943. Vive en Massachussets y es docente en Williams Collage y en la universidad de Yale. Cuenta en su libro “Proofs and theories: Essays on Poetry” (The Ecco Press, 1994) que lo que más le concierne es la sorprendente y gran amplitud de sentido que tiene cada palabra, y que el lenguaje simple es el que le permite llevar a cabo esta exploración. El tipo de oración que la sedujo desde el principio fue la paradoja, porque refleja el hábito nativo de la mente. Y además, agrega, rescata a la gramática de volverse una retórica demasiado moralizante debido a su naturaleza dogmática. Glück escribió más de diez libros y en 1993 ganó el Pulitzer con “El Iris salvaje” (editado en español por Pre-Textos en 2006), además de otros premios. A continuación traduzco dos poemas:
 

Música celestial
 
Tengo una amiga que todavía cree en el cielo.
No es estúpida, pero a pesar de lo que sabe, habla literalmente con dios.
Piensa que alguien la escucha en el cielo.
En la tierra su talento es inusual.
Además, es valiente también, capaz de enfrentar lo desagradable.
 
Encontramos una oruga muriendo en el polvo, con hormigas golosas encima de ella.
Siempre me conmueve lo débil, el desastre, siempre ansiosa por oponerme a lo vivo.
Pero como también soy tímida, cierro rápido los ojos.
Mientras que mi amiga fue capaz de mirar, dejar que los eventos actúen
de acuerdo a la naturaleza. Por mi bien, ella intervino
quitando algunas hormigas de la cosa hecha pedazos, y la puso
del otro lado de la calle.
 
Mi amiga dice que cierro los ojos a dios, que nada más puede explicar
mi aversión a la realidad. Dice que soy como la niña
que entierra su cabeza en la almohada
para no ver, la niña que se dice:
la luz causa tristeza.
Mi amiga viene a ser la madre. Paciente, me incita
a despertar, a ser adulta como ella, una persona con coraje
 
En mis sueños, mi amiga me reprocha. Caminamos
por la calle de siempre, sólo que es invierno;
me dice que cuando amás el mundo se escucha música celestial:
mirá hacia arriba, dice. Cuando miro, nada.
Sólo nubes, nieve, un blanco acontecer entre los árboles
como novias saltando a gran altura-
después temo por ella, la veo
atrapada en una red deliberadamente sobre la tierra-
 
En la realidad,  estamos sentadas al costado del camino, mirando el atardecer;
a cada rato, el silencio es perforado por el canto de un pájaro.
Es este momento el que intentamos explicarnos, el hecho
de que estamos a gusto con la muerte, con la soledad.
Mi amiga dibuja un círculo en el barro; adentro, la oruga no se mueve.
Siempre está intentando hacer algo completo, algo hermoso, una imagen
capaz de vivir sin ella.
Estamos muy calladas. Sentadas tranquilas acá, sin hablar. La composición
fija, la calle volviéndose oscura de pronto, el aire
enfriándose, las rocas brillantes y relucientes por acá y por allá-
Es esta quietud lo que las dos amamos.
El amor a la forma es amor a los finales.
 
 
Santas
 
Nuestra familia tuvo dos santas,
mi tía y mi abuela.
Pero sus vidas fueron diferentes.
 
La de mi abuela era tranquila, incluso en el final.
Era como una persona caminando en aguas calmas;
por alguna razón
el mar no conseguía lastimarla.
Cuando mi tía tomó el mismo camino
las olas rompieron en ella, la atacaron,
así es como responden las Parcas
a una verdadera naturaleza espiritual.
 
Mi abuela era cauta, conservadora:
por eso le escapaba al sufrimiento.
Mi tía no escapaba a nada;
cada vez que el mar se retrae, se llevan a alguien que ella ama.
 
Aun así no siente
maldad en el mar. Para ella es lo que es:
cuando toca la tierra, debe volverse violencia.
 
 

     Sigamos con Sharon Olds. Nació en 1942. Hoy en día es docente del programa de Escritura Creativa de la Universidad de Nueva York. También ganó el Pulitzer en 2012, y ha publicado once libros de poemas. “El padre” (traducido por Mori Ponsowy) publicado en español por Bartleby Editores es uno de sus títulos más recomendables. En el Forum de 2008 que realiza la “Academia de poetas americanos”, la abordaron con una pregunta que acosa a muchas de las poetas de su generación: ¿es su escritura confesionaria y autobiográfica? Es interesante escuchar su postura, ya que es un cuestionamiento que atañe a varias de las escritoras estadounidenses: “El corazón me late más fuerte cuando me doy cuenta de que lo es.  Tiene que ver con el hecho de que no tengo imaginación, en todo caso las imágenes me tienen, sobre todo las comparaciones. Las metáforas me dan miedo, necesito creer que el pan es pan y no carne, y que el vino no es sangre. De chica sufrí mucho estos mandatos. Por eso me inclino por las comparaciones, que mejor muestran los pensamientos y las relaciones entre las cosas”. Y concluyó con una revelación: “yo creía que escribía las cosas como pasaban, y que las comparaciones venían para salvarme de que lo que hacía tuviera al menos alguna dimensión artística. Pero en un momento noté que estaba escribiendo pequeñas narraciones, y era ilusorio creer que no había ficción en ellas, a pesar de que seguía intentando convencerme de que escribía lo que era, algo así como contar que fui al mercado, comí pan, no fue carne. Esta ilusión me dejaba tranquila”. Estos son los poemas que elegí traducir:
 

El conocimiento
 
Después de haber dormido, paraíso-
en coma, y despertamos, seguimos acostados un rato largo
mirándonos.
No sé lo que él ve, pero yo veo
ojos con una persistencia muda,
resistentes, una paciencia como la dignidad
de la materia. Amo el océano abierto
azul-gris-verde de sus iris, amo
su curva sobre el blanco,
esa curva, la imagen que causó
que yo acabara, cuando estuvo casi inmóvil, profundo
adentro mío. Nunca vi una curva
como esa, salvo nuestra esfera, desde el espacio
exterior. No sé dónde consiguió
su quietud como si no se considerase a sí mismo,
casi sin sí mismo, y de todas formas
eligió una mujer, en vez de las otras.
Al conocerlo, logro conocer
la pureza del animal
que se aparea para sobrevivir. A veces sonríe
apenas, pero en general sólo me mira fijo como miro,
su rostro entero encenderse. Amo
verlo cambiar si lloro- no hay preocupación,
no hay lástima, sólo un resplandor más solemne. Si estamos
de espaldas, uno al lado del otro,
y giramos nuestras caras hasta quedar enfrentados,
puedo escuchar una lágrima de mi ojo de abajo
golpear la sábana, como si fuese un día en los comienzos de la tierra,
y luego las lágrimas del ojo de arriba
se trenzan y se derraman sobre la ceja de abajo
como la invención de la agricultura, la irrigación, personas no nómades.
Tengo tanta suerte de poder conocerlo.
Esta es la única forma de conocerlo.
Soy la única que lo conoce.
Cuando me vuelvo a despertar, él sigue mirándome,
como si fuese eterno. Por una hora
nos despertamos y dormitamos, y lentamente sé
que aunque estamos saciados, aunque casi
no nos tocamos, este acabar en donde el otro
nos dejó en el filo – estamos entrando,
más y más profundo, mirada a mirada,
a este lugar más allá de todo otro lugar,
más allá del cuerpo en sí, estamos haciendo
el amor.
           
 
Las monarcas
 
Toda la mañana, mientras estoy sentada pensándote,
cruzan las monarcas. A siete pisos de altura,
a la izquierda del río, se dirigen
hacia el sur; sus alas el negro rojizo de
tus manos como manos de carnicero, las erguidas
venas de sus alas como cicatrices.
Yo apenas pude sentir tus gruesas y ásperas
palmas sobre mí, tan leve fue tu contacto
el delicado roce de las curtidas patas de un insecto
sobre mi pecho. Nadie me había
tocado antes. Ni siquiera sabía bien
abrir las piernas, pero sentí tus muslos,
cubiertos de pelos rojo dorado, abrirse
como un par de alas
entre mis piernas.
La marca de mi bisagra de sangre en tus muslos-
como una criatura alada fijada ahí con un alfiler-
y luego saliste, como saldrías
una y otra vez, mientras cantidades de mariposas
pasaban frente a mi ventana, flotando
hacia su metamorfosis en el sur,
cruzando fronteras durante la noche, difusa nube
rojo sangre, mi cuerpo bajo el tuyo,
y la belleza y el silencio de las grandes migraciones. 
 
 
    
Ahora es el turno de Marie Howe, quien nació en 1950 en Rochester, Nueva York. En el 2012 fue nombrada Poeta del Condado de NY, por el libro “The Kingdom of Ordinary Time” (W.W. Norton, 2008). El poema que traduzco abajo es el que le da nombre al único libro de Howe editado en español: “Lo que hacen los vivos” (Editorial Luna nueva, Unimet). Su escritura, como la de Ols y Glück, es muy narrativa, como pequeñas crónicas sobre los dramas cotidianos y familiares. Mori Ponsowy, encargada de la traducción del libro, cuenta en el prólogo que en una entrevista publicada en Radcliffe Quarterly la poeta confesó su fascinación por la tenue línea que separa a los vivos de los muertos. “Cómo es posible que en un momento alguien tenga vida, y al instante siguiente ya no. La mano está tibia, y al minuto siguiente deja de estarlo: alguien se ha ido. El embarazo es similar: no hay nada, y de pronto, hay algo. ¿De dónde vino? Vivo obsesionada con ese momento.”
  
 
Lo que hacen los vivos
Johnny, el lavaplatos está atascado, algún utensilio debe haberse caído por ahí.
Y el Drano no anda pero huele peligroso, y los platos sucios se apilaron,
 
esperan al plomero que todavía ni llamé. Esto es de lo que hablábamos todos los días.
Devuelta invierno: el azul del cielo es terco, profundo, y la luz se derrama
 
por las ventanas abiertas del estar, porque la estufa es muy fuerte y no logro apagarla.
Hace semanas, conduciendo, o cuando se me cae la bolsa del mercado en la calle y se destroza contra el suelo
 
pienso: esto es lo que hacen los vivos. Y ayer, apurada por  las veredas de Cambridge
que están llenas de ladrillos flojos, derramé el café en la manga,
 
y lo pensé otra vez, y  después otra vez, mientras compraba un cepillo. Es esto.
Estacionar. Cerrar la puerta del auto en medio del frío. Lo que llamabas ese deseo.
 
Aunque al final lo abandonaste. Queremos que llegue la primavera y que pase el invierno.
Queremos que alguien nos llame o deje de hacerlo, una carta, un beso – anhelamos más y más, y todavía más de eso.
 
Pero hay momentos, al caminar, cuando me veo fugazmente en el reflejo del vidrio,
por ejemplo, sobre la ventana del negocio de la esquina, y siento un amor tan profundo
 
por mi propio pelo flotando en el viento, mi cara curtida y por el abrigo, que me quedo sin palabras:
estoy viva, te recuerdo.    
 
     
     Y por último, traduzco un poema de May Sarton, quien nació en Bélgica en 1912, se mudó de chica a Estados Unidos, y murió en Maine en 1995, de cáncer de pecho. Además de haber publicado quince libros de poemas, editó varias novelas y diarios personales. Era una mujer solitaria y amante de la naturaleza. Tuvo una larga historia de amor con una mujer, Judy Matlack. Y vivió sus últimos años sola en una casa rodeada de un jardín, al cual cuidaba cotidianamente. Sus días se repartían entre la escritura y las flores.  

 
Entierro
 
El anciano que había cavado el pequeño pozo
abrió las dos cajas con navaja y dejó
que las cenizas cayeran ahí,
las de un marido y su mujer,
mi padre y mi madre, que lentamente se posaron
en la tierra y terminaron por mezclarse con ella para siempre.
 
Vimos cómo el viento tomó una bocanada de cenizas
y largó una brizna de humo sobre el pasto-
Y eso fue todo: lo amargo de la muerte
primero se elevó en el aire y después cayó a tierra. Todo fue
terriblemente silencioso, y las cuatro personas se pararon
altas en el aire, creyendo que podían. 
 

 

Nota: Las traducciones de los poemas de Sharon Olds y Louise Glück no habrían sido posibles sin el aporte de Guadalupe Wernicke.



Foto cortesía: Guillermo Zorraquín

 



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