REVISTA DE MARDULCE EDITORA
OCTUBRE 2014 NÚMERO 07
NÚMEROS ANTERIORES
César Vallejo, cronista


Una lectura de las crónicas de Vallejo a partir de sus contradicciones ideológicas, el desarrollo de su abnegación y el rechazo de las pretensiones eurocéntricas.

Sólo en años recientes se ha ido fijando la importancia de las crónicas de César Vallejo, sin limitarla a los datos que, como de paso, ofrecen sobre su poética y su vida. En México, la UNAM publicó en 1986 dos tomos de crónicas, con el prólogo y las notas de Enrique Bailón. En Perú en 1988, la edición definitiva, Desde Europa, Crónicas y artículos (1923-1938). Recopilación, prólogo, notas y documentación de Jorge Puccinelli. Desde Europa reúne 296 artículos crónicas, publicadas en 34 diarios y revistas de Perú, Europa y América Latina, sobre todo en Mundial y Variedades de Lima, El Norte de Trujillo, El Comercio de Lima y Bolívar de Madrid.

   A la crónica Vallejo llega por apremios económicos, pero la ejerce con gran profesionalismo y nunca desciende al mero trámite, seguro la existencia de un lector a quien aleccionar, a quien distraer con noticias frívolas, a quien reñir, a quien persuadir, alguien sospechosamente parecido al cronista. Mientras dialoga con su semejante, Vallejo prodiga informaciones, puntos de vista, amor por lo sintomático, impaciencia ante lo banal.

   En sus primeras colaboraciones, Vallejo se inspira previsiblemente en su pasado inmediato: la crónica de los modernistas latinoamericanos. Durante varias décadas, la prosa modernista –Rubén Darío, Manuel Gutiérrez Nájera, Enrique Gómez Carrillo, Amado Nervo– enriquece el periodismo de habla hispana, amplía las nociones de poesía, lleva a un medio de lectura más rápida la batalla por literatura creativa, hace conscientes a los lectores de la brillantez idiomática y crea adicciones estilísticas antes impensables. El guatemalteco Gómez Carrillo, el más celebrado y controvertido de los cronistas latinoamericanos, describe así el recurso central de la crónica: “una prosa que salta, que hace piruetas, que se desarticula, se extiende en espirales y que de vez en cuando, para probar su fuerza funambulesca, se quiebra y se retuerce en saltos mortales”. Para Gómez Carrillo la crónica “es una sonrisa en la prosa diaria del periodismo, es la conciencia de la actualidad social, es el de libro memorias sentimentales de nuestra época”.

   Una lectura evidente del Vallejo cronista es la de su compatriota Ventura García Calderón, cuyos libros Bajo el clamor de las sirenas (Crónicas de París en 1914), y En la Verbena de Madrid, gozan entonc­es de gran prestigio. Como García Calderón, Vallejo acude a la ficción central del afrancesamiento latinoamericano: sus lectores se ausentaron de París hace unas cuantas semanas, y necesitan ponerse al día para afinar su condición de parisienses desterrados en Lima y Ciudad Trujillo. Pero al principio le cuesta trabajo a Vallejo adquirir la fluidez de García Calderón. Él ya ha escrito Trilce, y quizá por eso, por la translación de géneros, resulta por momentos errátil y confuso su afán de originalidad en la prosa. Al extraer la tensión estilística de lo "churrigueresco", se aproxima en momentos a la ansiedad cosmopolita cuya síntesis exacta y cuya cumbre paródica son las crónicas de H. Bustos Domecq. Así, por ejemplo, describe Vallejo a don Alcides Arguedas:
Señalo al más alto escritor de Bolivia, autor de la hercúlea Raza de bronce, andinista de basto y hacha, en cuya pluma engrápanse cóleras y amores, latidos estelíferos de oráculo aimara.

   En otras ocasiones, actúa el discípulo entusiasta de Darío. Así describe el café La Rotonda:
He aquí este hipogeo ambiguo, tablero iridiscente, ruidoso, alvéolo de sarna cosmopolita. He aquí el café sonoro, amado de los artistas, de los vagabundos, de los snobs y de las faldas inciertas, entre Mimí y Margarita, entre griseta y garçonne.
Modernismo, ultraísmo, el idioma se enrarece o se desquicia, a semejanza de otros momentos de la narrativa de Vallejo: “Hemos entrambos –escribe en Escalas– festinado días y noches de holgaza­nería, enjaezada de guitarras, navajas en guardia, crápulas hasta el sudor y el hastío”. En otras ocasiones la tensión estilística se re­suelve de modo extraordinario:

   Isadora Duncan fue sobre la escena musa, vapor de ninfa, santa, medusa, bruja, fantasma, vapor de agua, humareda de sangre antigua y moderna. Ana Pavlova va a las flores y a las aves por el amor de la pechuga del paráclito y del peciolo que ama al sol. Aquella genial Tórtola Valencia, que murió de lo­cura en un teatro de La Habana o que se ha convertido en ojerosa piedra de río en algún país sagrado, bailaba arqueológicamente, columna a columna, crótalo a crótalo, símbolo a símbolo, al amor de su poderoso vientre sacerdotal, semidescubierto por el manto de iris. Y en París ¿qué compás, qué diástole del pobre corazón humano, no habrá sido ya danzado por las mil bailarinas de la tierra milenaria?...

   Vallejo pone sus crónicas al servicio de la urgencia latinoameri­cana de más de siglo y medio: saber qué acontece en París, para determinar qué tan cerca o qué tan lejos se está de la verdadera civilización. Con este, Vallejo acata la técnica de su generación: ex­plicar la nueva sensibilidad a través de la crónica, predicar con el ejemplo irrefutable de la moda. Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Alfonso Reyes, también acuden a la crónica para clarificar ante sus respectivos públicos el carácter de lo moderno.

    Ninguno tan entusiasta como Vallejo. De París lo deslumbra todo: la arquitectura, la cría de celebridades, el perpetuo movimiento declarativo, el empeño de seguir siendo la “capital del mun­do”. “Aún no he visto –escribe en 1924– Londres, Roma, Berlín, Madrid, pero dudo que en urbe alguna del mundo se corra en público ante las multitudes fosfenadas, un mayor número de proyecciones craneales; dudo que en urbe alguna de la tierra se extraviasen en forma tan espectacular los latidos psíquicos más insignificantes”. Él discrepa de modas, de escuelas literarias, de prohombres políticos y literarios de Francia, pero reverencia la vida culminante de la ciu­dad: “¿En qué lugar del mundo ha matado la muerte cuerpos de mayor colorido histórico y por medio de sangrías más pintorescas, distinguidas o canallas?”. Para Vallejo las mejores ciudades de América no son sino aldeas, la América Latina es una mediocre colonia francesa en lo social y lo cultural, y es únicamente en París donde se acumulan las razas, las formas de vida renovadoras, las mentalidades, las ciudades del planeta. Una ciudad es el mundo del futuro y la fe en el París demanda un lenguaje exaltado:

  Existe un espíritu parisiense, que junta, refunde y da un carácter común a todos los extranjeros, mancomunizándolos en un mismo trance humano de ciudadanía, aunque sin despojarlos de sus trazas psicológicas originarias. En París no se vive, pues, una existencia cosmopolita que es mezcla física y agregado meramente material de los hombres, sino una vida cósmica, que es compenetración profunda y plena de individuos en un ambiente orgánico de ciudadanía universal.
Quizás esta insólita síntesis ciudadana obedece a la gran velocidad cultural de París como centro espiritual del mundo. También en el disco de Newton, el movimiento refunde los colores del iris para producir el blanco unánime del son sin que, en el fondo, desaparezcan los matices (En Mundial, 5 de octubre de 1928).

    En las crónicas se despliega la autobiografía ideal de Vallejo. Él no renuncia a Perú ni deja de identificarse con su cultura pero se enorgullece (y el orgullo está en el centro de su razón de ser como cronista), de no haberse detenido intelectual y artísticamente, de haberse salvado de los efectos de un medio paralizante, destructor. Y París es para Vallejo la estructura más sólida de la vida del pen­samiento, es un modelo porque ya recorrer una calle implica un método, es la formación espiritual porque allí la tradición cultural es sinónimo de vida cotidiana. Vallejo no es ni mucho menos el único practicante latinoamericano de la religión parisina, pero sí es quien de manera más tajante le da a la vida en París el carácter de inmersión orgánica en el universo de los estímulos:

    Cuánto tiempo he pasado en París, sin el menor peligro de perderme. La ciudad es así. No es posible en ella la pérdida, que no la perdición, de un espíritu. En ella se está demasiado asistido de rutas ya abiertas, de fechas y señales ya dispuestas, para poder perderse. Al revés de lo que le ocurrió a Wilde, la mañana que iba a morir en París, a mí me ocurre amanecer en la ciudad, siempre rodeado de todo, del peine, de la pasti­lla de jabón, de todo; estoy en el mundo con el mundo, en mí mismo conmigo mismo; llamo e inevitablemente me contestan y se oye mi llamada: salgo a la calle y hay calle: me echo a pensar y hay siempre pensamiento.

   Sin conseguir evitarlo, uno imagina a la ciudad de Trujillo en la década del veinte, carente de recursos, de espectáculos artísticos, de bibliotecas, entregada a la represión de los caciques, aislada en lo geográfico, con el solo impulso vigorizador de un grupo de escritores. Pero Vallejo no glorifica absurdamente a París sobre Trujillo; sólo destaca su utopía urbana y la enfrenta a su feroz desencanto, peruano y latinoamericano. En un artículo para Mundial de 1927, su negativa ácida anticipa el polémico dictum de Luis Alberto Sán­chez: “América, novela sin novelistas”. Él describe la reunión de hispanoamericanos en el Instituto Internacional de Cooperación Intelectual de la Sociedad de Naciones, y es implacable con la propuesta de Gabriela Mistral: la versión en distintos idiomas de las obras maestras de América Latina: 

   ¿M. Loucher quiere que conozca lo que su cultura ha engen­drado en América? Muy insignificantes cosas hemos produci­do bajo la égida cultural de Europa, M. Loucher. Unos pocos pensamientos de Bolívar y Sarmiento; unos breves paradigmas de estilo de Montalvo y Ricardo Palma. Nada más. ¿Qué resulta todo esto, al lado de los formidables y múltiples jalones del pensamiento humano que, ustedes, los europeos, han dado con Homero, Shakespeare, Cervantes, Dostoievsky? Puede estar usted seguro, M. Loucher, que no vale la pena la versión de nuestras obras.

   Ahora lo sabemos: Vallejo fue injusto con la producción latinoamericana, y desdeñó sin razones la calidad del pensamiento libe­ral, la grandeza de mucha de la poesía y de parte de la narrativa, sólo rescatando a Darío, “el cósmico”. Pero la crítica de Vallejo no es la del colonizado dolido por no nacer en un país prestigioso, sino la del que quiere hacer tabla rasa de la impostura, de los premios de consolación psíquica que agobian a quienes viven en Hispanoamérica. Para él, resulta preferible el rechazo a ultranza que la aceptación conformista del espíritu colonizado. En su poesía, y en su crí­tica cultural, él prefiere empezar de nuevo, no aceptar el impulso adquirido que para él es de segunda mano. En su actitud hay desesperación y desesperanza, y sólo contempla una tradición respetable, la prehispánica. En la disputa con Gabriela Mistral, él se define: 

   Pero la cuestión (¿qué hay en América de interés para Europa?) puede ser posible por otros respectos. La versión que hay que hacer es de las obras rigurosamente indo-americanas y precolombinas. Es allí donde los europeos podrán hallar algún interés intelectual, un interés, por cierto, mil veces más grande que el que puede ofrecer nuestro pensamiento hispanoamericano.

   Para Vallejo, el folclor de América es formidable en artes plásticas, medicina, literatura, ciencias sociales, lingüística, ciencias físicas y naturales. Allí es donde se encuentran la personalidad y la soberanía porque, a lo largo del proceso de las ideas en América Latina, “palpita y vive y corre, de manera intermitente pero indestructible, el hilo de sangre indígena, como cifra dominante de nuestro porvenir”. Eso se relaciona directamente con otra obsesión de Vallejo: la conquista europea saqueó y mutiló, dejando a su paso las grandes ruinas que hoy son países: 

  ¿Y quién podría denunciar, una vez por todas, que en América hemos perdido también nuestra alma y que la hemos perdido por Europa? Porque en América (hablo de América Latina) los europeos nos han arruinado todo, filosofías, religiones, industrias, artes y, del mismo modo que en el Oriente, hay desde el arribo de Colón, un terrible vacío en nuestra vida.

   Empezar desde el principio. Vallejo no niega la lengua, ni la cultura, ni la historia, pero lo impacienta al máximo la tardanza de la civilización que importa. Él cree en el hombre y en lo humano, convicción que ahora requiere de explicaciones concretas para no perderse en el lirismo de botica, pero que en los años veinte, con el paisaje todavía presente de la Primera Guerra Mundial, adquiere significados más precisos. “Yo no puedo consentir –escribe Vallejo en 1926– que la Sinfonía Pastoral valga más que mi pequeño so­brino de 5 años llamado Helí. Yo no puedo tolerar que Los hermanos Karamazof valgan más que el portero de mi casa, viejo, pobre y bruto. Yo no puedo tolerar que los arlequines de Picasso valgan más que el dedo meñique de los criminales de la tierra. Antes que el arte la vida. Esto debe repetirse hoy mejor que jamás, hoy que los escritores, músicos y pintores se las arreglan para evitar la vida a todo trance".

   Ahora, luego de las devastaciones del realismo socialista, y de la Revolución Cultural China, entre otras cosas, las declaraciones de Vallejo exigen el contexto. Él no minimiza a Beethoven, Dostoievsky o Picasso. Se opone a un culto del arte montado en el perfecto desprecio a los pobres. Y allí centra su definición de lo humano, que considera el resultado sintético de la intuición, la emoción, la autenticidad, lo no pervertido o gastado por la falsa civilización, lo alejado de la óptica colonial, la capacidad de conmoverse ante muertos, heridos, hambrientos. En los preparativos para otra confrontación bélica, lo humano es el don de solidaridad que, para no sumergirse en la sensiblería, y no profesionalizarse en la compasión, debe entender a fondo lo que vive. Según Vallejo su humanidad está en relación directa con la capacidad adaptativa: “Pobre del hombre –escribe en abril de 1928– que, en medio de las rápidas transformaciones a que asistimos ahora, no exceda o siquiera se nivele a la velocidad de los hechos. O los acontecimientos lo agotan, atropellándole o dejándole atrás, o él mismo tiene que suprimirse de la época, suicidándose tácita o literalmente. La generosidad de nuestros contemporáneos que han sido cogidos de sorpresa por los hechos y, tullidos por los años o por temperamento, va excluyéndose, consciente o inconscientemente, de la época. Apenas unos cuantos se adaptan al nuevo paso y lo dominan”.

   ¿Cómo se prepara Vallejo? Su situación económica es precaria, y tenemos la información recurrente: de Perú no le envían el pago de sus colaboraciones (“vuelvo a rogarle se moleste en gestionar se me pague lo que se me debe en esa revista...”), él vive al día, apenas le alcanza para mantenerse. Pero toma muy en serio su tarea periodística, le es fundamental, y diversos testigos lo muestran escribiendo la noche entera, intenso, gozoso a su manera. Las crónicas refieren de modo implícito la seriedad profesional: son producto de investigación, cotejo, esfuerzo intelectual. A Vallejo no le conforma el sim­ple relato de modas y sucesos extravagantes o pintorescos. Si toma un asunto de color local, debe examinarlo a fondo, procurar que éste revele algo que no responda a la trivialidad del magazine. Por eso se deshace de los residuos modernistas y las metáforas a toda costa, y adopta un tono informativo muy coincidente con el de las crónicas enviadas desde París a The New Yorker por la norteamericana Janet Flanner, que escribió con el seudónimo Génet.

  Vallejo es persistente, y a lo largo de 15 años delimita su visión unívoca de París; la ciudad cósmica, la trampa para aldeanos, el espacio del autoengaño y la creación de famas que sólo jus­tifica la imposibilidad de los parisienses de estar a la altura de la cosmópolis. Entre noticias de sensacionales descubrimientos, crímenes, paseos y muertes de divas, incertidumbres militares y chis­mes que son retratos hablados de la clase dirigente, Vallejo proporciona su lista de odios predilectos, de personajes cuya celebridad deshonra a París: el eterno político Poincaré, astuto y superficial como llamada al patriotismo; el relator de viajes Paul Morand, que recorre con toda velocidad hoteles como si se tratara de saltar sobre almas nacionales; el novelista Anatole France, cuya grafomanía es variante de la demagogia; el modista Paul Poiret, que enjaeza a las damas; el poeta Paul Valéry, que vende la primogenitura literaria por un sillón de la Academia.

   Sobre todo, y esto hace casi inevitable su conversión al marxismo, Vallejo detesta al literato profesional. En su vitalismo, él necesita los estímulos que vienen de lo humano, de la calle, del dolor, del entendimiento de que literatura es relación directa con seres y situaciones. Vallejo le insiste a sus lectores para que no lo confundan, y no se detengan en el voyeurismo cosmopolita que les ofrece. Él no es como esos poetas que duermen hasta el mediodía, almuerzan con buenos cigarros hasta las 4 de la tarde, leen periódicos, escriben versos ultramodernos, cenan a las 8 de la noche, se presentan dos horas después en un café de artistas a canjear ingeniosidades, y regresan a su cuarto a la una de la mañana, a forjar versos asombrosos. Eso le repele, la técnica, la imaginación prefabricada, mantenerse a sueldo del gobierno o con pensión de familia. De allí no se extrae contenido vital, ni inquietud humana, sólo taras lacayas y sensuales.

   Vallejo no es fariseo, y la austeridad y el sacrificio de su vida lo prueban en enorme medida, pero sí es, en tanto cronista, un asceta deliberado, un puritano del Mayflower. Al lado de los espectáculos del París Visible, entre el fantasma de Lendrú y la simpatía profesional de Maurice Chevalier, él le ofrece al lector la visión de un hombre intransigente, César Vallejo, que no se ha dejado tentar por las riquezas y molicies de la urbe, que no anda al ras de las cosas. Él sigue siendo como el más estricto de los lectores, reacio al autoengaño, pleno de integridad. Escribe en 1927:
 
   Permítase una nota personal: yo estoy en el número de los escritores hispanoamericanos no oficiales. Mi vida podrá ser todo lo modesta y lacrada de faltas que se quiera, pero procuro vivirla siempre honestamente, es decir, sin traicionarme ni traicionar a los demás. No es que yo desdeñe por sistema y a priori ese oficialismo: Lo desdeño porque, después de haberme asomado a él, cediendo a mi inquietud, le he hallado desagradable, opuesto a mi manera de ser y, sobre todo, superior a mis fuerzas y aptitudes cortesanas. Los banquetes, los bailes, las reuniones con lectura y té, violentan a tal punto mi sensibilidad, que antes que ello prefiero sufrir una epidemia, con todas sus consecuencias.
 
   De nuevo, ¿a quién se dirige Vallejo? La asombrosa unidad de las crónicas enviadas a tan diversas publicaciones, permite la certeza de un lector identificado hasta el menor detalle, que sólo puede ser la suma de amigos cercanísimos, y más exactamente Vallejo mismo. Al leer sus apreciaciones de Europa y Rusia, uno va leyendo su diario de convicciones, pleitos internos, distanciamientos con losescritores oficiales, recordatorios. Él escribe por obtener ingresos,por la dicha de escribir, y porrecordarse a todas horas quejamás puede ser un espíritu tranquilo, que no sude ni llore, no sufra insomnio ni se embriague, no sea orgánicamente ecuánime, ni equilibrado, prudente, o cobardemente dichoso. En síntesis, él también escribe sus crónicas para acosar y nulificar al burgués que lleva adentro.
En esto, Vallejo concentra una certeza de esos años: herencia de la bohemia y fruto del contagio revolucionario en lo político y lo cultural, de los bolcheviques y los dadaístas y superrealistas. El enemigo –es la consigna implícita y explícita– es el espíritu burgués, la señal de pertenencia a la comodidad que niega al instinto, al sueño, al deseo, al afán de justicia, a los vislumbramientos mecánicos, a la fuerza del inconsciente, a las liberaciones interiores. Ser burgués, para la vanguardia a la que Vallejo, queriéndolo o no, pertenece de lleno, es quedarse súbitamente ciego, sordo y mudo en el orden de lo literario y vital, volverse un espacio inerte decorado de medallas. Antes que por el marxismo, al rechazo de lo burgués le llega a Vallejo por temperamento e ideología artística. La crisis espiritual que sufre en 1929 modifica algunas de sus ideas sobre el arte, pero sólo reafirma la actitud vital ante la miseria y quienes la provocan.

   Quien afirma en una velada peruana que será tan célebre como Rubén Darío, combatirá severamente la vanguardia evidente, por sentirla invadida de astucias burguesas, y atacará a su propia generación literaria por insistir en el “incurable descastamiento histó­rico”. En uno de sus textos más célebres, “Contra el secreto profe­sional” (publicado en Variedades, el 7 de mayo de 1927), Vallejo acusa a su generación de retórica, falta de honestidad espiritual, en el uso de una literatura prestada. Nada les sirven a Neruda, a Borges o a Maples Arce sus disciplinas estéticas, por importadas, por no responder a necesidades peculiares “de nuestra psicología y am­biente”. Estos recursos no logran ayudar a los escritores a revelarse y realizarse, los confirman, insiste, en la impotencia para crear un espíritu propio, hecho de verdad, de vida, de sana y auténtica inspiración humana.

   Si el “secreto profesional” es la técnica literaria, una primera lectura del texto podría llevar a calificarlo como otra más de las explo­siones vitalistas que entonces inundan América Latina, en la ené­sima reivindicación del estro y de la inspiración en contra de las “argucias europeizantes”. Pero el contexto de este artículo, dedicado a exaltar Ausencia, el libro de Pablo Abril de Viveros, no es el culto bohemio a la improvisación, sino Trilce, el portentoso libro que es, también, un alegato contra la institucionalización, contra la burocratización, contra la claridad mentirosa, contra la profesionaliza­ción misma del arte. En septiembre de 1926 dice Vallejo: “Si hay una actividad de la que no debe hacerse profesión, esa es el arte. Porque es la labor más libre, incondicionable y cuyas leyes, linderos y fines no son de un orden inmediato como los de las demás actividades”.

   Trilce es demasiadas cosas (muchas de las cuales todavía ignoro), y entre ellas es el intento de construir una estética supremamente original, donde la lógica, la gramática, las costumbres mentales, queden pulverizadas sin hacer falta en función del pensamiento nuevo que es indígena, cósmico, saturado de la verdad y la vida que son sinónimo de las formas mentales y las actitudes que corresponden a la novedad de la estética. Para Vallejo los escritores al sólo hacer “literatura”, al apuntalar la retórica, al plagiar estilos, maneras y procedimientos, niegan la emoción seca, natural y pura, es decir prepotente y eterna, y se alejan de lo fundamental, lo autóctono. Esto, que así formulado parece tan próximo a los candores del nativismo y de la literatura indigenista, encierra, a la luz de Trilce, la explosión emotiva y cultural que conduce a Vallejo al marxismo. Él, que venera a la ciencia, como se lee en sus crónicas, adopta con fervor esta validación de sus intuiciones y premisas. Vallejo ve en el marxismo el gran apoyo científico en su lucha contra la superchería literaria.

   En Religión, política y ciencia en la obra de Vallejo (London, Thames Books, 1987), Stephen Hart distingue cuatro etapas en la obra de Vallejo: la trotskista (1927-septiembre de 1929), la stalinista (octubre de 1929-1931), un periodo caracterizado por el desengaño político (1932-julio de 1936) y finalmente el periodo donde parece unir marxismo y cristianismo (julio de 1936-1937). No estoy muy seguro de las etapas fijadas por Hart. En relación a la primera, creo que la admiración a los bolcheviques no determina aún la adhesión doctrinaria. En 1927, por ejemplo, Vallejo, exaltado ante la obra de Picasso, le reconoce el derecho de excepcionalidad: “El genio siempre tuvo cogido por el rabo a la moral”, y ante el proceso de los anarquistas italianos Sacco y Vanzetti, victimados por la justicia norteamericana, levanta de modo paralelo la causa de un tal Mr. Curwood, condenado a muerte por razones igualmente injustas, y por cuya suerte nadie protesta. “Y la causa de que Mr. Curwood se vea abandonado de los hombres, explica Vallejo, radica en el hecho, por lo visto muy culpable, de que vivía individual y aisladamente, sin haberse asociado a ningún sindicato de trabajadores, a ningún frente revolucionario, a ningún partido político de la tierra. Por este aislamiento e individualismo exagerados, Mr. Curwood está perdido. Nadie reclamará por él. El ser únicamente un hombre honrado no basta para despertar a la solidaridad y sentimientos humanitarios de los demás hombres”.

   Es imposible reconocer a un militante en tal apología del individualismo. Si a los textos nos atenemos, en 1927 Vallejo está lejos de ser trotskista. Véase por ejemplo su artículo polémico contra el pin­tor Diego Rivera, de noviembre de 1927, donde se opone también de modo implícito, a las ya entonces divulgadas tesis de Trotsky sobre el arte. “Diego Rivera –argumenta Vallejo– cree que el pintor latino-americano debe tomar como motivo y temas artísticos la naturaleza, los hombres y las vicisitudes sociales latinoamericanas, como medio de combatir el imperialismo estético y, por ende económico, de Wall Street. Diego Rivera rebaja y prostituye así el rol político del artista, convirtiéndolo en el instrumento de un ideario político, en un barato medio didáctico de propaganda económica... Olvida Diego Rivera que el artista es un ser libérrimo y obra muy por encima de los programas políticos, sin estar fuera de la política. Olvida que el arte no es un medio de propaganda política, sino el resorte supremo de la creación política”. Luego, Vallejo alaba a Dostoievsky sobre Maiakovsky, y a Proust sobre el versificador Déroulede, y concluye:
 
  Diego Rivera fabrica un disco y pretende dárselo a los artistas de América, para que se ocupen de darle vuelta. Todo catecismo político, aun el mejor entre los mejores, es un disco, un cliché, una rosa muerta, ante la sensibilidad creadora del ar­tista. Esta acción política está bien en manos de artista copiador o repetidor, pero no en manos de un creador.
 
  En esta defensa de la “gran taumaturgia del espíritu”, ¿dónde está el trotskista? El trotskismo de Vallejo es la primera manifestación de su ardor bolchevique, y tiene su expresión más intensa en el artículo “Las lecciones del marxismo”, publicado el 19 de enero de 1929. Allí Vallejo se entusiasma: “Otras tantas lecciones de libertad ha dado Trotsky. Su propia oposición a Stalin es una prueba de que Trotsky no sigue la corriente cuando ella discrepa de su espíritu. En medio de la incolora comunión espiritual que conserva el mundo comunista entre los métodos soviéticos, la insurrección trotskista constituye un movimiento de gran significación histórica. Constituye el nacimiento de un nuevo espíritu revolucionario dentro de un Estado revolucionario. Constituye el nacimiento de una nueva izquierda dentro de otra izquierda que, por natural evolución política, resulta, a la postre, derecha. El trotskysmo, desde este punto de vista, es lo más rojo de la bandera roja de la revolución y, consecuentemente, lo más puro y ortodoxo de la nueva fe”.

   Nada en la lectura de las crónicas nos ha prevenido para este salto súbito de conmovida feligresía. ¿Por qué el cambio posterior? ¿Qué lo persuade de la ortodoxia soviética? En relación a la segunda etapa política que Hart caracteriza también tengo dudas. ¿Hasta qué punto Vallejo fue stalinista? Hoy sus textos de 1932 a 1936 pueden leerse como frutos de la ortodoxia stalinista, con su secuela de intransigencia, negación de hechos evidentes, idealiza­ción a ultranza de la URSS y anti-intelectualismo, pero no son stalinistas stricto sensu. No hay culto a la personalidad, no hay men­ciones a Stalin, no hay la certidumbre infaltable de que una sola persona, el Padre de los Pueblos, representa y determina el porvenir de la humanidad. Vallejo no participa de la beatería individualizada de algunos de sus coetáneos, Neruda, Aragón, Nicolás Guillén (“Stalin/ Capitán/ a quien Changó proteja/ y a quien resguarde Ochún”). Más bien, en esta segunda etapa, y aunque verbalmente lo rechace, él sufre la conversión literalmente religiosa a que lo predisponen la época, el temperamento personal y la ansiedad de visiones cósmicas a partir de la Historia.

  Todavía en diciembre de 1928, Vallejo anota, al afirmar la inexis­tencia de un espíritu latinoamericano, que tampoco existirá por mu­cho tiempo y ni siquiera se vislumbra. “El movimiento suprarrealista –en lo que él tiene de más puro y creador– puede ayudarnos en esta higienización de nuestro espíritu, con el contagio saludable y tonificante de su pesimismo y desesperación. Nuestro estado de espíritu exige un pesimismo activo y una terrible desesperación creadora. Pesimismo y desesperación”. Y en uno de sus artículos sobre Rusia, le declara su independencia ideológica:
 
   Yo no soy invitado por nadie –le digo–. Nadie me ha invitado oficial ni particularmente. Yo costeo mi viaje y, empezando por el sello de mi pasaporte, satisfago todos los requisitos que el Soviet exige para entrar y residir en Rusia, a todos los ex­tranjeros. Para que mi reportaje tenga validez ante la opinión pública y sea una credencial insospechable y rigurosamente objetiva de las realidades auténticas de Rusia, he querido ha­cer este viaje sin que el Soviet, ni ninguna institución soviética comprometa, aun sin proponérselo, mi independencia con facilidades o cortesía más o menos escabrosas. Por otro lado, me encuentro, asimismo, libre de consignas precedentes de los periódicos que representa. Más todavía. Me siento libre de consignas profesionales y partidaristas. Yo no gano sueldo. Yo gano un salario. Soy un obrero intelectual.
 
  En la crónica, la explicación se le da ostensiblemente a un ruso blanco, pero más bien se dirige al lector peruano, a quien le informa del cambio de status en la expresión fideísta “Soy un obrero inte­lectual”. Para entonces, Vallejo ya ha modificado puntos de vista, e incurre en ocasiones en el determinismo, al opinar sobre las relaciones entre el artista y la sociedad, o en la reflexión catequística, como cuando describe el antagonismo sin palabras en un tren soviético entre una bolchevique y un nostálgico del zarismo:
 
  ¡Qué elocuente y dramático silencio éste, entre dos personajes que encarnan los dos frentes históricos de la revolución rusa! El ruido del tren, corriendo sobre la tierra eslava, consueña extraña y profundamente con el silencio del compartimiento. El ruido de la máquina sobre la naturaleza. El silencio de una clase social ante la clase social enemiga. El ruido clamoroso de la máquina que debe entenderse y cooperar con la tierra, para la producción económica. El silencio militante del revolucionario, acosando y acorralando al burgués, explotador y ver­dugo del obrero. Ante el ruido del tren y el silencio de mis compañeros de viaje, me asalta una multitud de imágenes de la revolución, un panorama procesional y sonoro de la historia.
 
   La conversión al sentimiento bolchevique: el camino a Damasco, la iluminación que elimina escrúpulos y barreras literarias, la fe que lleva a decir, casi como rezo: “La gloria de Lenin crece morosamen­te, digo, regularmente, luz a luz”. En las crónicas que Vallejo escribe entre 1929 y 1931, desaparece la pasión verbal que arrastraba consigo al devocionario modernista. Alejado de cualquier veleidad estilística, Vallejo predica la revolución, identifica a la mentalidad neutral con la reaccionaria, refuta el pensamiento imperialista, y revisa su trotskismo, al que ya acusa de “extremista”, de incontrolable monstruo moral. Él endiosa al bolchevique, incapaz de error, perfecto en su contextura moral, el padre de la vida soviética, el santo y el mártir de un cristianismo sin mácula, el doloroso y apasionado que impone un respeto casi religioso al frente de una saludable ofensiva creativa.

  Poseído del fervor místico, Vallejo abjura de sus antiguas convicciones. Guerra a la metafísica y la psicología, loor a las disciplinas sociológicas, únicas que determinan el alcance y las formas esenciales del arte. Supeditación de la intelligentzia a la razón. Eliminación del decadente superrealismo. Nada de freudismo o de bergsonismo. Guerra a la torre de marfil y los escritores de bufete y levita, a los escritores bohemios. Desprecio por la sutileza, el ingenio y el sofisma, “instrumentos todos estos típicamente reaccionarios”. Reconocimiento de la superioridad en muchos aspectos, de la literatura obrera (que, dice Vallejo en 1931, ya domina casi por entero la producción intelectual mundial) por sobre la producción burguesa.


   Guiado por esa certidumbre escribe la fallida novela El Tungsteno, donde la fe lo arrastra a la rendición absoluta, en la escena donde el herrero Servando Hanca, le dice al agrimensor (el intelec­tual) Leónidas Benites: "Hay una sola cosa que ustedes los intelectuales pueden hacer para los pobres peones, si quieren ayudarnos de verdad: hagan lo que les decimos, escuchen nuestras palabras, obedezcan nuestras instrucciones y nuestros intereses. Esto es todo. Esta es la única manera como podemos hablar juntos, por lo menos hoy día. Más tarde ya veremos”.

  Al renunciar así a la autonomía intelectual, Vallejo se prepara para el reencuentro con el cristianismo, o con la suprema identificación de la revolución con la pureza.
Para nuestra fortuna, las convicciones de esta etapa no le impiden a Vallejo trabajar en Poemas humanos, ni influirán en lo más mínimo en el extraordinario España, aparta de mí este cáliz. Son parte de un proceso de esclarecimiento, donde Vallejo ve en la revolución soviética el cumplimiento de su ideal de autoctonía y realización de lo humano, aún en las condiciones más ásperas: “…si crear en el silencio y en el recogimiento de un despacho, una obra intrínsecamente revolucionaria, es una cosa bella y trascendente, lo es más aún crearla en medio del fragor de una batalla, extrayéndola de los pliegues más hondos y calientes de la vida”. Ya no es el periodista, sino el militante quien habla. Y ese militante se irá perdiendo de su intolerancia materialista, hasta llegar a la anotación del 29 de marzo de 1938: “Cualquiera que sea la causa que tenga que defender ante Dios más allá de la muerte, tengo un defensor: Dios”.

   El marxismo de Vallejo es religioso, y corresponde a la creencia en el hombre nuevo, en el espíritu de sacrificio, en la santidad humana que extirpó el liberalismo. Él, que calificó de “eunucos repe­tidores y traidores al marxismo” a los exégetas dóciles, termina rindiéndose a la utopía: la realización de la justicia en un país, la sagrada locura que integra el trabajo y el placer. Pero esto será casi al final, y no le impedirá páginas extraordinarias regidas por la obsesión de detalle, por la necesidad de pensarlo todo a fondo. En sus quince años de envíos periodísticos, Vallejo combina crónica y ensayo, revisa su poética como de paso, se define en numerosas ocasiones, da cuenta de su proceso ideológico, se contradice y se rectifica, manifiesta nutridamente su aversión a la cultura latinoamericana que juzga colonizada y parásita (“Sucursal rigurosa­mente europea, desprovista de todo carácter autóctono...”), y last but not least,prosigue su querella contra la vanguardia, a la que pertenece y a la que con frecuencia desconoce. Su fascinación y su fastidio, el superrealismo, le merece alabanzas, críticas, condenaciones, admiraciones no tan de soslayo. En 1930 se apresura a la autopsia del superrealismo, y le niega lo que antes le concedió pródi­gamente: el aporte constructivo. Es el momento más sectario de Vallejo y sin embargo, ni siquiera entonces cede en su vigor intelec­tual. Él se rectifica sin decirlo: “El pesimismo y la desesperación deben ser siempre etapas y no metas. Para que ellos agiten y fecunden el espíritu, deben desenvolverse hasta transformarse en afirma­ciones constructivas. De otra manera, no pasan de gérmenes patológicos, condenados a devorarse a sí mismos”. Por lo menos en esto, Vallejo no cede al optimismo omnímodo de los comunistas de los años treinta. Él siempre le concede derecho de existencia al pesimismo y la desesperación.

   Variadas expresiones de las contradicciones ideológicas y vitales de su autor, en las crónicas de Vallejo se lee el desarrollo de la abnegación, la solidaridad, la ingenuidad que fía en el milagro, el rechazo de las pretensiones eurocéntricas, la religiosidad. Vallejo se incorporó de lleno a todo lo que escribía, y nosotros, sus lectores deslumbrados, seguimos descifrando y recreando en sus textos la complejidad de su vida.



*Publicado originalmente en La gaceta del Fondo de Cultura Económica, en agosto de 1988.


OTRAS NOTAS DE ESTE NÚMERO
Entrevista en Atlantic Unbound
Cynthia Ozick
César Vallejo, cronista
Carlos Monsiváis
Un poema francés
Marina Tsvietáieva
Dandismo
Aarón de Anchorena
Chicas muertas
Gabriela Massuh
Semiótica del laberinto
Victoria Schcolnik