REVISTA DE MARDULCE EDITORA
OCTUBRE 2014 NÚMERO 07
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Dandismo


El autor de esta nota recorre las diversas figuras del dandi a partir de su antecesor más directo en el Renacimiento: El cortesano de Baldassare Castiglione.

El dandismo acaso sea el último gran intento de la cultura occidental por hacer de la vida misma una forma de arte. Su estética se sostiene sobre dos pilares fundamentales: la provocación y la elegancia. La obra de arte y, por ende, la persona que no provoca reacciones virulentas (amor, odio, desprecio, devoción) se confunde con lo que la rodea, como un camaleón, y se disuelve irremediablemente en el mar del olvido y de la irrelevancia. Pero para provocar, para meter el dedo en la herida y rasguear los nervios como si fuesen las cuerdas de una guitarra, es preciso dominar la técnica y conocer el oficio; el oficio del dandi es la elegancia. La provocación es la expresión pura del talento, del genio, el diamante en bruto, mientras que la elegancia es la forma que lo corta, lo talla y lo pule transformándolo en la mejor versión de sí mismo. La provocación, el exabrupto sin artificio es una guarangada. El artificio sin exabrupto es un adorno o, peor, un utensilio. Los artistas han sabido esto desde que aquel primer iluminado imprimió sus manos en una cueva cantábrica. La novedad es que para el dandi la vida misma es una obra de arte, de modo que la estética coincide con la ética.

  Dije que el dandismo fue el último gran intento de hacer de la vida una forma de arte. El último pero de ninguna manera el único. El dandi tiene una larga lista de precursores en occidente, pero fue durante el Renacimiento cuando floreció su antecesor más directo: el cortesano. La obra de Baldassare Castiglione, El cortesano (1528) –el primer best seller de la historia– es un retrato nostálgico de este simpático personaje. Para Castiglione el mundo de 1528 es un páramo desangelado en el que han vencido las fuerzas de la barbarie. La reforma protestante, iniciada oficialmente por Lutero en 1517, y el saqueo de Roma por las tropas de Carlos V en 1527, uno de los episodios más lamentables de la historia moderna, le habían cambiado la cara a Europa para siempre. La habían afeado, la habían embrutecido. Castiglione recuerda los buenos tiempos de antaño y sitúa la acción en 1507 en la corte más refinada y sofisticada del momento, la de Guidobaldo da Montefeltro, duque de Urbino. Los cuatro diálogos que componen El cortesano recorren las principales características de este personaje que es a un tiempo hombre de mundo, seductor, poeta, filósofo y bon vivant. Si bien la aspiración política del cortesano –consejero del gobernante– lo aleja dramáticamente del dandi, cuyo desprecio por toda vocación de servicio es proverbial, la virtud principal que Castiglione exige del cortesano anticipa con fanfarria el dandismo. Hablo de la sprezzatura. El término proviene del verbo sprezzare que significa “desdeñar,” o “despreciar.” La cualidad máxima del cortesano consiste en desenvolverse como si nada le importase demasiado, como si todo se tratase de juego apenas entretenido. La clave de esta actitud está, sin embargo, en que se trata de una puesta en escena. No hay nada de natural en la sprezzatura. Cada movimiento, cada palabra, cada reacción, cada gesto está cuidadosamente estudiado. El arte del cortesano consiste en hacer que lo difícil parezca simple, que lo premeditado parezca espontáneo. Los afeites, la vestimenta, la gestualidad son elementos cruciales de esta puesta en escena. Pero nada es más importante que la autoconsciencia, pues la sprezzatura es, a fin de cuentas, una toma de distancia. Si el cortesano pierde la perspectiva (por cierto, otro gran descubrimiento del arte renacentista), se acerca demasiado a su personaje y se cree su propio artificio, éste pierde fuerza y se transforma –horror– en una costumbre. 

   Para el cortesano la vida imita al arte. Pero imitación es artificio y artificio es simulación y simulación es engaño. En efecto, la vida del cortesano como la del dandi está dedicada enteramente al cultivo del refinado arte del engaño. Mencioné la provocación y la elegancia como los dos pilares de la estética del dandismo. Cabe agregar un tercero que completa y fortifica las bases de este magnífico edificio cultural: la mentira. El texto que mejor describe la ética y estética del engaño es, sin duda, La decadencia de la mentira, por Oscar Wilde. Publicado en enero de 1889 este célebre diálogo es, como El cortesano, un lamento nostálgico, el requiem por una sensibilidad cultural que está desapareciendo inexorablemente bajo el peso de la moral y las buenas costumbres en una era obsesionada con la verdad.

   Si bien Wilde hace la salvedad de que lo que le interesa es la mentira en el arte, una de sus tesis más famosas es que la vida imita al arte. La mentira es, de este modo, una virtud tanto estética como ética. Es cierto que la mentira como forma de arte no es la mentira que se dice para sacar ventaja o provecho. La mentira del político, la mentira del estafador, la mentira del deshonesto son tan despreciables como la sinceridad compulsiva pues se trata de una mentira utilitaria, ventajista, mundana. La mentira que elogia Vivian, el alter ego de Wilde, es la mentira hedonista, la mentira por la mentira misma. Aquel primer cavernícola que volvió de la caza una tarde y narró frente a la mirada fascinada de su tribu cómo había matado un mamut con sus propias manos inventó el arte. Aquel primer gran mentiroso fue el fundador de la civilización, sentencia Vivian.El objetivo del mentiroso es deleitar y dar placer, por ello en él se cimientan las mismísimas bases de la sociedad civilizada. En la novela realista y en el naturalismo Wilde encuentra la mayor abominación: el arte intentando imitar a la vida. Así, el realismo se revela como la antítesis de la sensibilidad dandi. Para el dandi el realismo es aburrido e ingenuo y su producto, estéticamente estéril e irrelevante, pues la vida siempre avanzará a paso más ligero que cualquier intento de capturarla.

  Alguien no exento de agudeza de espíritu bien podría observar que la situación que Wilde describía en 1889 no ha hecho sino agravarse. Gran parte de la producción literaria, cinematográfica y televisiva de hoy en día entra fácilmente dentro del gris abanico que va del realismo al híperrealismo. La fascinación con la “realidad,” síntoma de un bruto narcisismo cultural que es producto, sin duda, del individualismo moderno, llega incluso a niveles absurdos. Pocas cosas excitan más la curiosidad del consumidor que el tagline: “Basado en hechos reales.” Incluso en obras de ficción pura y dura –pienso en las tediosas sagas de Tolkien, o en Harry Potter, el niño hechicero– la verosimilitud de la trama y de la psicología de los personajes es un parámetro de calidad. Aun aquello que es abiertamente fantasioso debe adecuarse a la lógica de la vida real, o proponer una lógica alternativa que emule la de la realidad. Sauron se parece demasiado a Hitler y Hogwarts a Eton. Del mismo modo, los efectos especiales en el cine, cada vez más “realistas,” en vez de estimular la fantasía, perpetúan la retorcida expectativa de que el arte represente de manera escrupulosa, consistente y persuasiva. La ubicuidad de las redes sociales (yermos desiertos de barbarie donde la elegancia y el decoro escasean más que el agua en Taklimakán) no ha hecho sino exacerbar esto, poniendo en evidencia de forma descarnada la ética de la espontaneidad y de la sinceridad que subyace a todo este opaco estado de cosas. Huelga decir que la espontaneidad es la virtud del torpe y la sinceridad, el talento del idiota.

   Pero que no nos desanime el despotrique de los profetas del alarmismo. A todos nos gusta creer que vivimos tiempos excepcionales o, mejor aún, apocalípticos. Lamentablemente, los tiempos que corren tienen una característica en común con los pasados que opaca todas las diferencias que pueda haber entre ellos: son efímeros. Además, no seamos injustos: el realismo en la literatura nos dio joyas como Madame Bovary y La marcha de Radetzky. El cine nos reveló los mundos deslumbrantes de Sergei Parajanov y de Tim Burton. La televisión, los de David Lynch y John Kricfalusi. Y las redes sociales, como el cine, la literatura, o la pintura, son simples medios de los que se vale el mediocre para producir mediocridades, pero que también pueden ser utilizados con creatividad e inteligencia. Ni el pasado fue tan elegante, ni el presente es tan guarango. El dandi lo sabe y entre sus virtudes se cuenta la de saber conjugar la actitud nostálgica y desencantada con un espíritu innovador, provocador, vanguardista. Este dístico del padre del simbolismo georgiano, Titsian Tabidze, resume la esencia del dandismo con triste elegancia: “envuelto en una robe oriental como un Pachá Efendi,/ sueño con Bagdad, cansado y dandi.”
             
           

  @aaronanchorena 

 



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