REVISTA DE MARDULCE EDITORA
OCTUBRE 2014 NÚMERO 07
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Chicas muertas


Un comentario sobre la investigación de Selva Almada: tres casos de femicidio como topografía del horror argentino.

La escena inaugural de Chicas muertas se desarrolla una madrugada, la del 16 de noviembre de 1986. La cronista se despierta porque unas formas babosas y tibias que han mojado el colchón se mueven contra sus piernas. Esa escena, la de un despertar porque una gata ha derramado líquido amniótico y cachorros a los pies, tiene, esa misma mañana, un segundo despertar: por la radio se escucha la noticia de la muerte brutal de Andrea Danne, violada y asesinada (en su propia cama) en la localidad vecina de San José, a pocos kilómetros de Villa Elisa donde vive la cronista. Una maternidad sobre la cama y una muerte sobre otra cama. “Yo tenía 13 años y esa mañana la noticia de la chica muerta me llegó como una revelación.” Revelación, esa palabra, por su énfasis, por su casi grandilocuencia, es infrecuente en la escritura de Selva, siempre tan (a)pegada a la tierra. Esa revelación implica el horror de descubrir que “mi casa no era el lugar más seguro del mundo”, por un lado. Por el otro: implica también el horror de descubrirse como mujer, como madre, como potencial objeto de deseo y, también por eso, como potencial objeto de muerte. La plataforma desde la cual se escribe la crónica tiene la edad de trece años: la edad de la conciencia del cuerpo, del extrañamiento que producen sus dilataciones, sus olores, sus líquidos que empiezan a escurrirse como una escritura frondosa, voraz e imparable.

   A partir de ese horror inicial se inicia el libro y da pie a la crónica que es a la vez un conjuro. Un conjuro en contra de este doble horror, el propio y el ajeno; el confeso y el que viene de adentro. La crónica reconstruye en fragmentos tres vidas fragmentadas. No solo la de Andrea Danne de San José, sino también la de María Luisa Quevedo, muerta por estrangulamiento y abuso sexual en la localidad de Sáenz Peña, Provincia del Chaco, desparecida el 11 de diciembre de 1983 y la de Sarita Mundín, desaparecida el 15 de marzo de 1988 de la localidad de Villa María en Córdoba, cuyos restos fueron encontrados recién en diciembre de ese mismo año en el paraje “La Herradura” en las orillas del río Ctalamochita en las afueras de Villa María. Los tres casos tienen mucho en común: tuvieron lugar en los años ochenta, las víctimas eran casi adolescentes, pertenecían a la clase media o media baja, en los tres casos se trató de abuso sexual, ninguno de los crímenes fue esclarecido y tuvieron lugar en poblados  chicos de provincia donde todo el mundo se conoce y por eso sería lógico pensar que descubrir un crimen es mucho más fácil. Este último dato es significativo da con una constante argentina: la complicidad mafiosa entre la clase política, los poderosos de un lugar, la policía y la justicia. Esta connivencia, que se despliega como un tejido enmarañado entre las víctimas y sus victimarios, que avala femicidios convirtiéndolos casi en justificados actos de prepotencia masculina (como los muchachos de San José: sintiéndose toritos soñaban con montarse a las secretarias como a vacas; alguien que grita un gol en el balcón y compite en ese grito con los gritos de balcones vecinos) es el mismo sistema de poder que está en el origen de las muertes de María Soledad Morales, Marita Verón, Nora Dalmasso y tantas otras a quienes este libro rinde homenaje. 

   Pero Selva no acusa. Nada más lejos de su escritura que el énfasis. Simplemente desovilla el camino de sus tres chicas muertas como quien desteje un conjuro. Quiere saber cómo eran miradas para entender cómo ellas miraban el mundo. Y para conjurar la muerte ajena (y la muerte propia) recurre a esas brujas de la actualidad que son las videntes que curan empachos, tiran del cuerito, y sanan “las tripas revueltas de gusanos, estómagos cargados y cabezas embotadas.”

   La curandera, bruja, sanadora o vidente es “la Señora” del libro, la que puede saber de las chicas pero también sabe lo que Selva no quiere saber: no vengo por mí, le reitera Selva, vengo por ellas. Y la curandera sabe, aunque no se diga, que es lo mismo: a través de las chicas Selva terminará por encontrarse a sí misma liberada a través del conjuro, liberada a través de la escritura.

  Para este miedo ancestral, le dice la curandera, “nunca es tarde, hay que ir tirando despacito de la punta” y le cuenta el cuento de la huesera, una especie de bruja arcaica que va juntando de a poco los huesos de las muertas, los pone sobre la mesa, los ensambla y allí, frente a la mesa, piensa qué canción va a cantar para darles vida. Y mientras les canta, los huesos se van cubriendo de piel, cobran vida, se transforman en un lobo que sale corriendo y, mientras corre, se transforma en mujer. Esa es tu misión, le dice la curandera y esa será la misión del libro: el intento de darle voz a las muertas, que vuelvan a hablar; pero también la misión de la autora adulta: sentarse frente a una mesa y elegir qué cantar, qué escribir. Como en un ritual iniciático, combatir aquel horror de los trece años será la misión de la escritora adulta: vencer su propio miedo y dar vida, dar voz, escribir.

  El final del libro tiene un ritmo conmovedor. Me animaría a decir que se parece a la resurrección de las pasiones musicales de Cristo de finales envolventes en los que se sacan fuerzas de la resignación. En ese final cadencioso, una especie de andante con motto, se ve a la escritora todavía púber, que acaba de pegar un estirón, despidiéndose de su tía que está por casarse como si se despidiera para siempre de los miedos que deben ser conjurados.

  Antes de pedirme que formara parte de esta presentación, Selva quería que la presentara María Sonia Cristoff. La selección no era arbitraria. María publicó en 2005 Falsa Calma uno de los libros más poderosos de este viejo género que ahora se da en llamar “no ficción”. Ambos libros tienen en común una vasta topografía del horror argentino: en el caso de Cristoff, los pueblos fantasmas de la Patagonia desolada por la crisis que culminó en el año 2001. En el caso de Selva, ese triángulo abarcado por Sáenz Peña, San José y Villa María. Pero el horror es el mismo. El de un país cómplice de la violación de cuerpos, tierras, historias personales e historia compartida ya sea por causa de la prepotencia masculina o la codicia del poder. Una y la misma cuestión.

 
* Texto leído en la presentación del libro Chicas muertas de Selva Almada (Mondadori, 2014)


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