REVISTA DE MARDULCE EDITORA
OCTUBRE 2014 NÚMERO 07
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Semiótica del laberinto


Una lectura del libro Piedras de Roger Caillois y la pregunta por los bordes entre geología, historia del arte y escritura.

Es inexplicable cómo a veces el mundo se dispone a ayudarte. Te fuerza a ir por la calle indicada, de la vereda que no elegiste tomar y frenar en el momento justo. A veces, diría, el mundo es terriblemente preciso.

   Hace varios años que tengo una obstinación por la escritura. No en el sentido literario, el de escribir novelas o poemas. Aparte, trato de armar una arqueología de la escritura. Para mí, es como el universo: dónde empieza y termina, y contra qué se construye. Es un mecanismo que nos hace ser quienes somos, nos sostiene y nos veda. Descubrí que la pregunta por la escritura es imposible, a la manera en que los niños quieren saber por primera vez sobre las cosas. Nunca llega la etapa de madurez: cuando me piden que se las explique, hago agua. Sólo sé que algo es parte de mi respuesta cuando entra en contacto conmigo.
 
   El año pasado una amiga me prestó un libro sobre la escritura de las piedras. Me lo dio porque una de las claves en mi intento de pregunta es el carácter chino wen (文). Significa literatura y escritura, pero también se refiere a las vetas de la madera y la piedra, los tramados de los cueros, las huellas de los animales en la arena, los rasgos, las constelaciones. En el carácter permanece, por un lado, el gesto primario de marcar una roca o un hueso, y por el otro, la idea de encontrar sentido en las tramas que revela la naturaleza. La huella, lo cartográfico y lo laberíntico son parientes de escritura. Si hoy buscamos una definición en el diccionario español, dirá que es “el signo gráfico de una idea”. En occidente, al menos, la escritura se volvió la aliada de la lógica, y se alejó de su médula material (porque no hay nada más físico que el cuerpo, el alimento y lo escrito). Aunque internet, los mensajes de texto, los chats, y el resto del abrumador universo de signos la atacan como peste, y la desencajan. Dicen que la lengua tibetana, como un ejemplo distinto, transmite con precisión las enseñanzas budistas pero le cuesta describir la turbina de un avión, para lo que las lenguas indoeuropeas son muy eficaces.
 
   Mi amiga me había prestado ese libro porque hablaba de una de las nociones de wen: las vetas de las piedras. Lo tuve en mi biblioteca un par de meses, pero solo llegué a ojearlo. Este año tuve la oportunidad de viajar a París, y como suele ocurrirle al viajante, el vagabundeo por las calles termina despojando al cerebro de lo conocido. Es un placer mayor sentir cómo se estira la masa cerebral, siempre tan compacta en el cráneo. Estábamos volviendo al hotel, por una zona en Saint- Germain-des-Prés donde están instaladas las galerías de arte. Iba por la vereda viendo las obras detrás de los vidrios. Todo era atractivo, pero hubo un lugar que me hizo frenar: un pequeño local que exhibía una serie de piedras pulidas y pintadas con paisajes color tierra. Anoté la dirección para regresar al día siguiente, nuestro último en París.
 
   Volvimos después del desayuno. En el local había varios pedazos de piedras impresos con unos paisajes bellísimos. Cuando le preguntamos a la vendedora acerca de la técnica, nos contó que no era obra de un artista, los dibujos eran efecto de la erosión del agua. Era increíble que el detalle de la imagen no lo hubiera pintado un ser humano. Como la mujer hablaba poco inglés, conversamos lo que pudimos acerca del origen de estas piedras, y entendimos que provenían de unas canteras de mármol en la Toscana. El dueño de la galería, Claude Boullé, era geólogo. En sus épocas de estudiante lo había conmovido una serie de mármoles con pinturas encima que encontró en un museo, y se fue a buscarlos porque ya nadie se dedicaba a partirlos y comercializarlos. El secreto para dar con estos paisajes es saber cómo cortar, nos contó la vendedora.
 
  Decidimos adquirir un ejemplar, no podíamos no hacerlo. Salimos del local y caminamos unos veinte metros, la vendedora nos llamó. Quería mostrarnos una fotocopia de un libro con la foto de un mármol, en el que la textura de la piedra hacía de escenografía de una pintura. Nos dijo que algo así había visto su jefe de jovencito en aquel museo. Yo escribí el nombre que aparecía en el epígrafe de la imagen. No sé qué me llevó a hacerlo. Supongo, la idea de que esta imagen hubiera marcado el destino en la vida del geólogo.
 
   Volví a Buenos Aires con la piedra, una postal de la galería y un nombre anotado. Mis tres piezas sueltas, me hacían acordar al libro de mi amiga. Entré en internet para rastrear el asunto. Tipié “La escritura de las piedras”, el título. Apareció un link de Piedras escrito por Roger Caillois. Sospeché que todo estaba unido. Leí la dedicatoria del texto. Hablaba de piedras que no le interesan ni a la arqueología, ni a la mineralogía, ni al diamantista; y no hacen más que permitir que se deslicen sobre su superficie la arena, el aguacero, la tempestad, el tiempo; piedras expuestas a la intemperie que no se perpetúan más que en su propia memoria. Pensé que Caillios cavaba profundo en una parte del decir, la que no está atada a un discurso, porque daba testimonio sobre las piedras, descartando las artes que hacen uso de ellas, y aún tenía mucho de qué hablar. Difícil es tener qué decir sin valerse de ninguna teoría, recurrir únicamente a la experiencia de cada cual sobre las cosas. Esto es dar testimonio. Y esto es lo que hacen con el tiempo las piedras que él quiere tocar.    
 
  Con esta lectura, encontré una bandera más, no solo de la búsqueda que había emprendido, sino de algo mayor. Fue uno de esos momentos en los que una se arma, y agrega una pieza al rompecabezas que es. En los días que siguieron comprobé todas mis conjeturas. La fotocopia que nos mostró la vendedora era una imagen del libro de mi amiga y lo había escrito Caillois, que también era autor de Piedras. Leí todo lo que encontré de él. Roger Caillois ya no era un nombre, era un eslabón, un centro en el que se cruzaban mis asuntos.  
 
  La piedra que traje a casa se llama pietra paesina. Hace cincuenta millones de años atrás, en lo que hoy es la Toscana, algunas rocas se vieron sometidas a la lenta infiltración del agua, que la impregnó por sus fisuras y comenzó a viajar por los conductos. Cuando se evaporaba, el óxido de hierro y manganeso que acompañaba su trayectoria, dejaba unas huellas minerales rojizas. Son los paisajes que hoy se ven cuando se corta la roca en láminas y luego se pule. Caillois dedica a estos mármoles un capítulo extenso en su libro. Recorre las apreciaciones y los intentos de definición que han hecho los expertos desde el siglo XVII hasta fines del XX. Siempre obsesionados por explicar las pequeñas ciudades en ruinas que se ven sobre estas piedras. Por mucho tiempo, la Pietra paesina fue considerada un lusus naturae (freak de la naturaleza), después la han comparado con el arte humano, pero finalmente la mudaron del museo de arte al de historia natural. A Caillois le importa la relación que los seres humanos tienden con las piedras, porque ellas nos recuerdan –con sus vetas, sus colores y texturas– que debe haber una belleza preexistente y más vasta que la que nosotros podemos percibir. Y esto nos pone al borde del entendimiento, nos arrastra lejos de nuestro mundo de metáforas y analogías. Nos quita del centro.
 
  Si la memoria y la erudición me acompañaran, no me hubiese llevado un año conectar todos los puntos del mapa; tal vez, ni siquiera considerara que había relaciones que tender. Hubiera retenido el nombre desde el principio. Sabría de antemano que Roger Caillois era francés, surrealista y que vivió en Argentina durante la Segunda Guerra Mundial gracias a su amistad con Victoria Ocampo. Pero yo nunca supe ni recordé. Ni siquiera su conocida afición a las piedras, que se expusieron el año pasado en la Bienal de Venecia. Carezco de esa forma de inteligencia, y no me preocupa. Quiero cultivar otro pensamiento. El de estar disponible, reconocer qué de todo lo que veo y escucho a diario se corresponde conmigo. No practico la eficacia. Pero tampoco pierdo, me dedico, al tiempo.
Cuanto más leo, más compleja se vuelve mi pregunta sobre la escritura. A lo largo de este texto, tuve la sensación que era más la sinapsis caótica de mi cerebro entre las palabras tipiadas, que la gramática que organiza el texto.
 
  Caillois dice en el libro que las inscripciones en las piedras no son un alfabeto, sino un patrón sin mensaje, como agujeros de gusano en la madera muerta. Los seres humanos estamos demasiado preocupados por la semántica de los signos, y pasamos por encima su belleza, que también es sentido. Las piedras, y no sólo la paesina, además, el jaspe, el ágata, el ónix son tan imponentes en sus rasgos, que nos acercan a la conmoción: la mudez ante el signo. Si bien están los que buscan el significado detrás de lo que ven, también está Roger Caillois, que llama “escritura” a las tramas de las piedras (no separa la imagen del significado), y todavía así, tiene tanto que decir, todo un libro.
 
  Sentido y escritura se unen, y no sólo a través de la lógica, también por la huella, por la materia. Por la belleza. Y yo me arriesgo, después de contar esta experiencia, a vincular también la escritura al deambular: la manera en que recorreremos nuestro laberinto, cómo vamos uniendo los polos de nuestro territorio. La escritura, sin duda, es el dispositivo por el cual las señales nos dirigen en la vida.
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 



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