REVISTA DE MARDULCE EDITORA
OCTUBRE 2015 NÚMERO 08
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Átomos y vacío


Cuento

Aunque no podría comprar nada de lo que allí vendían, entró. Las joyas expuestas en la vidriera la habían deslumbrado y las dos copas de vino tinto ya empezaban a hacer su efecto. Era uno de esos días de invierno en los que se sentía particularmente inspirada. En un angosto espejo ubicado entre dos locales de la galería, se vio atractiva, con el enorme chal color ciruela y las botas negras de caña alta. In the mood for love, pensó ella, que a veces pensaba en inglés, evocando esta vez la película de Wong Kar-wai y su canción embriagadora, una especie de vals que ella asociaba con la desnudez de dos cuerpos y la agonía. Era cuestión de que alguien pudiera ver su alma, de que pudiera ver más allá de lo visible, de la piel cuarteada, la mata pajosa en la que se había convertido su pelo, los dientes no muy blancos, la panza hinchada; más allá de las turbulencias, del derrumbe, de los años de añoranza, de la fatiga, del prolapso. Se puso rouge, agregando unos milímetros al contorno de los labios descoloridos y secos, remarcó los pómulos con un poco de colorete anaranjado y entró.
 

Se acomodó suavemente en la banqueta, se sacó el chal en varias vueltas y, en la última, la cartera se descolgó del hombro, arrastrando también un poco del sweater y dejando al descubierto un fragmento de piel pecosa y un bretel gastado de corpiño beige. Ella no se molestó en acomodar nada, dejó el hombro desnudo, sólo lamentó que el corpiño no fuera el de encaje negro que reservaba para algunas noches. Todo en ella parecía querer caer, desmoronarse, ceder. Si alguien tuviera los ojos para adivinar a una pantera somnolienta… El vendedor, ciego a la pantera, vio a una posible compradora, una mujer de sesenta y pico de años, tal vez setenta, con una cartera muy grande y un deshecho peinado de al menos tres colores distintos. Primero le mostraría los anillos. Ella se sacó el suyo de plata y turquesa y los fue probando uno a uno, sin prisa.
 
 
Diamantes, zafiros, rubíes y esmeraldas pasaban por sus dedos y ella acariciaba su mano y la alejaba, para ganar perspectiva, y volvía a acercarla o la dejaba lánguidamente sobre el chal en su falda, en una lenta evaluación que el vendedor trataba de descifrar. En una mesita francesa ardía una vela muy elegante que despedía un perfume hipnótico, mezcla de pino humedecido y cáscara de mandarina. Ella empezaba a sentir las gotas de sudor que se formaban debajo del sweater de lana y le humedecían también la nuca, pero era principios de julio y no quería pedirle al vendedor que prendiera el aire acondicionado. Ya bastante con estas manos, pensó. El vendedor habló de una “sangre de pichón” para referirse al color de una piedra y ella sonrió, creyendo adivinar una secreta alusión a algo, y en sus dientes resplandeció el color púrpura del vino. Sentía las orejas rojas como dos brasas. Se dejó puesto un anillo cabochon de turmalina verde, incapaz de devolverlo, y pidió ver los collares. El vendedor desplegó más estuches de terciopelo color damasco y la ayudó a probarse varios modelos.
 
 
Ella se recogía el cabello, que para su edad era abundante y largo, y él le colocaba las piezas rozando las gotas de sudor en la nuca mezcladas con algunos mechones de pelo renegrido. Las manos del vendedor en su cuello le daban a ella ciertas ideas y atrás iban quedando las piedras preciosas y sus reminiscencias. Con esa escalerita alcanza, pensaba ella, que se imaginaba con las piernas abiertas de par en par, totalmente desnuda en un tramo de la escalera caracol que había detrás del mostrador. En esa imagen, curiosamente, ella se parecía a Charlotte Rampling a los veinte años. Si él supiera… No había que dejarse engañar. Su cuerpo era un disfraz mal cosido, algo provisorio, un malentendido; debajo estaba la verdad, los ojos de gata siamesa, la pantera. El vendedor seguía probando cadenas, tocando su cuello, su pelo, pidiendo disculpas, rozándola, parado detrás de ella, que estaba sentada y desfalleciente. Ella quiso ser un pichón entre sus manos y sin querer emitió un gemido de pequeño animal moribundo. Las perlas son como lágrimas, decía él mientras le probaba collares de distinta longitud, pero ella sólo pensaba en las manos de él bajando por su cuello. Las perlas no pueden ser más blancas que los dientes, explicaba, hay que encontrar el tono justo…  Pero ella ya lo tenía encima, podía sentir su peso, lamer su lengua. Si él pudiera verla… No era muy grandote pero sabría cómo moverse, ella le mostraría. A pound of flesh, a pound of flesh, suplicaba internamente, citando a Shakespeare. Pero no era el corazón lo que pedía.
 
 
Había pasado más de una hora y el vendedor había dejado de creer en ella. Nunca le había preguntado por ningún precio, sus frases terminaban en puntos suspensivos y en un aleteo de pestañas llenas de rímel viejo, y ahí estaba como evidencia el anillo de plata y turquesa comprado seguramente en una feria hippie. Uno a uno, le fue sacando los collares de perlas. También la despojó en estricto silencio y con cierta dificultad de la turmalina verde que había quedado en un dedo y que se atascó después en el hueso. Ella preguntó por una esclava de oro y brillantes pero el vendedor la miró con malicia y abrió con desgano un cajón, del que sacó una funda negra con un brazalete de bronce. Ella extendió el brazo, se arremangó el sweater y entre los pelos sin teñir y las pecas blancas y marrones de su piel vio subir una serpiente, y entonces quiso ser su esclava y arrastrarse, reptar por sus piernas hasta su boca, ofrecerle sus labios y un par de ojos grises de gata siamesa, si él pudiera ver su alma, ver que era ella, después de todo, siempre la misma aunque tal vez irreconocible, desfigurada pero no muy distinta a Charlotte Rampling a los veinte años, quizás más fascinante, si ella pudiera sacarse de encima la cáscara marchita, la ceniza, y llevarlo hasta el fondo de la persistente música, tan agonizante como ella, que no la abandonaba y que nadie más oía…
 
 
Caminó por el largo pasillo de la galería, arrastrando sin darse cuenta el chal color ciruela, y salió a la calle, donde fue recibida por una ráfaga de viento helado.




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