REVISTA DE MARDULCE EDITORA
OCTUBRE 2015 NÚMERO 08
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Un almuerzo con Frederick Seidel


Entrevista al poeta norteamericano

1.

Frederick Seidel ya está sentado en el Café Luxembourg, en la calle West 70th de Manhattan, cuando llego a nuestro encuentro a las 13.00 horas, en un día soleado de enero. Ha elegido el asiento de la ventana y parece pensativo, emocional, inhibido. La frente es su único rasgo prominente, el resto es demasiado simétrico para que sobresalga. Lleva puesto un saco marrón de Donegal Tweed, una camisa celeste y un pañuelo rojo en el bolsillo de la camisa. ¡Mierda: parece de la aristocracia sueca! Quiero grabar la entrevista. Me dice “No, vamos a almorzar juntos, solo por placer”.

—Denle a este hombre algo para tomar— le pide al mozo. Y luego:
—No te preocupes, sé cómo es, cuando tu sensibilidad está por todas partes pero con el tiempo se endurece.
Me pregunta si vine en taxi. Contesto que sí.
—Uhuh. Uhuh. Mucho más cuóhmodo. Parece un tío canchero. Tranquilizador. Me mira un poco desconcertado como preguntándose qué voy a decirle.

Pienso: “bueno, escuchame, tío... estuve en Iraq, Afganistán, Siria, en todos lados... tomé cocaína, amplié mis horizontes, y todas esas cosas que veneras en tu cerebro de tinta negra.” 

En realidad, le hablo de mi novia que vive en New York. Después me quejo de los mozos de New York, son muy snobs, estirados. Se ríe. Se sienta en diagonal, me mira, levanta su mano hacia un costado, cuando se ríe se le tuerce la boca como un chico a quien le hace cosquillas su padre.

—La comida es buenaafirma serio mientras ojeo rápido el menú, como si  quisiera que saboree el chicken paille con la misma reverencia que lo saboreo a él. Pide un tartar de atún rosado con papas fritas a la plancha y para tomar un jugo de tomate con limón, y yo, una cerveza de jengibre, y al reconsiderarlo, también un vino blanco seco, además del chicken paille. Y cuando picoteo una de sus papas fritas, él asiente de mala gana.

Le cuento sobre mi experiencia de la vida en la ciudad, de la tensión que siento, la frustración de no poder escapar de un ambiente denso, encerrado. “Bueno, entiendo eso” señala como si dijera: “Ponete al día, sos un cangrejo que camina para el costado’.

Hablamos de su libro, Nice Weather y como un estúpido digo que tiene demasiadas  dedicatorias a sus amigos muertos.
—¿Te referís a que tengo muchos amigos muertos?— responde, de manera ‘quemeestasdiciendo’.
—No, no, solo algunos como Frank Kermode en el poema ‘They’re There’.

Le preguntó sobre sus años de universidad en Harvard, cuando se ponía chapitas en los zapatos para caminar con onda a las clases de escritura...Sonríe con orgullo, grandilocuencia. ¿Habrá bailado tap en su época?

Parece incómodo conmigo. No se va hundir en el asiento pero parece avergonzado y apenas puede tira la toalla: “Tengo otra cita”...

Le pregunto por Wheeler’s, el restaurante de pescado en Soho; por Londres en su poema ‘Fucking’ (de Sunrise); por Daniel Farson, el fotógrafo y presentador, que fotografió a la mujer de Robert Lowell, Lady Caroline Blackwood, con Cyril Connolly; por Francis Bacon, que también figura en el poema ‘Fucking’. “Oh, Francis…”, recuerda, trayéndolo a la vida.

Y luego por esa demolición poética en ‘What One Must Contend With’ dedicada (pienso yo) a un escritor rival. Sonríe, y se señala tímidamente con el dedo: “¡Era yo!”

 —Supongo que no se lo mostraste.
 —¡Sí, sí, se lo mostré...!
Lo que intenta decirme -me doy cuenta después- es que la persona a quien destruye en el poema es él mismo.

 —¿No te importa ofender?
Retrocede en su asiento y luego parece perplejo, ofendido, miedoso.
—¿No te genera ningún tipo de remordimiento ofender tanto? Insisto.
—No me importa a quién ofendo...simplemente...los publico. Justo ahora estoy escribiendo dos poemas largos. Me publicaron uno en la revista Gray ¿La conoces? Insistieron en aceptarlo pero les sacudió, percibí que les sacudió.
Disimula ansiedad, cuando en realidad se lo ve contento por haber “sacudido” a un editor prestigioso.
—El poema está muy bien presentado en la página. Su diseño muy bello, tiene ilustraciones.

Le cuento que hacemos cacería de faisanes allí donde vivo y que los Rothschild también hacen cacería en las cercanías y nosotros cazamos los faisanes que sobrevuelan sobre su campo. Se ríe, hee-haw, hee-haw: “Eso fue un gran momento”.

Le cuento que mi padre trabajó en el psychoanalysis experimental en Londres, en los años setenta. Seidel recorre teorías experimentales sobre la psicosis: “aquella generación descubrió en la psicosis algo lúcido, cercano al genio”.  Habla de RD Laing y de la psicoterapia experimental de su comunidad londinense. Un día los visitó. Se le acercó una enfermera que llevaba puesta una túnica almidonada…Toda grandota, toda almidonada con una gran toca, le decía que se bañaba todas las noches y al rato encontraba un sorete en la bañadera. Al día siguiente lo mismo: se bañaba y de nuevo un sorete. Estaba completamente loca.

—Lo increíble de New York es que cuando estás cansado de tu trabajo, o encerrado en el estudio de tu casa, y querés escaparte…¡Salís (hace un gesto hacia la ventana) a New York! Para saber algo sobre esta ciudad hay que leer el Paris Review (él era el ‘Paris editor’ de esa misma publicación).

Tiene dos hijos, una novia, y dos nietos, cuenta orgullosamente. Una nieta de siete, un nieto de nueve.

Nuestro almuerzo llega a su final. “Un espresso doble por favor” pido yo, “un espresso solo para mí y unos crostini para él” pide Seidel. Pienso en esos hombres que son inconscientemente crueles con las personas más indefensas, o con los niños. Algo que las mujeres quizás vean como un defecto. Paga la cuenta. Setenta y ocho dólares con una American Express platino que se la pasa al mozo con disimulo, como una propina. Hace una mueca mientras se traga una pastilla. Salgo. Él sigue adentro, chamullando a la maître, a quien yo no me había dado cuenta que ya conocía. Siempre fue un player, un poco a lo Gene Hackman, el mentor de Tom Cruise en la película Fachada. Cuando sale se pone una campera verde, inflada, marca Patagonia.
—¿No lograste hacer la entrevista? Bueno, ¡qué te importa!. Y se ríe a carcajadas.  

Recuerdo las imponentes viejas torres de Madison. Parecía que tenían miles de dimensiones, parecían moverse, eran líneas de arquitectura en movimiento emanando una luz diluida de color naranja mate. Yo venía del campo Argentino en pleno verano, donde las nubes tenían el color de la nieve vieja; pero ahí, de repente, la luz empezaba a esclarecerse, se flexionaba, flexionaba mi pupila y el invierno en New York se llenaba de sol, luz de mediodía refractada a través de las almas de toda la ciudad.

Ahora, con el tiempo, me doy cuenta de que el Café Luxembourg es el mismo de su poema ‘Coconut’:

 That New York night at Café Lux when Cathy Hart was there
I knew that I was not prepared, but how does one prepare?
When the coconut that kills you smiles and says, Please, Fred, have a seat -
And feeds you fresh coconut milk to drink and sweet coconut meat to eat.
 I learned it was her birthday - which meant of course champagne!
I ordered up the best Lux had with my extinguished brain.
Do not resuscitate the zombie under the coconut tree!
It’s me on my Jet Ski painting a contrail on the blue South China Sea!
 Happy Birthday, Doctor Hart.
You stopped my heart.
You made it start.
You supply the Hart part. I’ll supply the art part.
 
 Habla sobre cine durante el almuerzo:
—Hay tantas buenas películas para ver ahora. Me encantó Amour de Haneke. Es un film muy valiente. No te voy arruinar el final, pero es valiente...Son dos personas increíbles, quiero decir, ella es una profesora de piano y sufre... Me encanto Lincoln también.
Y me hace pensar que él no es el “elefante”, el “elefante trompetero” de su poemario más reciente, Nice Weather.

Hablamos de escopetas, creo que le pregunté sobre las siguientes líneas de Nice Weather: “La escopeta: bella; totalmente automática; de acero inoxidable; sin retroceso; que viene de Tennessee”
 
Por primera vez, releyendo esto en agosto de 2014, me siento inferior pero mejor que Fred Seidel. Porque él siente la necesidad de ser rigurosamente agresivo y contundente, con su “acero inoxidable”, y yo he encontrado una manera de esquivar eso, voy por adentro de las cosas.

Creo verlo en todas partes. Es un poeta, un poeta tan ancho  –las paredes de mi pensar están cubiertas por él– ya no hay necesidad de conocerlo. En mi trayectoria, en mi recorrido, sus poemas cubren todas las paredes. 

Describe la curva de una línea de vagones que desaparece misteriosamente mientras alguien mira hacia atrás por la ventana de un tren. Tiene, quizás, una mente sobrehumana, del modo en que a veces se entiende a la mente. Evoca el círculo invisible de, por ejemplo, la llegada del invierno –la masa de experiencias presagiadas en el aire frío– que trae consigo el hueco negro, tan ávidamente esperado, y consigo, también, trae tanto vacío… se podría vincular a la avidez con la que esperamos el paso del tiempo.  

Se acerca a las contusiones horribles sufridas por un hombre que intenta perseguir lo “grande” cuando se empeña en escribir odas a la cosmología, en el poemario The Cosmos Trilogy

Personifica el sufrimiento terrible de un hombre (un hombre duro) que alberga algo frágil, como una llama o una lágrima, en el Hotel Carlyle, y la tortura sufrida en el mismo acto en que descubre su frágil identidad, pequeña, minuciosamente sensibilizada, para formar un vínculo con eso y estar con una mujer.


2.

Aquel día tomé un taxi por la vértebra central de Manhattan, desde Downtown en Jane Street donde me hospedaba. La luz parecía dormida, de castaño rojizo, cuando llegué a la calle 77 y Broadway y caí en el Luxembourg, donde enseguida vi a mi amigo detrás de la puerta. Estaba radiante bajo el sol de invierno, con un humilde saco marrón y su cabeza gacha. Se enderezó para saludarme, era más viejo de lo que me imaginaba, su frente fruncida, la respiración recortada, sonriente, y con esa intensidad retirada que suelen tener las personas como él.   

Yo estaba emocionado por el encuentro pero sabía que de alguna manera me pondría en ridículo. Recuerdo cuando en el hotel me puse mi camisa gris oscura, talle-grande Ralph Lauren vintage, debajo del sweater gris oscuro Ralph Lauren cuello-en-v, y sentí que esto le molestaría, que entraría con una armadura puesta. Recuerdo que más tarde le mandé un mail diciendo que fue muy simpático nuestro almuerzo. Le había dicho que después tenía una reunión con el New Yorker, en Times Square. Su respuesta fue: “que te diviertas deambulando por Times Square”, como si yo le hubiera dado una falsa impresión de negligencia, bajo una falsa indumentaria de amabilidad en-la-luna, pero en realidad fuese taimado y ventajita. 

Recuerdo que en otro mail le escribí: “¡No sería igual de cómodo encontrarnos en Buenos Aires!” Porque yo estaba compenetrado con la Buenos Aires excitante, en verano, acelerada. Luego, cuando nos vimos, me dijo lo gracioso que le había parecido ese mail… 

Le pregunto sobre su poema ‘Scotland’ donde menciona a su conocido Robin Thurso, el vizconde escocés. Responde: “¿Te acordás del venado en el poema? Quiere que entienda el significado del poema, más allá del lord al cual me había referido. Y también le pregunto por el arma, el revólver de plata de ley que había revoleado Pericles Belleville en su poema ‘Fucking’ –en la comida donde Seidel conoció a la mujer que más amó en toda su vida. Y por su poema ‘Hotel Carlyle, New York’ (del libro Going Fast, 1998) que transcurre en la sala del comedor de ese hotel. Hay un trineo: creo que cada mesa es un trineo; todo está nevado en el hotel; todo cubierto de copos de nieve; todo blanco y tierno. Su mujer parece una zarina y “los mozos gays volvían del calor de la cocina / Tan fríos y insonrientes como Lenin”. Y por otro poema de Sunrise, donde huía de la mismísima mujer a quien ahora acechaba, en un vuelo transatlántico; y por ‘Pressed Duck’, de su camarilla de los años setenta/sesenta de New York, los elegantes, marrones, cuartos de la memoria; el útero y sus caballitos de mar.


Entonces Seidel me pregunta si tomo.
—No mucho.
—A mí me gusta..¡Me gusta tomar de todo! Pero no durante el día.
Recuerdo su gusto por el oporto en el Four Seasons Hotel Ritz en ‘Lisbon’, en Nice Weather. Ahora me pregunto: ¿De qué manera le gustará el chupi? ¿Para emborracharse, para relajarse, o para rasgar e incomodar viejas heridas?

Parece vivir cerca del Lux, un departamento con el retrato de T.S Eliot, sus enfilades de habitaciones llenas de luz. Su estudio es una baticueva con vista de nido de ángel sobre la ciudad de New York: Upper West Side.

Cuando estoy de vuelta en el hotel, transcribiendo otra entrevista, a la medianoche, miro a través del Hudson y se asoma:


Miro por la ventana al Hudson.
Veo a Fred Seidel trabajando en el New Yorker.
Su frente baja se contonea como un cerebro;
Sus ojos parecen siameses;
Su nariz se encoge como la nariz respingada de un cráneo.
Iluminado en el halógeno; sus labios entreabiertos;
Flaco – está de perfil – era buen mozo – su lengua mueve –
Siente cosas – tengo otra cita...
Te veo. Después te veo.
Pensar así no tiene sentido.
 
 Supongo que la raíz de este poema es ser leído y descartado por Seidel.
 Aquí uno sobre sus poderes de percepción:

¡Pichón!
Qué sorpresa.
Sus ojos son beige.
Me mira por filtros de grandes hojas de arce.
 
Puse arce solo por vos.
 
Los árboles en la pista de aterrizaje
Posan como hombres para vos; te esperan:
El murmullo castaño de otoño
de la luz escurrida por las épocas de los árboles.
Esperándote, amigo.
Que despegues
Que cargues con árboles, que les digas “alaridos rascacielos de plasma”
a través de tu trombón.
 
 
Y aquí su correspondencia: 

Querido Sr. Cullen,
Lo mejor sería encontrarnos en Buenos Aires —un segundo distante, el lunes 14 aquí en New York. O el viernes 18, si prefiere.
Mis mejores deseos,
Frederick Seidel
 
Querido Sr. Cullen,
Almorcemos en el Café Luxembourg, 200 West 70th St. (entre Amsterdam y West End Ave. pero mucho más cerca de Amsterdam) y a sólo un minuto de caminata de la parada de 72 St. sobre la línea de subterráneo IRT de 7th Ave, la 2 y 3 express y la 1 local.Camine desde la salida del subterráneo hacia 70th y luego hacia la derecha. Verá el restaurante del lado downtown de la calle.
A la una.
Mis mejores deseos,
Frederick Seidel

Bueno, creo que es idolatría o infatuación a lo que llegué con Frederick Seidel. Pero la poesía es algo muy fuerte, habla del amor: todos los estados del amor.  Habla de la muerte –bref– deambula por todos los mares. Cuídense del amor desproporcionado por un poeta. Amen a todos por igual.  




3.

Karaboudjan


 Es Pistol nacht en suburbios, amanecí cubierto de plomo;
es lo que te pasa, por dormir con ventana abierta sobre una autopista.
Mi padre es un inmi –habla en adivinanzas chinas;
ve jinetes acercándose a él desde siete direcciones –
antes me dejaba encerrado como el Séptimo Sello.
La ceniza que salía de los incineradores hizo que su juventud porteña me aparezca en
blanco-y-negro; borrosa–
pichón : todos sus dichos salieron de la luz ultravioleta, cuarto-oscuro, de aquellos tiempos.
Perdió la úvula en una extracción de amígdalas.
Cubre mi mundo como arco irises; las nubes; las andamiadas estructuras moleculares;
cosas.
Es escritor inédito –y se parece al Capitán Haddock
en El Cangrejo de las Pinzas de Oro, dirigiendo el Karaboudjan borracho,
sin saber que tiene latas de cangrejo llenas de heroína a bordo.
Me siento como Alan, el primer oficial, traicionándolo –o Tintín, que lo despierta;
navega tormentas hacia el puerto de Bagghar –encuentra a Omar Ben Salaad
el Rey-Cangrejo, Lord de harta heroína, y le arranca el talismán de la garganta.
 
 

*Entrevista realizada el 18 de enero de 2013 al poeta Frederick Seidel (1936, Saint Louis, Missouri, Estados Unidos de Norteamérica)
 
 








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