REVISTA DE MARDULCE EDITORA
OCTUBRE 2015 NÚMERO 08
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Sentido imprevisible


A continuación un acercamiento al tacto -la hapticidad- como interfaz entre literatura y neurociencia.

Recuerdo vagamente el argumento de muchos de los libros que leí. En ocasiones, tan solo una escena que me conmovió, o me hizo reír. Hay libros que leí y juraría que no los he leído nunca. Y así. En algún lugar del cerebro están, supongo, aunque no creo que muy a mano. Con el libro que recién termino de leer de Pablo Maurette, El Sentido Olvidado, creo que me va a pasar exactamente lo contrario. De ninguna manera podría decir que lo recordaré página a página pero estoy segura de que cambió mi idea sobre la importancia del tacto. El poder que puede tener la palabra escrita para modelar el pensamiento no caduca. El Sentido Olvidado es un libro avasallante, que logra poner en valor una idea primordial: somos, en gran medida y mucho más de lo que admitimos, hapticidad pura.

Es difícil describir lo que me produce comprobar que se puede arribar a un conocimiento a través de vías bien distintas; me provoca cierto regocijo incomunicable. Algunos conceptos sobre la conciencia que Freud acuñó luego se corroboraron en ensayos neurocientíficos; es decir, se abordó un mismo tema desde lugares, tiempos y recursos muy distintos y la conclusión fue la misma. En este sentido, la literatura puede ser una manera de encontrar una verdad. Aún sin proponérselo, narrar de manera auténtica inevitablemente conduce a la perspicuidad. Tantas veces hemos leídos pensamientos absolutamente esclarecedores acurrucados en la ficción. En esta pequeña gran obra de Pablo Maurette la vía de comprobación –la literatura en sus más diversas formas– se convierte en la herramienta más espléndida que se tenga noticia. Es que Maurette toma de la mano al lector y lo lleva por una cantidad de textos interesantísimos probando su teoría, la que dice que el sentido eclipsado por la vista, el tacto, es la mejor forma de conocer el mundo que tenemos.

Es evidente que la cuestión de la tactibilidad y tangibilidad desvelan al autor desde hace mucho. Se trata de un viaje largo, de una experiencia en primera persona respecto de una forma de sentir aquello que lo rodea. Por eso avisa y no defrauda, en el mismísimo prefacio: “uno de los riesgos que corre quien escribe sobre estos temas consiste en dejarse llevar por los caminos de la introspección  y perderse en digresiones hedonistas acerca de los placeres que produce el arte”. Es precisamente eso lo que hace del libro una obra encantadora: la selección perfecta y a la vez caprichosa –arbitraria, subjetiva, original y entrañable– de textos literarios, filosóficos, fenómenos históricos y acontecimientos culturales.

Quiero ser honesta: en más de una oportunidad sentí que la avalancha de referencias me dejaban sin aire. El texto es sumamente exuberante y recorre caminos imprevisibles. Con esto quiero decir, que tanto visitantes como locales de la filosofía pueden disfrutar, tal vez en distintos planos, de este paseo.

La fuerza de las ideas se hace evidente cuando irrumpe en la vida cotidiana. Durante los días en que leí el libro tuve instalada una consigna patente: lo háptico se manifiesta y lo manifiesto de formas que antes no había pensado y merecen ser identificadas, aunque solo sea para disfrutarlas más. Es –obviemos el contrasentido– como ponerse anteojos hápticos y ver el mundo así, bajo todas las formas de la sensibilidad. Hapticidad no es una palabra elegida porque sí; hapticidad es una palabra enorme.

Esos cables que son los nervios van en dos sentidos: los que llevan información del cerebro a la periferia –las vías motoras–, y los que colectan la información de lo que nos rodea y lo llevan al cerebro, las vías hápticas. Hacía mucho que no escuchaba la palabra háptico, desde mis estudios de anatomía tal vez. Las vías hápticas son la interfaz entre nuestra subjetividad y el mundo en todas las maneras posibles –todas– desde las más elementales como sentir frío y calor hasta las más refinadas como la noción de tiempo, espacio y movimiento. Debo decir que lo que había estudiado era solo el soporte concreto: por dónde van esos nervios, con quiénes se cruzan, qué pasa cuando enferman. Una tecnicatura sobre hapticidad, digamos. Con este libro mi concepto de hapticidad se amplificó, se desdobló y se enraizó en mi visión.

Somos un manojo de cables pelados que se irradian desde nuestro cerebro. Todo llega por ahí y se queda en esa gran represa que es nuestra mente; es probable que seamos mucho más algo que siente que algo que razona. El sistema sensorial es complejísimo y es un acierto enorme que el autor proponga un acercamiento al tema desde la estética. Al fin y al cabo la neurociencia hoy nos dice que la razón nos sirve para darle contexto y sentido a algo que ya habíamos decidido de manera irracional: “Una valoración estética que derive en una elección racional”, coincide el texto. En ese punto comulgan el pensamiento háptico que propone el autor y una visión renovada sobre el comportamiento humano.

Entre los textos citados aparece la carta de lord Chandos que concluye que la profundidad está escondida en la superficie y, más adelante, en las palabras de Joyce: “Podría decir que el hombre moderno tiene epidermis en lugar de alma”. Así se van enhebrando una sucesión de distintas fuentes de tiempos remotos que sostienen que el tacto fue y será la gran manera de conocer. Por eso tiene lugar Thomas Browne cuando dice “…las opiniones hallan con el tiempo mentes y hombres como aquellos que primero las engendraron”. Es decir, los pensamientos sobreviven encarnándose, dando saltos prodigiosos a través de la historia en las cabezas como las del autor de este libro, que une Renacimiento y Modernidad de una puntada.

Mención especial al capítulo sobre la filematología, que no es otra cosa que una manera muy elegante de ahondar en el estudio del beso. Recomiendo leerlo con calma; el ansia llega solo. Diré que resulta imprescindible y nada más; no quiero arruinar ese momento de intimidad que tendrán con el libro en caso de que decidan leerlo.

Sin dudas es un libro erudito –y bastante académico– pero creo no haber visto una gota de esnobismo, ni una sola referencia o reflexión que no estén al servicio obstinado de que el lector se convenza. Logra tocar al lector, más aún, le deja un legado especial. “Tener tacto es poseer la destreza para producir un efecto real, concreto, beneficioso sobre otra persona o situación”, aclara de forma profética. Lo que relata tiene de genuino el ser una urgencia creativa, un grito desesperado por compartir algo que ha tocado, ha sentido, ha conocido; en definitiva, contar y celebrar el sentido inolvidable.


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