REVISTA DE MARDULCE EDITORA
OCTUBRE 2015 NÚMERO 08
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La herida única


Sobre Marcias, el mítico sátiro desollado; Ovidio, Dante, y la extraordinaria pintura de Tiziano.

Cuenta Eliano que en Celaenae, en Frigia, la piel del sátiro Marsias, suspendida en la gruta en la que surgía la fuente del río del mismo nombre, vibraba solo ante el sonido del aulós, la doble flauta, nunca ante el sonido de la lira. La contraposición de estos instrumentos, cifra de la antítesis de pasión y sabiduría, de Dionisos y Apolo, de Asia y Grecia, se despliega en la cultura griega en el s.V ac. sostenida en el mitologema arcaico de la competición musical entre Marsias y Apolo, en la que el sátiro en su derrota es desollado vivo por el dios.
 
 

Distante del sublime y sereno Apolo del Belvedere que fascinaba a Winckelmann, el dios violento del arco asiático que hiere de lejos, recibía en Pyla, en Chipre, el nombre de Megaeiros, es decir, de carnicero-sacrificador. Marcel Detienne ha estudiado últimamente a este Apolo poco conocido con cuchillo en mano, con el que degüella y trincha los animales del sacrificio, pero también limpia territorios, abre caminos, traza templos. De modo análogo, si desde Delfos su palabra oracular abre el espacio de las fundaciones lejanas, a menudo es oscuramente hostil, un desafío cruel a los humanos. Y su palabra musical tiene por otra parte la fuerza mortal de la flecha. “No comprenden cómo desuniéndose, concuerda con sí mismo, una trama de inversiones como la del arco y la lira”: así Heráclito asimila la potencia mortífera del arco apolíneo y la potencia musical de la lira (arma e instrumento armados con dos cuernos del macho cabrío de Dionisos unidos de modo inverso) a partir de los elementos que en ellas se tensan en oposiciones y reunificaciones.
 
 
 

Las cuerdas de piel animal de la lira producen sonidos breves, puntuales, que armonizan con las palabras, con el verso cuya métrica se organiza con pausas y cesuras en la que el silencio irrumpe tenso. Versiones del mito adjudican precisamente el triunfo de Apolo sobre el sátiro flautista al recurso de sumar el canto a la música de lira. La flauta extática de Marsias prolonga en cambio el soplo corporal de la voz, sin discontinuidades. Acompaña con ella los ritos de Cibeles y de Dionisos, el dios cercano e invasivo. Su encanto corre como el río traslúcido de Frigia a la que el sátiro da su nombre. Un río formado con la sangre del desollado o, como prefiere Ovidio, con el agua del lamento, el llanto por su muerte cruel, de los faunos, sátiros, ninfas, y pastores, sus agrestes amigos.
 
 
 

Fue Dante, lector creativo de Ovidio, quien intuyó, entre los disiecta membra del mundo clásico en pleno cristianismo, la cercanía, la mutua pertenencia de estas dos fuerzas poético-musicales, Apolo y Marsias. Invocando al inicio del Paradiso a Apolo, por su propia metamorfosis, como poeta ante el arduo tema de su viaje celeste, le pide al dios que entre en su pecho (desollándolo, se diría) y le traspase su soplo “como cuando extrajiste a Marsias de la vaina de sus miembros”. Dante reescribe así el grito del Marsias ovidiano: “¿Por qué me extraes a mí mismo?” El desollamiento lo produce el dios con la propia inspiración.
 
 
 

Edgard Wind asimila esta versión dantesca del suplicio mítico a la interpretación neoplatónica que hace del mitologema Pico de la Mirandola, que presenta sin embargo, la contienda entre Marsias y Apolo como una oposición entre cuerpo y espíritu.
 
 
 

Fue en realidad Tiziano, el pintor de las pieles humanas y animales, el pintor de los mitos ovidianos, quien, mucho después que Dante, volvió a representar dramáticamente la cercanía y mutua pertenencia de aquellos adversarios. En la extraordinaria pintura que Tiziano guardó en su casa hasta su muerte, el sátiro ha sido colgado –lo mismo que sus flautas– del pino de Dionisos, cabeza abajo, como un santo cristiano martirizado. Apolo hace su tarea cruel con un cuchillo ayudado por un hombre frigio. Pero su figura, aparece replicada a su derecha en la figura de un músico vestido de rojo, de pie, extasiado, con los ojos abiertos fijamente al cielo como los del Apolo del Parnaso de Rafael, tocando la viola da braccio, con la que los pintores renacentistas representaban a menudo la lira antigua. Así, con este desdoblamiento de Apolo, la música y el tormento infligido coinciden en su acción. Un perro de aguas lame la sangre a los pies de la víctima, otro más grande y bravo es sujetado por un sátiro pequeño que nos mira introduciéndonos en la imagen pavorosa. Y mientras otro sátiro servicial de fisonomía animalesca acerca un balde, el rey frigio Midas medita contemplando el martirio en la pose de la Melancolía. En Midas, Tiziano hizo su autorretrato de anciano.
 
 
 

La escena expresionista, abocetada, de pinceladas rápidas, concentra a los personajes en el espacio apretado de una naturaleza salvaje y dramática llena de luz dorada. La música apolínea, la lira, aunque convertida en el sonido continuo de una viola da braccio, la música-poesía, hiere y descubre la carne viva, la herida única, como dice Ovidio, del cuerpo de Marsias. En contrapunto con la manía del dios extático, el pintor melancólico concentra su pensamiento en el latido de esa carne como en la pura vida que su arte quisiera expresar. La carne que ilumina desde adentro la piel tibia y vibrante de sus Dánaes y de sus diosas. 
 
 

 




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