REVISTA DE MARDULCE EDITORA
OCTUBRE 2015 NÚMERO 08
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Los libros que me han hecho daño


Ocasión, origen y consecuencias de ciertas lecturas perniciosas.

 Hoy libro. Mañana me pasaron otras cosas.

Martín López Navia


Todos sabemos que los libros han sido objeto de sospecha, condena y censura a lo largo de la historia y no deja de ser significativo el que estas desconfianzas hayan tenido especial relevancia justamente en culturas que encontraban en un determinado libro –la Biblia, el Corán su fundamento, o que buena parte de la historia de la cultura venga dada por un largo repertorio de luchas de libros contra libros, palabras contra palabras, frases contra frases. Combates que por desgracia no se limitaban a constituirse como simples e incruentos enconos de papel sino que –la letra con sangre entra trataban de cerrar a sangre y fuego bocas y tintas previamente juzgadas por herejía o anatema. Tales actitudes parecen ser ya hoy sin embargo mero recuerdo de un pasado ignorante y dogmático que a todos nos parece remoto y obsoleto por más que la abolición del famoso Indice de libros prohibidos con el que la Iglesia Católica pretendió librar a sus fieles de caer en malas tentaciones lectoras no haya tenido lugar hasta 1965.


Más allá de algún caso puntual que todavía pudiéramos citar creo que bien podríamos afirmar que hoy es doctrina generalmente admitida que los libros son uno de los pilares fundamentales de eso que, más allá de fronteras y espacios culturales concretos, viene llamándose, de manera un tanto abstracta, la universal condición humana, confirmando aquel viejo ideal ilustrado que ve el libro como la mejor y más fértil compañía. De ahí que pueda sorprender la licencia que me he tomado para dar nombre a la pequeña exposición personal. Conviene por tanto que adelante que si bien participo plenamente –desde mi condición de lector laico desreligado– de ese entendimiento del libro, así tomado en general, como compendio de virtudes y cualidades favorables para la salud mental de los ciudadanos y ciudadanas, sin embargo, y a fuerza de ser sincero (sinceridad que ciertamente nadie me reclama),  he de confesar que, a la luz de mis propias experiencias y al menos en lo que a mí se hace, la lectura de determinados libros de los que luego daré relación– en concretas circunstancias –de las que igualmente trataré de dar breve noticia– me ha provocado daños directos e indirectos que si en el momento de la lectura pudieran pasarme inadvertidos, con el propio transcurrir de la vida he podido inferir y confirmar como en aquellas lecturas tuvieron su ocasión, origen y consecuencias. Y entiendo aquí por daño aquella acepción que en el María Moliner se recoge en tanto “Efecto causado en algo o alguien que le hace ser o estar peor”. Daños por tanto que habrían de manifestarse, en mayor o menor grado, en mis actitudes, entendimientos y modos de ser y estar entre y con los otros.


El distanciamiento de la “inteligencia común” sobre el libro y la lectura que tal planteamiento supone me obliga, claro está, a presentar mi caso con la humildad propia de quien pretende mostrarse más como un resto o desvío que como una excepción significativa que pudiera poner en cuestión el consenso o consentimiento general. Al fin y al cabo se trata de dar ocasión para ofrecer un relatorio personal, es decir, idiota en el sentido (y espero que solo en ese) que el término poseía en el griego clásico. No está en mi ánimo retornar a Índices o Anatemas, amonestar conciencias o poner al día reglamentos estéticos sobre actividades literarias peligrosas, nocivas e insalubres. Pero tampoco se trata de hacer recuento morboso de aquellas lecturas más o menos salaces que perturbaron las sangres adolescentes, las almas inmaduras y los cuerpos en formación de lectores o lectoras de edades juveniles. Ni tan siquiera me atreveré, con San Agustín como compañía, a deplorar las muchas lágrimas inútiles derramadas por la suerte de Dido o la Justine de Lawrence Durrell, o por el tiempo perdido resolviendo los crucigramas narrativos que los libros de enigma y misterio nos ofrecen. Se trata de otro tipo de daño menos moral y más constituyente que afecta a nuestra urdimbre vivencial, es decir, a la imagen en construcción que nos devuelven los espejos. 


La imitación de cristo de Tomás de Kempis. Supongo que para quien no fue niño durante los años cincuenta del pasado siglo en España es difícil imaginar el peso del nacionalcatolicismo franquista en la vida cotidiana: misas, procesiones, lecturas escolares, congregaciones, catecismos, cantos, confesiones, penitencias, ceremonias. Que no en vano el tañido de las campanas sigue siendo parte de ese sonido base sobre el que se deposita el resto del pentagrama biográfico. Fue el “Kempis” el regalo de primera comunión que a los siete años
–la edad en la que se alcanzaba “el uso de razón” me hizo la maestra,  que me enseñó a leer y a escribir y a la que recuerdo con general agradecimiento aunque el adoctrinamiento de las infancias –religioso o civil– me parezca hoy algo inadmisible y repugnante. El libro tenía una dedicatoria: “Porque no llega con ser bueno, hay que ser mejor” que ya era aviso inconsciente del daño que vehiculaba. Apenas recuerdo su contenido; vagamente hablaba del alma y de sentimientos de anhelo y comunión, pero no fueron sus frases las que portaban el daño sino el hecho mismo de constatar que por el hecho de leerlo “tenía derecho” a “sentirme mejor”, es decir, a sentirme diferente al resto de mis compañeros, superior a ellos: “distinto”. Esa herida, el cultivo de la distinción de la que habla Bourdieu, la abrió aquel libro y ni siquiera hoy estoy seguro de que esa herida no siga abierta e infectada.


Las aventuras de Robinson Crusoe de Daniel Defoe. Si del Kempis recuerdo su aspecto de pequeño misal –tapas negras, papel biblia, bordes escarlata, cinta señaladora– pero no la editorial, del Robinson recuerdo perfectamente la edición de Saturnino Calleja con las ilustraciones correspondientes. Una edición singular en la que el nombre del salvaje Viernes aparecía trasmutado por el de Domingo vaya uno a saber en razón a qué traslados y censuras. Devoré el libro con ese apremio lector que es propio de quien se está abriendo a un mundo lleno de aventuras y descubrimientos. La soledad física como materia –la existencia era todavía a mis ocho años un término ajeno e ignoto– como idea, como fantasía y como propósito heroico, cayó como semilla ávida en el surco propicio que el Kempis había trazado. No digo que aquella lectura fuera responsable de esa dañina soberbia que nos hace pensar que a nadie le debes nada y que se puede vivir perfectamente sin tener en cuenta a los demás, pero creo no equivocarme si le adjudico a la lectura del Robinson los malsanos fundamentos de un “sectarismo del yo” que otros quizás llamen “sano individualismo”.


Jeromín del Padre Coloma. Supongo que no dejaría de sorprenderle al autor de este libro el hecho de que alguien lo ubique entre los libros que le han hecho daño. Sin duda trató al escribirlo de contar una historia edificante y edificante en efecto fue mi lectura aunque acaso no en el sentido que el buen jesuita esperaría. En la historia de aquel bastardo que de pronto descubre que, tal y como venía intuyendo, sus padres no eran sus padres ni su condición social su condición social ni su esperable destino el destino que lo esperaba, encontré el sustento necesario para sobrevivir en medio de aquella adolescencia mediocre, rala y mezquina que el franquismo puso al alcance de todos los españoles. Necesitaba sentirme un genio para sobrevivir y Jeromín me posibilitó imaginarme como protagonista de una novela autobiográfica que acabaría por revelar al mundo que “yo no soy lo que parezco”. Lo que no tuve en cuenta fueron los efectos colaterales: la arrogancia interior, el narcisismo excluyente (¿hay otro?), el desprecio como forma de conocimiento.


Las elegías del Duino, de Rainer María Rilke. Mi proceso de desclasamiento (social, cultural, estético) alcanzó su climax en aquellos días –entre 1965 y 1968– en que, mientras leía aquel “Quién si yo clamara oiría mi voz desde los órdenes angélicos” me dije a mi mismo que verdaderamente solo Rilke y yo mismo estábamos en condiciones de oír esa voz personal y sacra. Las Elegías supusieron la confirmación de que al fin ya había alcanzado y poseía la mercancía deseada: la vida interior. Para alguien con orígenes en el mundo rural, nacido en la pequeña burguesía de provincias, en un hogar sin biblioteca, la cosa no estaba nada mal. Claro que para un desclasado la conquista de la vida interior supone lo que supone: avergonzarse de la vida anterior, bien ocultándola, bien disfrazándola, bien inventándola. El daño de aquel “deseo de no ser sueño de nadie bajo tantos párpados” acabaría por provocar una especie de vergüenza de clase, difícil de desterrar, que a veces aflora obligándome a sonreír al jefe.


El espacio literario, de Maurice Blanchot. A quien a sus dieciocho años, recién ingresado en la Universidad, la pedantería y la vida interior le rezumaban en forma de frases horizontalmente profundas y exquisitamentes sentenciosas, nada peor seguramente le puede ocurrir que encontrarse con un libro que basa su inteligencia en lo opaco, lo inefable y lo ambiguo. La ambigüedad como sabiduría. La polisemia como modo de escurrir el bulto y ganarse el aplauso. Eso fue para mi la lectura de aquel primer Blanchot, editado por Paidos, que hacia 1969 invadió sin obstáculos aquella vida interior en la me había instalado. El extravío como verdad y pasaporte intelectual. La literatura como latifundio y finca de recreo. Un ensayo complejo cuya complejidad me ayudaba a sentirme elevado, distinto, superior.


Así hablaba Zaratustra, de Frederich Nietzche. Poco habrá que demorarse en el cuento sobre este libro. Cabe pensar que quien haya seguido hasta aquí este trayecto de lecturas comprenderá perfectamente que el Zaratustra fue la gota que hizo rebosar las fantasías de que esa lechera (que todos llevamos dentro) mientras camina hacia los mercados donde se compra y vende cultura, se especula con la estética y se sueña con transformarse en la mercancía de todas las mercancía, oro puro forjado en el yunque del yo soy el que soy como sentido y medida de todas las cosas, indispensable superhombre que compasivo aunque sin compasión, humildemente, se deja adorar por sus desiguales. Porque fue así que la lectura del Zaratustra me volvió febril y osado, alérgico a la debilidad propia y ajena, con miedo al miedo, hospitalario con la canalla, avaro de incumbencias, servil a los halagos, seductor de inconveniencias.


El buen soldado de Ford Madox Ford. Es esta una novela realmente tóxica por cuanto que manipula con innegable y sibilina habilidad narrativa dos ingredientes extremadamente peligrosos y atractivos para las ávidas sensibilidades estéticas de los recién llegados a las acogedoras playas de las clases ociosas: el amor como nostalgia del yo y la tristeza como noble apartamiento de lo común y prosaico. Ya entrado en años de lo que se llamaba la primera madurez me asomé al abismo azul de su frase inicial - “Esta es la historia más triste” - y me despeñé por ella, bien a gusto y con todo mi capital simbólico recién conquistado en los bolsillos. Duros inviernos, tristes primaveras y largas convalecencias me costó salir de aquella enfermedad narrativa en la que el amor se nos ofrece (y arrebata) como el más alto, secreto y oscuro misterio que la vida concede a los mortales. Como verdad y salvación. El amor trágico como antídoto contra la mediocridad. La dependencia histérica como confirmación de estar libre del pecado burgués más imperdonable: la mediocridad: “antes muerta que sencilla”. Confieso que la resaca fue espantosamente prolongada y durante libros y libros y durante silencios equivocaciones y miles de whiskies con soda aquella lectura me impidió entender que la mediocridad solo reside y crece en el miedo a ser mediocre y las novelas de rentistas solo son rentables para las rentas bien instaladas. Todavía hoy me pregunto por qué a los desclasados y desclasadas nos pueden atraer tanto las novelas que nos cuentan las “profundas” contradicciones existenciales de una panda de millonarios.


Bartleby el escribiente. Sin duda este es un libro que se inscribe en la estirpe más preclara de la narrativa breve. Una narración a la altura de San Julián el hospitalario de Flaubert, El licenciado vidriera de Cervantes, Matadero de Esteban Echevarría, Los favoritos de Midas de Jack London, El día de acción de gracias de Truman capote, Bienvenido Bob de Onetti,  El Aleph de Borges o El niño proletario de Lamborghini. Es también uno de esos cuentos que una lee y relee varias veces a lo largo de su vida de lector y que a cada nueva lectura uno vuelve a maravillarse con ese personaje que por ser capaz de decir no, nos recuerda nuestras servidumbres y sometimientos. Es este un relato sobre el que se han levantado muy distintas interpretaciones. En mi poco modesta opinión  lo que cuenta es un conflicto laboral, la historia de un trabajador que se declara en huelga total. En Bartleby uno lee el rebelde que no hemos sido pero que quisiéramos ser. Tanto si uno elige como traducción adecuada del I prefer not el Preferiría no hacerlo de Borges como el Preferiría que no de Gopegui, ese sintagma funciona como una consigna o como una bandera de rebeldía ante las imposiciones que recaen sobre aquellos que han de vender su fuerza de trabajo para ganarse la vida. Ganarse la vida, una frase que es todo un mundo. Durante muchas lecturas interpretaba la figura de Bartleby como un héroe que remitía al Mathama Gandhi, a la violencia pasiva. Durante años alimentó en mí la creencia de que era posible decir sí o decir no frente al dueño de los medios de producción y su lectura me reconciliaba con mis cobardías como trabajador por cuenta ajena. Bartleby como un rebelde que paradójicamente fomentaba la resignación. Al menos en mi daba lugar e incremento a uno de los males de nuestro tiempo: el placer de sentirse un heroico perdedor que no acepta las exigencias del empresario y sin embargo trabaja  al servicio de una multinacional. Y es curioso que esa es la venenosa sensación que me sigue produciendo su lectura a pesar de que hace ya tiempo que descubrí que en realidad lo que esa narración de Melville cuenta es que el capital es capaz no solo de aguantar sino de rentabilizar las rebeldías individuales, pues, finalmente, lo que este cuento nos cuenta es que es el dueño de la oficina, el dueño del escritorio, el que al hacerse narrador de la historia rentabiliza el comportamiento rebelde de Bartleby. Tardaría años y lecturas en comprender a ese narrador-empresario como el ave carroñera que aprovecha los despojos de su víctima confirmando así, narrativamente, el hecho de que es el capital el que da cuenta, narra y escribe nuestras vidas. Somos materia narrativa de una narrativa ajena aunque pensemos lo contrario.


Un poema de Borges:"Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca/ aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbaq". Este poema es un auténtico veneno. Infecta la imaginación, el deseo y la voluntad. Ya sabemos que el amor es pura nostalgia de la inocencia, ausencia que nos inclina a pensar que llevamos dentro un yo distinto y supremo que un dichoso día un tú maravilloso devendrá en festejo y hermosura. El daño de la inocencia. El tacto que se inclina hacia el tacto y se extravía. Espuela que hiere y empuja y duele. Pero no es por el amor que este poema, tan borgiano, me desflecó resistencias y empeños. Lo peor del poema, tan renombrado, es que me impulsó a regodearme en el fracaso, en la pérdida, en el dulce atractivo de los paraísos perdidos. Que a lo largo de la vida se desvaneció el paraíso cristiano (tan inane por otra parte), el paraíso comunista (no tener que sonreír al jefe) y hasta el paraíso capitalista (la jubilación anticipada) está en crisis. Vivir es perder paraísos y resignarse. Eso es lo normal, lo correcto. Lo maligno es enorgullecerse de la pérdida, de la expulsión, del rechazo. Soberbia estúpida con la que el perdedor se envuelve en la mentira. Caí en su desgracia y me inoculó toda su malignidad tenue, su alta capacidad para revestir de semántica épica la lírica de la derrota y el rencor. Y si un desclasado pierde el sentido del rencor ¿qué le queda?: la literatura, el velo ante los ojos, el daño como moneda de cambio. Que en esos comercios me hallo.


Ocho libros y un poema como muestra breve de una “biblioteca del daño” que sin duda podría ser más extensa. Amplía sería también su contraria: el recuento de libros y lecturas en beneficio para ese estar y ser donde me reconozco como conciencia y como identidad. Lo curioso es que ambas bibliotecas aunque contrarias no se oponen. Somos, en parte, lo que somos como resultado de su inexacta y singular suma y superposición. Eso sí: los remedios contra el daño que hizo un libro casi nunca se encuentran en otros libros. Afortunadamente la vida ni empieza ni acaba en ellos.

 
*Texto leído en la mesa redonda “El autor recomienda” en el marco del FILBA, el  26 de septiembre de 2015.

 

 




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