REVISTA DE MARDULCE EDITORA
OCTUBRE 2015 NÚMERO 08
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La piel de los poetas


Una selección de poesía táctil

Ante la intención poética la primera reacción siempre es una pregunta. A lo real, siempre llega primero la piel.


Qué sentidos activan el amor o la templanza, la contemplación microscópica de una canción o la escucha del cielo abierto. Cuál es la jerarquía invisible que rige nuestros sentidos y cómo éstos pueden intercambiarse en un juego de roles que logre ser, al menos, interesante.

La sinestesia, qué opciones brinda como recurso literario o como un juego de infinitas combinaciones entre las piezas discretas de la percepción...

¿Cuál es el sentido que todos prefieren experimentar?

Sería muy fácil responder si para ello eligiésemos escudarnos detrás de un concepto como el contexto o el registro. Así, a la hora de besar, el tacto será más importante que la visión y a la hora de probar una bebida, las papilas y el olfato serán los despiertos y la visión o el oído, los sentidos en reposo.

Pero, gracias a algo que llamamos belleza, hay poemas que responden a esto desde otro lugar y logran amigar límites y ablandar espejos.

Permiten con gracia que los ojos puedan tocar las texturas de un campo en Lobos o escuchar lo que un padre dice del otro lado de una ventana cerrada cuando leen sus labios con la ternura virtuosa de quien lo conoce desde siempre. Como todos los que pasan por ciertas excepciones, cuando alguien atraviesa una pelea con la memoria, es decir, cuando una persona quiere olvidar, lo que evita es visualizar determinados recuerdos. Y, por momentos, quiere cerrar los ojos de su propia piel. 

Me pasaría meses en esta cama
debajo del ventilador
con la gata yendo y viniendo
a la hora de la siesta.

El agua de una película
de Gustavo Fontán
va enrojeciendo.

La copia el cielo del patio
detrás de mi padre
que me habla desde el lado de afuera
de la ventana
mientras escupe con las manos
semillas de mandarina
cubierto por el río tornasolado
de los alambres del mosquitero.

A la tarde estuve buscando piedras
que habían caído en la pileta
a causa de la construcción,
rastrillé la tierra
para emparejar el terreno del patio.

Siempre que vuelvo nombro las plantas,
al menos mentalmente.

Hablé
nunca hablo y cuando lo hago
tendría que haberme callado.

Es el mundo
que todavía me influye
porque es tu reemplazo.

Termina el verano y no pude
entender
qué es el pasado
y cuál era la forma
de hacerlo desaparecer
que esquivé secretamente.
1

 Hace algunos años en un taller literario, se llevaba a cabo un juego muy singular para investigar las combinaciones de los sentidos, en la búsqueda de una alternativa lúdica por parte de la tallerista. Consistía en una variante del clásico “Tutti Frutti” donde las categorías a completar no eran, en ese caso, nombres, apellidos o animales sino sensaciones, colores, situaciones o paisajes.

Los resultados: divertidas variantes sinestésicas que se convertían en herramientas de expresión. Expresión de aquello que sólo encuentra su hogar en una pieza poética, o quizás un hospedaje menos feliz en lo mullido de un diván, pero donde finalmente la precisión nace en pos de la construcción de una lógica paralela donde los colores sí tienen voz y las voces, texturas. Los deseos tienen sabor y el sabor sueña.

Ante una pregunta como “¿cuál es el sentido preferido de todos?”, una inmensa cantidad de poetas optaría por el tacto. Entre otras cosas, porque el vértigo, por ejemplo, sólo puede experimentarse a través de él. Es el sentido que conduce las pasiones de la humanidad. Y para ser sinceramente modernos, el único que aún puede atravesar superficies banales.

¿Y dónde encuentra su lugar en la poesía? Puede parecer una broma preguntárselo: La respuesta aparece en todas las innumerables obras de escritoras y escritores de estilos distintos.

Pero la poesía escrita por mujeres y para mujeres podría ser un buen punto de partida. Porque dónde sino en la experiencia totalmente femenina el tacto construye una forma entera de conocimiento, el espacio donde se suavizan, a la vez, los dos gélidos polos que el mundo conoce...

 La espalda

Arrastro mis dedos por su flanco
una reacción arcaica
le curva el raquis y tensa
una cuerda en su lado cóncavo,
luego, como si el módulo de elasticidad
hubiera variado, se toma un tiempo geológico
para volver a ocupar
todo el largo de la cama.

La crema pierde el frío entre mis manos
y bajo la piel
que se aclimata al correr de las emulsiones
reconozco sus hombros, los accidentes óseos
las fibras contraídas, el cuenco lumbar
y el hueso sagrado.

Descargo el peso sobre mis metacarpos
y trazo líneas ordenadas, divergentes
de cefálico a caudal, de lado a lado
que colorean al dilatarse
las estructuras superficiales.

Despego sus escápulas, las levanto, las muevo
separo un tejido de otro y palpo,
reconocer cada individualidad
permite el funcionamiento como un todo.

Dejo las palmas quietas y abiertas,
lo bueno que hay en mí
se transfiere, el resto se inclina
para recorrer los mismos caminos
con otras partes de mi cuerpo.
2

 Otro ejemplo: en la foto de un monte, locación del pasado para unas vacaciones compartidas entre ellas, el verde brillante del pasto le transmite a la vista su densidad, su humedad para que acaricie algún recuerdo y entonces, sin dejar de mirar, se transforme en lágrimas. En dos pares de enormes pestañas femeninas y al mismo tiempo:


La mesura

I

Bajo un cielo de estrellas que realza
los detalles de tu cara en la penumbra,
cantan los grillos
y los pájaros acompañan el latir del corazón,
el batir imperceptible de las ramas.
Esto es la brisa
su estar entre nosotras,
su soplo que es idéntico al galope
armónico y parejo del caballo
volviendo en el camino.
Sin duda es el verano o el comienzo del otoño,
una estación que exhibe su rostro descansado.
La humedad en la ropa
no llega a darnos frío, es decir
temor a la intemperie.
No, bajo el cordón de estrellas
ninguna de las dos habla del miedo,
sino es el paraíso, la vida nos promete
al menos su constancia. El rocío en el pasto
despide un olor justo, refrescante,
y ese aire insiste, carece de estridencias.

III

Desde la costa veo el mar
más grande que imagines,
un círculo perfecto que no cierra.
Y veo salir el sol, lo veo caer
por su cara contraria,
la luz hace un camino y lo pequeño
se vuelve desmesura. En ella cabe todo
pero la luz da vida a sus detalles nimios
como un foquito blanco en este cuarto
hace brillar el reloj sobre la mesa,
su pulsera de plata y el vidrio
refractado en la pared, inquietamente.
Tendrías que llevártelo, tendrías
que intervenir acá donde es posible,
donde el reloj y yo, los dos insomnes,
sentimos extravío
como en la inmensidad.

Coda

El viento va hacia el agua y el día a la noche,
así todas las cosas que se miden, se siguen
mutuamente
sin encontrarse nunca.
3

Me pedís que te ate el pelo

Me pedís que te ate el pelo.
Con el inicio del viento y los álamos
balanceándose cerca del muelle
decís “haceme un peinado”.
Tomo tu cabello como a un racimo de uvas.
Como a unas uvas de una naturaleza muerta
entre seguir mirando y atacar
hundo mis dedos en tu pelo,
lo envuelvo con mis manos.
Ahora queda libre tu nuca
y tu columna vertebral
es el camino de una gota.
Hasta disolverse, esa gota de agua
recorrerá tu espalda.
Es un descenso que estremece.
Entonces suelto tu pelo y te abrazo quién sabe
si por primera o por última vez.
4

 En el rigor necesario con que nacen los finales, la gracia mística de la sinestesia o el mecanismo neurológico de los sentidos se explican y teorizan con la otra mitad del lenguaje, el prosaico. Es esa “mitad de la verdad” con intenciones prácticas la que también es el lugar donde se intenta definir por cuántos discursos está atravesada la visión de una generación, por cuántas ondas sonoras su piel, su tacto. Sus sabores y asperezas. Sus vicios. O la corriente de los ríos que exploran montados alegremente a sus vanguardias.

 Habla Joseph M. W. Turner

Trato de conseguir el tono exacto del alba con el aspecto
del ocaso. La verdad no es como se pinta.
Ningún marchand podrá adquirirla porque
conseguir esto es... impagable.
Como cuando me hice atar al palo mayor,
¿creen que he visto algo? Ni la borrasca ni la neumonía
lo permitieron, y hasta me atrevería a decir al momento de mi muerte,
con un golpe efectista, 
The sun is gone!
Pero no, nada es como se pinta,
pura distorsión de luz, el alba igual
a un ocaso.
5


Calendario Diablo
Verano

¡Adelante! ¡Adelante!
Son tus últimos fuegos, tus últimos ardores.
6

 Anotaciones de Procopius

  Hoy he traído salchichón, pan, queso, mantequilla, budín y vino blanco para la cena.
    Antes, compré algunas verduras y algunas frutas en lo de maese Strombo, con el que siempre hablamos de Poesía.
    Hoy no fue una excepción: charlamos un buen rato enfrascados en el tema.
    Hacia el final, con su sonrisa pícara dibujada en los labios me pregunta
por lo bajo: –¿Qué es un poeta? A lo que le respondí también por lo bajo: –Alguien que escribe pero no es escritor.
    –Hay que romper las rejas de un solo tirón; hay que eliminar la gelatina, me aconsejó en el mismo tono. Hay que poder caminar sobre las aguas.
    Quedé mudo.
    Para que emergiera de esa perplejidad, maese Strombo puso una manzana ante mis ojos y me la obsequió: –Parece pintada, insinuó, sin dejar de sonreír.
7

 
En el otro extremo, los fragmentos anteriores muestran que hubo muchas cosmovisiones que señalaron la fortaleza de las estaciones del año. El universo de la fauna y flora de cada una. El paradigma poético para cada otoño, invierno, verano o primavera. 

7
ya no podés mover tus labios para hablar
ni volver los ojos para mirar, ni alargar los dedos
para tocar, te desmoronas y te difuminás en
lo anterior, y lo posterior, en un torbellino sin regreso.

9
a lo lejos, un muchacho agita la mano, vení
como un éxtasis que convierte el lodo en arena
y los golpes en caricias de olas, hasta que
la espuma irrumpa en tu garganta, te parta, te doble.
 

10
los ángeles te mienten, sus alas son lanzas
para tu suave pecho, te distorsionan la imagen
para que te ilusiones con el universo, con el sol
y no sepas, hasta el final, que todo es diferente.
8

Se difundió la idea de que no hay tal como las estaciones para ir eligiendo la luz de cuatro faros absolutos ante cada acontecimiento vital, uno por cada sentido...

Hasta que resta el quinto, cuyo campo los incluye a todos porque él los vuelve cuerpo. Es el tacto, que llega primero. El tacto acerca los demás sentidos a la fricción, al dolor. Puede transformarse en animal nocturno, en un búho por ejemplo, para crear una guía salvaje e invencible para cuando los demás por algún motivo victorioso, sensual o desgraciado deban apagarse o solamente quedar en paz, en silencio.

 
Notas

(1)  Lucesole, María. Las plantas verdes de los veranos. Buenos Aires, Tammy Metzler, 2014. p. 22.

(2)  Serrano, Marina. “La espalda”, en La diástasis de las tibias largas. Buenos Aires, Sigamos enamoradas, 2008. p. 69.

(3)  Jiménez España, Paula. Espacios naturales. Buenos Aires, Bajo la luna, 2009. pp. 40-41.

(4)  Yattah, Verónica. Los perros también se van. Buenos Aires, Viajero insomne, 2014. p. 21.

(5)  Gruss, Irene. “Habla Joseph M. W. Turner”, poema inédito, 2015. Fuente: http://lamitadelaverdad.blogspot.com.ar/ (15 de julio de 2015)

(6)  Lamborghini, Leónidas. Trento. Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 2003. p. 77.

(7)  Ídem, p. 98.

(8)  Mozetič, Brane. Mariposas. Buenos Aires, Gog & Magog, 2006. pp. 13 y 15 [traducción de Marjeta Drobnič].

*Invitación:

El viernes 30 de octubre a las 20.30hs., las escritoras citadas María Lucesole, Marina Serrano e Irene Gruss inauguran, con la lectura de sus poemas, el ciclo de poesía y visuales “Nada dorado perdura”, en el centro cultural Espacio Enjambre (Acuña de Figueroa 1656).

 

 

 


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