REVISTA DE MARDULCE EDITORA
MARZO 2020 NÚMERO 09
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Diario de una guerra desde el sillón con café


#Coronavirus

 

Siempre que quiero pensar o aislarme, que es lo mismo, pongo la Turkish March de Mozart, así que acá suena la marcha en los viñedos al compás de la caminata de los que se atreven a salir. Cuando uno está peleado o separado de alguien siempre fantasea que un ultimátum de la vida, un arrinconamiento fatal, un cuchillo en la yugular contra un paredón, podría revertir eso, pero después llega el día donde todo se detona e igual esa persona que no te habla o a la que extrañas tampoco aparece y nada de lo puramente extraordinario revierte nada de lo puramente ordinario. Así que acá estamos la comunidad humana en lo ordinariamente extraordinario danzando igual que siempre, pensando igual que siempre, con los gestos de siempre, pura ilusión todo, pero ese es tema de otra obra.

             Antes de que el mundo cerrara filas detrás del virus estaba escribiendo en diálogo con un traductor (Mikael Guthart) notas e impresiones acerca de la traducción y lo que será una novela, también dialogada, sobre una pareja confinada. Después del encierro forzado con pena de multa de 135 euros o 1500 0 3700 y hasta seis meses de prisión más papel reglamentario certificando que uno va al supermercado de la zona, a pasear al perro en la zona, o al trabajo si está autorizado, me sigue pareciendo todo una extensión o un efecto natural de la traducción y de la experiencia bélica de la pareja. Cuando la escritura se erige como lo real, los atentados islamistas, la guillotina en las iglesias o en el desierto, la tercera guerra mundial o el violento incendio de Londres de 1666 no cambian nada, solo legitiman la verdad absoluta de la escritura, solo prueban que no hay nada más allá. Así que antes estaban confinados los personajes y ahora también está confinada la autora que los escribe. Puesta en abismo simplona, efectista, marketinera, muy de la ideología de Netflix, muy de este siglo pensar que la posición del autor es el punto de vista de la narración, y juzgar al autor como se juzga al personaje.


           Así que acá estoy, no voy a contar día 1 día 2 día 3 con horarios como diario de preso porque no hay un orden en estos días y, porque a diferencia de las guerras conocidas, tampoco hay un enemigo al que apuntar. Así que ahora que se dio el apagón general, ahora que el cielo se limpió de aviones, ahora que hay menos bullicio, el trabajo es traducir la otra guerra, el otro drama, el relato intra-muros. Pienso en las parejas que se odian, pienso en las parejas que solo se aman a través de sus amantes, pienso en la guardia montada para descubrir infidelidades, la Stasi, la KGB del confinamiento, pienso en las madres todo el día solas con sus hijos, pienso en el punto de vista de un niño jugando a los ataques masivos y a los bombardeos con gaz, pienso en el cuerpo de la vejez, ese doble calabozo. Empiezan las denuncias a vecinos por aburrimiento, por goce, por vicio, empiezan a matar a los perros desde los balcones, a tirar a los perros,  los drones en el aire. Charlie Hebdo publicó su caricatura diciendo: « Vemos a los Jean Moulin del Siglo XXI, y lo ilustró con tipos escondidos de la policía saludándose con la mano detrás de un árbol”. Si esto es una guerra como dijeron los líderes del mundo, como repitió seis veces Macron durante su discurso, dónde está la resistencia, dónde está el loco del pueblo, dónde se esconde el disidente, el temerario. Tal vez esté en alguna ciudad, acá silencio y miedo. Pero no se nos puede acusar de nada, es nuestra gran pasión, más fuerte que todo, más intensa que el mismo capitalismo, el miedo. Pienso en el cálculo que hicieron en Alemania sobre que en las morgues no habrá lugar. Pienso en los entierros sin llantos, cajones hundiéndose en la tierra sin saludo final. Me llegan mensajes automáticos de Instagram de gente muerta,  pienso en los que se murieron hace pocas semanas y no se llegaron a enterar de este nuevo fenómeno, el nuevo relato del mundo que el recién muerto no conoció y que lo aleja más de haber estado vivo, de haber sido uno entre nosotros. Cuanto menos saben los que murieron de la actualidad, más lejos se van. Me voy a pasear con ellos, es tiempo de pensar en los caídos.

             En mi pueblo en el centro de Francia miran con recelo a los parisinos que corrieron a los trenes  y vacían las góndolas y las garrafas de los lugareños, como en el 40 huir, huir, donde sea, pero huir. ¿Qué decían qué hacían, cerraban sus ventanas, sus puertas, sus autos, miraban a los ojos mis propios vecinos durante los años 40? Qué hubieran dicho de mí instalada en la casa más alta de la colina, extranjera, judía, no local, citadina, con acento, sin papeles, pero no estamos en los años 40, ya pasaron 80 años, ¿o no?

              Cuando nos vemos por el mismo sendero que lleva a lo alto de la viña nos esquivamos, fatigosamente alguien dice bonjour pero nadie responde, la peste puede estar en el aire, la peste puede estar en la tierra, la peste puede estar en el otro, puede salir de la boca del otro. Algunos ahora no quieren tocar objetos, rozarlos, tantearlos e improvisan técnicas para sostener objetos son la punta de los guantes porque no conocen la historia de lo tocado; quién anduvo con ese objeto, cuándo, cómo, después de hacer qué, antes de hacer qué, y sobre todo qué manos tocaron qué manos, ah si hiciéramos la historia de lo que hicieron las manos. Habría que ir hacia un mundo inmaterial, confinado y aséptico.

            La noche cae en la colina aparece Glenn Gould como un viejo con el coronavirus de la locura tocando la fuga lento, amanerado, perdidoSi todo se tratara de ese único momento donde se capta algo, donde en la misma noche nevada se ve algo más que la nieve, si pudiéramos escuchar algo más. El mundo como hipótesis de un cuento. El mundo como obra fracasada. Una anciana sentada en una piedra con un papel higiénico espera algo. Un niño bajo un puente romano grita su nombre para ver el eco. Frente a la única torre de pie de Sancerre veo que baja la patrulla y vuelve a subir y vuelve a bajar la luz azul. Pero no hay que tener vergüenza de tener miedo sin miedo no seríamos nada.



Ariana Harwicz nació en Buenos Aires y reside en Francia. Publicó las novelas Matate, amor (Mardulce), La débil mental (Mardulce), Precoz (Mardulce) Degenerado.



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