REVISTA DE MARDULCE EDITORA
MARZO 2020 NÚMERO 09
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Tallahassee


#CORONAVIRUS

Confinado en casa desde hace casi dos semanas lo primero que se me hace evidente es que mi vida en cuarentena, una vida a la espera, no se diferencia demasiado de la vida que llevaba pre-COVID-19. Vivo en Tallahassee, Florida, desde agosto del año pasado. El escroto de Estados Unidos, le dice mi mujer.


        Salgo poco, casi no veo gente. Los únicos restaurantes y bares que valen la pena son lugares discretamente inquietantes, espacios con mesas y sillas que, de no albergar comensales, bien podrían ser negocios de ropa, inmobiliarias, depósitos. Fuera de la Universidad prácticamente no hay vida cultural. Fui al cine tres veces a ver (tres veces) la última película de Tarantino. Una noche fuimos a una función de Endgame en un granero. Habían dispuesto las sillas con una ineptitud sorprendente, no se veía nada y hacía un calor bochornoso, pero la obra estuvo muy bien. Creo que hay un museo y las ruinas de una misión jesuítica, aunque todavía no he ido. Como dije antes, salgo poco.
 

     A diferencia de otras ciudades norteamericanas, Tallahassee es relativamente transitable a pie. Con esto quiero decir que hay veredas; no muchas, pero suficientes. Abundan los edificios abandonados y las fachadas de negocios que se fundieron hace tiempo (cuesta decir si estamos hablando de años o de décadas) y hoy yacen como chatarra de autos que perdieron la carrera del progreso y fueron a parar a la banquina. Hay un downtown y, en él, una esquina en particular donde, si uno se posiciona estratégicamente (mirando en dirección sudoeste), se produce la ilusión de estar en una gran ciudad. Hay una pescadería buena, una librería decente y uno de esos espacios con mesas y sillas de los que hablaba hace un rato donde sirven un desayuno excelente. Los sábados, cerca del edificio de la legislatura (¿mencioné que Tallahassee es la capital del estado?), se organiza un mercado al aire libre donde, hasta que llegó el virus, solían reunirse los prosélitos de Bernie Sanders a repartir volantes y convencer a los escasos transeúntes de la necesidad de la revolución. Hay parques y hay árboles, muchos árboles: Pinos y abedules, robles, olmos, arces y álamos, las ramas de muchos de ellos cubiertas de musgo español, ese adorno fantasmagórico que es marca registrada del gótico sureño y cuyo aspecto melancólico nunca deja de alegrarme el corazón cuando bajo por Calhoun St., o cuando, de camino a mi oficina, atravieso el cementerio antiguo entre tumbas de soldados confederados muertos en batalla y lápidas con los nombres de jóvenes reservistas recién vueltos a casa de la Primera Guerra Mundial y muertos de gripe española.
 

         45 minutos al sur de la ciudad está Alligator Point, el acceso más cercano al Golfo de México. El plan de ir los fines de semana para tostarse un poco al sol y bañarse en el mar sería del orden de lo obligatorio si no fuera porque en esa zona el agua es marrón y las playas están infestadas de tábanos. No muy lejos de ahí, en la reserva natural de San Marcos, un espectáculo extrañísimo: grandes parcelas de llanura flotando como islotes entre cursos de agua habitados por yacarés, manatíes, tortugas y otras especies autóctonas. Desde la ruta, sin embargo, no se ve el agua y por momentos parece que uno está en la sabana africana. Dicen que la zona entre Alligator Point y Apalachicola, conocida como “La costa olvidada” por la ausencia casi completa de turistas, se conserva inmaculada. “Así como la ves hoy la veían los apalaches, y así la encontraron los españoles cuando llegaron con Hernando de Soto en 1539”, me dijo un amigo que vive acá hace años. Este dato, presumiblemente inchequeable, fue una alegre confirmación de que la decisión de mudarnos acá desde Florencia, uno de los rincones más bellos y más manoseados del planeta, no habría sido un error total. Ya cuando Boccaccio la retrató desde las colinas fiesolanas durante la peste negra, la ciudad sobre el Arno y las tierras circundantes exhibían la marca de casi dos milenios de intervención humana. Pienso en eso; pienso también cuánto más angustiante habría sido la cuarentena en mi departamento de Florencia, y la decisión de volver a este mundo nuevo, enorme y desangelado se me antoja como un acierto inesperado.
 

        Hace 500 años, mientras en Florencia los Medici negociaban con Miguel Ángel la construcción de una capilla fúnebre, lo que hoy es Tallahassee (en lengua maskogui, “pueblo/campo antiguo”) era Anhaica, un poblado de unas 200 casas desde donde los apalaches gobernaban la región que se extiende entre los ríos Aucilla y Ochlockonee. Para el año 1600, la población indígena de la zona había sido diezmada por la violencia, pero, sobre todo, por la enfermedad. La conquista del nuevo mundo fue, se sabe, un brutal intercambio de agentes patógenos. En el contexto de esta guerra bacteriológica inadvertida, Europa embistió con la gripe y el cólera, el sarampión y la viruela, mientras que América contraatacó modestamente con la sífilis. En su estudio clásico sobre la conquista, Todorov estima que los muertos en batallas y masacres y los muertos a causa del maltrato y los trabajos forzados suman un porcentaje ínfimo de las bajas entre los indígenas americanos. La enorme mayoría murió a causa de lo que el crítico búlgaro llama un “shock microbiano”. Estas epidemias mataron a decenas de millones de personas, vaciaron un continente y gracias a ello se ganaron un lugar en los libros de historia. Sospecho que Covid-19 apenas ameritará una nota a pie de página en los libros del futuro; hay demasiadas mentes brillantes interconectadas, trabajando contra reloj para desarrollar un tratamiento y una vacuna, como para que esta calamidad llegue a la cota de aquellas. Quiero sospechar.

 
            A días de cumplir mi período de cuarentena, que indudablemente se extenderá hasta quién sabe cuándo, se me ocurre escribir algo sobre la peste. Ansioso por evitar clichés sobre la vida y la muerte, perogrulladas biopolíticas, letanías de corte patriota y/o tanguero, o –peor– moralinas socarronas sobre el estado de crispación general, decido hundir la cabeza en la arena y hurgar en el pasado. Voy a los lugares obvios. Tucídides y Lucrecio. Boccaccio, Defoe, Manzoni, Camus. Hojeo y picoteo, subrayo, tomo alguna nota. Releo el poema de Fracastoro sobre la sífilis y vuelvo a una novela desopilante de Vladimir Sorokin, La tormenta, sobre un futuro distópico y un médico que atraviesa a pie varios pueblos de la Rusia rural en medio de una tormenta de nieve para llevar medicamentos a una ciudad azotada por una epidemia que viene de Bolivia y que convierte a la gente en zombies.


            Encuentro que en la peste, como en la guerra, no se trata tanto de lo que pasa sino de lo que todavía no pasó. El conflicto se dirime así en la espera mientras oscilamos entre el miedo, el catastrofismo, el nihilismo y un sentimentalismo triunfalista que a veces adopta el rostro grotesco del patriotismo. Pero si prestamos atención y hacemos un esfuerzo por bloquear el ruido que viene de afuera, encontraremos que la abundancia de tiempo junto con la escasez de espacio nos abre a una experiencia del todo inusual. A medida que el pasado, el tiempo del mundo anterior al virus, se aleja para convertirse en una edad de oro perdida, y el futuro, una nebulosa opaca, se pospone indefinidamente, el tiempo se dilata y, de pronto, como en una epifanía, se nos revela el presente. Entonces comprobamos con un agudo malestar algo que pocos evocaron mejor que Beckett; comprobamos que el presente en estado puro no es sino espera. Acaso esta modesta revelación sirva de algo en el futuro, pienso. Claro que para que esto sea así primero tiene que haber futuro.


 
Pablo Maurette nació en Buenos Aires. Es autor de El sentido olvidado. Ensayos sobre el tacto (Mardulce) y La carne viva (Mardulce). Actualmente vive en Tallahassee y enseña Literatura Comparada en Florida State University.


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